Páginas del "Diario de un cazador"
En la crónica de sucesos de un periódico acabo de leer un drama
pasional. Uno que la ha matado y se ha matado después; es decir, uno que
amaba. ¿Qué importan él y ella? Sólo su amor me importa; y no porque me
enternezca, ni porque me asombre, ni porque me conmueva, ni me haga
soñar, sino porque evoca en mí un recuerdo de la mocedad, recuerdo
extraño de una cacería en que se me apareció el Amor, como se aparecían a
los primeros cristianos cruces misteriosas en la serenidad de los
cielos.
Nací con todos los instintos y emociones del hombre primitivo, muy
poco atenuados por las sensaciones y los razonamientos de la
civilización. Amo la caza con pasión, y la bestia ensangrentada, con
sangre en su plumaje, ensangrentándome las manos, me hace desfallecer de
gusto.
Aquel año, al final del otoño, se presentó impetuosamente el frío, y
mi primo Karl de Ranyule me invitó a cazar con él, a la alborada patos
magníficos en los pantanos de su posesión.
Mi primo, un buen mozo de cuarenta años, encarnado, con mucha vida en
el cuerpo y muchos poles, en la cara, semibruto y semicivilizado, de
alegre carácter, dotado de ese esprit gaulois que tan agradablemente
vela las deficiencias. del ingenio, vivía en una especie de cortijo con
aires de castillo señorial, escondido en un amplio valle.
Coronaban las colinas de la derecha y de la izquierda hermosos
bosques señoriales, con árboles antiquísimos y poblados de caza
excelente. Algunas veces se abatían allí águilas soberbias, y esos
pájaros errantes, que raramente se aventuran en países demasiados
poblados para su azorada independencia, encontraban en aquella selva
secular asilo seguro, como si reconocieran en ella alguna rama que en
otros tiempos les acogiera durante sus excursiones sin rumbo.
Información texto 'Amor'