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Felicidad

Katherine Mansfield


Cuento


A pesar de sus treinta años, Berta Young tenía momentos como éste de ahora, en los que hubiera deseado correr en vez de andar; deslizarse por los suelos relucientes de su casa, marcando pasos de danza; rodar un aro; tirar alguna cosa al aire para volverla a coger, o quedarse quieta y reír… simplemente por nada.

¿Qué puede hacer uno si, aún contando treinta años, al volver la esquina de su calle le domina de repente una sensación de felicidad…, de felicidad plena…, como si de repente se hubiese tragado un trozo brillante del sol crepuscular y éste le abrasara el pecho, lanzando una lluvia de chispas por todo su cuerpo?

¿Es que no puede haber una forma de manifestarlo sin parecer “beodo o trastornado”? La civilización es una estupidez. ¿Para qué se nos ha dado un cuerpo, si hemos de mantenerlo encerrado en un estuche como si fuera algún valioso Stradivarius?

“No, la comparación con el violín no expresa exactamente lo que quiero decir—pensó mientras subía corriendo la escalera, y, después de buscar la llave en su bolso y ver que la había olvidado como de costumbre, repiqueteaba con los dedos en el buzón—. Y no lo expresa porque…”

—¡Gracias, Mary! —Entró en el vestíbulo—. ¿Ha vuelto la niñera?

—Sí, señora.

—¿Han traído la fruta?

—Sí, señora; ya está aquí.

—Haga el favor de llevarla al comedor; la arreglaré antes de vestirme.

El comedor estaba ya en penumbra y en él se sentía algo de frío; pero, a pesar de ello, Berta se quitó el abrigo: no podía soportarlo abrochado ni un momento más. El aire frío bañó sus brazos.


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16 págs. / 29 minutos / 122 visitas.

Publicado el 21 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

Musgos de una Vieja Casa Parroquial

Nathaniel Hawthorne


Cuento


Prefacio. La vieja casa parroquial

LA VIEJA CASA PARROQUIAL

EL AUTOR FAMILIARIZA AL LECTOR CON SU MORADA

Entre dos altas jambas de piedra toscamente tallada (el portón había caído de los goznes en tiempos ignotos) mirábamos la fachada gris de la antigua casa parroquial, que remataba la perspectiva de una avenida de fresnos. Hacía un año ya que el cortejo fúnebre del venerable párroco, su último habitante, había salido por allí camino al cementerio del pueblo. Tanto el sendero de carros que llevaba a la puerta como todo el ancho de la avenida estaban casi cubiertos de hierba, oferta de suculentos bocados para dos o tres vacas errantes y para un viejo caballo blanco que recolectaba su ración a lo largo de la vereda. Las sombras reverberantes que dormitaban entre la puerta de la casa y el camino público eran una especie de medio espiritual, visto a través del cual el edificio no parecía pertenecer del todo al mundo de la materia. Sin duda poco tenía en común con esas viviendas corrientes que se alzan junto al camino con tal inmediatez que el paseante puede, por así decir, meter la cabeza en el círculo doméstico. Desde aquellas ventanas tranquilas, las siluetas de los paseantes eran demasiado tenues y remotas para perturbar la privacidad. En su casi retiro y en su intimidad accesible, era el lugar ideal para la residencia de un clérigo; un hombre no apartado de la vida humana, pero envuelto, en medio de ella, en un velo tejido con hilos de sombra y de claridad. Dignamente habría podido ser una de esas casas parroquiales de Inglaterra honradas por el tiempo, en las cuales, a lo largo de muchas generaciones, una sucesión de santos ocupantes pasan de la juventud a la vejez y se transmiten uno a otro tal legado de santidad que impregna la casa y la puebla como una atmósfera.


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477 págs. / 13 horas, 55 minutos / 121 visitas.

Publicado el 22 de mayo de 2017 por Edu Robsy.

Millie

Katherine Mansfield


Cuento


Permaneció reclinada contra la veranda hasta que se perdieron de vista. Cuando habían andado un buen trozo de camino, Willie Cox se volvió en el caballo para hacerle señas con la mano. Pero ella no respondió del mismo modo; sólo movió un poco la cabeza e hizo un gesto. Aunque no era mal muchacho, lo encontraba demasiado desenvuelto y campechano. Pero, ¡vaya con el calor que hacía! Como para derretirle a una los sesos.

Millie se puso el pañuelo sobre la cabeza y miró, haciéndose sombra con la mano. A lo lejos, en el camino polvoriento, podía ver los caballos como puntitos negros bailoteando arriba y abajo. Y cuando dejaba de mirarlos y volvía la vista las praderas agostadas, aún los veía saltar como mosquitos delante de sus mismos ojos. Eran las dos y media de la tarde. El sol pendía del cielo pálidamente azul como un espejo ustorio, y allá, tras de las praderas, las montañas azuladas parecían agitarse y encresparse como el mar. »


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7 págs. / 12 minutos / 121 visitas.

Publicado el 9 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

El Pozo de Santa Clara

Anatole France


Cuento


Prólogo. El R. P. Adone Doni


Τὰ γὰρ φυσιχὰ, χαὶ τὰ ἠθιχὰ, ὰλλὰ χαὶ τὰ, μαθημτιχὰ, χαὶ τοὺς ἐγχυχλίουϛ λόγος, χαὶ περὶ, τεχνὦν πἆσαν εἶχεν ἐμπειρίαν.

(Laert. IX, 37).
 

Me encontraba en Siena, durante la primavera. Ocupado todo el día haciendo minuciosas investigaciones en los archivos de la ciudad, iba a pasearme por la tarde, después de comer, por el agreste camino del Monte Oliveto, donde a la hora del crepúsculo grandes bueyes blancos uncidos arrastraban, como en tiempos del viejo Evandro, un rústico carro de plenas ruedas. Las campanas de la ciudad plañían la muerte tranquila del día; y la púrpura de la tarde descendía con majestad melancólica sobre la baja cadena de las colinas. Cuando ya los negros escuadrones de las cornejas habían asaltado las murallas, un gavilán, solitario en el cielo de ópalo, giraba con las alas inmóviles sobre una encina aislada.

Y proseguía adelante, circundado del silencio, de la soledad y de los dulces terrores que se agigantaban ante mí. La marea de la noche envolvía insensiblemente el campo. La mirada infinita de las estrellas parpadeaba en el cielo. Y en las sombras, las moscas de luz hacían palpitar sobre los matorrales su luz amorosa.

Estas chispas animadas cubren por las noches de Mayo toda la campiña de Roma, de la Umbría y de la Toscana. Yo las había visto antaño sobre la vía Apia, en torno de la tumba de Cecilia Metela, donde hace dos mil años que vienen a danzar. Encontrábalas en la tierra de Santa Catalina y de la Pía, d’Tolomei, a las puertas de esta ciudad de Siena, dolorosa y amable. A todo lo largo de mi camino vibraban entre las hierbas y los arbustos, se rondaban, y en ocasiones, como respondiendo a la apelación del deseo, trazaban sobre el camino el arco inflamado de su vuelo.


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152 págs. / 4 horas, 27 minutos / 121 visitas.

Publicado el 12 de mayo de 2018 por Edu Robsy.

El Niño Espía

Alphonse Daudet


Cuento


Se llamaba Stenne, el pequeño Stenne. Era un niño de París, débil, paliducho, que lo mismo podía tener diez años como quince. Con estos chiquillos, no se puede decir la edad con exactitud. Su madre había muerto; su padre, antiguo soldado de la marina, era guarda de jardines en una plaza del barrio del Temple. Los niños, las niñeras, las señoras mayores que van con sus sillas plegables bajo el brazo, las madres pobres, toda la gente sencilla y tímida que busca amparo contra los carruajes en esos parterres rodeados de aceras, conocían al señor Stenne y lo apreciaban. Todos sabían que bajo aquellos grandes bigotes, espanto de los perros y de los ociosos que bostezan en los bancos, se ocultaba una tierna sonrisa casi maternal, y que para hacer surgir esa sonrisa no había más que preguntarle al pobre hombre: «¿Cómo está su hijo? ¿Qué tal se porta?». ¡Quería tanto a su hijo! ¡Era tan feliz cuando por la tarde, al salir de la escuela, el niño venía a buscarlo y juntos daban una vuelta por los paseos, deteniéndose ante cada banco para saludar a los conocidos y corresponder a sus saludos!

Pero llegó el sitio y, desgraciadamente, todo cambió. Cerraron el jardín y lo convirtieron en depósito de barriles de petróleo, y el pobre hombre, obligado a una vigilancia constante, se pasaba la vida deambulando entre los macizos desiertos, destrozados, solitarios, sin poder fumar, sin poder ver al hijo nada más que en casa, por la noche y ya muy tarde. Así que había que ver sus bigotes cuando le mencionaban a los prusianos…


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7 págs. / 13 minutos / 120 visitas.

Publicado el 14 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

La Señorita Perla

Guy de Maupassant


Cuento


I

Que extraordinaria idea había tenido, realmente, esa noche, de elegir por reina a la Señorita Perla. Voy todos los años a celebrar Noche de Reyes a la casa de mi viejo amigo Chantal. Mi padre que era su camarada más íntimo me llevaba allá cuando yo era un niño. He continuado y continuaré sin duda mientras yo viva y en tanto exista un Chantal en este mundo.

Los Chantal, por lo demás, llevan una existencia peculiar; viven en París como si vivieran en Grasse, Evetot, o Pont-un-Mousson.

Son dueños de una casa con jardín junto al observatorio. Viven allí como si estuvieran en provincia. De París, del verdadero París, no saben nada, no sospechan nada; ¡ellos están lejos, muy lejos!. De vez en cuando, sin embargo, hacen un viaje, un largo viaje. La señora Chantal va a las grandes provisiones, como se dice en familia. He aquí como se hace el gran aprovisionamiento.

La señorita Perla que tiene las llaves del armario de la cocina (porque los armarios de la ropa blanca son administrados por la propia Señora dueña de casa), verifica si el azúcar está a punto de terminarse, si las conservas se han agotado y que no queda gran cosa en el fondo de la bolsa de café.

Así en guardia contra la hambruna, la Señora Chantal pasa la inspección a lo que queda, tomando notas en una libreta. Luego que ha anotado muchos números, se entrega, en primer lugar a largos cálculos y a continuación mantiene largas discusiones con la Señorita Perla. Finalmente, sin embargo, se ponen de acuerdo y fijan la cantidad de cada cosa que se aprovisionarán para tres meses: azúcar, arroz, ciruelas, café, mermeladas, latas de arvejitas, de porotos, de mariscos, de pescado ahumado o salado, etc.

Después de lo cuál se fija el día de compras, van en un coche, un coche de dos pisos, a una gran tienda de comestibles al otro lado del río en los barrios nuevos.


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17 págs. / 30 minutos / 119 visitas.

Publicado el 19 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

Una Mujercita

Franz Kafka


Cuento


Es toda una mujercita; aunque muy delgada, suele además usar un corsé ajustado; la veo siempre con el mismo vestido gris amarillento, algo así como el color de la madera, adornado discretamente con borlas en forma de botón, de igual color; siempre sale sin sombrero, el rubio cabello opaco y lacio es ordenado, pero también muy suelto. Aunque está encorsetada se mueve con agilidad, y a veces exagera esa facilidad de movimiento; le gusta llevarse las manos a la cintura y girar el torso hacia uno u otro lado, con asombrosa rapidez. Apenas puedo dar una ligera idea de la impresión que me causa su mano, si digo que jamás he visto una cuyos dedos estén tan agudamente diferenciados entre sí como la suya; y sin embargo no presenta ninguna peculiaridad anatómica, es completamente normal.


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8 págs. / 15 minutos / 119 visitas.

Publicado el 8 de junio de 2016 por Edu Robsy.

Reyes de la Noche

Robert E. Howard


Cuento


1

Dormitaba el César en su trono de marfil…
Vinieron sus férreas legiones
para vencer a un rey en una tierra ignota
y una raza sin nombre.

La canción de Bran
 

La daga cayó con un destello. Un grito agudo se convirtió en un estertor. La figura que yacía en el tosco altar se retorció convulsivamente y quedó inmóvil. El mellado filo de pedernal desgarró el pecho enrojecido y unos dedos delgados y huesudos, horrendamente manchados, arrancaron el corazón aún Palpitante. Bajo unas espesas cejas blancas, dos ojos penetran-tes brillaban con feroz intensidad.

Junto al asesino había cuatro hombres al lado de la irregular pila de piedras que formaba el altar del Dios de las Sombras. Uno era de talla mediana y constitución esbelta, parcamente vestido, con la negra cabellera ceñida por una estrecha banda de hierro en el centro de la cual destellaba una solitaria piedra roja. De los demás, dos eran morenos como el primero, Pero así como él era esbelto, ellos eran rechonchos y deformes, con miembros nudosos y cabello enmarañado cayendo sobre frentes estrechas. El rostro de aquél indicaba inteligencia y una voluntad implacable; los suyos meramente una ferocidad parecida a la de las bestias. El cuarto hombre tenía poco en común con el resto. Les llevaba casi una cabeza de altura, aunque su cabellera era negra como la de ellos, su piel comparativamente más clara y los ojos grises. Contemplaba el ceremonial con expresión poco favorable.


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Publicado el 16 de julio de 2018 por Edu Robsy.

El Pobrecillo

María de Francia


Cuento


Me han entrado ganas de recordar un lai del que oí hablar. Os contaré lo ocurrido y os nombraré la ciudad en la que ocurrió y cómo se llamaba: Pobrecillo le decían, aunque hay muchos que lo llamaban Los cuatro dolores.

En Bretaña, en Nantes, habitaba una dama de gran valía, belleza y educación y con todo tipo de virtudes. No había caballero en la tierra, por poco que valiera, que con verla una vez no se enamorara de ella y la requiriera de amor. Ella no podía amar a todos, y tampoco los quería hacer morir. Resulta mejor amar y requerir a todas las damas de una tierra que privar a un loco de su pan, pues éste quiere golpear siempre; la dama le está agradecida a su enamorado por su buena voluntad, y aunque no lo quiere oír, no le recrimina sus palabras, sino que lo honra y estima y le agradece y da las gracias.


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4 págs. / 7 minutos / 118 visitas.

Publicado el 20 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

Un Médico Rural

Franz Kafka


Cuento


Estaba muy preocupado; debía emprender un viaje urgente; un enfermo de gravedad me estaba esperando en un pueblo a diez millas de distancia; una violenta tempestad de nieve azotaba el vasto espacio que nos separaba; yo tenía un coche, un cochecito ligero, de grandes ruedas, exactamente apropiado para correr por nuestros caminos; envuelto en el abrigo de pieles, con mi maletín en la mano, esperaba en el patio, listo para marchar; pero faltaba el caballo... El mío se había muerto la noche anterior, agotado por las fatigas de ese invierno helado; mientras tanto, mi criada corría por el pueblo, en busca de un caballo prestado; pero estaba condenada al fracaso, yo lo sabía, y a pesar de eso continuaba allí inútilmente, cada vez más envarado, bajo la nieve que me cubría con su pesado manto. En la puerta apareció la muchacha, sola y agitó la lámpara; naturalmente, ¿quién habría prestado su caballo para semejante viaje? Atravesé el patio, no hallaba ninguna solución; distraído y desesperado a la vez, golpeé con el pie la ruinosa puerta de la pocilga, deshabitada desde hacía años. La puerta se abrió, y siguió oscilando sobre sus bisagras. de la pocilga salió una vaharanda como de establo, un olor a caballos. Una polvorienta linterna colgaba de una cuerda.

Un individuo, acurrucado en el tabique bajo, mostró su rostro claro, de ojitos azules.

—¿Los engancho al coche? —preguntó, acercándose a cuatro patas.

No supe qué decirle, y me agaché para ver qué había dentro de la pocilga. La criada estaba a mi lado.

—Uno nunca sabe lo que puede encontrar en su propia casa —dijo ésta. Y ambos nos echamos a reír.


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7 págs. / 12 minutos / 117 visitas.

Publicado el 24 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

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