Como acababan de dar las once, los
señores empleados, temiendo la llegada del jefe, se
apresuraban dirigiéndose a sus despachos.
Cada uno echaba una mirada rápida
sobre los papeles traídos en su ausencia; luego, tras haber
cambiado la chaqueta o la levita por el viejo uniforme de
trabajo, iba a ver al vecino.
Pronto fueron cinco en el despacho
donde trabajaba el señor Bonnenfant, un alto funcionario, y la
conversación de cada día comenzó como de costumbre. El señor
Perdrix, encargado del orden, buscaba piezas perdidas,
mientras que el aspirante a subjefe, el señor Piston, ayudante
de la Academia, fumaba su cigarrillo calentándose los muslos.
El viejo expedicionario, el padre Grappe, ofrecía al corrillo
su actuación tradicional, y el señor Rade, burócrata
periodístico, escéptico burlón y revolucionario, con voz de
grillo, astuto y con gestos bruscos, se divertía
escandalizando al mundo.
—¿Qué hay de nuevo esta mañana?
—preguntó el señor Bonnenfant.
—Nada nuevo —contestó el señor
Piston—, los periódicos siempre están llenos de detalles sobre
Rusia y el asesinato del Zar.
El encargado del orden, el señor
Perdrix, levantó la cabeza, y articuló en un tono convencido:
—Le deseo mucha felicidad a su
sucesor, pero no cambiaría mi puesto por el suyo.
El señor Rade se rió:
—¡Él tampoco! —dijo.
El padre Grappe tomó la palabra, y
preguntó en un tono lamentable:
—¿Cómo acabará todo esto?...
El señor Rade lo interrumpió:
—No acabará nunca, padre Grappe. Sólo
morimos nosotros. Desde que hay reyes ha habido regicidios.
Entonces el señor Bonnenfant se
interpuso:
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