Textos más vistos no disponibles | pág. 29

Mostrando 281 a 290 de 2.209 textos encontrados.


Buscador de títulos

textos no disponibles


2728293031

Las Hermanas Bunner

Edith Wharton


Novela corta


Primera parte

I

En los días en que el tráfico de Nueva York avanzaba al ritmo de los languidecientes coches de caballos, en que la buena sociedad aplaudía a Christine Nilsson en la Academia de Música y disfrutaba de los atardeceres de la Escuela del Río Hudson que colgaban en las paredes de la Academia Nacional de Diseño, había una discreta tienda de un solo escaparate conocida estrecha y favorablemente por la población femenina del vecindario que limitaba con la plaza Stuyvesant.

Se trataba de una tienda muy pequeña en un destartalado semisótano de una calle tranquila ya condenada a la decadencia; a tenor del carácter misceláneo de lo expuesto detrás del cristal y de la parquedad del cartel que lo coronaba (un mero «Hermanas Bunner» en borrosas letras de oro sobre un fondo negro), para un no iniciado habría sido difícil adivinar la naturaleza exacta del negocio que se desarrollaba en el interior. Aunque eso carecía prácticamente de importancia, puesto que su fama era tan puramente local que las clientas de cuya existencia dependía conocían de forma casi congénita y exacta cuál era el surtido de «artículos» de los que disponía el establecimiento de las hermanas Bunner.


Información texto

Protegido por copyright
102 págs. / 3 horas / 365 visitas.

Publicado el 29 de agosto de 2018 por Edu Robsy.

Mary Barton

Elizabeth Gaskell


Novela


«¿Cómo sabes tú —podría exclamar el atribulado novelista— que aquí donde me ves no soy el más insensato de los mortales y que mi ficticia y asnal biografía no encontrará a unos u otros, en cuyos aún más asnales oídos podría, si así lo quiere la Providencia, instilar alguna cosa?». Nosotros respondemos: «Nadie lo sabe ni nadie puede saberlo con certeza; así que sigue escribiendo, digno hermano, como mejor puedas y te haya sido concedido».

CARLYLE


Nimm nur, Fährmann, nimm die Miethe,
Die ich gerne dreifach biete!
Zween, die mit mir überfuhren,
Waren geistige Naturen.
 


Información texto

Protegido por copyright
483 págs. / 14 horas, 6 minutos / 338 visitas.

Publicado el 16 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

Menéxeno

Platón


Filosofía, Diálogo


SÓCRATES, MENÉXENO

PRÓLOGO

SÓCRATES. — ¿De dónde viene Menéxeno? ¿Del ágora, o de algún otro lugar?

MENÉXENO. — Del ágora, Sócrates, y de la sala del Consejo.

SÓC. — ¿Y qué asunto te llevó, precisamente, a la sala del Consejo? Está bien claro que crees haber llegado al término de la educación y de los estudios filosóficos y que piensas, convencido de que ya estás capacitado, inclinarte hacia empresas mayores. ¿Intentas, admirable amigo , a pesar de tu edad, gobernarnos a nosotros que somos más viejos, para que vuestra casa no deje de proporcionarnos en todo momento un administrador de nuestros intereses?

MEN. — Si tú, Sócrates, me permites y aconsejas gobernar, ése será mi mayor deseo; en caso contrario, no. Concretamente, hoy he acudido a la sala del Consejo porque sabía que la asamblea se disponía a elegir a quien ha de pronunciar el discurso sobre los muertos; pues ya sabes que tienen intención de organizar una ceremonia fúnebre.

SÓC. — Perfectamente; pero ¿a quién han elegido?

MEN. — A nadie; han dejado el asunto para mañana. Creo, sin embargo, que serán elegidos Arquino o Dión.


Información texto

Protegido por copyright
20 págs. / 36 minutos / 355 visitas.

Publicado el 13 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

Mis Universidades

Máximo Gorki


Novela


I

Pues bien, ya voy a estudiar a la Universidad de Kazán, ni más ni menos.

La idea de la universidad me la sugirió N. Evréinov, alumno del liceo, muchacho bueno y guapo, con cariñosos ojos de mujer. Vivía en la buhardilla de la misma casa donde yo habitaba; me veía a menudo con un libro en las manos, y aquello despertó su interés; trabamos conocimiento y, poco después, Evréinov empezó a convencerme de que «yo poseía excepcionales dotes para la ciencia».

—Usted ha nacido para consagrarse a la ciencia —me decía, sacudiendo bellamente los largos cabellos.

Por aquel entonces, yo no sabía aún que a la ciencia se le puede servir en calidad de conejillo de indias, y Evréinov me demostraba con tanto acierto que las universidades necesitaban precisamente muchachos como yo… Ni que decir tiene que Mijaíl Lomonósov fue invocado, turbando su reposo. Evréinov me decía que yo viviría en Kazán en su casa y que durante el otoño y el invierno terminaría los estudios del liceo, aprobaría unos examencillos de tres al cuarto —así dijo: «de tres al cuarto»— en la universidad, recibiría una beca del Estado y, al cabo de unos cinco años sería ya un «hombre de ciencia». Todo aquello era tan sencillo porque Evréinov tenía diez y nueve años y un buen corazón.

Después de aprobar sus exámenes, se marchó y un par de semanas más tarde, partía yo en busca suya.

Al despedirnos, la abuela me aconsejó:

—No te enfades con la gente, no haces más que enfadarte, ¡muy severo y soberbio te has vuelto! Esto te viene del abuelo, ¿y qué es el abuelo? Después de vivir años y años, sólo ha llegado a tonto; es una pena el viejo. Recuerda una cosa: no es Dios el que condena a las personas, ¡al diablo es a quien le gusta hacerlo! Bueno, adiós…

Y luego de enjugarse unas parcas lágrimas de sus mejillas terrosas, ajadas, dijo:


Información texto

Protegido por copyright
159 págs. / 4 horas, 38 minutos / 819 visitas.

Publicado el 4 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Pelo de Zanahoria

Jules Renard


Cuento


Dedicatoria

A Fantec y Baïe

Las perdices

Como de costumbre, el señor Lepic vacía su morral encima de la mesa. Contiene dos perdices. Félix, el hermano mayor, las anota en una pizarra colgada en la pared. Es su cometido. Cada niño tiene el suyo. Ernestine, la hermana, despelleja y despluma las piezas de caza. En cuanto a Pelo de Zanahoria, está especialmente encargado de rematar las piezas heridas. Debe tal privilegio a la de sobra conocida dureza de su seco corazón.

Las dos perdices se agitan, mueven el pescuezo.

SEÑORA LEPIC

¿A qué esperas para matarlas?

PELO DE ZANAHORIA

Me gustaría mucho anotarlas en la pizarra, mamá.

SEÑORA LEPIC

La pizarra está demasiado alta para ti.

PELO DE ZANAHORIA

Entonces, me gustaría mucho desplumarlas.

SEÑORA LEPIC

No es tarea de hombres.

Pelo de Zanahoria coge las dos perdices. Amablemente le dan las indicaciones de costumbre:

—Apriétalas con fuerza, ya sabes cómo, por el pescuezo, a contrapluma.

Con una pieza en cada mano detrás de la espalda, inicia su cometido.

SEÑOR LEPIC

¡Dos a la vez! ¿Qué haces, bribón?

PELO DE ZANAHORIA

Es para ir más deprisa.

SEÑORA LEPIC

No te hagas el melindroso; en el fondo, saboreas tu placer.

Las perdices se defienden, convulsas, y, batiendo las alas, esparcen sus plumas. No querrían morir. Le resultaría más fácil estrangular a un amigo, con una sola mano. Se las coloca entre las rodillas para mantenerlas bien sujetas y, ora rojo, ora blanco, bañado en sudor, la cabeza en alto para no ver nada, aprieta más fuerte.

Los animales se entercan.


Información texto

Protegido por copyright
106 págs. / 3 horas, 6 minutos / 510 visitas.

Publicado el 21 de enero de 2018 por Edu Robsy.

Pericles, Príncipe de Tiro

William Shakespeare


Teatro, Comedia


Dramatis personae

JOHN GOWER, coro
PERICLES, príncipe de Tiro

En Antioquía:

ANTÍOCO, rey de Antioquía
Su HIJA
TALIARDO, un noble
MENSAJERO

En Tiro:

HELÍCANO
ESQUINES, consejeros

Tres NOBLES

En Tarso:

CLEÓN, el gobernador
DIONISA, su esposa
LEONINO, criado de Dionisa
Un NOBLE
MARINA, hija de Pericles
Tres PIRATAS

En Pentápolis:

SIMÓNIDES, el rey
TAISA, su hija
Un MARINERO
Tres CABALLEROS, pretendientes de Taisa
Un SENESCAL
Dos NOBLES
Dos CABALLEROS
Pajes
LICÓRIDA, nodriza de Marina
Tres PESCADORES

En el barco:

El CAPITÁN
Un MARINERO

En Éfeso:

CERIMÓN, un noble
FILEMÓN, su criado
Otros dos CRIADOS
Dos CABALLEROS

En Mitilene:

LISÍMACO, el gobernador
Un RUFIÁN
Una ALCAHUETA, su mujer
FLECHA, su criado
Dos SEÑORES
Un NOBLE
Un MARINERO de Tiro
Un MARINERO de Mitilene
Un CABALLERO de Tiro
Una DONCELLA, compañera de Marina

DIANA, diosa de la castidad


Información texto

Protegido por copyright
59 págs. / 1 hora, 44 minutos / 740 visitas.

Publicado el 10 de junio de 2018 por Edu Robsy.

Pobre Gente

Fiódor Mijáilovich Dostoyevski


Novela, Novela epistolar


Primera parte

Mi inestimable Varvara Aleksiéyevna

Mi inestimable Varvara Aleksiéyevna:

¡Ayer me sentí yo feliz, extraordinariamente feliz, como no es posible serlo más! ¡Con que por lo menos una vez en la vida usted, tan terca, me ha hecho caso! ¡Al despertarme, ya oscurecido, a eso de las ocho (ya sabe usted, amiga mía, que, terminando mi trabajo en la oficina, de vuelta a casa, me gusta echar una siestecita de una o dos horas), encendí la luz, y ya había colocado bien mis papeles y sólo me faltaba aguzar mi pluma, cuando, de pronto, se me ocurre alzar la vista, y he aquí que…, lo que le digo, que me empieza a dar saltos el corazón! ¡Ya habrá usted adivinado lo que ocurría! Pues que un piquito del visillo de su ventana estaba levantado y prendido en una maceta de balsamina, exactamente como yo otras veces hube de indicarle. Así que me pareció como si contemplara su adorado rostro asomado un instante a la ventana y que también usted me miraba desde su gabinetito, que usted también pensaba en mí. Y ¡cuánta pena me dio, palomita mía, el no poder distinguir bien su encantador semblante! ¡Hubo un tiempo en que también yo tenía buena vista, hija mía! ¡Los años no proporcionan ningún contento, amor mío! ¡Ahora suele ocurrirme que me baila todo delante de los ojos! En cuanto escribo un ratito, ya amanezco al día siguiente con los ojos ribeteados y lacrimosos, hasta el punto de darme vergüenza que me vea nadie. Pero en espíritu veía yo muy bien, hija mía, su amable y afectuosa sonrisa, y en mi corazón experimentaba sensación idéntica que en aquel tiempo, cuando la besé aquella vez, Várinka. ¿Lo recuerda usted aún, mi ángel? ¿Sabe usted, palomita mía, que me parece verla en este instante amenazándome con el dedo? ¿Será verdad, mala? La primera vez que vuelva a escribirme, me lo ha de decir sin remisión y con detalles.


Información texto

Protegido por copyright
193 págs. / 5 horas, 38 minutos / 507 visitas.

Publicado el 31 de marzo de 2018 por Edu Robsy.

Pobres Gentes

León Tolstói


Cuento


En una choza, Juana, la mujer del pescador, se halla sentada junto a la ventana, remendando una vela vieja. Afuera aúlla el viento y las olas rugen, rompiéndose en la costa... La noche es fría y oscura, y el mar está tempestuoso; pero en la choza de los pescadores el ambiente es templado y acogedor. El suelo de tierra apisonada está cuidadosamente barrido; la estufa sigue encendida todavía; y los cacharros relucen, en el vasar. En la cama, tras de una cortina blanca, duermen cinco niños, arrullados por el bramido del mar agitado. El marido de Juana ha salido por la mañana, en su barca; y no ha vuelto todavía. La mujer oye el rugido de las olas y el aullar del viento, y tiene miedo.

Con un ronco sonido, el viejo reloj de madera ha dado las diez, las once... Juana se sume en reflexiones. Su marido no se preocupa de sí mismo, sale a pescar con frío y tempestad. Ella trabaja desde la mañana a la noche. ¿Y cuál es el resultado?, apenas les llega para comer. Los niños no tienen qué ponerse en los pies: tanto en invierno como en verano, corren descalzos; no les alcanza para comer pan de trigo; y aún tienen que dar gracias a Dios de que no les falte el de centeno. La base de su alimentación es el pescado. "Gracias a Dios, los niños están sanos. No puedo quejarme", piensa Juana; y vuelve a prestar atención a la tempestad. "¿Dónde estará ahora? ¡Dios mío! Protégelo y ten piedad de él", dice, persignándose.

Aún es temprano para acostarse. Juana se pone en pie; se echa un grueso pañuelo por la cabeza, enciende una linterna y sale; quiere ver si ha amainado el mar, si se despeja el cielo, si hay luz en el faro y si aparece la barca de su marido. Pero no se ve nada. El viento le arranca el pañuelo y lanza un objeto contra la puerta de la choza de al lado; Juana recuerda que la víspera había querido visitar a la vecina enferma. "No tiene quien la cuide", piensa, mientras llama a la puerta. Escucha... Nadie contesta.


Información texto

Protegido por copyright
3 págs. / 5 minutos / 475 visitas.

Publicado el 24 de junio de 2016 por Edu Robsy.

Rashomon

Ryunosuke Akutagawa


Cuento


Era un frío atardecer. Bajo Rashomon, el sirviente de un samurai esperaba que cesara la lluvia. No había nadie en el amplio portal. Sólo un grillo se posaba en una gruesa columna, cuya laca carmesí estaba resquebrajada en algunas partes. Situado Rashomon en la Avenida Sujaltu, era de suponer que algunas personas, como ciertas damas con el ichimegasa o nobles con el momiebosh, podrían guarecerse allí; pero al parecer no había nadie fuera del sirviente. Y era explicable, ya que en los últimos dos o tres años la ciudad de Kyoto había sufrido una larga serie de calamidades: terremotos, tifones, incendios y carestías la habían llevado a una completa desolación. Dicen los antiguos textos que la gente llegó a destruir las imágenes budistas y otros objetos del culto, y esos trozos de madera, laqueada y adornada con hojas de oro y plata, se vendían en las calles como leña. Ante semejante situación, resultaba natural que nadie se ocupara de restaurar Rashomon. Aprovechando la devastación del edificio, los zorros y otros animales instalaron sus madrigueras entre las ruinas; por su parte ladrones y malhechores no lo desdeñaron como refugio, hasta que finalmente se lo vio convertido en depósito de cadáveres anónimos. Nadie se acercaba por los alrededores al anochecer, más que nada por su aspecto sombrío y desolado.

En cambio, los cuervos acudían en bandadas desde los más remotos lugares. Durante el día, volaban en círculo alrededor de la torre, y en el cielo enrojecido del atardecer sus siluetas se dispersaban como granos de sésamo antes de caer sobre los cadáveres abandonados.


Información texto

Protegido por copyright
6 págs. / 11 minutos / 250 visitas.

Publicado el 25 de junio de 2016 por Edu Robsy.

Schalken el Pintor

Joseph Sheridan Le Fanu


Cuento


«Pues es un hombre con el que no tengo nada en común; ni hay nadie que pueda imponer su mano sobre nosotros dos. Aparte, pues, de mí su vara y deje de amedrentarme su estampa».

Hay una obra extraordinaria de Schalken que se conserva bastante bien. El curioso tratamiento de la luz constituye, como es habitual en todas sus obras, el principal mérito aparente del cuadro. Y digo aparente porque su verdadero valor estriba en el tema y no en el tratamiento, pese a que éste es ciertamente exquisito. El cuadro en cuestión muestra el interior de lo que podría ser la cámara de algún antiguo edificio religioso, en cuyo primer plano aparece una figura femenina ataviada con una especie de túnica blanca, que le cae desde la misma cabeza. Sin embargo, este atuendo no es hábito de ninguna orden religiosa. La figura sostiene en la mano una lámpara, único foco de luz que ilumina su figura y su rostro, el cual esboza una de esas sonrisas enigmáticas que tan bien sientan a una mujer bonita cuando está tramando una jugarreta. En segundo plano, y casi en la más completa oscuridad, salvo el contorno de su silueta definido por el tenue arrebol de una vela agonizante, se aprecia la figura de un hombre vestido a la antigua usanza de Flandes en actitud de alarma, la mano sobre la empuñadura de la espada, como si fuera a desenvainarla de un momento a otro.

Hay algunos cuadros que nos impresionan y asombran por la manera especial en que representan no simples formas y combinaciones ideales que han pasado por la imaginación del artista, sino escenas, rostros y situaciones que han existido en la realidad. Este cuadro singular posee algo que le imprime carácter de realidad.


Información texto

Protegido por copyright
23 págs. / 41 minutos / 344 visitas.

Publicado el 24 de octubre de 2017 por Edu Robsy.

2728293031