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El Alfiler de Oro

Marcel Schwob


Cuento


Hacía unos instantes que el vaivén de la puerta, que sacudía sus tres ventanales, ya no atraía la atención de las mujeres. Los ingleses salían y entraban, con sus flexibles sombreros, sus pantalones holgados, fumando pipas cortas, sin levantar ningún revuelo. El pequeño ciclista, con aire ingenuo, permanecía solo en un rincón, abandonado por las madamas. Todas estaban mirando a un hombre moreno, pálido, que se había sentado en una mesa del fondo. Tenía unas cejas extraordinariamente espesas, tan tupidas que cubrían el entrecejo; una nariz afilada y una boca muy roja; el cuello encajado en un collar de perro ancho y dorado constelado de brillantes; unos largos guantes rojos rodeados por dos brazaletes de oro amarillo con un único ópalo en la mitad. Un corsé ceñía su torso, aunque la flácida tela de su pantalón evidenciaba la flaqueza de sus piernas. Pero lo más extraño era sobre todo sus ojos, claros y grises, pero sin fondo, encendidos con una mirada fría que caía como atravesando un vidrio pulido.

«Aquí tienes a tu pimpollo, —exclamó Nini-la-Maquillada a Cuello-de-Terciopelo—. Ya me lo prestarás». Julie-la-Cantarina pasó cerca del hombre rozándole el cuello con la punta de sus senos, apenas cubiertos con tul blanco, mientras canturreaba: «No son colgajos, son picaruelos — ¡y apuntan hacia los cielos!». La pequeña Cinco-Minutos-en-mi-Cama, que de reina de los pilluelos de la Plaza Maubert se había convertido de repente en «princesa de los grititos» del bulevar, se acercó a mirarlo delante de sus narices y estalló en carcajadas.


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5 págs. / 8 minutos / 72 visitas.

Publicado el 28 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

El Banco de la Desolación

Henry James


Novela corta


I

En su opinión, a lo largo de su última y desagradable charla, ella le había transmitido prácticamente la insinuación, la espantosa, brutal y vulgar amenaza, aunque, a pesar del valor y la confianza que le quedaban —confianza en lo que alegremente él hubiera llamado con un poco más de agresividad la fuerza de su posición—, había juzgado mejor no tomarlo en cuenta. Pero ahora no se trataba de no entender o de fingir que no entendía; las amenazadoras y repulsivas palabras que despiadadamente salían de sus labios, eran como dedos de una mano que ella se metiera en el bolsillo con el fin de extraer el monstruoso objeto que mejor sirviera para —¿cómo podría definirlo?— una declaración de guerra.

—Si dentro de tres días no he recibido una respuesta distinta por su parte, pondré el asunto en manos de mi abogado, a quien, por si le interesa saberlo, ya he visto. Presentaré una denuncia por «incumplimiento de promesa matrimonial» contra usted, Herbert Dodd, tan cierto como que me llamo Kate Cookham.


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65 págs. / 1 hora, 54 minutos / 114 visitas.

Publicado el 2 de mayo de 2017 por Edu Robsy.

El Barco a Vapor

Jules Renard


Cuento


Retirados al pueblo, los Bornet son vecinos de los Navot y entre las dos parejas existe muy buena relación. Les gusta por igual la tranquilidad, el aire puro, la sombra y el agua. Simpatizan tanto que se imitan.

Por la mañana las señoras van juntas al mercado.

—Me dan ganas de preparar un pato, —dice la señora Navot.

—¡Ah! A mí también, —dice la señora Bornet.

Los señores se consultan cuando proyectan embellecer uno su jardín ventajosamente orientado, y el otro su casa situada sobre una loma y nunca húmeda. Se llevan bien. Mejor es así. ¡Con tal de que dure!

Pero es al atardecer, cuando se pasean por el Marne, cuando los Navot y los Bornet desean estar siempre de acuerdo. Los dos barcos, de la misma forma y de color verde, se deslizan uno al lado del otro. El señor Navot y el señor Bornet reman acariciando el agua como si lo hicieran con sus manos prolongadas. A veces se excitan hasta que aparece una primera gota de sudor, pero sin envidia, tan fraternales que no pueden vencerse uno al otro y reman al unísono.

Una de las señoras sorbe discretamente y dice:

—¡Qué delicia!

—Sí,—responde la otra— es delicioso.

Pero, una tarde, cuando los Bornet van a reunirse con los Navot para su habitual paseo, la señora Bornet mira un punto determinado del Marne y dice:

—¡Caray!

El señor Bornet, que está cerrando la puerta con llave, se da la vuelta:

—¿Qué ocurre?

—¡Caramba! —prosigue la señora Bornet— nuestros amigos no se privan de nada. Tienen un barco a vapor.

—¡Demonios! —dice el señor Bornet.

Es cierto. En la orilla, en el estrecho espacio reservado a los Navot, se divisa un pequeño barco a vapor, con su tubo negro que brilla al sol, y las nubes de humo que de él escapan. Ya instalados, el señor y la señora Navot esperan y agitan un pañuelo.

—¡Muy gracioso! —dice el señor Bornet molesto.


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2 págs. / 4 minutos / 68 visitas.

Publicado el 21 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

El Barco del Tesoro

Hector Hugh Munro "Saki"


Cuento


El gran galeón yacía semienterrado bajo la arena, los yuyos y el agua de la bahía septentrional donde los azares de la guerra y el tiempo lo habían instalado. Habían pasado tres siglos y un cuarto desde que había navegado en alta mar como una importante unidad de un escuadrón de guerra; precisamente en qué escuadrón era el punto en que los expertos no se ponían de acuerdo. El galeón no había aportado nada al mundo, pero según la tradición y la información, se había llevado mucho de él. ¿Pero cuánto? En esto nuevamente los expertos estaban en desacuerdo. Algunos eran tan generosos en sus cálculos como un asesor de impuestos, otros aplicaban una crítica más fuerte a los cofres del tesoro sumergidos, y otros rebajaban su contenido a una moneda de oro ficticio. A la primera clase pertenecía Lulú, duquesa de Dulverton.


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4 págs. / 7 minutos / 144 visitas.

Publicado el 25 de julio de 2016 por Edu Robsy.

El Bautismo

Guy de Maupassant


Cuento


Los hombres, vestidos con sus trajes de día de fiesta, esperaban a la puerta de la granja. El sol de mayo derramaba su luz esplendorosa sobre los manzanos en flor, que parecían enormes ramos redondos, blancos, rosáceos y perfumados, que cubrían todo el patio con un techo florido. De todos ellos caía constantemente una nieve de pequeños pétalos, formando remolinos y ondulaciones en el aire, antes de posarse en la hierba alta, en la que brillaban como llamas los dientes del león, y las amapolas semejaban gotas de sangre.

Una cerda madre, de vientre enorme y ubres abultadas, dormitaba al borde del estercolero, y una multitud de cerditos corría a su alrededor con el rabo ensortijado como una cuerda.

De pronto empezó a sonar la campana de la iglesia, a lo lejos, más allá de los árboles de las granjas. Su metálica voz lanzaba en los cielos gozosos su débil llamada lejana. Las golondrinas cruzaban como flechas por el inmenso espacio azul encuadrado en las grandes hayas inmóviles. De cuando en cuando pasaba una vaharada de establo y se mezclaba con el aroma suave y dulzón de los manzanos.

Uno de los hombres que estaban en pie delante de la puerta, se volvió hacia la casa y gritó:

—Ea, Melina, vamos ya, que están tocando.

Tendría unos treinta años. Era un campesino fornido, al que todavía no habían conseguido deformar, ni encorvar, los muchos años de trabajo en la tierra. Un viejo, su padre, avellanado como un tronco de haya, de muñecas abultadas y piernas torcidas, sentenció:

—Está visto, nunca acaban de prepararse las mujeres.

Los otros dos hijos del viejo se echaron a reír; uno de ellos se volvió hacia el hermano mayor, que era quien primero había hablado, y le dijo:

—Ve en su busca, Polito; de otro modo, no estarán antes del mediodía.

El joven entró en su casa.


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5 págs. / 9 minutos / 66 visitas.

Publicado el 6 de junio de 2016 por Edu Robsy.

El Bautizo

Guy de Maupassant


Cuento


«Vamos, doctor, un poco de coñac.

—Con mucho gusto.»

Y después de alargar su vaso, el antiguo médico de la Marina vio subir hasta el borde el hermoso líquido de reflejos dorados. Luego lo levantó hasta sus ojos, permitió que pasara dentro la claridad de la lámpara, lo olió, tomó unas gotas que paseó lentamente por la lengua y por la carne húmeda y delicada del paladar, y luego dijo:

—¡Oh! ¡qué encantador veneno! O, más bien, ¡qué seductor veneno, qué delicioso destructor de pueblos! Usted, usted no lo conoce. Es cierto que ha leído ese admirable libro titulado La taberna, pero usted no ha visto, como yo, el alcohol exterminar a una tribu salvaje, a un pequeño reino de negros, ese alcohol llevado en toneles regordetes que desembarcaban con gesto plácido los marineros ingleses de barbas pelirrojas. Pero mire, yo he visto con mis propios ojos un drama producido por el alcohol, muy extraño y muy conmovedor, cerca de aquí, en Bretaña, en un pueblecito en los alrededores de Pont-l'Abbé.


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5 págs. / 9 minutos / 83 visitas.

Publicado el 6 de junio de 2016 por Edu Robsy.

El Bebedizo

Stendhal


Cuento


Historia imitada del italiano, de Silvia Malapuerta
 

Una noche oscura y lluviosa del verano de 182… un teniente joven del 96.º regimiento de la guarnición de Burdeos se retiraba del café en el que acababa de perder cuanto dinero tenía. Maldecía su necedad, porque era pobre.

Iba en silencio por una de las calles más desiertas del barrio de Lormond cuando oyó de pronto gritos y, de una puerta que se abrió con estrépito, escapó una persona que vino a caer a sus pies. Era tal la oscuridad que solo por el ruido podía uno hacerse una idea de lo que estaba pasando. Los perseguidores, fueren quienes fueren, se detuvieron en la puerta, en apariencia porque oyeron los pasos del joven oficial.

Este atendió un instante: los hombres hablaban bajo, pero no se acercaban. Por más que la escena le pareciera repugnante, Liéven se creyó en la obligación de levantar a la persona caída.

Se dio cuenta de que estaba en camisa; pese a la cerrada oscuridad de la noche, podían ser alrededor de las dos de la mañana, le pareció vislumbrar una melena suelta: así que era una mujer. Aquel descubrimiento no le resultó nada grato.

Parecía incapaz de andar sin ayuda. Liéven hubo de recordar los deberes que nos impone la humanidad para no dejarla abandonada.

Se imaginaba el fastidio de presentarse al día siguiente ante un comisario de policía, las bromas de sus compañeros, los relatos satíricos de los periódicos de la comarca. «La arrimaré a la puerta de una casa —se dijo—, llamaré y me iré corriendo». En esas estaba, cuando oyó a aquella mujer quejarse en español. No sabía ni palabra de español. Por eso quizá dos palabras muy sencillas que dijo Leonor le inspiraron las ideas más novelescas que darse puedan. Dejó de ver a un comisario de policía y a una mujer golpeada; se le extravió la imaginación por pensamientos de amor y de aventuras singulares.


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17 págs. / 31 minutos / 65 visitas.

Publicado el 16 de abril de 2018 por Edu Robsy.

El Beso

Guy de Maupassant


Cuento


Encanto mío: De modo que te pasas el día y la noche llorando, porque te abandonó tu marido; no sabes qué hacer y solicitas consejo de tu anciana tía, a la que, por lo visto, supones muy experta. No estoy tan enterada como tú te lo imaginas; pero desde luego que no soy del todo ignorante en el arte de amar o, más bien, de hacerse amar, que a ti te falta un poco. A mis años creo que me debe estar permitido confesarlo.

Me cuentas que no tienes para él otra cosa que atenciones, cariños, caricias y besos. De ahí tal vez procede el daño; creo que te excedes en besarlo.

Tenemos en nuestras manos, querida, la potencia más terrible que existe: el amor.

El hombre, dotado de su fuerza física, la ejerce por la violencia. La mujer, dotada del encanto, domina por la caricia. Es nuestra arma, arma temible, incontrastable, pero que es preciso saber manejar.

Somos, sábelo bien, las dueñas de la tierra. Narrar la historia del Amor desde los orígenes del mundo, equivaldría a narrar la historia del hombre mismo. Todo arranca del Amor: las artes, los grandes acontecimientos, las costumbres, la moral, las guerras, el derrumbamiento de los imperios.

En la Biblia tropiezas con Dalíla y Judit; en la Leyenda, con Onfala y Helena; en la Historia, con las Sabinas, Cleopatra y tantas más.

Reinamos, pues, como soberanas omnipotentes. Pero es indispensable que empleemos, lo mismo que los reyes, una diplomacia refinada.

El Amor, pequeña mía, está hecho de primores, de sensaciones imperceptibles.

Sabemos que es fuerte como la muerte; pero es también tan frágil como el vidrio. El choque más insignificante lo quiebra y nuestro dominio se derrumba, sin que podamos ya reconstruirlo.

Tenemos el poder de hacernos adorar, pero necesitamos una cualidad minúscula: el discernimiento de matices en la caricia, la percepción sutil de lo excesivo en la manifestación de nuestra ternura.


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Publicado el 6 de junio de 2016 por Edu Robsy.

El Bicho de Belhomme

Guy de Maupassant


Cuento


La diligencia de El Havre se disponía a salir de Criquetot, y en el patio del hotel del Comercio, cuyo propietario era Malandain hijo, todos los viajeros esperaban a que los llamasen por su nombre.

Era un carruaje amarillo, montado sobre ruedas amarillas también en otros tiempos, pero que el barro acumulado había teñido de gris; y si las de delante eran pequeñas, las de detrás eran altas y frágiles y sostenían, grotesco y abultado, algo que parecía el vientre de una bestia deforme. Tres pencos blancos, que a primera vista llamaban la atención por sus enormes cabezas y sus redondas rodillas, arrastraban la diligencia que, por su estructura, semejaba un monstruo. Y los caballos, enganchados al extraño vehículo, parecía que dormían.

Cesáreo Horlaville, el cochero, era un hombrecillo ventrudo y sin embargo flexible y ágil, a causa de la constante obligación de encaramarse al pescante y escalar el imperial; tenía la piel curtida por el aire de los campos, las lluvias y las borrascas; rojizo el rostro por el uso y tal vez el abuso del alcohol, brillantes los ojos que parpadeaban al viento y al granizo. Cuando apareció en el patio de la posada se secaba los labios con el reverso de la mano.

Grandes cestos redondos llenos de aves asustadas esperaban ante las inmóviles campesinas, y Cesáreo Horlaville, cogiéndolos uno a uno, los colocó en la parte alta de su carruaje; en seguida, y con más cuidado, colocó los que contenían huevos, lanzando después, desde abajo, algunos saquitos de grano y una serie de paquetes envueltos con pañuelos, trapos y periódicos. Luego, abriendo la portezuela, sacó del bolsillo una lista que leyó en voz alta:

—¡Señor cura de Georgeville!

El sacerdote, hombre robusto, fuerte y de amable aspecto, avanzó; y recogiéndose la sotana como las mujeres se recogen la falda, montó en la diligencia.

—¿El maestro de Rollebose-les-Grinets?


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Publicado el 13 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

El Bigote

Guy de Maupassant


Cuento


Una dama de la nobleza, hace toda una apología del bigote, argumentando las excelencias de este cúmulo de pelos sobre el labio, en las actitudes galantes, amorosas y viriles de los hombres de Francia.


Castillo de Solles, lunes 30 de julio de 1883.

Querida Lucía, nada nuevo. Vivimos en el salón viendo como cae la lluvia. No se puede salir con este tiempo horroroso; entonces hacemos teatro. Que estúpidas son, querida, las obras de teatro del repertorio actual. Todo es forzado, todo es grosero, pesado. Las bromas impactan como las balas de cañón, rompiéndolo todo. Ni rastro de espíritu, de naturalidad, ningún humor, ninguna elegancia. Estos literatos por cierto no saben nada del mundo. Ignoran por completo como pensamos y como hablamos nosotros. Tolero perfectamente que desprecien nuestras costumbres, nuestras convenciones y nuestros modales, pero no les permito en absoluto que no los conozcan. Para ser finos, hacen juegos de palabras que podrían servir para alegrar un cuartel militar; para ser joviales nos sirven un ingenio que han debido cosechar en las alturas del bulevar exterior, en esas cervecerías llenas de artistas en las que se repiten, desde hace cincuenta años, las mismas paradojas de estudiante.

En fin, hacemos teatro. Como sólo somos dos mujeres, mi marido desempeña los papeles de doncella, y para ello se afeitó. No te imaginas, querida Lucía, que cambiado está, ya no lo reconozco... ni de día ni de noche. Si no dejase crecer enseguida su bigote creo que le sería infiel, de tanto que me disgusta así.


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4 págs. / 8 minutos / 121 visitas.

Publicado el 18 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

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