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Estudios Filológicos

Manuel Payno


Cuento


¡Éste no es país! ¡Estamos en un abismo! ¡No tenemos remedio!

No os canséis, lectores: los idiomas varían mucho, y todos los días es necesario hacer estudios de las lenguas, y particularmente de la castellana, que pretendemos hablar. Día vendrá con el tiempo en que trabajo costará a los habitantes de México el entender El Quijote de Miguel Cervantes. Por ahora con lo mal que hablamos y peor que escribimos, nos la vamos pasando perfectamente, que al fin lo mismo es decir calle sólida, que calle solitaria: así nos entendemos, y maldita la necesidad que hay de distinguir la Z de la S, pues lo mismo da matar un venado que contraer el santo matrimonio. Lo que es forzoso aprender, como los muchachos el Todo fiel, es el estilo de moda y las frases de la época.

Hay tiempos en que todo está excéntrico: si un albañil se cae de un andamio, es por la posición excéntrica que guardaba el edificio: si llueve y México se convierte en otra nueva Venecia, no son los patriotas capitulares los que tienen la culpa, sino la posición excéntrica de las nubes: si un pobre marido es víctima de las maquinaciones de un pisaverde, no tiene más remedio sino sufrir, hasta que toda la casa salga de la posición excéntrica en que se halla.

Otras veces todo está compacto: desde el ministerio, formado por cuatro personas distintas, pero con cuatro opiniones diferentes, hasta la prensa, cuya libertad suprime un bando militar y que con semejante medida queda perfectamente compacta. Los novios no se pueden casar, porque como antes habían sido compactos, ya la carga les pesa un poco. Si se trata de un día de campo, es menester que la comida, los vinos y el baile sean una misma cosa; mejor dicho, que todo esté compacto: medida que elevada a una grande escala, no agrada mucho a las madres de familia.


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8 págs. / 15 minutos / 68 visitas.

Publicado el 19 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.

La Sociedad Presente como Materia Novelable

Benito Pérez Galdós


Discurso, ensayo


Discurso ante la Real Academia Española, con motivo de su recepción.

Señores académicos:

Cumplido el deber que me imponía la memoria del ilustre Académico a quien sucedo, afronto de nuevo las dificultades de esta solemnidad; y no pudiendo esperar cosa de provecho de la erudición ni del estudio crítico, me atengo a vuestra probada indulgencia, suplicándoos que me permitáis por excepción, que mi inexperiencia justificará, cumplir este trámite sin ningún alarde ni esfuerzo de ciencia literaria, encerrándome dentro de límites modestísimos, sin más objeto que dar a este acto la extensión conveniente, atendiendo a que la excesiva brevedad pudiera ser tomada por descortesía. A mi buena estrella debo que haya sido designado para contestar a estas indoctas páginas un insigne ingenio, crítico y filósofo literario, a quien dotó Naturaleza de prodigiosas facultades para definir y desentrañar toda la ciencia estética del mundo, y además de un arte soberano para expresar sus opiniones. Pues bien: la mayor prueba de respeto que puedo dar al ilustre Académico que se digna contestarme en vuestro nombre, es no poner mis manos profanas en el sagrado tesoro de la erudición y del saber crítico y bibliográfico.


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8 págs. / 14 minutos / 432 visitas.

Publicado el 1 de diciembre de 2016 por Edu Robsy.

La Tía Sauvage

Guy de Maupassant


Cuento


I

Quince años habían pasado desde mi última visita a Virelogne. Esta vez fui durante el otoño, para cazar, y me hospedé en el palacio de mi amigo Serval, que los prusianos echaron abajo y que él acababa de reconstruir.

Me gustaba extraordinariamente aquel lugar. Existen en el mundo rincones encantadores que proporcionan una delicia sensual a nuestros ojos. Los queremos con amor carnal. Cuantos sentimos la seducción del campo conservamos un recuerdo emocionado de tal o cual fuente, de este o el otro bosque, de algunas lagunas, de colinas determinadas, que hemos tenido ocasión de ver muchas veces y que siempre nos han enternecido, como un acontecimiento feliz. En ocasiones vuela nuestro pensamiento hacia un trozo de bosque, un ribazo o un vergel salpicado de flores, que hemos visto una sola vez en un día gozoso y que se grabaron en nuestro corazón como ciertas figuras de mujeres ataviadas de vestidos claros y trasparentes, con las que nos cruzamos en la calle una mañana de primavera y que nos dejan en el alma y en la carne un anhelo insatisfecho e inolvidable, la sensación de que la dicha se ha rozado con nosotros.

Me gustaba todo el campo de Virelogne, sembrado de bosquecillos y surcado por arroyuelos que parecen venas que corren por el suelo llevando la sangre a la tierra. ¡Qué cangrejos, truchas y anguilas se pescaban en ellos! Era una suprema felicidad. Había sitios con profundidad para poder bañarme, y en las orillas de las minúsculas corrientes crecían altas hierbas de las que solían levantarse algunas becadas.

Iba yo caminando con la soltura de una cabra, observando a mis dos perros que avanzaban en descubierta delante de mí. Serval iba por mi derecha, a cien metros de distancia, ojeando un alfalfar. Al dar vuelta a los arbustos que sirven de límite al bosque de Saudres, distinguí una casucha campesina en ruinas.


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8 págs. / 14 minutos / 63 visitas.

Publicado el 14 de junio de 2016 por Edu Robsy.

Vindicación

Roberto Payró


Cuento


I

Jorge estaba persuadido de que una literata no era una mujer como todas las demás, pero buscaba la ocasión de convencerse de ello. Casualmente, por aquellos dias conoció en cierta tertulia á la señora de Palmares, una de esas mujeres prodigios, que reunen al talento de un hombre la belleza de un ángel, y que, como lo supiera amante y hasta cultivador de las letras, habíale rogado la visitara. El joven prometiólo, con gozo, disponiéndose á descubrir su misterio, como el lo llamaba, para lo cual se proponía visitarla en la primera oportunidad.

En cuanto á ella, tenía dos notoriedades bien distintas: la de sus escritos y la de sus costumbres. La una excelente, la otra mala. Se decía de ella cosas horribles: engañaba á todo el mundo; gustaba de abrazar al felicitarlos, por supuesto —á los literatos jóvenes; cambiaba de amantes como de dias la semana y como de fechas el mes; nunca se mostró reácia á ningún galanteo; y por fin dió márgen á que cierto francesito disgustado, ignoro por qué —la llamara epigramáticamente: Madame Tout-le-monde... A decir verdad, no faltan personas bondadosas que digan aun hoy que mucho de eso es cuento; pero como es imposible —ó por lo menos difícil— poner la cuestión en tela de juicio, lo mejor es dejarla para otra oportunidad.

Por otra parte, Soledad Palmares, era una mujer más que bella, divina. Cierto que carecía de esa hermosura indecisa de las vírgenes adolescentes: no era la mañana, pero en cambio era el medio dia con todos sus magníficos resplandores. Fernandez Espiro pudiera —él solo— retratar sus ojos negros, en que hay aún:


«resplandor de luna
mezclado á rayos de sol...»
 


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8 págs. / 14 minutos / 46 visitas.

Publicado el 28 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

El Último León

Vicente Blasco Ibáñez


Cuento


Apenas se reunió la junta del respetable gremio de los blanquers en su capilla, inmediata a las torres de Serranos, el señor Vicente pidió la palabra. Era el más viejo de los curtidores de Valencia. Muchos maestros, siendo aprendices, lo habían conocido igual que ahora con su bigote blanco en forma de cepillo, la cara hecha un sol de arrugas, los ojos agresivos y una delgadez esquelética, como si todo el jugo de su vida se hubiese perdido en el diario remojón de los pies y los brazos en las tinas del curtido.

Él era el único representante de las glorias del gremio, el último superviviente de aquellos blanquers, honra de la historia valenciana. Los nietos de sus antiguos camaradas se habían pervertido con el progreso de los tiempos: eran dueños de grandes fábricas con centenares de obreros, pero se verían apurados si les obligaban a curtir una piel con sus manos blandas de comerciantes. Sólo él podía llamarse blanquer, trabajando diariamente en su casucha, cercana a la casa gremial; maestro y obrero a un tiempo, sin otros auxiliares que los hijos y los nietos; el taller a la antigua usanza, con un dulce ambiente de familia, sin amenazas de huelga ni disgustos por la cuantía del jornal.


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Publicado el 29 de agosto de 2022 por Edu Robsy.

Educación holista en México

Fundación Ramón Gallegos


Ramón Gallegos, educación holista


Hablar de la obra editorial del Dr. Ramón Gallegos Nava representa una aventura altamente enriquecedora ya que implica explayarse en temas de irrefutable actualidad como son la espiritualidad, el amor universal y la educación holista.

El primer libro, Educación Holista, efectivamente trata de pedagogía, de holismo y de amor universal, fundidos para dar respuestas a los grandes problemas actuales de la humanidad a través de la educación.  La abundante producción que le sucede es una expansión de este germen que como célula madre  va generando células diferenciadas para la atención específica en ese amor universal que las genera. Así tenemos ”Diálogos Holistas”, “Sabiduría, Amor y Compasión”, “El Camino de la Filosofía Perenne”, “El Espíritu de la Educación”, “Una Visión Integral de la Educación”, “Pedagogía del Amor Universal”, “La Educación del Corazón”, “Aprender a Ser”, “Educación y Espiritualidad”, “Inteligencia Espiritual” y “Comunidades de Aprendizaje” La obra escrita del Dr. Ramón Gallegos Nava es sólo parte de su obra de amor universal, pues  no se reduce al discurso escrito y oral  sino que va acompañada de acciones.

En los libros mencionados es reiterativo en cuanto al valor que concede a la educación, pero entendida ésta  como el proceso del desarrollo integral del ser que incluye el desarrollo de la conciencia, de la espiritualidad, de las múltiples capacidades humanas, de la razón, de las percepciones sensoriales, de las emociones.


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Publicado el 10 de diciembre de 2020 por Fundación Ramón Gallegos.

Fantasmas de Navidad

Charles Dickens


Cuento


Me gusta volver a casa en Navidad. Todos lo hacemos, o deberíamos hacerlo. Deberíamos volver a casa en vacaciones, cuanto más largas mejor, desde el internado en el que nos pasamos la vida trabajando en nuestras tablas aritméticas, para así descansar. Viajamos hasta casa a través de un paisaje invernal; por campos cubiertos por una niebla baja, entre pantanos y brumas, subiendo prolongadas colinas, que se van volviendo oscuras como cavernas entre las espesas plantaciones que llegan a tapar casi las estrellas chispeantes; y así hasta que estamos en las amplias mesetas y finalmente nos detenemos, con un silencio repentino, en una avenida. En el aire helado la campana de la puerta tiene un sonido profundo que casi parece terrible; la puerta se abre sobre sus goznes y al llegar hasta una casa grande las brillantes luces nos parecen más grandes tras las ventanas, y las filas de árboles que hay frente a ellas parecen apartarse solemnemente hacia los lados, como para dejarnos pasar. Durante todo el día, a intervalos, una liebre asustada ha salido corriendo a través de la hierba cubierta de nieve; o el repiqueteo distante de un rebaño de ciervos pisoteando el duro hielo ha acabado también, por un minuto, con el silencio. Si pudiéramos verles sus ojos vigilantes bajo los helechos, brillarían ahora como las gotas heladas de rocío sobre las hojas; pero están inmóviles, y todo está callado. Y así, las luces se van haciendo más grandes, y los árboles se apartan hacia atrás ante nosotros para cerrarse de nuevo a nuestra espalda, como impidiéndonos la retirada, y llegamos a la casa.


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Publicado el 16 de junio de 2016 por Edu Robsy.

Solitaña

Miguel de Unamuno


Cuento


Erase en Artecalle, en Tendería o en otra cualquiera de las siete calles, una tiendecita para aldeanos, a cuya puerta paraban muchas veces las zamudianas con sus burros. El cuchitril daba a la angosta portalada, y constreñía el acceso a la casa, un banquillo lleno de piezas de tela, años rojos, azules, verdes, pardos, y de mil colores para sayas y refajos; colgaban sobre la achatada y contrahecha puerta, pantalones, blusas azules, elásticos de punto abigarrados de azul y rojo, fajas de vivísima púrpura pendientes de sus dos extremos, boinas y otros géneros, mecidos todos los colgajos por el viento del Noroeste, que se filtraba por la calle como por un tubo, y formando a la entrada como un arco que ahogaba a la puertecella. Las aldeanas paraban en medio de la calle, hablaban, se acercaban, tocaban y retocaban los géneros, hablaban otra vez, iban, se volvían, entraban y pedían, regateaban, se iban, volvían a regatear y al cabo se quedaban con el género. El mostrador, reluciente con el brillo triste que da el roce, estaba atestado de piezas de tela; sobre él, unas compuertas pendientes, que se levantaban para sujetarlas al techo con unos ganchos, y servían para cerrar la tienda y limitar el horizonte. Por dentro de la boca abierta de aquel caleidoscopio, olor a lienzo y a humedad por todas partes, y en todos los rincones, piezas, prendas de vestido, tela de tierra para camisas de penitencia, montones de boinas, todo en desorden agradable, en el suelo, sobre bancos y en estantes, y junto a una ventana que recibía la luz opaca y triste del cantón, una mesilla con su tintero, y los libros de don Roque.


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Publicado el 5 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Juan Neira

Joaquín Díaz Garcés


Cuento


Neira era el capataz del fundo de Los Sauces, extensa propiedad del sur, con grandes pertenencias de cerro y no escasa dotación de cuadras planas. Cincuenta años de activísima existencia de trabajo, no habían podido marcar en él otra huella que una leve inclinación de las espaldas y algunas canas en el abundante pelo negro de su cabeza. Ni bigotes, ni patillas usaba ño Neira, como es costumbre en la gente de campo, mostrando su rostro despejado, un gesto de decisión y de franqueza, que le hacía especialmente simpático. Soldado del Valdivia en la revolución del 51, y sargento del Buin en la guerra del 79, el capataz Neira tenía un golpe de sable en la nuca y tres balazos en el cuerpo. Alto, desmedidamente alto, ancho de espaldas, a pesar de su inclinación y de las curvas de sus piernas amoldadas al caballo, podía pasar Neira por un hermoso y escultural modelo de fuerza y de vigor.

Enérgica la voz, decidido el gesto, franca la expresión, ¡qué encantadora figura de huaso valiente y leal tenía Neira! Su posesión estaba no lejos de las casas viejas de Los Sauces, donde he pasado muy agradables días de verano con mi amigo, el hijo de los propietarios. La recuerdo como si la viera: un maitén enorme tendía parte de sus ramas sobre la casita blanca con techo de totora; en el corredor, eternamente la Andrea, su mujer, lavando en la artesa una ropa más blanca que la nieve; una montura llena de pellones y amarras colgada sobre un caballete de palo; y dos gansos chillones y provocativos en la puerta, amagando eternamente nuestras medias rojas que parecían indignarles.


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Publicado el 28 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Una Apuesta

Antón Chéjov


Cuento


I

Era una oscura noche de otoño. El viejo banquero caminaba en su despacho, de un rincón a otro, recordando una recepción que había dado quince años antes, en otoño. Asistieron a esta velada muchas personas inteligentes y se oyeron conversaciones interesantes. Entre otros temas se habló de la pena de muerte. La mayoría de los visitantes, entre los cuales hubo no pocos hombres de ciencia y periodistas, tenían al respecto una opinión negativa. Encontraban ese modo de castigo como anticuado, inservible para los estados cristianos e inmoral. Algunos opinaban que la pena de muerte debería reemplazarse en todas partes por la reclusión perpetua.

—No estoy de acuerdo —dijo el dueño de la casa—. No he probado la ejecución ni la reclusión perpetua, pero si se puede juzgar a priori, la pena de muerte, a mi juicio, es más moral y humana que la reclusión. La ejecución mata de golpe, mientras que la reclusión vitalicia lo hace lentamente. ¿Cuál de los verdugos es más humano? ¿El que lo mata a usted en pocos minutos o el que le quita la vida durante muchos años?

—Uno y otro son igualmente inmorales —observó alguien— porque persiguen el mismo propósito: quitar la vida. El Estado no es Dios. No tiene derecho a quitar algo que no podría devolver si quisiera hacerlo.

Entre los invitados se encontraba un joven jurista, de unos veinticinco años. Al preguntársele su opinión, contestó:

—Tanto la pena de muerte como la reclusión perpetua son igualmente inmorales, pero si me ofrecieran elegir entre la ejecución y la prisión, yo, naturalmente, optaría por la segunda. Vivir de alguna manera es mejor que de ninguna.

Se suscitó una animada discusión. El banquero, por aquel entonces más joven y más nervioso, de repente dio un puñetazo en la mesa y le gritó al joven jurista:


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Publicado el 7 de junio de 2016 por Edu Robsy.

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