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Querido Marco Sedacio, si como decía el poeta Filóxeno, de las
carnes las más sabrosas son las que no son carnes, y de los peces los
que no son peces, dejemos que lo demuestren aquellos de los que Catón
decía que tenían el paladar más sensible que el corazón. Porque de las
cosas que se dicen en la filosofía está claro para nosotros que, con las
que no tienen aspecto filosófico, los jóvenes precisamente se complacen
más y se ofrecen a sí mismos obedientes y sumisos. En efecto, ellos no
sólo se entusiasman con placer cuando leen las fábulas de Esopo y las
sentencias poéticas y el Ábaris de Heráclides y el Licón
de Aristón, sino también cuando leen las doctrinas sobre las almas, si
están mezcladas con mitología. Por ello, conviene vigilar cuidadosamente
que ellos sean comedidos no sólo en los placeres de la comida y de la
bebida, sino, aún más, que se acostumbren a serlo en las audiciones y
lecturas, como usan con moderación de un companage que agrada, y tomen
de ellas lo útil y saludable, pues ni las puertas cerradas guardan a una
ciudad de su conquista, si por una de ellas se deja entrar a los
enemigos, ni la continencia en los demás placeres salva al joven, si se
entrega, sin darse cuenta, al que viene de la audición.
Pero cuanto más se apegue este placer al hombre que es dado por
naturaleza a sentir y razonar, tanto más daña y destruye, si es
descuidado, a aquel que lo acepta. Por tanto, ya que no es, quizá,
posible ni provechoso apartar de la poesía a un joven de la edad que
tienen ahora mi Soclaro y tu Cleandro, debemos vigilarlos muy bien,
porque están más necesitados de dirección en las lecturas que en las
calles.
Información texto 'Cómo Debe el Joven Escuchar la Poesía'