Textos | pág. 423

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Ánfora

Joan Carlos Vinent


relato


Pandora’s Box (23-II-2003)
 Estaba  en  el  lugar  indicado.  Decidió  esperar.  Había  tiempo para  seguir  con  el  plan.  No  podía  tardar  demasiado.  Podrían sospechar.  Arrancó  la  motocicleta  y  llegó  a  casa.  Era  una  cabaña sobria  pero  refugio  suficiente  para  el  duro  invierno  que  intentaba emular  lugares  de  monotonía  septentrional.  Encendió  la  lámpara  de petróleo  y  añadió  unos  troncos  a  los  rescoldos  aletargados.  De entre  el  polvo  sacó  un  libro  deseoso  de  revivir  en  la  soledad  de  la noche  heladora.  Leyó  el  último  capítulo  del  libro.  No  le  importaba  el final,  sino  el  camino.  Así  que  ya  estaba  preparado  para  saborear cada  una  de  las  palabras  de  un  todo  que  culminaba  con  un desenlace  que  resultaba  absurdo  sin  contar  con  cada  una  de  las partes  esenciales  que  creaban  armonía  en  una  historia  que  cobraría valor  poco  a  poco. La  noche  húmeda  seguía  su  curso  y  repiqueteaba  en  el  tejado oxidado  de  la  caseta  del  viejo  mastín.


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Publicado el 2 de octubre de 2020 por Juan Carlos Vinent Mercadal.

La Caja Mítica

Joan Carlos Vinent


Relato


Borrador  comienzo  relato  corto   La  caja  era  de  hierro  oxidado;  para  abrirla  sin  romperla  las mayores  precauciones  fueron  insuficientes.  En  su  interior  encontró algo  de  lo  que  decidió  no  iba  a  hablar  a  nadie.  Había  tardado  tres años  en  encontrarlo;  de  su  existencia  había  oído  hablar  a  su  abuelo, quien  le  había  comentado  que  el  padre  de  su  mejor  amigo  había escondido.  La  caja  se  había  convertido  en  un  mito,  en  una  leyenda  a lo  largo  de  los  años,  y  todos  dudaban  de  que  alguna  vez  hubiese existido.  Cerró  como  pudo  la  caja  nuevamente,  y  volvió  a  colocarla donde  la  encontró.   Tres  meses  después  decidió  comentar  algo  a  su  mejor ayudante,  un  jovencito  de  nueve  años  al  que  el  interés  por  esos viejos  libros  no  paraba  de  crecer.  Había  ejemplares  repletos  de polvo  que  despertaban  su  intriga,  que  no  osaba  tocar  ni  abrir,  ya  que su  maestro  le  comentó  no  debía  tocar  hasta  que  llegase  el  momento.


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Publicado el 2 de octubre de 2020 por Juan Carlos Vinent Mercadal.

Pitonisa

Joan Carlos Vinent


Relato breve


El    carro  se  paró  y  el  cochero  desapareció  entre  los  arbustos, mientras  la  histriónica  pitonisa  abría  el  cofre  y  contaba  el  botín conseguido.  Era  una  mariposa  que  había  buscado  durante  años; parecía  que  al  fin  el  puzzle  iba  cobrando  cuerpo.  Toda  una  carrera  de aparentes  mentiras  podría  por  fin  hacerse  verdad;  necesitaba  probar ante  los  demás  que  era  algo  más  que  una  fuente  para  saciar  las inseguridades  y  las  incertidumbres  de  la  gente  que  la  prefería  a  los psicólogos,  tan  desprestigiados  por  no  se  sabe  qué  clase  de  tabúes  e ignorancias,  miedos  en  definitiva.


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Publicado el 2 de octubre de 2020 por Juan Carlos Vinent Mercadal.

Recoveco Cutrefacto

Joan Carlos Vinent


relato experimental


Pseudónimo:  Óscar  Oporto
 Recoveco  cutrefacto Obcecado,  obnubilado,  ofuscado,olvidado,  oscuro,  ostentosamente histriónico,  hipostasis  irreverente  de  la  mundanal  mundicia.  Tenebroso esplendor   de   una   Salamanca   limpia   y   culta   ¿o   culta   y   limpia? Ominosamente,  olisco  la  opima  mezcla  de  olíbano  y  el  omental  omecillo que  revuelve  el  omaso,  donde  el  onanismo  oncológico  del  oneroso oncejo  opila  los  poros  antaño  pulcros  de  oprobio  y  opulencia  otoñal  que confundía  hostia  con  ostra. El  ósculo  osmanlí  a  una  manceba  mancillada  precedió  al  orín oriundo   del   Imperio   Otomano.   ¿Cómo   se   orea   la   orfandad   del ostracismo?  Rincón  cutre  y  putrefacto,  recoveco  cutrefacto. Sí,  tú  que  tan  callado  escondes  tus  memorias  inextricables.  De  ti surge  -¡oh  arcano!-  la  vida.  Tú  que  estás  quieto  y  aparente  mudo.  No  te preocupes,  por  fin  saldrás  del  olvido  porque  tú  me  hablaste  a  mí, afortunado  transeúnte,  tú  que  supiste  elegir  y  no  me  tomaste  por  mero dominguero.


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Publicado el 2 de octubre de 2020 por Juan Carlos Vinent Mercadal.

El Escarabajo Mendicante

Joan Carlos Vinent


relato corto


El escarabajo mendicante 
El   escarabajo   seguía   inmóvil,   al   igual   que   el   mendigo   que permanecía   con   la  mano  derecha  abierta  en  acto  pedigüeño.  Sin embargo,  el  hieratismo  del  animal  era  eterno;  había  pasado  a  mejor  vida, como  suele  decirse.  Por  su  parte,  el  vagabundo  en  su  inmovilidad escondía  una  gran  actividad  mental.  Pensaba,  reflexionaba  acerca  de tiempos  acaso  mejores  y,  a  pesar  de  su  andrajoso  aspecto,  mantenía  sus ilusiones  creadoras  o  creativas. En  su  mente  garabateaba  principios  de  novelas  y  relatos  cortos, esbozaba  poemas  sin  feliz  final  y  se  carcomía  al  pensar  en  el  éxito  de  su obra  literaria  si  hubiese  gozado  del  momento  de  escribir  negro  sobre blanco.  La  pregunta,  sin  embargo,  era  evidente  y  quizás  hasta  retórica: ¿qué  le  impedía  plasmar  todo  su  bagaje  creador  y  demiúrgico  si  de  lo  que no  carecía  era  de  tiempo?  Llevaba  medio  siglo  sin  trabajar,  dos  partes  de su  agotadora  vida;  pedir  limosna  también  cansa.


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Publicado el 2 de octubre de 2020 por Juan Carlos Vinent Mercadal.

Un-a-gnóstic@ jugando con dioS

Joan Carlos Vinent


Relato corto


Un-a-gnóstic@ jugando con  dioS 
Autoría:  Agnes  Dog
 Cuando  decidió  seguir  el  juego  que  ella  creía  Dios  le  ayudaba  a seguir,  no  era  consciente  de  lo  peligroso  de  la  situación.  De  hecho,  si sigue  viva  es  gracias  a  su  existencia,  al  karma,  al  destino  –no  sería  su hora-  o  al  puro  azar  y  suerte.  Me  explico.  Jugó,  sin  complejos,  a  la ruleta  rusa  conduciendo  un  viejo  Ford  Scort.  El  trayecto  fue  desde  el cruce  que  da  con  la  carretera  que  va  desde  la  carretera  de  Es Mercadal  a  Fornells  (todavía  no  estaba  la  rotonda  con  la  escultura “La  dança  del  vent”  de  Marcel  Villier)  a  Mahón,  siguiendo  las  líneas de  puntos  o  discontinuas  y  continuas,  pero  al  revés:  una  quijotada… empezó  con  miedo,  pero  en  su  interior  oía  las  instrucciones  de  lo divino  o  de  alguien  que  le  alertaba  de  cuando  venía  un  coche  y  debía desplazarse  a  la  derecha  de  la  calzada.


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Publicado el 2 de octubre de 2020 por Juan Carlos Vinent Mercadal.

Enterrado Vivo

Edgar Allan Poe


Cuento


Hay hechos, cuyo relato despierta vivísimo interés, y que son demasiado horribles para servir de asunto en la novela. Ningún novelista podría echar mano de ellos, sin grave peligro de disgustar y hasta de hacer daño al lector. Para que puedan aceptarse asuntos semejantes, es indispensable que se presenten con el severo traje de la verdad histórica. Estremece la lectura de los pormenores del paso del Beresina, del terremoto de Lisboa, de la epidemia de Londres, del degüello del día de San Bartolomé, ó de la asfixia de los ingleses prisioneros en el Blackhole de Calcuta; pero son los hechos, la realidad y en una palabra, la historiado que nos conmueve. Si relatos tales fuesen únicamente parto de la imaginación, no engendrarían más sentimiento que el del horror.

He citado unas cuantas de las más terribles y célebres calamidades que la historia consigna; pero lo que más hiere nuestra imaginación, es la magnitud y naturaleza de esas calamidades. Contemplo inútil advertir que mi trabajo pudiera reducirlo únicamente a escoger entre el inmenso catálogo de las miserias humanas, casos aislados de un dolor cualquiera, más material y más individual, que el que surge de la generalidad de esos desastres gigantescos.

Efectivamente, el verdadero dolor, el límite del sufrimiento, no es general, sino particular; y debemos dar gracias a Dios, que en su bondad no permitió que semejante exceso de agonía lo sufriese el hombre-masa ó colectivo, sino el hombre-unidad ó individual.


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Dominio público
15 págs. / 26 minutos / 4.134 visitas.

Publicado el 30 de septiembre de 2020 por Edu Robsy.

El Hombre de la Multitud

Edgar Allan Poe


Cuento


«Esa desgracia de no poder estar solo»

— La Bruyere


Se ha dicho con justo motivo do cierto libro aleman — Est læsst sich nicht lesen, — «no se deja leer.» Esto significa que hay secretos que no permiten su revelacion. Hay hombres que mueren en el silencio de la noche, estremeciéndose entre las manos de espectros que los torturan con solo mantener fija sobre ellos su implacable mirada; hombres que mueren con la desesperacion en el alma y un hierro candente en la larinje, á causa del horror de los misterios que no consienten que se les descubra. Algunas veces la conciencia humana soporta un peso de tal enormidad que solo encuentra alivio en el descanso de la tumba. Así es como la esencia del crimen queda incógnita con harta frecuencia.

Hace poco tiempo que hácia el declive de una tarde de otoño estaba yo sentado delante de la acristalada ventana de un café de Lóndres, Habia estado enfermo algunos meses, y entrado en convalecencia, sentia con el recobro de la salud esa especie de bienestar, antitesis de las nieblas del hastio; esperimentando esas felices disposiciones, en que el espiritu exaltado sobrepuja su potencia ordinaria tan prodigiosamente como la razon vigorosa y sencilla de Leibnitz se eleva sobre la vaga é indecisa retórica de Gorgias. Respirar libremente era para mi un goce indefinible, y de muchos asuntos verdaderamente penosos sacaba mi fantasía sobrescitada extraños manantiales de positivos placeres. Todos los objetos me inspiraban una especie de interés reflexivo, pero fecundo en atractivas curiosidades. Con un cigarro en la boca y un periódico en la mano, habíame entretenido largamente despues de la comida; mirando luego los anuncios, observando despues los grupos de la concurrencia que ocupaba el café, y fijándome en la gente que pasaba, y que parecian sombras á través de los cristales, empañados por el ambiente exterior.


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Dominio público
13 págs. / 23 minutos / 487 visitas.

Publicado el 27 de septiembre de 2020 por Edu Robsy.

Los Nervios

Antón Chéjov


Cuento


El arquitecto Dmitri Osipovitch Vaksin, que ha regresado de la ciudad a su casa de campo, hállase impresionado por la sesión espiritista a que ha asistido. Al desnudarse para acostarse en su lecho solitario (pues su mujer ha ido al santuario de San Sergio), Vaksin va recordando todo lo que acaba de ver y oír. Hablando claro, esta no fué una verdadera sesión espiritista; la velada pasó en conversaciones tétricas. Una señorita empezó por hablar de la adivinación del pensamiento; de esto pasaron a los espíritus, a los fantasmas; de los fantasmas, a los enterrados vivos... Un señor leyó la historia de un muerto que se revolvió en el ataúd. Vaksin pidió un platillo y demostró a las señoritas cómo se procede para comunicar con los espíritus. Llamó a su tío Klavdi Mironovitch y le preguntó mentalmente si no sería propicio en este tiempo poner la casa a nombre de su mujer. A lo que el tío contestó: «Prever siempre está bien.»

—En la Naturaleza hay muchas cosas misteriosas... y temibles—reflexiona Vaksin tapandóse con la manta—. No son los muertos los que asustan; es la incertidumbre...

Suena la una de la noche. Vaksin vuélvese del otro lado y echa una mirada a la lucecita azul de la mariposa. La lucecita centellea y apenas alumbra los rincones y el retrato del tío Klavdi Mironovitch, colgado en la pared, frente a la cama.

—¿Qué haré si ahora en esta penumbra se me aparece la sombra del tío?—pensó Vaksin—. ¡No, son tonterías; esto no puede ser! Los fantasmas son producto de cabezas incultas...

Sin embargo, Vaksin se tapa la cabeza con la manta y cierra los ojos. En su imaginación se le aparecen el muerto que se revolvió en el ataúd, su difunta suegra, un compañero ahorcado, una joven ahogada... Vaksin procura pensar en otras cosas; pero todos sus esfuerzos resultan vanos; sus pensamientos se hacen más temibles y más embrollados. El temor le oprime.


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Dominio público
3 págs. / 6 minutos / 292 visitas.

Publicado el 27 de septiembre de 2020 por Edu Robsy.

La Condecoración

Antón Chéjov


Cuento


El maestro de escuela León Pustiakof vive al lado de la casa de su amigo el teniente Ladenzof. Allí dirige sus pasos en aquella mañana del día de Año Nuevo.

—Verás de qué se trata, amigo Gricha—le dice después de las felicitaciones y enhorabuenas usuales—; no te molestaría si no se tratara de un asunto urgente. Préstame por el día de hoy tu condecoración de San Estanislao. Estoy convidado a comer en casa del comerciante Spitchkin y tú conoces a este imbécil: está loco por las condecoraciones; a los que no ostentan ninguna en el uniforme les considera casi como a unos burros. Además, tiene dos hijas... Nastia y Zina... Te lo confieso como a un amigo..., ¿me comprendes, querido? ¡Préstamela, te lo ruego!

Todo este discurso es pronunciado balbuceando. Pustiakof está enrojecido de confusión, y a cada palabra se vuelve, mirando tímidamente hacia la puerta de entrada. El teniente le riñe, pero le cede la condecoración.

Aquella misma tarde, a las dos, Pustiakof, en un coche de alquiler, va a casa de Spitchkin; lleva el abrigo entreabierto y contempla su pecho. Allí, con su esmalte de color y puntas doradas, resplandece la condecoración ajena.

—Hasta uno mismo se tiene más consideración gracias a este juguetito—reflexiona el maestro—. Un chisme tan insignificante, costará todo lo más unos cinco rublos, y ¡cuánta importancia tiene!

Al llegar a casa de Spitchkin se desabrocha completamente el gabán y saca el dinero para pagar al cochero. Le parece que éste se ha quedado aturdido al ver sus hombreras, los botones relucientes y la condecoración. Pustiakof tose satisfecho y entra en la casa. Al quitarse el abrigo en la antecámara, mira hacia el salón. Hay allí ya unos quince convidados. Se oye rumor de voces y ruido de platos.


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Dominio público
3 págs. / 5 minutos / 203 visitas.

Publicado el 27 de septiembre de 2020 por Edu Robsy.

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