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Coloquio de Monos y Una

Edgar Allan Poe


Diálogo


Μελλοντα ταυτα
Cosas del futuro inmediato.
Sófocles, Antígona

Una.—¿Resucitado?

Monos.—Sí, hermosa y muy amada Una, «resucitado». Ésta era la palabra sobre cuyo místico sentido medité tanto tiempo, rechazando la explicación sacerdotal, hasta que la muerte misma me develó el secreto.

Una.—¡La muerte!

Monos.—¡De qué extraña manera, dulce Una, repites mis palabras! Observo que tu paso vacila y que hay una jubilosa inquietud en tus ojos. Te sientes confundida, oprimida por la majestuosa novedad de la vida eterna. Sí, nombré a la muerte. Y aquí... ¡cuán singularmente suena esa palabra que antes llevaba el terror a todos los corazones, que manchaba todos los placeres!

Una.—¡Ah, muerte, espectro presente en todas las fiestas! ¡Cuántas veces, Monos, nos perdimos en especulaciones sobre su naturaleza! ¡Cuan misteriosa se erguía como un límite a la beatitud humana... diciéndole: «Hasta aquí, y no más»! Aquel profundo amor recíproco, Monos, que ardía en nuestro pecho... ¡cuán vanamente nos jactamos, en la felicidad de sus primeras palpitaciones, de que nuestra felicidad se fortalecería en la suya! ¡Ay, a medida que crecía aumentaba también en nuestros corazones el temor de aquella hora aciaga que acudía precipitada a separarnos! Y así, con el tiempo, el amor se nos hizo penoso. Y el odio hubiera sido una misericordia.

Monos.—No hables aquí de aquellas penas, querida Una... ¡ahora para siempre, para siempre mía!

Una.—Pero el recuerdo del dolor pasado, ¿no es alegría presente? Mucho tengo que decir aún de las cosas que fueron. Ardo sobre todo por conocer los incidentes de tu pasaje a través del oscuro Valle y de la Sombra.


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Publicado el 9 de junio de 2016 por Edu Robsy.

Colores de Otoño

Henry David Thoreau


Ensayo


Prólogo

Los europeos que llegan a América se sorprenden de la brillantez del follaje otoñal. En la poesía inglesa no dan cuenta de semejante fenómeno, porque allí los árboles adquieren sólo unos pocos colores radiantes. Lo máximo que Thomson dice sobre este tema en su poema «Otoño» está en estos versos:

Mirad cómo se apagan los coloridos bosques,
la sombra que se cierne sobre la sombra, el campo alrededor
que se oscurece; un follaje apretado, umbrío y pardo,
con todos los matices, desde el pálido verde
hasta el negro tiznado.

y en el verso que habla de:

El otoño que brilla sobre los bosques amarillos.

El cambio otoñal que se produce en nuestros bosques aún no ha causado una impresión profunda en nuestra propia literatura. Octubre apenas ha matizado nuestra poesía.

Muchos de aquellos que se han pasado la vida en las ciudades, sin ocasión de ir al campo en esta estación, jamás han visto la flor o, mejor dicho, el fruto maduro del año. Recuerdo haber cabalgado con uno de esos ciudadanos, a los que, a pesar de que llegaba un par de semanas demasiado tarde para los colores más esplendorosos, el fenómeno lo cogió por sorpresa; nunca había oído hablar de algo así. No sólo muchos habitantes de las ciudades jamás lo han presenciado, sino que la gran mayoría apenas lo recuerda de un año para otro.

La mayoría confunde las hojas cambiantes con las marchitas, como si uno confundiera las manzanas maduras con las podridas. Creo que cuando una hoja vira de un color a otro más subido, da prueba de que ha llegado a una perfecta y última madurez. Por lo general, son las hojas más bajas, y las más viejas, las que primero se transforman. Pero así como el insecto de colores brillantes vive poco, así las hojas maduras no pueden menos que caer.


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37 págs. / 1 hora, 5 minutos / 327 visitas.

Publicado el 8 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

Comentarios de la Guerra Civil

Julio César


Historia, Estrategia


Libro Primero. Paso del Rubicón y toma de Italia

I. Después que Fabio entregó a los cónsules la carta de Cayo César, costó mucho recabar de éstos el que se leyese en el Senado, aun mediando para ello las mayores instancias de los tribunos del pueblo, pero nada bastó para reducirlos a que hicieran la propuesta al tenor de su contenido; y así sólo propusieron lo tocante a la República. Lucio Lentulo, uno de los cónsules, promete no desamparar al Senado y a la República, como quieran votar con resolución y entereza; pero si tiran a contemplar a César y congraciarse con él, como lo han hecho hasta ahora, tomará por sí solo su partido, sin atender a la autoridad del Senado, que también él sabrá granjearse la gracia y amistad de César. Escipión se explica en los mismos términos, afirmando que Pompeyo está resuelto a no abandonar la República si encuentra apoyo en el Senado; pero que si éste se muestra irresoluto y blandea, después, aunque quiera, en balde implorará su ayuda.


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145 págs. / 4 horas, 14 minutos / 402 visitas.

Publicado el 3 de octubre de 2017 por Edu Robsy.

Comentarios de la Guerra de Alejandría

Aulo Hircio


Historia


I. Encendida la guerra de Alejandría, hizo venir César toda la armada de Rodas, de Siria y de Cilicia; llamó a los flecheros de Creta, y la gente de a caballo de Maleo rey de los nabateos, y asimismo dio orden de buscar por todas partes las máquinas de guerra necesarias, hacer provisiones de víveres y levantar tropas auxiliares. Entre tanto se adelantaban diariamente las fortificaciones, se ponían en defensa con tortugas y manteletes los parajes de menos resistencia, y por unos edificios se batían con arietes otros inmediatos, adelantando los reparos a todo aquel terreno que o se arrasaba con ruinas o se ocupaba por fuerza. Porque del incendio está bien segura casi toda Alejandría, por estar construidos los edificios sin maderas en que pueda cebarse el fuego, levantados sobre arcos de cal y canto, y enlosados. Deseaba César en gran manera separar con paredones y otros reparos una parte de la ciudad, a la cual estrecha mucho una laguna que la baña por el Mediodía, de la otra parte. Porque dividida en dos trozos la ciudad, esperaba poder manejar las tropas con un solo consejo y orden, y dar también socorro desde la otra parte a los que se hallasen en peligro; pero sobre todo tener abundancia de agua y de pasto, porque se hallaba con escasez de agua, y no podía tener pasto suficiente, y uno y otro lo podría suministrar la laguna con abundancia.


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Publicado el 27 de octubre de 2017 por Edu Robsy.

Comentarios de la Guerra de las Galias

Julio César


Historia, Estrategia


Libro I. Guerra de helvecios y Ariovisto

I. La Galia está dividida en tres partes: una que habitan los belgas, otra los aquitanos, la tercera los que en su lengua se llaman celtas y en la nuestra galos. Todos estos se diferencian entre sí en lenguaje, costumbres y leyes. A los galos separa de los aquitanos el río Carona, de los belgas el Marne y Sena. Los más valientes de todos son los belgas, porque viven muy remotos del fausto y delicadeza de nuestra provincia; y rarísima vez llegan allá los mercaderes con cosas a propósito para enflaquecer los bríos; y por estar vecinos a los germanos, que moran a la otra parte del Rin, con quienes traen continua guerra. Ésta es también la causa porque los helvecios se aventajan en valor a los otros galos, pues casi todos los días vienen a las manos con los germanos, ya cubriendo sus propias fronteras, ya invadiendo las ajenas. La parte que hemos dicho ocupan los galos comienza del río Ródano, confina con el Carona, el Océano y el país de los belgas; por el de los secuanos y helvecios toca en el Rin, inclinándose al Norte. Los belgas toman su principio de los últimos límites de la Galia, dilatándose hasta el Bajo Rin, mirando al Septentrión y al Oriente. La Aquitania entre Poniente y Norte por el río Carona se extiende hasta los montes Pirineos, y aquella parte del Océano que baña a España.


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224 págs. / 6 horas, 32 minutos / 455 visitas.

Publicado el 3 de octubre de 2017 por Edu Robsy.

Cómo Debe el Joven Escuchar la Poesía

Plutarco


Tratado, Filosofía


1

Querido Marco Sedacio, si como decía el poeta Filóxeno, de las carnes las más sabrosas son las que no son carnes, y de los peces los que no son peces, dejemos que lo demuestren aquellos de los que Catón decía que tenían el paladar más sensible que el corazón. Porque de las cosas que se dicen en la filosofía está claro para nosotros que, con las que no tienen aspecto filosófico, los jóvenes precisamente se complacen más y se ofrecen a sí mismos obedientes y sumisos. En efecto, ellos no sólo se entusiasman con placer cuando leen las fábulas de Esopo y las sentencias poéticas y el Ábaris de Heráclides y el Licón de Aristón, sino también cuando leen las doctrinas sobre las almas, si están mezcladas con mitología. Por ello, conviene vigilar cuidadosamente que ellos sean comedidos no sólo en los placeres de la comida y de la bebida, sino, aún más, que se acostumbren a serlo en las audiciones y lecturas, como usan con moderación de un companage que agrada, y tomen de ellas lo útil y saludable, pues ni las puertas cerradas guardan a una ciudad de su conquista, si por una de ellas se deja entrar a los enemigos, ni la continencia en los demás placeres salva al joven, si se entrega, sin darse cuenta, al que viene de la audición.

Pero cuanto más se apegue este placer al hombre que es dado por naturaleza a sentir y razonar, tanto más daña y destruye, si es descuidado, a aquel que lo acepta. Por tanto, ya que no es, quizá, posible ni provechoso apartar de la poesía a un joven de la edad que tienen ahora mi Soclaro y tu Cleandro, debemos vigilarlos muy bien, porque están más necesitados de dirección en las lecturas que en las calles.


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Publicado el 19 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

Cómo Distinguir a un Adulador de un Amigo

Plutarco


Tratado, Filosofía


1

Platón dice, querido Antíoco Filópapo, que todos perdonan al que declara amarse mucho a sí mismo, pero que esto produce, junto con otros muchos males, el mayor mal de todos, por el cual no es posible ser juez justo e imparcial de sí mismo. «En efecto, el amor se ciega ante lo amado», a menos que uno se acostumbre por el estudio a amar las cosas hermosas más que las innatas y familiares. Esto proporciona al adulador un gran espacio abierto en medio de la amistad, al tener como una útil base de operaciones contra nosotros nuestro amor por nosotros mismos, por el que, siendo cada uno mismo, el principal y más grande adulador de sí mismo, admite sin dificultad al de fuera como testigo, juntamente con él, y como autoridad aliada garante de las cosas que piensa y desea. Pues el que es censurado como amante de aduladores es muy amante de sí mismo, ya que, a causa de su benevolencia, desea y cree tener él todas las cualidades, deseo éste que, en cierto modo, no es absurdo, pero cuya creencia es peligrosa y necesita mucha precaución. Pero si, en realidad, la verdad es algo divino y principio, según Platón, «de todos los bienes para los dioses y de todos los bienes para los hombres», el adulador corre el peligro de ser un enemigo para los dioses y, particularmente, del dios Pitio, por cuanto siempre contradice la máxima «conócete a ti mismo», creando en cada uno el engaño hacia sí mismo y la propia ignorancia y la de todos los bienes y males que le atañen en relación a sí mismo, al hacer a los unos incompletos e imperfectos y a los otros imposibles de corregir.


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Publicado el 19 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

Cómo San Eloy fue Curado de la Vanidad

Alejandro Dumas


Cuento


Caí en Domodossola en medio de una procesión típicamente italiana: una corporación de herradores festejaba a san Eloy. En mi ignorancia, siempre había creído que este bienaventurado era el patrón de los orfebres y el amigo del rey Dagoberto al que, en ocasiones, daba consejos bastante sensatos respecto a su atuendo; pero ignoraba por completo que hubiera sido alguna vez herrador. El estandarte, en el que estaba representado forjando su insignia, no me dejaba duda al respecto: lo único que me quedaba por esclarecer era a qué momento de su vida correspondía la acción que había inspirado al artista; pues esa vida santificada la conozco, más o menos, desde la entrada en casa del prefecto de la moneda hasta su nominación para ocupar el obispado de Noyon, y en todo eso no encontraba nada que pudiera aplicársele al espectáculo que tenía ante mis ojos. En consecuencia, me dirigí al jefe de posta pensando que, para una tradición relacionada con la herradura, él sería el mejor historiador que pudiera encontrar. Empezamos por acordar el precio del vehículo que debía llevarme de Domossola a Baveno; luego, una vez concretado el precio por el doble de lo que valía —tanta prisa tenía por regresar a la procesión—, obtuve sobre el padre de Oculi las informaciones biográficas que siguen. Aquí tienen la tradición tal como me fue transmitida en su ingenuidad primordial y en su sencillez primitiva: es inútil advertir que no garantizamos en absoluto su autenticidad.


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Publicado el 23 de junio de 2016 por Edu Robsy.

Cómo Secuestraron a Pearl Button

Katherine Mansfield


Cuento


Pearl Button se estaba meciendo subida en la puertecilla que había ante la casa de cuartitos chiquitos como cajones. Era poco después del mediodía y hacía sol. Unos vientecillos revoltosos, que jugaban al escondite, aupaban el delantal a Pearl, queriendo taparle la boca con los volantes, y alzaban el polvo de la calle por encima de la casa de cuartitos chiquitos como cajones. Y al mirar aquella nube de polvo, se acordó de su mamá cuando iba a sazonar el pescado y se le caía la tapa del bote de la mostaza. Se mecía sólita en el portillo cantando una cancioncilla, cuando pasaron por la calle dos mujeres gordas. Una vestida de rojo y la otra de verde y amarillo. Ambas llevaban pañuelos color rosa en la cabeza y en el brazo sendos canastos de helechos. No tenían zapatos ni medias, y, como estaban tan gruesas, caminaban muy despacito, riéndose y charlando. Al verlas, Pearl dejó de mecerse y las mujeres también se detuvieron a mirarla y hablaron entre sí, agitando los brazos y palmoteando. Lo que a Pearl le hizo reír.

Entonces las dos mujeres se acercaron hasta el mismo seto, junto a la puertecilla, lanzando miradas temerosas hacia la casa de cuartitos chiquitos como cajones.

—Hola, pequeña —dijo una.

—Hola —respondió Pearl.

—¿Estás sólita?

Y ella dijo que sí con la cabeza.

—¿Dónde está tu mamá?

—En la cocina-planchando-porque-es-maar-tes.

Las dos mujeres se rieron y ella rió también.

—Hum —les dijo—, me parece que no tenéis muy limpios los dientes. Reíros otra vez.

Y las dos mujeres morenas de nuevo rieron y otra vez se pusieron a hablar entre ellas con palabras muy raras y muy raros movimientos de brazos.

—¿Cómo te llamas? —le preguntaron.

—Pearl Button.

—¿Quieres venir con nosotras, Pearl Button? Tenemos cosas muy bonitas que enseñarte —le dijo en voz baja una de las mujeres.


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Publicado el 9 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

Compañeros

Máximo Gorki


Cuento


I

El ardiente sol de julio brillaba sobre Smólkina, derramando sobre sus viejas isbas un copioso torrente de rayos cegadores. Donde más relumbraba era en la isba del alcalde, recientemente retechada con tablones nuevos, suavemente cepillados, amarillos y aromáticos. Era domingo, y casi todo el mundo estaba en la calle, donde crecían en abundancia las hierbas entre montones esparcidos de residuos resecos. Una multitud de aldeanos se había congregado ante la isba del alcalde: algunos estaban sentados en el banco de tierra de la puerta, otros directamente en el suelo, otros aguardaban de pie. En medio del grupo, unos cuantos chiquillos no paraban de alborotar y echar carreras, ganándose de vez en cuando las broncas y pescozones de los adultos.

Un hombre alto, con unos bigotazos que apuntaban hacia el suelo, constituía el centro de la multitud. A juzgar por su rostro atezado, recubierto de una cerrada barba gris y un entramado de profundas arrugas, y por los mechones canosos que asomaban bajo el sucio sombrero de paja, debía rondar los cincuenta años. Mientras miraba al suelo, se podía apreciar cómo le temblaban las aletas de su enorme nariz. Al levantar la cabeza para echar un vistazo a las ventanas de la isba del alcalde, se le vieron los ojos: grandes, tristes, profundamente hundidos en sus órbitas, con las pupilas negras sumidas en la sombra que arrojaban unas cejas pobladas. Vestía una raída sotana marrón de novicio que apenas le cubría las rodillas, ceñida con una cuerda. Llevaba un morral echado a la espalda, en la mano derecha sujetaba un largo bastón rematado por una contera de hierro y ocultaba la izquierda entre la ropa. Quienes le rodeaban le miraban suspicaces, burlones, desdeñosos o, en fin, abiertamente satisfechos de haber conseguido dar caza al lobo antes de que éste hubiera llegado a esquilmar sus rebaños.


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Publicado el 10 de abril de 2018 por Edu Robsy.

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