I
La entrada de Blanca en su palco del teatro de la Princesa, produjo
la expectación que causaba siempre. La atención del público se apartó
de la obra para mirarla a ella. De los palcos y las butacas se le
dirigían todos los gemelos, y hasta las gentes que no la conocían, las
que ocupaban las modestas localidades altas, seguían el movimiento
general deslumbrados por aquella belleza.
Alta y esbelta, sus curvas, su silueta toda y su carne eran la de
una estatua. Despojándose de su capa blanca como espuma de mar, su
escote, su rostro y sus brazos tenían esa tonalidad blanco-azulina que,
merced a la luz azul, toman las carnes de las bailarinas rusas cuando
forman grupos estatuarios. Era un rostro y un cuerpo de estatua. No
había en ella color, sino línea, y ésta tan perfecta, que bastaba para
seducir. Sus cabellos, de un rubio de lino, casi ceniza, contribuían a
esa expresión. Las cejas y las pestañas se hacían notar por la sombra
más que por el color, y los labios, pálidos también, se acusaban por el
corte puro y gracioso de la boca. Hasta los ojos, grandísimos,
brillantes, de un verde límpido y fuerte, lucían como dos magníficas
esmeraldas incrustadas en el mármol.
Un traje rojo-naranja, de una tonalidad entre marrón y amarillo, se
ceñía a su cuerpo como una llama, y sin embargo, en la retina de todos
quedaba la sensación de frío que producían su carne, sus cabellos, sus
ojos, y las piedras frías de las esmeraldas que adornaban su garganta
con un soberbio collar a «lo disen».
Un caballero la saludaba desde una platea, y ella devolvió el
saludo con un ademán gracioso, algo de movimiento de gozne, y con una
sutil sonrisa muy femenina que dejó brillar sus dientes alabastrinos con
una línea de luz.
—Marcelo la conoce —dijo, volviéndose hacia sus compañeros, un
señor de rostro fresco y cabeza calva—. La ha saludado desde el palco de
su cuñada.
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