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Dubrovsky

Aleksandr Pushkin


Novela corta


Libro primero

I

Hace algunos años vivía en una de sus haciendas un señor ruso a la antigua usanza, Kirila Petróvich Troyekúrov. Su riqueza, su rancio abolengo y sus amistades le daban gran peso en las provincias donde se hallaban sus posesiones. Los vecinos se complacían en satisfacer sus menores caprichos; los funcionarios de la provincia temblaban al oír su nombre; Kirila Petróvich recibía las muestras de servilismo como un tributo que se le debía; su casa siempre estaba llena de invitados dispuestos a amenizar el ocio del gran señor, compartiendo sus ruidosas y a veces desenfrenadas diversiones. Nadie se atrevía a rechazar una invitación de Troyekúrov o a no comparecer en los días señalados, con los debidos respetos, en el pueblo de Pokróvskoye. En su vida doméstica Kirila Petróvich mostraba todos los vicios de un hombre inculto. Siempre consentido por su entorno, estaba acostumbrado a dar rienda suelta a todos los impulsos de su violento carácter y a todas las ocurrencias de su inteligencia bastante limitada. Pese a la extraordinaria fuerza de su constitución física, un par de veces por semana sufría los efectos de su glotonería y todas las tardes solía estar borracho. En una de las dependencias de su casa vivían dieciséis doncellas dedicadas a las labores propias de su sexo. Las ventanas de la vivienda estaban protegidas por una reja de madera; las puertas se cerraban con candados y las llaves las guardaba Kirila Petróvich. Las jóvenes reclusas bajaban a horas fijas al jardín y paseaban vigiladas por dos viejas. De vez en cuando Kirila Petróvich casaba a alguna de ellas, sustituyéndola por otra. Trataba a los campesinos y a los criados de manera severa y arbitraria; a pesar de ello le eran fieles: estaban orgullosos de la riqueza y la fama de su señor y a su vez se permitían muchas cosas con sus vecinos, confiando en la poderosa protección de Troyekúrov.


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82 págs. / 2 horas, 24 minutos / 120 visitas.

Publicado el 25 de junio de 2018 por Edu Robsy.

Confesiones de un Alma Bella

Wolfgang Goethe


Cuento


Hasta que cumplí los ocho años fui una niña enteramente sana, pero de aquella época consigo acordarme tan poco como del día de mi nacimiento. Nada más comenzar mi octavo año tuve un vómito de sangre y al instante fue mi alma todo sensibilidad y memoria. Las más pequeñas circunstancias de este azar están aún ante mis ojos, como si hubieran sucedido ayer.

A lo largo de los nueve meses que la enfermedad me hizo guardar cama, que soporté con paciencia, nació también, así me lo parece, el fundamento de toda mi forma de pensar, pues se le brindaron entonces a mi espíritu los primeros medios para desarrollarse de acuerdo con su específica forma de ser.

Sufría y amaba, y ésa era la auténtica figura de mi corazón. En medio de las más violentas toses y de una fatigante fiebre estaba tranquila como un caracol que se retira a su concha. Tan pronto como tenía un poco de aire, deseaba sentir algo agradable, y como todos los restantes deleites me estaban vedados, buscaba resarcirme con ojos y oídos. Me traían juegos de muñecas y libros ilustrados, y quien deseara tener un sitio junto a mi lecho tenía que narrarme alguna historia.


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71 págs. / 2 horas, 5 minutos / 358 visitas.

Publicado el 4 de julio de 2018 por Edu Robsy.

El Terrible Tacto de la Muerte

Robert E. Howard


Cuento


Cuando la medianoche cubra la tierra
con lúgubres y negras sombras
que Dios nos libre del beso de Judas
de un muerto en la oscuridad.
 

El viejo Adam Farrel yacía muerto en la casa en la que había vivido solo los últimos veinte años. Un silencioso y huraño recluso que en vida no conoció amigo alguno, y tan sólo dos hombres fueron testigos de su final.

El doctor Stein se levantó y observó por la ventana la creciente oscuridad.

—Entonces, ¿crees que podrás pasar la noche aquí? —le preguntó a su acompañante.

Este, de nombre Falred, asintió.

—Sí, por supuesto. Supongo que tendré que ocuparme yo.

—Una costumbre bastante inútil y primitiva esta de velar a un muerto —comentó el doctor, que se disponía a marcharse—, pero supongo que tendremos que respetar las costumbres, aunque sólo sea por decoro. Podría intentar encontrar a alguien que te acompañara en la vigilia.

Falred se encogió de hombros.

—Lo dudo mucho. Farrel no era muy popular… no tenía muchos amigos. Yo mismo apenas lo conocía, pero no me importa velar su cuerpo.

El doctor Stein estaba quitándose los guantes de goma y Falred observaba el proceso con un interés que era casi fascinación. Un ligero e involuntario temblor le sacudió al recordar el tacto de aquellos guantes… resbaladizos, fríos y húmedos, como el tacto de la muerte.

—Podrías sentirte demasiado solo esta noche si no encuentro a nadie más —afirmó el doctor al abrir la puerta—. No eres supersticioso, ¿verdad?

Falred rió.

—No mucho. Lo cierto es que, por lo que he oído acerca del trato de Farrel, prefiero estar ahora velando su cuerpo que haber sido uno de sus invitados cuando aún vivía.


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7 págs. / 12 minutos / 121 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Cabeza de Lobo

Robert E. Howard


Cuento


¿Miedo? Disculpen, Messieurs, pero ustedes desconocen el significado del miedo. No, me mantengo en lo que he dicho. Ustedes son soldados, aventureros. Han conocido cargas de regimientos de dragones, o el pánico en mares azotados por el viento. Pero miedo, el verdadero miedo de puro terror reptante y que pone los pelos de punta, ése lo desconocen. Yo sí he conocido ese miedo; pero hasta el día en que las legiones oscuras asciendan desde las puertas del infierno y el mundo arda en ruinas, ningún hombre volverá a enfrentarse a un miedo similar.

Escuchen, les contaré una historia, ya que ocurrió hace muchos años y a medio camino del otro lado del mundo; y ninguno de ustedes verá jamás al hombre del que les voy a hablar, o si lo ven, no lo reconocerán.

Retrocedan entonces conmigo unos cuantos años atrás en el tiempo, hasta el día en que yo, un caballero joven y temerario, bajé de la pequeña barcaza que me había acercado a tierra firme desde el barco fondeado en el puerto mar adentro, maldije el barrizal que cubría el rústico embarcadero, y recorrí la franja de tierra firme que llevaba hasta el castillo, en respuesta a la invitación de un viejo amigo, Dom Vincente da Lusto.

Dom Vincente era un hombre extraño, de carácter fuerte y amplitud de miras, un visionario adelantado a los conocimientos de su tiempo. En sus venas, quizás, corriese la sangre de aquellos antiguos fenicios que, como nos relatan los sacerdotes, dominaron los mares y construyeron ciudades en tierras lejanas en épocas inmemoriales. Su plan para enriquecerse era extraño y, sin embargo, tuvo éxito; a pocos hombres se les hubiera ocurrido, e incluso menos lo hubieran logrado. Y es que su hacienda se encontraba en la costa occidental de ese oscuro y místico continente, ese enigma para los exploradores… África.


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29 págs. / 50 minutos / 144 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Los Gusanos de la Tierra

Robert E. Howard


Cuento


1

—¡Clavad los clavos, soldados, y que nuestro invitado descubra la verdad de nuestra hermosa justicia romana!

El orador envolvió su poderosa figura en la capa púrpura y se recostó en la silla oficial, igual que podría haberse recostado en su asiento en el Circo Máximo para disfrutar del choque de las espadas de los gladiadores. Cada uno de sus gestos era la materialización del poder. El orgullo cultivado formaba parte necesaria de la satisfacción de los romanos, y Tito Sula se sentía orgulloso con razón; era el gobernador militar de Eboracum y sólo respondía ante el Emperador de Roma. Era un hombre de complexión fuerte y estatura media, con los rasgos afilados propios de un romano de pura sangre. Una sonrisa burlona curvaba sus labios, incrementando la arrogancia de su aspecto altanero. De apariencia claramente militar, llevaba el corselete con escamas doradas y el peto tallado propios de su rango, con la espada corta al cinto, y sujetaba sobre la rodilla el casco de plata con su cresta emplumada. Detrás de él permanecía en pie un grupo de soldados impasibles con escudos y lanzas, titanes rubios de la Renania.

Ante él se desarrollaba la escena que aparentemente le proporcionaba tanta gratificación, una escena bastante común allá donde llegaban las alargadas fronteras de Roma. Había una burda cruz tirada en el suelo, y sobre ella estaba atado un hombre medio desnudo, de aspecto salvaje por sus miembros nudosos, sus ojos centelleantes y su mata de pelo revuelto. Sus ejecutores eran soldados romanos, y con pesados martillos se disponían a clavar las manos y pies de la víctima a la madera utilizando puntas de hierro.


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40 págs. / 1 hora, 11 minutos / 62 visitas.

Publicado el 13 de julio de 2018 por Edu Robsy.

El Señor de Samarcanda

Robert E. Howard


Cuento


Capítulo 1

El rugido de la batalla había expirado; el sol colgaba sobre las colinas del oeste como una bola de oro carmesí. A través del hollado campo de batalla ningún escuadrón resonaba, ningún grito de guerra reverberaba. Solo los alaridos de los heridos y los quejidos de los moribundos se alzaban hasta los círculos de buitres cuyas negras alas se acercaban más y más hasta que rozaban sus pálidas cabezas en su vuelo.

En su enorme semental, sobre la ladera de una colina repleta de matorrales, Ak Boga el tártaro oteaba atentamente, como ya lo había hecho desde abajo, cuando las huestes acorazadas de los francos, con su bosque de lanzas y pendones flameantes, había avanzado sobre la planicie de Nicópolis para enfrentarse con las siniestras hordas de Bayazid.

Ak Boga, observando la formación de batalla, había chascado sus dientes con sorpresa cuando vio que los relucientes escuadrones de caballeros montados se estiraron en un frente compacto como si fueran la infantería. Estaba la flor y nata de Europa: caballeros de Austria, Alemania, Francia e Italia; pero Ak Boga había sacudido su cabeza con desaprobación.

Había visto a los caballeros cargar con un atronador rugido que agitó incluso los cielos, les había visto embestir a la avanzada de Bayazid como una ráfaga fulminante y barrer la larga pendiente bajo el fuego de los arqueros turcos de la cima. Les había visto cosechar a los arqueros como maíz maduro, y lanzar todo su poder contra los spahis que se les acerca ban, la caballería ligera turca. Y había visto a los spahis doblarse, romperse y esparcirse como espuma en una tormenta; los jinetes provistos de armaduras ligeras arrojaron a un lado sus lanzas y espolearon fuera de la refriega como perros locos. Pero Ak Boga había mirado atrás, donde, algo más lejos, los robustos piqueros húngaros se apostaban, buscando mantener cierta distancia de la avanzada de los caballeros.


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47 págs. / 1 hora, 22 minutos / 59 visitas.

Publicado el 26 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Las Hermanas Bunner

Edith Wharton


Novela corta


Primera parte

I

En los días en que el tráfico de Nueva York avanzaba al ritmo de los languidecientes coches de caballos, en que la buena sociedad aplaudía a Christine Nilsson en la Academia de Música y disfrutaba de los atardeceres de la Escuela del Río Hudson que colgaban en las paredes de la Academia Nacional de Diseño, había una discreta tienda de un solo escaparate conocida estrecha y favorablemente por la población femenina del vecindario que limitaba con la plaza Stuyvesant.

Se trataba de una tienda muy pequeña en un destartalado semisótano de una calle tranquila ya condenada a la decadencia; a tenor del carácter misceláneo de lo expuesto detrás del cristal y de la parquedad del cartel que lo coronaba (un mero «Hermanas Bunner» en borrosas letras de oro sobre un fondo negro), para un no iniciado habría sido difícil adivinar la naturaleza exacta del negocio que se desarrollaba en el interior. Aunque eso carecía prácticamente de importancia, puesto que su fama era tan puramente local que las clientas de cuya existencia dependía conocían de forma casi congénita y exacta cuál era el surtido de «artículos» de los que disponía el establecimiento de las hermanas Bunner.


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102 págs. / 3 horas / 360 visitas.

Publicado el 29 de agosto de 2018 por Edu Robsy.

Sobre las Nubes

Guy de Maupassant


Crónica


En el verano de 1888, Guy de Maupassant realizó una ascensión en el globo aerostático El Horla. La crónica de ese viaje fue publicada en la revista La Lecture, y permaneció inédita hasta hace poco. En ella, Maupassant da muestra de su capacidad de apreciación y nos ofrece un curioso documento de aeronáutica. Aquí aparece, por primera vez en español, admirablemente traducido por nuestro colaborador José Abdón Flores. El maestro del relato corto narra por el solo placer de narrar y, desde un globo, ve el mundo como nunca antes lo había visto, percibe su grandeza y se sobrecoge ante la fuerza ciega de la naturaleza. Un París rodeado de nubes grises que a ratos huyen, se ofrece a los ojos del gran escudriñador de almas en esta crónica dedicada a constatar la belleza del mundo visto de lejos.

Cuando entré en el taller de La Villette, vi, yaciente sobre la hierba del patio, enfrente de la armada de negras y monstruosas chimeneas, el enorme globo amarillo, casi inflado por completo, igual a una calabaza colosal posada en medio de gasómetros en el huerto de un cíclope.

Un largo conducto de tela barnizada, igual a ese pequeño rabo torcido por donde las calabazas doradas beben la vida en la tierra, insuflaba al Horla el alma de los aeróstatos. Palpitaba y se levantaba poco a poco, y una docena de hombres lo rodeaban, desplazando de cuando en cuando los sacos de lastre enganchados a las amarras para permitirle moverse.

Un cielo bajo y gris, una pesada bóveda de nubes se extendía sobre nuestras cabezas. Eran las cuatro y media de la tarde, y la noche, ya, parecía próxima.

Curiosos y amigos entraban al taller. Observaban, con sorpresa, la pequeñez de la barquilla, los parches sobre barquilla, los parches sobre las delgadas fisuras del globo, todos los preparativos para este viaje por el espacio.


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7 págs. / 12 minutos / 168 visitas.

Publicado el 19 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

La Verdad sobre el Caso del Sr. Valdemar

Edgar Allan Poe


Cuento


No pretenderé, naturalmente, opinar que no exista motivo alguno para asombrarse de que el caso extraordinario del señor Valdemar haya promovido una discusión. Sería un milagro que no hubiera sucedido así, especialmente en tales circunstancias. El deseo de todas las partes interesadas en mantener el asunto oculto al público, al menos hasta el presente o hasta que haya alguna oportunidad ulterior para otra investigación, y nuestros esfuerzos a ese efecto han dado lugar a un relato mutilado o exagerado que se ha abierto camino entre la gente, y que llegará a ser el origen de muchas falsedades desagradables, y, como es natural, de un gran descrédito.

Se ha hecho hoy necesario que exponga los hechos, hasta donde los comprendo yo mismo. Helos sucintamente aquí:

Durante estos tres últimos años ha sido repetidamente atraída mi atención por el tema del mesmerismo o hipnotismo animal, y hace nueve meses, aproximadamente, se me ocurrió de pronto que en la serie de experimentos efectuados hasta ahora existía una muy notable y muy inexplicable omisión: nadie había sido aún hipnotizado in articulo mortis. Quedaba por ver, primero, si en semejante estado existía en el paciente alguna sensibilidad a la influencia magnética; en segundo lugar, si, en caso afirmativo, estaba atenuada o aumentada por ese estado; en tercer lugar, cuál es la extensión y por qué período de tiempo pueden ser detenidas las intrusiones de la muerte con ese procedimiento. Había otros puntos que determinar; pero eran éstos los que mas excitaban mi curiosidad, el último en particular, dado el carácter enormemente importante de sus consecuencias.


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11 págs. / 19 minutos / 491 visitas.

Publicado el 21 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

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