Textos más populares esta semana no disponibles que contienen 'b' | pág. 22

Mostrando 211 a 220 de 851 textos encontrados.


Buscador de títulos

textos no disponibles contiene: 'b'


2021222324

Código de Hammurabi

Hammurabi


Legislación, Historia


Ley 1: Si uno ha acusado y ha embrujado a otro y no puede justificarse, es pasible de muerte.

Ley 2: Si uno embrujó a otro y no puede justificarse, el embrujado irá al río, se arrojará; si el río lo ahoga, el que lo ha embrujado heredará su casa; si el río lo absuelve y lo devuelve salvo, el brujo es pasible de muerte y el embrujado tomará su casa.

Ley 3: Si uno en un proceso ha dado testimonio de cargo y no ha probado la palabra que dijo, si este proceso es por un crimen que podría acarrear la muerte, este hombre es pasible de muerte.

Ley 4: Si se ha prestado un testimonio semejante en un proceso de trigo y plata, recibirá la pena de este proceso.

Ley 5: Si un juez ha sentenciado en un proceso y dado un documento sellado (una tablilla) con su sentencia, y luego cambió su decisión, este juez será convicto de haber cambiado la sentencia que había dictado y pagará hasta 12 veces el reclamo que motivó el proceso y públicamente se le expulsará de su lugar en el tribunal y no participará más con los jueces en un proceso.

Ley 6: Si uno robó el tesoro del dios o del palacio, recibirá la muerte y el que hubiere recibido de su mano el objeto robado, recibirá la muerte.

Ley 7: Si uno compró o recibió en depósito, sin testigos ni contrato, oro, plata, esclavo varón o hembra, buey o carnero, asno o cualquier otra cosa, de manos de un hijo de otro o de un esclavo de otro, es asimilado a un ladrón y pasible de muerte.

Ley 8: Si uno robó un buey, un carnero, un asno, un cerdo o una barca al dios o al palacio, si es la propiedad de un dios o de un palacio, devolverá hasta 30 veces, si es de un muskenun, devolverá hasta 10 veces. Si no puede cumplir, es pasible de muerte.


Información texto

Protegido por copyright
29 págs. / 50 minutos / 393 visitas.

Publicado el 27 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

La Casa B... en Camden Hill

Catherine Crowe


Cuento


La casa que habitaba el matrimonio B… en Camden—Hill no tenía nada de particular, salvo su gran número de habitaciones, todas ellas igualmente confortables.

El señor y la señora B… la habían alquilado por un precio razonable a un hombre de negocios de Temple, con la intención de convertirla en una pensión, donde pudieran alojarse modestos funcionarios o empleados de la vecindad.

Al principio, gracias a sus económicas tarifas, el negocio prosperó, pero un buen día un joven empleado llamado Rose se marchó bruscamente alegando que su habitación estaba embrujada.

Los esposos B… jamás habían ocupado aquella habitación, una sala espaciosa que daba al jardín. De este modo, antes de volverla a alquilar, decidieron comprobar por sí mismos lo que ocurría en ella.

Desde la primera noche debieron reconocer que Rose no había mentido.

Entre la una y las dos de la madrugada, la señora B… fue despertada por un extraño ruido, “como el de un enorme gato haciéndose la manicura sobre el parquet”.

Casi al mismo tiempo, su marido también se despertó y los dos escucharon en silencio cómo el extraño ruido aumentaba, y luego disminuía en intensidad, como si su misterioso autor se acercara y alejara alternativamente de la cama.

Al fin, el señor B… no pudo más y gritó:

—¿Quién eres y qué haces aquí?

El ruido cesó, pero un segundo después fueron arrastrados violentamente los cubrecamas y las sábanas.

La señora B… encendió el mechero y alumbró una vela que guardaba cerca de sí. En la habitación no había nada insólito, sin embargo no hubo manera de encontrar las sábanas y los cubrecamas.

Se levantaron, cerraron la habitación con llave y se fueron a pasar el resto de la noche en su dormitorio.


Información texto

Protegido por copyright
2 págs. / 4 minutos / 392 visitas.

Publicado el 14 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

Historia Universal bajo la República Romana

Polibio


Historia


Tomo I

Libro I

Elogio de la historia como ciencia

Si los autores que me han precedido hubieran omitido el elogio de la historia en sí, sin duda sería necesario que yo urgiera a todos la elección y transmisión de tratados de este tipo, ya que para los hombres no existe enseñanza más clara que el conocimiento de los hechos pretéritos. Pero no sólo algunos, ni de vez en cuando, sino que prácticamente todos los autores, al principio y al final, nos proponen tal apología; aseguran que del aprendizaje de la historia resultan la formación y la preparación para una actividad política; afirman también que la rememoración de las peripecias ajenas es la más clarividente y la única maestra que nos capacita para soportar con entereza los cambios de fortuna. Es obvio, por consiguiente, que nadie, y mucho menos nosotros, quedaría bien si repitiera lo que muchos han expuesto ya bellamente. Porque la propia originalidad de los hechos acerca de los cuales nos hemos propuesto escribir se basta por sí misma para atraer y estimular a cualquiera, joven y anciano, a la lectura de nuestra obra. En efecto, ¿puede haber algún hombre tan necio y negligente que no se interese en conocer cómo y por qué género de constitución política fue derrotado casi todo el universo en cincuenta y tres años no cumplidos, y cayó bajo el imperio indisputado de los romanos? Se puede comprobar que antes esto no había ocurrido nunca. ¿Quién habrá, por otra parte, tan apasionado por otros espectáculos o enseñanzas que pueda considerarlos más provechosos que este conocimiento?


Información texto

Protegido por copyright
1.210 págs. / 1 día, 11 horas, 18 minutos / 386 visitas.

Publicado el 18 de marzo de 2018 por Edu Robsy.

Las Palomas del Infierno

Robert E. Howard


Cuento


1. El Silbido en la Oscuridad

Griswell se despertó repentinamente, con un cosquilleo nervioso como premonición del peligro inminente. Echó un vistazo alrededor con ojos febriles, incapaz al principio de recordar dónde estaba, o qué estaba haciendo allí. La luz de la luna se filtraba a través de las ventanas polvorientas, y la gran habitación vacía con su techo elevado y su chimenea negra resultaba espectral y desconocida. Entonces, a medida que emergía de las pegajosas telarañas de su reciente sueño, recordó dónde estaba y cómo había llegado hasta allí. Giró la cabeza y miró a su acompañante, que dormía en el suelo cerca de él. John Branner no era más que un bulto borroso en la oscuridad que la luna apenas teñía de gris.

Griswell intentó recordar qué le había despertado. No había ningún sonido en la casa, y tampoco ningún sonido fuera, excepto el fúnebre ulular de un búho, en la lejanía de los bosques de pinos. Por fin recuperó el esquivo recuerdo. Había sido un sueño, una pesadilla tan llena de pálido horror que le había asustado hasta despertarle. Los recuerdos volvieron a él en un torrente, dibujando vividamente la abominable visión.

¿O no fue un sueño? Seguramente debió de serlo, pero se había mezclado tan curiosamente con los acontecimientos reales recientes que era difícil saber dónde terminaba la realidad y dónde empezaba la fantasía.


Información texto

Protegido por copyright
37 págs. / 1 hora, 5 minutos / 376 visitas.

Publicado el 13 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Secuestrado

Robert Louis Stevenson


Novela


Dedicatoria

Mi querido Charles Baxter:

Si alguna vez lees esta historia, probablemente te harás más preguntas de las que yo podría contestar. Te preguntarás, por ejemplo, por qué ocurrió el asesinato de Appin en el año 1751, cómo es que las rocas de Torran se han desligado hasta tan cerca de Barraid, o por qué el proceso impreso silencia todo lo referente a David Balfour. Éstas son cuestiones que escapan a mi comprensión. Pero si me pones a prueba acerca de la culpabilidad o inocencia de Alan, creo que podré defender el contenido del texto. Todavía hoy encontrarás en Appin que la tradición está claramente a favor de Alan. Si investigas un poco, incluso podrás enterarte de que los descendientes del «otro hombre», del que disparó, aún viven en la comarca. Pero el nombre de ese «otro hombre», pregunta cuanto quieras que no llegarás a saberlo, pues el escocés aprecia un secreto por lo que vale en sí mismo, y por el agradable ejercicio de guardarlo. Podría extenderme mucho para justificar un punto y reconocer otro insostenible, pero es más honrado confesar de entrada lo poco que me interesa el afán de exactitud. Esto no es material para la biblioteca de un erudito, sino un libro para las tardes de invierno en un aula, cuando las tareas de clase han terminado y se acerca la hora de acostarse; y el honesto Alan, que fue en su tiempo un terrible matamoros, en su nuevo avatar no tiene más desesperado propósito que el de robar la atención de algún joven caballero por su Ovidio, transportarle por un rato a las Highlands al siglo pasado, y mandarle luego a la cama con unas cuantas atractivas imágenes que mezclar con sus sueños.


Información texto

Protegido por copyright
255 págs. / 7 horas, 27 minutos / 375 visitas.

Publicado el 26 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

La Piedra Negra

Robert E. Howard


Cuento


Dicen que cosas horribles de Antaño todavía acechan
En los rincones oscuros y olvidados del mundo.
Y algunas noches las Puertas se abren para liberar
Seres enjaulados en el Infierno.

Justin Geoffrey
 

La primera vez que leí algo al respecto fue en el extraño libro de Von Junzt, el excéntrico alemán que vivió de forma tan peculiar y murió de manera tan atroz y misteriosa. Tuve la fortuna de acceder a sus Cultos Sin Nombre en la edición original, el llamado Libro Negro, publicado en Dusseldorf en 1839 poco antes de que el autor fuera víctima de un implacable Final. Los coleccionistas de literatura rara estaban familiarizados con los Cultos Sin Nombre principalmente a través de la traducción barata y defectuosa que fue pirateada en Londres por Bridewall en 1845, y por la edición cuidadosamente expurgada que publicó Golden Goblin Press en Nueva York en 1909. Pero el volumen con el que me tropecé era una de las copias alemanas sin expurgar, con pesadas tapas de cuero y oxidados pasadores de hierro. Dudo que hoy queden más de media docena de volúmenes en todo el mundo, pues la cantidad que se publicó no fue muy grande, y cuando corrieron los rumores sobre la forma en que se produjo el fallecimiento del autor, muchos poseedores del libro quemaron sus ejemplares, aterrorizados.


Información texto

Protegido por copyright
21 págs. / 38 minutos / 375 visitas.

Publicado el 13 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Los Dos Caballeros de Verona

William Shakespeare


Teatro, comedia


Acto Dramatis personae

EL DUQUE [de Milán], padre de Silvia
VALENTÍN
PROTEO, los dos caballeros [de Verona]
ANTONIO, padre de Proteo
TURIO, necio [pretendiente de Silvia]
EGLAMOR, cortesano milanés que ayuda a [Silvia en su fuga]
RAUDO, [paje] de Valentín
LANZA, [criado] de Proteo
PANTINO, criado de Antonio
EL POSADERO [de la hostería de Milán] donde se hospeda Julia
LOS BANDIDOS [capitaneados por] Valentín
JULIA, [dama de Verona] amada de Proteo
SILVIA, [hija del duque] amada de Valentín
LUCETA, doncella de Julia
Criados, músicos.

Acto I

Escena I

Entran VALENTÍN y PROTEO.

VALENTÍN.
No intentes persuadirme, amable Proteo.
Los jóvenes caseros tienen mentes caseras.
Si tu amor juvenil no te encadenase
al dulce mirar de tu adorada,
te rogaría que vinieses conmigo
a ver las maravillas del gran mundo
y no quedarte aquí, emperezado,
consumiendo tu ociosa juventud.
Pero, ya que amas, ten suerte en tu amor,
como yo quisiera, si a amar fuese yo.

PROTEO.
¿Te vas? Adiós, querido Valentín.
Recuerda a tu Proteo si en tus viajes
vieras algo notable y singular.
Deséame que comparta tu ventura
cuando seas venturoso, y en el peligro
—si alguna vez el peligro te rodea—
encomienda tu azar a mis plegarias,
pues seré tu intercesor, mi Valentín.

VALENTÍN. ¿Y rezarás por mí en un libro de amor?

PROTEO. Rezaré por ti en un libro que amo.

VALENTÍN.
En la historia trivial de un amor profundo:
cómo Leandro cruzó a nado el Helesponto.

PROTEO.
Profunda historia de un amor profundo,
pues su amor le llegaba hasta el pecho.

VALENTÍN.
Cierto, y tu amor te llega hasta la cejas
sin haber cruzado nunca el Helesponto.


Información texto

Protegido por copyright
52 págs. / 1 hora, 31 minutos / 371 visitas.

Publicado el 7 de marzo de 2018 por Edu Robsy.

Fábulas Fantásticas

Ambrose Bierce


Cuento, Fábula


1. El Principio Moral y el Interés Material

Un Principio Moral se encontró con un Interés Material en un puente tan estrecho que sólo permitía el paso de uno de los dos.

—¡Al suelo, cosa vil! —tronó el Principio Moral—. ¡Te pasaré por encima!

El Interés Material se limitó a mirar al otro a los ojos sin hablar.

—Ah —dijo el Principio Moral, vacilante—, sorteemos quién se aparta y quién pasa primero.

El Interés Material mantuvo el cerrado silencio y la firme mirada.

—Para evitar un conflicto —prosiguió el Principio Moral, un poco incómodo—, me tiraré al suelo y tú me pasarás por encima.

Entonces el Interés Material encontró una voz, que por extraña coincidencia era la suya.

—Como alfombra no eres gran cosa —dijo—. Soy un poco exigente con lo que piso. Prefiero que te tires al agua.

Eso ocurrió.

2. La máquina voladora

Un Hombre Ingenioso que había construido una máquina voladora invitó a un grupo numeroso de personas a verla subir. A la hora señalada, con todo preparado, el hombre entró en la máquina y la puso en marcha. El aparato atravesó enseguida el suelo firme sobre el cual había sido construido y se hundió en la tierra perdiéndose de vista; el aeronauta apenas logró saltar fuera y ponerse a salvo.

—Bueno —dijo—, he hecho todo lo necesario para demostrar la corrección de mis cálculos. Los defectos —agregó, echando una mirada al suelo roto— son apenas básicos y fundamentales.

Tras esa declaración, los espectadores se le acercaron con donativos para construir una nueva máquina.

3. El Patriota Ingenioso

Tras obtener audiencia con el Rey, un Patriota Ingenioso sacó un papel del bolsillo y dijo:


Información texto

Protegido por copyright
30 págs. / 54 minutos / 367 visitas.

Publicado el 1 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

La Leyenda de San Julián el Hospitalario

Gustave Flaubert


Cuento


I

Los padres de Julián vivían en un castillo rodeado de bosques, en la ladera de una colina. Las cuatro torres de las esquinas remataban en techumbres puntiagudas cubiertas de escamas de plomo y la base de los muros se apoyaban en bloques de rocas que se despeñaban abruptamente hasta el fondo de los fosos.

El pavimento de los patios era regular como el enlosado de una iglesia. Largas gárgolas, figurando dragones con las fauces inclinadas hacia abajo, escupían hacía la cisterna el agua de las lluvias. Y en el resalto de las ventanas de todos los pisos crecía en un tiesto de barro pintado una albahaca o un heliotropo.

Un segundo cercado, hecho de estacas, protegía en primer lugar una huerta de árboles frutales, luego un cuadro donde las flores se combinaban formando cifras, después una enramada con glorietas para tomar el fresco, y un juego de mallo que servía para entretenimiento de los pajes. Al otro lado estaban la porqueriza, los establos, el horno de cocer el pan, el lagar y los graneros. En todo el contorno prosperaba un verde pastizal, cerrado por un seto de espinos. Se vivía en paz desde hacía tanto tiempo, que ya no se bajaba el rastrillo; los fosos estaban llenos de agua; las golondrinas hacían sus nidos en las hendiduras de las almenas; y el arquero, que se pasaba el día paseando por la cortina, en cuanto el sol pegaba demasiado, se metía en la atalaya y se quedaba dormido como un fraile.

En el interior, relucían los herrajes por doquier; en los aposentos, los tapices protegían del frío; y los armarios estaban rebosantes de ropa blanca, se apilaban en las bodegas los toneles de vino, las arcas de roble reventaban bajo el peso de los sacos de dinero.


Información texto

Protegido por copyright
29 págs. / 50 minutos / 362 visitas.

Publicado el 15 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

Las Hermanas Bunner

Edith Wharton


Novela corta


Primera parte

I

En los días en que el tráfico de Nueva York avanzaba al ritmo de los languidecientes coches de caballos, en que la buena sociedad aplaudía a Christine Nilsson en la Academia de Música y disfrutaba de los atardeceres de la Escuela del Río Hudson que colgaban en las paredes de la Academia Nacional de Diseño, había una discreta tienda de un solo escaparate conocida estrecha y favorablemente por la población femenina del vecindario que limitaba con la plaza Stuyvesant.

Se trataba de una tienda muy pequeña en un destartalado semisótano de una calle tranquila ya condenada a la decadencia; a tenor del carácter misceláneo de lo expuesto detrás del cristal y de la parquedad del cartel que lo coronaba (un mero «Hermanas Bunner» en borrosas letras de oro sobre un fondo negro), para un no iniciado habría sido difícil adivinar la naturaleza exacta del negocio que se desarrollaba en el interior. Aunque eso carecía prácticamente de importancia, puesto que su fama era tan puramente local que las clientas de cuya existencia dependía conocían de forma casi congénita y exacta cuál era el surtido de «artículos» de los que disponía el establecimiento de las hermanas Bunner.


Información texto

Protegido por copyright
102 págs. / 3 horas / 359 visitas.

Publicado el 29 de agosto de 2018 por Edu Robsy.

2021222324