Los azahares de Juanita
Mirar los blancos azahares con que se coronan las novias en tren de
matrimonio, y sentir una carcajada cosquillearme en la garganta, es todo
uno.
Y esto me sucede, no porque sea un cotorrón canalla y descreido, sino
porque me acuerdo de Juanita la hija de nuestra vecina doña Antonia,
que se casó con mi tío Juan Alberto.
¡Qué impresión sentí cuando la ví coronada de blancas flores de
naranjo, emblema de la pureza, a aquella pícara y graciosa muchacha con
quien había trincado tanto en el jardín de mi casa!
Vino a mi mente, con toda claridad, la tarde aquella en que por vez
primera nos dimos un beso, que fué el incubador de los millones en
gérmen que Juanita escondía en las extremidades de su boquita rosada.
* * *
Según costumbre, Juanita y yo —dos muchachos de 13 años— habíamos
ido al jardín en busca de violetas, durante una templada tarde de
Agosto.
Allí, sentados a la sombra de los grandes árboles, escudriñábamos
entre las hojas verdes, buscando las pequeñas flores fragantes.
Examinábamos la misma mata y de repente nuestras manos se encontraron
sobre el tallo de una gran violeta nacida al reparo de una piedra, que
yo me apresuré a cortar.
—¡Qué linda... —dijo ella,— dámela!
—¡No!... es para mi ramo!
—¡Dámela, me repitió, pero esta vez con un tono tal, que me obligó a mirarla a la cara... ¡no seas malo!
Y sus ojos negros fijándose en los míos me hicieron experimentar algo de que aún no me doy cuenta.
—¿No me la dás?... —volvió a preguntarme.
Y como yo al mirarla me sonriera, se rió ella, mostrándome sus
pequeños dientes blancos, mientras exclamaba con un tono de reproche...
¡Malo!
—Y si te la doy, ¿qué me dás a mí? —le pregunté mirándola fijamente.
—Dámela volvió a decirme, queriendo arrebatarme la codiciada flor y sin responder a mi pregunta.
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