Textos | pág. 193

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El Libro

Leónidas Andréiev


Cuento


I

El doctor apoyó el tubo del auscultador en el pecho del enfermo, y prestó oído: el corazón, desmesuradamente agrandado, latía sin regularidad, producía unos ruidos como sollozos. Aquello anunciaba una muerte segura y muy próxima. El doctor comprendió que el enfermo estaba perdido.

—Debe usted evitar toda agitación. Seguramente, usted se dedica a un trabajo muy fatigoso.

—Soy escritor—respondió el enfermo con una débil sonrisa—. Diga usted, ¿es grave?

El doctor se encogió de hombros e hizo un gesto evasivo.

—Es grave, como lo son todas las enfermedades, pero... quince o veinte años sí podrá usted tirar. ¿Le bastará?—bromeó.

Y, respetuoso con las letras, ayudó al enfermo a ponerse la camisa.

Cuando el escritor se hubo vestido, su rostro se azuló levemente, y no se sabía, al mirarle, si era joven o viejo. Su boca seguía sonriendo de un modo afectuoso y desconfiado.

—¡Gracias por la buena voluntad!—dijo.

Apartando, con aire confuso, los ojos del doctor, empezó a buscar un sitio donde dejar el importe de la consulta. Lo encontró, por fin, y colocó un viejo billete verde sobre la mesa de despacho, entre el tintero y el tonelito de cristal de los portaplumas.

—Creo que ya no se fabrican esos billetes de tres rublos—pensó el doctor.

A los pocos minutos auscultaba a otro enfermo.

El escritor iba por la calle, bajo la clara lumbre del sol, pensando en las palabras del médico. Lo que había dicho de que viviría aún quince o veinte años era sospechoso. Si hubiera hablado de cinco años, bueno; pero quince o veinte... Sin duda, iba a morirse pronto.

Un miedo terrible se apoderó de él; pero el sol brillaba tan ardientemente como en la juventud del mundo; su luz parecía reír, y el escritor se calmó poco a poco.


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Dominio público
4 págs. / 7 minutos / 55 visitas.

Publicado el 20 de noviembre de 2021 por Edu Robsy.

La Llamada

Leónidas Andréiev


Cuento


Fatigado por las angustias del día, me había dormido vestido sobre la cama. Mi mujer me despertó. Llevaba en la mano una bujía, cuya lucecita vacilante, en medio de la noche, se me antojó clara como el sol. El rostro de mi mujer estaba pálido. Sus ojos enormes, que me parecían entonces extraños, como si los viese por primera vez, brillaban con un fulgor siniestro.

—¿No sabes?—dijo—. Están levantando barricadas en nuestra calle.

En torno reinaba el silencio. Nos miramos uno a otro, y sentí que mi rostro se iba poniendo pálido. Hubo un momento en que la vida pareció extinguirse; pero no tardó en volver, manifestándose en los fuertes latidos del corazón.

En torno reinaba el silencio. La llama de la bujía vacilaba, exigua, ligera, pero hiriente como una espada.

—¿Tienes miedo?—pregunté.

Su barbilla temblaba ligeramente; pero sus ojos permanecieron inmóviles, mirándome sin pestañear. Sólo entonces me percaté de que eran unos ojos terribles, completamente desconocidos para mí. Yo los había mirado durante diez años y creía conocerlos mejor que los míos; pero en aquel instante había en ellos algo nuevo que yo no acertaba a definir. ¿Era orgullo? No; era una expresión extraordinaria.

Le cogí la mano, que estaba fría. Me respondió con un fuerte apretón, en el que había también algo nuevo, desconocido hasta entonces para mí. Nunca me había estrechado de aquella manera la mano.

—¿Hace mucho tiempo?—le pregunté.

—Cosa de una hora. Mi hermano ya se ha ido. Sin duda, temiendo que tú no se lo permitieses, lo ha hecho con sigilo. Pero yo lo he visto.

¡Era, pues, verdad! ¡Aquello había llegado!

Me levanté y me lavé despaciosamente, como lo hacía siempre por la mañana, después de una noche entera de sueño. Mi mujer me alumbraba con la bujía. Luego la apagamos y nos asomamos a la ventana, que daba a la calle.


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Dominio público
6 págs. / 10 minutos / 91 visitas.

Publicado el 20 de noviembre de 2021 por Edu Robsy.

Juventud

Leónidas Andréiev


Cuento


El alumno de último año Chariguin le había dado una bofetada a su compañero Avramov. En la creencia de que le asistía un perfecto derecho para hacer aquello, estaba contento y hasta orgulloso.

Avramov, que había recibido la bofetada, estaba desesperado; pero suavizaba su desesperación el pensamiento de que había, como muchos otros, padecido por la causa de la verdad.

He aquí cómo ocurrió el incidente. A la entrada del aula estaba colgado, dentro de un marco negro, el horario de las clases. Aunque estaba allí desde que empezó el curso, no se fijaba nadie en él. Pero la víspera del incidente, el bedel conocido por el sobrenombre de Arenque observó que el horario había desaparecido. Se trataba seguramente de una travesura infantil.

Y los alumnos serios que tenían ya bigote y opiniones políticas acogieron la noticia con una sonrisa indulgente, como acostumbraban a acoger las toninadas de su compañero Okunkov, que atravesaba el aula cabeza abajo, sosteniéndose sobre las manos. Aunque se consideraban hombres graves, ninguno de ellos estaba seguro de que no sentiría momentos después la necesidad imperiosa de repetir el truco gimnástico.

El bedel Arenque estaba muy inquieto por la desaparición del horario, y, viéndole así, los alumnos reían y se burlaban de él bondadosamente. El horario desaparecido fué substituído por otro, que al día siguiente desapareció también. La cosa empezaba a ser enojosa. Cuando Arenque, lleno de cólera, señaló con ademán trágico al marco vacío, los estudiantes lo tomaron ya más en serio y le dijeron que el horario, según todas las probabilidades, debía de haber sido robado por los granujillas de primer año.


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Dominio público
13 págs. / 23 minutos / 58 visitas.

Publicado el 20 de noviembre de 2021 por Edu Robsy.

Así Fue...

Leónidas Andréiev


Cuento


I

En la plaza se alzaba una enorme torre negra con gruesos muros de fortaleza y raras ventanas. Había sido construida por caballeros-bandidos; pero el tiempo habíales hecho desaparecer, y a la sazón servía, en parte de prisión para criminales peligrosos, y en parte, de vivienda. En el transcurso de los siglos se habían ido añadiendo a la torre nuevos edificios, que se apoyaban contra el grueso muro ó unos contra otros. Y poco a poco, la torre se había convertido en una pequeña ciudad, asentada sobre una roca, con todo un bosque regular de chimeneas, de torrecillas y de tejados.

Cuando la parte oeste del cielo se iluminaba con los rayos del sol poniente, y brillaban luces en las ventanas, ora arriba, ora abajo, la enorme masa de la torre adquiría contornos fantásticos; dijérase que a sus plantas no se extendía un suelo ordinario, sino el mar, el océano infinito. En tales momentos se pensaba, involuntariamente, en las edades remotas, hacía tanto tiempo muertas y olvidadas.

En lo alto de la torre había un viejo reloj de enorme tamaño, visible de muy lejos. Su mecanismo complicado ocupaba un piso entero. Le cuidaba un buen anciano tuerto, lo cual le permitía mejor mirar con la lupa. Como sólo tenía un ojo, habíase hecho relojero, y, antes de que se le confiase el gran reloj, había arreglado no pocos pequeños. Junto al enorme reloj se hallaba muy a gusto y visitaba con frecuencia, de día y de noche, la habitación donde giraban las ruedas de la máquina y cortaba el aire, con amplio y acompasado balanceo, el péndulo.

Al llegar al punto más alto, el péndulo decía:

—Así fué.

Luego caía, subía de nuevo, pero en sentido opuesto, y añadía:

—Así será. Así fué, así será. Así fué, así será.


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Dominio público
32 págs. / 56 minutos / 71 visitas.

Publicado el 20 de noviembre de 2021 por Edu Robsy.

El Derecho al Amor

José de la Cuadra


Cuento


I

Igual que se corre el borrador sobre una pizarra escrita, Enrique Loy pasóse la mano por la frente, con un vago ánimo de alejar, con este movimiento, la idea fija que jamás lo abandonaba... Era la quinta o sexta vez en el transcurso de ese día, que rememoraba aquel episodio doloroso de su vida, cuyo recuerdo era tenaz como un tornillo que quiere penetrar.

—¡Ea, vamos; hay que distraerse! —se dijo—.

Ambulaba por una de aquellas rúas comerciales en las que parece que fuera más de prisa el agua corriente del humano vivir. Delante de él marchaba una señora basta y gorda, viuda a todas las trazas, que conducía de la mano a una niñita como de diez años.

Enrique Loy sonrió a la chiquilla.

—Ella es bonita y pequeña: una chalupita —pensó—; en cambio, la madre es una inmensa barca velera.

Le agradó ésta que consideraba ingeniosa observación, y rió con su risa ancha y sanota de muchacho ingenuo un poco baseballista, y un poco sentimental.

—¡Eso es! Una fragata a la que va acoderada una lanchita. Justamente, una navegación en conserva.

Y se le ocurrió que acaso podría hacer él —crucero de batalla— como en alta mar, un abordaje.

Tornó a reír, ahora escandalosamente; tanto que algún transeúnte volvióse a mirarlo, quizás creyéndolo escapado de la casa de orates.

Momentáneamente resurgió en él el bachiller que obtuvo título en colegio de jesuítas...

—La más cruda visión de la pornografía que caracteriza a las manifestaciones de la moda actual, la dan las niñitas —sentenció—. Y, en conexión con esto, como dicen los periodistas, yo, de ser gobernante, entre las publicaciones cuya importación prohibiría, estarían, además de Gamiani y otras de la laya, La mode a demain y Pictorial Review.


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Dominio público
20 págs. / 35 minutos / 205 visitas.

Publicado el 9 de noviembre de 2021 por Edu Robsy.

La Pesca Bajo el Sol

Arturo Ambrogi


Cuento


En medio del río, el pescador, desnudo como un Discóbolo, arroja la atarraya. La atarraya se eleva por sobre la cabeza del pescador, se despliega totalmente y cae sobre la linfa espejeante, sutil y resplandeciente al sol del medio día, como una desmesurada tela de araña.

Se ve, claramente, cómo se despliega y cómo cae la atarraya sobre la tersa superficie del agua. Y cómo en seguida se sumerge, cómo se encoge, cómo se borra la trama complicada de sus hilos, hasta desaparecer en el fondo, dejando apenas rastro de su paso en una serie de círculos concéntricos que se dilatan y se extienden hasta disolverse. El agua vuelve entonces a cobrar su tersura de moaré.

El pescador espera. Tranquilo, ligeramente resguardado por las anchas faldas de su charra de hiladillo (amarillenta por el efecto de los constantes aguaceros) podría estarse allí clavado por una eternidad, esperando el resultado, en esa misma actitud, inmutable como una deidad indígena de río.


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Dominio público
3 págs. / 5 minutos / 179 visitas.

Publicado el 9 de noviembre de 2021 por Edu Robsy.

Mediodía

Arturo Ambrogi


Cuento


A la manera de opulento palio desenvuelve el cielo, por sobre el paisaje, la magnificencia de su seda. El sol, radiante e impetuoso, que anega los ámbitos todos del espacio, le da más esplendor todavía, y quiebra su tersa superficie en mil joyantes reflejos...

En el horizonte, las montañas se sumerjen en un fluido cristalino, y recortan, uno a uno, sus contornos, precisando hasta los detalles más nimios de sus laderas con la nitidez y minucia de un grabado holandés.


* * *


(Flota el sopor, como una densa embriaguez. Y el sueño vence a la Naturaleza, sumiéndola en un letargo de plomo.)


* * *


Una ringla de deshojados chilamates, empolva sus esqueletos al borde de la carretera. Sus rugosos troncos sirven de poste al alambrado de los potreros, en que la bueyada se apacenta.

En uno de esos chilamates, enrollada en viscoso tirabuzón a una de sus ramas, dormita una culebra. El color negruzco de su piel resalta del fondo calinoso de la corteza del árbol. Y en el esplendor de luz zodiacal, la chata cabecita brilla como un ónix tallado, y el punzón de su cola, afilado y sutil, destella como la faceta de un diamante. Cerca del chilamate, se eleva un carao. Es un carao gigantesco. En las ramas más altas de ese carao, diez o doce zopilotes congregados, dormitan también su siesta. Y la mancha negra de sus plumajes, como pastosos brochazos de tinta china, entenebrece la magnificencia del rincón de cielo que les sirve de fondo.


* * *


(Está en suspenso el ruido, en un gran paréntesis de espera).


* * *


Es la época de las quemas. Y el humo que de ellas se escapa, flota un instante, y luego se diluye en el ambiente argelino.


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3 págs. / 5 minutos / 109 visitas.

Publicado el 9 de noviembre de 2021 por Edu Robsy.

La Quebrada

Arturo Ambrogi


Cuento


De entre un montón de piedras guateadas por el musgo, de entre los helechos, que se desarrollan como árboles en la húmeda penumbra, nace la quebrada.

Gota a gota fluye el agua: gota a gota, gota a gota se desliza sobre el musgo, como despenicada sarta de cuentas de vidrio, y rodando hasta el borde de la última de las piedras amontonadas, vacila un tanto, tiembla, brilla como un diamante, y al fin se desprende, y se aplasta.

Y ese goterío que cae, incesante, con matemática precisión, va formando entre los guijos roídos por la humedad y entre la grama mullida, un exiguo charco cristalino.

Húmeda sombra le cobija. Tramazón intrincada de ramas, forma cúpula impenetrable a aquel rincón arcadiano. Ningún rayo de sol se abrevó jamás en su escondida frescura. La nitidez, la tersura de su linfa, jamás se vio turbada; su tranquilidad, nunca, nunca, se alteró. Cuando más, el agua del charco se arruga, momentáneamente, a la caída silenciosa de alguna hoja dorada; o se siente rayada por las patas de una aguja del Diablo, o de un quiebrapalitos. Otras veces se anima, reproduciendo en frágiles temblequeos, el reflejo fugaz de las hojas.

Los berros crecen en sus orillas, a la sombra protectora de las anchas hojas de quequeisque, nervudas y membranosas, y entre sus tallos delicados y transparentes, rezuma la espuma de sapo.


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1 pág. / 2 minutos / 144 visitas.

Publicado el 9 de noviembre de 2021 por Edu Robsy.

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