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El Golem

Gustav Meyrink


Novela


Sueño

La luz de la luna cae al pie de mi cama y se queda allí como una piedra grande, lisa y blanca.

Cuando la luna llena empieza a encogerse y su lado derecho se carcome — como una cara que se acerca a la vejez, mostrando primero las arrugas en una mejilla y perfilándose después — a esa hora de la noche, se apodera de mí una inquietud sombría y angustiosa.

No estoy dormido ni despierto, y, en el ensueño, se mezclan en mi alma lo vivido con lo leído y oído, como corrientes de distinto brillo y color que confluyeran. Antes de acostarme había leído la vida de Buddha Gotama e incesantemente volvían a repetirse en mi mente, de mil formas, estas frases:

«Una corneja voló hacia una piedra que parecía un trozo de grasa y pensó:

quizás haya aquí un buen bocado. Pero como la corneja no encontró nada apetitoso, se alejó. Del mismo modo que la corneja que se había acercado a la piedra, abandonamos — nosotros, los seguidores — al asceta Gotama, cuando hemos perdido placer en él.»

Y la imagen de la piedra que parece un pedazo de grasa crece monstruosamente en mi mente:

Camino por el lecho seco de un río y recojo guijarros lisos.

De color gris — azulado, cubiertos de polvo brillante, sobre los que pienso y recapacito y con los que, sin embargo, no sé qué hacer — y después otros negros con manchas amarillas de azufre, como petrificados intentos de un niño por imitar unas salamandras toscamente moteadas.

Y quiero arrojar estos guijarros lejos de mí, pero una y otra vez se me caen de las manos, y no puedo apartarlos de mi vista.

Aparecen a mi alrededor todas las piedras que han jugado un papel en mi vida.

Algunas se esfuerzan desmesuradamente por surgir de la tierra a la luz — como grandes cangrejos de color pizarra, subiendo con la marea,empeñados en atraer mi mirada hacia ellos y decirme cosas de importancia infinita.


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238 págs. / 6 horas, 57 minutos / 364 visitas.

Publicado el 26 de junio de 2016 por Edu Robsy.

Menéxeno

Platón


Filosofía, Diálogo


SÓCRATES, MENÉXENO

PRÓLOGO

SÓCRATES. — ¿De dónde viene Menéxeno? ¿Del ágora, o de algún otro lugar?

MENÉXENO. — Del ágora, Sócrates, y de la sala del Consejo.

SÓC. — ¿Y qué asunto te llevó, precisamente, a la sala del Consejo? Está bien claro que crees haber llegado al término de la educación y de los estudios filosóficos y que piensas, convencido de que ya estás capacitado, inclinarte hacia empresas mayores. ¿Intentas, admirable amigo , a pesar de tu edad, gobernarnos a nosotros que somos más viejos, para que vuestra casa no deje de proporcionarnos en todo momento un administrador de nuestros intereses?

MEN. — Si tú, Sócrates, me permites y aconsejas gobernar, ése será mi mayor deseo; en caso contrario, no. Concretamente, hoy he acudido a la sala del Consejo porque sabía que la asamblea se disponía a elegir a quien ha de pronunciar el discurso sobre los muertos; pues ya sabes que tienen intención de organizar una ceremonia fúnebre.

SÓC. — Perfectamente; pero ¿a quién han elegido?

MEN. — A nadie; han dejado el asunto para mañana. Creo, sin embargo, que serán elegidos Arquino o Dión.


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20 págs. / 36 minutos / 355 visitas.

Publicado el 13 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

Janet la Contrahecha

Robert Louis Stevenson


Cuento


El reverendo Murdoch Soulis llevaba muchos años al frente de la parroquia de Balweary, una zona de páramos en el valle del Dule, y era un anciano severo, de expresión sombría, que atemorizaba a sus feligreses, y que en los últimos años de su vida ocupaba, sin parientes, criados ni otra compañía humana, una pequeña y solitaria rectoría debajo de Hanging Shaw. A pesar de la férrea compostura de sus facciones, había inseguridad, espanto y un no sé qué de frenético en su mirada; y cuando se extendía, en una exhortación privada, sobre el destino de los réprobos, parecía como si sus ojos atravesaran las tormentas de la vida presente hasta llegar a los terrores de la eternidad. A muchos jóvenes que acudían a él para preparar la comunión anual por Pascua les afectaban en gran manera sus palabras. El reverendo Soulis tenía por costumbre predicar un sermón sobre el versículo octavo del capítulo cinco en la primera epístola de Pedro, “El demonio como león rugiente”, el primer domingo después del diecisiete de agosto todos los años, y solía superarse a sí mismo con ese texto tanto por la naturaleza misma de lo que comentaba como por el terror que inspiraba su comportamiento en el púlpito. Los niños tenían paroxismos de miedo y los ancianos se volvían más sentenciosos que de costumbre, y no cesaban de hacer, durante todo el día, aquellas advertencias que Hamlet menospreciara. La misma rectoría, situada junto a las aguas del Dule entre algunos árboles frondosos, con el imponente Shaw por un lado y con numerosos oteros, que se alzaban fríos y desolados hacia el cielo por el otro, había empezado, ya en los primeros años del ministerio del reverendo Soulis, a ser evitada durante las horas del crepúsculo por todos aquellos que se consideraban personas prudentes; y los hombres de bien que se reunían en la taberna de la aldea movían la cabeza con aprensión ante la idea de pasar tarde por aquel lugar tan peligroso.


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15 págs. / 26 minutos / 329 visitas.

Publicado el 27 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

Menaechmi

Plauto


Teatro, comedia


Personajes

CEPILLO, parásito.
MENECMO I, joven.
MENECMO II (Sosicles), joven. EROTIO, cortesana.
CILINDRO, cocinero.
MESENIÓN, esclavo de Menecmo II.
UNA ESCLAVA.
LA MUJER DE MENECMO I.
UN VIEJO, padre de la mujer de Menecmo I.
UN MÉDICO.

La acción transcurre en Epidamno

Argumento

Un mercader siciliano que tenía dos hijos gemelos muere tras desaparecerle uno de ellos. El abuelo paterno le pone el nombre del niño desaparecido al otro, llamándole también Menecmo en lugar de Sosicles. Ya de mayor, emprende éste un viaje por todos los países en busca de su hermano. Al fin llega a Epidamno, donde se ha criado el gemelo desaparecido. La gente toma allí al forastero por su hermano Menecmo, y como a tal le tratan, como si fuera él, una cortesana, la mujer, el suegro… Hasta que, al final, se reconocen ambos hermanos.

Prólogo

¡Salud y prosperidad, distinguido público, por primera providencia, tanto para mí como para vosotros! Os traigo hoy un Plauto, pero no en la mano, sino en la lengua, con el ruego de que le prestéis oídos benignos. Ahora prestad atención, que os voy a dar el argumento; lo expondré con la mayor brevedad posible. Una advertencia: los poetas cómicos tienen la costumbre de decir siempre que la acción transcurre en Atenas, para que el público tenga la impresión de que es más griega la cosa. Yo no lo diré más que cuando ponga que realmente ha sido allí. Y si bien se va a mirar, la historia esta es greguizante pero no atiquizante sino sicilianizante


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48 págs. / 1 hora, 24 minutos / 326 visitas.

Publicado el 14 de marzo de 2018 por Edu Robsy.

La Cabaña del Tío Tom

Harriet Beecher Stowe


Novela


CAPÍTULO PRIMERO. EN EL QUE SE PRESENTA AL LECTOR A UN HOMBRE HUMANITARIO

A mediados de una fría tarde de febrero, dos hombres estaban sentados solos con una copa de vino delante en un comedor bien amueblado de la ciudad de P. de Kentucky. No había criados, y los caballeros estaban muy juntos y parecían estar hablando muy serios de algún tema. Por comodidad, los hemos llamado hasta ahora dos caba­lleros. Sin embargo, al observar de forma crítica a uno de ellos, no parecía ceñirse muy bien a esa categoría. Era bajo y fornido, con facciones bastas y vulgares, y el aspecto fanfa­rrón de un hombre de baja calaña que quiere trepar la escala social. Vestía llamativamente un chaleco multicolor, un pa­ñuelo azul con lunares amarillos anudado alegremente al cuello con un gran lazo, muy acorde con su aspecto general. Las manos eran grandes y rudas y cubiertas de anillos; lleva­ba una gruesa cadena de reloj repleta de enormes sellos de gran variedad de colores, que solía hacer tintinear con paten­te satisfacción en el calor de la conversación. Ésta estaba to­talmente exenta de las limitaciones de la Gramática de Mu­rray, y salpicada regularmente con diversas expresiones pro­fanas, que ni siquiera el deseo de dar una versión gráfica de la conversación nos hará transcribir.

Su compañero, el señor Shelby, sí parecía un caballero; y la organización y el aparente gobierno de la casa indicaban una posición cómoda si no opulenta. Como hemos apunta­do, estaban los dos inmersos en una seria conversación.

—Así dispondría yo el asunto —dijo el señor Shelby.

—No puedo hacer negocios de esa forma, de verdad que no, señor Shelby —dijo el otro, alzando su copa entre él y la luz.

—Pues el caso es, Haley, que Tom es un muchacho poco común; desde luego que vale ese precio en cualquier parte, pues es formal, honrado, eficiente y me lleva la granja como la seda.


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586 págs. / 17 horas, 5 minutos / 314 visitas.

Publicado el 16 de junio de 2016 por Edu Robsy.

El Incidente del Puente del Búho

Ambrose Bierce


Cuento


I

Desde un puente ferroviario, al norte de Alabama, un hombre contemplaba el rápido discurrir del agua seis metros más abajo. Tenía las manos detrás de la espalda, las muñecas sujetas con una soga; otra soga, colgada al cuello y atada a un grueso tirante por encima de su cabeza, pendía hasta la altura de sus rodillas. Algunas tablas flojas colocadas sobre los durmientes de los rieles le prestaban un punto de apoyo a él y a sus verdugos, dos soldados rasos del ejército federal bajo las órdenes de un sargento que, en la vida civil, debió de haber sido agente de la ley. No lejos de ellos, en el mismo entarimado improvisado, estaba un oficial del ejército con las divisas de su graduación; era un capitán. En cada lado un vigía presentaba armas, con el cañón del fusil por delante del hombro izquierdo y la culata apoyada en el antebrazo cruzado transversalmente sobre el pecho, postura forzada que obliga al cuerpo a permanecer erguido. A estos dos hombres no les interesaba lo que sucedía en medio del puente. Se limitaban a bloquear los lados del entarimado. Delante de uno de los vigías no había nada; la vía del tren penetraba en un bosque un centenar de metros y, dibujando una curvatura, desaparecía. No muy lejos de allí, sin duda, había una posición de vanguardia. En la otra orilla, un campo abierto ascendía con una ligera pendiente hasta una empalizada de troncos verticales con aberturas para los fusiles y un solo ventanuco por el cual salía la boca de un cañón de bronce que dominaba el puente. Entre el puente y el fortín estaban situados los espectadores: una compañía de infantería, en posición de descanso, es decir, con la culata de los fusiles en el suelo, el cañón inclinado levemente hacia atrás contra el hombro derecho, las manos cruzadas encima de la caja.


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11 págs. / 19 minutos / 307 visitas.

Publicado el 26 de julio de 2016 por Edu Robsy.

El Mundo Perdido

Arthur Conan Doyle


Novela


He forjado mi simple plan
si doy una hora de alegría
al muchacho que es a medias un hombre
o al hombre que es un muchacho a medias.

Advertencia

E. D. Malone desea aclarar que tanto el mandato de prohibi­ción como la acción por calumnias han sido revocados sin reservas por el profesor G. E. Challenger, que, habiendo quedado satisfecho al constatar que ninguna crítica o co­mentario de este libro contiene ánimo de ofensa, ha garanti­zado que no pondrá ningún obstáculo a su publicación y cir­culación. E. D. Malone desea también expresar su gratitud a Patrick L. Forbes, de Rosslyn Hill, Hampstead, por la destre­za y simpatía con que ha preparado los dibujos que trajimos de Sudamérica, y también a W Ransford, de Elm Row, Hampstead, por su valiosa ayuda de experto en lo referente a las fotografías.

1. Los heroísmos nos rodean por todas partes

Su padre, el señor Hungerton, era verdaderamente la per­sona menos dotada de tacto que pudiese hallarse en el mun­do; una especie de cacatúa pomposa y desaliñada, de exce­lente carácter pero absolutamente encerrado en su propio y estúpido yo. Si algo podía haberme alejado de Gladys, era el imaginar un suegro como aquél. Estoy convencido de que creía, de todo corazón, que mis tres visitas semanales a Los Nogales se debían al placer que yo hallaba en su compañía y, muy especialmente, al deseo de escuchar sus opiniones so­bre el bimetalismo, materia en la que iba camino de conver­tirse en una autoridad.

Durante una hora o más tuve que oír aquella noche su monótono parloteo acerca de cómo la moneda sin respaldo disipa la seguridad del ahorro, sobre el valor simbólico de la plata, la devaluación de la rupia y los verdaderos patrones de cambio.


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257 págs. / 7 horas, 30 minutos / 303 visitas.

Publicado el 19 de junio de 2016 por Edu Robsy.

Valerio: el Romano Reanimado

Mary Shelley


Cuento


Alrededor de las once de la mañana, en el mes de septiembre, dos extraños desembarcaron en la pequeña bahía formada por el punto extremo del cabo Miseno y el promontorio de Bauli. El cielo era de un intenso y sereno azul, y el mar reflejaba su profundidad con una tonalidad más oscura. A través de las claras aguas se veían las algas de diversos y hermosos colores que crecían entre los restos de los palacios de los romanos ahora sumergidos bajo las aguas. El sol brillaba con fuerza, provocando un calor intolerable. Al desembarcar, los extraños fueron de inmediato en busca de un lugar a la sombra donde pudieran refrescarse y permanecer hasta que el sol comenzara su descenso hacia el horizonte. Se dirigieron hacia los campos elíseos y, caminando entre los álamos y las moreras festoneadas con las vides que colgaban en ricos y maduros racimos, se sentaron a la sombra de las tumbas junto al Mare Morto.

Uno de los extraños era un inglés de buena posición social, como fácilmente se percibía por su noble porte y modales llenos de dignidad y libertad. Su compañero —no puedo compararlo con nada que ahora exista— tenía una apariencia que semejaba la de la estatua de Marco Aurelio en la plaza del Capitolio de Roma. Sosegadas e imponentes, sus facciones eran romanas. Salvo por su atuendo, se le habría considerado la estatua de un romano animada con vida. Lucía las ropas ahora corrientes en toda Europa; sin embargo, parecían inadecuadas para él e incluso como si no estuviera acostumbrado a ellas. Tan pronto como se hubieron sentado, empezó a hablar de esta manera:


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19 págs. / 34 minutos / 298 visitas.

Publicado el 26 de octubre de 2017 por Edu Robsy.

El Precursor

Gibran Kahlil Gibran


Cuento


El precursor

Tú eres el precursor de ti mismo, amigo mío, y las torres y ciudadelas erigidas en tu vida no son más que cimiento para la esencia soberbia que a su vez será cimiento para la otra.

Yo soy como tú, precursor de mí mismo, porque la sombra desplegada ante mí, a la salida del sol, eclipasará bajo mis pies al mediodía. Amanecerá nuevamente y otra sombra se bosquejará; también ésta se esfumará, otra vez, bajo mis pies, al otro día.

Somos desde el principio precursores de nosotros mismos, y así seremos hasta la eternidad. Todo lo que acumulamos en nuestra vida no es más que una semilla que preparamos para un erial. Somos el erial y los sembradores; somos la fruta y los cosechadores.

Cuando eras, amigo mío, un pensamiento perdido en la tiniebla, yo era, como tú, otro pensamiento extraviado. Te llamé y acudiste a mi llamado. De nuestros afanes nacieron los sueños. Los sueños eran tiempo sin cadena, y los tiempos fueron espacio sin fin.

Eras una palabra muda entre los temblorosos labios de la vida; también era yo, como tú, otra palabra muda, y no bien nos pronunció la vida cuando asomamos al mundo con cora zones vibrantes por el recuerdo del pasado y con el afán para el mañana. Y el pasado no es más que la muerte expulsada; y el mañana es el nacimiento buscado.

Ahora estamos en manos de Dios. Tú eres un sol radiante en su derecha y yo una tierra iluminada en su izquierda. Tu po­der en la iluminación no es superior al mío en reflejar tu luz.

Y nosotros no somos el sol ni la tierra sino el comienzo de un sol más grande y de una tierra más gigantesca. Así seremos hasta el fin de los siglos.

Tú eres el predecesor de ti mismo, ¡oh, extraño!, tú, que franqueas el umbral de mi jardín; yo soy, como tú, precursor de mí mismo, no obstante vivir bajo la sombra de mis árboles, reposado y tranquilo.


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17 págs. / 30 minutos / 268 visitas.

Publicado el 20 de diciembre de 2017 por Edu Robsy.

El Ahijado

León Tolstói


Cuento


I

Un pobre mujik tuvo un hijo. Se alegró mucho y fue a casa de un vecino suyo a pedirle que apadrinase al niño. Pero aquél se negó: no quería ser padrino de un niño pobre. El mujik fue a ver a otro vecino, que también se negó. El pobre campesino recorrió toda la aldea en busca de un padrino, pero nadie accedía a su petición. Entonces se dirigió a otra aldea. Allí se encontró con un transeúnte, que se detuvo y le preguntó:

—¿Adónde vas, mujik?

—El Señor me ha enviado un hijo para que cuide de él mientras soy joven, para consuelo de mi vejez y para que rece por mi alma cuando me haya muerto. Pero como soy pobre nadie de mi aldea quiere apadrinarlo, por eso voy a otro lugar en busca de un padrino.

El transeúnte le dijo:

—Yo seré el padrino de tu hijo.

El mujik se alegró mucho, dio las gracias al transeúnte y preguntó:

—¿Y quién será la madrina?

—La hija del comerciante —contestó el transeúnte—. Vete a la ciudad; en la plaza verás una tienda en una casa de piedra. Entra en esta casa y ruégale al comerciante que su hija sea la madrina de tu niño.

El campesino vaciló.

—¿Cómo podría dirigirme a este acaudalado comerciante? Me despediría.

—No te preocupes de eso. Haz lo que te digo. Mañana por la mañana iré a tu casa, estate preparado.

El campesino regresó a su casa; después se dirigió a la ciudad. El comerciante en persona le salió al encuentro.

—¿Qué deseas?

—Señor comerciante, Dios me ha enviado un hijo para que cuide de él mientras soy joven, para consuelo de mi vejez y para que rece por mi alma cuando me muera. Haz el favor de permitirle a tu hija que sea la madrina.

—¿Cuándo será el bautizo?

—Mañana por la mañana.

—Pues bien, vete con Dios. Mi hija irá mañana a la hora de la misa.


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14 págs. / 25 minutos / 267 visitas.

Publicado el 24 de junio de 2016 por Edu Robsy.

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