Cuántas veces oímos decir: "Es encantador este hombre, pero es una mujer, una mujer auténtica".
Vamos a hablar del afeminado, la peste de nuestro país.
Ya que nosotros, en Francia, somos todos afeminados, es decir,
cambiantes, antojadizos, inocentemente pérfidos, sin orden en las
convicciones o la voluntad, violentos y débiles como las mujeres.
Pero el más irritante de los afeminados es seguramente el parisino y
de los bulevares, en el que las apariencias de inteligencia son más
acusadas y que reúne en sí mismo, exageradas por su temperamento de
hombre, todas las seducciones y todos los defectos de las encantadoras
mujerzuelas.
Nuestra Cámara de Diputados está poblada de afeminados. Ellos forman
el gran partido de los oportunistas amables que podríamos llamar los
"hipnotizadores". Estos son los que gobiernan con palabras suaves y
promesas engañosas, que saben dar la mano de forma que se creen afectos,
decir "querido amigo" de una manera delicada a las personas que menos
conocen, cambiar de opinión sin ni siquiera sospecharlo, exaltarse ante
cualquier idea nueva, ser sincero en sus creencias cambiantes como
veletas, dejarse engañar de la misma forma que ellos engañan, no
recordar al día siguiente lo que dijeron la víspera.
Los periódicos están llenos de afeminados. Tal vez sea aquí donde más
los encontramos, pero es también aquí donde son más necesarios. Hay que
exceptuar algunas voces como "Los Debates" o "La Gaceta de Francia".
Evidentemente, todo buen periodista debe ser un poco mujer, es decir,
estar a las órdenes del público, servil aceptando inconscientemente los
regueros de la corriente de opinión pública, voluble y versátil,
escéptico y crédulo, malvado y servicial, bromista y necio, entusiasta e
irónico y siempre convencido pero sin creer en nada.
Información texto 'El Afeminado'