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Anand y los monos

Francisco A. Baldarena


animales


Después que Daya terminó de prepararle la bandeja con los Mangalore Buns, Anand fue a sentarse al jardín, lugar que tiene casi como sagrado, y donde suele pasar largas horas tomando el desayuno o practicando la lectura y escritura, siempre que el tiempo lo permita. 

   Era una mañana alegre, con el canto de las aves y el ruidoso movimiento de los monos entre la arboleda que tanto le agradaba oír. Anand cerró los ojos y dejó que el primer bocado le arrancara un profundo suspiro. 

En la copa de los árboles el suspiro de Anand no fue desapercibido por los monos, que suspendieron lo que hacían de inmediato y fijaron su atención en él. 


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Publicado el 17 de junio de 2021 por Francisco A. Baldarena .

¡Pobre de nosotras!

Francisco A. Baldarena


animales


A causa de la velocidad a la que marchaba el camión, mirar al suelo cercano causaba vértigo, por eso mis ojos estaban más allá de la banquina y de los alambrados de los campos. Y cuanto más lejos miraba, el paisaje parecía una estampa inmóvil, como de fotografía. Un puñado de ganado, en franco desparramo, pastaba mansamente o descansaba al resguardo de la sombra de unos cuantos árboles plantados desordenadamente, como nacidos al acaso.       De repente, a pocos metros de una tranquera, pasó por delante de mis ojos la quieta figura de una vaca tumbada de lado, estaba muerta. Cerca de la finada, hinchada como un globo, un grupo de caranchos esperaba pacientemente, posados encima de los postes del alambrado, que la desgraciada estuviera en su punto para caer, voraces, de cabeza en la podredumbre. 

   Oí que la compañera de la derecha, comprimida contra mi cuerpo, musitaba con pesar: 


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Publicado el 16 de junio de 2021 por Francisco A. Baldarena .

Los pumitas

Francisco A. Baldarena


animales


1- LA OPORTUNIDAD

Mamá puma no estaba, había salido a cazar al monte. "No se alejen demasiado de la cueva", les había recomendado a los dos cachorros supervivientes de los cuatro que había parido dos meses atrás. Pero ellos, inquietos como eran, no le hicieron caso y, apenas la vieron desaparecer en la espesura del monte, salieron a dar una vuelta por los alrededores. 

   En un dado momento uno de los pumitas percibió, en un pastizal cercano, algo moviéndose de una manera que le pareció sospechosa, lo que activó su curiosidad. 

2- LA SORPRESA

   Le hizo señas al hermano para que se acercara. 


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Publicado el 16 de junio de 2021 por Francisco A. Baldarena .

El perro

Francisco A. Baldarena


campo, rural


1- 
Una vez más la piedra lo alcanzó, en las costillas. El perro soltó un gemido y corrió a esconderse detrás del rancho, donde se tiró cerca del gallinero a lamerse donde le había dado el piedrazo, gimiendo débilmente a cada lamida mientras el dolor penetrante se ramificaba por todo el costillar. Y entre lamida y lamida, husmeaba por entre el cardal. Pues hasta que no viera pasar a su agresor no se tranquilizaría. Entonces lo alcanzó a ver: ahora el sabandija se entretenía dándole hondazos a los nidos de los horneros en el monte de acacias, del otro lado del camino polvoriento. 

2- 

Todas las tardes el sabandija pasaba por el rancho, a esas horas no quedaba nadie más en casa que él y las gallinas, y, como buen curtido que era, se quedaba un buen rato por allí, martirizándolo a hondazos. 


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Publicado el 13 de junio de 2021 por Francisco A. Baldarena .

La lechuza

Francisco A. Baldarena


campo, rural


Los Aranguren cenaban en silencio a la luz del candil. De pronto madre, padre y los dos hijos adolescentes, oyeron el lúgubre ulular de una lechuza, muy cercana, que los dejó paralizados y mirándose entre sí, con malos pensamientos empezando a rondar sus mentes. 

    El padre salió al patio y, amparando con una mano el candil para que la brisa nocturna no le apagara la llama, descubrió, en una esquina del pecho de paja del rancho, la lechuza agorera. 

 "¿Quién de nosotros será el elegido?", se preguntó el hombre, atemorizado. Su esposa y los hijos lo vieron regresar pálido como una vela y le adivinaron, en todo su ser, los negros pensamientos que lo mortificaban; ella se persignó y pensó que lo peor no demoraría mucho para abatirse sobre ellos; y a los hijos, ante la perspectiva de la muerte cercana, se les ensombreció el alma. 

   Esa noche ningún Aranguren pegó el ojo, y la lechuza se hizo oír varias veces. La lúgubre voz les helaba la sangre y les hacía sentir molestias en el cuerpo que nunca antes habían sentido, o si las sintieron no tenían el mismo significado que en ese momento. 


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Publicado el 13 de junio de 2021 por Francisco A. Baldarena .

La gallinización de Fulgencio Gavino

Francisco A. Baldarena


gaucho, campo, rural


Fulgencio Gavino nunca había sido madrugador, se levantaba cuanto mucho a eso de las ocho y solía entrar al reino de Morfeo alrededor de la medianoche. Pero de un tiempo a esta parte era como si el día se le hubiera corrido, apenas se ponía el sol lo acometía un bostezar continuo y los párpados comenzaban a pesarle como hechos de piedra y la mente le pedía reposo absoluto, es decir: cama, colchón. Y entre las tres y las cuatro de la madrugada ya no conseguía más dormir y empezaba a rodar en la cama para un lado y para el otro, hasta que Doña Juanita lo mandaba a joder a la cocina. 

   Mandáte a mudar, hombre de Dios. Prendé el fogón y ponete a tomar mate, le decía con voz soñolienta. 

   A la segunda semana desde que se le corrieran los días, a Fulgencio empezó a caérsele el pelo, a cada peinada un puñado cabello iba a parar al basurero. Es sabido que la calvicie es propia de los hombres, ¡pero así, sin previo aviso...! 

   Fulgencio se inquietó en silencio, y resignado a la vejez, que no es viajera solitaria y cuando llega siempre viene acompañada de convidados indeseados, pero, como a los parientes, no hay cómo cerrarle las puertas, le hizo frente de pecho erguido. 

   Y quince días más tarde la cabeza le brillaba como bocha embebida en aceite puesta al sol; y los vellos, extrañamente, corrieron la misma suerte que sus primos de la cabeza. Al  mes siguiente tenía el cuerpo como chancho listo para la parrilla, sin un pelo siquiera para decir este es el último que me queda. 

   Doña Juanita le dijo un día: 

   Hombre porfiao, te digo que vayas a ver al dotor. Y él respondió:


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Publicado el 13 de junio de 2021 por Francisco A. Baldarena .

El cambiazo

Francisco A. Baldarena


gaucho, campo, rural



1 Rupertino
Rupertino levantó la vista y escrutó el horizonte, el sol ya se ocultaba y nubes de frío llegaban desde el sur.    Dentro un poco y me adentro p´al rancho, le dijo al aire; luego se escupió las manos, frotándoselas con ganas, empuñó el hacha y siguió con su labor haciendo volar astillas entre golpe y golpe mientras la pila de leña crecía, prometedora de rancho caliente para pasar la noche. En eso estaba cuando se acercó el patrón. 

   Diga pues, don Zoilo, dijo, suspendiendo la trayectoria de un hachazo. 

   ¿No has visto al tobiano, vo?, preguntó don Zoilo, paseando la vista de un lado a otro. Rupertino lo acompañó con un vistazo ligero por los alrededores. 

   No, patrón, ni la sombra, va a ver que está metido n´el monte. Don Zoilo miró hacia el monte que Rupertino le señalaba con un gesto vago, al final de la propiedad. 

   Güeno, entonce largá eso y andá a ver si está allá, le ordenó don Zoilo, poniendo cara de preocupación. Casi la misma cara de preocupación que enturbió los pensamientos de Rupertino, porque si el caballo no estaba en el monte le iba a suceder como la última vez cuando tuvo que ir a buscarlo al campo de los Gómez, por causa de una yegua en celo cuyo hechizo el viento había traído hasta el pastizal donde estaba metido. Pero el problema ahora presentado estaba en que en aquella ocasión no hacía tanto frío como hoy. "Caballo de mierda", se dijo para sus adentros. Pero sin más remedió que la obediencia sin derecho a chistar, clavó el hacha en el tronco y salió cruzando el campo para el monte, al tiempo que le rogaba a todos los santos que el bendito caballo se encontrara allí. 


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Publicado el 13 de junio de 2021 por Francisco A. Baldarena .

El rebenque

Francisco A. Baldarena


gaucho, campo, rural


Don Rufino abrió la puerta del rancho y campeó el tiempo, el sol daba de lleno en el patio; chupó tres veces seguidas la bombilla haciendo roncar el mate y desapareció en la penumbra del rancho. Al rato salió, con una lata de grasa en una mano y el rebenque de tiento en la otra, y fue a sentarse en el tronco de acacia en el medio del patio, donde empezó a sobar la lonja. Media hora después asomó el copete Juancito, el hijo del medio, de pelos enmarañados y ojos lagañosos. 

   "Güen día, tata", dijo, con voz de gato desganado. 

   "Güen día", respondió el padre, secamente y sin apartar la vista de la labor. 

   Juancito, las manos dentro de la bombacha, se puso a patear piedritas con la punta de las alpargatas. Al rato preguntó: 

   "¿Pa qué soba tanto ese rebenque, tata?" Don Rufino esta vez nada contestó. 

   Juancito, viendo que el padre no le daba bolilla se puso a masticar una pajita que encontró en un bolsillo, mientras seguía pateando piedritas. 

    "¿Qué, está reseco el cuero?", volvió a preguntar, un rato después. 

   Don Rufino se mantuvo en el mutismo más absoluto, dale que dale al sobaje. Juancito frunció el entrecejo y las pestañas se le hicieron una, como pestaña de cíclope y enseguida volvió a la carga: 

   "Dele, tata, ¿me va a decir o no pa que soba tanto el rebenque viejo ese?" 

   Don Rufino nuevamente no dijo ni A; mientras tanto, seguía lustrando el cabo con un pedazo de frazada que sacó de un bolsillo de la bombacha. Juancito pensó que su padre, o se había quedado sordo de golpe o se hacía el sonso para pasarla bien, o quién sabe de tan entretenido que estaba lustrando con frenesí la lonja por ambos lados no lo escuchaba bien, consideró por último. 


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Publicado el 13 de junio de 2021 por Francisco A. Baldarena .

El juego del diablo

Francisco A. Baldarena


gaucho, campo, rural


I-  LA MUERTE

La tarde en que Remigio González fue asesinado parecía que el sol hubiera evaporado hasta el aire. 

   Remigio hacía la siesta, espatarrado debajo de la sombra de los eucaliptos mudos detrás del rancho, mientras se consumía en un letargo aplastante, insensible al cosquilleo del andar inquieto de las patas de las moscas sobre su piel grasienta, cuando la muerte se le tiró encima, sin chance siquiera para un pedido de perdón o un poco de clemencia. 

II- UNA VUELTA EN EL PUEBLO

Los pinos delante del rancho iban fundiéndose imperceptiblemente en el azabache de la noche que ya caía, cuando Pedro Campos sintió ganas de dar una vuelta por el pueblo. Era viernes. Pensó en lo duro que había trabajado en los últimos días en la estancia, y que merecí­a distraerse un poco. Se afeitó la barba de varios días, emparejó el bigote y se dio un bañó rápido. "Las horas del patrón pasan rápido, las nuestras no", reflexionó mientras se secaba. Vistió ropa limpia: la bombacha negra de salir, una camisa inmaculadamente blanca y un pañuelo rojo, que anudó al cuello con parsimonia y esmero; luego calzó las botas de cuero, negras y lustrosas, se ciñó firmemente la faja, también roja para combinar con el pañuelo, y se acomodó el facón de plata por detrás de la cintura. Finalmente, dobló el poncho bordó y se lo puso sobre el hombro izquierdo. Antes de salir al patio agarró el rebenque y el sombrero de fieltro negro, que siempre dejaba colgados detrás de la puerta de entrada, y dándole un beso en la frente a su esposa le dijo: 

   Ya vuelvo, voy al pueblo; enseguida salió hacia el fondo, donde ensilló el caballo para, al rato y al trotecito manso, tomar el rumbo del pueblo por el camino de tierra. 

III- EL BOLICHE


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Publicado el 10 de junio de 2021 por Francisco A. Baldarena .

Bababec y los Faquires

Voltaire


Cuento


Cuando estuve yo en la dudad de Benarés, antigua patria de los brahmanes, procuré instruirme. Entendía medianamente el indio, escuchaba mucho y lo examinaba todo. Vivía en casa de mi corresponsal Omri, el hombre más de bien que he conocido. Era él de la religión de los bramas, yo tengo la honra de ser musulmán, y nunca nos dijimos una palabra más alta que otra acerca de Mahoma y Brahma: cada uno hacía sus abluciones aparte, y bebíamos la misma limonada, y comíamos el mismo arroz, como dos hermanos.

Fuimos un dia juntos á la pagoda de Gavani, adonde vimos muchas cuadrillas de faquires, unos que eran yangüies, esto es, faquires contemplativos, y otros discípulos de los antiguos gimnosofistas, los cuales pasaban una vida activa. Todos saben que tienen una lengua científica, que es la de los más antiguos brahmanes; y un libro en este idioma, que llaman el Veidan, que ciertamente es el libro más antiguo de toda el Asia, sin exceptuar el Zenda-Vesta. Pasé por delante de un faquir que estaba leyendo este libro. ¡Maldito infiel, exclamó, que me has hecho perder la cuenta de las vocales que estaba contando! De esta hecha pasará mi alma al cuerpo de una liebre, en vez de ir al de un papagayo, como lo esperaba con fundamento. Yo le di una rupia para que se consolara. A pocos pasos tuve la desgracia de estornudar, y al ruido se despertó un faquir que estaba arrobado. ¿Dónde estoy? dijo; ¡qué horrorosa caida! ya no veo el cabo de mis narices, y se ha desaparecido la luz celestial. Si soy yo la causa, le dije, de que veáis más allá que donde alcanzan vuestras narices, ahí está una rupia para resarcir tamaño desmán; tornaos á vuestra luz celestial.


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Dominio público
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Publicado el 8 de junio de 2021 por Edu Robsy.

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