Prefacio del presentador del libro, Fernando Pessoa
Existen en Lisboa un reducido número de restaurantes o casas de
comidas [en las] que, sobre un establecimiento con pinta de taberna
decente, se sitúa una casa de almuerzos con el aspecto pesado y casero
de un restaurante de ciudad sin estación. En esos negocios, salvo los
domingos, en que son poco frecuentados, es habitual encontrarse con
tipos curiosos, caras sin interés, una serie de marginados de la vida.
El deseo de tranquilidad y la conveniencia de los precios, me
condujeron durante un periodo de mi vida a frecuentar una de estas casas
de almuerzos. Sucedía que al acercarme a cenar a eso de las siete de la
tarde, casi siempre me encontraba con un individuo cuya pinta no me
interesó al principio, pero que muy poco a poco comenzó a llamarme la
atención.
Se trataba de un hombre de unos treinta años, delgado, más bien
alto que bajo, encorvado exageradamente mientras permanecía sentado,
pero no tanto cuando se hallaba de pie, vestido con un cierto desaliño
no del todo desaliñado. En su rostro, macilento y de facciones carentes
de interés, se percibía un aire de pesadumbre que no le añadía mayor
enjundia, y era difícil precisar a qué podría deberse tal desconsuelo,
aunque no resultaba complicado indicar varios: privaciones, angustias, o
aquel sufrimiento que nace de la indiferencia que nutre al que ha
sufrido en demasía.
Cenaba siempre poco, y al acabar fumaba tabaco de hebra. Reparaba
extraordinariamente en quienes allí se hallaban, pero no de manera
indiscreta, sino con un especial interés; no observaba a las personas
tratando de sondearlas, sino más bien interesándose por ellas sin
profundizar en sus facciones o sin entrar en los pormenores de su
carácter. Fue ese curioso rasgo lo que hizo que, finalmente, me
interesara por él.
Información texto 'Libro del Desasosiego'