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¡Señor! ¡Señor! Al fin tengo ocasión de escribir lo que me ha
ocurrido. Pero ¿me será posible hacerlo? ¿Me atreveré? ¡Es una cosa tan
extravagante, tan inexplicable, tan incomprensible, tan loca!
Si no estuviese seguro de lo que he visto, seguro también de que en
mis razonamientos no ha habido un fallo, ni en mis comprobaciones un
error, ni una laguna en la inflexible cadena de mis observaciones, me
creería simplemente víctima de una alucinación, juguete de una extraña
locura. Después de todo, ¿quién sabe?
Me encuentro actualmente en una casa de salud; pero si entré en ella
ha sido por prudencia, por miedo. Sólo una persona conoce mi historia:
el médico de aquí; pero voy a ponerla por escrito. Realmente no sé para
que. Para librarme de ella, tal vez, porque la siento dentro de mí como
una intolerable pesadilla.
Hela aquí:
He sido siempre un solitario, un soñador, una especie de filósofo
aislado, bondadoso, que se conformaba con poco, sin acritudes contra los
hombres y sin rencores contra el cielo. He vivido solo, en todo tiempo,
porque la presencia de otras personas me produce una especie de
molestia. No es que me niegue a tratar con la gente, a conversar o a
cenar con amigos, pero cuando llevan mucho rato cerca de mí, aunque sean
mis más cercanos familiares, me cansan, me fatigan, me enervan, y
experimento un anhelo cada vez mayor, más agobiante, de que se marchen, o
de marcharme yo, de estar solo.
Este anhelo es más que un impulso, es una necesidad irresistible. Y
si las personas en cuya compañía me encuentro siguiesen a mi lado, si me
viese obligado, no a prestar atención, pero ni siquiera a escuchar sus
conversaciones, me daría, con toda seguridad, un ataque. ¿De qué clase?
No lo sé. ¿Un síncope, tal vez? Sí, probablemente.
Información texto '¿Quién sabe?'