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La Insolación

Horacio Quiroga


Cuento


El cachorro Old salió por la puerta y atravesó el patio con paso recto y perezoso. Se detuvo en la linde del pasto, estiró al monte, entrecerrando los ojos, la nariz vibrátil y, se sentó tranquilo. Veía la monótona llanura del Chaco, con sus alternativas de campo y monte, monte y campo, sin más color que el crema del pasto y el negro del monte. Este cerraba el horizonte, a doscientros metros, por tres lados de la chacra. Hacia el oeste, el campo se ensanchaba y extendía en abra, pero que la ineludible línea sombría enmarcaba a lo lejos.

A esa hora temprana, el confín, ofuscante de luz a mediodía, adquiría reposada nitidez. No había una nube ni un soplo de viento. Bajo la calma del cielo plateado, el campo emanaba tónica frescura que traía al alma pensativa, ante la certeza de otro día de seca, melancolías de mejor compensado trabajo.

Milk, el padre del cachorro, cruzó a su vez el patio y se sentó al lado de aquél, con perezoso quejido de bienestar. Permanecían inmóviles, pues aún no había moscas.

Old, que miraba hacía rato la vera del monte, observó:

—La mañana es fresca.

Milk siguió la mirada del cachorro y quedó con la vista fija, parpadeando distraído. Después de un momento, dijo:

—En aquel árbol hay dos halcones.

Volvieron la vista indiferente a un buey que pasaba, y continuaron mirando por costumbre las cosas.

Entretanto, el oriente comenzaba a empurpurarse en abanico, y el horizonte había perdido ya su matinal precisión. Milk cruzó las patas delanteras y sintió leve dolor. Miró sus dedos sin moverse, decidiéndose por fin a olfatearlos. El día anterior se había sacado un pique, y en recuerdo de lo que había sufrido lamió extensamente el dedo enfermo.

—No podía caminar—exclamó, en conclusión.

Old no entendió a qué se refería. Milk agregó:

—Hay muchos piques.


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Dominio público
7 págs. / 13 minutos / 1.406 visitas.

Publicado el 28 de julio de 2016 por Edu Robsy.

Ramón Gallegos y la inteligencia espiritual

Fundación Ramón Gallegos


Ramón Gallegos, educación holista, intelgiencia espiritual


Este ensayo es sobre el Dr. Ramón Gallegos Nava, quien es el padre de la educación holista, es el pionero a nivel mundial de esta pedagogía única de carácter integral. Es el autor que mas ha escrito sobre educación holista e inteligencia espiritual, 25 libros hasta la fecha.

La inteligencia espiritual es un proceso en el que adquirimos conciencia en el sentido de que el mundo es una totalidad; aquí, el educador tiene que pensar en el alumno como un ser humano integral, y ya no más como en antaño, cuando se veía al educando como un sujeto semicognitivo capaz sólo de procesar medianamente la información que se le proporcionaba por el maestro, porque es importante asumir que el alumno es titular de sentimientos, experiencia, valores, vida espiritual, familiar, sentido estético, intuición, y por tanto, no se puede pensar que ni siquiera tiene cuerpo más allá del cerebro físico.

Debemos tener presente que el estudiante es un ser humano poseedor de un potencial interior ilimitado, un sujeto sensible orientado a aprender, un ser espiritual en busca de conocimiento capaz de reconocer la belleza inherente de la vida; en suma, un ser con múltiples dimensiones de experiencia humana.

Ahora, entendido ya el papel tan importante que juega el alumno en la relación proceso-aprendizaje, es menester destacar la trascendencia de la educación holista, la cual puede ser explicada con una metodología de diferentes órdenes.

En suma, el ser humano es más que procesos tecnológicos: así, la educación es un proceso capaz de despertar la conciencia.

En dicho contexto, es importante que nos demos cuenta que necesitamos una educación ecológica para poder aspirar a una sociedad sustentable, única, que pueda garantizar nuestra supervivencia a largo plazo con calidad de vida.


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7 págs. / 12 minutos / 37 visitas.

Publicado el 16 de julio de 2019 por Fundación Ramón Gallegos.

Ramón Gallegos y la inteligencia espiritual

Fundación Ramón Gallegos


Ramón Gallegos, educación holista, inteligencia espiritual


Este ensayo es sobre el Dr. Ramón Gallegos Nava, quien es el padre de la educación holista, es el pionero a nivel mundial de esta pedagogía única de carácter integral. Es el autor que mas ha escrito sobre educación holista e inteligencia espiritual, 25 libros hasta la fecha.

La inteligencia espiritual es un proceso en el que adquirimos conciencia en el sentido de que el mundo es una totalidad; aquí, el educador tiene que pensar en el alumno como un ser humano integral, y ya no más como en antaño, cuando se veía al educando como un sujeto semicognitivo capaz sólo de procesar medianamente la información que se le proporcionaba por el maestro, porque es importante asumir que el alumno es titular de sentimientos, experiencia, valores, vida espiritual, familiar, sentido estético, intuición, y por tanto, no se puede pensar que ni siquiera tiene cuerpo más allá del cerebro físico.

Debemos tener presente que el estudiante es un ser humano poseedor de un potencial interior ilimitado, un sujeto sensible orientado a aprender, un ser espiritual en busca de conocimiento capaz de reconocer la belleza inherente de la vida; en suma, un ser con múltiples dimensiones de experiencia humana.

Ahora, entendido ya el papel tan importante que juega el alumno en la relación proceso-aprendizaje, es menester destacar la trascendencia de la educación holista, la cual puede ser explicada con una metodología de diferentes órdenes.

En suma, el ser humano es más que procesos tecnológicos: así, la educación es un proceso capaz de despertar la conciencia.

En dicho contexto, es importante que nos demos cuenta que necesitamos una educación ecológica para poder aspirar a una sociedad sustentable, única, que pueda garantizar nuestra supervivencia a largo plazo con calidad de vida.


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7 págs. / 12 minutos / 34 visitas.

Publicado el 16 de julio de 2019 por Fundación Ramón Gallegos.

Juicio del Cadí Prudente

Roberto Arlt


Cuento


Aún dos años después de la sublevación del emir Habibullah Ghazi habitaba en la ciudad de Kabul, frente a la muralla que balaustra la curva del río, un mercader de sedas y tapices llamado Maruf.

Cuando Maruf volvía la cabeza hacia el norte, distinguía las tres torres doradas de la fortaleza de Bala-Hizar. Cuando Maruf volvía la cabeza a su frente, veía la llanura extendida al pie de los montes y detenida por la cordillera de Kux, levantada en el fondo del horizonte como una alta muralla de nubes, pero Maruf gustaba mirar hacia el sur, en dirección a la calle que sirve de entrada al Charsun, donde el especiero Beder prosperaba con su comercio. Atendía la tienda un jovencito llamado Faisal, de notoria inteligencia y extraordinaria belleza.

El niño, sensible a la admiración y a los regalos que le ofrecía Maruf, deseoso de tenerlo por dependiente, terminó por quejarse a sus padres de la dureza con que le trataba Beder el especiero.

Cuánto más preferiría servirlo al sedero, cuya tienda visitaban extranjeros distinguidos, y no el almacén del barbudo Beder, cuyo patio era el parador de caravaneros chinos. Éstos, con grandes sombreros peludos y piernas envueltas en pieles de carnero, se detenían allí acompañados de pequeños asnos, sin que él recibiera ningún beneficio de tal promiscuidad.

Para el sedero Maruf fue un hermoso día aquel en que pudo mostrar a sus amistades al jovencito Faisal, adornado de una floreada casaca azul y de un turbante indostano cuyos flecos amarillos le caían sobre los hombros. Corría diligente, mostrando chinelas doradas debajo de los bombachos celestes, y ofrecía cortésmente té a las visitas.


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Dominio público
7 págs. / 12 minutos / 21 visitas.

Publicado el 24 de febrero de 2024 por Edu Robsy.

El Pescador y su Mujer

Hermanos Grimm


Cuento infantil


Había una vez un pescador que vivía con su mujer en una choza, a la orilla del mar. El pescador iba todos los días a echar su anzuelo, y le echaba y le echaba sin cesar.

Estaba un día sentado junto a su caña en la ribera, con la vista dirigida hacia su límpida agua, cuando de repente vio hundirse el anzuelo y bajar hasta lo más profundo y al sacarle tenía en la punta un barbo muy grande, el cual le dijo: —Te suplico que no me quites la vida; no soy un barbo verdadero, soy un príncipe encantado; ¿de qué te serviría matarme si no puedo serte de mucho regalo? Échame al agua y déjame nadar.

—Ciertamente, le dijo el pescador, no tenías necesidad de hablar tanto, pues no haré tampoco otra cosa que dejar nadar a sus anchas a un barbo que sabe hablar.

Le echó al agua y el barbo se sumergió en el fondo, dejando tras sí una larga huella de sangre.

El pescador se fue a la choza con su mujer: —Marido mío, le dijo, ¿no has cogido hoy nada?

—No, contestó el marido; he cogido un barbo que me ha dicho ser un príncipe encantado y le he dejado nadar lo mismo que antes.

—¿No le has pedido nada para ti? —replicó la mujer.

—No, repuso el marido; ¿y qué había de pedirle?

—¡Ah! —respondió la mujer; es tan triste, es tan triste vivir siempre en una choza tan sucia e infecta como esta; hubieras debido pedirle una casa pequeñita para nosotros; vuelve y llama al barbo, dile que quisiéramos tener una casa pequeñita, pues nos la dará de seguro.

—¡Ah! —dijo el marido, ¿y por qué he de volver?

—¿No le has cogido, continuó la mujer, y dejado nadar como antes? Pues lo harás; ve corriendo.

El marido no hacía mucho caso; sin embargo, fue a la orilla del mar, y cuando llegó allí, la vio toda amarilla y toda verde, se acercó al agua y dijo:


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Publicado el 23 de agosto de 2016 por Edu Robsy.

Bonaparte en San Miniato

Anatole France


Cuento


Tras haber ocupado Livorno y haber cerrado su puerto a los navíos ingleses, el general Bonaparte se dirigió a Florencia para visitar a Fernando III, gran duque de Toscana que, entre todos los príncipes de Europa era el único que había mantenido de buena fe sus compromisos para con la República. Como prueba de estima y confianza, fue sin escolta, con su Estado Mayor. Se le mostró el escudo de armas de los Buonaparte esculpido sobre el dintel de una antigua casa. Él sabía que una rama de su familia había vivido antaño en Florencia y que aún existía un último vástago. Era un canónigo de San Miniato, de ochenta años. Pese a los asuntos urgentes, deseaba hacerle una visita. Los sentimientos naturales eran muy fuertes en Napoleón Bonaparte.

La víspera de su partida, por la tarde, fue con algunos de sus oficiales a San Miniato, cuya colina coronada por torres y murallas se yergue a una media legua al sur de Florencia.

El anciano canónigo Bonaparte acogió con noble amenidad a su joven pariente y a los franceses que le acompañaban. Eran Berthier, Junot, el oficial de pagos Chauvet y el teniente Thézard. Les ofreció una cena a la italiana en la que no faltaron ni las grullas de Peretola, ni el lechón a las hierbas aromáticas, ni los mejores vinos de Toscana, de Nápoles y de Sicilia. Él mismo brindó por el éxito de sus ejércitos. Republicanos como Bruto, bebieron por la patria y por la libertad. Su anfitrión les dejó hacer puesto que no podía impedirlo. Luego, volviéndose hacia el general que había colocado a su derecha:


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Publicado el 14 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

La Razón del Ser

Miguel de Unamuno


Cuento


Capítulo I

En él se da principio con un monólogo


Tengo yo razón de ser?», se preguntaba el maestro mientras mascullaba maquinalmente un bocado de pan.

«Razón de ser..., razón de ser..., ón de ser..., de ser..., ser..., er...», repetía sin darse cuenta de ello.

«¿Si tendré razón de ser?», se volvió a preguntar, y deglutió el bolo alimenticio.

«¿Por qué como?—Y seguía comiendo—Porque tengo apetito. Y ¿por qué tengo apetito? Porque tengo necesidad. Y ¿por que tengo necesidad? Porque no he comido hace unas horas..., es decir, que como porque no he comido..., ¡comer por no haber comido!, ¡ah, caramba!, ¡pshé, pshé!», y se puso a silbar mirando al techo.

Cogió una tajadita de carne caliente y, mientras soplaba, volvió al tema: «¿Para qué como? Para vivir. Y ¿para qué vivo?, sí, ¿para que vivo?, ¿para qué vivo? ¡Ah, ah!, aquí esta el clavo...


Mi corazón a su pies
lo ves y no lo levantas,
¡zamba!, ¡que le da!,
¡que le da!, ¡que le da!, ¡que le da!


Ésta es música...,¿de qué zarzuela es?..., en fin, ¿para qué vivo?..., para muchas cosas... ¡Oh, oh!, yo descubriré el problema...» Y se acomodó mejor en la silla.

—¡Juanita! ¡Juanita!

—¡Señorito!

—Tráeme tintero con tinta, pluma de escribir y papel...rayado o sin rayar. Anda lista.

La criada, que era fea, se lo trajo. Tomó la pluma, mojóla en tinta y se quedó pensando.


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Publicado el 22 de mayo de 2021 por Edu Robsy.

Un Amante Tacaño

O. Henry


Cuento


En el Gran Almacén había tres mil chicas. Masie era una de ellas. Tenía dieciocho años y era vendedora en la sección de guantes de caballero. Allí fue donde aprendió a distinguir dos variedades de seres humanos: la de los caballeros que se compran los guantes en almacenes, y la de las mujeres que les compran guantes a caballeros desafortunados. Además de tan vasto conocimiento acerca de la especie humana, Masie había adquirido información por otras vías. Había prestado oídos a la sabiduría promulgada por las 2999 chicas restantes, y la había almacenado en un cerebro que era tan cauto y reservado como el de un gato maltés. Es posible que la Naturaleza, previendo que iban a faltarle sabios consejeros, hubiese mezclado el ingrediente salvador de la perspicacia junto con su belleza, tal como ha dotado al zorro plateado de una piel de inapreciable valor al tiempo que le ha dado una astucia superior a la de los otros animales.

Porque Masie era muy guapa. Tenía el pelo de un rubio intenso, y poseía la serena elegancia de la dama que hace pasteles de mantequilla en un escaparate. Permanecía de pie detrás del mostrador en el Gran Almacén; y cuando uno cerraba la mano sobre la cinta métrica para saber su talla de guantes recordaba a Hebe, y al mirarla de nuevo uno se preguntaba cómo habría logrado apoderarse de los ojos de Minerva.

Cuando el jefe de planta no estaba mirando, Masie mascaba tutti—frutti; cuando miraba, levantaba la vista como quien está contemplando las nubes y sonreía melancólicamente.


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Publicado el 20 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

El Perfil

Baldomero Lillo


Cuento


Una tarde, en casa de un amigo, conocí a la señorita Teresa, joven de dieciocho años, de figura simpática y atrayente. Parecía muy tímida, y la expresión de su moreno y agraciado rostro y de sus pardos y rasgados ojos, sombreados por largas pestañas, era grave y melancólica.

A primera vista en su persona no se notaba nada extraordinario, pero después de algún tiempo, el más mediano observador podía advertir en ella algo extraño que llamaba poderosamente la atención. Sin que nada, al parecer, lo motivase, quedábase, de pronto, inmóvil y silenciosa, ensombrecido el rostro y la vaga mirada perdida en el vacío. Otras veces, un grito, un rumor cualquiera, la caída de un objeto en el suelo, bastaba para que, incorporándose bruscamente, mirase en torno con azoramiento, cual si un peligro desconocido le amenazase.

La impresión que estas raras actitudes dejaban en el ánimo del espectador, era que se estaba en presencia de alguien que había recibido una gran conmoción física o moral, cuyos efectos, perdurando todavía en su sistema nervioso, producían esas reacciones ya muy débiles y atenuadas por la acción sedante del tiempo.

Cuando comuniqué a mi amigo estas reflexiones me contestó:

—No te extrañe lo que has visto. Esta pobre niña recibió hace algunos meses un golpe terrible que perturbó su razón, la que ha ido recobrando poco a poco. Ahora está fuera de peligro. La causa que le produjo ese trastorno fue un crimen que se cometió el año pasado, y en el cual perdieron la vida los dueños de un pequeño negocio situado en las vecindades de S. Los asesinados, marido y mujer, eran los padres de esta muchacha, y ella escapó apenas de correr a misma suerte gracias a que pudo huir y ocultarse a tiempo


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Publicado el 29 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

Un Vestido

Fernán Caballero


Cuento


Caridad quiere decir amor. Hay tres clases de amor incluidas en esta denominación: el amor a Dios, que es la adoración; el amor a nuestros iguales, que es la benevolencia, y el amor a los pobres y los que padecen, que conserva el nombre de este amor teologal: caridad.

Si, por desgracia, en nuestra acerba y descreída era están tibios y aminorados los dos primeros, no lo está por suerte el último, que permanece en el siglo como una cruz en la cúspide de un edificio que van invadiendo, al menos al exterior, las frías aguas del indiferentismo.

Mientras más cunda la miseria merced a causas que no es del caso ni de nuestra incumbencia examinar, pero entre las cuales, no obstante, citaremos el lujo, que, semejante a un despreciable afeite, pero siendo en realidad una mortífera lepra, se va extendiendo sobre toda la sociedad y la carestía de los artículos de primera necesidad, que oprime y ahoga a las clases menesterosas como un dogal, mientras más cunda, decimos, la miseria, más ostensiblemente corre a su auxilio la caridad. Desde los graves hermanos de San Vicente de Paúl, que edifican al público, hasta los alegres histriones que lo divierten, todos concurren al misino objeto. Centuplica la caridad sus recursos y después que las señoras, imitando el ejemplo de las santas, le han dedicado los primores de sus agujas, los hombres, a su vez, las imitan, dedicando al mismo fin los trabajos de sus plumas. No elogiaremos este buen propósito; las buenas obras, sinceras y puras, tienen su pudor, que rechaza el elogio como una recompensa, puesto que la dádiva que obtiene premio no es tan dádiva como la que nada recibe, y esta es la razón por la que tantas almas piadosas ocultan el bien que hacen, mortificadas que son por la alabanza que excita.


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7 págs. / 12 minutos / 181 visitas.

Publicado el 2 de enero de 2019 por Edu Robsy.

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