Nuevo en el Pueblo
Francisco A. Baldarena
cuento
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Publicado el 12 de octubre de 2021 por Francisco A. Baldarena .
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Publicado el 12 de octubre de 2021 por Francisco A. Baldarena .
KENT: ¡Rómpete,corazón; te lo suplico, rómpete!
—Shakespeare. “El Rey Lear”, acto V, escena final.
Don Ramón Manuel Lacunza estaba fundamentalmente hastiado de la vida y había resuelto morirse.
Entiéndase bien: morirse; no matarse.
Tenía veinticinco años de juventud; lo cual quiere decir, sin requilorios, que andaba por ahí cerca de los nueve lustros, no enteros del todo.
Y eran regordetes y acaudalados sus nueve lustros.
Había arrastrado su soltería —mil sucres de renta mensual,— por todos los lugares en que se brinda solaz a precios económicos, puertos ásperos del placer; pero, falto de una voluntad recia, de un ideal motor que lo empujara a superarse, no encontraba, prácticamente —y ahora peor que antes— cuál éra la razón de vivir.
—Ciertamente, los designios de Dios son inescrutables. No doy, por mucho que me exprimo, con el por qué hizo alentar en el barro humano, tan mal adobado después de todo, el ser ... ¿Cuál la finalidad?; ¿dónde el objetivo? ¿Para que se aburra uno como dizque se aburren las ostras...? ¡Puah!
Y acaso no escaseara razón a la sin razón que en su razón se hacía. De veras, don Ramón Manuel Lacunza, de navarra casta, ¿para qué la vida? Al menos, una vida como la suya, señor don Ramón, espejo fiel y singular modelo de tantos ramones, de tantos manueles, de tantos lacunzas como yo conozco...
Entre el querer morirse y el suprimirse voluntariamente, hay una distancia sólo comparable a las siderales. ¡Ah!, si todos los que desearan acabar pusiesen en práctica su deseo, os posible que el mundo estaría convertido, muchos siglos ha, en un sueño realizado de Malthus.
Dominio público
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Publicado el 12 de octubre de 2021 por Edu Robsy.
A Colón Serrano
Cuando el sacristán —o regidor— de la iglesiuca de Zhiquir, el
Elías Toalombo, se largó vida afuera; lo sucedió en el ejercicio del
cargo su hijo mayor, el Blas. Entre los Toalombos, la sacristianía era
un privilegio hereditario.
Lo de llamarlo a esto privilegio, es duro eufemismo. Crudamente, resultaba la más pesada de las cargas que puede caer sobre las espaldas de un nieto de mitayo, y mitayo él mismo por perdurabilidad de tradición absurda. A más de evacuar las diligencias propias del cargo, el sacristán de Zhiquir había de cuidar celosamente de la cuadrita y de los animaluchos del clérigo y atender a éste en los menesteres domésticos, conforme y como fuera el mandato recio de su paternidad. Por cuanto hacía, el sacristán de Zhiquir recibía, a más de los cocachos y tirones de orejas habituales, una bendición especial para sí y los suyos allá por Pascua florida; sin contar con que, en ocasiones bastantes raras, su paternidad estaba desganado y dejaba mote sobrado en el plato y heces de aguardiente en la copa, —lo que se convertía, por un viejo derecho consuetudinario, en bienes propios del sacristán. De cometer éste alguna falta, el cura —sin perjuicio de ejercer sobre el reo la baja justicia— lo libraba al brazo secular para que ejerciera la alta. El brazo secular era —propiamente— el del teniente político.
Así, para subvenir a las necesidades personales y a las de familia, de tenerla, el sacristán de Zhiquir había de aprovechar las cortas horas libres, trabajando en algún oficio manual; el de zapatero y el de sastre, o entrambos a la vez, eran, por ello, tradicionales en los Toalombos sacristanes, Blas, el actual, era zapatero.
Dominio público
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Publicado el 11 de octubre de 2021 por Edu Robsy.
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Publicado el 11 de octubre de 2021 por Francisco A. Baldarena .
A Abel Romeo Castillo y Castillo.
—Es una abusión de la gente de la orilla, sólo.
—Pero, dicen...
—Abusión, comadre.
—....de que cuando er chapulete ta colorao y bastantote, tetea er camarón.
—Ojalá.
—Pero er veranillo lo que lo trae es er chapulete.
—Farta un bajío.
—Ya sé.
—No sabe.
—Pa coger camarón.
—Claro. No iba a ser pa coger pluma e garza..
—No digo eso.
—¿Qué, entonce?
—Pa cogesle camarón a Maruja, pué.
—Sirve usté pa bruja, comadre.
—Meno... No iba a ser pa su joven,mi comadre... la pobre.
—Humm...
—Sí, compadre. El hombre es candir pa juera. Se consigue mujer pa que le para.
—¡Comadre!
—No se me ofienda. Digo, nomá.
—E que vamo ar dicho.
—¿Negará, compadre?
—¿Er qué?
—Er que dende que vino la Maruja de Guayaquil, la orilla ta revuerta mismamente que pa aguaje. Toda la hombrada anda como cubos de casa tumbada. ¡Caray! Y no hay pa tanto, pué... De haber habemo mujere aquí, en frente y en la Boca... No lo digo por mí... ¡Pero, es gana nomá de albórotalse, ustede!
—El hombre es como er ganao, que le gusta cambiar de manga.
—¡Sinvergüenza!
Pero, había que irse.
Porque el agua zangoloteaba la canoa como si quisiera desamarrarla. ¡Puta, y qué olorsazo a lagarto! En el aire...
Lagartos de Capones: el viento trae vuestra hediondez amenazadora desde tan lejos como estáis, —fieros, terribles, cebados lagartos de Capones...
Maruja: rosa, fruta, canción...
Yo soy “ciudadano” como tú, Maruja. Mi amigo Héctor, también lo es. Sabemos —él y yo— cómo se anda en las tardes de domingo, por el bulevar de Octubre. Y, sin embargo...
Maruja: rosa...
Dominio público
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Publicado el 11 de octubre de 2021 por Edu Robsy.
Sol en el orto. Bellos tintes —ocre, mora, púrpura, cobalto,— ostentaba el cielo la mañana aquella. Y en medio de la pandemoniaca mezcla de colores, la bola roja del sol era como coágulo de sangre sobre carne lacerada.
La peonada se encaminaba a la labor, madrugadora y diligente. Eran quince los peones: encanecidos unos en el mismo trabajo rudo y anónimo; nuevos, otros, retoños del gran árbol secular que nutría de luengos tiempos a los dueños. Adelante, guía de la marcha, iba Prieto, el teniente.
¡Cuánta envidia causaba Prieto a los compañeros noveles! Veían en él al hombre afortunado, protegido de quién sabía cuál santo patrono, que se alzó desde la nada común hasta la cúspide de un grado militar: ¡Teniente!
—¡Mi tiniente! —decíanle a cada paso con unciosa reverencia, opino si se tratase de una majestad—. ¡Mi tiniente!
El lugar del trabajo —un potrero en resiembra—, caía lejos. Prieto avivaba con sus voces el andar cansino de los peones.
—¡Apurarse, pué! Nos va a cantar la pacharaca, de no.
Había un rebelde: Benito González. Se retrasaba siempre.
—Ya voy, tiniente. Un ratito no má. Es que la ñata me ha llamao.
El guía habíase encariñado con Benito. Era hasta su pariente. Pero, Prieto no sabía qué a ciencia cierta; porque, la verdad, no era precisamente su fuerte aquello de agnados y cognados.
En gracia al parentesco le guardaba a Benito más consideraciones. A los otros hubiérales soltado, acto seguido, una chabacanada; a él, lo aconsejaba.
Dominio público
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Publicado el 11 de octubre de 2021 por Edu Robsy.
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Publicado el 10 de octubre de 2021 por Francisco A. Baldarena .
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Publicado el 9 de octubre de 2021 por Francisco A. Baldarena .
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Publicado el 8 de octubre de 2021 por Francisco A. Baldarena .
Esa madrugada, como otras tantas, Juan regresó a su humilde casuca del arrabal occidental de Guayayaquil, borracho como una cuba.
La Petra, su mujer, dormía sobre el camastro sucio, pringoso, que era la diurna habitación del marido.
Este dijo, al entrar:
—¡Ey, carajo! Ta mañaneando, y vos todavía’stás en el catre sobándote la panza. ¡Arza!
La Petra se agitó pesadamente. El enorme vientre —nueve meses de preñez— impedíale movimientos ágiles.
Algo balbuceó torpemente en la semiconsciencia del despertar.
Juan se encolerizó.
—¡Silencio!
Pero, en seguida se calmó y comenzó a acariciar a la mujer.
—¡Negrita!
Como sufriera un vago rechazo, tornó a enfurecerse.
Levantó violentamente la pierna sobre la cama y dejó caer
el pié desnudo en la barriga de la preñada.
—¡Toma, so p.....!
La grávida lanzó una suerte de gruñido hórrido, y del sueño pasó al desmayo.
Reía, ahora, el borracho.
—¡Pa que veas!
Cruzó por su mente el recuerdo de su época de futbolista, y le clareó un orgullo en el alma.
Pero ya no podía más. Se había agotado totalmente en el esfuerzo.
Se bamboleó. Vínole una náusea incontenible, y se vomitó en la cama, agarrándose a uno de los pilares, yéndose de bruces contra la Petra. Medio ahogado en el vómito, se durmió.
A poco resbaló. Y quedó en una postura incómoda, entre sentado y echado, en el suelo, con el rostro vuelto hacia lo alto, al pié de la cama...
Despertó a la media tarde.
Sentía en el rostro una mojadura viscosa y en la boca el sabor de un líquido espeso y dulzón.
Se horrorizó cuando, luego de pasarse las manos por la cara, advirtió que era sangre.
Púsose de pies.
Dominio público
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Publicado el 8 de octubre de 2021 por Edu Robsy.