I
Estar de pie ahí, ante la tumba abierta todavía de un viejo camarada, es
horrible, señores, les aseguro... simplemente horrible. Los pies se
hunden en la tierra recién removida, uno se retuerce el bigote con
expresión idiota y al mismo tiempo, querría aullar de pena.
Todo, pues, había concluido... nada había que hacer ya... Su muerte nos
arrebata un verdadero genio en el arte de inventar grogs, ponches y
cherry gobblers, fríos o calientes. Cuando uno se paseaba con él por el
campo, les aseguro, señores, con sólo ver su manera de sorber el aire,
se podía estar seguro de que acababa de tener una inspiración. Al sentir
el aroma de una maleza cualquiera, había adivinado en qué clase de vino
habría que ponerla en infusión para conseguir una bebida excelente,
extra fina...
¡Y qué entretenido era! Nos veíamos todas las noches, desde hacía años,
fuera que él viniera a mi casa en Ilgenstein, o que yo me trasladase a
caballo a Döbeln; y nunca me había parecido largo el tiempo que con él
pasaba.
Tenía una manía, sin embargo, una idea fija: el casamiento... Para mí,
se entiende; porque él...
—¡Gran Dios!—decía;—no espero sino que esta bendita agua se me meta
en el corazón, y entonces... reviento.
Y eso había sucedido precisamente... el hombre había reventado... Ahí
estaba, tendido a mis pies, en el gran cajón blasonado; me parecía que
tenía que golpear la tapa y llamarlo: «¡He, Pütz! basta de farsas! ¡sal
de ahí, que tenemos que hacer nuestro piqué!»
No se rían señores... el hábito es la más exigente de las pasiones, y
ustedes no saben a cuántos hace morir todos los años la pérdida de sus
costumbres: «no hay poema, no hay canción que las celebre», diré, como
mi amigo Uhland.
Información texto 'Las Bodas de Yolanda'