Capítulo I. Partida retrasada
¡Eh, capitán Bourcart…! ¿Es que no es hoy la marcha?
—No, monsieur Brunel, y temo que no podamos partir mañana…, ni aún dentro de ocho días.
—Es gran contrariedad.
—Que me inquieta mucho —declaró Bourcart, moviendo la cabeza—. El Saint-Enoch
debía estar en el mar desde fines del mes último, a fin de llegar en
buena época a los lugares de pesca. Ya verá usted cómo se deja adelantar
por los ingleses o los americanos.
—Y lo que le falta a usted, ¿son esos dos hombres?
—Sí…, monsieur Brunel… Sin el uno no lo podría pasar; sin el otro, sí, a no imponérmelo los reglamentos.
—Y éste no es el tonelero, ¿verdad? —dijo M. Brunel.
—No. En mi barco, el tonelero es tan indispensable como la
arboladura, el timón o la brújula, puesto que tengo dos mil barriles en
el fondo de la bodega.
—¿Y cuántos hombres a bordo, capitán Bourcart?
—Seríamos treinta y cuatro si estuviéramos completos. Entre
nosotros, es más útil tener un tonelero para cuidar los barriles que un
médico para cuidar los enfermos. Los barriles exigen sin cesar
reparaciones, mientras que los hombres… se reparan solos.
Además… ¿es que se está alguna vez enfermo en la mar?
—No debía estarse en aire tan puro. Sin embargo… a veces.
—Monsieur Brunel. Hasta ahora yo no he tenido un enfermo en el Saint-Enoch.
—Mi enhorabuena, capitán. Pero, ¿qué quiere usted? Un navío es un navío, y, como tal, está sometido a los reglamentos marítimos.
Cuando la tripulación se compone de cierto número de oficiales y de
marineros, es preciso llevar a bordo un médico. Usted lo sabe.
—Sí… Y por esa razón el Saint-Enoch no está hoy en el cabo de San Vicente, donde debía estar.
Información texto 'Las Historias de Jean Marie Cabidoulin'