Sor Casilda alzó el pálido rostro, que sonrosaba una emoción repentina, y contestó a la tornera:
—Voy, voy ahora mismo.
La llamaban a la reja baja; estaba allí su primo Luis —casi su
hermano—, que deseaba verla; era el generoso bienhechor del convento, el
que no hacía dos meses había contribuido espléndidamente para reparar
la torre de la iglesia, que amenazaba ruina, y las contadas veces que
venía a hablar con sor Casilda, se les permitía que conversasen sin tasa
de tiempo ni vigilancia de oído.
Él esperaba ya en el locutorio, salita limpia, esterada, enjalbegada,
amueblada con bancos de madera, sillas de paja y dos fraileros. Era
allí casi tangible el silencio, el recogimiento casi palpable; la
celosía amortiguaba la luz solar; ningún ruido venía de la desierta
calleja toledana, y los cuadros oscuros, bituminosos, de negro marco,
aumentaban la impresión de melancolía, como de indiferencia hacia la
vida, que infundía aquel lugar.
Luis, desplomado en uno de los dos amplios sillones de vaqueta,
puestos los codos en los descansaderos, dejaba colgar un brazo, y en la
palma de la mano del otro reclinaba la frente. En esta misma actitud de
cansera dolorosa estaba cuando, a paso quedo, la monja avanzó, y al
detenerse pronunció un ¡chis!, suave.
—¿Qué es eso, primo? ¿Estás malo? —articuló sor Casilda.
Luis había vuelto el rostro en dirección de la reja, y la monja le
consideraba con susto; tal le hallaba de desencajado, los ojos
asombrados y fijos, la boca contraída, negros y resecos de calentura los
labios, el aliento que de ellos salía, impuro y fétido como la
exhalación que se levanta de revuelto pantano en horas de tormenta.
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