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Historia de Roma desde su Fundación

Tito Livio


Historia


Prefacio

Puede que la tarea que me he impuesto de escribir una historia completa del pueblo romano desde el comienzo mismo de su existencia me recompense por el trabajo invertido en ella, no lo sé con certeza, ni creo que pueda aventurarlo. Porque veo que esta es una práctica común y antiguamente establecida, cada nuevo escritor está siempre persuadido de que ni lograrán mayor certidumbre en las materias de su narración, ni superarán la rudeza de la antigüedad en la excelencia de su estilo. Aunque esto sea así, seguirá siendo una gran satisfacción para mí haber tenido mi parte también en investigar, hasta el máximo de mis capacidades, los anales de la nación más importante del mundo, con un interés más profundo; y si en tal conjunto de escritores mi propia reputación resulta ocultada, me consuelo con la fama y la grandeza de aquellos que eclipsen mi fama. El asunto, además, es uno que exige un inmenso trabajo. Se remonta a más de 700 años atrás y, después de un comienzo modesto y humilde, ha crecido a tal magnitud que empieza a ser abrumador por su grandeza. No me cabe duda, tampoco, que para la mayoría de mis lectores los primeros tiempos y los inmediatamente siguientes, tienen poco atractivo; Se apresurarán a estos tiempos modernos en los que el poderío de una nación principal es desgastado por el deterioro interno. Yo, en cambio, buscaré una mayor recompensa a mis trabajos en poder cerrar los ojos ante los males de que nuestra generación ha sido testigo durante tantos años; tanto tiempo, al menos, como estoy dedicando todo mi pensamiento a reproducir los claros registros, libre de toda la ansiedad que pueden perturbar el historiador de su época, aunque no le puedan deformar la verdad.


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2.675 págs. / 3 días, 6 horas, 1 minuto / 8.085 visitas.

Publicado el 27 de octubre de 2017 por Edu Robsy.

El Criminal Perfecto

Edgar Wallace


Cuento


El señor Felix O'Hara Golbeater sabía algo de investigación criminal, pues, habiendo ejercido como solicitor durante dieciocho años, había mantenido asiduo contacto con las clases delincuentes, y su ingenio y agudas facultades de observación le habían permitido obtener sentencias condenatorias en casos en los que los métodos ordinarios de la policía habían fracasado.

Hombre escaso de carnes, avecinado en la cincuentena, se distinguía por una barba cerrada y mocha y unas cejas cargadas, siendo objeto una y otra de desvelados y pacientes cuidados.

No es habitual, ni siquiera entre las gentes de toga, tan dadas a costumbres singulares, extremarse en el cuidado de las cejas, pero O'Hara Golbeater era hombre precavido y preveía el día en que la gente interesada en ello buscaría sus cejas cuando su retrato figurase en los tablones de anuncios de las delegaciones de policía; pues el señor Felix O'Hara Golbeater, que no pecaba de iluso, se daba perfecta cuenta del hecho primordial de que no se puede engañar a todo el mundo indefinidamente. En consecuencia, vivía eternamente alerta a causa de la misteriosa persona que, tarde o temprano, acabaría por entrar en escena y sabría ver a través de la máscara de Golbeater el abogado, de Golbeater el fideicomisario, de Golbeater el mecenas deportivo y de (última y mayor de sus distinciones) Golbeater el aviador, cuyos vuelos habían causado cierta sensación en el pueblecito de Buckingham donde tenía su «sede campesina».

Una noche de abril estaba sentado en su despacho. Sus amanuenses se habían ido a casa hacía ya mucho tiempo, y la encargada de la limpieza también se había marchado.

No era costumbre de Felix O'Hara Golbeater quedarse en la oficina hasta las once de la noche, pero las circunstancias eran excepcionales y justificaban la desusada conducta.


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13 págs. / 23 minutos / 266 visitas.

Publicado el 5 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

El Doble

Fiódor Mijáilovich Dostoyevski


Novela


Capítulo 1

Faltaba poco para las ocho de la mañana cuando Yakov Petrovich Goliadkin, funcionario con la baja categoría de consejero titular, se despertó después de un largo sueño, bostezó, se desperezó y al fin abrió los ojos de par en par. Durante unos instantes, sin embargo, permaneció inmóvil en la cama como si no estuviese aún seguro de estar despierto o de seguir durmiendo, de si lo que acontecía en torno suyo era, en efecto, parte de la realidad o sólo prolongación de sus alborotados sueños. Pronto, no obstante, los sentidos del señor Goliadkin empezaron a registrar con mayor claridad y precisión sus impresiones cotidianas y habituales. Familiarmente le miraban las paredes verdosas de su pequeña habitación, cubiertas de hollín y mugre, la cómoda de caoba legítima, las sillas de caoba de imitación, la mesa pintada de rojo, el diván tapizado de hule rojizo salpicado de repulsivas flores verdes y, por ultimo, el traje que se había quitado a toda prisa la noche antes y había arrojado al buen tuntún en el diván. Finalmente, el día otoñal, gris, opaco y sucio, le atisbaba por la grasienta ventana con tan mal humor y mueca tan torcida que el señor Goliadkin ya no podía de modo alguno dudar que se hallaba no en un remoto país de maravillas, sino en la ciudad de Petersburgo, en la capital, en la calle Shestilavochnaya, en el cuarto piso de una vasta casa de vecindad, en su propio domicilio. Una vez hecho descubrimiento tan importante, el señor Goliadkin cerró estremecido los ojos como añorando el reciente sueño y deseando volver a captarlo siquiera por un instante. Pero un momento después saltó de la cama, probablemente por haber dado al cabo con la idea en torno a la cual venían girando sus dispersos y agitados pensamientos. Después de saltar de la cama fue corriendo a mirarse en un espejito redondo que tenía sobre la cómoda.


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184 págs. / 5 horas, 22 minutos / 821 visitas.

Publicado el 2 de marzo de 2018 por Edu Robsy.

El Sueño

Mary Shelley


Cuento


La época en la que aconteció esta pequeña leyenda que se va ahora a narrar, fue el comienzo del reinado de Enrique IV de Francia, cuyo ascenso e ilícita apropiación, mientras los demás traían la paz al reino cuyo cetro él había empuñado, fueron inadecuados para cicatrizar las profundas heridas mutuamente infligidas por los bandos enemigos. Existían entre los que ahora parecían tan unidos, enemistades privadas y el recuerdo de daños mortales; y, a menudo, las manos que se habían apretado en aparente saludo amistoso, cuando soltaban su apretón, asían la empuñadura de su daga, haciendo más caso a sus pasiones que a las palabras de cortesía que acababan de salir de sus labios. Muchos de los más fieros católicos se retiraron a sus distantes provincias; y, mientras ocultaban en soledad su enconado descontento, anhelaban no menos ansiosamente el día en que pudieran mostrarlo abiertamente.


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17 págs. / 31 minutos / 1.228 visitas.

Publicado el 18 de junio de 2016 por Edu Robsy.

El Caminante

Natsume Sōseki


Novela


Personajes principales

FAMILIA NAGANO

El padre: antiguo funcionario del gobierno ahora jubilado.

La madre: Tsuma.

Ichiro: hijo mayor y profesor universitario.

Jiro: segundo hijo y narrador de la novela. Trabaja como empleado en un estudio de arquitectura.

Oshige: hermana de Ichiro y Jiro.

Nao: esposa de Ichiro.

Yoshie: hija de Ichiro y Nao.

OTROS PERSONAJES

Okada: pariente lejano de la madre que vivió en casa de los Nagano durante su época de estudiante. Actualmente trabaja y reside en Osaka.

Okane: esposa de Okada.

Sano: amigo y compañero de trabajo de Okada.

Osada: vive con la familia Nagano como empleada en las labores domésticas.

Misawa: amigo íntimo de Jiro.

Señor H: amigo íntimo de Ichiro y profesor universitario.

Primera parte: Amigo

1

En cuanto bajé del tren en la estación de Umeda, cogí un rikisha y fui directo a casa de Okada como me había pedido mi madre. Okada era familia lejana suya, pero en qué grado, era algo que desconocía por completo.

Yo tenía mis propias razones para ir a verlo nada más llegar a Osaka. Una semana antes de venir había quedado en encontrarme con un amigo en la ciudad para subir juntos al monte Koya y, en caso de disponer de tiempo suficiente, llegar hasta Nagoya desde Ise. No sabíamos exactamente dónde reunimos y fue en ese momento cuando se me ocurrió darle el nombre y la dirección de Okada.

—En cuanto llegue a Osaka, te llamaré para asegurarme de si has llegado o no —dijo mi amigo antes de partir. Yo no estaba seguro de que Okada tuviera teléfono, por eso le pedí que telegrafiara o enviara una nota. Su idea era ir a Suwa por la línea de Koshu y llegar a Osaka pasando por Kiso. Mi plan era coger la línea de Tokaido directo hasta Kioto y parar allí cuatro o cinco días por unos asuntos. Después seguiría hasta Osaka.


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303 págs. / 8 horas, 51 minutos / 505 visitas.

Publicado el 29 de abril de 2017 por Edu Robsy.

Poema de Gilgamesh

Anónimo


Poema épico, epopeya


Tablilla I. La llegada de Enkidu

Prólogo y peán. El rey Gilgamesh tiraniza al pueblo de Uruk, que se queja a los dioses. Para desviar sus energías sobrehumanas, los dioses crean a su homólogo, el salvaje Enkidu, que es criado por los animales salvajes. Enkidu es descubierto por un cazador, que le hace salir de la manada utilizando como señuelo a una prostituta. La ramera le enseña sus artes y le propone llevarle a Uruk, donde Gilgamesh lo ha visto en sueños.

El que ha visto lo Profundo, los cimientos del país,
[que] conocía…, era sabio en todas las cosas.
[Gilgamesh, que] vio lo Profundo, los cimientos del país,
[que] conocía…, era sabio en todas las cosas.
[Él] … en todas partes…

Y [aprendió] de todas las cosas la suma de la sabiduría.
Vio lo que era secreto, descubrió lo que estaba oculto, volvió a traer un relato de antes del Diluvio.
Recorrió un largo camino, estaba fatigado, halló la paz,
y fijó todos sus trabajos en una tablilla de piedra.

Construyó la muralla de Uruk la Cercada,
de la santa Eanna, el almacén sagrado.
Mira su muralla como una hebra de lana,
Ve su parapeto que nadie ha podido copiar.
Sube por la escalera de una época pasada,

acércate a Eanna, sede de Ishtar la diosa,
que ningún rey posterior pudo nunca copiar.
Sube a la muralla de Uruk y anda por ella.
Inspecciona sus cimientos, examina los ladrillos.
¿No fueron sus ladrillos cocidos en un horno?


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73 págs. / 2 horas, 9 minutos / 3.596 visitas.

Publicado el 2 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

La Cueva Secreta

H. P. Lovecraft


Cuento


—Pórtense bien, chicos, mientras estoy fuera —dijo la señora Lee— y no hagan travesuras.

Porque los señores Lee iban a salir de casa, dejando solos a John, de diez años de edad, y Alice, de dos.

—Claro —contestó John.

Tan pronto como los Lee mayores se hubieron marchado, los jóvenes Lee bajaron al sótano y comenzaron a revolver entre los trastos. La pequeña Alice estaba apoyada en el muro, mirando a John. Mientras John fabricaba un bote con duelas de barril, la chica lanzó un grito penetrante y los ladrillos, a su espalda, cedieron. Él se precipitó hacia ella y la sacó oyendo sus gritos. Tan pronto como sus chillidos se apaciguaron, ella le dijo.

—La pared se ha caído.

John se acercó y descubrió que había un pasadizo. Le dijo a la niña.

—Voy a entrar y ver qué es esto.

—Bien —aceptó ella.

Entraron en el pasaje; cabían de pie, pero iba hasta más lejos de lo que podían ver. John subió arriba, al aparador de la cocina, cogió dos velas, algunos cerillos y luego regreso al túnel del sótano. Los dos entraron de nuevo. Había yeso en las paredes y el techo raso, y en el suelo no se veía nada, excepto una caja. Servía para sentarse y, aunque la examinaron, no encontraron nada dentro. Siguieron adelante y, de pronto, desapareció el enyesado y descubrieron que estaban en una cueva. La pequeña Alice estaba espantada al principio, y solo las afirmaciones de su hermano, acerca de que todo estaba bien, consiguieron calmar sus temores.

Pronto se toparon con una pequeña caja, que John cogió y llevó consigo.


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1 pág. / 2 minutos / 1.985 visitas.

Publicado el 16 de mayo de 2018 por Edu Robsy.

Agamenón

Esquilo


Teatro, Tragedia, Tragedia griega


Personajes del drama

Vigía
Coro de ancianos argivos
Mensajero
Clitemnestra, esposa de Agamenón
Heraldo
Agamenón, rey de Micenas
Casandra, hija de Príamo y cautiva
Egisto, amante de Clitemnestra
 

Agamenón

(En la azotea del palacio de los Atridas en Micenas está apostado un VIGÍA. Es de noche y reina un profundo silencio).

VIGÍA. Pido a los dioses que mis penas cesen, esta guardia, que dura ya hace un año, durante el cual, echado como un perro, en la azotea del palacio Atrida, aprendí a conocer la multivaria multitud de los astros que en el cielo, príncipes luminosos, resplandecen, y las estrellas, que a los hombres traen inviernos y veranos, ortos y ocasos.

(Breve pausa).

Y ahora aguardo el signo de la antorcha, la llama esplendorosa que de Troya ha de traernos nuevas y el anuncio de que al final ha sido conquistada, pues así lo ha mandado de una esposa el varonil e impaciente pecho. Cada vez que me tumbo en mi camastro perdido en la tiniebla y empapado, y nunca visitado por los sueños —que en vez del sueño, el terror se me acerca y el párpado cerrar no me permite en tranquilo reposo—, cuando quiero cantar o bien silbar una tonada buscando contra el sueño algún antídoto, echo a llorar, lamento el infortunio de una casa ya no tan bien llevada como antaño. Mas ¡ojalá que ahora, a través de la noche, apareciera la llama que traerá buenas noticias, y llegara el final de mis desdichas!

(Breve pausa. A lo lejos, de pronto, brilla una luz).


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Publicado el 4 de marzo de 2018 por Edu Robsy.

22 maneras de romperme el corazón

Ainhoa Escarti


desamor, amor, prosa, poesía


1. La separación

 

Tras los pasos de fuego

 

 

Salió corriendo como si le quemaran los talones, sus pisadas rápidas dejaban cercos de fuego en el asfalto. Huía. Rauda, veloz y sin mirar atrás para evitar convertirse en estatua de sal. Lo peor era que me abandonaba, desertaba de mí. Seguí sus pasos con la mirada, con mis piernas pegadas al suelo, inmovilizado por el desconocimiento y por esa estupidez innata que me había dado la mano toda mi vida. Escapaba de mí y yo me quedé ahí, sin pensar, sin reaccionar.

Las horas pasaron lentas, podía ver cada grano de arena caer. Los minutos se dilataban en el tiempo en una especie de eternidad vacía en la que ni pensaba ni sentía, solo existía, o quizá suponía que existía.

En casa, mientras pasaban las horas, veía todas sus cosas en los mismos sitios de siempre con su simple cotidianidad. Su carrera se asemejaba a una variedad de espejismo, no había sido cierta. La realidad no podían ser esos talones de fuego quemando asfalto para que nuestra distancia fuera aún mayor.

Los granos de arena del reloj siguieron cayendo, la luz se fue apagando y el día concluyó. No pasó mucho, quizá unas horas, y sonó el teléfono, no era ella. No reconocí aquella voz, por lo menos en los primeros minutos. Sentía que me hablaban, pero un zumbido en los oídos me hizo distanciarme de aquel sonido que seguía sin sonarme. Asentí para que imperara el silencio, y colgué.


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5 págs. / 9 minutos / 7.383 visitas.

Publicado el 15 de marzo de 2019 por Ainhoa Escarti.

Sombra

Edgar Allan Poe


Cuento


Sí, aunque marcho por el valle de la Sombra.
(Salmo de David, XXIII)

Vosotros los que leéis aún estáis entre los vivos; pero yo, el que escribe, habré entrado hace mucho en la región de las sombras. Pues en verdad ocurrirán muchas cosas, y se sabrán cosas secretas, y pasarán muchos siglos antes de que los hombres vean este escrito. Y, cuando lo hayan visto, habrá quienes no crean en él, y otros dudarán, mas unos pocos habrá que encuentren razones para meditar frente a los caracteres aquí grabados con un estilo de hierro.

El año había sido un año de terror y de sentimientos más intensos que el terror, para los cuales no hay nombre sobre la tierra. Pues habían ocurrido muchos prodigios y señales, y a lo lejos y en todas partes, sobre el mar y la tierra, se cernían las negras alas de la peste. Para aquellos versados en la ciencia de las estrellas, los cielos revelaban una faz siniestra; y para mí, el griego Oinos, entre otros, era evidente que ya había llegado la alternación de aquel año 794, en el cual, a la entrada de Aries, el planeta Júpiter queda en conjunción con el anillo rojo del terrible Saturno. Si mucho no me equivoco, el especial espíritu del cielo no sólo se manifestaba en el globo físico de la tierra, sino en las almas, en la imaginación y en las meditaciones de la humanidad.


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3 págs. / 5 minutos / 16.598 visitas.

Publicado el 10 de junio de 2016 por Edu Robsy.

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