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autor: Francisco A. Baldarena etiqueta: Cuento textos disponibles
El león está hambriento y sueña con carne cuando de pronto cuatro patos zambullidores aterrizan en la charca cerca de él, el último reducto de su reino.
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Hace cinco años que Quique toma el mismo colectivo, a la misma hora, y cada vez que sube constata que Alberto Pérez también lo ha tomado. ¿Será que ni una sola vez fallará? Mientras tanto el autito usado que desea comprar deberá esperar.
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El marido acaba de llegar; como de costumbre, ebrio. La esposa, en la cocina, espera lo de siempre.
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Fulgencio Gavino, en cuanto hombre, vivió mucho, pero en cuanto gallo...
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El fin de la guerra había enmudecido a los habitantes de la aldea, y así estaban hasta que apareció la desconocida y la vida cambió para siempre.
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Zulema llama, espera y se desespera y Ramiro no da señales de vida; tendrá que ir por él, y ¡ay cuando lo encuentre!
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Augusto de Queirós no murió, sino que sufrió un ataque de catalepsia. Ahora debe salir del cementerio.
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Francisco A. Baldarena suponía que al momento de morir en el más allá solo le quedaría apenas una alternativa: el infierno. Pero, ¿el cielo? ¿Y substituir a Dios? Eso sí que no se lo esperaba.
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Tony iba caminando cuando se deparó con un incendio en una juguetería. Antes no hubiera dado el grito de alerta, pues acabó preso por intento de robo.
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La huérfana Matilda le pedía a Dios un hogar, la cazafortunas Matilde, un viejo rico, y Matildo, solo carne joven. ¿Será que Dios meterá el dedo en esta historia y dejará conformes a los tres?
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Dos amigos recorren el desierto en busca de un tesoro milenario que nadie ha visto jamás, pero del cual todos hablan. En su poder tienen un mapa dudoso, pero en sus mentes la certeza del hallazgo.
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Los canarios de Marcelino habían desaparecido por la noche, con lo que culpó a los gatos del vecino, don Pedro. Nada más alejado de la verdad.
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Las vacas lecheras de Ebrid han desaparecido misteriosamente y solo el mago Bruist es capaz de encontrarlas.
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De pronto se cortó el suministro de electricidad. En ese momento el abuelo miró a sus nietos que jugaban con los celulares. ¿Qué harían cuando las cargas de las baterías acabaran? El abuelo vio el fin; tenía que hacer algo.
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Bobby había descubierto que los vecinos eran marcianos. Para el padre, que ya les resultaban sospechosos, no lo pensó dos veces: llamó a la policía.
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Una enfermera fuera de quicio y un paciente que ninguna enfermera merece. ¿Cómo deshacerse de él, hmm?
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Gerardo estaba ansioso y no salía de la ventana, mientras tanto la madre, por la tardanza del amigo que esperaba su hijo, repetía que nada es por acaso.
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Aurelio paseaba por la avenida del pueblo cuando vio a una muchacha caminando por la vereda opuesta y no pudo sacársela de la cabeza. Tenía que pensar en una manera de acercarse a ella.
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Quién sabe qué pensamientos abruman al enamorado Oscar cuando aparece un mono en la ventana que le cambiará la vida.
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