Soñé con Gatos
Francisco A. Baldarena
cuento
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Publicado el 6 de agosto de 2021 por Francisco A. Baldarena .
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Publicado el 6 de agosto de 2021 por Francisco A. Baldarena .
Vuelve a llamarlo. La verdad es que: Zulema vuelve a intentar comunicarse con él; cosa que lleva haciendo, sin éxito, desde la mañana. Pero nuevamente el silencio…
“¿Con esta van cuántas, diez, quince, veinte veces?” Hace rato que ha perdido la cuenta.
“No está en el trabajo, ni en el club, ni en el bar y, claro, tampoco en el departamento. ¿Dónde está, entonces, ese hijo de mil puta?”
Enciende otro cigarrillo con la colilla del que acaba de consumir, y la humareda de las primeras bocanadas forman una niebla azulada que le cubre la cabeza y tras la cual larga una certeza:
“¡Con otra, seguro! Con una nueva conquista, como hasta el último día de su vida.”
Piensa en el cuello de Ramiro y aprieta los puños con todas sus fuerzas.
“¡Ese va a perder hasta el último pelo, pero no las mañas! Ya lo veo en un hospital, antes del último suspiro, agarrándole la mano a una enfermerita tonta; pero rubia y tetona, como al degenerado le gusta.”
Llena otro vaso con whisky, esta vez sin hielo y sin soda, y evita mirarse en el espejo del aparador, pues al contrario de la enfermera rubia y tetona de su imaginación, ella tiene senos pequeños. Y la sigue:
“¿Cuántas veces me prometió que era la última aventura? ¿Cuántas veces me dijo, mirándome a los ojos, el muy caradura, que yo soy la única? ¿Y cuántas veces me juró de manos juntas que ya no está para esos trotes? Y, sin embargo… cuando no es un cabello pegado al sobretodo, es la tapa de un lápiz labial debajo del asiento del auto, o las malditas tarjetitas perfumadas en la guantera del auto. Si hasta parece que el hijo de puta me las hace de propósito.”
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Publicado el 29 de julio de 2021 por Francisco A. Baldarena .
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Publicado el 27 de julio de 2021 por Francisco A. Baldarena .
Para María Teresa Arias-Salgado Robsy
(para que siempre siga respetando tantas pequeñas y utilísimas vidas).
En Tófol es viejo hace muchos años. Es uno de esos desafortunados
hombres que sobreviven a su decrepitud y tienen la mala ocurrencia de
ponerse a vivir años y más años mientras todo deja de ser lo que era.
Así, hasta ochenta y cuatro años, tres meses y doce días: los de Tófol.
El día que se retiró los compañeros le hicieron una despedida: él era carpintero y se reunieron en el almacén con una botella de gin y muy buenos propósitos.
—Ahora —le dijeron— podrás descansar.
—Ahora —le explicaron— tendrás tiempo para tus cosas.
Pero olvidaron preguntarle si de verdad quería Tófol descansar o tener todo el tiempo del mundo. Le echaron simplemente. ¡Valiente cosa! La gente matándose por ahí y volviéndose necia para matar el tiempo. La gente gastándose dinero y más dinero para hacer algo mientras descansa, y a Tófol solamente le daban un traguito de gin, una palmada en la espalda y cuatro malas perras, "para tabaco", y para "ayudar un poco en casa".
—No nos sirves —le decían en realidad—. Ya no tienes las fuerza de hace veinte años. Ya no se te puede confiar la sierra grande. Ya no te van tan bien las manos. ¡A la calle!
¡Leche! Era cosa de parar un momento el carro de la edad y ponerse a hacer preguntas. Por ejemplo: ¿para qué exactamente se pasó trabajando cincuenta y cinco años? ¿Para quién? ¿Eh?. "Ya no nos sirves. ¡A la calle!". Tófol no estaba entonces tan viejo que no se diera cuenta de que algo fallaba en este asunto.
—Te quieren mientras les ganas dinero —sí, de acuerdo—. Pero tampoco sería lógico que te soportaran cuando eres un inútil. ¡Cuánta razón! ¡Cuánta verdad! ¡Leche...!
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Publicado el 25 de julio de 2021 por Edu Robsy.
Para Ana María Arias-Salgado Robsy
Un amigo castellano me escribe a propósito de la geografía:
"El mar, con ser tanto y tenerlo tan en torno, necesariamente os ha de marcar..."
Y así es cuando lo pienso. El mar define muchas veces el carácter de quienes le tratan íntimamente. El mar poner en ellos una alegría bulliciosa, en ocasiones irresponsable, en ocasiones delicada. O una nostalgia especial, tranquila, buena para andar por los muelles o recargar pacientemente, sobre un noray, la enorme cazoleta de la pipa vieja.
El humor del mar es muy distinto al humor de la tierra seca (para bien o para mal), más variado, lleno de color, gesticulante. Con él algunos hombres se defendían de los piratas o se dedicaban ellos mismos a la piratería. Y con él, hoy en día, otros recorren las islas viviendo a salto de mata.
He conocido a varios de estos aventureros del Mediterráneo, gente amiga de la risa, de la discusión y de los gritos, pues para ser hombre de mar el Mediterráneo exige menos sobriedad e introversión que el Cantábrico, y más acción chispeante y burlesca...
Estoy convencido de que estos aventureros no buscan la felicidad como los demás mortales; ni siquiera oyen hablar de ella más que en los seriales de la radio, pero la alcanzan, en ocasiones, a fuerza de no preguntarse muy a menudo por lo que son y hacen.
Tuve un amigo así. Se llamaba Toni y era hombre taimado y mentiroso. Tan bebedor como mala cabeza, toda su vida fue ir trampeando de aquí y de allá, soportar bien merecidos arrestos, estafar a quienes se dejaban y rodar por las islas y el continente a bordo de cualquier tipo de embarcación aunque, últimamente, solía enrolarse de cocinero:
—A mi edad —decía— hay que mirar bien qué se come.
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Publicado el 24 de julio de 2021 por Edu Robsy.
¿Qué cosa? Mi infancia. Sí: aún me parece cercana por más que ya son muchos los años que me separan de ella y que pronto, irremediablemente, serán demasiados.
Muy buena debió de ser, porque aún la llevo dentro, aún no la he abandonado del todo y siento las preguntas asombradas al borde de los labios, las viejas ganas de iniciar el juego, el momento especial en que los ojos se te quedan quietos, fijos en todo cuanto de irreal te rodea, únicamente atentos a la imaginación que, por dentro, te habla de paisajes lejanos, estrellas muy bajitas y aires removidos que se pueden palpar con las manos.
A veces tengo la impresión de no haber salido de esa infancia mía, de ser aún el niño que amontonaba leña cada tarde para encender un poco más el ocaso. Me sorprendo al mirar los rostros de los mayores desde la misma altura, o al tener que agacharme para sortear cualquier inoportuno toldo de un comercio... Es que la infancia aún está conmigo, aún me sujeta y me hace vivir la impresión de que esto, el bolígrafo, el papel, los nuevos deberes y las irremediables angustias, no es más que el viejo juego que se inicia y sucesivamente se engrandece.
Por eso en el espejo me veo igual que cuando... que cuando aún era más niño. También, por supuesto, me queda la impresión de que viví mi infancia a trozos, en el verano, por ejemplo, que entonces era enorme, prolongado, inacabable... Casi tan costoso como el invierno.
A fuerza de recordar tengo presentes los veranos, pero no el tiempo que los separaba, no el otoño, no el largo invierno, porque entonces, como la naturaleza, entraba en un letargo del que sólo la nueva primavera me arrancaba, ya retozón y aventurero.
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Publicado el 22 de julio de 2021 por Edu Robsy.
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Publicado el 21 de julio de 2021 por Francisco A. Baldarena .