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El Vagabundo de las Estrellas

Jack London


Novela


1

Toda mi vida he sido consciente de la existencia de otros tiempos y de otros lugares. He sido consciente de la existencia de otras personas en mi interior. Y créame, lector, igual le ha sucedido a usted. Mire de nuevo en su niñez, y recordará esta conciencia de la que hablo como una experiencia de su infancia. Por aquel entonces usted no estaba acabado todavía, no estaba consumado. Era plástico, un alma fluctuante, una conciencia y una identidad en proceso de formación, de formación y olvido.

Ha olvidado mucho, querido lector, y aun así, al leer estas líneas, recuerda vagamente las visiones confusas de otros tiempos y de otros lugares que sus ojos de niño contemplaron. Hoy le parecen sueños. Sin embargo, aunque fuesen sueños, por tanto ya soñados, ¿de dónde surge su materia? Los sueños no son más que una grotesca mezcla de las cosas que ya conocemos. La esencia de nuestros sueños más puros es la esencia de nuestra experiencia. Cuando era niño soñó que caía de alturas prominentes; soñó que volaba por el aire como vuelan los seres alados; le turbaron arañas repulsivas y criaturas babosas de innumerables patas; oyó otras voces, vio otras caras inquietantemente familiares, y contempló amaneceres y puestas de sol distintos a los que hoy, al mirar atrás, sabe que ha contemplado.

Bien. Estas visiones infantiles son visiones de ensueño, de otra vida, cosas que nunca había visto en la vida que ahora está viviendo. ¿De dónde surgen, pues? ¿De otras vidas? ¿De otros mundos? Quizá, cuando haya leído todo lo que voy a escribir, encontrará respuesta a las incógnitas que le he planteado y que usted mismo, antes de llegar a leerme, se había planteado también.


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297 págs. / 8 horas, 41 minutos / 143 visitas.

Publicado el 5 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

El Vagabundo del Norte

Edgar Wallace


Novela


Capítulo I

El vagabundo aquel parecía menos inofensivo de lo que todos suelen ser, y más peligroso, porque estaba jugando con una impresionante pistola automática, tirándola con una mano y cogiéndola con la otra, balanceándola con el gatillo sostenido en el índice, mientras la miraba inclinarse a un lado y a otro, o dejándola, deslizarse entre las manos hasta que el cañón apuntaba al suelo. La pistola era como un juguete; no podía apartar de ella sus ojos ni sus manos, y cuando cansado de la diversión, se la metió en un bolsillo de sus destrozados pantalones, la desaparición fue momentánea. De nuevo la sacó para agitarla y darle vueltas.

—¡Esto no puede ser! —dijo en voz alta, no sólo una vez, sino varias, mientras se entretenía.

Indudablemente era inglés, y lo que un vagabundo inglés hacia en los arrabales de Littleburg, en el estado de Nueva York, es cosa que requiere una explicación, que de momento no se da.

No era una persona atrayente, aun del modo que los vagabundos suelen serlo. Tenía la cara arañada y sucia, llevaba barba de una semana y en un ojo se notaban las huellas de un puñetazo propinado por un compañero, a quien había despertado en momento inoportuno. Podía explicar la hinchazón del rostro por una intoxicación; pero nadie tenía interés en preguntárselo. Su camisa, sin cuello, estaba manchada; lo que quería ser una chaqueta tenía por bolsillos hendiduras sin fondo; y echado para atrás, mientras manejaba la pistola, sostenía en la cabeza un sombrero viejo, deformado y con la cinta comida por las ratas.

—¡Esto no puede ser!—dijo el vagabundo, que se llamaba Robin. La pistola se le fue de las manos y cayó a sus pies. Exclamó: «¡Uf!», y se frotó el dedo que asomaba por debajo del zapato.

Alguien cruzaba el bosquecillo. Se metió la pistola en el bolsillo y acercándose sigilosamente a unos arbustos, se echó a tierra.


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168 págs. / 4 horas, 55 minutos / 204 visitas.

Publicado el 4 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

El Vagabundo y el Hada

Jack London


Cuento


Tendido de espaldas dormía con sueño tan pesado y profundo que no le despertaban en absoluto los ruidos —el martilleo de los pasos de los caballos y los gritos de los carreteros— que llegaban del puente tendido sobre el arroyo. Era el tiempo de la vendimia y sobre el puente se sucedían sin interrupción las pesadas carretas cargadas de uva que remontaban el valle para dirigirse a los lagares; cada vez que una de ellas se las había con su malvado pavimento, era algo así como una explosión de sonidos, una conmoción general en la calma indolente de la tarde.

Pero el hombre no se había turbado. Su cabeza se había salido del periódico plegado que le servía de almohada. Briznas de yerba y motas de tierra seca se adherían en forma de placas a su desordenada cabellera. No era agradable verlo. Dormía con la boca completamente abierta, exhibiendo una mandíbula superior en la que faltaban varios dientes rotos de un puñetazo. Roncaba ruidosamente, gruñendo y gimiendo a veces en su penoso sueño. Estaba muy agitado: tan pronto sus brazos batían el aire en bruscos molinetes convulsivos, como rodaba de derecha a izquierda su cabeza bamboleante sobre los terrones en que reposaba. Ese nerviosismo parecía debido en parte a algún malestar interno, y, en parte, al sol que le bañaba la cara y a las moscas que zumbaban a su alrededor, se posaban y se paseaban por su nariz, sus párpados y sus mejillas —que eran, además, los únicos lugares que podían explorar, porque el resto de su cara desaparecía bajo una barba hirsuta, ligeramente canosa, aunque muy sucia y descolorida por la intemperie.

Los pómulos de su cara estaban salpicados de manchas rojas provocadas por el aflujo de sangre. Ese sueño de plomo venía con toda seguridad de una juerga reciente, que explicaba también la obstinación de las moscas en formar enjambre en torno a su boca, atraídas por las exhalaciones de alcohol.


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18 págs. / 31 minutos / 77 visitas.

Publicado el 8 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

El Valle del Gusano

Robert E. Howard


Cuento


Os hablaré de Niord y el Gusano. Habéis oído la historia bajo muchas formas distintas antes. En ellas, el héroe se llamaba Tyr, o Perseo, o Sigfrido, o Beowulf, o San Jorge. Pero fue Niord quien se encontró con la abominable cosa demoníaca que salió arrastrándose repugnantemente del infierno, y de cuyo encuentro surgió el ciclo de relatos heroicos que ha ido girando por todas las eras hasta que la misma esencia de la verdad se ha perdido y ha pasado al limbo de las leyendas olvidadas. Sé de lo que hablo, pues yo fui Niord.

Mientras yazgo esperando la muerte, que se arrastra lentamente sobre mí como una babosa ciega, mis sueños se llenan con visiones deslumbrantes y con la pompa de la gloria. No es con la vida gris y afligida por las enfermedades de James Allison con lo que sueño, sino con todas las figuras resplandecientes de espléndida nobleza que le han precedido, y con las que le sucederán; pues he atisbado débilmente, no sólo las figuras que han dejado su rastro antes, sino también las figuras que vendrán después, como un hombre en un largo desfile atisba, en la lejanía, la hilera de figuras que le preceden doblando una remota colina, recortándose como una sombra contra el cielo. Yo soy uno de ellos y todo el despliegue de figuras, formas y máscaras que han sido, que son, y que serán las manifestaciones visibles de ese espíritu elusivo, intangible, pero vitalmente existente, está ahora desfilando ante el fugaz y temporal nombre de James Allison.


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28 págs. / 50 minutos / 87 visitas.

Publicado el 13 de julio de 2018 por Edu Robsy.

El Valle Encantado

Ambrose Bierce


Cuento


I. Cómo talan los árboles en China

A media milla hacia el norte desde el bar de Jo. Dunfer, en el camino de Hutton a Mexican Hill, la carretera baja hacia un barranco al que no llega el sol, y que se despliega a derecha e izquierda de un modo semiconfidencial, como si tuviera un secreto que revelar en un período más conveniente. Nunca cabalgaba por allí sin mirar primero a un lado y luego al otro, para ver si había llegado el momento de la revelación. Si no veía nada, y nunca vi nada, no me decepcionaba, pues sabía que la manifestación sencillamente estaba siendo retenida un tiempo por alguna buena razón que yo no era quién para poner en entredicho. Que un día se me revelarían todas esas confidencias era algo de lo que no dudaba, no más que de la existencia del propio Jo. Dunfer, por cuyas tierras discurría el barranco.

Se decía que Jo. había intentado una vez levantar una cabaña en alguna remota parte de él, pero por alguna razón había abandonado la empresa y construido su actual establecimiento hermafrodita, mitad bar, mitad vivienda, junto al camino, en el extremo más alejado de su propiedad; lo más alejado posible, como si tuviera el propósito de mostrar cuán radicalmente había cambiado de idea.

Este Jo. Dunfer, o Whisky Jo., como era conocido familiarmente en los contornos, era un personaje muy importante por estos parajes. Aparentaba unos cuarenta años, y era un tipo alto, greñudo, de facciones contraídas, con un brazo torcido y una mano nudosa como un manojo de llaves de prisión. Era un individuo con mucho vello, que andaba encorvado, como alguien que está a punto de saltar sobre algo para destrozarlo.


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13 págs. / 24 minutos / 127 visitas.

Publicado el 1 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

El Valle Perdido de Iskander

Robert E. Howard


Cuento


I. El valle perdido de Iskander

Fue el chasquido furtivo del acero al rozar una piedra lo que despertó a Gordon. Bajo la débil luz de las estrellas, una forma sombría se alzó por encima de él y algo brilló en su mano levantada. Gordon reaccionó en el acto, como un resorte de acero que se libera. Su mano izquierda se alzó y detuvo el puño que descendía —apretando un curvo machete— y, simultáneamente, se levantó y cerró salvajemente la mano derecha alrededor de un cuello velludo.

Un gorgoteo ronco se estranguló en aquella garganta. Gordon, resistiendo las terribles coces de su adversario, pasó una pierna alrededor de la rodilla de la su asaltante, la levantó y le derribó al suelo. No se produjo el menor ruido, salvo algunos carraspeos y los golpes sordos que provocaron los dos cuerpos al caer estrechamente soldados. Como siempre, Gordon luchaba ferozmente y en silencio. Ningún sonido salió de los labios crispados del hombre que tenía inmovilizado bajo su cuerpo. Su mano derecha era retorcida por la presa de Gordon y la izquierda tiraba en vano de la muñeca cuyos dedos de hierro se hundían cada vez más profundamente en la garganta que apretaban. Aquella muñeca parecía una grapa de hilos metálicos cuidadosamente trenzados para los dedos que se iban debilitando al tiempo que intentaban aflojar su presa. Gordon mantuvo su posición de un modo feroz, pasando toda la fuerza de sus poderosos hombros y brazos, cuyos músculos sobresalían como sogas, a los dedos que apretaban. Sabía que era su vida o la del hombre que se había deslizado hacia él en la oscuridad para apuñalarle. En aquella región inexplorada de las montañas afganas, todos los combates eran a muerte. Los dedos que le laceraban fueron cada vez más débiles. Un temblor convulso recorrió el cuerpo arqueado bajo el del americano. Luego, se aflojó del todo y permaneció inmóvil.


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Protegido por copyright
33 págs. / 57 minutos / 87 visitas.

Publicado el 1 de agosto de 2018 por Edu Robsy.

El Velo Descubierto

George Eliot


Cuento


I

La hora de mi fin se acerca. Últimamente he sufrido ataques de angina pectoris. Si todo sigue su curso normal el doctor dice que apenas puedo esperar que mi vida se prolongue durante varios meses. A no ser que tenga la desgracia de tener una constitución física poco corriente, como la tengo al poseer un carácter mental excepcional, no gemiré mucho más tiempo bajo el peso agotador de esta existencia terrenal. Si las cosas fueran de otra manera si llegara a vivir hasta la edad que la mayoría de los hombres estipulan y desean habría sabido, de una vez, si los sufrimientos en torno a la ilusoria esperanza pueden pesar más que los sufrimientos de la previsión verdadera, ya que puedo prever cuándo moriré y saber todo lo que ocurrirá en mis últimos momentos.


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Protegido por copyright
56 págs. / 1 hora, 38 minutos / 229 visitas.

Publicado el 11 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

El Viejo Bugs

H. P. Lovecraft


Cuento


Una tragedia estrafalaria

Por Marcus Lollius, Procónsul de la Galia

El tugurio de Sheehan, que adorna uno de los callejones inferiores del distrito céntrico ganadero de Chicago, no es lo que se dice un lugar agradable. Su atmósfera, colmada por un millar de olores semejantes a los de Colleridge, podría haber encontrado en Colonia, apenas sabe lo que son los rayos purificadores del sol, y tiene que luchar, para hacerse un hueco, contra las acres humaredas de innumerables puros baratos y cigarrillos que cuelgan de los labios toscos de las bestias humanas que merodean por tal lugar, día y noche. Pero la popularidad del antro de Sheehan no se resiente de ello, y hay una razón para que así sea; una razón que resulta obvia para cualquiera que se tome la molestia de olfatear los aromas mezclados que allí se encuentran. Sobre y ente los humos y el olor a cerrado, se nota un aroma que una vez fue familiar en todo el mundo, pero que ahora se encuentra arrinconado a las esquinas de la vida, merced al edicto de un gobierno benevolente: el olor a whisky fuerte y mal... una rara avis, de hecho, en este año de gracia de 1950.


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9 págs. / 16 minutos / 249 visitas.

Publicado el 16 de mayo de 2018 por Edu Robsy.

El Viudo Turmore

Ambrose Bierce


Cuento


Las circunstancias bajo las que Joram Turmore se convirtió en viudo nunca fueron popularmente comprendidas. Yo las conozco, naturalmente, pues yo soy Joram Turmore; mi mujer, la difunta Elizabeth Mary Turmore, tampoco las ignora, y aunque ella las cuente, aún permanecen en secreto ya que no hay un alma que le haya creído jamás.

Cuando me casé con Elizabeth Mary Johnin era muy rica, de lo contrario yo no hubiese podido afrontar el casamiento, puesto que no tenía un centavo y el Cielo no había puesto en mi corazón ninguna intención de ganarlo. Tenía la Cátedra de Gatos en la Universidad de Graymaulkin y los ejercicios escolásticos me inhabilitaban para el peso de cualquier negocio u ocupación. Además, yo no podía olvidar que era un Turmore, un miembro de la familia cuyo lema desde el tiempo de Guillermo de Normandía había sido Laborare est errare. La única infracción que se conoce de la sagrada tradición familiar ocurrió cuando don Aldebarán Turmore de Peters—Turmore, ilustre ladrón del siglo XVII, asistió personalmente a una difícil operación llevada a cabo por algunos de sus empleados. Esa mancha sobre nuestro blasón no puede contemplarse sin sentir la más desgarrada mortificación.

Mi Cátedra de Gatos en la Universidad de Graymaulkin jamás se destacó, por supuesto, por el trabajo. En ninguna época hubo más de dos estudiantes de la Noble Ciencia, y tan sólo repitiendo las conferencias manuscritas de mi predecesor, que había encontrado entre sus pertenencias (murió en el mar, camino de Malta), podía apenas saciar lo suficiente su hambre de conocimientos sin ganar siquiera la distinción que se otorgaba a manera de salario.


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6 págs. / 10 minutos / 58 visitas.

Publicado el 26 de julio de 2016 por Edu Robsy.

El Vizconde de Bragelonne

Alejandro Dumás


Novela


Tomo 1. El vizconde de Bragelonne

Capítulo I. La carta

En el mes de mayo del año 1660, a las nueve de la mañana, cuando el sol ya bastante alto empezaba a secar el rocío en el antiguo castillo de Blois, una cabalgata compuesta de tres hombres y tres pajes entró por él puente de la ciudad, sin causar más efecto que un movimiento de manos a la cabeza para saludar, y otro de lenguas para expresar esta idea en francés correcto.

—Aquí está Monsieur, que vuelve de la caza.

Y a esto se redujo todo.

Sin embargo, mientras los caballos subían por la áspera cuesta que desde el río conduce al castillo varios hombres del pueblo se acercaron al último caballo, que llevaba pendientes del arzón de la silla diversas aves cogidas del pico.

A su vista, los curiosos manifestaron con ruda franqueza, su desdén por tan insignificante caza, y después de perorar sobre las desventajas de la caza de volatería, volvieron a sus tareas. Solamente uno de estos, curiosos, obeso y mofletudo, adolescente y de buen humor, preguntó por qué Monsieur, que podía divertirse tanto, gracias a sus pingües rentas, conformábase con tan mísero pasatiempo.

—¿No sabes —le dijeron— que la principal diversión de Monsieur es aburrirse?

El alegre joven se encogió de hombros, como diciendo: «Entonces, más quiero ser Juanón que príncipe».

Y volvieron a su trabajo.


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2.093 págs. / 2 días, 13 horas, 4 minutos / 1.299 visitas.

Publicado el 9 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

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