Capítulo I
He vuelto hace unos instantes de visitar a mi casero y ya se me
figura que ese solitario vecino va a inquietarme por más de una causa.
En este bello país, que ningún misántropo hubiese podido encontrar más
agradable en toda Inglaterra, el señor Heathcliff y yo habríamos hecho
una pareja ideal de compañeros. Porque ese hombre me ha parecido
extraordinario. Y eso que no mostró reparar en la espontánea simpatía
que me inspiró. Por el contrario, metió los dedos más profundamente en
los bolsillos de su chaleco y sus ojos desaparecieron entre sus párpados
cuando me oyó pronunciar mi nombre y preguntarle:
—¿El señor Heathcliff?
Él asintió con la cabeza.
—Soy Lockwood, su nuevo inquilino. Le visito para decirle que supongo
que mi insistencia en alquilar la «Granja de los Tordos» no le habrá
causado molestia.
—Puesto que la casa es mía —respondió apartándose de mí— no hubiese
consentido que nadie me molestase sobre ella, si así se me antojaba.
Pase.
Rezongó aquel «pase» entre dientes, con aire tal como si quisiera
mandarme al diablo. Ni tocó siquiera la puerta en confirmación de lo que
decía. Esto bastó para que yo resolviese entrar, interesado por aquel
sujeto, al parecer más reservado que yo mismo. Y como mi caballo
empujase la barrera, él soltó la cadena de la puerta y me precedió, con
torvo aspecto, hacia el patio, donde dijo a gritos:
—¡José! ¡Llévate el caballo de este señor y danos vino!
Puesto que ambas órdenes se dirigían a un solo criado, juzgué que
toda la servidumbre se reducía a él. Por eso entre las baldosas del
patio medraban hierbajos y los setos estaban sin recortar, sólo
mordisqueadas sus hojas por el ganado.
Información texto 'Cumbres Borrascosas'