Textos más populares esta semana | pág. 52

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La Navidad en las Montañas

Ignacio Manuel Altamirano


Novela corta


Dedicatoria a Francisco Sosa

A Vd., mi querido amigo, a Vd. que hace justamente veinte años, en este mes de Diciembre, casi me secuestró, por espacio de tres días, a fin de que escribiera esta novela, se la dediqué, cuando se publicó por primera vez en México.

Recuerdo bien que deseando Vd. que saliese algo mío en "El Álbum" de Navidad que se imprimía, merced a los esfuerzos de Vd., en el folletín de "La Iberia" periódico que dirigía nuestro inolvidable amigo Anselmo de la Portilla, me invitó para que escribiera un cuadro de costumbres mexicanas; prometí hacerlo, y fuerte con semejante promesa, se instaló Vd. en mi estudio, y conociendo por tradición mi decantada pereza, no me dejó descansar, alejó a las visitas que pudieran haberme interrumpido; tomaba las hojas originales a medida que yo las escribía, para enviarlas a la Imprenta, y no me dejó respirar hasta que la novela se concluyó.

Esto poco más o menos decía yo a Vd. en mi dedicatoria que no tengo a la mano, y que Vd. mismo no ha podido conseguir, cuando se la he pedido últimamente para reproducirla.

He tenido, pues, que escribirla de nuevo para la quinta edición que va a hacerse en París y para la sexta que se publicará en francés.

Reciba Vd. con afecto este pequeño libro, puesto que a Vd. debo el haberlo escrito.

Ignacio M. Altamirano

París, Diciembre 26 de 1890


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Dominio público
57 págs. / 1 hora, 40 minutos / 1.473 visitas.

Publicado el 22 de julio de 2016 por Edu Robsy.

La Insolación

Horacio Quiroga


Cuento


El cachorro Old salió por la puerta y atravesó el patio con paso recto y perezoso. Se detuvo en la linde del pasto, estiró al monte, entrecerrando los ojos, la nariz vibrátil y, se sentó tranquilo. Veía la monótona llanura del Chaco, con sus alternativas de campo y monte, monte y campo, sin más color que el crema del pasto y el negro del monte. Este cerraba el horizonte, a doscientros metros, por tres lados de la chacra. Hacia el oeste, el campo se ensanchaba y extendía en abra, pero que la ineludible línea sombría enmarcaba a lo lejos.

A esa hora temprana, el confín, ofuscante de luz a mediodía, adquiría reposada nitidez. No había una nube ni un soplo de viento. Bajo la calma del cielo plateado, el campo emanaba tónica frescura que traía al alma pensativa, ante la certeza de otro día de seca, melancolías de mejor compensado trabajo.

Milk, el padre del cachorro, cruzó a su vez el patio y se sentó al lado de aquél, con perezoso quejido de bienestar. Permanecían inmóviles, pues aún no había moscas.

Old, que miraba hacía rato la vera del monte, observó:

—La mañana es fresca.

Milk siguió la mirada del cachorro y quedó con la vista fija, parpadeando distraído. Después de un momento, dijo:

—En aquel árbol hay dos halcones.

Volvieron la vista indiferente a un buey que pasaba, y continuaron mirando por costumbre las cosas.

Entretanto, el oriente comenzaba a empurpurarse en abanico, y el horizonte había perdido ya su matinal precisión. Milk cruzó las patas delanteras y sintió leve dolor. Miró sus dedos sin moverse, decidiéndose por fin a olfatearlos. El día anterior se había sacado un pique, y en recuerdo de lo que había sufrido lamió extensamente el dedo enfermo.

—No podía caminar—exclamó, en conclusión.

Old no entendió a qué se refería. Milk agregó:

—Hay muchos piques.


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Dominio público
7 págs. / 13 minutos / 1.406 visitas.

Publicado el 28 de julio de 2016 por Edu Robsy.

Cómo Ser un Sinvergüenza con las Señoras

Arturo Robsy


Novela, Cuento, Manual


PRINCIPIO Y JUSTIFICACIÓN

Eran las nueve y media de agosto o, para ser precisos, de una noche del mes de agosto. Felipe, Jorge y yo acabábamos de salir del gimnasio, de una sesión de karate en la que el profesor nos había demostrado, de palabra y de obra, cuánto nos faltaba para llegar a maestros.

Aceptablemente apaleados, decidimos llegar hasta una playa cercana a procurarnos cualquier anestésico en vaso para combatir los dolores físicos y morales y, de paso, disfrutar del clima, de la flora y de la fauna.

Yo era entonces —y aún se mantiene la circunstancia— el mayor de los tres y, por lo tanto, el experto. Además, después de hora y media de karate me sentía por encima de las pasiones humanas o, mejor dicho, por debajo de los mínimos exigibles para cualquier hazaña.

Nos estábamos en la barra, rodeados de cerveza casi por todas partes, cuando llegaron dos inglesitas, jovencísimas aunque perfectamente terminadas para la dura competencia de la especie. Felipe y Jorge sintieron pronto el magnetismo y, cuando vieron que ocupaban una mesa solas, saltaron hacia ellas entre cánticos de victoria y ruidos de la selva.

Las muchachas, que sin duda habían oído hablar de los latin lovers y otras especies en extinción, les acogieron, se dejaron invitar y mantuvieron una penosa conversación chapurreada.

A distancia, yo vigilaba la técnica de mis amigos. ¡Bah! Todo se reducía a ¿de dónde eres?, ¿cuándo has llegado?, ¿qué estudias? y ¿te gusta España? Se me escapaba cómo pensaban seducir a las chicas con semejante conversación.

Gracias a la distancia —y, quizá, a la cerveza que seguía rodeándome observé que las extranjeras estaban repletas hasta los bordes de los mismos pensamientos que mis amigos: cuatro personas, como aquel que dice, pero una sola idea: ¿Cómo hacer para tener una aventurita?


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Licencia limitada
111 págs. / 3 horas, 15 minutos / 1.259 visitas.

Publicado el 8 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

La Lámpara Maravillosa

Ramón María del Valle-Inclán


Ensayo, Biografía


Ejercicios espirituales

GNOSIS

HAY dos maneras de conocer, que los místicos llaman Meditación y Contemplación. La Meditación es aquel enlace de razonamientos por donde se llega a una verdad, y la Contemplación es la misma verdad deducida cuando se hace sustancia nuestra, olvidado el camino que enlaza razones a razones, y pensamientos con pensamientos. La Contemplación es una manera absoluta de conocer, una intuición amable, deleitosa y quieta, por donde el alma goza la belleza del mundo, privada del discurso y en divina tiniebla: Es así como una exégesis mística de todo conocimiento, y la suprema manera de llegar a la comunión con el Todo. Pero, cuando nuestra voluntad se reparte para amar a cada criatura separadamente y en sí, jamás asciende de las veredas meditativas a la cima donde la visión es una suma. Puede una inclinación filosófica ser disciplina para alcanzar el íntimo consorcio con la suprema esencia bella —divina razón que nos mueve al amor de todas las cosas—, pero cuando una vez se llega a este final, el alma queda tan acostumbrada al divino deleite de comprender intuitivamente, que para volver a gustarle ya no quiere cansarse con el entendimiento, persuadida de que mejor se logra con el ahínco de la voluntad. A esta manera llamaron los quietistas tránsito contemplativo, porque al ser logrado el fin, cesan los medios, como cuando la nave llega al puerto acaba el oficio de la vela y del remo: Es manera más imperfecta que la intuición mística, atendiendo que la una nos llega por enlaces de la razón que medita, y la otra es infusa: Una vista sincera y dulce, sin reflexión ni razonamiento, como escribe Miguel de Molinos.


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Dominio público
77 págs. / 2 horas, 16 minutos / 1.219 visitas.

Publicado el 30 de abril de 2017 por Edu Robsy.

La Ciudad de los Tísicos

Abraham Valdelomar


Novela corta, novela epistolar


I

El perfume

El recuerdo de aquella mujer está íntimamente ligado a esta historia. Era una de esas mujeres que sólo se encuentran una vez en la vida, que dejan tras de sí un agradable recuerdo y una misteriosa esperanza. Ésta parecía un dibujo de Gosé. Gosé es el caricaturista, como Boldini y La Gándara son los pintores de las grandes mujeres. No importa de dónde sean. Ellos son franceses en la forma, en el color, en la línea. Y Gosé es el único caricaturista de las mujeres; las niñas de Tourain son muy «bonitas», las de Fabiano, muy francesas, las de Gerbault, muy grotescas. Caran D’Ache pintaba a las oficinistas, Roubille pintaba a las descocadas y Sem a las célebres. Gosé, más filósofo o más frívolo —la frivolidad es una filosofía—, pintaba simplemente a las mujeres.

Ésta, la de mi historia, era uno de sus dibujos. Parecía una estampa litografiada en Múnich. Aquella esbeltez de talle, el cuello noble, rosado, surgiendo sobre el seno y bajo el cuello rubio y la elegantísima severidad de su vestido. La tarde lluviosa en que la vi, llevaba un traje ceñido de terciopelo negro, con dos rosas rojas en el pecho y otras dos en el sombrero negro de pieles. Parecía una silueta en tinta china brillante; tinta de los dragones de Hokusai y de las acuarelas de Utamaro. Una elegancia de terciopelo negro y rojo, porque su cara de piel de melocotón maduro no mostraba los ojos —¿negros, azules, ópalos?—, los ojos se perdían bajo el ala curva del sombrero. Pero la boca, la fresca boca, era de aquellas que no han nacido para la palabra sino para el gesto.


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Dominio público
54 págs. / 1 hora, 35 minutos / 889 visitas.

Publicado el 8 de septiembre de 2021 por Edu Robsy.

El Cristo de Velázquez

Miguel de Unamuno


Poesía


¿En qué piensas Tú, muerto, Cristo mío?
¿Por qué ese velo de cerrada noche
de tu abundosa cabellera negra
de nazareno cae sobre tu frente?
Miras dentro de Ti, donde está el reino
de Dios; dentro de Ti, donde alborea
el sol eterno de las almas vivas.
Blanco tu cuerpo está como el espejo
del padre de la luz, del sol vivífico;
blanco tu cuerpo al modo de la luna
que muerta ronda en torno de su madre
nuestra cansada vagabunda tierra;
blanco tu cuerpo está como la hostia
del cielo de la noche soberana,
de ese cielo tan negro como el velo
de tu abundosa cabellera negra
de nazareno.Que eres, Cristo, el único
hombre que sucumbió de pleno grado,
triunfador de la muerte, que a la vida
por Ti quedó encumbrada. Desde entonces
por Ti nos vivifica esa tu muerte,
por Ti la muerte se ha hecho nuestra madre,
por Ti la muerte es el amparo dulce
que azucara amargores de la vida;
por Ti, el Hombre muerto que no muere
blanco cual luna de la noche. Es sueño,
Cristo, la vida y es la muerte vela.
Mientras la tierra sueña solitaria,
vela la blanca luna; vela el Hombre
desde su cruz, mientras los hombres sueñan;
vela el Hombre sin sangre, el Hombre blanco
como la luna de la noche negra;
vela el Hombre que dió toda su sangre
por que las gentes sepan que son hombres.
Tú salvaste a la muerte. Abres tus brazos
a la noche, que es negra y muy hermosa,
porque el sol de la vida la ha mirado
con sus ojos de fuego: que a la noche
morena la hizo el sol y tan hermosa.
Y es hermosa la luna solitaria,
la blanca luna en la estrellada noche
negra cual la abundosa cabellera
negra del nazareno. Blanca luna
como el cuerpo del Hombre en cruz, espejo
del sol de vida, del que nunca muere.


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Dominio público
2 págs. / 4 minutos / 855 visitas.

Publicado el 10 de mayo de 2020 por Edu Robsy.

Las Aventuras del Barón de Münchhausen

Gottfried August Bürger


Novela


I. Viaje a Rusia y a San Petersburgo

Emprendí mi viaje a Rusia en medio del invierno, habiendo hecho el juicioso raciocinio de que los caminos del norte de Alemania, de Polonia, de Curlandia y de Livonia, que, según las descripciones de los viajeros, son más impracticables aún que el camino del templo de la virtud, se mejoran con el frío y la nieve, sin costar nada a la solicitud de los gobiernos.

Viajaba a caballo, lo que seguramente es el mejor modo de transporte, siempre que el caballo y el caballero sean buenos: de este modo no se expone uno a tener cuestiones de honor con algún digno maestro de postas alemán, ni está obligado a detenerse en cada venta a voluntad de un postillón sediento. Iba ligeramente vestido, lo que sentía más y más a medida que adelantaba hacia el nordeste.

Figuraos ahora en medio de un tiempo crudo y bajo un duro clima, a un pobre anciano que yacía en la desolada orilla de un camino de Polonia, expuesto a un viento glacial y teniendo apenas con qué cubrir su desnudez.

El aspecto de aquel pobre hombre me afligió profundamente, y aunque hacía un frío para helarme el corazón en el pecho, le arrojé mi capa. Al mismo instante resonó en el cielo una voz, y alabando mi misericordia, me gritó: «Lléveme el diablo, hijo mío, si esta buena acción queda sin recompensa.»

Continué mi viaje hasta que la noche y las tinieblas me sorprendieron. Ninguna señal ni ruido me indicaban la presencia de un pueblo: todo el país estaba sepultado bajo la nieve, y yo no sabía el camino.


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Dominio público
80 págs. / 2 horas, 20 minutos / 796 visitas.

Publicado el 14 de mayo de 2023 por Edu Robsy.

El Cíclope

Eurípides


Teatro, Drama satírico


Argumento

El famoso Odiseo, rey de Ítaca, no voluntariamente, sino arrastrado por vientos contrarios, arriba a la costa de Sicilia, en donde habitaba Polifemo, el Cíclope, consagrado en absoluto, a pesar de su origen divino, a satisfacer sus apetitos bestiales. Como gigante, necesitaba una cantidad de alimento proporcionada a su estatura, y aunque constituían su más suculenta comida ordinaria los animales domésticos, regalábase también, cuando la ocasión se presentaba, con la carne de los desventurados náufragos o extraviados que aportaban a sus dominios. Los esclavos que a la sazón le servían para atender a su ganadería y a su labranza eran Sileno y los sátiros hijos de este, que habían caído en sus manos cuando buscaban a Dioniso, su señor, en poder de unos piratas tirrenios enviados por Hera, su enemiga.

Odiseo pide a Sileno víveres y agua, estando ausente el Cíclope, y pagándole su precio; y cuando el viejo exayo del hijo de Sémele se dispone a complacerlo, por el vino del comprador y con la piadosa intención de guardarse el precio de la venta, aparece el Cíclope, que desbarata tan seductores proyectos, desoye las súplicas y exhortaciones de Odiseo, y lo destina a ser asado o cocido con sus compañeros. Y, en efecto, mata y se come a dos de ellos, accediendo solo por pura benevolencia y cortesía ciclópea, agradecido al deleite que ha recibido de su prisionero escanciándole el licor de Dioniso, a reservarlo para el último de su antropófago banquete. No queda, pues, otro recurso al héroe de Homero que matar a Polifemo, y así lo hace, embriagándolo primero e introduciendo después en su único ojo frontal un enorme tizón puntiagudo ardiendo.


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Dominio público
21 págs. / 38 minutos / 759 visitas.

Publicado el 15 de marzo de 2018 por Edu Robsy.

Aventuras Entre los Pieles Rojas

Emilio Salgari


Novela


CAPITULO I. LA PRADERA DEL RIO PECOS

Hace bastantes años, cuando las regiones occidentales de los Estados Unidos dependían de Méjico, una pequeña caravana recorría lentamente, en una calurosa tarde de agosto, las vastas praderas que se extienden a derecha e izquierda del río Pecos.

Ni Tejas ni Nuevo Méjico contaban en aquella época con los numerosos pueblos que tienen en la actualidad. No eran entonces estos Estados más que pequeñísimos centros, a enorme distancia unos de otros y bien fortificados para resistir a las invasiones de los comanches y de los apaches.

Tres personas, que montaban magníficos caballos, componían aquella caravana, que osaba atravesar tan peligrosa región, llevando, además, un pesado furgón arrastrado por ocho parejas de bueyes.

Uno de los tres viajeros era un viejo negro, que probablemente habría sufrido los horrores de la esclavitud; los otros dos, un caballero y una señora, eran de raza blanca, bastante jóvenes y sin duda hermanos, pues se parecían muchísimo.

El hombre no tendría más de treinta años: hermoso tipo, de gran estatura, gallardo y elegante. Tenía la tez bronceada, facciones finas y correctas, ojos negros brillantísimos, y sus cabellos, negros también, caían en desordenados bucles sobre sus hombros.

Su traje, muy cuidado, se componía de unos pantalones de piel de gamo y un jubón de lo mismo, sujeto por ancho cinturón, del que pendían un cuerno lleno de pólvora y un enorme cuchillo de monte; calzaba botas altas, y cubría su cabeza un sombrero de anchas alas, al estilo de los mejicanos.

La joven debía de tener diez años menos y era bellísima. Talle elegante, cabellos más negros que las alas del cuervo, tez aterciopelada y ojos semejantes a los de las mujeres españolas.

Llevaba un traje de paño gris con botones de metal, falda corta y un sombrero de paja de Panamá, adornado con cintas.


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161 págs. / 4 horas, 42 minutos / 754 visitas.

Publicado el 4 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

El Diablo Mundo

Jose de Espronceda


Poesía


CORO DE DEMONIOS

Boguemos, boguemos,
la barca empujad,
que rompa las nubes,
que rompa las nieblas,
los aires las llamas,
las densas tinieblas,
las olas del mar.
Boguemos, crucemos
del mundo el confín;
que hoy su triste cárcel quiebran
libres los diablos en fin,
y con música y estruendo
los condenados celebran,
juntos cantando y bebiendo,
un diabólico festín.

EL POETA


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Dominio público
110 págs. / 3 horas, 12 minutos / 733 visitas.

Publicado el 4 de julio de 2018 por Edu Robsy.

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