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En el Valle de la Sombra

Bram Stoker


Cuento


Las ruedas con neumáticos de goma traqueteaban desigualmente sobre los adoquines de granito. Reconocí vagamente las familiares calles grises y las plazas con jardines en el centro. Nos detenemos, y a través de la pequeña multitud en el pavimento soy trasladado adentro y arriba del pabellón de altos techos. Suavemente me levantan de la camilla y me ponen en la cama, y yo digo: “¡Que cortinas tan extrañas tiene usted! Tienen rostros labrados en el borde. ¿Son ellos sus amigos?”

El ama de llaves sonríe, y pienso que es una idea extraña. Entonces súbitamente se me ocurre que he dicho algo tonto, pero los rostros están todavía ahí. (Aún cuando me recuperé podía verlos bajo ciertas luces). Uno de los rostros me es familiar, y estoy justamente por preguntar cómo conocen al Fulano, cuando me dejan solo. Por horas y horas (me parece) nadie se me acerca. Al principio soy paciente, pero gradualmente una furia feroz se apodera de mí. ¿Acaso me he sometido a ser trasladado aquí tan solo para morir en soledad y sofocante oscuridad? ¡No voy a permanecer en este lugar; mucho mejor sería volver y morir en casa! Súbitamente soy llevado hacia arriba en una máquina alada, dentro del aire fresco. Lejos allá abajo e infinitesimalmente yace el “Nuevo Pueblo”, escondido a medias entre el humo brumoso; allá a lo lejos, claro y azul y centelleante, está el Fiordo de Forth: y más allá de la luz del sol las colinas de Fife son la vanguardia de los Grampianos. Solo un momento de puro éxtasis palpitante, luego el alma se hace añicos cayendo dentro del negro abismo del olvido (sostengo que el señor H. G. Wells fue parcialmente responsable de esta pequeña excursión).


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6 págs. / 11 minutos / 499 visitas.

Publicado el 28 de agosto de 2016 por Edu Robsy.

En la Bahía

Katherine Mansfield


Cuento


I

Por la mañana, muy temprano. Aún no había salido el sol y toda la bahía de Crescent estaba oculta bajo la neblina blancuzca del mar. Las colinas cubiertas de maleza, en la parte de atrás, quedaban difuminadas. No se podía ver dónde terminaban y dónde empezaban los campos y los bungalows. La arenosa carretera había desaparecido y con ella los campos y bungalows del otro lado; a sus espaldas no se veían las blancas dunas cubiertas de matojos rojizos; no había nada que sirviese para distinguir lo que era la playa y dónde empezaba el mar. Había caído un fuerte rocío. La hierba era azulada. Gruesas gotas colgaban de la maleza, sin acabar de caer: el toi-toi, esponjoso y plateado, colgaba fláccido de sus largos tallos, y las caléndulas y claveles de los jardines de los bungalows se doblaban hacia el suelo rezumando humedad. Las frías fuscias estaban empapadas, y redondas perlas de rocío moteaban las llanas hojas de los berros, Parecía como si el mar hubiera subido pacíficamente durante la noche, como si una inmensa ola hubiera roto avanzando, avanzando… ¿hasta dónde? Tal vez si alguien se hubiese despertado en plena noche hubiera podido atisbar un gran pez coleteando junto a la ventana y volviendo a desaparecer…

¡Ah, aaah!, susurraba el adormecido océano. Y desde los matojos llegaba el rumor de pequeños arroyuelos que discurrían veloces, ligeros, culebreando entre los pulidos guijarros, borboteando en las charcas de los helechos y volviendo a manar; y se oían las grandes gotas salpicando entre las hojas anchas, y algo más —¿qué era?—, un débil temblor y una sacudida, el golpe de una ramita y luego un silencio tan profundo que parecía que alguien estuviese escuchando.


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45 págs. / 1 hora, 20 minutos / 184 visitas.

Publicado el 8 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

En la Corte del Dragón

Robert Chambers


Cuento


Oh, Tú que en tu corazón te quemas por los que se queman
En el infierno, cuyos fuegos alientas a tu vez;
¿Cuánto cundirá el grito "Tened piedad de ellos, Dios"?
¡Vaya! ¿Quién eres tú para enseñar y Él para aprender?

En la iglesia de St. Barnabé las vísperas habían terminado; el clérigo abandonó el altar; los pequeños niños del coro atravesaron el presbiterio y ocuparon su sitio en el banco. Un suizo de rico uniforme avanzó por el pasillo del sur haciendo resonar su bastón cada cuatro pasos sobre el suelo de piedras; tras él venía ese elocuente predicador y buen hombre que es Monseigneur C.

Mi asiento se encontraba cerca de la baranda del presbiterio. Me volví hacia el extremo oeste de la iglesia. Los demás entre el altar y el pálpito se volvieron también. Hubo algún arrastrar de pies y crujir de telas mientras la congregación se acomodó nuevamente; el predicador subió al pálpito y el órgano se acalló.

Siempre me había parecido sumamente interesante la música del órgano en St. Barnabé. Erudita y científica, era demasiado para mis escasos conocimientos, pero expresaba una vívida inteligencia, si bien fría. Además, poseía la francesa cualidad del gusto. El gusto reinaba supremo, autocontrolado, digno y reticente.


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10 págs. / 18 minutos / 273 visitas.

Publicado el 3 de enero de 2017 por Edu Robsy.

En Lorena

Marcel Schwob


Artículo


Es un país duro. La hierba de la pasada estación amarillea tristemente en los prados; las hojas de los viñedos enrojecen en las cepas antes de que broten los racimos acres y prietos. Monótonas líneas de álamos recorriendo la llanura por todas partes. Las colinas se elevan lentamente recortadas por pálidos campos, con alguna mancha oscura de un robledal. Otras, más escarpadas, están coronadas por un círculo de árboles negros. Las amplias mesetas aparecen cubiertas de bosques amenazadores. El indolente verde de un bosquecillo de pinos parece una joya.

El Mosela, cristalino y pedregoso, vagabundea por esta demacrada región. Destila suavemente desde Bussang, dejando el lecho medio seco bajo los cerros de Épinal y se ramifica en brazos que van a acariciar los pies de las viejas casas de madera con balcones adornados. Es tan transparente que aparecen bandadas inmóviles de lomos de pejes, percas y lucios. Los cantos afloran el filo del agua, de manera que por las noches se puede ver gatos pescando en mitad del río.

Maurice Barrès ya ha descrito, con elocuentes frases en L’homme libre, la lucha del pueblo paciente y fiel contra el estéril terruño de Lorena. No es un país de paz, donde germinen ramilletes de flores. Lorena es tierra de lucha. Todas sus rutas son antiguos pasos de ejércitos. Aún se puede encontrar en sus campos grandes espuelas oxidadas que en su día estuvieron acopladas a los talones de armaduras. Por aquí pasaron los Écorcheurs, y después los hombres de Carlos el Temerario, y el duque de Guise condujo a sus seguidores por esta corta hierba pisoteada por hombres armados.


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1 pág. / 3 minutos / 50 visitas.

Publicado el 28 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

En los Baños Públicos

Antón Chéjov


Cuento


I

—¡Oye, tú..., quien seas! —gritó un señor gordo, de blancas carnes, al divisar entre la bruma a un hombre alto y escuálido, con una barbita delgada y una cruz de cobre sobre el pecho—. ¡Dame más vaho!

—Yo no soy bañero, señoría... Soy el barbero. La cuestión del vaho no es de mi incumbencia. ¿Desea, en cambio, que le ponga unas ventosas...?

El señor gordo acarició sus muslos amoratados y después de pensar un poco contestó:

—¿Ventosas?... Bueno, ¿por qué no?... Pónmelas. No tengo prisa.

El barbero corrió a la habitación de al lado en busca de los aparatos, y unos cinco minutos después, sobre el pecho y la espalda del señor gordo proyectaban su sombra diez ventosas.

—Lo he reconocido, señoría... —empezó a decir el barbero, mientras aplicaba la undécima ventosa—. El sábado pasado se sirvió usted venir a bañarse aquí y me acuerdo de que le corté los callos. Soy Mijailo, el barbero... ¿No lo recuerda?... Aquel día me preguntó usted algo sobre las novias...

—¡Ah, sí!... ¿Y qué hay?


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9 págs. / 16 minutos / 147 visitas.

Publicado el 7 de junio de 2016 por Edu Robsy.

Ensayo Sobre el Paraguas

Marcel Schwob


Artículo


Estas breves líneas están tomadas del
diario íntimo de mi amigo C. L.

Yo tenía un paraguas, y la muerte me lo ha arrebatado. Se lo ha llevado al comienzo de su carrera; aún era joven y sin duda algún día hubiera desplegado sus alas para alzar el vuelo sobre altas cumbres. Pero un golpe de viento lo ha roto; ya no está entre nosotros. Siento impulsos de simpatía hacia los paraguas, siempre los he querido mucho y aún conservo hacia ellos una debilidad que me asusta. Este me había seducido con su elegancia, su gracioso talle, su encantadora cabeza de marfil; sus huesos eran menudos, estilizados, sus carnes sedosas lanzaban reflejos de un infinito encanto, y cuando se abría, planeaba como una elegante faldilla azul a la altura de las ventanas de los bajos. Nunca subía hasta las nubes y huía de los riachuelos; tenía una sensibilidad perversa hacia la humedad. Se abría a cualquier sugerencia con una simple presión del pulgar; sus ocho varillas le permitían un despliegue razonable.

Lloro por él porque sentía que tenía un auténtico alma de paraguas. Ahora que su tela pende como un ala malherida, se acabaron los viajes con él a países lejanos. Me hubiera gustado, sin embargo, enseñarle Italia, mostrarle lo triste que puede resultar un cielo azul para quienes no están acostumbrados, y vivir con él sensaciones nuevas. Se trataba de un regalo de una gran dama que se aviene a menudo a invitarme a cenar. Así que voy a intentar describir para ella todo el esnobismo que albergaba ese pequeño paraguas.


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4 págs. / 7 minutos / 138 visitas.

Publicado el 28 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

Ensayo Sobre la Intolerancia

John Locke


Filosofía, Tratado, Tratado político


En la cuestión de la libertad de conciencia que durante estos años ha sido tan debatida entre nosotros, una cosa que ha confundido principalmente el asunto, mantenido la disputa y aumentado la animosidad, ha sido, según pienso, que ambos bandos, con igual celo e igual desacierto, han tratado de extender demasiado sus pretensiones: el uno ha predicado la obediencia absoluta, y el otro, la libertad universal en materias de conciencia, sin determinar las cosas que pueden aspirar a la libertad, o sin mostrar los límites de la imposición y la obediencia.

Para aclarar el camino voy a proponer como fundamento de la discusión esta proposición que no podrá ser cuestionada ni negada, a saber:

Que toda la confianza, toda la fuerza y toda la autoridad que se depositan en el magistrado le son concedidas con el solo propósito de que las use para el bienestar, la preservación y la paz de la sociedad que tiene a su cargo; y que, por lo tanto, esta y sólo esta ha de ser la norma y medida según la cual debe ajustar y proporcionar sus leyes y modelar y enmarcar su gobierno. Pues si los hombres pudiesen vivir juntos apacible y tranquilamente sin estar unidos bajo ciertas leyes, no habría necesidad de magistrados ni de política, cosas que sólo fueron hechas para proteger a los hombres del fraude y de la violencia entre unos y otros; de tal manera que lo que fue el motivo de erigir el gobierno debería ser la norma y medida de su modo de proceder.


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Publicado el 16 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

Ensayos y Perfiles

Marcel Schwob


Crítica, Biografía


I. François Villon

Los poemas de Villon eran ya célebres a fines del siglo XV. El Pequeño y el Gran testamento eran conocidos de memoria. Rabelais llamaba a Villon “el buen poeta parisino”, aunque la mayoría de las alusiones satíricas de sus testamentos ya eran ininteligibles en el siglo XVI. Marot lo admiraba tanto que corrigió su obra y la editó. Boileau lo consideraba uno de los precursores de la literatura moderna. Ya en nuestra época, Théophile Gautier, Théodore de Banville, Dante Gabriel Rossetti, Robert Louis Stevenson y Algernon Charles Swinburne se apasionaron por él. Escribieron ensayos sobre su vida, y Rossetti tradujo varios de sus poemas. Pero hasta la publicación de los trabajos de Auguste Longnon y de Byvanck, editados entre 1873 y 1892, no se sabía a ciencia cierta casi nada sobre el texto de sus obras o sobre su verdadera biografía. Hoy podemos estudiar al hombre y su medio.


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Publicado el 28 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

Erec y Enide

Chrétien de Troyes


Novela, Novela de Caballerías


Introducción

Dice el villano en su proverbio que a veces se menosprecia algo que vale mucho más de lo que se piensa; por ello actúa adecuadamente quien teniendo conocimiento lo aplica bien, pues aquel que lo descuida podría callar algo que después sería muy agradable. Por esto dijo Chrétien de Troyes que es justo que cada uno piense y ponga siempre su empeño en hablar y enseñar bien: de un cuento de aventuras ha sacado un relato muy hermoso por el cual se prueba y se sabe que actúa más sabiamente aquel que no abandona su ciencia, de acuerdo con la gracia que Dios le otorga; el cuento trata de Erec, hijo de Lac, y aquellos que quieren vivir de contarlo, suelen destrozarlo y corromperlo delante de reyes y condes. Comenzaré ahora la narración que permanecerá en la memoria mientras dure la cristiandad; de esto se envanece Chrétien.

Caza del Ciervo Blanco y encuentro con el enano felón

El día de Pascua, en primavera, el rey Artús había reunido la corte en Caradigán, su castillo; nunca se vio tan rica corte, pues tenía muchos y buenos caballeros, atrevidos, valerosos y fieros, y también ricas damas y doncellas, hijas de reyes, hermosas y gentiles; antes que la corte se separara, el rey dijo a sus caballeros que quería cazar el Ciervo Blanco a fin de restablecer la costumbre. A mi señor Galván no le satisfizo demasiado cuando oyó esta proposición:


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Publicado el 7 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

Eróstrato: Incendiario

Marcel Schwob


Cuento


La ciudad de Éfeso, donde nació Heróstratos, se extendía en la desembocadura del Caistro, con sus dos puertos fluviales, hasta los muelles de Panorme, desde donde se veía, sobre el mar de abundantes colores, la línea brumosa de Samos. Rebosaba de oro y tejidos, de lanas y rosas, desde que los magnesios, sus perros de guerra y sus esclavos que lanzaban venablos, fueron vendidos a orillas del Meandro, desde que la magnífica Mileto fue arruinada por los persas. Era una ciudad de molicie, donde se festejaba a las cortesanas en el templo de Afrodita Hetaira. Los efesios llevaban túnicas amórginas, transparentes, telas de lino hilado al torno de colores violeta, púrpura y cocodrilo, sarápides color amarillo manzana y blancas y rosas, paños de Egipto color jacinto, con los fulgores del fuego y los matices móviles del mar, y calasiris de Persia, de tejido apretado, ligero, todos ellos tachonados en su fondo escarlata de granos de oro en forma de copelas.


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Publicado el 21 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

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