I
El cartero Mederic Rompel, al que todo el mundo en el
pueblo llamaba familiarmente Mederi, salió a la hora de
siempre de la casa de Correos de Rouy—le—Tors. Después de
cruzar la pequeña población al paso largo de soldado veterano,
tiró a campo traviesa por las praderas de Villaumes para
alcanzar la orilla del río Brindille y llegar, siguiendo el
curso de sus aguas, a la aldea de Corvelin, en la que daba
comienzo su reparto de correspondencia.
Caminaba de prisa a lo largo del cauce angosto del río
que, entre espumas, hervores y rezongos, corría por su lecho
tapizado de hierbas, bajo una bóveda de sauces. Las peñas que
entorpecían su carrera quedaban circundadas como de una
collera de agua, de una especie de corbata rematada por un
nudo de espuma. En algunos sitios se formaban cascadas de un
pie de altura, invisibles a veces, que levantaban un ruido
sordo y suave por debajo del follaje, de las plantas
trepadoras, del techo de verdura; conforme avanzaba el río, se
ensanchaban sus orillas, formándose un pequeño lago apacible
en el que nadaban las truchas por entre la verde cabellera que
ondula en el fondo de los arroyos de corriente sosegada.
Mederic seguía su camino sin ojos para nada, sin otro
pensamiento que éste: "Mi primera carta es para la casa Poivrón, y ya que llevo otra para el señor Renardet,
tengo, pues, que atravesar el oquedal!"
Su blusa azul, ceñida a la cintura con una correa, cruzaba
con marcha regular y rápida sobre el fondo de la verde hilera
de sauces, y la gruesa vara de acebo que le servía de bastón
avanzaba a su lado al mismo ritmo que sus piernas.
Pasó el Brindille por un puente, que consistía en un único
tronco de árbol que llegaba de una orilla a otra sin más
barandilla que una cuerda amarrada a dos pilotes clavados en
ambas márgenes.
Información texto 'La Pequeña Roque'