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Una Historia de Fieras

Roberto Arlt


Cuento


Era precisamente la hora en que el sol recalienta la selva, poblándola de los espesos vahos vegetales que atormentan a las grandes fieras, empujándolas a buscar los espacios claros para poder respirar. Y entre las fieras que buscaban aire fresco se encontraban ahora el Yacaré y la Boa.

El Yacaré, asoleándose en la orilla del río, permanecía arrojado como un tronco en el fangal, apoyada la achatada quijada en un felpudo de hierba. La Boa, en cambio, estaba enroscada a un corpulento cedro, en cuya corteza se friccionaba un espacio de vientre fenomenalmente abultado.

Sin embargo, más sociable que el silencioso Yacaré, no pudo aguantar mucho tiempo el silencio, y dijo:

—¿Qué novedades cuenta Su Excelencia?

El Yacaré entreabrió los adormilados ojillos y, clavándolos en la Boa, dijo:

—¿Qué le importa a vocé las novedades que dejan de ocurrirme? ¿Le pregunto yo a vocé cómo está su parentela? No. Déjeme vocé tranquilo y no me ponga motes, que caro le ha de costar como la trinque —dijo, y volvió a descargar la quijada verde oscura en la orilla fangosa, mientras que la Boa constrictor, con su hórrida cabeza estirándose horizontal bajo el aéreo entretejimiento de ramas, insistió:

—Pues Su Excelencia no me maltrataría de palabra si supiera de cierto lo que yo he sabido esta mañana. Grande es la noticia, pero Su Excelencia no tendrá el gusto de ponderar que yo se la informe.

Así era de redicha la Boa, a pesar de su espantosa apariencia; pero el Yacaré, inmutable, continuó aplastado en el fangal, mientras que sus hipócritas ojillos espiaban la monstruosa serpiente, que, arrollada al cedro, restregaba su tronco amarillento para terminar de deglutir un jabalí que había atrapado.


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9 págs. / 16 minutos / 23 visitas.

Publicado el 19 de febrero de 2024 por Edu Robsy.

El Sueño de Escipión

Marco Tulio Cicerón


Historia


I. Cuando llegué al África, de tribuno de la cuarta legión, como sabéis, bajo las órdenes del cónsul Manio Manilio, nada me agradó tanto como reunirme con Masinisa, rey muy amigo de nuestra familia por justas razones. Apenas llegué ante él, abrazóme el anciano y rompió en sollozos, algún tiempo después miró al cielo y dijo: «Os doy gracias, oh gran sol, y vosotros, cuerpos celestiales, porque antes de emigrar de esta vida, veo en mi reino y en mi palacio a Publio Cornelio Escipión, en cuyo nombre mismo me recreo; así nunca se aparta de mi espíritu el recuerdo de aquel varón óptimo e invencible.» A continuación le pregunté acerca de su reino, él se informó de nuestra república y en pláticas varias de una y otra parte se nos pasó aquel día.

Después de ser acogido con un banquete fastuoso, proseguimos la conversación hasta muy avanzada la noche, a pesar de que el viejo rey no hablaba de otra cosa diferente del Africano, y recordaba no sólo sus hazañas, sino también sus palabras. Luego nos separamos para ir a descansar, y fatigado por el viaje, y después de haber velado hasta muy entrada la noche, se apoderó de mí un sueño más profundo del ordinario. Entonces se me presentó —creo que por lo que habíamos hablado; pues generalmente ocurre que nuestros pensamientos y conversaciones producen en el sueño algo parecido a lo que escribe Enio de Homero, en quien, en efecto, solía pensar, y de quien hablaba con mucha frecuencia cuando velaba— se presentó el Africano, en aquella figura que me era más conocida por su imagen (de cera), que por su rostro mismo. Cuando lo reconocí me sobresalté, pero él me dijo: «Conserva la serenidad y depón el temor, Escipión, y guarda en tu memoria lo que te diré.


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9 págs. / 16 minutos / 572 visitas.

Publicado el 29 de octubre de 2017 por Edu Robsy.

La Llama

Horacio Quiroga


Cuento


«Ha fallecido ayer, a los ochenta y seis años, la duquesa de La Tour-Sedan. La enfermedad de la ilustre anciana, sumida en sueño cataléptico desde 1842, ha constituido uno de los más extraños casos que registra la patología nerviosa».

El viejo violinista, al leer la noticia en Le Gaulois, me pasó el diario sin decir una palabra y quedó largo rato pensativo.

—¿La conocía usted? —le pregunté.

—¿Conocerla? —me respondió—. ¡Oh, no! Pero…

Fue a su escritorio, y volvió a mi lado con un retrato que contempló mudo un largo instante.

La criatura retratada era realmente hermosa. Llevaba el pelo apartado sobre las sienes, en dos secos golpes, como si la mano acabara de despejar bruscamente la frente. Pero lo admirable de aquel rostro eran los ojos. Su mirada tenía una profundidad y una tristeza extraordinarias, que la cabeza, un poco echada atrás, no hacía sino realzar.

—¿Es hija… o nieta de esta señora que ha muerto? —le pregunté.

—Es ella misma —repuso en voz baja—. He visto el daguerrotipo original… y en una ocasión única en mi vida —concluyó en voz más baja aún.

Quedó de nuevo pensativo, y al fin levantó los ojos a mí.

—Yo soy viejo ya —me dijo— y me voy… No he hecho en mi vida lo que he querido, pero no me quejo. Usted, que es muy joven y cree sentirse músico —y estoy seguro de que lo es— merece conocer esta ocasión de que le he hablado… Óigame:


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9 págs. / 16 minutos / 399 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

El Fraile y la Monja del Callao

Ricardo Palma


Cuento


Escribo esta tradición para purgar un pecado gordo que contra la historia y la literatura cometí cuando muchacho.

Contaba dieciocho años y hacía pinicos de escritor y de poeta. Mi sueño dorado era oír, entre los aplausos de un público bonachón, los destemplados gritos: ¡el autor! ¡el autor! A esa edad todo el monte antojábaseme orégano y cominillo, e imaginábame que con cuatro coplas, mal zurcidas, y una docena de articulejos, peor hilvanados, había puesto una pica en Flandes u otra en Jerez. Maldito si ni por el forro consultaba clásicos, ni si sabía por experiencia propia que los viejos pergaminos son criadero de polilla. Casi, casi me habría atrevido a dar quince y raya al más entendido en materias literarias, siendo yo entonces uno de aquellos zopencos que, por comer pan en lugar de bellota, ponen al Quijote por las patas de los caballos, llamándolo libro disparatado y sin pies ni cabeza. ¿Por qué? Porque sí. Este porque sí será una razón de pie de banco, una razón de incuestionable y caprichosa brutalidad, convengo; pero es la razón que alegamos todos los hombres a falta de razón.

Como la ignorancia es atrevida, echéme a escribir para el teatro: y así Dios me perdone si cada uno de mis engendros dramáticos no fué puñalada de pícaro al buen sentido, a las musas y a la historia. Y sin embargo, hubo público bobalicón que llamara a la escena al asesino poeta y que, en vez de tirarle los bancos a la cabeza, le arrojara coronitas de laurel hechizo. Verdad es que, por esos tiempos, no era yo el único malaventurado que con fenomenales producciones desacreditaba el teatro nacional, ilustrado por las buenas comedias de Pardo y de Segura. Consuela ver que no es todo el sayal alforjas.


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9 págs. / 16 minutos / 389 visitas.

Publicado el 19 de diciembre de 2020 por Edu Robsy.

Sine Qua Non

José Pedro Bellán


Cuento


I

Fué al final de una fiesta.

Con bastante regularidad dedicábamos un día de cada mes para una excursión al aire libre.

Nos reuníamos basta cuarenta individuos, de ambos sexos, amigos, amigas, no faltando a veces, matrimonios jóvenes, alegres aún, que nos acompañaban de buen corazón.

Desde que dejamos las últimas casas de la ciudad, empezamos a experimentar ese placer casi físico que se siente a la vista del campo.

Ese día, el tiempo se mostraba como un verdadero camarada.

Todo el encanto de la mañana estaba sobre el horizonte cargado de oro y la luz corría como desbordando por la comba del cielo cruzado por nubecillas que se crispaban de rojo.

Nada más admirable para un hombre de la ciudad que este espectáculo del sol.

Por un momento todos marchamos silenciosos, sin orden, amontonados, y por un momento nos detuvimos frente a la luz.

—¡Qué hermoso!...—exclamó una voz de mujer.—Nadie repuso una palabra.

Seguimos andando, pero, un instante después, cuando el sol mostró su superficie vidriada e inquieta, la alegría se apoderó de nosotros, una alegría ruidosa, muscular, que se manifestaba en gritos y carcajadas.

Llegamos a las ocho. Era una quinta que, además del terreno dedicado a la labranza, poseía una extensión considerable de campo libre.

Nos cambiamos de ropa y el grupo se dispersó. En poco tiempo, sólo quedamos en la casa, un viejo y yo. Se llamaba Juan, hacía el oficio de mayordomo y cantaba canciones tristes al final de las comidas.

—¡Cómo, tú aquí!—dijo, fingiendo sorpresa.

Respondí sin entender:

—¿Y no sabía usted que yo había venido?

El viejo me guiñó un ojo.

—¡Sí... eh?... ¿Y Rosita?...

Le miré más extrañado aún.


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Publicado el 24 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

Director de Veraneo

Joaquín Díaz Garcés


Cuento


A la vuelta del veraneo no puedo menos de presentarlo en cuerpo y alma a mis lectores. Es un hombre generalmente panzón, de buena salud, de buen diente, que ha pasado todo el año metido en la oficina, asfixiado en papel escrito, con el tintero bajo las narices, la lapicera en la oreja, luchando con los sabañones, con el sueldo, con los honorarios, con las hijas y con la mujer, y que llega siempre al mes de diciembre amenazado de una neurastenia.

Recibe las vacaciones con el gozo salvaje del caballo de coche de posta lanzado al potrero, escoge un balneario barato y se va al mar resuelto a sacarle el jugo al «veraneo», a no dejar perderse un solo centavo de descanso y alegría. Me refiero a él, al que ustedes han conocido en Zapallar, Papudo, Los Vilos y Pichidangui, en Quintero, Concón, Viña del Mar, San Antonio, Cartagena, PichiIemu, Constitución, Penco y San Vicente, en Peñaflor, San Bernardo, Linderos, Limache, Salto, Calera y San Felipe, en Panimávida, Cauquenes, Jahuel, Catillo, Apoquindo y Chillán, en fin, en todas partes donde hubo una colonia veraniega, donde se bailó, representó, amó, encendieron fuegos artificiales, enviáronse listas a los diarios y abriéronse bazares de caridad. Me refiero al organizador de las fiestas, al hombre indispensable, al que manejaba familias, damas y donceles, corporaciones y autoridades desde el punto de vista del recreo y honesto pasatiempo veraniego.

Acababa de llegar a un punto de veraneo y después de los trajines consiguientes que da en Chile «la casa amoblada» cuando se acaba de comprobar que no tiene más muebles que cuatro malos catres, dos sillas desfondadas, un piano con teclas recalcitrantes y un ropero cuyas puertas no cierran y cuyos cajones entran a puntapiés, estaba sentado en un banco en el jardincillo, cuando vi entrar al hombre panzudo y de buen humor. Se sonrió con aire de viejo amigo y sin cuidarse mucho de saludarme, dijo como para sí:


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9 págs. / 16 minutos / 142 visitas.

Publicado el 28 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

La Torta

Christoph von Schmid


Cuento infantil


Fritz era un niño de diez años, vivo y despejado, hijo del cazador de Grunental. Un día su padre tenía que llevar una carta al propietario de Laroche, castillo situado entre espesos bosques, y en el corazón de unas montañas salvajes—Difícilmente podré hacer este camino,—dijo el cazador.—No hace mucho que me lastimé un pie, que no tengo curado todavía, y hay tres leguas largas desde aquí á Laroche; pero como precisamente me lo manda mi amo, debo obedecer.

Oyendo estas palabras de su padre, le contestó Fritz:—Deme V. su comisión, y la cumpliré por V. Si bien es verdad que pasa el camino entre dos espesos bosques, pero esto no me da miedo alguno, Lo conozco todo, hasta la piedra, que forma nuestros límites; lo encontraré, y entregaré la carta.

—Pues, anda,—continuó su padre:—pero cuidado; que pongas la carta en manos propias: encierra mucho dinero, y seguramente que te darán una propina.

Y enseguida le explicó minuciosamente el camino, Fritz tomó su saquito de caza y su pequeña carabina, y emprendió el camino.

Llegó felizmente al castillo de Laroche y suplicó á los criados que lo comunicaran á su dueño. Subió magníficas y largas escaleras de piedra, y entró en una bellísima habitación. El señor del castillo estaba entonces ocupado en el juego de naipes. Fritz se inclinó profundamente en su presencia, y le entregó la carta que contenía una crecida cantidad. El caballero se levanta; pasa á su escritorio, escribe algunas palabras que entrega á Fritz, y se sienta otra vez al juego diciéndole estas palabras:—Está muy bien: puedes partir, que yo más tarde ya enviaré otra contestación.


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Publicado el 23 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

Una Historia Vulgar

Clemente Palma


Cuento


Un joven médico francés me refirió una historia trágica de amor, que se quedó vivamente grabada en mi memoria y que hoy refiero casi en los mismos términos en que la escuché.

Hela aquí:


Ernesto Rousselet era un muchacho que intimó conmigo en virtud de no sé qué misteriosas afinidades. Era lorenés y de una familia protestante. Fui el único amigo a quien amó y con quien tuvo verdadera intimidad. Era, sin embargo, de una educación, de un carácter y de un modo de pensar muy distintos a los míos; más aún, completamente opuestos. Ernesto era un puritano: por nada del mundo dejaba de ir los viernes a los oficios y los domingos a oír la lectura de la Biblia en una capilla luterana. A veces le acompañaba yo, y, a pesar de mi espíritu burlón, no podía menos de respetar la honradota fe de mi buen amigo. Ernesto era serio, incapaz de una deslealtad, y su alma noble de niño grande se transparentaba en todos sus actos y brillaba en la mirada de sus grandes ojos azules, en sus francos apretones de mano, y en la dulzura y firmeza de su voz. Nada de esto quiere decir que Ernesto fuera bisoño y meticuloso, ni que se asustara con las truhanadas propias de los mozos, ni que fuera un mal compañero de diversiones. Cierto es que a muchas asistía sólo por complacerme. Uno de los grandes placeres de Ernesto era hacer conmigo excursiones en bicicleta, de la que era rabioso aficionado.


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9 págs. / 16 minutos / 235 visitas.

Publicado el 14 de diciembre de 2020 por Edu Robsy.

Antolín S. Paparrigópulos

Miguel de Unamuno


Cuento


Y decidió ir a consultarlo con Antolín S. —o sea Sánchez— Paparrigópulos, que por entonces se dedicaba a estudios de mujeres, aunque más en los libros que no en la vida.

Antolín S. Paparrigópulos era lo que se dice un erudito, un joven que había de dar a la patria días de gloria dilucidando sus más ignoradas glorias. Y si el nombre de S. Paparrigópulos no sonaba aún entre los de aquella juventud bulliciosa que a fuerza de ruido quería atraer sobre sí la atención pública, era porque poseía la verdadera cualidad íntima de la fuerza: la paciencia, y porque era tal su respeto al público y a sí mismo, que dilataba la hora de su presentación hasta que, suficientemente preparado, se sintiera seguro en el suelo que pisaba.

Muy lejos de buscar con cualquier novedad arlequinesca un efímero renombre de relumbrón cimentado sobre la ignorancia ajena, aspiraba en cuantos trabajos literarios tenía en proyecto, a la perfección que en lo humano cabe y a no salirse, sobre todo, de los linderos de la sensatez y del buen gusto. No quería desafinar para hacerse oír, sino reforzar con su voz, debidamente disciplinada, la hermosa sinfonía genuinamente nacional y castiza.


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Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Maestros de Barrio

Joaquín Díaz Garcés


Cuento


El inmenso entusiasmo con que la humanidad recibió la invención del aeroplano no ha igualado, por cierto, el que acogió el descubrimiento de la rueda.

Yo me figuro a ese hombre primitivo y perezoso, a quien la tribu despreciaba por su inutilidad, meditabundo, en la rama de un árbol disputándoles las nueces a los monos y viendo llegar a sus compañeros arrastrando por el suelo, sobre enormes ramas y troncos, las piedras para construir la casa y los venados muertos para acumular charqui para el invierno. Me lo figuro sonriendo con ironía de todo ese trabajo mal aprovechado y dándose esa palmada en la frente que ha precedido toda invención. Tal vez un día se marchó solo con un hacha al hombro, y volvió como un triunfador precediendo una verdadera carreta de burdas ruedas hechas de una sola pieza —como torrejas de troncos— tirada por un buey, o, si se quiere, por un toro. ¡Qué locura sería la de la tribu!

Pues bien, yo espero igual frenesí para celebrar el descubrimiento que nos permita darnos baños calientes bajo techo, con oprimir una sola vez el timbre eléctrico o dar vueltas al conmutador o arrojar un comprimido a la tina. Porque la humanidad, principalmente la humanidad santiaguina, es esclava de un reducido grupo de hombres de perversas inclinaciones y de infinita torpeza, que se dan a sí mismos el nombre de gásfiters, y no podrá prescindir del tributo de dinero y de salud que ellos le extorsionan mientras exista el calentador automático de baño llamado cálifon, sea de tipo cilíndrico o cúbico, de níquel o de cobre, de mármol o de celuloide o de papel mascado o de... cualquiera cosa.


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9 págs. / 16 minutos / 45 visitas.

Publicado el 28 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

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