Textos por orden alfabético no disponibles | pág. 57

Mostrando 561 a 570 de 2.209 textos encontrados.


Buscador de títulos

textos no disponibles


5556575859

El Gran Rostro de Piedra

Nathaniel Hawthorne


Cuento


Una tarde, a la caída del sol, una madre y su hijo pequeño se hallaban sentados a la puerta de su cabaña, hablando del Gran Rostro de Piedra. No tenían más que levantar la vista y allá se le podía ver perfectamente, aunque a algunas millas de distancia, con el sol iluminando todas sus facciones.

¿Y qué era el Gran Rostro de Piedra?

Protegido por una familia de elevadas montañas se encontraba un valle tan espacioso que acogía a miles y miles de habitantes. Algunas de estas buenas gentes vivían en cabañas de troncos en medio del sombrío bosque, en las faldas empinadas y difíciles de las colinas. Otros tenían sus hogares en cómodas granjas y cultivaban la rica tierra de las suaves ondulaciones o de las superficies llanas del valle. Y otros, por fin, se congregaban en populosas aldeas donde algún riachuelo salvaje de la serranía, precipitándose desde su nacimiento en la región alta de la montaña, había sido atrapado y domesticado por la habilidad del hombre y obligado a mover la maquinaria de las fábricas de algodón. Los habitantes de este valle, en pocas palabras, eran numerosos y contaban con abundantes formas de vida. Pero todos, adultos y niños, tenían una cierta familiaridad con el Gran Rostro de Piedra, aunque algunos poseían el don de distinguir este gran fenómeno natural de forma más perfecta que muchos de sus vecinos.


Información texto

Protegido por copyright
25 págs. / 44 minutos / 324 visitas.

Publicado el 19 de mayo de 2017 por Edu Robsy.

El Grande de España

Honoré de Balzac


Cuento


En el momento de la expedición emprendida en 1823—4 por el rey Luis XVIII para salvar a Fernando VII del régimen constitucional, yo me encontraba por casualidad en Tours, camino de España. La víspera de mi marcha, fui al baile en casa de una de las mujeres más amables de esta ciudad en la que, como es sabido, se divertían más que en ninguna otra capital de provincia; y poco antes del souper, pues se soupe aún en Tours, me uní a un grupo de tertulianos en medio del cual, un señor que me resultaba desconocido, contaba una aventura.

El orador, llegado muy tarde al baile, había cenado, según creo, en casa del recaudador general. Al entrar se había incorporado a una mesa de écarté; luego, tras haber pasado varias veces, para alegría de sus contrincantes cuyo equipo perdía, se había levantado, vencido por un subteniente de carabineros; y, para consolarse, había participado en una conversación sobre España, tema habitual de mil disertaciones.

Durante el relato, examiné con un interés involuntario el rostro y la persona del narrador. Era uno de esos seres de mil rostros que se parecen a tantos tipos que el observador queda indeciso, y no sabe si tiene que incluirlos entre las personas de genio modestas o entre los intrigantes subalternos. En primer lugar, estaba condecorado con la cinta roja; pero ese símbolo demasiado prodigado, ya no prejuzga nada a favor de nadie; tenía una chaqueta verde, y a mí no me gustan las chaquetas verdes en un baile, cuando la moda aconseja a todo el mundo llevar traje negro; además llevaba pequeñas hebillas metálicas en los zapatos, en lugar de lazos de seda; su pantalón era de un casimir horriblemente desgastado, y su corbata estaba mal puesta; en definitiva, vi que no le daba demasiada importancia al atuendo ¡podía ser un artista!


Información texto

Protegido por copyright
12 págs. / 21 minutos / 253 visitas.

Publicado el 24 de junio de 2016 por Edu Robsy.

El Guarda

Edgar Wallace


Cuento


Los reporteros de crímenes poseen gran cantidad de intereses y de amigos, singulares en su mayoría. Su vida transcurre en una atmósfera cuyo principal ingrediente es la sospecha. Wise Y. Symon era un gran reportero de crímenes, un verdadero Napoleón de la especie, y su grandeza se debía en grado no pequeño al hecho de que conservaba su fe en la naturaleza humana. Y a que, según he observado, el título de grandeza se basa con frecuencia en la mezcla de virtudes contradictorias.

Había una joven empleada en las oficinas de una firma de abogados de Walford House, en la City, por quien Wise Symon sentía inmenso interés. Trabó conocimiento con ella cuatro años antes de que diera comienzo la presente historia, en un tiempo en que la conocían todos los periodistas de la ciudad, y su retrato, más o menos grande según dictaran las exigencias de espacio, figuraba en casi todos los diarios de la mañana o de la tarde.

La desaparición de su padre, Harrigay Ford, había constituido la sensación del momento, pero llegó un tiempo en que los periódicos cesaron de entrevistar a su hija y de imprimir las declaraciones de los camareros de trasatlánticos que lo habían reconocido en el misterioso pasajero que tomaba sus comidas en el camarote.

Después de todo, un hombre rico tiene derecho a aparecer y desaparecer cuando lo desee. La historia perdió interés cuando su banquero, el patriarcal señor Borthwick, intervino. Harrigay Ford se había marchado al extranjero y había escrito una apresurada carta en papel con membrete del barco S. S. Cretpic, diciendo que esperaba estar ausente de Inglaterra durante varios años, y ordenando al señor Borthwick que pagase a la hija del mencionado Harrigay Ford la suma anual de cien libras, repartida en trimestres.


Información texto

Protegido por copyright
14 págs. / 25 minutos / 421 visitas.

Publicado el 5 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

El Guardabarrera

Charles Dickens


Cuento


—¡Eh, oiga! ¡Ahí abajo! Cuando oyó la voz que así le llamaba se encontraba de pie en la puerta de su caseta, empuñando una bandera, enrollada a un corto palo. Cualquiera hubiera pensado, teniendo en cuenta la naturaleza del terreno, que no cabía duda alguna sobre la procedencia de la voz; pero en lugar de mirar hacia arriba, hacia donde yo me encontraba, sobre un escarpado terraplén situado casi directamente encima de su cabeza, el hombre se volvió y miró hacia la vía. Hubo algo especial en su manera de hacerlo, pero, aunque me hubiera ido en ello la vida, no habría sabido explicar en qué consistía, mas sé que fue lo bastante especial como para llamarme la atención, a pesar de que su figura se veía empequeñecida y en sombras, allá abajo en la profunda zanja, y de que yo estaba muy por encima de él, tan deslumbrado por el resplandor del rojo crepúsculo que sólo tras cubrirme los ojos con las manos, logré verlo.

—¡Eh, oiga! ¡Ahí abajo! Dejó entonces de mirar a la vía, se volvió nuevamente y, alzando los ojos, vio mi silueta muy por encima de él.

—¿Hay algún camino para bajar y hablar con usted? Él me miró sin replicar y yo le devolví la mirada sin agobiarle con una repetición demasiado precipitada de mi ociosa pregunta. Justo en ese instante el aire y la tierra se vieron estremecidos por una vaga vibración transformada rápidamente en la violenta sacudida de un tren que pasaba a toda máquina y que me sobresaltó hasta el punto de hacerme saltar hacia atrás, como si quisiera arrastrarme tras él.


Información texto

Protegido por copyright
15 págs. / 27 minutos / 143 visitas.

Publicado el 22 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

El Guardia y la Antífona

O. Henry


Cuento


Soapy se removió con desasosiego en su banco del Madison Square. Cuando los gansos salvajes graznan en la noche, cuando las mujeres sin abrigo de piel de foca se ponen más cariñosas con sus maridos y cuando Soapy se remueve con desasosiego en su banco del parque, puede decirse que el invierno está a la vuelta de la esquina.

Una hoja seca le cayó a Soapy sobre las rodillas. La tarjeta de visita de Juan Escarcha. Juan es atento con los habituales del Madison Square y les previene honradamente de su visita anual. En las encrucijadas lo anuncia el Viento Norte, heraldo de la mansión de la Intemperie, para que vayan preparándose sus moradores.

Soapy abriga el convencimiento de que ha llegado la hora de constituirse en Junta individual de Recursos y Arbitrios que provea contra los rigores que se avecinan. Tal es la causa de que se revuelva con inquietud en su banco.

No puede decirse que las ambiciones de Soapy, cara al invierno, fueran excesivas. No había en ellas lugar para consideraciones tales como cruceros por el Mediterráneo, cielos adormecedores del sur o singladuras por el golfo del Vesubio. Tres meses en la Isla era cuanto anhelaba su alma. Tres meses de mesa y cama garantizadas en amable compañía, al abrigo del cierzo y de los polizontes, parecían a Soapy la esencia de cuanto pueda desearse.


Información texto

Protegido por copyright
7 págs. / 13 minutos / 94 visitas.

Publicado el 20 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

El Guardián del Muerto

Ambrose Bierce


Cuento


I

En la llamada Costa Norte de San Francisco, en un cuarto de una casa desocupada, un cuarto de piso alto, yacía el cuerpo de un hombre tapado por una sábana. Serían las nueve de la noche. Una vela iluminaba el cuarto débilmente y las dos ventanas estaban cerradas, con las persianas bajas, a pesar del calor y de la costumbre de airear las habitaciones donde hay difuntos. Los únicos muebles eran un sillón, una mesita para leer que sostenía el candelero, y una larga mesa de cocina donde yacía el cuerpo del hombre. Poco antes, quizá, introdujeron los muebles y el cadáver. Un espectador habría observado que estaban libres de polvo, no así el piso del cuarto. Había telarañas en los ángulos de las paredes. Se delineaba el contorno del cuerpo bajo la sábana, hasta se insinuaban las facciones con esa extraña rigidez que suele atribuirse a las caras de los muertos, pero que en realidad es propia de todos aquellos consumidos por una enfermedad. Por el silencio que reinaba en el cuarto podía intuirse que no daba a la calle. Era un cuarto interior, sin más perspectiva que un alto peñasco. El edificio, en su parte de atrás, estaba construido sobre la pendiente de una colina. Cuando sonaron las nueve campanadas en el reloj de la iglesia —con tanto desgano, con tanta indiferencia al paso del tiempo que apenas podía uno comprender por qué se molestaban en marcar la hora— se abrió la única puerta del cuarto, entró un hombre y se acercó al cadáver. La puerta, como obedeciendo a un movimiento espontáneo, volvió a cerrarse tras él. Se oyó el chirrido de una llave que giraba con dificultad, se oyó el chasquido del cerrojo, se oyeron unos pasos que se alejaban por el corredor. Todo inducía a pensar que el hombre que había entrado en el cuarto era ya un prisionero. El hombre caminó hasta la mesa, se detuvo unos instantes mirando el cadáver; luego, encogiéndose levemente de hombros, fue hasta una de las ventanas y levantó la persiana.


Información texto

Protegido por copyright
12 págs. / 21 minutos / 109 visitas.

Publicado el 26 de julio de 2016 por Edu Robsy.

El Hacedor de Lunas

Robert Chambers


Cuento


He escuchado lo que los Conversadores conversaban: la conversación
Del principio y el fin;
Pero yo no converso del pnncipio y el fin.
¡Vaya! ¿Quién eres tú para enseñar y Él para aprender?

I

Respecto a Yue-Laou y el Xin no sé más que lo que sabrán ustedes. Siento una tremenda ansiedad por aclarar el asunto. Quizá lo que escriba salve el dinero y las vidas del Gobierno de los Estados Unidos, quizás impulse al mundo científico a la acción; de cualquier modo pondré fin a la terrible incertidumbre que sufren dos personas. La certeza es mejor que la incertidumbre.

Si el Gobierno se atreve a no tener en cuenta esta advertencia y se niega a enviar sin demora, una expedición bien equipada, el pueblo del Estado se vengará sin vacilar de toda la región y dejará un desvastado yermo ennegrecido donde ahora arboledas y prados florecidos bordean el lago de los Bosques del Cardenal.

Ustedes conocen ya parte de la historia; los periódicos de Nueva York publicaron abundantes y supuestos detalles. Esto sí es cierto: Barris atrapó al "Abrillantador" con las manos rojas o, más bien amarillas, porque sus bolsillos, sus botas y sus sucios puños estaban llenos de piezas de oro. Yo digo oro con conocimiento de causa. Ustedes llámenlo como quieran. Saben también cómo Barris fue… pero a no ser que empiece por el principio de mis propias experiencias, no estarán ustedes después de todo mejor enterados.

El tres de agosto de este año estaba yo en Tiffany's conversando con George Godfrey del departamento de diseño. Sobre el mostrador de cristal que nos separaba había una serpiente enrollada, una exquisita pieza de oro cincelado.

—No —replicó Godfrey a mi pregunta—, no es obra mía; me gustaría que lo fuera. ¡Vaya, hombre, es una obra maestra!

—¿De quién? —pregunté.


Información texto

Protegido por copyright
54 págs. / 1 hora, 35 minutos / 365 visitas.

Publicado el 3 de enero de 2017 por Edu Robsy.

El Halcón de las Colinas

Robert E. Howard


Novela corta


I

Para alguien que se encontrara en lo más bajo de la garganta, el hombre agarrado al abrupto acantilado habría resultado invisible, disimulado por los salientes rocosos que formaban algo parecido a una serie de peldaños irregulares de piedra si se miraba desde lejos. Igualmente, vista desde lejos, la accidentada pared parecía fácil de trepar; pero entre cada saliente había huecos que producían vértigo… pérfidas extensiones de tierra arcillosa y pendientes abruptas donde los dedos que se aferraban a la rocosa pared y los dedos de los pies que buscaban a tientas dónde meterse, difícilmente encontraban una presa o un apoyo.

Un único paso en falso, un único asidero mal asegurado y el escalador caería hacia atrás para recorrer una caída vertiginosa que le aplastaría en el fondo rocoso del cañón, trescientos pies más abajo. Pero el hombre agarrado al acantilado era Francis Xavier Gordon y su destino no era caer y aplastarse en el fondo de un barranco del Himalaya.

Su ascensión estaba a punto de terminar. El borde del acantilado se encontraba solamente a pocos pies por encima de su cabeza, pero la superficie que le restaba por franquear era la más peligrosa de aquella insensata escalada. Hizo una pausa para limpiarse el sudor que le cegaba los ojos, inspiró profundamente por la nariz y, una vez más, opuso ojo y músculo a la brutal perfidia de la gigantesca barrera mineral. Apagados aullidos subieron desde el fondo de la garganta, vibrantes por el odio y expresando un deseo sanguinario. No miró hacia abajo. Su labio superior se encogió con un silencioso gruñido, como podría bufar una pantera al oír las voces de los cazadores. Eso fue todo.


Información texto

Protegido por copyright
75 págs. / 2 horas, 11 minutos / 53 visitas.

Publicado el 1 de agosto de 2018 por Edu Robsy.

El Hándicap de la Vida

Rudyard Kipling


Cuento


A
E.K.R. de R.K.
1887-89
C.M.G.

Prefacio

En India septentrional se alzaba un monasterio conocido bajo el nombre de Chubára de Dhunni Bhagat. Nadie recordaba quién ni qué había sido Dhunni Bhagat. Ese hombre había vivido su vida, había hecho algún dinero y lo había gastado todo, como cualquier buen hindú ha de hacer, en una obra piadosa: el Chubára. Estaba lleno de celdas de ladrillo, pintadas con amenas figuras de dioses, reyes y elefantes; allí los sacerdotes cansados podían sentarse a meditar sobre el fin último de las cosas; sus caminos también eran de ladrillo, y los pies descalzos de miles de personas los habían convertido en arroyuelos. Macizos de mangos brotaban de entre las grietas del suelo; grandes higueras de Bengala sombreaban la polea del pozo, que chirriaba durante todo el día, y un ejército de loros se perseguía entre los árboles. Cuervos y ardillas eran mansos en aquel lugar, porque sabían que ningún sacerdote los tocaría jamás.

Los mendigos errantes, los vendedores de amuletos y los vagabundos sagrados de cien millas a la redonda solían hacer del Chubára su lugar de reunión y descanso. Musulmanes, sijs e hindúes se mezclaban por igual bajo los árboles. Eran hombres viejos, y cuando un hombre ha llegado al umbral de la Noche, todos los credos del mundo le resultan una maravilla de semejanza y ausencia de color.


Información texto

Protegido por copyright
355 págs. / 10 horas, 21 minutos / 147 visitas.

Publicado el 4 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

El Heredero de Mondolfo

Mary Shelley


Cuento


En la hermosa y virgen campiña cercana a Sorrento, en el reino de Napóles, en la época en que era gobernado por monarcas de la casa de Anjou, vivía un noble territorial cuyas riquezas y poder superaban a los de sus otros vecinos nobles. Su castillo, que en sí mismo constituía una fortaleza, estaba construido sobre una elevación rocosa que caía al azul y hermoso Mediterráneo. Las colinas de alrededor se hallaban cubiertas de encinas o sujetas al cultivo del olivo y la parra. No se podía encontrar bajo el sol ningún lugar más favorecido por la naturaleza.


Información texto

Protegido por copyright
39 págs. / 1 hora, 8 minutos / 250 visitas.

Publicado el 26 de octubre de 2017 por Edu Robsy.

5556575859