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El Gran Latido

Rosa González


Cuentos, colección


ANDRES

 

La cabina de teléfono, situada en un extremo de la playa, se le antojaba la viva representación de la soledad en aquel otoño que invadía el pueblo. El frío húmedo y suave encerraba a los habitantes en sus casas. Todo se volvía estático en los atardeceres, salvo el mar, pura libido lamiendo insaciable la arena. Andrés paseaba por la orilla esquivando las piedras, atento a que el sonido de las olas depositara en él algún mensaje. A ratos se paraba y contemplaba el lugar que trepaba la montaña a espaldas del agua. Las casas blancas y diminutas, alumbraban luces de interior, luciérnagas que a la caída de la tarde convertían el conjunto en la viva representación de un nacimiento navideño. A esas horas, los niños terminaban sus deberes, las madres preparaban la cena y los hombres miraban el televisor esperando ansiosos las noticias futbolísticas.

Solo Magario, el pescador de más edad, permanecía sentado a la puerta de su casa, desenredando la red que el mar convertiría al día siguiente en pasto de laberintos. Pero Magario era hombre de pocas palabras. Muy de tarde en tarde, saludaba al paseante de lejos, estableciendo la distancia cortés del que no quiere mayores aproximaciones. Por segundos, mientras devolvía el saludo, Andrés percibía la imagen estática del pescador bajo el pequeño farol que alumbraba su porche y, sin saber porqué, sentía envidia. Exceptuando su casa y su barca, el resto del mundo estaba demás para Magario, alma anclada allí de tal manera que ni vientos ni mareas parecían alterarlo.


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18 págs. / 32 minutos / 69 visitas.

Publicado el 31 de agosto de 2021 por usuario no registrado.

El Jardín Secreto

Francisco A. Baldarena


cuento


1 


EL BOTÁNICO 


Los cargadores, baquianos del lugar, aprovecharon el ensimismamiento del botánico para largar los bultos al piso y convertirse, en segundos, en parte de la selva. Mientras el profesor Zachariah Taylor estaba en «su mundo», cosas ajenas a lo estrictamente salvaje y natural estaban fuera de su percepción; por eso vino a percatarse que lo habían abandonado mucho después, cuando se le resbaló de las manos sudadas los prismáticos con el cual observaba la techumbre verde surcada por luminosos haces rectilíneos en todas direcciones, tratando de avistar un guacamayo escurridizo herido en un ala que se movía torpe y dificultosamente por la copa de los árboles, un poco más adelante que la comitiva. Justo ahí, sin nadie delante ni detrás, fue que se dio cuenta de que estaba solo, abandonado y librado a su suerte en medio de una selva repleta de peligros. Entretanto, creyó que no le resultaría difícil volver por la trocha abierta entre la maraña si no se demoraba mucho en pegar la vuelta, puesto que si lo agarraba la noche en la selva, lo más probable es que no fuese a sobrevivir para contarlo. 

 Miró la hora. Eran las nueve y veintiocho, así que todavía tenía un buen margen de luz para continuar explorando un poco más. Presumía que el guacamayo de un momento a otro caería con un ruido blando, soltando quizás un quejido de dolor casi imperceptible, sobre la hojarasca humedecida, entonces lo atraparía, le trataría la herida y se lo llevaría como recuerdo de sus andanzas por la selva. 


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4 págs. / 8 minutos / 548 visitas.

Publicado el 30 de agosto de 2021 por Francisco A. Baldarena .

El Niño-Rolando

Francisco A. Baldarena


cuento


A cada dos o tres minutos, la señora Marlos, sentada junto a dos grandes valijas en la sala VIP del aeropuerto de Paris —una con los regalos para su gran descendencia, dos hijos, dos nueras y cinco nietos, todos varones, y la otra con sus cosas personales—, miraba con impaciencia la hora; le urgía tomar el avión y llegar de una vez por todas al sosiego de su departamento en Nueva York. Cuando no miraba la hora, la señora Marlos miraba más allá de los cristales de la sala, sin ningún interés en especial. En una de las tantas cabeceadas, cerca de la zona de check-in, vio un matrimonio con su pequeño hijito, sentado al lado de la madre. De pronto su corazón disparó; el rostro del niño era idéntico al de su tercer hijo, ya lejano y perdido para siempre hacía más de veinte años atrás, cuando una gripe mal curada se lo arrebató de las manos. Tendía, ese niño, más o menos la misma edad que su hijo al morir. 

 Inmediatamente, la señora Marlos abandonó la sala con las dos valijas rodando a su lado y fue a sentarse lo más cerca del niño que pudo, pues no había en ese momento muchos asientos vacíos disponibles. 

 Y sí, viéndolo más de cerca, el parecido con Rolando era abrumador, y cuanto más lo miraba, más ganas tenía de acercarse a él y abrazarlo como lo había hecho tantas veces con su añorado hijito. 

 «Rolando, hijito mío», murmuró en cierto momento, pero tan bajito que solo ella pudo oírse. 


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3 págs. / 6 minutos / 255 visitas.

Publicado el 30 de agosto de 2021 por Francisco A. Baldarena .

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