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Todo Bien, Si Bien Acaba

William Shakespeare


Teatro, Comedia


Dramatis personae

BERTRÁN, Conde del Rosellón
La CONDESA del Rosellón, su madre
HELENA, huérfana protegida por la condesa
MAYORDOMO
LAVATCH, bufón
PAJE, al servicio de la condesa
PAROLES, del séquito de Bertrán
El REY de Francia
LAFEU, anciano señor
NOBLE 1º [G. Dumaine]
NOBLE 2º [E. Dumaine], hermanos, luego capitanes del ejército de Florencia
El DUQUE de Florencia
Una VIUDA de Florencia
DIANA, su hija
MARIANA, su amiga
Nobles, caballeros, soldados, florentinos, acompañamiento.

Acto I

Escena I

Entran el joven BERTRÁN, Conde del Rosellón, su madre [la CONDESA], HELENA y el noble LAFEU, todos de luto.

CONDESA
Al echar a mi hijo al mundo, entierro a un segundo esposo.

BERTRÁN
Y yo, al partir, señora, lloro otra vez la muerte de mi padre. Pero he de obedecer la orden de Su Majestad, de quien ahora soy pupilo y siempre súbdito.

LAFEU
Señora, en el rey hallaréis a un esposo, y vos, señor, a un padre. Quien siempre ha sido tan bueno con todos, por fuerza mostrará su virtud con vos, cuyos méritos la incitarían en quien no la tiene antes que reprimirla en quien la tiene en abundancia.

CONDESA
¿Hay esperanza de que Su Majestad pueda curarse?

LAFEU
Señora, ha renunciado a sus médicos, que con sus tratamientos dilataban con el tiempo la esperanza, sin más provecho que hacerle perder la esperanza con el tiempo.


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69 págs. / 2 horas, 1 minuto / 384 visitas.

Publicado el 10 de junio de 2018 por Edu Robsy.

En el Camino de Brighton

Richard Middleton


Cuento


Lentamente había trepado el sol por las colinas blancas y duras hasta alumbrar, sin el misterioso ritual del amanecer, un centelleante mundo de nieve. Una fuerte helada había caído por la noche, y los pájaros que saltaban ateridos de un lado a otro no dejaban huellas de su paso en los plateados caminos. En algunos lugares, las abrigadas cavernas de los setos mitigaban la monotonía de blancura que había descendido sobre la coloreada tierra, y allá arriba se fundían los torsos del cielo, del anaranjado al azul profundo, y del azul profundo a un celeste tan pálido que más que espacio ilimitado sugería una tenue pantalla de papel. Un viento frío y silencioso soplaba de los campos, arrancando a los árboles un fino polvillo de nieve, pero sin alcanzar a mover los pesados setos. Una vez superado el horizonte, el sol pareció ascender con más rapidez, y a medida que se elevaba, su calor luchaba con la gelidez del viento.

Quizá haya sido esta extraña alternativa de calor y frío lo que arrancó al vagabundo de su sumo; lo cierto es que forcejeó un instante con la nieve que lo cubría, como un hombre que se revuelve incómodo entre las sábanas, y después se sentó con ojos abiertos e interrogantes.

—¡Cielos! Pensé que estaba en cama —dijo para sus adentros, observando el desnudo paisaje—, y en realidad no me he movido de aquí.

Se desperezó, y levantándose cuidadosamente se sacudió la nieve que le cubría el cuerpo. El viento lo hizo tiritar, y comprendió entonces que su lecho había sido tibio.


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4 págs. / 7 minutos / 165 visitas.

Publicado el 27 de junio de 2018 por Edu Robsy.

Historias de Al-Ándalus

Ibn Idari


Historia, Crónica


DESCRIPCIÓN DE AL-ÁNDALUS Y SUS ANTIGÜEDADES

En cuanto a la descripción de Al-Ándalus, es una isla recostada en tierra firme con tres extremidades, que aproximan su figura a la del triángulo. Hállase el primer ángulo en el lugar, que ocupa el ídolo de Cadis, y el segundo en el territorio de Galiquia, frente a la isla Cartagena, donde está el ídolo semejante al de Cadis, mostrándose el tercero a la parte de Oriente entre Medina Arbona y Medina Bardhil, por donde se aproxima el mar circunfuso occidental al interno de Siria. En este sitio falta poco para que los dos mares se reúnan formando una isla, como en efecto habría de suceder a no quedar un corto espacio intermedio en la extensión de un día entero de camino en el lugar de la entrada, que llaman las Puertas por que Al-Ándalus se une al Continente. Por tanto, Al-Ándalus en toda su extensión está rodeada de mar, ya sea el mar circunfuso de Occidente, ya el mar interno, que sube también un poco al lado de Levante, dándole confines por Oriente, Poniente y algo del Norte el citado mar circunfuso, y limitándola por parte de Mediodía y Oriente el mar interno, llamado así a causa de introducirse en las tierras, adonde avanza según algunos, hasta llegar al séptimo clima.


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194 págs. / 5 horas, 40 minutos / 263 visitas.

Publicado el 21 de junio de 2018 por Edu Robsy.

Cupido Contra Pólux

Robert E. Howard


Cuento


Al tiempo que subía los escalones de la casa de la fraternidad, me encontré con Tarántula Soons, un memo con poca disposición y los ojos saltones.

—¿Podría suponer que estás buscando a Spike? —dijo, y al verme admitir el hecho, me miró con curiosidad y añadió que Spike se encontraba en su habitación.

Subí y, mientras lo hacía, oí que alguien cantaba una canción de amor con una voz que era la incitación para un homicidio justificado. Por extraño que parezca, aquella atrocidad emanaba de la habitación de Spike, y cuando entré, vi a Spike sentado en un diván y cantando algo acerca de las lunas de los amantes y labios suaves de color rojo. Sus ojos brillaban encandilados vueltos hacia el techo y ponía el alma en el escandaloso bramido que sólo él imaginaba a la altura de la melodía. Decir que me quedé sorprendido es decir poco y, cuando se volvió y me dijo: «Steve, ¿no es maravilloso el amor?» podría haberme derribado con un martinete. Además de medir sus buenos seis pies y siete pulgadas y pesar algo más de doscientas setenta libras, Spike tiene un careto que hace que Firpo parezca el personaje adecuado para un anuncio para petimetres, sin contar con que es casi tan sentimental como un rinoceronte.

—¿Eh? ¿Y quién es ella? —pregunté con cierto sarcasmo, a lo que Spike se limitó a suspirar amorosamente y seguir con sus poesía. Aquello me irritó—. ¡Así que por eso no estás entrenando en el gimnasio! —bramé—. Eres un maldito haragán. El torneo de boxeo entre colegios empieza mañana y estás aquí, maldito morsa enorme, cantando cursiladas como si fueras un condenado becerro de tres años.

—¡Lárgate! —dijo, amagando un directo de derecha a mi mandíbula de manera distraída—. Puedo acabar con esos pastores alemanes sin entrenarme.


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4 págs. / 8 minutos / 61 visitas.

Publicado el 22 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Vittoria Accoramboni

Stendhal


Cuento, Crónica


Para desgracia mía y del lector, esto no es una novela, sino la traducción fiel de una historia muy seria escrita en Padua en diciembre de 1585.

Hace algunos años me encontraba en Mantua, buscando esbozos y cuadros pequeños al alcance de mi pequeña fortuna, pero quería que fueran de pintores anteriores al año 1600; por aquel entonces terminaba de eclipsarse la originalidad italiana, que ya había estado en grave peligro con la toma de Florencia en 1530.

En vez de cuadros, un viejo aristócrata tan rico como avaro me propuso venderme, a precio muy alto, unos viejos manuscritos que el tiempo había teñido de amarillo; le pedí que me dejara hojearlos; me lo permitió, añadiendo que se fiaba de mi honestidad para que no recordara las anécdotas sabrosas que leyera, si no compraba los manuscritos.


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27 págs. / 48 minutos / 106 visitas.

Publicado el 24 de junio de 2018 por Edu Robsy.

Dubrovsky

Aleksandr Pushkin


Novela corta


Libro primero

I

Hace algunos años vivía en una de sus haciendas un señor ruso a la antigua usanza, Kirila Petróvich Troyekúrov. Su riqueza, su rancio abolengo y sus amistades le daban gran peso en las provincias donde se hallaban sus posesiones. Los vecinos se complacían en satisfacer sus menores caprichos; los funcionarios de la provincia temblaban al oír su nombre; Kirila Petróvich recibía las muestras de servilismo como un tributo que se le debía; su casa siempre estaba llena de invitados dispuestos a amenizar el ocio del gran señor, compartiendo sus ruidosas y a veces desenfrenadas diversiones. Nadie se atrevía a rechazar una invitación de Troyekúrov o a no comparecer en los días señalados, con los debidos respetos, en el pueblo de Pokróvskoye. En su vida doméstica Kirila Petróvich mostraba todos los vicios de un hombre inculto. Siempre consentido por su entorno, estaba acostumbrado a dar rienda suelta a todos los impulsos de su violento carácter y a todas las ocurrencias de su inteligencia bastante limitada. Pese a la extraordinaria fuerza de su constitución física, un par de veces por semana sufría los efectos de su glotonería y todas las tardes solía estar borracho. En una de las dependencias de su casa vivían dieciséis doncellas dedicadas a las labores propias de su sexo. Las ventanas de la vivienda estaban protegidas por una reja de madera; las puertas se cerraban con candados y las llaves las guardaba Kirila Petróvich. Las jóvenes reclusas bajaban a horas fijas al jardín y paseaban vigiladas por dos viejas. De vez en cuando Kirila Petróvich casaba a alguna de ellas, sustituyéndola por otra. Trataba a los campesinos y a los criados de manera severa y arbitraria; a pesar de ello le eran fieles: estaban orgullosos de la riqueza y la fama de su señor y a su vez se permitían muchas cosas con sus vecinos, confiando en la poderosa protección de Troyekúrov.


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82 págs. / 2 horas, 24 minutos / 119 visitas.

Publicado el 25 de junio de 2018 por Edu Robsy.

El Precio de la Cabeza

John Russell


Cuento


Los bienes de Christopher Alexander Pellett eran éstos: su nombre, que siempre cuidó de mantener intacto; unos pantalones de lienzo, ya no intactos, en cuyo interior vivía y dormía; una permanente sed de bebidas alcohólicas y un par de patillas rojas. Además, tenía un amigo. Ahora bien, ningún hombre es capaz de ganar una amistad, aún en las amables islas de la Polinesia, si no posee alguna cualidad propia: fortaleza física, buen humor, perversidad. Debe exhibir algún rasgo al que el amigo pueda atenerse y aferrarse. ¿Cómo explicar, pues, la constante devoción que a Christopher Alexander Pellett profesaba Karaki, el barquero de la compañía marítima? Ése era el misterio que nadie podía aclarar en Fufuti.

Pellett no tenía nada de malo. Nunca reñía. Nunca levantaba el puño. Aparentemente no había aprendido jamás que el pie de un hombre blanco, aunque camine haciendo eses, tiene por misión apartar a puntapiés a los nativos que se le pongan delante. Ni siquiera echaba maldiciones contra nadie, salvo contra sí mismo y contra el mestizo chino que le vendía brandy; y eso era disculpable, porque el brandy era muy malo.

Por otra parte, no se le encontraba ninguna virtud perceptible. Había perdido mucho antes la voluntad de trabajar, y aún, últimamente, el arte de mendigar. No sonreía, no bailaba, no exhibía ninguna de esas amables excentricidades que a veces granjean al ebrio cierta tolerancia. En cualquier otro lugar del mundo, se habría extinguido sin lucha. Pero el azar lo había llevado a las playas donde la vida es fácil como una canción, y su destino particular le proporcionó un amigo. Y así sobrevivía. Eso era todo. Persistía como un trozo de carne conservado en alcohol…


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14 págs. / 24 minutos / 611 visitas.

Publicado el 27 de junio de 2018 por Edu Robsy.

El Pueblo de la Costa Negra

Robert E. Howard


Cuento


Todo esto es resultado de placeres vanos y... vaya, ¿a qué se me ocurre este pensamiento? De algún atavismo puritano oculto en el fondo de mi mente que se disgrega rápidamente, o eso supongo. Una cosa es segura: en mi vida pasada nunca le concedí mucha atención a tales preceptos. En todo caso, debo consignar por escrito y a toda prisa mi corta y abominable historia antes de que estalle el rojo amanecer y la muerte aúlle en sus playas.

Al principio, éramos dos. Yo mismo, claro está, y Gloria, que debía haber sido mi mujer. Gloria poseía un avión y adoraba pilotarlo... Eso fue el comienzo de toda esta terrible historia. Aquel día intenté disuadirla de su proyecto —¡juro que lo hice!—, pero ella insistió y despegamos de Manila rumbo a Guam.. ¿Por qué? El capricho de una joven temeraria que no le tenía miedo de nada y que ardía con las ansias de vivir nuevas aventuras... de conocer nuevas sensaciones.

De nuestra llegada a la Costa Negra hay pocas cosas que decir. Se formó una de esas brumas poco frecuentes; la sobrevolamos y nos adentramos entre las espesas formaciones nubosas. En qué dirección volábamos es algo que solo sabe Dios, pero luchamos hasta el final. Finalmente, nos abismamos en el mar en el mismo momento en que divisábamos una tierra a través de la bruma que se disipaba.


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13 págs. / 22 minutos / 79 visitas.

Publicado el 9 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Fábulas Libertinas

Jean de La Fontaine


Fábulas, Poesía


Sor Juana

Parió sor Juana, en sazón,
Y muy contrita, ayunaba,
Y siempre rezando estaba,
Con sin igual devoción.
«Ved, dijo en cierta ocasión
La abadesa, muy ufana,
Ved cómo vive sor Juana,
Seguid su conducta bella».
Y las monjas, bajo el manto,
Dijeron a esta querella:
«Viviremos como ella,
Cuando hagamos otro tanto».

La Venus Callipyga

Hubo en la Grecia dos siracusanas,
Que tenían un trasero portentoso;
Y, por saber la cual de las hermanas
Lo tenía más gentil, duro y carnoso,
Desnudas se mostraron a un perito
Que, después de palpar con dulce apremio,
Ofreció a la mayor su mano, en premio.
Tomó su hermano el no menos bonito
De la menor; alegres se casaron,
Y, tras más de una grata peripecia,
En honor de las dos un templo alzaron,
Con el nombre de: «Venus, nalga recia».
No sé qué intención hubiera sido,
Mas fuera aqueste el templo de la Grecia
Al que más devoción habría tenido.

Los dos amigos

Alcibiades y Axioco, compañeros
De cuerpo juvenil, bello y fornido,
Concertaron sus ansias, y pusieron
Semillas de su amor en igual nido.
Sucedió que uno de ellos, diligente,
Trabajó tanto a la sin par doncella,
Que una niña nació, niña tan bella,
Que los dos se jactaban igualmente
De ser el padre de ella.
Cuando ya fue mujer y rozagante
Pudo seguir la escuela de su madre,
Al par los dos quisieron ser su amante,
Ninguno de ellos quiso ser su padre.
«¡Ah! hermano, dijo el uno, a fe os digo
Que es de vuestras facciones un dechado.
—¡Error! el otro dijo; es vuestra, amigo;
¡Dejadme a mí cargar con el pecado!


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43 págs. / 1 hora, 16 minutos / 434 visitas.

Publicado el 6 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Confesiones de un Alma Bella

Wolfgang Goethe


Cuento


Hasta que cumplí los ocho años fui una niña enteramente sana, pero de aquella época consigo acordarme tan poco como del día de mi nacimiento. Nada más comenzar mi octavo año tuve un vómito de sangre y al instante fue mi alma todo sensibilidad y memoria. Las más pequeñas circunstancias de este azar están aún ante mis ojos, como si hubieran sucedido ayer.

A lo largo de los nueve meses que la enfermedad me hizo guardar cama, que soporté con paciencia, nació también, así me lo parece, el fundamento de toda mi forma de pensar, pues se le brindaron entonces a mi espíritu los primeros medios para desarrollarse de acuerdo con su específica forma de ser.

Sufría y amaba, y ésa era la auténtica figura de mi corazón. En medio de las más violentas toses y de una fatigante fiebre estaba tranquila como un caracol que se retira a su concha. Tan pronto como tenía un poco de aire, deseaba sentir algo agradable, y como todos los restantes deleites me estaban vedados, buscaba resarcirme con ojos y oídos. Me traían juegos de muñecas y libros ilustrados, y quien deseara tener un sitio junto a mi lecho tenía que narrarme alguna historia.


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71 págs. / 2 horas, 5 minutos / 358 visitas.

Publicado el 4 de julio de 2018 por Edu Robsy.

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