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Una tarde de primavera. Un perro llamado Blanco transitaba en una
calle solitaria, olfateando la tierra. A los lados de la calle se veían
dos largas
hileras de setos con retoños, que dejaban ver a trechos los cerezos
florecientes. Después de seguir un tramo a lo largo de los setos, Blanco
dobló
de repente en una esquina y, apenas asomado al callejón, detuvo
empavorecido sus pasos.
Fue con toda razón; a unos quince metros reconoció a un matador de
perros, marcado por el logotipo del chaleco, que apuntaba a un perro
negro
con un lazo escondido a la espalda. Sin percatarse del peligro, el perro
negro devoraba un pedazo de pan, que le había lanzado el matador de
perros.
Y esto no fue todo; no se trataba de un perro cualquiera sino de uno de los
conocidos, nada menos que Negro, el vecino que vivía al lado de su casa.
Blanco y él, tan amigos desde siempre, se saludaban todas las mañanas sin
falta, olfateándose con las narices pegadas.
Blanco se disponía a gritarle: “¡Huye, Negro!”, cuando el matador le
lanzó una mirada feroz, que parecía decir: “Cállate, o te atrapo primero
a
ti”. Intimidado ante la amenaza tan directa, Blanco se quedó mudo sin
poder emitir un ladrido de alerta. Con un horror inaudito que le hizo
temblar
todo el cuerpo, retrocedió poco a poco, atento al menor movimiento del
matador. Cuando ganó la esquina para esconderse detrás del seto, huyó a
toda carrera, sin preocuparse más por el pobre Negro.
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