LIBRO PRIMERO
I
—Olive bajará dentro de unos diez
minutos; me pidió que se lo dijera. Unos diez minutos: esa es Olive. Ni
cinco ni quince, pero tampoco diez exactamente, sino más bien nueve u
once. No me pidió que le dijera que se siente feliz de verlo, porque no
sabe si lo está o no, y por nada del mundo se expondría a decir algo
impreciso. Si hay alguien honesto esa es Olive Chancellor; es la
rectitud en persona. Nadie dice nada impreciso en Boston; la verdad es
que no sé cómo tratar a esta gente. Bien, de cualquier manera estoy muy
contenta de verlo.
Estas palabras fueron pronunciadas con aire voluble por una mujer
rubia, regordeta y sonriente que entró en una angosta sala en la que un
visitante que aguardaba desde hacía algunos minutos se encontraba
inmerso en la lectura de un libro. El caballero no había siquiera
necesitado sentarse para comenzar a interesarse en la lectura; al
parecer había tomado el volumen de una mesa tan pronto como llegó, y,
manteniéndose de pie, después de una sola mirada al apartamento, se
había sumido en sus páginas. Puso a un lado el libro al acercarse la
señora Luna, sonrió, le estrechó la mano y dijo como respuesta al último
comentario de la dama:
—Usted ha sugerido que dice mentiras. Tal vez esa sea una.
—Oh, no, no hay de qué maravillarse en que me alegre su visita
—respondió la señora Luna— si le digo que he pasado ya tres largas
semanas en esta ciudad donde nadie miente.
—Sus palabras no me parecen demasiado elogiosas —dijo el joven—. Yo no pretendo mentir.
—Oh, cielos, ¿cuál es la ventaja entonces de ser un sureño? —preguntó
la dama—. Olive me ha encargado de decirle que espera que se quede
usted a comer. Y si lo ha dicho es que verdaderamente lo espera. Está
dispuesta a correr el riesgo.
—¿Tal como estoy? —preguntó el visitante, adoptando un aspecto más bien humilde.
Información texto 'Las Bostonianas'