Hablábamos de mujeres galantes, la
eterna conversación de los hombres.
Uno dijo:
Y era como sigue:
Un anochecer de invierno se apoderó
de mí un abandono perturbador; uno de los terribles abandonos
que dominan cuerpo y alma de cuando en cuando. Estaba solo, y
comprendí que me amenazaba una crisis de tristeza, esas
tristezas lánguidas que pueden conducirnos al suicidio.
Me puse un abrigo y salí a la calle.
Una lluvia menuda me calaba la ropa, helándome los huesos. En
los cafés no había gente. Y ¿adónde ir?
¿Dónde pasar dos horas? Me decidí
a entrar en Folies—Bergére, divertido mercado carnal. Había
escaso público; los hombres vulgares, y las mujeres, las
mismas de siempre, las miserables mozas desapacibles,
fatigadas, con esa expresión de imbécil desdén que muestran
todas, no sé por qué.
De pronto descubrí entre aquellas
pobres criaturas despreciables a una joven fresca, linda,
provocadora. La detuve y brutalmente, sin reflexionar, ajusté
con ella el precio de la noche. Yo no quería volver a mi casa.
Y la seguí. Vivía en la calle de los
Mártires. La escalera estaba oscura. Subí despacio,
encendiendo cerillas. Ella se detuvo en
el cuarto piso, y cuando entramos en su habitación, echando
el cerrojo de su puerta, me preguntó:
—¿Piensas quedarte aquí hasta mañana?
—Eso me propongo; eso convinimos.
—Bien, mi
vida, lo pregunté por curiosidad. Aguárdame un minuto que
enseguida vuelvo.
Y me dejó a oscuras. Oí cerrar dos
puertas; luego me pareció que aquella mujer hablaba con
alguien. Quedé sorprendido, inquieto. La idea de un chulo me
turbó, aun cuando tengo bastante fuerza para
defenderme.
«Veremos lo que sucede», pensé.
Información texto 'El Armario'