Textos más populares este mes | pág. 162

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El Incendiario

Roberto Arlt


Cuento


El comerciante observaba al desconocido de anteojos negros que se paseaba por su escritorio con las manos tomadas atrás. El comerciante estaba ante un dilema, y su perplejidad se tradujo en estas palabras:

—Lo que yo no comprendo es cómo usted puede provocar un incendio sin utilizar aunque sea unos simples fósforos.

El desconocido, que se había detenido frente a un mapa de rutas marítimas, no se dignó volver la cabeza, pero respondió:

—Un fósforo sería suficiente para hacerlo encarcelar al autor del incendio. La policía o los químicos a su servicio encontrarían entre los escombros del siniestro las piezas del “mecanismo de tiempo” que se hubieran utilizado para cometer el atentado. Analizando las cenizas, descubrirían los líquidos inflamables que se habían empleado. Mi procedimiento es nuevo, enteramente nuevo, ¿comprende usted?

El comerciante insistió:

—Ésa es la razón que me tiene intrigado. ¿Cómo se las compone usted?

El desconocido replicó groseramente:

—Mi procedimiento me permite cobrar el 10 por ciento de la prima que los fabricantes defraudan a las compañías de seguros. ¿No pretenderá usted que le explique mi secreto?

El comerciante volvió a la carga.

—¿Usted puede provocar un incendio en el establecimiento de cualquier industria?

El incendiario arrancó una hoja del almanaque y la dobló en cuatro.

—No, en cualquier industria, no..., pero en ciertas fábricas, sí. Su fábrica está incluida entre las que yo puedo incendiar sin dejar rastros.

—¿Sin utilizar ningún mecanismo, ni cortocircuito, ni fósforos, ni cómplices?


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Dominio público
6 págs. / 11 minutos / 123 visitas.

Publicado el 28 de diciembre de 2023 por Edu Robsy.

Caza del Tigre

Horacio Quiroga


Cuento infantil


Chiquitos míos:

Lo que más va a llamar la atención de ustedes, en esta primera carta, es el que esté manchada de sangre. La sangre de los bordes del papel es mía; pero en medio hay también dos gotas de sangre del tigre que cacé esta madrugada.

Por encima del tronco que me sirve de mesa, cuelga la enorme piel amarilla y negra de la fiera.

¡Qué tigre, hijitos míos! Ustedes recordarán que en las jaulas del zoo hay un letrero que dice: «Tigre cebado». Esto quiere decir que es un tigre que deja todos los carpinchos del río por un hombre. Alguna vez ese tigre ha comido a un hombre; y le ha gustado tanto su carne, que es capaz de pasar hambre acechando días enteros a un cazador, para saltar sobre él y devorarlo, roncando de satisfacción.

En todos los lugares donde se sabe que hay un tigre cebado, el terror se apodera de las gentes, porque la terrible fiera abandona entonces el bosque y sus guaridas para rondar cerca del hombre. En los pueblitos aislados dentro de la selva, durante el día mismo, los hombres no se atreven a internarse mucho en el monte. Y cuando comienza a oscurecer, se encierran todos, trancando bien las puertas.

Bien, chiquitos. El tigre que acabo de cazar era un tigre cebado. Y ahora que están enterados de lo que es una fiera así enloquecida por la carne humana, prosigo mi historia.

Hace dos días acababa de salir del monte con dos perros, cuando oigo una gran gritería. Miro en la dirección de los gritos, y veo tres hombres que vienen corriendo hacia mí. Me rodean en seguida, y uno tras otro tocan todo mi winchester, locos de contento. Uno me dice:

—¡Che, amigo! ¡Lindo que viniste por aquí! ¡Macanudo tu guinche, che amigo!

Este hombre es misionero, o correntino, o chaqueño, o formoseño, o paraguayo. En ninguna otra región del mundo se habla así.

Otro me grita:


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Dominio público
3 págs. / 6 minutos / 199 visitas.

Publicado el 22 de enero de 2024 por Edu Robsy.

El Cuerpo Humano

Manuel Ibarra


Cuento. Autor. Humor



 

 

Yo, tengo dos ojos, también una boca,

Muy larga nariz, las orejas cortas.

******************************

Escucho muy bien, no grites tan duro,

Tengo dos oídos, blancos, limpio y puros.

********************************

Sobre mi cabeza, brilla siempre el pelo,

Reluciente y negro, como el terciopelo.

*******************************

Para saludarte, tengo mis dos manos,


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Licencia limitada
1 pág. / 1 minuto / 181 visitas.

Publicado el 6 de febrero de 2024 por Manuel Ibarra.

¡Señora!

Pablo Palacio


Cuento


—Usted fue, sí, usted fue.

—¿Señora…?

—Le digo que fue usted; no sea sinvergüenza.

—Pero… ¡señora!… perdone: no sé de lo que se trata.

—¡Ah!, cínico… Devuélvame enseguida lo que ha cogido.

El hombre sintió un crujido en el armatoste de su buen juicio y se quedó viendo la cara de la rabiosa con ojos desencajados.

—¿Fue usted quien estuvo sentado junto a mí en el Teatro?

—… Sí, señora; así me parece…

—Entonces, ¿qué hizo de mi saquito de joyas?

—Pero ¿qué saquito de joyas?

—¡Oh! Esto es demasiado. Y ¡claro!, no podía ser de otra manera. ¡A lo que hemos llegado! Usted se va conmigo, jovencito, y no diga nada porque no quiero hacerle tomar un chasco. ¡Se ha de creer que sea yo quien sienta vergüenza antes que él!

En la comedia moderna, el automóvil es un personaje interesantísimo; así es que se acercó un automóvil.

—A la Policía.

Anonadamiento. «¿Estoy yo loco o está ella loca? ¿Sueño o no sueño? ¿Qué es lo que me pasa? ¿Soy ladrón o no soy ladrón? ¿Existo o no existo?». Alto grado de estupidez.

—¡Pero, señora!

—¡Vuelve usted con lo mismo! No me va a ser posible entenderme con usted. Ya se lo he dicho. Lo que tiene que hacer es devolverme lo que ha cogido y no venirme con lamentaciones. Nada de esto hubiera pasado si usted me habría devuelto eso enseguida. ¿A qué vienen sus fingimientos?

—Se lo juro, señora: no sé qué es lo que usted me reclama.

—¡Cállese! ¡Cállese! Me va a hacer encolerizar. Tengo convencimiento de que fue usted y por eso hago lo que hago. Y no sé bien por qué procedo así. A pesar de la monstruosidad que acaba de cometer, me ha simpatizado; si no, estuviera ya en la Policía y vergonzosamente. Pero por algo noto que es una persona decente y estoy segura de que no sufrirá el bochorno de las investigaciones.

Policía.


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Dominio público
3 págs. / 5 minutos / 295 visitas.

Publicado el 29 de febrero de 2024 por Edu Robsy.

Soledad

Juan José Morosoli


Cuento


Domínguez llegaba recién de las lagunas cortadas, con la ración para el caballo. Era su única tarea. Iba allá todos los días a recoger gramilla de superficie, y hojas de parietaria de los troncos podridos de los sauces, para darle a su viejo caballo. Era éste un animal sin dientes, bichoco y con los ojos opacos de nubes lechosas. Pero era también la única cosa viva que tenía Domínguez, para ocuparse de algo en la vida. Después de alimentarse él, no tenía nada, absolutamente nada de qué ocuparse. Estas hierbas que Domínguez traía a su caballo, eran el único alimento que el pobre animal podía comer. Enflaquecía a ojos vistas y era seguro que no salvaría con vida el invierno que comenzaba.

Ahora que había terminado con la tarea de racionar el caballo, Domínguez acercó la silla petisa, de asiento de cuero de vaca, hasta las tunas, se sentó y empezó el mate dulce. Era el desayuno.

Pero no tenía azúcar. Hacía dos días que desayunaba, almorzaba y cenaba con mate dulce y el azúcar se había terminado.

Pensó si iría a lo de un sobrino que tenía del otro lado del pueblo a procurarse algún alimento.

No tenía deseos de ir, porque el sobrino, junto con algún trozo de carne, gustaba darle consejos. Siempre le decía que parecía mentira que siendo tan viejo no hubiera aprendido a vivir. Y Domínguez se tenía "que olvidar sus canas y sujetarse las manos para que no se le estrellaran en los cachetes del mocoso".

Sí. No deseaba ir. Pero dos días sin comer ablandan el cogote... Tal vez podía pedir fiado en el boliche nuevo. Pero a lo mejor el bolichero nuevo estaba avisado por los bolicheros viejos ... a los que Domínguez tenía "marcados y contramarcados". Y no es que fuera mal pagador. Lo que pasaba es que la pensión era muy chica. Y que cuando él cobraba se olvidaba que debía y se iba a comprar al centro con la plata en la mano.


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Dominio público
4 págs. / 7 minutos / 435 visitas.

Publicado el 20 de abril de 2025 por Edu Robsy.

Fantasía Nerviosa

Horacio Quiroga


Cuento


Juan era de un temperamento nervioso, fatalmente inspirado, y cuyas acciones a fuerza de rápidas e ineludibles, marcaban una inconsciencia rígida en el cerebro que había desprendido la concepción.

Su ser cuadraba una neurosis superior, completa, honda, ardiente, sanguíneamente atávica. Era acaso el sentenciado de una antigua y anónima epopeya de sangre, cuyas estrofas de rubí goteaban sobre su destino.

Tenías las cualidades de un gran criminal: la resolución rápida, abofeteada por una necesidad imprescindible de matar; sus brazos tenían una musculatura heroica, y su cabeza, tocada con cincel rudo, tardaba en pasar de la idea al hecho el tiempo que tarda el puñal en salir de la vaina.

Juan mató, porque tenía que matar. Y mató a una mujer, a la primera que encontró, a las doce de la noche de un mes de verano.

Corrió furiosamente, dejando tras de sí una puñalada y marcando su carrera con las manchas de sangre que goteaba su cuchillo enrojecido.

En las calles desiertas resonaba su galope precipitado y jadeante de fiera herida.

Juan fue a un baile de máscaras, y el baile encendió su sangre. Las risas le herían como un insulto, y las parejas que se movían alrededor suyo se burlaban de él. Las colgaduras rojas eran manchas de sangre coaguladas en la pared, y sus ojos se bañaban en una visión de púrpura.

Era siempre la necesidad diatésica de matar. Y Juan mató a una máscara con quien fue a cenar, y la dejó tendida sobre el diván, con el pecho abierto, manando borbotones de sangre que iban a empapar un ramo de rosas pálidas que llevaba prendido al seno.

Juan se acostó y apagó la luz; y en la oscuridad veía sangre, una lluvia de sangre que mojaba su cuerpo. Sentía un furor desesperado, con deseos de volver al restaurante y apuñalar a aquella mujer que seguramente no debía estar muerta.


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Dominio público
2 págs. / 4 minutos / 38 visitas.

Publicado el 11 de enero de 2026 por Edu Robsy.

El tesoro misterioso

William Le Queux


Novela, Detectives


Traducido en Buenos Aires, 1909

INDICE


I.—El desconocido de Manchester II.—Donde aparecen ciertos hechos misteriosos III.—En el que se refiere una historia extraña IV.—En el que se cruza por un terreno peligroso V.—En el cual el misterio aumenta considerablementeVI.—En el que figuran tres aes mayúsculas VII.—El misterioso extranjeroVIII.—En el que se habla la verdadIX.—La casa del silencioX.—El hombre de los secretosXI.—En el que se explica el peligro de Mabel BlairXII.—El señor Ricardo DawsonXIII.—Se revela el secreto de Burton BlairXIV.—La opinión de un peritoXV.—Ciertas cosas que descubrimos en MayvillXVI.—En el que se confirman dos hechos curiososXVII.—Que se refiere puramente a un desconocidoXVIII.—Las encrucijadas de OwstonXIX.—En el que se encuentra un rastroXX.—La lectura del registroXXI.—Peor que la muerte.XXII.—El misterio de una aventura nocturnaXXIII.—Que es en muchos conceptos asombrosoXXIV.—Terrible revelaciónXXV.—El nombre sagradoXXVI.—Frente a frente XXVII.—Las instrucciones de su Eminencia XXVIII.—Descripción de un descubrimiento asombroso XXIX.—En el que se refiere una historia extraña XXX.—El móvil y la moral     Conclusión

DEL AUTOR AL LECTOR 

En estos tiempos modernos, de agitada precipitación y grandes combinaciones, cuando el origen de familia no tiene valor alguno, las fortunas se hacen en un día, y las reputaciones se pierden en una hora, los secretos de los hombres son, algunas veces, muy extraños. Uno de éstos es el que revelo en este libro; uno que será, aseguro anticipadamente, enigmático y sorprendente para el lector. El misterio ha sido tomado de la vida diaria, y hasta hoy la verdad concerniente a él ha sido considerada estrictamente confidencial por las personas mencionadas aquí, aun cuando ahora me han permitido que haga públicas estas notables circunstancias.


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Dominio público
221 págs. / 6 horas, 27 minutos / 66 visitas.

Publicado el 20 de enero de 2026 por Fernando Guzmán.

La pequeña casa en Allington

Anthony Trollope


Novela


 Capítulo 1

El señor de Allington

Por supuesto, había una Casa Grande en Allington. ¿De qué otro modo podría haber existido una Casa Pequeña? Nuestra historia, como su nombre indica, tendrá sus vínculos más estrechos con quienes vivían en el menos digno de ambos domicilios; pero también guardará relación con el más distinguido, y será conveniente que, en primera instancia, dedique unas palabras a la Casa Grande y a su propietario.

Los señores de Allington lo habían sido desde que se tiene noticia en Inglaterra de tales hacendados, al menos tal y como se conocen hoy. De padre a hijo, de tío a sobrino y, en una ocasión, de primo segundo a primo segundo, el cetro había descendido en la familia de los Dale; y los acres habían permanecido intactos, aumentando en valor y no disminuyendo en número, pese a no estar protegidos por ningún mayorazgo ni por una dosis asombrosa de prudencia o sabiduría. Las tierras de los Dale de Allington habían sido colindantes con la parroquia de Allington durante algunos siglos; y aunque, como he dicho, la estirpe de los señores no había poseído una discreción sobrehumana, y quizá no se había guiado en su paso por la vida por principios muy definidos, había habido en ellos tal adhesión a una ley sagrada que ni un solo acre de la propiedad se había separado jamás de las manos del señor de turno.


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Dominio público
781 págs. / 22 horas, 47 minutos / 94 visitas.

Publicado el 2 de febrero de 2026 por Fernando Guzmán.

Los Cuervos

Horacio Quiroga


Cuento, Artículo, Crónica


Todas las veces que el cadáver de un animal ultimado en el monte ha atraído a los buitres, me he preguntado con qué extraordinaria finura de olfato el cuervo, flotando en el alto cielo, a miles de metros, ha podido percibir las emanaciones de un agutí muerto, una comadreja, menos aún, que bajo veinte metros de obscuro e impenetrable follaje. comienza a descomponerse.

La vista no juega aquí ningún papel. Desde las altísimas nubes el bosque es un uniforme bloque de pizarra. Más fácil sería distinguir una presa a una legua de distancia en una noche de tinta, que percibir ser alguno bajo el impenetrable blokao del monte.

Y de allí vienen, no obstante; de allí y de allá, los grandes buitres necrófagos. Son al principio dos o tres, y muy pronto veinte o treinta.

¿Cómo han sentido al agutí, apenas recién muerto, a cuyo contacto la más fina nariz no percibe emanación alguna?


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Dominio público
1 pág. / 3 minutos / 7 visitas.

Publicado el 28 de julio de 2026 por Brian.

Frangipane

Horacio Quiroga


Cuento



Hay palabras mágicas. Para mi infancia, ninguna lo fue con la poesía de la que presta su título a este croquis. 

Yo he leído desde muy pequeño. Tendido sobre la alfombra de la sala, durante las largas siestas en que nuestra madre dormía, la biblioteca de casa ha pasado tomo tras tomo bajo mis ojos inocentes, que más lloraban que leían los idilios de Feuillet, Theuriet, Onhet, venero sentimental de mi familia y de la época. 

Yo tenía 8 años. La impresión que producían en mi tierna imaginación algunas expresiones y palabras leídas, reforzábase considerablemente al verlas lanzadas al aire, como cosas vivas, en la conversación de mi madre con mis hermanas mayores. 


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Dominio público
5 págs. / 9 minutos / 8 visitas.

Publicado el 21 de julio de 2026 por Brian.

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