Lo encontré en la encrucijada de dos caminos. El hombre con apenas un
bastón. Cubría sus ropas con una capa y su rostro con un velo de
tristeza.
Nos saludamos el uno al otro y yo le dije: —Ven a mi casa y sé mi huésped.
Y él, vino.
Mi mujer y mis hijos nos espetaban en la puerta de la casa y el les
sonrió y ellos estuvieron contentos de su llegada. Después nos sentamos a
la mesa. Y todos nos sentimos felices, con el hombre y con el halo de
silencio y de misterio que lo envolvía.
Y, luego de cenar, nos reunimos frente al fuego y yo lo interrogué acerca de sus peregrinaciones.
Y nos contó muchas historias durante aquella noche. Y también al día siguiente.
Las historias, que yo he registrado aquí, son fruto de la amargura de
sus días, aunque él nunca se mostró amargado. Y están escritas con el
polvo del camino.
Cuando nos dejó, tres días después, no lo sentíamos ya como un
huésped que había partido sino, más bien, como uno de nosotros, que
estaba en el jardín y que aún no había entrado.
Vestiduras
Cierto día Belleza y Fealdad se encontraron a orillas del mar. Y se dijeron:
—Bañémonos en el mar.
Entonces se desvistieron y nadaron en las aguas. Instantes más tarde
Fealdad regresó a la costa y se vistió con las ropas de Belleza, y luego
partió.
Belleza también salió del mar, pero no halló sus vestiduras, y era
demasiado tímida para quedarse desnuda, así que se vistió con las ropas
de Fealdad. Y Belleza también siguió su camino.
Y hasta hoy día hombres y mujeres confunden una con la otra.
Sin embargo, algunos hay que contemplan el rostro de Belleza y saben
que no lleva sus vestiduras. Y algunos otros que conocen el rostro de
Fealdad, y sus ropas, no lo ocultan a sus ojos.
Información texto 'El Vagabundo'