La diligencia de El Havre
se disponía a salir de Criquetot, y en el patio del hotel del Comercio,
cuyo propietario era Malandain hijo, todos los viajeros esperaban a que
los llamasen por su nombre.
Era un carruaje amarillo, montado sobre ruedas amarillas también en
otros tiempos, pero que el barro acumulado había teñido de gris; y si
las de delante eran pequeñas, las de detrás eran altas y frágiles y
sostenían, grotesco y abultado, algo que parecía el vientre de una
bestia deforme. Tres pencos blancos, que a primera vista llamaban la
atención por sus enormes cabezas y sus redondas rodillas, arrastraban la
diligencia que, por su estructura, semejaba un monstruo. Y los
caballos, enganchados al extraño vehículo, parecía que dormían.
Cesáreo Horlaville, el cochero, era un hombrecillo ventrudo y sin
embargo flexible y ágil, a causa de la constante obligación de
encaramarse al pescante y escalar el imperial; tenía la piel curtida por
el aire de los campos, las lluvias y las borrascas; rojizo el rostro
por el uso y tal vez el abuso del alcohol, brillantes los ojos que
parpadeaban al viento y al granizo. Cuando apareció en el patio de la
posada se secaba los labios con el reverso de la mano.
Grandes cestos redondos llenos de aves asustadas esperaban ante las
inmóviles campesinas, y Cesáreo Horlaville, cogiéndolos uno a uno, los
colocó en la parte alta de su carruaje; en seguida, y con más cuidado,
colocó los que contenían huevos, lanzando después, desde abajo, algunos
saquitos de grano y una serie de paquetes envueltos con pañuelos, trapos
y periódicos. Luego, abriendo la portezuela, sacó del bolsillo una
lista que leyó en voz alta:
—¡Señor cura de Georgeville!
El sacerdote, hombre robusto, fuerte y de amable aspecto, avanzó; y
recogiéndose la sotana como las mujeres se recogen la falda, montó en la
diligencia.
—¿El maestro de Rollebose-les-Grinets?
Información texto 'El Bicho de Belhomme'