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La Muerte del Copinol

Arturo Ambrogi


Cuento


Los golpes de las hachas resonaban por todos los ámbitos de la montaña. Resonaban, estridentes, engrandecidos por el eco. Las hachas mordían el tronco del viejo copinol, cuya enroñecida corteza saltaba en fragmentos a los rudos golpes de los hachadores.

El viejo copinol iba a caer. Por momentos crujía su ramazón, como la arboladura de un navío en medio del vendabal.

─¡Jalá ese lazo un poquito!

El árbol aparecía, prisionero entre una red de cuerdas tendidas en todas direcciones, como entre una desmesurada tela de araña.

─Más juerte. ¡Tilintiá de ese lado!

Se oía el fuerte jadeo de los que tiraban de las cuerdas, mientras las hachas seguían cayendo, cayendo intermitentes, sobre el tronco.

La vida del viejo copinol tocaba a su fin.

¿Quién hubiera dicho al árbol centenario el fin que le esperaba?

Tantos años fijo ahí, todo cubierto por la sarna del tiempo, vacío de nidos, abrigador de iguanas y garrobos, devorado por las parásitas, pero siempre recto, siempre fuerte, siempre imponente. Parecía destinado a vivir una eternidad; a esperar así, el fin del mundo.

Y ahora iba a caer, como todos. La montaña entera parecía sobrecogida de dolor y de espanto. Uno de los patriarcas moría despedazado. Y hasta los pájaros, que en vida huían de él, y de él se burlaban, ahora enmudecían de tristeza. Los golpes de las hachas, alternándose, repercutían en el corazón de la montaña. Los hacheros, desnudos de la cintura para arriba, estaban empapados en sudor. Sus velludos pechos bronceados, palpitaban como fuelles. Y bajo la piel de sus brazos vigorosos, los músculos en tensión se acusaban como cables.


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Publicado el 8 de noviembre de 2021 por Edu Robsy.

La Siesta

Arturo Ambrogi


Cuento


El cielo, de un azul de cobalto, intensísimo, resplandece a la hora meridiana. Ni la silueta de la más pequeña nube diséñase en la luminosa hondura de la atmósfera. Sin una arruga, sin un ligero pliegue, sin la menor empañadura, el cielo canicular se extiende limpio y radioso, como el metal repujado en el fondo de un formidable escudo.

El sol, es como una rodela de hierro candente, clavada en el cenit. Crepita. Quema y ofusca. Bajo sus rayos, que caen perpendicularmente y corroen la tierra amodorrada y reseca por la dilatada sequía, los follajes despiden lustres de reciente barnizaje.

Se siente la vida que germina, la vida que palpita, vehemente, bajo el bochorno, en esa tierra desflorada por el arado. En los surcos paralelos, la simiente va surgiendo en tiernos verdores que aterciopelan suntuosamente las planitudes infinitas de las llanuras, o las curvas gallardas de los altozanos y de los collados.

El aire que sopla es sofocante como el hálito de una fragua.

─"Lloverá ─dice el mocerío que almuerza ene el corredor de la casa, de cuclillas, formando rueda a los rimeros de tortillas y a las tiznadas sartenes en los que los frijoles sobrenadan en un caldo bituminoso. ─"Lloverá... por la calor, patroncito".

Puede que sea así.

Estas buenas gentes tienen una gran experiencia. En estas rudimentarias cuestiones meteorológicas casi nunca se equivocan. Llevan, encasillado en el cerebro, su calendario, más perfecto y certero que el el Bristol afamado y popular de las boticas.

Y yo pienso que, en efecto, el celeste riego vendría como de perlas.


* * *


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Publicado el 8 de noviembre de 2021 por Edu Robsy.

En el Destierro

Miguel de Unamuno


Artículos, Crónica


I. Fuerteventura. Divagaciones de un confinado

(1924)

Los Reinos de Fuerteventura

Esta infortunada isla de Fuerteventura, donde entre la apacible calma del cielo y del mar escribimos este comentario a la vida que pasa y a la que se queda, mide en lo más largo, de punta Norte a punta Sur, cien kilómetros, y en lo más ancho, veinticinco. En su extremo Suroeste forma una península casi deshabitada, por donde vagan, entre soledades desnudas y desnudeces solitarias de la mísera tierra, algunos pastores. A esta península se le conoce por el nombre de Jandía o de la Pared. La pared o, mejor, muralla, que dió nombre a la península de Jandía, y de la que aun se conservan trechos, fué una muralla, construida por los guanches para se parar los dos reinos en que la isla Majorata, la de los majoreros, o sea Fuerteventura, estaba dividida, y para impedir las incursiones de uno en otro reino. Y he aquí cómo este pedazo de Africa sahárica, lanzado en el Atlántico, se permitía tener una península y una muralla como la de China en cuanto al sentido histórico. Porque aquí hubo historia en lo que se llama los tiempos prehistóricos de la isla, lo que quiere decir que aquí hubo guerra civil, guerra intestina, entre los guanches que la habitaban. Sin duda, porque el aislamiento les impedía tener guerra con los de fuera.


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Publicado el 7 de noviembre de 2021 por Edu Robsy.

Una Comedia Nueva

Francisco Acebal


Cuento


A Mari-Alba


Te escribo, cordial amiga mía, para remitirte esas cuatro cartas que encontré... no importa en donde. Verás en ellas un episodio vulgar, y sin embargo, yo las hé leido una vez y otra vez aguijado por incitante reconcomio; no sé lo que hay en ellas que me sujestionan y me atraen. ¿Serán tranquilas en el fondo, como parecen mansas en la superficie? ¿Tendrán solo ese tibio perfume de misterio, que todo paquetito de cartas exhala? ¿Está el interés en ellas ó soy yo quien se lo presta?...

Tu las verás amiga y acaso aciertes á descifrarlas; este verano, en mis vacaciones, en nuestros paseos, hablaremos de ellas. Adiós amiga mía; esas cartas tratan de una comedia nueva y me parece que velan un drama viejo.

Adios, adios. Leelas; ya hablaremos, ya hablaremos.


De Pablo á José Ramón.


Amigo: me considero vencido aunque no fuí derrotado. Me aplaudieron, salí tres ó cuatro veces: pero esto, tu lo sabes, es tan poco para lo que yo anhelaba. Quisiera, si, quisiera, que me hubiesen silbado; triunfar ó caer, nunca esas medias tintas, ese aplaudir entre esquivo y complaciente.

¡En mi comedia nueva puse tanto de mi alma! Su pensamiento me parecía, aun me parece hondo y humano; lo desarrollé sin percatarme de gustos modernos ó de efectos teatrales; quise probar si un argumento nuevo, domeñaba al público enfermo, quise renovar con aire sano, el ambiente deletereo de melindres amatorios y de croticas escenas, presentar el cuadro de una familia ahita de bienestar material, que relaja en la holganza sus costumbres severas; de repente el garrotillo mata á Nenina, la nenina de la casa, y el dolor lacera los corazones, pero levanta las conciencias.

A tí, que conoces la génesis de mi comedia nueva, te escribo estas líneas doloridas, cuando ya me alumbra el alba, al morir una noche, en la que ví derrocarse, mis ínfulas doradas de innovador dramático.


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Publicado el 7 de noviembre de 2021 por Edu Robsy.

Río Negro

Francisco Acebal


Cuento


Bajo la campana del hogar, chisporroteaba un montón de sarmientos y sus llamas, iluminaban el semicírculo de cazadores que fatigados del monteo, arrecidos por el cierzo, entretenían la noche invernal, con narraciones de sus aventuras.

Llegó mi turno y dije:—Amigos: hay en vuestros relatos leyendas dramáticas, episodios sangrientos y hay escenas de amor; fieras heridas á bala y zagalillas heridas á flecha; mi cuento es el cuento del cazador perdido que halla dos viejecitas en lo más denso del bosque.

Caía la tarde, una hermosa pieza marchaba engalgada; yo corría, corría, pisando chaparros y tojos. La pieza se encava, aullan los perros, y malgasto en la rebusca las últimas luces del día.

Por el bosque tenebroso intento en vano hallar la senda, seguido de los lebreles que jadean. El viento agita el ramaje haciéndole balbucir quejas rumorosas; la soledad de la noche me rodea, pero veo una luz que fulgura entre el espeso arbolado y hacia ella me encamino.

Es de una casucha rústica; toco la bocina y dos viejecitas, con candiles encendidos salen á mi encuentro.

Flacas de cuerpo, acecinadas de rostro, lucen majestad de noble estirpe, rastros de una juventud hermosa. Con dulce voz me invitan á seguirlas, sus luces me guían tras la selva y me conducen al tendajo, que les sirve de morada miserable.

Allí pasé la noche ¡noche fantástica! llena de ensueños misteriosos, con pesadillas de magias y de encantamientos.

Apenas alboreaba el nuevo día, cuando salí, acompañado de las damas antañonas que ofrecieron enveredarme. En silencio marchamos largo espacio, hasta dar en una barranca, con el cauce de un río... amigos mios ¡un río negro!


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Publicado el 7 de noviembre de 2021 por Edu Robsy.

Vanidad de Vanidades

Francisco Acebal


Cuento


Los vaivenes de la moda decorativa, que en cada época impone á las moradas como á los hombres, distintos perjeños, avecindaron en un saloncito de los duques de Montiél, una Venus de mármol y una armadura de hierro. La escultura, copia fiel de Venus Capitolina, pretende encubrir su desnudez de niña casta, apenas adolescida, en la entibiada luz de un rincón, sobre los tonos marchitos de un tapíz flamenco; su cuerpo tiembla de pudor y sus manos encienden deseos de mirar lo que recatar intentan.

La armadura, esplende al pié de una chimenea tallada en roble. Caladas la visera y ventalla de la celada borgoñona, reluciente la coraza tranzada, de la que penden escarcelas de launas, forradas con terciopelo carmesí; enteros los quijotes y las grebas que rematan en los piés por alpartaces de mallas. Hermoso ejemplar, milanés por la elegancia de las líneas, nurembergo por lo varonil, y sobrío del adorno.

La vida monotona y tristona de aquel viejo palación, se alteró una noche con desusada batahola mundana que rebullía en salones, lejanos del gabinete en que estaba la armadura y la Capitolina.

El rumorcillo de fiesta, resonó tímido de estancia en estancia, llenando por un instante, salones siempre cerrados, desiertos, austeros.

Venus temblaba de verse envuelta en luz, expuesta á las miradas de un mundo frívolo, de gentecillas procaces.

—Vecina, vecina,—exclamó dirigiéndose á la armadura—vecina, por Dios, quite ese ceño tan hosco que me da miedo, humanícese un poco, rompa usted por unos instantes esa tiesura.

Y la armadura, con su continente rígido:

—¿Quién charla ahí?


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Publicado el 7 de noviembre de 2021 por Edu Robsy.

Dos Nubes

Francisco Acebal


Cuento


En florido rincón del cielo jugueteaba una legión de angelotes, vestidos con ondulantes gramallas recamadas de estrellas, altos, esbeltos, tierna la mirada, suave la expresión, casto el ademán; ángeles del místico pintor de Fiesole, que al sentir el aliento de la vida remontaron el vuelo en busca de su verdadera patria.

De repente, la bulliciosa angelada interrumpe el juego y acalla su greguería al ver que desde este bajo mundo dos nubecillas ascienden lentas por la inmensidad del firmamento. Conocían los ángeles esos nubarrones que abajo, en lo más hondo del espacio, se condensan, se aglomeran y se deshacen; pero nunca vieron á las nubes subir tan alto, remontar la región de las estrellas que á sus piés titilan, atravesar los espacios de la luz, entrometerse casi en las azules llanadas del cielo. Y aun no cejaban en su ascensión las osadas nubecillas; una, blanco vellón flotante, con bordes que el céfiro rizaba y la luz tornaba azulinos, subía con vaporosa ligereza; otra, negruzca, compacta, ascendía roncera, plomiza y remolona.

La blanca se apartaba con remilgo de su obscura compañera, como dama repulida esquiva el leve roce con la blusa de un obrero que por la calle cruza, y aun los ángeles con ser ángeles, fueron presurosos á hundir sus piececitos en la blancura de aquel copo que hasta ellos llegaba, dejando solitaria á la nube negra, temerosos de manchar sus nítidas vestiduras con los girones de aquel nubarrón opaco.

Pero aún no habían hollado los blancos celajes, cuando un ángel, adelantándose, exclamó:

—¿De dónde vienes, blanca nube?


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Publicado el 7 de noviembre de 2021 por Edu Robsy.

Gotas Amargas

Francisco Acebal


Cuento


La pantalla de la lámpara cernía la luz del foco eléctrico y el saloncito quedaba iluminado con claridad entre soñolienta y voluptuosa, combinada con maña para penumbra de parejitas arrulladoras y para luminar de una tertulia grave.

Entre la charla de los contertulios, sonó por azares de la conversación, el nombre de los Rubines, y allí fué el lanzar suspirillos y el balbucear elogios, flores de trapo que caen sobre el recuerdo de los muertos sin aroma y sin frescura. Hasta la jovenzuela que con el galán imberbe picoteaba en un rincón, ofrendó pétalos mustios á la memoria de los que fueron en vida concurrentes á la tertulia tristona, pero de un tufillo aristocrático que atraía y fascinaba.

¡Inolvidables Rubines! espejo de matrimonios, símbolo de la felicidad humana. Así lo expresaban sus rostros francotes y risueños con esa placidez de mirada y mímica pachorruda propia de seres ahitos de bienestar. Ni una nubecilla empañó jamás el cielo de su dicha; unidas sus almas en un mismo deseo, en dulce trato, consorcio íntimo que daba ejemplo á nuestra juventud desdeñosa del sétimo Sacramento.

Aquí llegaba el coro ensalzador del matrimonio Rubin, cuando la señora de la casa exclamó:

—¿Por qué se sonríe usted, D. Santiago? Usted siempre el mismo, nuestro gran burlón, nuestro ínclito pesimista.

—Ah, señora—contestó el aludido—soy la primera víctima de mí mismo, de este humor negro que me hace árida la vida; es muy triste esto que me ocurre; saborear la almendra amarga antes que el fruto sabroso.


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Publicado el 7 de noviembre de 2021 por Edu Robsy.

La Despedida de la Reina

Francisco Acebal


Cuento


I

Las calles de la ciudad estaban desiertas; el silencio y el misterio contrastaban con el habitual rebullir del pueblo rico y laborioso. Era un apagamiento lúgubre de la vida social, tétrica quietud que no infundía en el espíritu la paz serena y sosegada de las ciudades que duermen, sinó el terror de los vagos presagios y de las sordas amenazas.

En aquel ambiente ciudadano se respiraban miasmas de tempestad forjada con tesonuda lentitud en la sombra de los talleres, entre el fragor de las maquinarias, en los hornos de las forjas, en los antros de las minas, en los recintos negros caldeados por el vapor sudoroso de la humanidad que trabaja y labora el hierro y la piedra con gemidos del alma y crujir de huesos. En la atmósfera se respiraba penosamente el vaho caleaginoso precursor de conmociones que devastan como nubes de fuego formadas por el hervor de la industria, por la obsesión del trabajo, entre férvidos anhelos de los poderosos y desesperanzas de los miserables.

Estaban tristes y solitarias de veras las amplias calles de la capital de Gutlandia pero de cuando en cuando, pasaba estremeciendo el pavimento un tropel de obreros con ennegrecidas blusas y enrojecidos semblantes; los acuadrillaba un jefe de taller y todos marchaban acelerados y torvos como hombres resueltos á cumplir grave deber. Seguían alguna vez á los obreros, astrosas pandillas de mujeres, desgreñadas hembras que en feroz desgarro ensordecían el espacio, atronándole con sus gañidos. Entre pelotones y pandillas, figuras solitarias y siniestras, las de hosca catadura y turnio mirar, las que en días de agitación y de motín surjen á la superficie desde las heces de la sociedad.


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Publicado el 7 de noviembre de 2021 por Edu Robsy.

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