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En la Bahía

Katherine Mansfield


Cuento


I

Por la mañana, muy temprano. Aún no había salido el sol y toda la bahía de Crescent estaba oculta bajo la neblina blancuzca del mar. Las colinas cubiertas de maleza, en la parte de atrás, quedaban difuminadas. No se podía ver dónde terminaban y dónde empezaban los campos y los bungalows. La arenosa carretera había desaparecido y con ella los campos y bungalows del otro lado; a sus espaldas no se veían las blancas dunas cubiertas de matojos rojizos; no había nada que sirviese para distinguir lo que era la playa y dónde empezaba el mar. Había caído un fuerte rocío. La hierba era azulada. Gruesas gotas colgaban de la maleza, sin acabar de caer: el toi-toi, esponjoso y plateado, colgaba fláccido de sus largos tallos, y las caléndulas y claveles de los jardines de los bungalows se doblaban hacia el suelo rezumando humedad. Las frías fuscias estaban empapadas, y redondas perlas de rocío moteaban las llanas hojas de los berros, Parecía como si el mar hubiera subido pacíficamente durante la noche, como si una inmensa ola hubiera roto avanzando, avanzando… ¿hasta dónde? Tal vez si alguien se hubiese despertado en plena noche hubiera podido atisbar un gran pez coleteando junto a la ventana y volviendo a desaparecer…

¡Ah, aaah!, susurraba el adormecido océano. Y desde los matojos llegaba el rumor de pequeños arroyuelos que discurrían veloces, ligeros, culebreando entre los pulidos guijarros, borboteando en las charcas de los helechos y volviendo a manar; y se oían las grandes gotas salpicando entre las hojas anchas, y algo más —¿qué era?—, un débil temblor y una sacudida, el golpe de una ramita y luego un silencio tan profundo que parecía que alguien estuviese escuchando.


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45 págs. / 1 hora, 20 minutos / 184 visitas.

Publicado el 8 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

La Abandonada o la Mujer Solitaria

Katherine Mansfield


Cuento


Durante todo el día, el calor fue terrible. El viento soplaba a ras del suelo, rastreando entre las matas de hierba y deslizándose todo a lo largo del camino, de modo que el polvo blanquecino y volcánico, agitado en remolinos, nos fustigaba el rostro, depositándose en él, endureciéndose y formando una especie de piel reseca que pugnaba por extenderse a todo el cuerpo. Los caballos avanzaban penosamente tosiendo y resoplando. El que llevaba la impedimenta estaba enfermo; tenía una llaga enorme y sangrante bajo el vientre, producida por el roce de la cincha, y de vez en cuando se quedaba parado en seco, volvía la cabeza para mirarnos, como si fuera a quejarse, y relinchaba. El cielo era pizarroso y en él chirriaban cientos de alondras, de modo que me recordaban el chirriar del pizarrín al escribir en la pizarra. No se alcanzaba a ver otra cosa que oleadas y oleadas de herbazal, salpicado por orquídeas purpúreas y matas de manuka, recubiertas de espesas telarañas.

Jo cabalgaba en cabeza. Llevaba una camisa de galatea azul, pantalón de pana y botas de montar. Se había anudado alrededor del cuello un pañuelo blanco moteado de rojo, que daba la impresión de haber servido para enjugar una hemorragia nasal. De su flexible de fieltro con anchas alas se escapaban mechones de cabello cano, y su bigote y cejas podía decirse que eran blancos. Iba ladeado en la silla y rezongando. Ni una sola vez había cantado en todo el día su estribillo:


No podía. Pues, ¿qué?, ¿no comprendes?,
estaba mi suegra delante de mí.
 


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13 págs. / 23 minutos / 103 visitas.

Publicado el 9 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

El Cansancio de Rosabel

Katherine Mansfield


Cuento


En la esquina de Oxford Circus compraba un ramo de violetas, y ésta era realmente la causa de que comiera tan poco por la tarde; pues un huevo pasado por agua, un scone y una taza de cacao en Lyons, no eran ni con mucho suficiente tras una jornada de trabajo en la sombrerería. Y al poner el pie en el estribo del ómnibus a Atlas, sujetándose la falda con una mano y asiéndose con la otra al pasamanos, Rosabel hubiera dado cualquier cosa por una buena comida: pato asado guarnecido de guisantes y relleno de castañas o un budín de brandy. Algo fuerte, caliente y sustancioso. Se sentó al lado de una chica, precisamente de su edad, que iba leyendo Ana Lombard. Era una edición barata en rústica, y la lluvia había salpicado las páginas con lagrimones. Miró por las ventanillas. Las calles a través de ellas parecían esfumarse neblinosas; pero las luces, al chocar con el cristal, convertían en ópalo y en plata su mate opacidad, de modo que las joyerías vistas a través de él semejaban palacios de cuentos de hadas. Tenía los pies atrozmente mojados, y sabía que en los bajos de la falda y de la enagua habría costras de lodo negro y craso. Se notaba un olor a humanidad viviente que parecía rezumar de todos los pasajeros, quienes sentados inmóviles y mirando fijamente ante sí, tenían una expresión idéntica. ¿Cuántas veces no habría leído ella aquel anuncio de «Sapolio Ahorra Trabajo, Ahorra Tiempo», y el de la salsa de tomate Hein, y el diálogo tedioso y anodino entre el médico y el paciente conocedor de las virtudes de las sales efervescentes Lamplough? Echó un vistazo al libro que leía la muchacha con tanta atención, moviendo los labios —cosa que ella detestaba— y humedeciéndose el índice y el pulgar cada vez que pasaba una página. No pudo verlo bien; pero era algo acerca de una noche cálida y voluptuosa, de una orquesta que tocaba, y de una joven de hombros ebúrneos y encantadores.


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7 págs. / 12 minutos / 150 visitas.

Publicado el 9 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

Viaje a Brujas

Katherine Mansfield


Cuento


—Tiene para tres cuartos de hora —dijo el mozo—. Casi para una hora. Déjelo en la consigna, señora.

Todo el espacio ante el mostrador estaba ocupado por una familia alemana, cuyos equipajes, bonitamente enfundados y abotonados, tenían la apariencia de perneras de calzón a la antigua. A mi lado esperaba un clérigo joven y diminuto; su plastrón negro aleteaba sobre la camisa. Hubo que esperar durante un buen rato, porque el factor de la consigna no podía quitarse de encima a la familia alemana, que, a juzgar por lo entusiasta de sus ademanes, debía de estar explicándole las ventajas de abotonar tanto los equipajes. Por último la esposa tomó el bulto de su pertenencia y se puso a deshacerlo. El factor, encogiéndose de hombros, se volvió hacia mí.

—¿A dónde?

—A Ostende.

—Entonces, ¿para qué lo deja aquí?

—Porque tengo que esperar aún mucho tiempo —dije.

—El tren sale a las dos y veinte. No necesita traerlo aquí. ¡Eh, tú, ponlo ahí fuera!

Mi mozo lo sacó y el joven clérigo, que había seguido la escena, me sonrió radiante.

—Su tren va a salir. Saldrá en seguida. Sólo le quedan unos minutos. No lo olvide.

Mi perspicacia vislumbró en su mirada una señal de alarma, y fui corriendo al puesto de libros y periódicos. Al volver, mi mozo había desaparecido. En medio de un calor sofocante corrí por el andén de punta a punta. Todos los viajeros, menos yo, tenían su mozo y alardeaban de tenerlo. Y todos me miraban. Furiosa y desolada, leía en su mirada esa deleitosa fruición con que mira el que tiene calor a otro más sofocado todavía.

—Correr con un tiempo así es exponerse a una congestión —dijo una señora rechoncha, mientras se comía las uvas de un obsequio de despedida.


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6 págs. / 11 minutos / 53 visitas.

Publicado el 9 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

Cómo Secuestraron a Pearl Button

Katherine Mansfield


Cuento


Pearl Button se estaba meciendo subida en la puertecilla que había ante la casa de cuartitos chiquitos como cajones. Era poco después del mediodía y hacía sol. Unos vientecillos revoltosos, que jugaban al escondite, aupaban el delantal a Pearl, queriendo taparle la boca con los volantes, y alzaban el polvo de la calle por encima de la casa de cuartitos chiquitos como cajones. Y al mirar aquella nube de polvo, se acordó de su mamá cuando iba a sazonar el pescado y se le caía la tapa del bote de la mostaza. Se mecía sólita en el portillo cantando una cancioncilla, cuando pasaron por la calle dos mujeres gordas. Una vestida de rojo y la otra de verde y amarillo. Ambas llevaban pañuelos color rosa en la cabeza y en el brazo sendos canastos de helechos. No tenían zapatos ni medias, y, como estaban tan gruesas, caminaban muy despacito, riéndose y charlando. Al verlas, Pearl dejó de mecerse y las mujeres también se detuvieron a mirarla y hablaron entre sí, agitando los brazos y palmoteando. Lo que a Pearl le hizo reír.

Entonces las dos mujeres se acercaron hasta el mismo seto, junto a la puertecilla, lanzando miradas temerosas hacia la casa de cuartitos chiquitos como cajones.

—Hola, pequeña —dijo una.

—Hola —respondió Pearl.

—¿Estás sólita?

Y ella dijo que sí con la cabeza.

—¿Dónde está tu mamá?

—En la cocina-planchando-porque-es-maar-tes.

Las dos mujeres se rieron y ella rió también.

—Hum —les dijo—, me parece que no tenéis muy limpios los dientes. Reíros otra vez.

Y las dos mujeres morenas de nuevo rieron y otra vez se pusieron a hablar entre ellas con palabras muy raras y muy raros movimientos de brazos.

—¿Cómo te llamas? —le preguntaron.

—Pearl Button.

—¿Quieres venir con nosotras, Pearl Button? Tenemos cosas muy bonitas que enseñarte —le dijo en voz baja una de las mujeres.


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5 págs. / 9 minutos / 95 visitas.

Publicado el 9 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

Cuento de Hadas Suburbano

Katherine Mansfield


Cuento


El señor y la señora B. estaban almorzando en el confortable comedor decorado en rojo de su «cómoda chocita a sólo media hora de la City».

Había un buen fuego en la chimenea —ya que el comedor era también cuarto de estar—, las dos ventanas que daban al trozo de jardín, frío y desmantelado, estaban cerradas y olía gratamente a huevos con tocino, a tostadas y a café. Ahora que aquello del racionamiento quedaba prácticamente liquidado, el señor B. había hecho cuestión de honor el comer hasta hartarse antes de afrontar los manifiestos azares de cada día. Y no le importaba que se supiera; en cuanto al almuerzo, era un auténtico inglés. Había de almorzar, pues de no hacerlo se derrumbaba. Y no fuera usted a decirle que aquellos muchachos del continente tenían que realizar hasta media mañana un trabajo como el suyo con sólo un bollo y una taza de café; resultaría que usted no sabía lo que se decía.

El señor B. era un hombre robusto y juvenil que no había podido —mala suerte— mandar a paseo su trabajo e ingresar en el ejército. Durante cuatro años estuvo buscando algún otro que ocupara su puesto, pero no pudo ser. Estaba sentado en la cabecera leyendo el Daily Mail. La señora B. —un cuerpecillo juvenil, pequeño y regordete, algo así como una paloma— se atusaba el plumaje sentada enfrente tras la cafetera y vigilaba con ojos cariñosos al pequeño B., que, fajado en la servilleta, ocupaba su sitio en el comedero entre los dos y en aquel momento golpeaba el extremo de un huevo pasado por agua.


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4 págs. / 8 minutos / 105 visitas.

Publicado el 9 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

El Velo Descubierto

George Eliot


Cuento


I

La hora de mi fin se acerca. Últimamente he sufrido ataques de angina pectoris. Si todo sigue su curso normal el doctor dice que apenas puedo esperar que mi vida se prolongue durante varios meses. A no ser que tenga la desgracia de tener una constitución física poco corriente, como la tengo al poseer un carácter mental excepcional, no gemiré mucho más tiempo bajo el peso agotador de esta existencia terrenal. Si las cosas fueran de otra manera si llegara a vivir hasta la edad que la mayoría de los hombres estipulan y desean habría sabido, de una vez, si los sufrimientos en torno a la ilusoria esperanza pueden pesar más que los sufrimientos de la previsión verdadera, ya que puedo prever cuándo moriré y saber todo lo que ocurrirá en mis últimos momentos.


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56 págs. / 1 hora, 38 minutos / 229 visitas.

Publicado el 11 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

Diario Secreto

Aleksandr Pushkin


Diario, Biografía, Autobiografía


Mi destino empieza a realizarse: desafié a duelo a D’Anthès. ¿Acaso no es la muerte violenta a manos de un hombre rubio que me predijo una alemana? Ya siento el poder del destino, que se está convirtiendo en realidad, sin tener la posibilidad de evadir esta amenaza, pues el deshonor es peor que la muerte.

El deshonor es una tormenta que crece del viento generado por mí. Me está destruyendo. D’Anthès asume la forma de esas represalias del destino que están provocadas por mi débil carácter. Al desafiar a D’Anthès, me parezco a Jacob, que luchaba contra Dios. Si triunfo, impugnaré las leyes de Dios, y la verdad reinará en mis cielos para siempre.

Mis contemporáneos no deben saber tanto de mí como les estoy permitiendo a las generaciones futuras. Tengo que cuidar el honor de N. y de mis hijos. Mas no puedo detenerme y debo confesar mi alma en el papel. Es esta enfermedad incurable de escribir. Enfermedad mortal, pues mis contemporáneos me matarían por esta franqueza de mi alma y por las revelaciones que hago, si llegan a conocer este diario. Pero las futuras generaciones ya nada podrán hacer conmigo, ni con mis biznietos, ni tataranietos, pues la distancia en el tiempo hace que las acciones más reprochables se conviertan solamente en historia. A diferencia del presente, la historia no es ni peligrosa, ni ofensiva, sino amena y didáctica.

No quiero llevarme a la tumba mis pecados, mis errores, mis dudas y mis tormentos. Son demasiado grandes para dejar de ser la base de mi monumento.


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121 págs. / 3 horas, 32 minutos / 275 visitas.

Publicado el 12 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

Cuentos del Difunto Iván Petróvich Belkin

Aleksandr Pushkin


Cuento


Nota del editor

SEÑORA PROSTAKOVA: Desde que era pequeño le gustaban las historias, señor mío.

SKOTININ: Mitrofán sale a mí.

El menor
 

Al iniciar las gestiones para la edición de los Cuentos de I. P. Belkin, que hoy ofrecemos al público, quisimos acompañarlos de una descripción, aunque fuera breve, de la vida del difunto autor, y con ello satisfacer, en parte, la lógica curiosidad de los amantes de las letras rusas. Con este fin nos dirigimos a María Alexéevna Trafílina, pariente cercana y heredera de Iván Petróvich Belkin; pero desgraciadamente, le resultó imposible proporcionarnos información alguna, ya que ella no llegó a conocer al fallecido. Nos sugirió que refiriésemos el asunto a un respetable caballero que había sido amigo de Iván Petróvich. Seguimos su consejo y obtuvimos la deseada contestación a nuestra carta, que ofrecemos a continuación. La publicamos sin cambio o nota alguna, como un precioso homenaje a la nobleza de pensamiento y a la amistad entrañable a la vez que como noticia biográfica de considerable valor.


Muy señor mío:

El 25 del corriente tuve el honor de recibir su amable carta fechada el 15 del mismo, en la que me manifiesta su deseo de obtener una noticia detallada sobre el nacimiento, la muerte, las actividades, las circunstancias familiares, las ocupaciones y el carácter del difunto Iván Petróvich Belkin, que fuera buen amigo y vecino mío. Con sumo agrado cumplo su deseo y le hago llegar, estimado señor, todo aquello que he podido recordar de sus conversaciones, así como algunas de mis propias observaciones.


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76 págs. / 2 horas, 14 minutos / 245 visitas.

Publicado el 13 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

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