Fue por el tiempo de las majas, mientras la rubia espiga, tendida en
las eras, cruje blandamente, amortiguando el golpe del mallo, cuando
empezó la discordia entre los del tío Ambrosio Lebriña y los del tío
Juan Raposo.
Sucedió que todo el julio había sido aquel año un condenado mes de
agua, y que sólo a primeros de agosto despejó el cielo y se metió calor,
el calor seco y vivo que ayuda a la faena. «Hay que majar, que ya andan
las canículas por el aire», decían los labriegos; y el tío Raposo pidió
al tío Lebriña que le ayudase en la labor. Este ruego envolvía
implícitamente el compromiso de que, a su vez, Raposo ayudaría a
Lebriña, según se acostumbra entre aldeanos.
No obstante, llegado el momento de la maja de Lebriña, el socarrón de
Raposo escurrió el bulto, pretextando enfermedades de sus hijos,
ocupaciones; en plata, disculpas de mal pagador. Lebriña, indignado de
la jugarreta, tuvo con Raposo unas palabras más altas que otras en el
atrio de la iglesia, el domingo, a la salida de misa. Por la tarde, en
la romería, Andrés, el mayor de Lebriña, después de beber unos tragos,
se encontró con Chinto, el mayor de Raposo, y requiriendo la moca o
porra claveteada, mirándose de solayo, como si fuesen a santiguarse...;
pero no hubo más entonces.
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