Utopía

Tomás Moro


Filosofía, Política



Libro primero

Plática de Rafael Hitlodeo sobre la mejor de las Repúblicas

El muy invicto y triunfante Rey de Inglaterra, Enrique Octavo de su nombre, Príncipe incomparable dotado de todas las regias virtudes, había tenido recientemente una disputa sobre negocios graves y de grande importancia con Carlos, el poderoso Rey de Castilla, y, para conciliar las diferencias, me mandó Su Majestad como embajador a Flanders, en compañía del sin par Cuthbert Tunstall, a quien el Soberano, con gran contento de todos, acababa de dar el oficio de Guardián de los Rollos. Por temor a que den poco crédito a las palabras que salen de la boca de un amigo, no diré nada en alabanza de la prudencia y el saber de ese hombre. Mas son tan conocidos sus méritos que, si yo pretendiera loarlos, parecería que quisiese mostrar y hacer resaltar la claridad del sol con una vela, como dice el proverbio.

Como se había convenido de antemano, en Brujas encontramos a los mediadores del Príncipe, todos ellos hombres excelentes. El jefe y cabeza de los mismos era el Margrave —como le llaman allí— de Brujas. varón esclarecido; pero el más ilustrado y famoso de éllos era Jorge Temsicio, Preboste de Cassel, eminente jurisconsulto, inteligente y con grande experiencia de los negocios, hombre que, por su saber, y también porque la naturaleza le había hecho ese don, hablaba con singular elocuencia. Celebramos luego un par de conferencias y no pudimos ponernos enteramente de acuerdo sobre ciertas estipulaciones, por lo que ellos se despidieron de nosotros y se marcharon a Bruselas para saber cuál era la voluntad de su Príncipe.

Yo, mientras tanto, me fuí a Amberes, porque así lo requerían mis negocios.

Estando en aquella localidad vinieron a visitarme varias personas, pero la más agradable visita para mí fue la que me hizo Pedro Egidio, ciudadano de Amberes, hombre que en su patria gozaba fama de ser íntegro y honrado a carta cabal, muy estimado entre los suyos y digno aún de mayor consideración. Es sabio, es virtuoso, sabe mostrarse amable con toda suerte de personas; pocos jóvenes habrá que le aventajen en eso. Para sus amigos tiene un corazón de oro; es con ellos afectuoso, leal y sincero; no se le puede comparar con nadie. No puede ser más humilde y cortés. Nadie como él usa menos del fingimiento o del disimulo, nadie tiene una sencillez más prudente. Además, su compañía amable, su alegre afabilidad, hicieron que su trato y su conversación mitigaran la tristeza que me embargaba por hallarme lejos de mi patria, de mi esposa y de mis hijos, y apagaron, en parte, mi ferviente deseo de volver a verlos después de una separación que duraba más de cuatro meses.

Cierto día, luego de haber oído misa en la iglesia de Nuestra Señora, que es el templo más hermoso y concurrido de toda la ciudad, cuando me disponía a volver a mi posada, tuve le fortuna de ver al antes mentado Pedro Egidio hablando con un desconocido de avanzada edad, rostro curtido por el sol, luengas barbas, terciada la capa al hombro con descuido, todo lo cual me dió a entender que su dueño debía de ser marino. Vióme Pedro, acercóse a mí v me saludó. Iba yo a responderle cuando, señalando al hombre con quien le había visto conversar antes, me dijo:

—Tenía la intención de llevarlo en derechura a vuestra casa.

—Le hubiera recibido bien por traerlo vos —repliqué.

—Diríais que por sí mismo, si le conocierais. Nadie como él, entre los hombres que viven hoy, podría contaros tantas cosas acerca de los países y hombres incógnitos. Y yo sé lo mucho que os gusta oír hablar de esto.

—Veo que acerté, porque a primera vista le juzgué marino.

—Pues os habéis equivocado. Cierto es que ha navegado, mas no como el marino Palinuro, sino como el hábil y prudente Príncipe Ulises; más bien como el sabio filósofo de la antigüedad Platón. Porque este mismo Rafael Hytlodeo conoce tan bien la lengua latina como la griega. Es mejor helenista que latinista, pues se entregó al estudio de la Filosofía y sabe que los latinos no han escrito libros eminentes, salvo algunos pocos de Séneca y de Cicerón. Es portugués y dejó la hacienda que tenía en su tierra natal a sus hermanos. Luego se unió a Américo Vespucio, pues tenía el deseo de ver y conocer los países remotos del mundo. Acompañó a éste en los tres últimos viajes de los cuatro que hizo, cuya relación se lee ya por todas partes. No volvió con él de su último viaje. Tanto porfió Hytlodeo en quedarse con los veinticuatro hombres que dejaba allí Vespucio, que éste, contra su voluntad, hubo de darle la licencia que le pedía. Quedóse, pues, allí como era su gusto, pudiendo más en él su afición a los viajes y a las aventuras que el temor a morir en tierra extraña. Siempre tiene en los labios estas dos máximas: El Cielo cubrirá a quien no tenga sepultura y El camino que conduce al Cielo tiene igual largura y está a la misma distancia desde todas partes. Esta fantasía suya le hubiera podido costar cara si Dios no hubiese sido siempre su mejor amigo. Después de haberse marchado Vespucio, viajó atravesando muchas regiones en compañía de cinco de sus compañeros. Con maravillosa fortuna arribó a Taprobana, y de allí se fue a Calicut, donde halló naves lusitanas que lo devolvieron a su patria.

Luego que Pedro me hubo contado todo esto, le di las gracias por haberme deparado la ocasión de tener un coloquio con un hombre así —plática que tan agradable y beneficiosa me iba a resultar— y me volví a Rafael. Nos saludamos uno a otro y dijimos aquellas cosas que se dicen al trabar conocimiento. Después fuimos a mi casa, y allí, en el jardín, nos sentamos en un banco de verde hierba cubierto y nos pusimos a platicar juntos.

Nos refirió Rafael cómo, después de la partida de Vespucio, él y los compañeros que se quedaron allí lograron ganar poquito a poco, con suaves y persuasivos discursos, la amistad y los favores de los naturales del país, y entablar con ellos relaciones, no sólo de paz, sino familiares, y hacerse gratos a cierto personaje principal, cuyos nombre y nación he olvidado, la liberalidad del cual les procuró todo lo que habían menester para proseguir su viaje: barcas para cruzar las corrientes de agua, carros para ir por los caminos. Dióles además un guía fiel, que había de llevarlos hasta los otros Príncipes.

Así, después de muchas jornadas, hallaron ciudades y Repúblicas llenas de gente y gobernadas por muy justas leyes. Bajo la línea equinoccial, y a ambos lados de la misma, hasta donde llega el sol en su carrera, hállanse los vastos desiertos, abrasados y secos por razón del perenne e insufrible calor. Allí, todas las cosas son feas, espantosas, aborrecibles, y no gusta mirarlas. Viven fieras y serpientes y algunos hombres no menos crueles, feroces y salvajes que aquéllas. Mas algo más allá todas las cosas empiezan a hacerse más agradables poco a poco; el aire es suave y templado, el suelo está cubierto de verde hierba y son menos feroces las bestias. Y por fin vuelven a hallarse gentes y ciudades que hacen continuamente el tráfico de mercaderías, tanto por mar como por tierra, no solamente entre ellos y con las comarcas vecinas, sino también con los mercaderes de los países remotos. Tuvo ocasión de ir a muchos países, pues todas las naves que estaban prestas a hacerse a la vela recibían con agrado a Hytlodeo y a sus compañeros. Las primeras naves que vieron teman ancha y plana la carena; las velas estaban hechas de papiros o de mimbres y aun a veces de cuero. Después las hallaron con velas de cáñamo y las quillas terminadas en punta; finalmente hallaron otras en todo semejante a las nuestras.

Los marinos eran también muy diestros y hábiles; sabían bien las cosas del mar y las del cielo. Rafael ganó su amistad enseñándoles el uso de la aguja magnética, que desconocían hasta entonces, pues eran temerosos del mar, en el cual. sólo se arriesgaban durante el estío. Mas ahora tienen tal confianza en esa aguja que no temen ya el tempestuoso invierno; se arriesgan más de lo debido, y bien pudiera ser que lo que ellos juzgaron un bien les traiga, por imprudencia suya, los mayores males.

Sería muy larga la narración de las cosas que Hytlodeo nos contó acerca de lo que había visto en las tierras en que él había estado. Tampoco es mi propósito narrarlas aquí. Tal vez hablaré de ello en otro libro, principalmente de lo que es útil que sea conocido, como son las leyes y ordenanzas que, según él, han sido prudentemente dictadas para que sean cumplidas en aquellos pueblos, que viven juntos en buen orden merced a su sistema de gobierno. Le preguntamos largamente sobre tales extremos, y él, con suma amabilidad, satisfizo nuestra curiosidad. Mas no le hicimos preguntas acerca de los monstruos, porque eso ya no es nuevo. Nada es más fácil de hallar que las aulladoras Escilas, las voraces Celenos, los Lestrigones devoradores de hombres u otros grandes e increíbles monstruos como esos. Pero es extremadamente raro encontrar ciudadanos gobernados mediante buenas leyes. Aunque Rafael vió en aquellas tierras recientemente descubiertas, bastantes instituciones extravagantes e insensatas, notó en cambio otras muchas de las que pueden tomar ejemplo nuestras ciudades, naciones, pueblos y reinos para enmendar sus faltas, sus enormidades y sus errores. De esto, como ya tengo dicho, trataré en otro lugar.

Ahora sólo me propongo referir lo que nos contó acerca de las costumbres, leyes y ordenanzas de los Utópicos. Mas antes debo explicar por qué discurso llegamos a tratar de aquella República. Hytlodeo consideraba con gran discreción las cosas malas que había podido ver acá y allá; la mejor que en ambas partes había visto, y se mostraba tan profundo conocedor de las costumbres y Ieyes de los diversos países, que parecía haber pasado toda su vida en cada uno de ellos. Suspenso ante semejante hombre, dijo Pedro:

—En verdad, maese Rafael, que me sorprende grandemente que no os halléis sirviendo a algún Rey, pues estoy cierto de que no hay ningún Príncipe a quien no fuerais grato en seguida, ya que podríais agradarle con vuestra profunda experiencia y vuestro conocimiento de los hombres y de los países. Instruirle con muchos ejemplos y ayudarle con vuestros consejos. Si esto hicieseis, os darían un buen empleo, y podríais proteger a la vez a vuestros amigos y parientes.

—En lo tocante a mis parientes y amigos —respondió— no tengo de qué preocuparme, pues ya he hecho mucho por ellos. Los demás hombres no se desprenden de sus bienes de fortuna hasta que se sienten viejos y enfermos, y aun entonces, pese a que no pueden usarlos, no renuncian a ellos de muy buen grado. Yo, estando todavía en la flor de mi juventud y sano, repartí los míos entre mis amigos y parientes, y creo que estarán contentos de mi liberalidad y que no querrán después que me haga esclavo de un Rey.

—¡Dios me libre de proponeros que os esclavicéis! —dijo Pedro — Hablo de servir nada más. Creo que sería el mejor modo de emplear vuestro tiempo con provecho, no sólo en bien de vuestros amigos, sino en el de toda suerte de personas en general. Así mejoraríais de condición y seríais más rico.

—¿Mejorar de condición y ser más rico haciendo lo que me repugna? — replicó Rafael— Ahora vivo libre, según mi gusto. Habrá muy pocos ricos y pares del Reino que puedan decir lo mismo. ¿No son ya bastantes los que buscan la amistad de los poderosos? Paréceme que no es ningún mal que entre ellos no nos contemos ni yo ni tres cuatro más.

—Veo claramente, amigo Rafel —tercié yo— que no apetecéis riquezas ni poder; y yo no reverencio ni aprecio menos a un hombre que piensa como vos que a los poderosos. Creo que obraríais de acuerdo con vuestro natural generoso sacrificando vuestra comodidad y consagrando vuestro saber y vuestra diligencia a la República, lo que podríais hacer con gran fruto siendo del Consejo de algún gran Príncipe, donde el Príncipe podría oír vuestras honradas opiniones. Un Príncipe, bien lo sabéis, es como una fuente de la que manan perennemente sobre su pueblo todos los bienes y todos los males. En vos hay una ciencia sin experiencia y una experiencia sin ciencia tan grandes, que seríais un excelente consejero de cualquier Rey.

—Os equivocáis dos veces, maese More —me respondió—; primero respecto de mi persona y luego de la cosa en sí misma. No hay en mí la habilidad que vos me atribuís, y aunque la hubiese y yo mismo turbase mi propio sosiego, no serviría para los negocios de Estado. En primer lugar, a las gentes divierten más los hechos bélicos y caballerescos que las cosas de la paz, y más se preocupan de conquistar, por buenas o malas artes, nuevos territorios que de gobernar pacíficamente los que ya tienen. Además, los consejeros de los Reyes, o bien carecen de entendimiento o bien tienen tanto que no les dejan aprobar las opiniones ajenas, a no ser que se trate de aplaudir las más insensatas por haberlas dicho aquellos personajes por mediación de los cuales, adulándolos, esperan conseguir el favor del Príncipe. Es una cosa natural que el hombre ame sus propias obras. También a la hembra del cuervo y a la mona les parecen sus crías hermosísimas. En semejante compañía, donde unos desdeñan y desprecian los ajenos pareceres y los demás consideran las propias opiniones como las mejores, si alguien propone como ejemplo a seguir lo que ha Ieído se hizo en otros tiempos o lo que ha visto en países extranjeros, advierte que los que le escuchan se comportan como si fuesen a perder su fama de discretos, y aun como si después hubiesen de ser tenidos por necios, a menos de poder demostrár el error en que han caído los otros. Si no persuaden todas estas razones, se escudan diciendo:

Estas cosas eran del agrado de nuestros padres y antepasados. ¡Quién pudiera ser tan sabio como ellos! Con esto hacen callar a los demás y vuelven a sentarse. Como si constituyese un grave peligro que un hombre fuese en alguna cuestión más sabio que sus antepasados. A más, nosotros que consentimos que no sean cumplidas las mejores y más sabias leyes que ellos dictan, cuando se pretende mejorarlas nos aferramos a ellas, pese a los muchos defectos que hallamos en las mismas. He oído muchas veces juicios absurdos y orgullosos como esos en diversos países, y, hasta una vez, en la misma Inglaterra.

—¿Habéis estado en nuestro país? —le pregunté.

—Sí —me respondió—, cuatro o cinco meses. Llegué poco después de haberse alzado contra su Rey los ingleses del Oeste. Para acabar con esta insurrección hubo que ajusticiar a los rebeldes. Me favoreció entre tanto el Reverendísimo Padre Juan Morton, Cardenal Arzobispo de Canterbury, que era a la sazón Lord Canciller de Inglaterra, hombre, maese Pedro, tan respetable por su autoridad como por su prudencia y sus virtudes. Era de mediana estatura y llevaba el cuerpo erguido a pesar de su avanzada edad. Su rostro era agradable. Sin dejar de ser grave, era amable en el trato. Empleaba a veces un lenguaje rudo con los pretendientes, que no les ofendía, para probar su temple de alma, y protegía, sin imprudencia, a los que daban muestras de tener cualidades semejantes a las suyas. Hablaba con elegante y persuasiva elocuencia. Sabía de leyes como pocos, y tenía un entendimiento y una memoria prodigiosos. Tales cualidades, que poseía por naturaleza, habíanlas perfeccionado el ejercicio y el estudio. Cuando yo estuve allí, el Rey hacía gran caso de sus consejos, y él era en cierto modo el que sostenía el Estado. Siendo aún muy joven, fue trasladado del colegio a la Corte. Hubo de trabajar sin descanso y sufrir infortunios sin cuento. En medio de tantos y tan graves peligros, adquirió esa experiencia del mundo que, una vez aprendida, ya no se olvida fácilmente.

Quiso la fortuna que cierto día, estando yo sentado a su mesa, lo estuviese también un seglar gran conocedor de las leyes de vuestro reino. No sé cómo fue que se puso a alabar con ardor las severas penas con que la justicia castigaba a los ladrones. Diio que, más de una vez, había visto colgar hasta veinte de ellos en una misma horca, y añadió que se preguntaba, ya que tan pocos se libraban del castigo, cuál sería la mala suerte que llevaba a tanta gente a robar.

Entonces yo, que podía hablar sin trabas delante del Cardenal, le repliqué:

—No me maravilla, porque este castigo pasa de los límites de la justicia y es muy dañoso para el Estado. Es demasiado cruel y no lo es bastante para impedir que los hombres roben. El simple robo no es un delito tan grande que deba ser castigado con la muerte, y ninguna pena será lo suficientemente dura para impedir que roben los que no tienen otro medio de ganarse el sustento. En esto vos y gran parte del mundo obráis como los malos maestros, que prefieren azotar a sus discípulos en vez de enseñarles. Hacen sufrir a los ladrones un castigo tremendo, y lo que debiera hacerse es dar a los hombres medios de ganar el pan de cada día, para que nadie se vea forzado por necesidad, primero a robar y a ser ahorcado después.

—Ya se ha proveído sobre esto —respondióme— Existen los oficios y la labranza, si quieren trabajar.

—No escaparéis tan fácilmente —dije yo— Nada diré de los que vuelven estropeados de las guerras, como los que han estado en las de Comualles o en las de Francia. Estos arriesgaron sus vidas por la Patría y por el Rey, y ahora, mancos, cojos o enfermos, no pueden volver a ejercer su antiguo oficio y no se hallan en edad de poder aprender uno nuevo. No hablaré de ellos, repito, pues las guerras se suceden en espacios más o menos largos. Consideremos las cosas que pasan cada día.

-Son muchos los nobles y señores que no se contentan con vivir en la ociosidad, haciendo que los demás trabajen para ellos, sino que desuellan a sus feudatarios para aumentar la renta de sus tierras, porque no conocen otra economía, y además son tan malbaratadores y malgastadores, que algunos acaban viéndose reducidos a la mendicidad. Y no solamente son ellos los que viven en la ociosidad, sino también la inmensa caterva de perezosos criados de que se rodean, los cuales jamás supieron oficio alguno. Estos hombres, cuando muere su amo o ellos enferman, son echados de la casa al instante, porque los señores prefieren mantener ociosos que enfermos. Sucede a veces que el heredero del muerto no puede sostener una casa tan grande ni tener tantos criados como su padre tenía. Y al quedarse sin acomodo, o tienen que dejarse morir de hambre o hacerse ladrones. ¿Qué queréis que hagan sino robar? Mientras buscan otro empleo gastan su salud y sus ropas. Los señores, al ver sus pálidos y demacrados rostros de enfermos y sus andrajos, no los quieren tomar a su servicio. Tampoco los labradores les dan trabajo, porque éstos saben que jamás serán capaces de manejar la azada y de contentarse con un salario y una comida escasos, sirviendo a un pobre labriego aquellos que vivieron en el lujo, la molicie y la pereza, que están acostumbrados a ceñir la espada y a llevar el broquel, que se jactan de ser más que nadie y miran con desprecio a los demás.

—No es eso, señor —replicó— Los hombres de esa clase son los que necesitamos más, porque tienen el estómago más robusto y más audacia y valentía que los artesanos y los campesinos, porque en ellos está la fuerza y el poderío de nuestro ejército cuando hay guerra y hay que luchar.

—¡Muy bien! ,— le respondí —. Con igual razón podríais decir que para estar preparados para la guerra habrá que proteger a los ladrones. Podéis estar seguro de que no faltarán nunca ladrones mientras haya gente como esa de la que vos habláis. Añadiré más: ni los ladrones son malos combatientes, ni esos mercenarios los más cobardes ladrones, porque esos dos oficios se avienen mucho entre sí. Este mal, por mucho que cunda en nuestra Patria, no es propio de ella, sino común a casi todas las naciones.

Francia sufre una plaga aún peor. Todo ese reino está lleno de soldados mercenarios y como sitiado por ellos aun en tiempos de paz, si paz puede llamarse a semejante estado, a los cuales han dejado entrar por las mismas razones que os persuaden a vos a querer proteger a esos criados ociosos. Porque esos prudentes locos creen que el bienestar del país consiste en tener preparado un poderoso ejército de soldados viejos en su oficio y bien adiestrados, pues ninguna confianza ponen en las tropas bisoñas. Y para tener soldados bien adiestrados, se ven forzados a buscar la guerra, no siendo estas matanzas de hombres las que impiden que las manos y el ánimo se entorpezcan en la ociosidad, como ha dicho Salustio. Los franceses han aprendido en sus desgracias lo dañoso que es mantener esas fieras, y los ejemplos que nos han dado los romanos, los cartagineses, los sirios y otras muchas naciones lo atestiguan. No solamente el Imperio, sino los campos y aun las ciudades han sido destruídos por tales ejércitos. Se hace manifiesta la falta de necesidad de tener semejantes tropas al ver que los soldados franceses, adiestrados desde su juventud en el manejo de las armas, no pueden alabarse de haber vencido muchas veces a nuestros bisoños soldados, y no hablaré más de esto porque no me tengáis por adulador. Ni los artesanos de las ciudades ni los rudos campesinos deben tener temor alguno de esos holgazanes criados de los nobles, a no ser que la pobreza haya dejado sin vigor sus almas y sus cuerpos.

Como veis, no hay, pues, peligro alguno que temer. Esos hombres de cuerpo sano y robusto —pues los nobles sólo buscan gente escogida para corromperla —, en vez de aprender un oficio util, en vez de hacer trabajos viriles, se consumen en la ociosidad, se debilitan en ocupaciones mujeriles, se afeminan. En verdad, de cualquier modo que se miren las cosas, no creo que convenga al Estado mantener a tantas gentes de esta clase, solamente para estar preparados para una guerra que no tendréis si no la queréis. La paz merece tanta consideración como la guerra. Pero todo esto no es la sola causa de que existan necesariamente tantos ladrones. Hay otra, y mayor, a mi parecer, que es propia de nuestro país.

—¿Cuál es? —preguntó el Cardenal.

—Las ovejas, monseñor —le respondí —. Nuestras ovejas, que tan mansas suelen ser y tan poco comen, se muestran ahora, según he oído decir, tan feroces y tragonas que hasta engullen hombres, y destruyen y devoran campos, casas y ciudades. En todos los lugares del reino donde tienen la mejor lana, la más apreciada, los nobles, los señores y aun los santos varones de los abades, no se contentan con las rentas y beneficios que sus antecesores solían sacar de sus tierras, y no contentándose con vivir muelle y perezosamente sin hacer nada por el bienestar de los demás, aún hacen daño a éstos; no dejan tierras para la labranza, todo es para los pastos. Derriban las casas, destruyen las aldeas; y si respetan las iglesias es sin duda porque sirven de redil para sus ovejas. Y como si no se perdiera poca tierra en bosques y cotos de caza, esos santos varones mudan en desiertos las moradas y toda la gleba. Así, pues, para que un devorador insaciable, plaga de su Patria, pueda encerrar en un solo cercado varios millares de acres de pastos, muchos campesinos son despojados de lo poco que poseen. Los unos por fraude, otros expulsados o hartos ya de sufrir tantas vejaciones, se ven forzados a vender cuanto tienen. De todos modos, esos infelices hombres y mujeres, maridos y esposas con sus hijos pequeños, huérfanos y viudas tienen que irse a otras partes. Y estas familias son más numerosas que ricas, ya que la tierra pide el trabajo de muchos brazos. Se van, pues, todos, abandonando sus casas, los lugares donde vivieron, y no hallan dónde refugiarse. Sus ajuares, que poco valen, tienen que venderlos por casi nada. Helos, pues, errantes y sin recursos cuando han gastado ese dinero. ¿Qué recurso les queda entonces sino el de robar y ser ahorcados o el de mendigar? Mas si hacen esto último los encarcelan, pues son vagabundos que no trabajan. Nadie quiere darles trabajo, aunque ellos se ofrezcan a trabajar de buena voluntad. Como el único oficio que saben es el de labrador, no pueden ser empleados donde no se ha sembrado.

Un solo zagal, un solo pastor basta para apacentar los rebaños en una tierra que necesitaba muchos brazos cuando estaba sembrada. Por esta causa son más caras las cosas de comer en muchos lugares. Además, los precios de las lanas han subido tanto, que las pobres gentes que hacían paños con ellas no pueden comprarlas ahora, por lo que muchos han de dejar su oficio y estar sin trabajar: Desde que hay tantos lugares de pasto, una inmensa muchedumbre de ovejas ha muerto de morriña, como si Dios hubiera querido castigar con esta plaga en los rebaños la desordenada e insaciable codicia de sus dueños, que son los que más merecían que hubiese caído sobre sus cabezas. Así, aunque aumente el número de las ovejas, su precio no baja, porque hay muy pocos vendedores, porque casi todos los rebaños están en manos de unos pocos hombres ricos, los cuales no tienen necesidad de vender hasta que ellos quieren, y no quieren vender sino cuando el precio les conviene.

Esto ha traído también la gran escasez de ganado de otras especies, pues, como han sido destruídas las casas de labranza y no se labra la tierra, nadie las cría. Esos ricos crían ovejas, pero no ganado mayor. Compran primero las crías de este último, muy baratas, en otras comarcas, y luego, cuando las han cebado bien en sus pastos, las vuelven a vender excesivamente caras. Y creo que no se han sufrido aún todas las incomodidades de esto. Hasta ahora no se ha advertido la escasez más que en los lugares donde se hacen las ventas. Mas cuando hayan sacado de todas partes más ganado del que puede nacer, habrá menos reses, y, por la codicia irracional de unos pocos, lo que pudo haber sido la mayor riqueza de este reino será la causa de su ruina. Esta gran escasez de cosas de comer hace que las casas se tornen menos hospitalarias y que tengan los menos criados que pueden. Y ¿ qué han de hacer éstos? Mendigar o salir a robar. Y por si esto fuera poco, añádense a estas miserias las suntuosidades desordenadas. Todos, los campesinos, los artesanos, los criados que sirven a los señores y a los nobles, hacen escandalosa ostentación de riqueza en sus ropas y en la mesa. Los alcahuetes, las mujeres de mala vida y las mancebías; las tabernas de vino y de cerveza; los juegos ilícitos, como los dados, los naipes, las damas, la pelota, los bolos, ¿no llevan al robo a los aficionados a ellos cuando se les acaba el dinero? Libraos de estas malignas corrupciones, haced una ley que mande que vuelvan a edificar las aldeas y las casas de labranza los que las han destruído, o a lo menos que consientan que lo hagan quienes deseen hacerlo. No dejéis que los ricos hagan grandes acopios y monopolicen el mercado como a ellos les place. No consintáis que haya tantos ociosos. Haced que vuelvan a labrarse las tierras, que vuelvan a tejerse paños, para que estos ociosos puedan ganar el pan trabajando honradamente, tanto los que la miseria ha llevado ya al robo, como los vagabundos y criados sin oficio que están a punto de tornarse ladrones.

Si no ponéis remedio a tales males, no alabéis esa justicia que tan severamente castiga el robo, pues es sólo hermosa apariencia y no es provechosa ni justa. Dejáis que den a los niños una educación abominable que corrompe sus almas desde sus más tiernos años. ¿Es necesario, pues, que los castiguemos por crímenes que no son culpa de ellos cuando llegan a ser hombres? Porque ¿qué otra cosa hacéis de ellos sino ladrones, que luego castigáis?

Mientras yo hablaba, el jurista preparaba su réplica y estaba determinado a darla del modo que suelen hacerlo los disputadores, los cuales repiten lo que han oído en vez de responder a ello, pues creen que el tener una memoria feliz es lo que más alabanzas merece.

—Bien habéis hablado —me dijo —para ser un extranjero que no sabe de estas cosas más que lo que ha oído decir de ellas. Os probaré que os ha inducido a error vuestra ignorancia de las costumbres de nuestro país, y para ello repetiré primero ordenadamente lo que vos habéis dicho; y, por último, contestaré a vuestros argumentos y los refutaré uno por uno. Paréceme que habéis dicho cuatro cosas ...

—Callaos —le dijo el Cardenal —. Semejante exordio nos promete que vuestra respuesta no será corta. Os dispensamos de que os toméis ese trabajo ahora. Si nada os lo impide a vos y al maese Rafael, sería mi deseo que prosiguieseis esta plática mañana. Pero antes, maese Rafael, quisiera que nos dijerais por qué, según vos, el robo no debe ser castigado con la muerte y qué castigo más conveniente a la República debería ser impuesto a tal delito, porque estoy cierto que no creeréis que el robo debe quedar impune. Si aun sabiendo que les espera tan tremendo castigo hay hombres que no dudan en robar, ¿qué temor, qué fuerza podría detener a los malhechores cuando supieran que no les iban a quitar la vida? Además, juzgarían esa mitigación del castigo como una incitación al mal.

—Creo, monseñor —respondíle —, que es injusto dar muerte a un hombre porque ba robado dinero. Soy de opinión que todos los bienes de este mundo no compensan la pérdida de una vida humana. Y si me dicen que esta justicia castiga la transgresión de las leyes, diré que a esta extremada y rigurosa justicía se le puede llamar suma injusticia. No son justas esas leyes crueles y despiadadas, no es justo sacar la espada para vengar ofensas leves. No debemos hacer lo que hacen los Estoicos, para los cuales todas las ofensas son iguales, como si el homicidio y el robo fueran ambos la misma cosa, como si un crimen no fuese más odioso que el otro, pues si hemos de guardar el respeto debido a la equidad, no hay entre esos dos delitos igualdad ni semejanza. Dios nos manda no matar. ¿Y hemos de matar tan prontamente a un hombre porque nos ha quitado un poco de dinero? Y si los hombres saben que la Ley Divina prohibe matar y se enteran más tarde que las leyes humanas dicen que matar es lícito, ¿no podrían hacer leyes que dijesen que son lícitos el libertinaje, la fornicación y el perjurio? Dios nos prohibe, no sólo quitar la vida a nuestros semejantes, sino quitárnosla nosotros mismos. ¿Podríamos legítimamente matarnos los unos a los otros en virtud de una ley hecha por los hombres? Y esa ley ¿tendría una fuerza tal que haría que aquellos que la cumpliesen, a pesar del precepto divino, escapasen del castigo celestial, y que tuvieran el derecho de hacer perecer a todos los que estuviesen condenados por la justicia humana? Entonces, la justicia de Dios sólo reinaría en donde le permitiera la justicia humana, y, finalmente, serían los hombres quienes determinarían en cada circunstancia hasta qué punto sería conveniente guardar los mandamientos divinos. Aun la ley de Moisés, severa como era, pues se hizo para esclavos, para esclavos endurecidos y tercos, castigaba el robo tan sólo con pena pecuniaria, y no con la muerte. No queramos creer que Dios, en su nueva Ley de clemencia y misericordia, por la que nos gobierna como un bondadoso padre gobierna a sus amados hijos, nos da más espacio y mayor licencia para que seamos crueles con nuestros prójimos y ellos con nosotros.

He aquí por qué creo que ese castigo es injusto. Además, paréceme que nadie sabe cuán irrazonable y cuán pernicioso es para la República que el ladrón y el homicida o asesino reciban igual castigo. Si el ladrón sabe esto, se sentirá fuertemente incitado, y aun constreñido, a dar muerte al que sólo hubiera despojado, pues, una vez hecho el crimen, tendrá menos miedo de que sea descubierto, ya que el muerto no podrá acusarle. Y así esta crueldad no infunde miedo a los ladrones, sino que les mueve a matar. Si me preguntarais cuál sería el castigo más conveniente, respondería que, enmi opinión, no es más difícil de hallar que el peor. ¿Por qué hemos de poner en duda que eran buenos y provechosos los castigos que daban en la antigüedad los romanos, que tan hábiles eran en el gobierno de la República? En Roma, los grandes criminales eran condenados a trabajar en las canteras, a sacar metales en las minas, a llevar cadenas todos los días de su vida. Tocante a esto, no he visto en ninguna nación nada que pueda compararse a lo que, viajando por el mundo, vi en Persia entre los llamados comúnmente Polileritas, cuyo país es grande y está sabiamente gobernado. Cumplen solamente sus propias leyes, y son libres, aunque pagan un tributo anual al poderoso Rey de los persas. Mas como están lejos de la mar y casi cercados por altas montañas, y se contentan con los frutos que da su tierra, que es muy feraz, no van ellos a otros países ni las gentes de otros países vienen al suyo. Fieles a la antigua costumbre de su nación, no desean ensanchar los límites de ella. Sus montañas los defienden y el tributo que pagan a su Rey los libra de tener que ser soldados. Viven cómodamente, aunque sin suntuosidad, y son más felices y ricos que insignes y famosos. Creo que su nombre solamente lo conocen sus vecinos más cercanos.

Entre los Politeritas, un sujeto convicto de robo tiene que restituir las cosas robadas a su legítimo dueño, y no al Rey, como es uso en otros países, pues creen que el Príncipe no tiene más derecho sobre ellas que el mismo ladrón. Si perecen las cosas robadas, se pagan con los bienes de fortuna que posee el ladrón, y lo que sobra se devuelve a la esposa e hijos de éste, el cual es condenado a trabajos públicos. Si el robo es de po ea monta, el ladrón no es encarcelado ni cargado de cadenas. Los que se niegan a trabajar o lo hacen con holgazanería, son forzados a ello a zurriagazos y les ponen cadenas. Los que muestran buen ánimo en el trabajo no son maltratados. Cada noche los llaman por sus nombres y son encerrados en aposentos. Sólo tienen que trabajar de día y su vida no es dura ni incómoda. Danles bien de comer a expensas de la República, porque son siervos de ella. Se apela a diversos recursos para mantenerlos. En algunas partes los mantienen con las limosnas que dan para ellos; y aunque este recurso es incierto, por ser el pueblo muy misericordioso, no se halla otro más provechoso o que resulte más abundante. En algunos lugares se señalan ciertas tierras y con lo que ellas dan los mantienen; y en otros lugares se hace pagar un tributo especial a sus moradores.

Otras regiones hay en que los esclavos —llaman así a los condenados —no trabajan para la República. Cualquier persona particular que necesite gañanes, los alquila por días, dándoles de comer y beber y pagándoles un jornal un poco menor que el que se da a los gañanes libres; y el amo tiene además el derecho de castigar con azotes a los perezosos. Así los condenados nunca carecen de trabajo y tienen lo que necesitan para vivir. Tienen que entregar algo de lo que ganan para el Tesoro de la República. Todos llevan un vestido del mismo color y no les rapan sino la parte de la cabeza que está encima de las orejas; pero les cortan la parte superior de una de las orejas. Todos ellos pueden recibir de sus amigos regalos de alimentos y bebidas y también un vestido del color prescrito; pero un regalo en dinero trae consigo la muerte del que lo hace y del que lo recibe. Igual castigo se impone al hombre libre que, por cualquier razón, toma dinero de un esclavo y al esclavo que toca armas. Cada condado marca a sus esclavos con distintas señales. El que se quita la marca es castigado con la muerte, y también el que es visto fuera de los límites de su condado o hablando con un esclavo de otro condado. Un intento de fuga no es menos peligroso que la misma evasión. Quien ayuda a otro a fugarse, pierde la vida, si es esclavo; la libertad, si es libre. Se premia a los delatores: al hombre libre, con dinero; al esclavo, con la libertad. Si el delator es uno de los cómplices le es perdonado su delito. Así es mejor arrepentirse a tiempo que perseverar en una mala intención.

Estas son las leyes y orden de ese pueblo, como os he dicho. Bien se echa de ver lo conveniente que es y lo lejos que está de la crueldad esa humanidad, esa benevolencia que usan. Con el castigo sólo se proponen destruir los vicios y salvar a los hombres, para que éstos elijan el ser buenos y reparen en lo restante de su vida el mal que antes hicieron. A más se teme muy poco que puedan volver a su viciosa condición, y los viajeros los toman como guías sin desconfianza alguna, para ir de un condado a otro, y en cada condado los cambian tomando otros. Si quisieran robar no podrían hacerlo, pues no llevan armas, y el dinero que les hallasen encima delataría su criminal acción. Sabe que será castigado y que no tiene esperanza alguna de poder huir. ¿Podría ocultar su fuga un hombre que no va vestido como los demás? Si huyera desnudo le delataría el modo cómo lleva rapada parte de la cabeza y la oreja cortada. Tampoco es de temer que se junten para conspirar contra la República. Los esclavos de un solo condado no podrían llevar a cabo tal intento sin la ayuda de los esclavos de otros condados. Esto es del todo imposible para hombres que tienen prohibido el hablarse entre sí o saludarse. No se atreverían a proponer esto a sus compañeros, pues saben sobradamente lo peligroso que es guardar un secreto y lo provechosa que es para ellos la delación. Por otra parte, nadie desespera de alcanzar su libertad algún día mostrando humilde obediencia y paciente resignación, dando pruebas de que llevará una vida de verdadero hombre honrado en lo venidero. Y, en efecto, cada año son premiados con la libertad los que han sabido tener esa mansa resignación.

Dicho esto, iba a añadir que no comprendía por qué no podían ser impuestos este orden y estas leyes en Inglaterra con mucho más provecho que la justicia que tanto había alabado el jurista, cuando éste habló así:

—Jamás se podría imponer esto en Inglaterra sin peligro para la República.

Y al decir esto, meneó la cabeza y puso mala cara. Luego calló. Todos los presentes aprobaron sus palabras.

—Es difícil juzgar,— dijo el Cardenal —sin antes probarlo, si ese orden sería bueno o malo aquí. Mas si, después de haber sido pronunciada la sentencia de muerte, mandase el Rey suspender y aplazar la ejecución, podría intentarse la prueba, aboliendo antes el derecho de asilo en los lugares sagrados. Y si se viese que esto era bueno y provechoso, se podría hacer. De no ser así, se tendría que cumplir la sentencia y dar muerte a los condenados. Nada de esto sería dañoso para la República. Y creo yo que se podría tratar de igual modo a los vagabundos, contra los cuales se han dictado ahora tantas leyes que no han conseguido enmendarlos.

Luego de haber hablado así el Cardenal, todos tuvieron grandes alabanzas para mis dichos, los cuales habían desaprobado poco antes. Pero lo que más aplaudieron fue lo que había añadido el Cardenal acerca de los vagabundos. No sé si sería mejor callar lo que siguió; sin embargo, como no es cosa mala y tiene bastante relación con lo que se había hablado antes, lo contaré también.

Hallábase allí cierto parásito burlón que pretendía imitar a un bufón y conseguía, no sólo parecerlo, sino serlo. Era tan afectado en el hablar y decía cosas tan fuera de tiempo y lugar que movía a risa a sus oyentes, los cuales reíanse más a menudo de él que de sus chocarrerías. Mas de vez en cuando salían de sus labios palabras juiciosas, cual si quisiera hacer verdad el proverbio que dice: Quien tira, da en el blanco al final. Dijo a la sazón uno de la compañía que ya que en mi discurso había hallado un buen remedio para acabar con los ladrones y el Cardenal otro para corregir a los vagabundos, aún faltaba encontrar otro para favorecer a aquellos que, viejos, enfermos y caídos en la pobreza, no podían trabajar para ganar el sustento. A esto replicó el burlón:

—Dejadlo para mí y veréis cómo hallo el remedio. Lo que más quisiera es no tener que tropezar con tales gentes, que me han importunado muchas veces pidiéndome limosna con lágrimas en los ojos y jamás han podido sacarme ni una sola moneda. Siempre me sucede una de estas dos cosas: o no quiero darles dinero, o quiero dárselo y no puedo porque no lo tengo. Ahora que saben bien que no pueden esperar de mí más de lo que podrían esperar de un sacerdote o un monje, me dejan pasar cuando me ven sin decirme nada, para no pedir en vano. Yo haría, pues, una ley que mandase que todos los mendigos fuesen repartidos entre los conventos, para que los varones fueran convertidos en lo que los frailes llaman legos y las hembras en monjas .

Sonrióse el Cardenal y aprobó la chanza. Los demás hicieron lo mismo. Pero un fraile, que era licenciado en Teología, a quien estos dichos sobre los curas y las monjas habían puesto de excelente humor, empezó también a bromear, a pesar de ser hombre grave.

—No acabaréis con los mendigos —dijo el bufón —si no os preocupáis también del bienestar de los frailes. —¿Por qué? —replicó el parásito— ¡Monseñor ya ha hallado el remedio! Hay que hacer trabajar a los vagos. ¿Y no sois vosotros los mayores vagos del mundo?

Viendo que el Cardenal nada replicaba, echáronse todos a reir, menos el fraile, el cual, ofendido por lo que acababa de decir el bufón, se indignó y enfadó tanto que no pudo domeñar su cólera y le llamó bellaco, villano, marrano, maldiciente. calumniador e hijo de perdición, mezclando con estas palabras las más terribles imprecaciones sacadas de las Sagradas Escrituras.

Entonces el bufón comenzó a mofarse de un modo que naclie lo podría hacer mejor, y dijo:

—Sosegaos, buen fraile, no os irritéis. Está escrito: Mediante vuestra paciencia salvaréis vuestras almas.

A lo que respondió el fraile con estas palabras:

—No estoy airado, malvado, pillo de horca, o por lo menos no peco, pues dijo el Salmista : Enojaos, y no queráis pecar más.

El Cardenal amonestó con dulzura al fraile para que se reportase.

—Vos sabéis, Monseñor, que tengo el deber de hablar así —dijo el amonestado. Los mismos santos han tenido estos arrebatos de furor. Dice un Salmo:

El celo de tu casa me devoró. Y se canta en las iglesias: Los que se burlaron de Elíseo cuando entró en la¡ Casa de Dios, sintieron la cólera del calvo, como la sentirá este villano burlón.

—Creo que lo hacéis con buena intención —díjole el Cardenal, mas pareceme que obraríais más sana y prudentemente no prosiguiendo esta insensata altercación con hombre tan necio.

A lo que replicó el fraile:

—No, Monseñor no sería más prudente. Salomón el sabio, dijo: No respondas al necio imitando su necedad, y es lo que estoy haciendo ahora para que vea este necio en qué abismo puede caer si no tiene más cuidado. Y si los que se burlaron de Eliseo, que era un solo hombre calvo, sintieron la ira del calvo, ¿cómo no ha de sentirla más aún este burlón que se mofa de tantos frailes, entre los cuales hay muchos calvos? Tenemos también las Bulas del Papa en virtud de las cuales los que se burlan de nosotros están excomulgados.

Viendo el Cardenal que la disputa no llevaba trazas de acabar, hizo una discreta seña con la mano para mandar salir al bufón, y pasamos a hablar de otras cosas. Al cabo de poco espacio, levantóse de la mesa y nos despidió. Fuese a conceder audiencia a los que venían a pedirle favores.

—Ved, maese More, qué larga y tediosa ha sido la historia que os he contado. Seguro estoy de que me hubiese avergonzado de haber hablado tanto si no hubiera sabido que vos lo deseabais y me escuchabais con gusto. Hubiera podido ser más breve, pero quería persuadir a mi auditorio, que empezó desaprobando mis palabras y acabó alabándolas cuando oyó decir al Cardenal que no le parecían mal. Por adular a Monseñor, no sintieron rubor alguno al aplaudir las desatinadas invenciones de un bufón, animándoles a ello el ver que el amo de éste había sonreído al oírlas y no las había refutado. Ya veis en cuán poca estima tienen los cortesanos mi persona y mis opiniones.

—Os aseguro, maese Rafael, que os he escuchado con agrado — dije. —— Las palabras que habéis dicho han sido discretísimas. Hanme hecho creer que me hallaba, no solamente en mi patria, sino también en el palacio del Cardenal, de quien habéis hecho tan bello retrato. Me habéis traído dulces recuerdos de la niñez, porque en ese palacio pasé mi infancia y me enseñaron lo que sé. Ya os profesaba mucho afecto, amigo Rafael; pero no podéis imaginaros lo que ha crecido ese afecto en mi corazón al ver lo que favorecéis a aquel hombre. Mas esto no cambia la opinión que tengo formada de vos. Sigo creyendo que si quisierais estar en la Corte de algún Príncipe, vuestros consejos podrían ser muy útiles y provechosos a la República. Os obliga ese deber, que es el de todo buen ciudadano. Ya sabéis que ha dicho vuestro admirado Platón que sólo serán perfectamente felices las Repúblicas en lo venidero, si los filósofos son Reyes o los Reyes se entregan al estudio de la filosofía. ¡Cuán lejos están aún las Repúblicas de esta felicidad si los filósofos no se dignan modelar el ánima de los Reyes con sus sabios consejos!

—Los filósofos no son tan adustos —respondió —y lo harían con agrado si los Reyes y Príncipes estuviesen dispuestos a seguir los buenos consejos. Muchos de ellos lo han hecho ya en sus libros. Pero no hay duda de que Platón ya previó que los Reyes, a menos de entregarse al estudio de la filosofía, jamás querrán escuchar los consejos de los filósofos, porque sus corazones están pervertidos desde su más tierna edad por las ideas falsas y malas. Platón vio que esto era verdad en el ejemplo del Rey Dionisio. Si yo propusiera a algún Rey que se diesen leyes sabias, si intentase arrancar de su alma las perniciosas causas originales de vicio e iniquidad ¿no creéis que sería arrojado de su Corte o se reirían de mí? Suponed que me hallase con el Rey de Francia y estuviera sentado en su Consejo tratando de negocios secretos. El monarca y sus más talentudos consejeros y ministros hállanse presentes allí. Búscanse los medios de poder conservar Milán, de impedir que se separe Nápoles, de conquistar Venecia, de someter a toda Italia; luego de unir a la Corona toda la Borgoña, Flandes y Brabante, sin contar otros reinos y tierras que hace largo tiempo se tiene el propósito de invadir. Uno aconseja que se concierte con los venecianos un Tratado de Paz, que durará toda el tiempo que sea menester, y ceder a éstos parte del botín, la cual sería recobrada cuando se hubiera arreglado todo a gusto de Francia. Otro opina que sería mejor traer alemanes. Este otro dice que hay que ganar el favor de los suizos dándoles dinero. Aquel da el consejo de hacer un sacrificio y apaciguar con oro al poderoso Emperador. Aquel otro aconseja hacer las paces con el Rey de Aragón, restituyéndole el reino de Navarra. Hay quien propone que se intente hacer una alianza con el Rey de Castilla, ganando antes a algunos señores de aquella Corte, los cuales serían comprados mediante una pensión.

Están dudosos acerca de lo que se debe hacer con Inglaterra, pero están acordes en una sola cosa, en hacer la paz con los ingleses, para estrechar los lazos de amistad con ellos, para hacer más caliente esta amistad, que hasta ahora ha sido tibia. Así se podrá llamar a esa nación amiga, pero se seguirá desconfiando de ella cual si fuese enemiga. Se tendrá siempre preparados a los escoceses, por si es necesario emplearlos contra los ingleses. En secreto, porque públicamente no puede hacerse por razón de la tregua pactada, habrá que tener preparado igualmente a algún noble inglés, que haya sido desterrado de su país y que quiera ser pretendiente al Trono, para tener dominado y sujeto a ese monarca que tan poca confianza les infunde. Y ahora digo yo: ante tan graves e importantes negocios, ante tantos nobles y prudentes varones que solamente aconsejan al Rey que hablen las armas, o sea la guerra, ¿qué sucedería si mi humilde persona se levantase y les aconsejase que cambiasen el rumbo? Yo les diría: Dejad tranquila a Italia y quedaos en casa; el reino de Francia es tan grande que un soIo hombre no puede gobernarlo bien, y el Rey no ha de menester engrandecerlo más. Luego les propondría que imitasen el ejemplo de los Acorianos, pueblo situado enfrente de la isla de Utopía, en el lado del Sudeste.

Esos acorianos hicieron la guerra tiempo atrás a otro reino, para dárselo a su soberano, quien se consideraba con derecho a ceñir la corona del mismo en virtud de una antigua aIianza. Al final, luego de haberlo conquistado, diéronse cuenta de que les era tan difícil conservarlo como les había sido apoderarse de él. Cuando no tenían que sufrir las irrupciones y saqueos de las tropas de otras naciones, tenían que sofocar las diarias insurrecciones de sus nuevos vasallos, por lo que tenían que estar continuamente luchando en favor de ellos o contra ellos. Veían que se estaban empobreciendo porque salía el dinero fuera del reino, que morían sus hombres para mantener la gloria de otra nación. La paz no era para ellos mejor que la guerra, porque la guerra habíales pervertido de tal modo que les había acostumbrado a matar y a robar. No eran respetadas las leyes. El Rey mostrábase incapaz de gobernar los dos reinos. Y comprendiendo que estos males iban a ser inacabables, se concertaron y dijeron a su Rey que debía escoger entre ambos reinos, pues para una sola cabeza era mucho peso el de dos coronas y ellos eran demasiado numerosos para consentir ser regidos por medio Rey. Dijeron también al monarca que un mulero no podía guardar al mismo tiempo las bestias de dos amos. Este buen Príncipe hubo de contentarse con su antiguo reino y dar el nuevo a uno de sus amigos, quien fue arrojado de él poco tiempo después.

Y si yo añadiese y demostrase que tales aventuras bélicas, no solamente dejarían vacías las arcas del tesoro, sino que causarían muchas destrucciones y muertes y llevarían la confusión a otras naciones; si dijese que sería más conveniente para el Rey contentarse con su reino de Francia, como hicieron sus antepasados antes de él, para enriquecerlo, para hacerlo florecer tanto como él pudiese, amando a sus súbditos para que éstos volviesen a amarle, viviendo con ellos, mandándolos con blandura, no apeteciendo conquistar más reinos, pues tiene bastante y aún le sobra con el que ya posee, ¿creéis que sería escuchado, maese More?

—Me temo que no —respondí.

—Prosigamos, entonces —dijo Rafael. —Imaginaos un Rey y sus consejeros buscando los medios de enriquecer al monarca. Uno aconseja aumentar el valor del dinero cuando el Rey haya de pagar y dar a la moneda menos valor del que tiene cuando tenga que recibir dinero; de este modo se podrán pagar grandes cantidades con poco dinero y se recibirá mucho cuando hayamos de cobrar el poco que nos deben. Propone otro que se finja que hay guerra y que cuando el Rey haya recibido dinero en abundancia, haga que se celebre la paz con grandes y solemnes ceremonias religiosas, para así cegar los ojos de la plebe y para que él sea tenido por Príncipe piadoso que no ha querido que se derramase sangre humana. Este pide que se hagan cumplir ciertas leyes antiguas, que por antiguas han sido olvidadas y transgredidas por todos; tales leyes castigan los delitos con penas pecuniarias, y mandando cumplirlas, el Rey parecerá hacer justicia. El consejo que da éste otro es que se prohíban muchas cosas que se considera se hacen en daño de la República, castigando a los trangresores con fuertes penas pecuniarias, y vender luego el privilegio de hacerlas. Por este medio se gana el favor del pueblo y se consigue provecho de dos maneras: primero haciendo sufrir la pena o confiscación a los que por codicia no cumplieron estas leyes y luego vendiéndoles privilegios y licencias. Y más caros podrá vender el Príncipe estos privilegios cuanto menos dispuesto se muestre a consentir que una persona haga algo en daño de sus súbditos.

Otro aconseja que el Rey perdone a los jueces del reino que no hicieron cumplir las leyes, para tener a éstos siempre a su lado y para que mantengan los derechos del Príncipe. Además, los llamará a Palacio para que arguyan y discutan en presencia suya sobre tales negocios. Por mala e injusta que sea una causa siempre habrá uno u otro de ellos que, porque tiene algo que alegar u oponer, porque se avergüenza de volver a decir lo que ha sido dicho ya o porque quiere agradar al soberano, hallará el modo de defenderla con argucias. Y así, cuando los jueces no estén acordes entre ellos y sigan disputando sobre lo que ya es bastante claro, y sea puesta en duda la verdad manifiesta, podrá el Rey entender que la ley ha sido hecha en su provecho, y entonces los demás, por vergüenza o temor, consentirán en ello. Luego los jueces se atreverán a pronunciarse en favor del Rey, porque el que obra así ha detener una buena razón que lo abone; le bastará tener la equidad de su parte, o la letra de la ley, o interpretar torcidamente ésta, o lo que para los jueces buenos y justos tiene más fuerza que todas las leyes, la indisputable prerrogativa real.

Y, finalmente, todos los consejeros se muestran conformes con la máxima del rico Craso de que no basta la abundancia de oro para que un Príncipe mantenga un ejército. Además, un Rey, aunque podría hacerlo si quisiera, no puede hacer nada injusto: es dueño absoluto de las personas y bienes de sus súbditos, y todo lo que éstos poseen lo tienen merced a la benignidad real. Lo que más conviene al Rey es que sus súbditos posean muy poco o nada; el Rey está más seguro en su trono cuando su pueblo no goza de demasiada riqueza y libertad, pues, cuando hay estas cosas, los hombres no obedecen de buen grado las leyes duras e injustas; por otra parte, la necesidad y la pobreza abaten sus audacias haciéndoles sumisos a la fuerza.

Suponed que entonces me levanto y afirmo: Son dignos de vituperio y deshonrosos para el Rey todos los consejos que acabáis de darle. Fuera más honroso y provechoso para él enriquecer a su pueblo en vez de buscar su propia riqueza. Los hombres hacen los Reyes para su propio bien, no para el bien de éstos; los hacen para poder vivir sin temor a sufrir afrentas e injusticias. El Rey debe velar más por la felicidad de su pueblo que por la suya, porque es como un pastor, y el pastor antes que nada tiene que apacentar a sus ovejas.

Yerran los que creen que la defensa y el mantenimiento de la paz consiste en la pobreza del pueblo. ¿Dónde abundan más las disputas, las querellas, los alborotos, las rencillas y las reprobaciones sino entre los mendigos? ¿Quiénes desean más las mudanzas que los que no están contentos del modo cómo viven? ¿No es el más audaz de los rebeldes aquel que espera ganar algo porque no tienen nada que perder? Si un Rey es tan poco amado, tan despreciado de sus súbditos, que no puede infundir en ellos temor, si no es a fuerza de injusticias y confiscaciones y llevándolos a la pobreza, mejor le sería renunciar al trono que intentar mantenerse en él por tales medios, pues, aunque sigan llamándole Rey, la majestad se ha perdido. Nada hay más contrario a la dignidad de un soberano que reinar en un pueblo de mendigos; su deber es regir una nación rica y feliz. No lo ignoraba el valeroso Fabricio cuando dijo que prefería más mandar a los ricos que ser rico él. Y en verdad es carcelero, y no Rey, el que vive en la riqueza y los placeres mientras los demás lloran, afligidos por causa de ello. Finalmente, este Rey, como es imprudente médico que no sabe curar a un enfermo sin darle otra enfermedad, tampoco sabe mejorar la manera de vivir de sus súbditos si no es quitándoles la riqueza y las comodidades de la vida, y debiera confesar que no sirve para gobernar a los hombres. Dejadle, pues, que enmiende su propia vida, que renuncie a su orgullo y a los placeres deshonestos, porque estos son los vicios que hacen que su pueblo le desprecie o le odie. Que viva de lo suyo, sin hacer daño a ninguno. Que prevenga los crímenes, que no los deje crecer para después castigarlos. Que no vuelva a imponer leyes que han sido abrogadas por la costumbre, especialmente las que han sido olvidadas hace largo tiempo y jamás han sido necesarias. Que no mande, so color de castigar las transgresiones, hacer confiscaciones que un juez consideraría injustas si pretendiera hacerlas un simple súbdito del reino.

Hablaría luego a los consejeros de las leyes de los Macarienses , los cuales moran no lejos de Utopía. Su Rey, el día de la coronación, jura solemnemente que jamás tendrá en sus arcas más de mil libras de oro o plata. Dicen los macarienses que esta ley fue hecha por un buen Rey que se preocupó más del bienestar de su patria que del suyo. Creía así poner estorbos a la acumulación de riquezas, la cual cosa traía irremediablemente la pobreza del pueblo. Preveía que aquel dinero bastanría para mantener el orden en su reino y para impedir las invasiones de los enemigos extranjeros. Sabía también que ese dinero, por ser demasiado poco, no le movería a cometer la injusticia de quitar las haciendas a sus vasallos. Tal fue la causa principal que obligó a dictar esa ley. Otra causa fue que el soberano quería que no faltase dinero a sus súbditos para sus cotidianas transacciones. Un Rey que obra así es temido por los malos y amado por los buenos. Pero si dijera esto y otras cosas semejantes entre hombres que opinan de diferente modo que yo ¿no sería como hablar a sordos?

—En efecto, fuera hablar a sordos —le respondí —. Mas esto no me maravillaría. En verdad. de nada sirve decir semejantes cosas o dar tales consejos si no se está cierto de que serán escuchadas las primeras y seguidos los segundos. ¿Puede ser provechoso ese inusitado lenguaje para hombres que defienden opiniones tan diferentes? En una plática entre amigos no es desagradable la filosofía escolástica, mas en los Consejos de los Reyes, donde se discuten con grande autoridad los más graves negocios, no hay un lugar conveniente para ella.

—Por esto dije yo que no hay lugar para los filósofos en la Corte —replicó Rafael.

—Verdad es —dije —que para esta filosofía escolástica, que cree poder estar en todas partes, no lo hay. Pero existe otra filosofía más afable, que podemos decir conoce su propio teatro, la cual representa con donaire el papel que le han dado en la pieza. Y esta es la filosofía que debéis usar. Si vos, mientras se está representando una comedia de Plauto, aparecieseis en las tablas vestido de filósofo cuando los esclavos se hallan chanceando entre ellos y os pusierais a recitar los versos que dicen Séneca y Nerón cuando discuten en Octavia, ¿no creéis que hubiera sido mejor hacer de personaje mudo en vez de convertir la pieza en una tragicomedia? Echaríais a perder la pieza al hacer entrar en ella un elemento que no le pertenece, aunque lo que añadieseis vos fuese mejor. Sea el que fuere el papel que queréis representar, haced lo lo mejor que podáis, y no estropeéis nada si recordáis algún lance más gracioso y mejor de otra pieza.

Lo mismo sucede en la cosa pública y en los Consejos de los Reyes y Príncipes. Si no podéis arrancar completamente de los corazones de los hombres las malignas opiniones; si no podéis, como quisierais, enmendar los vicios que el uso y la costumbre han confirmado, no por esta causa se debe abandonar la República o renunciar a ella. No se debe abandonar el barco en la tempestad porque no se puedan domeñar los vientos. No se puede persuadir a gentes que opinan tan diferentemente con tan desusado discurso. Menester es que obréis de manera, que si no podéis hacer todo el bien que deseáis, logren, a lo menos, vuestros esfuerzos quitar fuerza al mal. Porque no es posible que las cosas vayan bien hasta que los hombres sean todos buenos, y para que esto sea así habrá que esperar muchos años.

—Obrando como decís vos , —replicó Rafael —no puede suceder nada más sino que, si yo intento curar la locura de los demás, me volveré loco como ellos. Cuando deseo decir verdades, es preciso que las diga. No sé si es propio de un filósofo decir mentiras; sólo puedo afirmar que el mentir no es propio de mí. Mis palabras parecerán desagradables, mas no sé ver que puedan parecer extrañas. Si les refiriera esas cosas que finge Platón en su República, o lo que hacen los Utópicos en la suya, lo cual es mejor que lo nuestro, no dejarían de mostrar extrañeza, pues, entre nosotros, cada hombre posee muchas cosas, mientras allí todas las cosas son comunes. ¿Qué contenía mi discurso que no pueda ser dicho en todas partes? No les agradará a los que ya están determinados a seguir el camino contrario, porque.les hará volver y les mostrará los peligros. En verdad, si .todas las cosas que las pervertidas costumbres hacen parecer inconvenientes y despreciables hubiesen de ser desechadas como cosas indignas y vituperables, entonces nosotros, entre los cristianos, deberíamos cerrar los ojos a la mayor parte de las cosas que Cristo nos enseñó y prohibió ocultar, las que Él musitó al oído de sus discípulos y mandó que se pregonasen sobre los terrados. Y la mayor parte de ellas son muy diferentes de las costumbres del mundo de hogaño como he dicho antes.

Supongo que los sutiles predicadores siguieron vuestros consejos, porque, viendo que los hombres obedecían de mal grado la ley de Cristo, han torcido su doctrina cual si fuese una regla de plomo para acomodarla a las costumbres humanas. No veo que se haya ganado nada con ello, a no ser una mayor tranquilidad para los que obran mal. No predominarían mis opiniones en los Consejos de los Reyes, porque si no opinase como los consejeros opinan sería como si no opinara, y, como dice el Misión, de Terencio, los ayudaría en su locura. No sé adónde lleva el tortuoso camino vuestro. Decís que, si no se puede hacer el bien siempre, hay que procurar que se haga el menos mal posible. No debemos disimular ni cerrar los ojos. Es menester aprobar los peores consejos y decretos. El que tuviese valor para alabar tales decretos sería tenido por algo peor que un espía, sería tenido casi por un traidor.

Estando en semejantes Asambleas, no siempre hay ocasión de hacer el bien; el hombre bueno más pronto se pervierte en ellas que logra la enmienda de los demás. Y si no le echa a perder esa mala compañía, si sigue siendo bueno e inocente, cúlpanle de la maldad e insensatez ajenas. Así, pues, es imposible seguir ese camino tortuoso para hacer que las cosas se tornen mejores. Por eso Platón, en una hermosa comparación, nos dice por qué los sabios se guardan de interponer su autoridad en la República. Cuando ven que la gente que pasa por las calles se moja porque está lloviendo y que no pueden persuadirla a que vuelva a su casa, como saben que, si salen ellos, no lograrán sino mojarse también, se quedan en sus moradas contentos de hallarse bajo techado, ya que no pueden curar la necedad de los demás.

Sea como sea, quiero deciros lo que pienso, maese More. Donde quiera que haya bienes y riquezas privadas, donde el dinero todo lo puede, es difícil y casi imposible que la República sea bien gobernada y próspera. A menos que creáis que es justo que todas las cosas se hallen en poder de los malos, o que la prosperidad florece allí donde todo está repartido entre unos pocos y los más viven en la miseria, reducidos a la condición de mendigos. Me parecen muy buenas y prudentes las ordenanzas de los Utópicos. Les bastan pocas leyes para ordenar bien las cosas. Entre ellos la virtud es muy apreciada. Como todos los bienes son comunes, todos los hombres tienen abundancia de todo. Cuando comparo Utopía con otras naciones, veo que muchas de éstas están haciendo continuamente leyes nuevas, y aun así nunca tienen bastantes; en esos países cada uno llama suyo a lo que posee, y todas las leyes que se hacen en ellos no bastan para asegurar el pacífico disfrute de la cosa poseída, ni para defenderla ni para saber lo que es de uno o lo que es de otro cuando dos llaman suya a la misma cosa. Esto trae infinitos pleitos, cada día más, los cuales no terminarán nunca. Cuando pienso en todo esto, doy la razón a Platón y no me asombro de que no quisiera hacer leyes para aquellos que no estaban dispuestos a consentir que todos los bienes se repartiesen entre todos por igual.

Aquel prudente varón previó que esa igualdad en todas las cosas es el único camino que lleva a la República a la riqueza. Y esto no se logrará mientras haya hombres que llamen suyo a lo que poseen. En efecto, donde todos pueden fundarse en ciertos títulos para aumentar tanto como pueden sus bienes particulares, unas pocas personas se reparten entre ellas todas las riquezas, y no puede haber abundancia general, pues los demás quedan en la pobreza. Y sucede a menudo que los pobres son más dignos de ellas que los ricos, porque los ricos son avarientos, taimados e inútiles y los pobres humildes y sencillos, y su trabajo de cada día es más provechoso para la República que para ellos. Por eso me persuado que no es posible hacer una distribución igual y justa de las cosas, que nunca podrá haber esa felicidad perfecta entre los hombres a menos que se prohíba esa manera de propiedad. En tanto continúe, los más de los hombres tendrán que llevar a cuestas la pesada e inevitable carga de la pobreza. Concedo que se puede mitigar un poco esta miseria, pero niego completamente que sea posible suprimirla del todo. Si se hiciese una ley que dijera que ninguno puede poseer más de una determinada medida de tierra o de una determinada cantidad de dinero; si se decretara que el Rey no ha de ser demasiado poderoso ni el pueblo demasiado rico; que no se deben conseguir los empleos sobornando con dádivas a quien puede darlos; que los empleos no se deben comprar ni vender; que no haya que dar dinero para lograr tales oficios, para no dar ocasión a los que los ejercen de caer en la tentación de recobrar su dinero mediante el fraude y la rapiña, pues si hay soborno los empleos sólo se dan a los ricos, y no se escogen para desempeñarlos hombres probos y sabios; si se hiciesen esas leyes, digo, se mitigarían esos males como se alivian las dolencias de un enfermo que ha perdido toda esperanza de curarse con los remedios, los alimentos y los cuidados que le dan. Mas no se debe esperar que quede sano del todo mientras cada uno sea dueño de lo suyo. En tanto procuréis curar una parte del cuerpo se pondrá más enferma otra parte. Así la curación de una parte causa la enfermedad de la otra, pues nada se puede dar a un hombre si no es quitándoselo a otro.

—Yo opino lo contrario —respondile —.Yo creo que los hombres no podrán vivir nunca felices donde todas las cosas son comunes, porque ¿cómo puede haber abundancia de bienes donde los hombres dejan de trabajar? Se convierten en holgazanes los que consiguen las cosas sin ganarlas con su trabajo, los que todo lo esperan del trabajo de los demás. Entonces, cuando se hallen en la pobreza, si no hay leyes que den a los hombres el derecho de defender lo que es suyo, lo que han ganado con el trabajo de sus manos ¿no habrá continuamente sediciones y crímenes cruentos? No me imagino, además, cómo podrá mantenerse la autoridad de los magistrados y el respeto que se les debe entre hombres que no admitieran ninguna distinción entre sí.

—No me admira que seáis de esta opinión —dijo Rafael —. No concibe vuestra mente, sino una muy falsa imagen y semejanza de esto. Si hubieseis estado conmigo en Utopía, si hubieseis visto sus instituciones y costumbres, como hice yo en los cinco años o más que viví allí —y no habría vuelto jamás de allí si no hubiera sido para dar a conocer aquí esa nueva tierra— reconoceríais, sin duda, que no habéis visto nunca un pueblo tan bien gobernado como aquel.

—Seguramente os será dificultoso hacerme creer que esa nueva tierra está mejor gobernada que los países que nosotros conocemos —dijo maese Pedro —. Hay grandes talentos lo mismo allí que aquí, y paréceme que nuestras Repúblicas son más antiguas que aquélla. Nuestras Repúblicas, merced a una larga experiencia, han hallado cosas que son convenientes y útiles para la vida humana; además, entre nosotros, han sido descubiertas por azar muchas otras que ningún ingenio hubiera imaginado jamás.

—En lo que toca a la antigüedad de las Repúblicas —replicó Hytlodeo— juzgaríais mejor si hubieseis leído las crónicas y las historias de aquella tierra, y si creemos lo que dicen, existieron allí ciudades antes de que hubiera hombres aquí. Lo mismo allí que aquí, pueden haber sido halladas por los hombres de talento o descubiertas por azar. Mas creo en verdad que, aunque les aventajamos en ingenio, ellos nos ganan en laboriosidad. Según sus crónicas atestiguan, no habían oído hablar de nuestro mundo, que llaman ultraequinoccial, antes de nuestra llegada. Pero hace unos mil docientos años, un barco, empujado por la tempestad, naufragó en la isla de Utopía. Algunos egipcios y romanos fueron arrojados a las costas de aquella tierra, la cual no debían abandonar jamás. ¡Ved ahora el provecho que sacaron de este suceso los laboriosos e industriosos naturales de aquella isla! No hubo ciencia ni oficio de los conocidos en el Imperio Romano que no aprendieran de aquellos extranjeros. Tan provechoso fue esto para ellos, que no han tenido necesidad después de que fuera allí alguien de aquí. Si por parecido azar alguno de ellos llegó aquí, el recuerdo se ha perdido. Y con el tiempo, quizás olvidarán los utópicos que yo viví entre ellos. Esta es la causa de que su República — aunque nosotros no seamos inferiores a ellos en inteligencia ni en riqueza —esté más sabiamente gobernada y sea más floreciente que las nuestras.

—Ruégoos entonces, maese Rafael —díjele —que nos describáis la isla, sin preocuparos de ser breve. Pintadnos sus campos, ríos, ciudades, costumbres, instituciones, leyes; contadnos todo lo que creáis que nos pueda interesar y todo lo que supongáis que ignoramos.

Nada haré con mas gusto —respondió —. Mas es cosa que necesita tiempo.

—Vamos, pues, a comer —le dije —.Proseguiremos la plática después.

—Sea —contestó.

—Comimos. Terminado el yantar, volvimos al mismo lugar y nos sentamos en el mismo banco. Di orden a los criados de que no nos molestasen. Maese Pedro Egidio y yo rogamos luego a Rafael que cumpliese su promesa. Y viéndonos deseosos de escucharle, después de haber estado pensando en silencio un breve espacio, empezó a hablar de la manera que se dirá en el siguiente libro.

Libro segundo

Introducción

La isla de Utopía tiene en su parte media —La más ancha —una anchura de doscientas millas. Esta anchura sigue siendo la misma en la mayor parte de la isla, hasta que, poco a poco, se va estrechando hacia ambos extremos. Toda la isla semeja una figura de luna nueva, y esta figura tiene quinientas millas de extensión superficial. Separa ambos extremos una distancia de once millas; entre ellos pasa un vasto y ancho mar, que por razón de estar circundado de tierra por todos lados se halla resguardado de los vientos, cuyas aguas, quietas como las de un lago, no levantan grandes olas; adentro es como una suerte de obra, y los habitantes de la isla sacan gran provecho de las naves que arriban a todas partes de ella. La parte más adelantada de ambos extremos, cual con escollos y bajíos, cual con rocas, es muy peligrosa; a media distancia de ellos se alza una gran roca que no es nada peligrosa por ser visible. En lo alto de esta roca hay una recia torre en la que tienen una guarnición de hombres. Las demás rocas, ocultas bajo el agua, son verdaderamente peligrosas. Solamente los naturales de la isla conocen los pasos, y, por consiguiente, muy pocas veces entran extranjeros en esta abra si no van acompañados de un guía utópico, pues los mismos regnícolas no podían hacerlo sin riesgo si no fuera por ciertas señales que ponen en las orillas del mar para señalar el buen camino. Bastaría con que cambiaran de sitio esas señales para que pudiesen destruir las naves de sus enemigos por muchas que fuesen. La parte exterior de la isla está llena de puertos; pero los sitios donde se podría desembarcar están tan bien fortificados por obra de la Naturaleza o del hombre, que unos pocos defensores rechazarían sin grandes esfuerzos a un poderoso ejército.

Sea como sea, según se dice y muestra también en parte la hechura de la isla, aquella tierra no estuvo siempre rodeada de agua por todas partes. El Rey Utopo, que la conquistó, le dió su nombre —pues antes era llamada Abraxa— Fue este Rey el que hizo de este pueblo rudo e ignorante un pueblo de buenas costumbres, humanitario y noble, que hoy aventaja en esas virtudes a todas las naciones del mundo. Luego de haber alcanzado la victoria y entrado allí, mandó cortar el espacio de quince millas de tierra montuosa que no dejaba pasar el mar, y así el agua circundóla por todas partes. Para hacer esto hizo trabajar, no solamente a los moradores de la isla, sino también a sus soldados, para que los primeros no se creyesen menospreciados ni humillados. Repartido el trabajo entre tantos trabajadores, y este feliz término que tuvo tamaña empresa admiró y aterró a los pueblos vecinos que burlábanse de ella al principio por considerarla vana. Cincuenta y cuatro grandes y hermosas ciudades tiene la isla, y en todas se habla una sola lengua y hay iguales costumbres, instituciones y leyes. Todas, en lo que consiente el terreno, se parecen.

La distancia más corta entre dos de esas ciudades es de veinticuatro millas, pero ninguna está tan lejos de otra que no pueda llegarse a ella en un día, andando a pie. Todos los años van a Amaurota cuatro ancianos sabios y de mucha experiencia de cada ciudad, para tratar allí de los negocios comunes a todo el país. Esta ciudad es considerada como la capital por hallarse situada en el medio de la isla y ser la más cómoda para los embajadores de todas partes del reino. La extensión del territorio de las aldeas no es menor de veinte millas, aunque algunas son más grandes, según la distancia que las separa de las ciudades. Ninguna de las ciudades desea ensanchar los límites de sus aldeas, porque los moradores de éstas más bien se consideran simples labriegos en las tierras que no dueños de ellas.

En todas partes de la aldea hay campos y casas de labranza, y en éstas todos los aperos que se necesitan para trabajar la tierra. Viven en estas casas ciudadanos que las ocupan por turno. En ninguna se alojan menos de cuarenta personas, hombres y mujeres, a las que se añaden dos esclavos, siendo todos gobernados por un padre y una madre de familia que tienen bastante edad y experiencia. Cada treinta casas de labranza o familias son gobernadas por lo que se llama un Filarca. Todos los años tornan a la ciudad veinte personas de cada una de esas familias, luego de haber estado viviendo en el campo dos años. Para suplirlas, manda la ciudad a la aldea otras veinte personas nuevas, a las que enseñan el oficio de labrador las que están allí desde un año antes, las cuales ya lo han aprendido bien. Y las nuevas lo enseñarán a las que lleguen el siguiente año. Se hace esto para que no haya escasez de cosas de comer a causa de no saber el oficio los recién llegados. Con este cambio y renovación de ocupantes de las casas se consigue que ninguno esté largo tiempo haciendo un trabajo tan penoso contra su voluntad; pero a muchos de ellos les gusta tanto la labranza que piden que les dejen quedarse allí algunos años más. Los campesinos labran la tierra, crían animales, cortan leña y llevan sus cosas a la ciudad por tierra o por mar, como más les conviene. Crían una gran multitud de pollos y hacen esto de un modo que causa admiración. Las gallinas no empollan, no calientan los huevos; los utópicos , para calentarlos, guárdanlos en donde hay siempre un cierto calor casi igual. Cuando los polluelos salen del cascarón, siguen a los hombres y las mujeres, en vez de seguir a las gallinas. Crían muy pocos caballos, pero muy fogosos; los tienen para los hechos de armas y para que los hombres jóvenes aprendan a cabalgar. Emplean los bueyes para arar y para los acarreos, pues saben que, si el buey es menos brioso que el caballo, es más paciente y está sujeto a menos enfermedades; además, no necesita tantos cuidados y cuesta poco mantenerlo, y, cuando no sirve ya para el trabajo, su carne es buena para comer. Solamente siembran trigo para hacer pan, pues no beben más que vino de uvas, de manzanas o de peras, o agua pura o mezclada con miel o regaliz. Y aunque saben de cierto —lo saben perfectamente — la cantidad de cosas de comer que son necesarias para el sustento de los moradores de las ciudades y de toda la isla, siempre siembran más trigo y crían más ganado y reparten el sobrante entre los vecinos. Lo que no hallan en la aldea lo piden a la ciudad, y los magistrados de ésta lo entregan sin recibir nada en pago. Cada mes hay un día de fiesta y muchos de los aldeanos van a la ciudad. Al acercarse el tiempo de recoger la cosecha, los Filarcas del campo hacen saber a los magistrados de la ciudad el número de segadores que les tienen que mandar. Casi en un solo día queda hecho este trabajo.

Las ciudades y en particular Amaurota

El que ha visto una de aquellas ciudades pueden decir, que las ha visto todas, tan semejantes son unas de otras, en cuanto la disposición del terreno lo consiente. Aunque es igual describir una que otra, voy a fijarme en Amauroto, por ser la principal y estar en ella el Senado; por ser la más ennoblecida y por ser la que mejor conozco, por haber residido en ella cinco años.

Está situada en la falda de un monte, siendo su forma cuadrada, extendiéndose suavemente desde lo alto de un collado en una extensión de un kilómetro hasta llegar al río Anidro, prolongándose un poco más al otro lado del mismo.

Este río nace unos cíen kilómetros más arriba de Amauroto, de una pequeña fuente, pero con el concurso de otros ríos que confluyen en él, especialmente de dos mediados, aumentan mucho sus aguas, de manera que al l legar a la Ciudad su lecho tiene una anchura de unos trescientos metros. Luego se va ensanchando más, hasta llegar al Océano. En todo el trayecto que va del mar a la ciudad, y hasta un poco más arriba, con la subida y bajada de la marea, el río modifica su corriente cada seis horas. Cuando sube la marea las aguas del mar penetran río arriba y las aguas quedan salobres, pero después queda el agua limpia y normal.

La ciudad se comunica con la ribera opuesta, no con barcazas o pasarelas de madera, sino con un magnífico puente con arcos de sillería, construido en la parte más apartada del mar, para que las naves puedan llegar sin dificultad a la zona central de la Ciudad.

Disponen de un riachuelo manso y apacible, que nace cerca de donde está la población, atravesándola y, juntándose luego al río Anidro. Los habitantes de la Ciudad canalizaron estas aguas desde su nacimiento hasta la población, disponiendo fortines y parapetos para que en caso de asedio, no les llegase a faltar el agua, la cual es conducida con tuberías de barro cocido a todas las fuentes, que hay con profusión. Y si en otras Ciudades de la isla la Naturaleza no da estas facilidades, entonces reúnen las aguas de lluvia en grandes depósitos, con lo que obtienen el mismo resultado.

Toda la Ciudad está amurallada con muros altos y recios, con muchas torres y parapetos. El foso es seco, pero profundo y ancho, muy intrincado, con zarzas y espinos, menos en la parte de la muralla que está juntó al río.

Las plazas, están abrigadas con pórticos, tanto para el buen servicio de los almacenes como para la comodidad de los habitantes. Los edificios son semejantes y muy bien cuidados, sobre todo en las fachadas. Las calles tienen veinte metros de ancho, y todas las casas están rodeadas de jardín. Las casas tienen una puerta principal y una puerta falsa, con cerraduras muy sencillas, que todos pueden abrir fácilmente, de manera que cualquiera puede entrar y salir por ellas, ya que nadie posee nada en particular.

Cada diez años todos cambian de domicilio por sorteo, y todos sienten emulación por dejar la casa lo más arreglada posible. Un cuidado especial ponen todos en sus jardines, en los que plantan cepas, árboles frutales, hortalizas y flores, con tanta hermosura y buena labor que jamás he visto cosa igual. Este cuidado no es solamente para su deleite, sino que además compiten entre ellos para ver quién tiene estos jardines más bonitos y mejor cuidados. Lo cierto es que no he hallado en ninguna ciudad nada que esté mejor acomodado, tanto para el provecho como para el deleite de los hombres. Parece que Utopo (el fundador) puso en esto el máximo cuidado, y es fama que dispuso los modelos y el trazado desde el principio, aunque en cuanto al adorno estableció que los venideros lo arreglaran como mejor les, acomodase, contando coa que los gustos varían con los tiempos.

Así se refiere en los Anales que tienen escritos y guardados religiosamente, en los que se contiene la historia de la isla desde que fue conquistada, abarcando un período de mil setecientos sesenta años. Por ello se comprueba que al principio las, cosas fueron parecidas a lo que ahora son pajares, una especie de cabañas y chozas, construidas con toda clase de maderas sin distinción, con muros de tapia y cubiertas de pajizo y retamas.

En la actualidad cada casa tiene tres pisos, siendo el exterior de los muros de piedra labrada 9 de ladrillo, y lo interior revocado con argamasa; las azoteas llanas y descubiertas se protegen con cierto betún que fabrican con productos molidos, de muy poco coste, pero es tan eficaz que el fuego no lo altera y que defiende del mal tiempo mejor que si fuera con placas de plomo.

Contra los vientos usan vidrieras en las ventanas porque en aquella tierra hay mucho vidrio, aunque a veces también se sirven de telas enceradas con aceite o goma, con lo que se resguardan de los vientos y reciben más luz.

Los magistrados

Todos los años, cada grupo de treinta familias elige su juez, llamado Sifogrante en la primitiva lengua del país, y Filarca en la moderna. Cada diez sifograntes y sus correspondientes trescientas familias, están presididos por un protofilarca, antiguamente llamado Traniboro. Finalmente, los doscientos sifograntes, después de haber jurado que elegirán a quien juzguen más apto, eligen en voto secreto y proclaman príncipe a uno de los cuatro ciudadanos nominados por el pueblo. La razón de esto es que la ciudad está dividida en cuatro distritos, cada uno de los, cuales presenta su candidato al senado. El principado es vitalicio, a menos que el príncipe sea sospechoso de aspirar a la tiranía. Por su parte los traniboros se someten todos los años a la reelección, si bien no se les cambia sin graves razones. Los demás magistrados son renovados todos los años.

Cada tres días, incluso con más frecuencia, si así lo piden las circunstancias, los traniboros, presididos por el príncipe, se reúnen en consejo. Deliberan sobre los asuntos públicos y dirimen con rapidez los varios conflictos q que pudieran surgir entre los particulares. Invitan siempre a las deliberaciones del senado a dos sifograntes, que son distintos cada sesión.

La ley establece que las mociones o problemas de interés general sean discutidos en el senado tres días antes de ser ratificados o decretados. Por otra parte, se considera como un crimen capital, tomar decisiones sobre los intereses de interés público fuera del Senado o al margen de las asambleas locales. Tal reglamentación se dirige a impedir que tanto el Príncipe como los traniboros conspiren contra el pueblo, le opriman por la tiranía cambiándose así la forma de gobierno. Por esta misma razón, todas las decisiones importantes son llevadas a las asambleas de los Sifograntes. Estos las exponen a las familias de las que son representantes, no sin discutirlas con ellas antes de devolver las conclusiones al senado.

En ocasiones el asunto se presenta al consejo de toda la isla. Por otra parte, uno de los usos del senado es no discutir asunto alguno el día mismo que se presenta por primera vez. Prefieren postponerlo para la sesión próxima. De este modo se evita el que alguien exprese lo que primero le viene a los labios. Y sobre todo, que comience a dar razones que justifiquen su manera de pensar, sin tratar de decidir lo mejor para la comunidad y sacrificando el bien público a su reputación. Tanto más, por absurdo que pueda parecer, que le avergüenza admitir que su primera idea fue precipitada, y que debió reflexionar antes de hablar.

Las artes y los oficios

En Utopía, todos, hombres y mujeres, saben bien el oficio de labrador. Les es ensefiado desde la infancia, ya sea en las escuelas, por medio de lecciones orales, ya cual si fuera un juego en los campos cercanos a la ciudad. Los niños aprenden, no solamente mirando, sino trabajando ellos real y verdaderamente, con lo que acostumbran sus cuerpos al trabajo. Además de este oficio, que, como he dicho, han de saberlo todos, aprenden otro, como tejedor de lana o lino, albañil, carpintero o herrero. Casi puede decirse que no se conocen más oficios en Utopía. La hechura de los vestidos es igual en toda la isla, aunque se diferencian entre sí los de los varones y las hembras, los de los casados y los célibes; y esto desde tiempo inmemorial, pues son a la vez agradables a los ojos y decentes, y, como son holgados, puede moverse el cuerpo cómodamente dentro de ellos, y sirven para el invierno y el verano. Cada familia se hace los suyos. De esta manera todos aprenden uno de los oficios antedichos, tanto los hombres como las mujeres. Mas siendo éstas más débiles, hacen los trabajos menos duros; por lo común trabajan la lana y el lino. Los otros oficios, por ser más pesados, son para los hombres. Los más, por natural inclinación, siguen los oficios que ejercen sus padres. Pero si a alguno le gusta más otro oficio, es agregado por adopción a una de las familias que lo ejerce. Los magistrados y su progenitor velan por que su maestro sea un cuerdo y honrado padre de familia. Y si sabiendo ya un oficio, alguien desea aprender otro, se lo consienten igualmente. Luego podrá ejercer el que le plazca, a menos que la ciudad tenga más necesidad de uno que de otro.

El principal y casi único deber de los sífograntes es procurar que nadie esté ocioso, que todos ejerzan su oficio cuidadosa y diligentemente, mas sin cansarse como bestias de carga trabajando continuamente desde por la mañana temprano hasta la noche. Esto sería peor que ser esclavo, y es, sin embargo, la vida de los trabajadores en todas partes, menos en Utopía. Dividen allí el día y la noche en veinticuatro horas; trabajan tres antes del mediodía y luego vanse a comer; después de la comida, cuando ya han descansado dos horas, trabajan otras tres y van a cenar. Cuentan las horas desde el mediodía. Se acuestan a las ocho y duermen otras tantas horas. Cada cual emplea como mejor le place el espacio que media entre las horas de trabajo, de comer y de dormir; mas no se entregan a la holganza ni al desenfreno, sino a alguna ocupación diferente de su oficio, según sus aficiones. Es allí costumbre solemne dar lecciones y lecturas cada día en las primeras horas de la mañana las cuales sólo tienen obligación de oir los que han sido elegidos para ser letradós. No obstante, una gran multitud de hombres y mujeres, según sus gustos, oyen una u otra de ellas. Pero a los que prefieren aprovechar este tiempo trabajando en su propio oficio —pues son pocos los que están bien dotados para elevar su alma por medio de la contemplación o meditación estudiosa —no se les prohibe hacerlo; y son alabados por ser así más útiles a la República. Despues de cenar pasan una hora en honestos entretenimientos, en los jardines, en verano, y, en invierno, en las salas comunes donde comen y cenan. Allí conversan entre sí o se ejercitan en la música. No conocen los dados ni demás perniciosos juegos de azar, pero juegan a dos que son bastante semejantes al ajedrez. El uno es un combate de números, en el cual un número vence a otro. El otro es una verdadera batalla en la que luchan las virtudes con los vicios. Este último muestra las discordias que tienen los vicios entre sí y su alianza contra las virtudes; cuál es el vicio enemigo de cada virtud; qué fuerzas son necesarias para combatir abiertamente; qué ardides hay que usar para luchar en secreto; con qué ayudas cuentan las virtudes para resistir y vencer el poder de los vicios, y, finalmente, de qué manera se puede alcanzar la victoria.

Pero ahora tenéis que mirar de más cerca una cosa. Os engañaríais si creyereis que el trabajar solamente seis horas trae necesariamente la escasez. No es así en modo alguno. Esas pocas horas de trabajo, no solamente bastan, sino que aun son demasiadas para tener grande abundancia de todas las cosas que se necesitan para vivir cómodamente. Y lo comprenderéis mejor si consideráis cuán grande es la parte de la población que vive en la holganza en otros países. En primer lugar, casi todas las mujeres, que son la mitad de la población. Y donde las hembras trabajan, los varones suelen holgar en vez de ellas. Añadid la ociosa muchedumbre de los sacerdotes y religiosos, que así son llamados allí. Además, todos los ricos, especialmente los que tienen hacienda en tierras, a los cuales llaman hacendados y nobles, con sus criados, quiero decir esa caterva de jactanciosos vagos que van armados de pies a cabeza; y también los mendigos robustos y sanos que se fingen enfermos para encubrir su holgazanería. Veréis entonces que los que trabajan para que queden atendidas las necesidades del humano linaje son menos de lo que suponéis. Considerad ahora que bien pocos de esos que trabajan ejercen oficios necesarios. Donde el dinero es todopoderoso, hay que ejercer muchos oficios superfluos, los cuales sólo sirven para aumentar la suntuosidad y el desenfreno. Suponed que esa multitud de hombres que ahora trabaja se repartiese entre los pocos oficios real y verdaderamente útiles; entonces habría tan grande abundancia de cosas necesarias, que los precios, sin duda, serían demasiado bajos para aserar el susstento de los trabajadores. Mas si. todos los hombres que malgastan el tiempo trabajando en oficios que no son útiles; si todas las personas que viven en el ocio, cada una de las cuales consume tantas cosas como dos trabajadores juntos, fuesen obligadas a trabajar, se tendría que trabajar muy pocas horas para hacer todas las cosas que se necesitan para vivir holgadamente y sin privarse de los placeres verdaderos y naturales.

Que esto es verdad, lo demuestra claramente lo que sucede en Utopía. Apenas hay en cada ciudad y territorio que de ella depende quinientas personas, hombres o mujeres, que teniendo edad y fuerzas para trabajar le hallen dispensadas de hacerlo. Entre ellas están sifograntes, los cuales, aunque la ley les exime del trabajo, trabajan para dar ejemplo a los demás. También gozan de esta exención aquellos a quienes el pueblo, por haberlos propuesto los sacerdotes y haber sido elegidos en secreto por los sifograntes, les ha dado una dispensa permanente para que puedan estudiar. Los que no responden a las esperanzas puestas en ellos, tornan a ser artesanos. Suele suceder a menudo que algún obrero que consagra sus horas de descanso al estudio haga grandes adelantos y sea dispensado de ejercer su oficio, y entonces pasa a ser letrado. Entre los letrados se eligen los embajadores, los sacerdotes, los traniboros y, finalmente, el mismo Príncipe, el Barzanes, como era llamado en la antigua lengua, el Ademosa, cómo se le llama en la moderna. Como lo restante del pueblo no está nunca ocioso ni trabaja en oficios inútiles, se puede hacer el trabajo bien y en pocas horas.

También tienen los utópicos otra ventaja: la de no tener que trabajar tanto en los más de sus oficios necesarios como otras naciones. La construcción y reparación de las casas requiere en todas partes el trabajo continuo de mucha gente, porque el pródigo heredero dejó que se desmoronase con el tiempo lo que su padre edificó. Se ve obligado el sucesor a hacer grandes dispendios para construir de nuevo lo que hubiera podido conservar sin mucho gasto. A veces la casa que a un hombre le costó mucho dinero ediflcar, la posee luego otro al que le gusta la vida regalada y no se preocupa de ella; así descuidada se hundirá pronto, y no costará menos dinero el construir una nueva en otro lugar. Pero Utopía es una República tan bien ordenada que no es menester buscar sitio a menudo para edificar casas nuevas. No sólo se arreglan en seguida los deterioros de las casas, sino que se previene el peligro de que puedan caerse. Así, con poco trabajo, las casas duran largo tiempo. Por eso los trabajadores que hacen casas no tienen casi nada que hacer, aunque han de tener siempre preparadas la madera y las piedras cortadas para ser usadas cuando haga falta.

Considerad además qué pocos trabajadores necesitan emplear los utópicos para hacer los vestidos que llevan, Primeramente, se ponen para trabajar trajes de cuero o de pieles, que tienen que durar siete años. Cuando se muestran en público, tapan esos toscos vestidos con una capa. El color de esas capas, que es el natural de la lana, es igual en toda la isla. Por consiguiente, no solamente gastan menos paño de lana que en otras naciones, sino que le resulta éste más barato. La tela de lino requiere menos trabajo y dura más. En la tela de lino se aprecia su blancura y en los paños de lana la limpieza. No se da valor a la finura de las telas. Esta es la causa de que allí un hombre se contente con un solo vestido, que suele durarle dos años, mientras que los hombres de otras tierras no tienen bastante con cuatro o cinco trajes de paño de lana y otros tantos de seda. ¿ Qué más se puede pedir a un traje que no afea el cuerpo de la persona y abriga cuando hace frío? Aunque todos ejercen oficios útiles y trabajan pocas horas, hay abundancia de todas cosas entre ellos. Por eso es llamada de vez en cuando una gran muchadumbre de moradores para que arreglen los caminos que se hallan en mal estado. Con frecuencia, cuando no hay necesidad de pedir esta ayuda, se decreta que se trabajen menos horas. Los magistrados no quieren forzar a los ciudadanos a hacer trabajos innecesarios contra su voluntad, pues el fin que persiguen las instituciones de aquella República es librar a todos los ciudadanos de las servidumbres corporales y amparar la libertad y el cultivo de la inteligencia. Creen que en esto consiste la felicidad en esta vida.

Las relaciones públicas entre los utopianos

Os hablaré ahora de cómo se conducen los ciudadanos utópicos unos con otros, en qué se ocupan, cómo se entretienen, de qué forma distribuyen todas las cosas. Primeramente, la ciudad está compuesta de familias, unidas por lazos de esco. Las mujeres, cuando se casan a edad legal, van a vivir a la casa de sus maridos; pero los hijos varones y todos los descendientes varones quedan en la familia y son gobernados por el más anciano de los antecesores, a menos que los años hagan flaquear su entendimiento, pues en tal caso le suple el pariente que le sigue en edad. Mas con el fin de que el número de ciudadanos no mengüe ni aumente desmesuradamente, está mandado que ninguna familia —hay seis mil en cada ciudad, además de las que viven en el campo —no tenga a la vez menos de diez hijos de la edad de catorce años, ni más de dieciséis. El número de los impúberes no está limitado. Esto se cumple fácilmente llevando los hijos que exceden de dicho número a las familias poco numerosas. Cuando una ciudad tiene más habitantes de los que debe tener, son mandados los que exceden a ciudades menos pobladas. Y si es excesiva la población en toda la isla, se eligen algunos ciudadanos de cada ciudad para que vayan a fundar una ciudad en tierra cercana, la cual será gobernada con arreglo a las leyes de los utópicos. Se establecen en tierras que los naturales tengan sin cultivar y deshabitadas y reciben a los indígenas que quieran vivir juntos con ellos. Así, viviendo juntos y unidos, consienten de buen grado en una manera de vivir, y esto acaba trayendo el bienestar a ambos pueblos. Consiguen los utópicos , gobernándose por sus leyes, hacer fecunda la tierra que antes no era labrada y que dé frutos bastantes para mantenerse ellos y los naturales. Pero si los moradores de esa tierra no quieren convivir con ellos ni acatar sus leyes, los expulsan; y si se rebelan y oponen resistencia, guerrean contra ellos, porque consideran los utópicos justa causa de guerra el que un pueblo tenga desierto y yermo parte de su territorio y no consienta la posesión y uso de ella a los que, por ley natural, tienen el derecho de hallar el sustento allí. Si llegase a suceder —y ellos dicen que ya ha sucedido dos veces durante su historia, a causa de la peste — que disminuyera el número de habitantes de alguna de sus ciudades hasta el extremo de que las demás de la isla no pudiesen llenar ese vacío, para repoblarla, harían volver a la madre patria a los ciudadanos que habitan en algunas de las colonias que tienen en tierra extraña, pues los utópicos antes prefieren que decaigan y perezcan las colonias que no que pierda importancia una ciudad de su isla.

Mas volvamos a las relaciones de los ciudadanos entre sí. He dicho ya que el más anciano gobierna la familia. Las esposas obedecen a sus maridos, los hijos a sus padres; en resolución, los jóvenes a sus mayores. Cada ciudad es dividida en cuatro partes iguales, en mitad de cada una de las cuales hay un mercado en el que se hallan toda suerte de cosas. Allí lleva cada familia los frutos de su trabajo, que son guardados en graneros y almacenes. Cada padre de familia va a buscar allí lo que necesitan él y los suyos, y se lo lleva sin entregar dinero ni otra cosa alguna en carnbio. ¿Por qué habrían de negárselo, si hay abundancia de todas cosas y no se teme que haya alguien que pida más de lo que necesita? Sabiendo que no ha de carecer de nada ¿quién pedirá más de lo necesario? Ciertarnente, el temor a las privaciones es lo que hace codiciosos y rapaces a todos los seres vivientes; el hombre hace lo mismo por soberbia, porque le agrada vanagloriarse de superar a los demás en riquezas superfluas; pero esto no lo permiten las leyes en Utopía.

Cerca de los mercados de que he hablado, hay otros de viandas, a los que no solamente se llevan todo género de verduras, legumbres, fruta y pan, sino también pescado y carne de cuadrúpedos y aves. Los animales han sido muertos y lavados en agua corriente por esclavos fuera de la ciudad, porque los utópicos no permiten que sus conciudadanos libres se acostumbren a matar bestias, pues creen que esto ahoga, poco a poco, el más generoso y tierno de los sentimientos que moran en el corazón humano: la piedad. Tampoco toleran que entren en la ciudad inmundicias y carnes putrefactas, cuyo hedor podría infectar y corromper el aire y causar enfermedades.

Hay, además; en cada calle, vastos edificios situados a distancias iguales, cada uno de los cuales tiene su nombre particular. Viven en ellos los sifograntes, cada uno en compañía de treinta familias, alojándose quince de éstas en cada uno de los dos lados del mismo. Los despenseros de cada edificio van al mercado a una hora determinada, y les entregan allí viandas según el número de personas que tienen que alimentar. Lo primero de que se preocupan los utópicos es de los enfermos que están en los hospItales; tIenen cuatro en el recinto de la ciudad, un poco más allá de las murallas, y son tan espaciosos, tan grandes, tan vastos, que parecen pequeñas ciudades. Son así para que los enfermos, por muchos que sean, no estén estrechos ni padezcan incomodidades por ello. Esto les permite tener separados de los demás enfermos a los que tienen enfermedades contagiosas. Estos hospitales están muy bien atendidos y provistos de cuanto es necesario para conseguir la pronta curación de los enfermos, están constantemente en ellos los mejores médicos. Y como a nadie llevan allí contra su voluntad, no hay en toda la ciudad un solo enfermo que prefiera ser cuidado en su propia casa en vez de serIo en el hospital. Cuando ha sido entregado a los despenseros de los hospitales todo lo que han pedido los médicos, se reparten entre los despenseros de los edificios de la ciudad, según el número de bocas, las mejores viandas. Se tienen atenciones especiales para el Príncipe, el Obispo, los traniboros, los embajadores y los extranjeros. Extranjeros suele haber pocos; pero cuando llegan allí hallan casas preparadas para ellos. A las horas señaladas para comer y cenar, se oyen los sones del clarín avisador, y toda la sifograntia se encamina al edificio donde vive, toda, excepto los enfermos que están en los hospitales o los ciudadanos que comen en sus propias casas. Cuando los comedores están ya provistos, no está prohibido a los ciudadanos el ir a los mercados a buscar cosas para consumirlas en sus hogares, pues se sabe que nadie hará eso sin un motivo justificado. El que lo hiciera sin motivo sería mal mirado de los demás; además, sería insensatez darse el trabajo de aderezar una mala comida en casa cuando se puede comer mucho mejor en el comedor común.

Los esclavos son los que hacen los trabajos pesados del comedor. Las mujeres de las familias guisan por turno, y ponen las mesas. Según el número de comensales, las mesas son tres o más. Siéntanse los hombres en los bancos que están arrimados a la pared y las mujeres al otro lado de la mesa. Si alguna de ellas se siente indispuesta de repente, como les suele suceder a las que están encinta, puede levantarse sin molestar a nadie e ir al cuarto de las nodrizas.

Hay para las nodrizas una sala especial, donde no falta fuego, ni agua limpia ni cunas; así pueden acostar a los infantes o dejarlos jugar a sus anchas junto a la lumbre luego de haberlos desfajado. Cada madre da el pecho a su hijo, a menos que la enfermedad o la muerte lo impidan. Cuando esto sucede, las esposas de los sifograntes buscan en seguida una nodriza, y no es nada dificultoso hallarla, pues las mujeres son gustosas de hacer tan hermosa obra de caridad que les vale grandes alabanzas, y hasta llega el niño a considerar a la nodriza como a su propia madre. También están con las nodrizas los infantes que tienen menos de cinco años. Los niños de ambos sexos que aun no tiene edad de casarse sirven las mesas, o, si son demasiado jóvenes para hacer esto, se están en el comedor guardando religioso silencio. Comen lo que les dan las personas que están sentadas a las mesas, ya que no tienen otra hora señalada para comer.

El sifogrante y su esposa ocupan el sitio de honor, en el centro de la mesa alta, y desde allí pueden ver a todos los circunstantes, porque esta mesa se halla al fondo del comedor, colocada de través. Al Iado de cada uno siéntase un anciano de los de más edad. Los demás lo hacen por grupos de cuatro. Si la sifograntia tiene iglesia, el sacerdote y su esposa son los que comparten el sitio de honor con el sifogrante. A ambos lados de ellos se sientan los jóvenes y al de éstos los mayores. De este modo se juntan en el comedor las personas de parecida edad al par que se mezclan las de edades diversas. Dicen los utópicos que lo hacen así para que la gravedad de los ancianos y la reverencia que les es debida impidan las licencias de lenguaje o de comportamiento, pues todo lo que se habla o hace, aunque sea en voz baja o disimuladarnente, es oído o visto desde todas partes por los que están a la mesa. No se reparte la comida empezando por el primer sitio, sino que se sirve primero a los ancianos, que tienen sus sitios señalados con una señal especial, para que puedan ser conocidos. Después se sirve a los jóvenes. Los ancianos, si les place, pueden dar parte de lo que tienen en el plato a los jóvenes que están sentados a ambos lados de ellos. De este modo se honra a los ancianos como es debido, y el homenaje resulta beneficioso para la comunidad.

Principian todas las comidas y cenas con la lectura de un libro que trata de las buenas costumbres y de moral, mas se lee poco rato para no dar pesadumbre a los oyentes. Luego los mayores comienzan una conversación, honesta, pero no triste ni desagradable. No emplean todo el tiempo que duran las comidas en largas y tediosas pláticas, pero escuchan con agrado la que dicen los jóvenes, a los que hacen hablar adrede para que se expansionen sin trabas y den muestras del ingenio y las virtudes que tienen. Las comidas son muy cortas, porque tienen que volver al trabajo después; las cenas, algo más largas, ya que tras ellas viene el natural y reparador descanso que procura el sueño, cosa que consideran muy eficaz para conseguir una buena digestión. Cenan siempre con música y no faltan en la mesa los caprichos ni los dulces. Queman hierbas y especias olorosas, y esparcen perfumes; nada dejan de hacer de lo que pueda agradar a los presentes, pues se inclinan a creer que no debe prohibirse ningún placer del que no sale mal alguno. Así viven en las ciudades. En el campo, como se hallan alejados de sus vecinos, comen en sus casas. Las familias campesinas no carecen de nada, ya que de ellas viene todo lo que los ciudadanos comen para vivir.

Los viajes de los utopianos

Si algún ciudadano desea visitar a un amigo que mora en otra ciudad, consigue fácilmente licencia del Sifogrante y del Traniboro, a menos que haya impedimento para ello. Nadie viaja solo, sino que parten en grupos, llevando una carta del Príncipe en la que consta la autorización del viaje y se señala el día en que han de volver. Les dan un carro y un esclavo que conduce y cuida de los bueyes. Si no van con ellos mujeres, renuncian al carro, por considerarlo un estorbo y una molestia. Y aunque no llevan nada consigo, de nada carecen durante el viaje, pues donde quiera que se hallen están en su casa. Si se detienen en algún lugar más de un día, trabajan allí en su oficio, y los artesanos de su gremio les dispensan una amable acogida. Si alguien traspasa los límites de su territorio, y es cogido sin llevar el permiso del Príncipe, comete un delito odioso, es considerado como un fugitivo y castigado severamente. Si reincide, es reducido a la esclavitud. Si algún utópico desea ir a algunas de las aldeas que pertenecen a la ciudad donde él mora, puede hacerlo con el consentimiento de su padre y de su esposa. Más, en cualquier lugar que llegare, no le dan comida si no la paga con el trabajo que ordinariamente se hace en una mañana, en una tarde. Observando esta ley, puede viajar por todo el territorio de la jurisdicción de su ciudad. Así no será menos útil a la ciudad que si se hubiese quedado en ella. Ved ahora la poca libertad que tienen para entregarse al ocio. No hay tabernas de vino o de cerveza, ni mancebías, ni ocasión de entregarse al vicio o la maldad, ni reuniones clandestinas, ya que estando todas bajo las miradas de los demás, necesariamente tienen que hacer su acostumbrado trabajo y recrearse con honestos y laudables divertimientos.

Este modo de vivir y estas costumbres traen necesariamente la abundancia de todos bienes. Y como éstos se hallan repartidos por igual entre todos, nadie es pobre en Utopía.

En el Senado de Amaurota , al que, como ya he dicho, cada ciudad envía tres ciudadanos cada año, se trata primeramente de las cosas que abundan y de las que escasean en cada lugar. Los que tienen más cosas envían parte de ellas a los que tienen menos. Y hacen esto sin compensación alguna. Los que dan de lo que tienen no toman nada de los que reciben las cosas. Nada piden a la ciudad que han favorecido, pues ellos reciben lo que necesitan de otras a la que no han hecho ningún favor. Así toda la isla es como una gran familia. Cuando tienen bastantes provisiones para ellos —guardan para dos años, en previsión de lo que pueda suceder al año siguiente —envían de lo que les sobra a otros países grandes cantidades de trigo, miel, lanas, lino, maderas, tintes, cera, sebo, cuero y animales vivos. Donan la séptima parte de todas las cosas a los pobres de tales países, y lo restante lo venden a precio módico. Merced a este comercio pueden traer a su isla mucho oro y mucha plata, y también las mercaderías que necesitan, que son pocas, pues casi puede decirse que sólo carecen de hierro. Como hace largo tiempo que vienen haciendo este comercio, poseen ahora abundantes riquezas.

No les importa el que los compradores no paguen en seguida; venden a crédito, pero no aceptan instrumentos de personas particulares y exigen el aval de una ciudad. Cuando llega el día en que vence el plazo, la ciudad hace pagar la deuda a los deudores particulares y deposita las cantidades de dinero recibidas en su Tesoro, usando de ellas hasta que los utópicos, sus acreedores, las reclaman. Los ciudadanos de Utopía no acostumbran pedir que les entreguen tales cantidades, pues les dice su conciencia que no es justo tomar de quien de ello saca provecho lo que ellos no usan ni les es provechoso. Mas si se da el caso de que tengan que prestar parte de ese dinero a otro país, o cuando lo necesitan para hacer guerra, demandan entonces el pago de las deudas. Solamente con este fin guardan en la isla todo el tesoro que poseen, para poder prevenir y remediar las situaciones graves y los peligros imprevistos. Pagan grandes sueldos con ese dinero a los soldados mercenarios extranjeros, a los cuales envían al combate en vez de a sus conciudadanos. Saben bien que con dinero se puede comprar hasta los enemigos o hacer que se aniquilen entre sí, por traición o guerreando. Por eso conservan un tesoro inestimable. Aunque no lo consideran como un tesoro, como lo tienen, lo usan. Me da un poco de vergüenza el seguir hablando de esto, por el temor que tengo de que no se dé crédito a mis palabras. Y aun tengo más causa de temerlo porque a mí me costaría mucho trabajo el creer a otra persona que dijese lo mismo que he dicho yo. Doyme cuenta de lo difícil que me hubiera sido tomarlo como cierto si no lo hubiese visto con mis propios ojos.

Lo que es contrario a las costumbres de los oyentes, paréceles a éstos cosa poco digna de fe. Quién sepa juzgar con juiciosa imparcialidad las cosas, acaso no se maravillará grandemente al ver que las leyes y costumbres de los utópicos son tan diferentes de las nuestras, ni de que éstos usan el oro y la plata entre ellos de otro modo que nosotros. Quiero decir que ellos no hacen uso del dinero, sino que lo guardan para precaver acontecimientos que podrían venir y que, quizás, no vendrán jamás. Mientras tanto, el oro y la plata de que se hacen las monedas no tiene para ellos más valor que el que merece la misma naturaleza de la cosa. Y ¿quién no ve claramente cuán lejos están de valer lo que el hierro, sin el cual los hombres no pueden vivir, como no pueden vivir sin el fuego ni el agua? No se tiene absoluta necesidad de usar el oro y la plata. Sólo la locura de los humanos seres da tan alto valor a esos metales por razón de su rareza. Por el contrario, la Naturaleza, madre tiernísima y amorosísima, ha puesto las mejores y más necesarias cosas a nuestra vista y alcance, como el aire, el agua y la tierra, y ha ocultado en la más profundo de sus entrañas lo que es vano y de ninguna utilidad. Por consiguiente, si encerrasen esos metales en una torre, como el vulgo siempre anda imaginando necedades, se sospecharía que el Príncipe y el Consejo estaban engañando al pueblo para aprovecharse de ellos. Ni siquiera fabrican con ellos platos y copas, porque comprenden que si llegase la ocasión de tener que fundirlos nuevamente para pagar los sueldos de los soldados, la gente no estaría de buen grado dispuesta a separarse de cosas en las que ya habían empezado a deleitarse. Para remediar todo esto han hallado un medio que no contradice a sus leyes y costumbres. Hacen algo que a nosotros nos parece increíble, pues ya sabemos cómo se aprecia el oro entre nosotros y con qué cuidado se guarda. Los utópicos comen y beben en platos de barro y copas de cristal, bellos y bien hechos, pero de muy poco valor. El oro y la plata sirven comunmente para hacer bacines y otras vasijas reservadas a los usos más viles, no solamente en los edificios comunes, sino en las casas particulares. Además de esos mismos metales están hechos las cadenas y grillos con que atan a los esclavos. Los delincuentes condenados a penas infamantes, deben llevar zarcillos en las orejas, anillos en los dedos, un collar en el cuello y en la cabeza una corona, todo ello de oro. Así hacen que el oro y la plata sean tenidos entre ellos por cosa ignominiosa. Y esos metales que, cuando son quitados a hombres de otros países les causa tanta tristeza como si les quitasen la vida, pueden ser quitados de una sola vez a los utópicos sin que ninguno de ellos crea que ha perdido el valor de un cuarto de penique. Cogen también perlas en la orilla del mar y diamantes y carbunclos en ciertas rocas; no los buscan, mas si los encuentran por azar, los tallan y pulen y adornan con ellos a los infantes, los cuales, en los primeros años de su niñez, se muestran muy orgullosos de llevar tales adornos; pero conforme van creciendo en edad y en discreción, ven que esos juguetes y garambainas solamente los llevan los niños, y entonces se avergüenzan, y, sin que se lo manden sus padres, dejan de llevarlos. No de otra manera obran nuestros infantes, que, al crecer, también renuncian a las cáscaras de nuez, a los broches y a las muñecas. Estas leyes y costumbres tan diferentes de las de otras naciones no pueden dejar de mudar la disposición del ánimo. Jamás lo vi tan claramente como cuando vinieron a Utopía los embajadores de los Anemolianos.

Estos embajadores llegaron a Amaurota cuando yo estaba allí, y, como venían a tratar de negocios de gran importancia, fueron a darles la bienvenida tres ciudadanos de cada ciudad utópica. Todos los embajadores que habían estado antes en Utopía, conociendo las costumbres de los utópicos y sabiendo que entre éstos no era tenido en honor el vestir suntuosamente, que no se apreciaba la seda y que el oro era señal de infamia, solían venir con modestos atavíos. Pero como los Anemolianos, que eran de un país mucho más lejano y habían tenido poco trato con ellos, habían oído decir que los utópicos iban todos vestidos igual y sus trajes eran de burdo paño, creían que los moradores que habían estado antes en Utopía , conociendo, determinaron presentarse como si fueran verdaderos dioses, con grande aparato y pompa, con vestidos de colores alegres y adornos relucientes, para deslumbrar los ojos de aquellos bobos y míseros utópicos. Vinieron tres embajadores con cien criados que llevaban vestidos abigarrados, los más de ellos de seda. Los embajadores, quc eran nobles en su país, iban vestidos de paño de oro, y de oro llevaban también grandes collares, pendientes, anillos; sus monteras igualmente estaban guarnecidas de joyas de oro y de brillantes perlas y piedras preciosas; en fin, iban vestidos y adornados con todas esas cosas que en Utopía se hacen llevar a los esclavos y a los condenados a penas infamantes, con todas esas garambainas con las que juegan los niños.

Hubiera regocijado a cualquiera el ver con qué orgullo ostentaban aquellos hombres sus colas de pavo real, las pintadas vainas en que llevaban metidos sus cuerpos, y cuán altivamente pasaban delante de los que los miraban al comparar su bizarro atavío con las modestas ropas de los utópicos, pues habíase congregado una inmensa muchedumbre en las calles. No era menos divertido considerar cómo se engañaban y cuán lejos estaban de conseguir sus propósitos, porque no los tomaban por lo que ellos creían que hubieran debido ser. A los ojos de todos los utópicos, excepto de los que habían estado en otras tierras, aquella magnificencia parecía vergonzosa y vituperable. Saludaban a los más viles y abyectos de ellos tornándolos por señores y no tributaban honor alguno a los embajadores, juzgando por las cadenas de oro que llevaban que eran esclavos. Hubierais tenido que ver a los niños que habían renunciado a las perlas y piedras preciosas tocar con el codo a sus madres y decirles al ver los adornos que llevaban en sus monteras los embajadores: ¡Mirad, madre, ese grandulón que lleva perlas y piedras preciosas como si fuera un niño aún!Y a la madre responder: Calla, hijo; creo que debe ser algún bufón de los embajadores. Algunos criticaban las cadenas de oro, diciendo que no servían para nada, ya que eran tan delgadas y poco fuertes que el esclavo podía romperlas fácilmente y huir suelto adonde quisiere. Mas cuando al cabo de uno o dos días de estar allí vieron los embajadores la poca estima en que era tenido el oro en Utopía, que era tan despreciado por los utópicos como apreciado por ellos, y que había más oro en las cadenas y grillos de un desertor condenado a esclavitud que el que había en todos los adornos que llevaban encima de sus tres personas, avergonzados de su vanidad, dejaron de mostrarse orgullosos de ellos y se los quitaron; y más aún cuando, después de haber hablado familiarmente con utópicos, conocieron sus costumbres y opiniones.

Admíranse los utópicos de que haya hombres tan insensatos que puedan hallar deleite mirando el dudoso brillo de una piedrecilla sin valor, pudiendo como pueden contemplar las estrellas o el mismo sol; y de que haya necios que se crean más ennoblecidos porque es de fina lana el vestido que llevan, ya que la lana —por fina que sea —la llevó antes una oveja sin que por ello dejara de ser oveja. Maravíllanse también de que el oro, que es cosa inútil por su propia naturaleza, sea ahora tan apreciado en todo el mundo, que el hombre mismo, que le atribuye ese valor para su provecho, considere que vale él menos que ese metal, tanto que cualquier lerdo avaro, que no tiene más entendimiento que un pollino y no es menos malvado que orate, tiene en esclavitud a muchos hombres buenos e ilustrados sólo porque posee un más grande montón de oro. Y si la fortuna, o la sutileza de la ley —pues no es sino la fortuna la que eleva lo que es bajo y la que derroca lo que es alto —da ese montón de oro al más vil esclavo o al más abyecto lelo de su casa, poco después que esto ha sucedido entra al servicio de su antiguo criado como una añadidura al dinero de éste. Mucho más les asombra, y la detestan, la locura de los hombres que rinden a los opulentos honores casi divinos, a los cuales nada deben y de los cuales nada tienen que temer; que los honran solamente porque son ricos, aunque saben que son sórdidos y avaros y que no recibirán de ellos, mientras estén en vida, ni un cuarto de penique.

Estas y parecidas opiniones las deben en parte a la educación que les ha sido dada en el país, cuyas leyes y costumbres tan diferentes son de esos géneros de locura; y en parte a sus estudios en ciencias y letras. Pues aunque muy pocos de cada ciudad se hallan exentos de trabajar para consagrarse solamente a estudiar —los que dieron muestras desde la infancia de tener buen entendimiento y buena disposición para aprender —todos, desde niños, son obligados a aprender lo que puedan de la ciencia de las letras, y buena parte de la población, tanto varones como hembras, durante toda su vida, dedica al estudio aquellas horas que les deja libres el trabajo corporal. Les enseñan en su propia lengua, que es rica en palabras, agradable al oído y perfecta para expresar el pensamiento. Se usa en casi toda aquella parte del mundo, pero los utópicos son los que la hablan y escriben con mayor pureza. Antes de nuestra llegada, no eran conocidos allí todos esos filósofos cuyos nombres son tan famosos en esta parte del mundo. Y, sin embargo, en música, lógica, aritmética y geometría saben casi todo lo que han enseñado nuestros fi1ósofos de la antigüedad.

Mas si casi igualan a los antiguos eruditos en todas estas cosas, no han llegado a igualar las invenciones de nuestros dialécticos; porque no han podido inventar ninguna de aquellas reglas de las restricciones, amplificaciones y suposiciones que aquí se enseñan a los niños. Tampoco han podido descubrir las proporciones secundarias ni ver lo que se llama el hombre en común, ese gigante mayor que cualquier gigante; que nosotros sabemos señalar con el dedo.

Conocen perfectamente el curso y los movimientos de los astros. Han inventado igualmente ingeniosos instrumentos de diversas formas con los que determinan exactamente los movimientos y la situación del Sol, de la Luna y de todos los demás astros que aparecen en su horizonte. En cuanto a las amistades o enemistades de los planetas y a ese engañoso arte de pronosticar los sucesos por los astros, ni han llegado a soñarlas siquiera. Merced a los signos que han aprendido a conocer por medio de una larga observación y experiencia, saben predecir las lluvias, los vientos y las tempestades. Pero sobre las causas de todas estas cosas y de las mareas, y de la salobridad del mar, y del origen, y la naturaleza del cielo, y de la Tierra sostienen en parte las mismas opiniones que nuestros antiguos filósofos, y, como éstos, pese a traer argumentos nuevos, no consiguen ponerse de acuerdo.

En aquella parte de la filosofía que trata de las costumbres y las virtudes se muestran de acuerdo con nosotros. Disputan, como nosotros, sobre las buenas cualidades del alma y del cuerpo, sobre los bienes terrenales y sobre si el término bien puede ser aplicado a todos estos o solamente a los del alma. Discuten sobre la virtud y el placer; pero la primera y principal cuestión es saber en qué consiste la felicidad humana, si es una sola cosa o muchas. Pero en esto más bien parecen inclinarse a compartir la opinión de los que defienden el placer considerándolo, si no ia felicidad absoluta y completa, parte principal de ella. Y lo que es más de admirar es que saquen el origen de tan delicada y melindrosa opinión de la grave y severa religión que profesan. Jamás discuten sobre la felicidad sin trabar las razones filosóficas con ciertos principios sacados de la religión, sin los cuales juzgan que la razón es débil e imperfecta para averiguar en qué estriba la verdadera felicidad. Esos principios son: que el alma es inmortal, y, por la infinita bondad de Dios, encaminada a la felicidad; que después de esta vida, nuestras virtudes y buenas acciones serán premiadas y castigadas nuestras maldades y nuestros pecados. Y creen los utópicos que, aunque esos principios pertenezcan a la religión, deben ser creídos y admitidos por la razón; pues si fueran reprobados y abrogados, nadie sería tan necio que no buscara el placer por todos los medios, buenos o malos, esquivando solamente la inconveniencia de que un placer pequeño fuese un estorbo para conseguir otro mayor; esto suponiendo que el hombre no busque ese género de placer que trae consigo después el descontento y la pesadumbre. Paréceles gran locura el ejercitarse en las virtudes ásperas y penosas, el renunciar a las dulzuras de la vida, el sufrir voluntariamente el dolor sin esperar premio alguno ¿y qué otro premio puede esperarse si no es una recompensa en el otro mundo, después de toda una vida de amarguras?

No todos los placeres procuran felicidad, sino solamente los que son buenos y honestos. Eso afirman los utópicos, y también que nuestra naturaleza es atraída hacia la perfecta beatitud por la misma viltud. Los que defienden la opinión contraria dicen que la felicidad se halla en el ejercicio de la virtud. Los utópicos definen la virtud diciendo que es la manera de vivir según la Naturaleza, pues tal es el destino que nos ha dado Dios. Quien se deja gobernar por la razón en el desear y no querer las cosas, escucha la voz de la Naturaleza. En primer lugar, la razón inspira a los hombres el amor y la veneración a la Divina Majestad, a cuya bondad debemos lo que somos, a quien hemos de agradecer que nos haya dado la posibilidad de alcanzar la felicidad. En segundo lugar, nos mueve a vivir con alegría y sin zozobras, y a ayudar a los demás a que obren de igual modo en bien de la humana sociedad.

No hallaréis jamás ningún sufrido amante de la virtud y aborrecedor del placer que os exhorte solamente a padecer trabajos, vigilias y ayunos, sino que os exhortará también a remediar cuanto podáis la miseria y necesidad de vuestros prójimos, loando este acto de caridad. Por otra parte, si es muy humano —es la virtud más peculiar del hombre —el socorrer a los necesitados y consolar a los tristes, o sea procurar un placer a los demás, ¿por qué no habría de incitarnos la Naturaleza a hacer lo mismo con nosotros? Porque si el vivir con alegría, es decir, llevar una vida agradable, es una cosa mala, no deberíamos quererla para los demás, sino que debería apartar a éstos de ella por ser dañosa; o si es buena tenemos el deber de procurarla a los demás. Y si es así ¿por qué no empezar por nosotros mismos? ¿Por qué no ha de sernos provechoso lo que tan conveniente es para otros? La Naturaleza, al mandarnos que seamos buenos con nuestros semejantes, nos manda también que no seamos malos y crueles con nosotros mismos. Dicen los utópicos que la Naturaleza misma nos manda llevar una vida agradable, como finalidad de nuestras acciones, y definen la virtud como vivir según ese precepto.

Si la Naturaleza mueve a los hombres a ayudarse unos a otros a vivir alegremente —lo que seguramente no hace sin justa causa, puesto que ninguno está puesto tan por encima de la humana condición que la Naturaleza haya de curar de él solamente, ya que ampara y favorece por igual a todos los seres de la misma especie congregándolos por una creencia uniforme o comunión —verdad es que también nos manda que no busquemos nuestra propia comodidad causando incomodidades a nuestros semejantes. Por eso opinan que deben ampliarse fielmente, no sólo los pactos hechos entre particulares, sino las leyes de interés público que regulan el repartimiento de las comodidades de la vida, es decir, lo que es materia de placer, tanto si han sido dictadas por un buen Príncipe como si han sido sancionadas, de común acuerdo, por el pueblo, sin haber sido éste oprimido por la tiranía o engañado dolorosamente. Buscar la propia felicidad, sin transgredir las leyes, es prudencia. Obrar del mismo modo para conseguir el bienestar general es el deber que tienen los que aman con reverente amor a su patria. Mas estorbar el bienestar ajeno para procurarse el propio es una acción manifiestamente injusta. Por el contrario, el privarse de algo para darlo a otros, es obrar humana y generosamente. El bien que hacemos nos es pagado con creces, y la conciencia de haber obrado bien, el amor y el agradecimiento de los favorecidos causan más placer al alma que el que hubiera podido dar al cuerpo el placer a que hemos renunciado. Finalmente —y de ello se persuadirá fácilmente cualquier espíritu religioso —, Dios premia el sacrificio que hacemos al renunciar a un placer breve y exiguo haciendo que sintamos por ello un gozo inmenso y eterno.

Por consiguiente, creen los utópicos que todas nuestras acciones, y aun las virtudes, se encaminan finalmente al placer y la felicidad. Llaman placer a todo movimiento o estado del alma o del cuerpo en el que hallamos deleitación de un modo natural. Añaden a esto los apetitos naturales, y no sin razón. Porque no sólo los sentidos, sino la razón misma, apetecen todo lo que es naturalmente placentero, si puede conseguirse sin hacer daño a ninguno, sin demasiado trabajo y sin privarse de un placer mayor. Hay personas de vanidosa imaginación que, desoyendo la voz de la Naturaleza, fingen creer que son agradables algunas cosas que no lo son, cual si estuviera en su poder mudarlas como mudan el nombre de ellas. Creen los utópicos que tales placeres ayudan tan poco a conseguir la felicidad, que más bien los consideran un gran estorbo para ello. Los que los han gozado una vez, han dejado entrar en su alma un falso concepto del placer, que la ocupa toda sin dejar lugar para que allí quepan las deleitaciones naturales y verdaderas. Porque hay muchas cosas que por su propia naturaleza no contienen alegría, sino tristeza las más de ellas; y por las maliciosas, perversas y vacilantes instigaciones de los deseos deshonestos, son tenidas, no solamente por placeres supremos y no comunes, sino también por causas principales de la vida.

Entre estos engañosos placeres ponen los utópicos la vanidad de aquellos hombres de quienes ya he hablado, los cuales, porque llevan mejores vestidos que los demás, se creen mejores de lo que son. En esto yerran dos veces, pues no se engañan menos al creer que su traje es mejor que al creer que ellos son mejores. Si se considera el uso provechoso del vestido, ¿por qué ha de creerse que es mejor el traje hecho de paño fino que el hecho de paño basto? Y se enorgullecen como si se distinguieran de los demás por sus méritos y no por su necedad; creen que a su elegancia se le deben honores a los que no osarían aspirar con un vestido más modesto, y se indignan si no se les trata con reverencia. ¿No es otra necedad semejante la pasión por los honores inútiles y vanos? ¿Qué placer natural o verdadero podrá procurarnos el ver a un hombre delante de nosotros con la cabeza descubierta y la rodilla doblada? ¿Mitigará esto los dolores de la gota que sentimos en nuestras rodillas o sanará la locura de nuestras cabezas? En lo que muestran más extraña locura es en ver esa imagen de falsa felicidad, al alegrarse de que la fortuna hízolos descender de antepasados que fueron ricos dueños de tierras, porque ahora la nobleza no es otra cosa que riqueza. Y no se creerían menos nobles aunque sus antepasados no les hubiesen dejado un solo palmo de tierra o si ellos hubiesen gastado su hacienda.

Como ya he dicho, del mismo modo juzgan los utópicos a los que se deleitan guardando gemas y piedras preciosas, los cuales se creen casi dioses si consiguen por azar una excelente, especialmente si es de un género que es grandemente apreciado en su propio país en aquel tiempo, pues no en todas partes ni en todos los tiempos son igualmente estimadas. Compran la piedra sola, sin el oro del engaste, pero antes hacen jurar al vendedor que la gema es verdadera y no falsa. ¡Tanto temen que una piedra falsa parezca buena a sus ojos! ¿Por qué, pues, gozar menos viendo una piedra falsa si los ojos no saben distinguirla de una verdadera? Tanto debieran valer una y otra ante vuestros ojos como ante los de un ciego. ¿Y qué diré de los que guardan riquezas superfluas y sólo gozan contemplando su tesoro? ¿Es esto un placer real y verdadero o más bien un placer engañoso? Algunos hay que ocultan su oro, privándose para siempre de usarlo y acaso de verlo. Y tanto temen perderlo que en verdad está perdido para ellos, pues enterrarlo ¿qué es sino privar a los demás hombres de su uso y privarse del mismo ellos también? Enterrado el tesoro, torna la alegría al corazón del avaro, que así se sosiega. Si se lo roban sin que él se entere y muere diez años después sin haberlo sabido, ¿qué importa que el tesoro haya estado o no en el mismo lugar esos diez años? En ambos casos fuéle el oro igualmente inútil.

A los que son aficionados a tan necios placeres añaden los utópicos los jugadores de dados, cuya locura sólo conocen de oídas y no por jugar ellos; y, además, los cazadores y los halconeros. Pues dicen: ¿qué placer hay en echar los dados en una mesa? Haciéndolo tan a menudo, ¿cómo no se cansan de ello? O ¿qué deleite puede haber en oír los aullidos y ladridos de los canes? O ¿por qué os divierte más ver un perro persiguiendo a una liebre que ver perseguir un can a otro can? Porque si lo que os divierte es ver correr, veis correr en ambos casos. Pero si es la esperanza de presenciar una matanza lo que os da más placer, más debiera moveros a compasión ver que un perro mata a una liebre, que el fuerte vence al débil o el feroz al miedoso, que la inocente presa es despedazada por un animal cruel y despiadado. Por eso consideran los utópicos como cosa indigna de hombres libres el ejercicio de la caza, y hacen matar a los animales por los jerifes, oficio que, como ya he dicho, es ejercido en su isla por los esclavos. Creen que la caza es la parte más abyecta y vil de ese oficio, que, por lo demás, es honesto y provechoso; y mientras el cazador halla placer matando a una pobre bestia, el jerife mata a los animales sólo por necesidad. Creen los utópicos que los que gozan contemplando tales matanzas acaban haciéndose crueles.

Todas estas diversiones y otras parecidas, que son innumerables, las tiene el vulgo por placeres. Mas dicen los utópicos que, como no procuran satisfacción natural, no tienen afinidad alguna con el verdadero placer. Aunque los placeres deleiten los sentidos, no por eso los utópicos mudan de opinión. No es la naturaleza de la cosa, sino las perversas costumbres de los hombres lo que hace que a éstos les parezca dulce lo amargo, de igual manera que el gusto pervertido de las mujeres que llevan fruto en su vientre les hace hallar más dulce la pez o el sebo que la miel. Y el juicio depravado y corrompido por la enfermedad o las malas costumbres no puede mudar la naturaleza del placer ni de muchas otras cosas.

Para los utópicos hay diversas especies de placeres verdaderos, según sean del alma o del cuerpo. Los del alma son la inteligencia y aquella deleitación que nace de la contemplación de la verdad. Añádase a ello el recuerdo de una existencia bien vivida. Dividen en dos clases los placeres del cuerpo. Está comprendida en la primera la deleitación que percibimos sensiblemente cuando restauramos, comiendo y bebiendo, las partes que ha dejado agotadas o secas el calor interno, o cuando expulsamos del cuerpo lo que dentro de él tenemos en demasiada abundancia. Así sucede también al hacer el acto de la generación, o al calmar la picazón de algun miembro rascándonos. Cierto es que, a veces, el placer procede, no de la restauración que requieren nuestros órganos, ni de la expulsión de lo que nos molesta, sino de alguna oculta fuerza que tiene el poder de atraer nuestros sentidos hacia ella; tal el que nace de la música. La segunda especie de placer corporal consiste, según ellos, en tener una salud perfecta, exenta de todo malestar. Al suceder esto, al no padecer dolor alguno, siéntese bienestar, aunque no lo cause ningún placer externo. Y sin duda este deleite es menos percibido por los sentidos que los grandes placeres de la comida y de la bebida. Sin embargo, los más de ellos tiénenlo por el supremo placer, creen que es el principio y raíz de toda felicidad. La salud es lo que hace deseable la vida, y sin salud no es posible ningún otro placer. A la ausencia de dolor, faltando la salud, llámanla insensibilidad y no placer.

Tiempo ha que los utópicos condenaron la doctrina de los que sostenían que la salud perfecta y duradera no debe ser considerada como placer. Los defensores de aquella opinión afirmaban que no era posible tener conciencia de la salud sin la ayuda de alguna sensación externa. Casi todos los sabios se muestran de acuerdo ahora en reconocer que la salud es uno de los más grandes placeres. Porque viendo, según dicen, que la enfermedad lleva consigo el dolor, el cual es tan mortal enemigo del placer como la enfermedad lo es de la salud, preguntan: ¿por qué no puede haber placer en la salud perfecta y duradera? Según ellos, lo mismo da decir que la enfermedad es un dolor o que hay dolor en la enfermedad, porque todo viene a ser una sola cosa. Que la salud sea un placer en sí misma, o una causa necesaria de placer, como lo es el fuego del calor, es cosa que carece de importancia, ya que los que gozan de una salud perfecta nunca se hallarán faltos de placer. Mientras comemos, dicen, nuestra salud, que empezaba a debilitarse, lucha contra el hambre con la ayuda de los alimentos. En esta lucha la salud va llevando ventaja poco a poco, y la restauración de nuestras fuerzas cáusanos placer. Si la salud gusta de combatir, ¿cómo no ha de alegrarse de haber alcanzado la victoria? Y luego que haya recobrado su primitiva robustez, que es la sola causa de este combate, ¿volverá a caer en el sopor y no querrá conocer su felicidad ni gozar de ella? Creen que faltan a la verdad los que dicen que la salud no puede sentirse. Porque, al despertar, ¿quién no conocerá si se encuentra bien o mal? ¿Y quién, no estando dormido, no reconocerá que la salud es una cosa agradable y deleitosa para él?

Aman los utópicos sobre todas las cosas los placeres del espíritu —que consideran son los primeros y principales —, los más de los cuales proceden del ejercicio de la virtud y del conocimiento que tienen de llevar una buena vida. Entre los placeres del cuerpo dan la primacía a la salud. El placer de comer y beber y las satisfacciones que procuran los deleites del mismo género, creen que deben ser deseados, pero solamente para conservar la salud, porque tales complacencias no son agradables en sí mismas en tanto no resisten los alevosos asaltos de la enfermedad. Y así el hombre prudente prefiere prevenir la enfermedad que tomar medicinas, que no llegue el dolor para no tener que aliviarlo, no renunciar a esta clase de placeres para no verse privado de ellos. Si la felicidad consiste en tales placeres, ¿podrá decirse que es feliz el hombre que, teniendo hambre, sed y comezón, pasare toda su vida comiendo, bebiendo y rascándose? ¿Quién no ve que esa vida sería real y verdaderamente, no tan solamente insensata y deshonesta, sino miserable y triste? De todos los placeres, esos son los más bajos, los impuros, los imperfectos; y nunca vienen si no es acompañados de los dolores contrarios. Júntase el hambre con el placer de comer, y de manera harto desigual. Cuanto más grande es el hambre, mayor es el sufrimiento, pues éste nace antes que el placer y sólo se extingue con él.

Por esto opinan que este género de placeres no tiene más importancia que la de ser necesarios. Gozan, empero, de ellos con alegría, y agradecen a la madre Naturaleza el amor que muestra por sus hijos procurándoles incesantemente esta agradable deleitación que tan necesaria es para vivir, porque ¡cuán desventurada y miserable sería la vida si esas cotidianas enfermedades del hambre y de la sed tuviéranse que curar con medicinas amargas, como se hace con otras dolencias más graves que padecemos de vez en cuando! Dan mucha importancia a la belleza, a la fuerza ya la agilidad, que son preciosos dones de la Naturaleza. Consideran como alegrías de la vida los placeres que se perciben por la vista, el oído y el olfato, que la Naturaleza quiso que fuesen propios del hombre, pues ningún otro ser viviente goza contemplando la belleza del Universo o saboreando los manjares, ni perciben las concordantes y disonantes distancias de los sonidos. Mas en todo obran con cautela para conseguir que un placer menor no impida otro mayor, o que sea causa de dolor, como lo es necesariamente el deshonesto. Paréceles gran necedad despreciar la belleza, malgastar las fuerzas corporales, dejar que la agilidad se convierta en pesadez, dañar la salud y rehusar los demás dones de la Naturaleza, a menos que el hombre renuncie a esos bienes para procurar con ardiente celo el bienestar ajeno o el público con la esperanza de que Dios les premie esos trabajos con una felicidad mayor. Juzgan de igual modo las mortificaciones que a nadie aprovechan, que el hombre se inflige por una vana sombra, o para acostumbrarse a sufrir valerosamente unas adversidades que acaso no vendrán jamás. Esto, dicen ellos, es gran locura, cosa cruel para sí mismo e ingrata para con la Naturaleza, como si no se temiera su castigo y se renunciara a todos sus beneficios.

Eso opinan de la virtud y del placer. Creen que la razón humana no puede hallar nada que sea más verdadero, a menos que el Cielo les inspire pensamientos y sentimientos más piadosos y santos. Si piensan bien o mal, no tenemos tiempo de discutirlo ni es tampoco necesario ahora. Me he propuesto hablar de sus instituciones y leyes, pero no defenderlas. Mas una cosa creo de verdad, y es que, sean como sean esas instituciones, no hay en ninguna parte del mundo gentes más buenas que ellas ni República más floreciente y feliz. Los utópicos son ágiles de cuerpo y más vigorosos de lo que promete su estatura, que no es demasiado corta. Y aunque el suelo de la isla no es demasiado fecundo, ni el clima muy sano, defiéndense de éste siendo sobrios en el comer, y trabajan tan industriosa y diligentemente la tierra, que en ningún otro país se ve más abundancia de trigo y de ganado, ni hombres que alcancen más larga vida ni que estén menos sujetos a enfermedades que los utópicos. Todos trabajan con ahinco e ingenio para hacer más fértil la tierra, y, si conviene, arrancan con las manos los árboles de un bosque entero para transplantarlos en otro lugar, ya que, como tienen pocos medios de acarreo, necesitan que los bosques y la madera se hallen cerca del mar, de los ríos o de las ciudades; les cuesta menos trabajo llevar por tierra a otro sitio el grano que la madera. Los utópicos son suaves de carácter, alegres, diligentes, inteligentes, amantes del reposo, capaces de resistir los más duros y penosos trabajos corporales, cuando es menester; pero ni desean ni son muy aficionados a trabajar así. De lo que no se cansan nunca es de estudiar y aprender.

Cuando me oyeron hablar de las ciencias y de las letras griegas —pues no parecen importarles gran cosa las obras de los latinos, excepto las de los historiadores y poetas —me rogaron con grande afán que les enseñase esa lengua. Empecé, pues, leyéndoles pasajes de algunos libros, más porque vieran que no rehuía el trabajo de enseñarlos que porque esperara algún fruto de ellos. Al poco tiempo, gracias a su aplicación, vi que no había trabajado en vano. Empezaron a escribir las letras con facilidad, a pronunciar bien las palabras y a aprendérselas de memoria y a repetirlas luego sin equivocarse, todo lo cual me pareció prodigioso. Verdad es que los más de mis discípulos, no solamente deseaban aprender aquellas cosas, sino que el Consejo les había mandado hacerlo. Habían sido elegidos entre los letrados de buen entendimiento y eran hombres de edad madura. Así, en menos de tres años, no había nada en la lengua griega que ignorasen, y leían de corrido en los libros de ]os buenos autores, si éstos no contenían erratas de imprenta. Supongo que si aprendieron tan aprisa esa lengua es porque no les es enteramente extraña. Creo que descienden de los griegos, pues su idioma, que es muy parecido al persa, tiene diversos vocablos de origen helénico, como puede verse en los nombres de sus ciudades y en los que dan a los magistrados.

Les he dado —pues cuando determiné hacer mi cuarto viaje, como tenía intención de volver allí pronto, llevé al barco un pequeño fardo de libros -, les he dado, digo, la mayor parte de las obras de Platón, muchas de Aristóteles y también la Historia de las Plantas, de Teofrasto, la cual, desgraciadamente, no está completa, pues durante el viaje un mono que estaba en el barco cogió el libro y se puso a jugar con él, le arrancó varias hojas y las hizo pedazos. De los gramáticos sólo pude darles el libro de Lascaris, pues no llevaba conmigo el de Teodoro, ni más diccionarios que los de Hesiquio y Dioscórides. Aprecian grandemente los libros de Plutarco y les deleita el festivo ingenio de Luciano. De los poetas tienen libros de Aristófanes, Hornero y Eurípides, y también el de Sófocles, en la edici6n aldina, compuesta con caracteres de imprenta de pequeño tamaño. Tienen libros de los historiadores Tucídides, Herodoto y Herodiano. Mi compañero Tricio Apinato llevaba consigo a1gunos libros de física y de Hipócrates y la Microtecné de Galeno. Aprecian mucho el libro de Galeno. Aunque casi no haya ninguna nación bajo el cielo que necesite menos de los médicos que Utopía, se honra allí a los médicos más que a nadie. Consideran que la medicina es una de las más bellas y útiles partes de la filosofía. Los sabios médicos escudriñan los arcanos de la Naturaleza, y no sólo sacan de ello placeres extraordinarios, sino que consiguen además mercedes del Creador, autor de la Naturaleza. Piensan los utópicos que el Divino Artesano, al igual que los de la Tierra, creó el Mundo para que el hombre contemplase con admiración y amor tan hermosa obra. El Creador ama más al hombre que admira Su obra que al hombre que, como un bruto carente de entendimiento y de razón, contempla, indiferente, un espectáculo tan grande y maravilloso. Los utópicos, por consiguiente, acostumbrados y adiestrados a estudiar, tienen un vivo y maravilloso ingenio para inventar cosas que contribuyen a acrecer las comodidades de la vida. Nos tienen que agradecer, sin embargo, dos inventos: la imprenta y la fabricación del papel; pero más que estar agradecidos a nosotros, tienen que estar contentos de sí mismos.

Desde que les mostramos libros de papel, impresos en caracteres aldinos, y les dijimos de qué materia se hacía el papel y cómo se imprimían las letras — hablando más de lo que debíamos, pues sabíamos muy poco de entrambas cosas -, nos entendieron en seguida. Y los utópicos que antes solamente habían escrito sobre cuero, corteza de árbol o papiro, han intentado fabricar papel e imprimir letras. No consiguieron su propósito al principio, pero, a fuerza de perseverancia, llegaron a hacer una y otra cosa. Y tan bien las hacen ahora que si tuvieran originales de las obras de los autores griegos no carecerían de tales libros. Como he dicho antes, no tienen más que los originales que yo les di, pero de éstos han sacado millares de copias. Quien llega allí para conocer la isla, si tiene buenas dotes de entendimiento y ha visto muchas tierras por haber viajado mucho —y por eso fuimos tan bien acogidos nosotros — es recibido con gran agrado por ellos, pues les gusta saber lo que sucede en otras partes. Van allí pocos mercaderes extranjeros, porque ¿qué les podrían traer si no es hierro? Si trajesen oro o plata, se lo tendrían que volver a llevar a su tierra. Las mercaderías que han de salir de la isla prefieren llevarlas ellos mismos en vez de que vengan a buscarlas los de fuera, pues desean conocer los países extranjeros y no perder la costumbre de navegar para no olvidar lo que saben de las cosas del mar.

Los esclavos

Los utópicos no hacen esclavos a los prisioneros de guerra —a menos de que la guerra la haya buscado el país enemigo —, ni a los hijos de los esclavos, ni a los extranjeros que vienen a Utopía, aunque sean esclavos en sus países. Sólo reducen a esclavitud a los naturales de su isla que merecen ese castigo por sus delitos, o a los que han sido condenados a muerte en las ciudades de otras tierras por los grandes crímenes que han cometido.

De este último género de esclavos tiene muchos, porque o les son vendidos por poco precio, o les son entregados graciosamente. Hacen trabajar constantemente a los esclavos y les ponen cadenas. Tratan más duramente a los indígenas, porque los utópicos juzgan que son más culpables y merecen un castigo mayor, ya que han sido enseñados a ser virtuosos por su excelente República y no han sabido guardarse de hacer mal. Tienen otra especie de esclavos: los ganapanes míseros y pobres de otras tierras que eligen de su propia voluntad ser esclavos en Utopía. A éstos trátanlos con bondad, casi como si fueran ciudadanos libres de la isla, sólo que les obligan a trabajar un poco más, ya que están acostumbrados a ello. Si alguno quiere partir —lo cual sucede muy pocas veces —, no le retienen contra su voluntad ni le dejan marcharse con las manos vacías.

Como ya he dicho, cuidan a los enfermos con gran amor, y nunca faltan a éstos los alimentos o medicinas que son necesarios para su curación. A los que padecen alguna dolencia incurable, procuran consolarlos visitándolos y platicando con ellos. Si el mal, a más de ser incurable, causa al enfermo crueles sufrimientos, le exhortan los magistrados diciéndole que, puesto que no puede cumplir ninguno de los deberes que impone la vida y es una molestia para los demás y se daña a sí mismo, ya que no hace más que sobrevivir a su propia muerte, debe determinarse a no querer vivir enfermo por más tiempo; y pues semejante vida es un tormento para él, debe disponerse a morir con la esperanza de que huye de ella como se huye de una cárcel o de un suplicio; o, si no, debe consentir que otros le libren de la vida. Dícenle también que con la muerte sólo pondrá fin a su tormento, pero no a su felicidad. Los que son persuadidos así, se dejan morir de hambre voluntariamente o mueren durante el sueño sin enterarse de ello. A nadie fuerzan a morir, ni dejan de cuidar a los que rehusan hacerlo. Mas consideran honrosa la muerte de los que así renuncian a la vida. Si alguno se quita la vida sin causa que juzguen justa los sacerdotes y el Senado, se le considera indigno de ser enterrado o de que su cuerpo sea consumido por el fuego, y su cadáver es arrojado a un hediondo pantano.

Las mujeres no se casan antes de los dieciocho años, ni los varones hasta que son cuatro años mayores. Si el mozo o la moza han tenido trato carnal con otra persona antes de casarse, el autor de la ofensa es castigado severamente y a ambos se les prohíbe para siempre el matrimonio, a menos que el Príncipe les otorgue su perdón. Pero el padre y la madre de familia de la casa donde fue hecha la ofensa corren el peligro de ser grandemente vituperados y de quedar deshonrados por no haber velado lo suficiente para que no sucediera. Aplican tan severo castigo a ese delito porque juzgan que serían bien pocos los que estarían unidos por los lazos del matrimonio si no se les quitara la libertad de darse a ese vicio, pues hay que estar toda la vida con una persona y sufrir con paciencia, además, todas las pesadumbres e inquietudes que lleva consigo el connubio.

En lo tocante a la elección de los cónyuges, tienen en Utopía una costumbre, que observan rigurosamente, que a nosotros nos pareció muy extravagante y absurda, pues la mujer, sea doncella o viuda, ha de ser mostrada desnuda al que pretende casarse con ella por una grave y honesta matrona, y lo mismo el varón a la muchacha por un hombre discreto. Nos reímos de esa costumbre y la desaprobamos por parecemos extraña. Pero los utópicos, por otra parte, se asombran grandemente de la necedad de todas las demás naciones, ya que al comprar un potro, que vale poco dinero, somos tan cautos y circunspectos, que, aun cuando el animal esté casi desnudo, no lo compramos si no le quitan antes la silla y todos los arreos, por temor de que bajo ellos se esconda alguna llaga o matadura; y, sin embargo, al elegir esposa, cosa que puede llenar de placer o de pesares toda nuestra vida, obramos tan atolondradamente, que apreciamos el valor de una mujer con sólo ver un palmo de su cuerpo —pues no le podemos ver más que el rostro —, ya que lo restante de su cuerpo está cubierto con vestidos, y puede suceder que luego descubramos algún defecto en su cuerpo y tomemos aversión a la mujer. No todos los hombres son tan juiciosos que aprecien solamente las prendas morales, las virtudes de las que han de ser sus esposas. La belleza, las gracias del cuerpo añaden valor a las virtudes. En verdad, pueden ocultarse tan repugnantes deformidades bajo las ropas, que aparten el afecto que el marido tenía hacia su mujer cuando ya no es legal la separación de sus cuerpos. Y si tales deformidades se descubren después que se haya consumado el matrimonio, el esposo tiene que resignarse con su suerte. ¡Cuánto mejor sería que hubiese una ley que impidiese esos engaños antes de casarse!

Esto se mira mucho en Utopía, porque es el único país de aquella parte del mundo en que el hombre se contenta con una sola esposa. Allí el matrimonio no lo disuelve sino la muerte, y sólo se rompe el vínculo por causa de adulterio y de la conducta inmoral de uno u otro consorte. En ambos casos permite el Senado contraer nuevo matrimonio al cónyuge inocente, y el otro es infámado y condenado a no poder casarse otra vez. No se consiente que el esposo repudie a la esposa por causa de enfermedad que pueda deformarle el cuerpo. Juzgan que es gran crueldad el abandonar a alguien cuando más necesitado está de consuelo, y que sería faltar a la fidelidad prometida si el abandonado se hallaba en la vejez, pues la vejez trae consigo las enfermedades y es una enfermedad en sí misma. Mas si ocurre que el marido y la mujer no pueden vivir bien avenidos, cuando ambos encuentran nuevos cónyuges con quienes esperan vivir más sosegada y alegremente, se pueden divorciar, con el consentimiento de entrambos, y contraer nuevo matrimonio; mas se necesita para ello la autorización del Senado, que no la concede antes de que ellos y sus esposas hayan meditado largo espacio sobre tan delicado negocio y hayan considerado bien sus circunstancias. Muéstranse, empero, muy poco inclinados a consentir el divorcio, pues saben cuán poco propicia para el mantenimiento del amor conyugal es la esperanza de poder contraer nuevas nupcias fácilmente.

Los que faltan a la fidelidad prometida son condenados a la más dura esclavitud; si ambos culpables son casados, los esposos ultrajados pueden divorciarse de ellos y casarse entre sí o con quien quisieran; mas si alguno de ellos sigue amando al infiel consorte, la Ley no prohibe que pueda seguirlo en su castigo. A veces el arrepentimiento de uno y la constancia amorosa y los ruegos del otro consiguen ablandar el corazón del Príncipe, y éste, por todo esto, movido a compasión y piedad, da la libertad al esclavo. La reincidencia en el adulterio es penada con la muerte. La Ley no impone ninguna pena determinada para los demás delitos; acomódala el Senado a la gravedad de la ofensa y la modera a su arbitrio, según los casos. Los esposos castigan a las esposas y los padres a los hijos, a menos que el delito sea tan horrible que demande un castigo público. Comúnmente, los más de los crímenes, por atroces que sean, son castigados con la esclavitud, pues creen que no es menos aflictiva para el delincuente, ni menos provechosa para la República, que la ejecución inmediata del criminal. El trabajo de éste es más provechoso que su muerte, y es una pena ejemplar que sirve para impedir que otros puedan cometer crímenes semejantes. Si los condenados se muestran recalcitrantes y rebeldes, son muertos como si fuesen bestias feroces que no han podido ser amansadas ni con las cadenas ni con la prisión. No se quita la esperanza a los que sufren con paciencia la esclavitud. Si con el tiempo los amansan y doman las penalidades que padecen, si dan pruebas de un sincero arrepentimiento, si muestran que les entristece más el delito que han cometido que el castigo, el Príncipe, usando de sus prerrogativas, o a veces el sufragio del pueblo, mitigan la dureza de su esclavitud o los perdonan y les dan la libertad. La incitación al adulterio es tan castigada como éste, porque los utópicos consideran que la intención es tan dañosa como el acto mismo, y que no puede ser excusa para el delincuente de esta índole el que no se haya podido cometer el delito por causas ajenas a él.

Gustan mucho de los bufones, y son vituperados los que los maltratan. No está prohibido en Utopía el deleitarse con este género de locura. Creen los utópicos que esto hace mucho bien a los mismos locos. No permiten que tengan bufones las personas tristes y severas que no ríen sus dichos y sus hechos, porque temen que no los traten con bondad y que no sepan aprovecharse de lo único que los bufones tienen y pueden dar, que es divertir a los demás. Es mirado con malos ojos el que hace burla de un ser deforme o estropeado, y vituperan, no al infeliz mofado, sino al necio mofador que se ríe de la desgracia ajena, desgracia que no tiene poder de impedir el que la tiene. Consideran poco juicioso el no hacer caso de la belleza natural del cuerpo; mas juzgan también que usar de afeites para realzarla es vanidad y causa deshonor. Saben por experiencia que los esposos aprecian más la fidelidad y la humildad que la hermosura de sus esposas. Y si el amor se gana algunas veces con la belleza, solamente puede ser conservado y durar por la virtud y la obediencia. En Utopía, no solamente impiden con la amenaza de los castigos que la gente haga mal, sino que la incitan a la virtud prometiendo honores y recompensas. Colocan en las plazas públicas estatuas de los insignes varones que han sido grandes bienhechores de la República, para que así quede perpetua memoria de sus buenas acciones y para que la gloria y renombre de los antepasados sea para los descendientes de ellos incitación a perseverar en la virtud. Quien ambiciona desordenadamente una magistratura es quien menos esperanzas puede tener de conseguirla.

Los utópicos viven juntos amorosamente. Ninguno de sus magistrados es insolente y vano, ni infunde temor. Padres llaman a éstos y como padres se comportan. Los ciudadanos tienen el deber de rendirles los honores debidos a su rango, pero no son obligados a hacerlo. El Príncipe no se distingue de los demás por sus regias vestiduras o corona, sino porque lleva en la mano una pequeña gavilla de trigo. Conoceréis al Obispo porque llevan un cirio delante de él.

Tienen pocas leyes, aunque para un pueblo tan instruído y de tales instituciones, con pocas basta. Lo que más censuran a otros países es que, teniendo innumerables libros de leyes, todavía no tengan suficientes leyes. Consideran injusto que se obligue a los hombres a cumplir esas leyes, que son tantas, que no pueden leerlas todas, y tan oscuras, que son bien pocos los que pueden entenderlas. Por eso no quieren tener letrados, los cuales manejan artificiosamente los negocios y disputan sutilmente sobre las leyes. Creen que es mejor que cada uno defienda su pleito y declare ante el juez lo que habría confesado al letrado. Así hay menos incidentes y se sabe antes la verdad, pues hablan los pleiteantes sin haber sido aleccionados por un letrado sobre lo que tienen que decir, y el juez, con juicio discreto, puede pesar las palabras de ellos y ayudar a los hombres de bien a defenderse de los maliciosos engaños de las gentes taimadas. Esto no se podría hacer en otras naciones donde hay tantas leyes complicadas y oscuras. Mas en Utopía todos son agudos letrados, pues, como he dicho, son poquísimas las leyes, y, por sencillas y claras, fáciles de interpretar rectamente. Dicen ellos que todas las leyes son hechas y promulgadas para que cada cual sepa cómo debe obrar. Las interpretaciones más sutiles sólo podrían convenir a unos pocos, pues pocos son los que entenderlas pueden. Las leyes claras las pueden entender todos. En lo que toca al vulgo —y el vulgo son los más —que es el que más necesitado está de conocer sus deberes ¿no sería mejor para él que no hubiese leyes cuya interpretación sólo alcanzan los que tienen grande inteligencia tras largas controversias? El entendimiento del vulgo no llega a comprenderlas, ni toda su vida, empleada en trabajar para ganar el sustento, bastaría para ello.

Estas virtudes de los utópicos hacen que los pueblos vecinos de su isla, en los que los hombres viven libres —pues Utopía ha librado a muchos de ellos de la tiranía tiempo ha —hacen, digo, que les pidan magistrados, unos por un año, otros por cinco, a los cuales, cuando llega el término de sus funciones, acompañan a su tierra colmados de honores, y luego se llevan a otros que los suplan. No puede haber duda de que las naciones que así proceden tienen la mejor forma de gobierno, pues la salud o la ruina de las Repúblicas depende de los magistrados. ¿Y hay mayor prudencia que la de elegir para magistrado a hombres que no venden su honradez a ningún precio —que tienen que volver a Utopía, donde el dinero no es útil —que, siendo extranjeros en la tierra adonde van a ejercer su oficio, no conocen allí a nadie, no profesan afecto ni enemistad a ninguno? Porque si esos dos males, la parcialidad y la avaricia, se sientan donde los jueces, se deshace incontinente la justicia, que es el lazo más fuerte y más seguro que une a los ciudadanos de una República. A esos pueblos que van a pedirles jueces los llaman los utópicos aliados, y a otros a los que hacen beneficios, amigos.

No pactan jamás alianzas con las demás naciones, pues éstas suelen concluirlas, romperlas y renovarlas. Pues dicen los utópicos: ¿Para qué sirven esas alianzas, si ya los hombres están bastante unidos entre sí por naturaleza, y los que no reconocen este vínculo no mantendrán su palabra? Se inclinan a ser de esta opinión porque en aquellas partes del mundo los pactos entre Príncipes no suelen ser cumplidos demasiado lealmente. Porque en Europa, y especialmente en aquellas tierras donde reinan la fe y la religión de Cristo, la majestad de los tratados es sagrada e inviolable, en parte a causa de la bondad y justicia de los soberanos, y en parte a causa del temor y de la reverencia que infunden los pontífices, los cuales cumplen religiosamente todo la que prometen, obligando así a los Príncipes a que lo cumplan también, usando, si es menester, de la autoridad y el poder pontifical. Y creen con razón que sería muy vituperable cosa que los que llevan el nombre de fieles, fuesen infieles a sus promesas. Mas en aquella parte del mundo recién descubierta, que la línea equirioccial separa menos de nosotros que las diferencias de costumbres o de la manera de vivir, no se tiene confianza alguna en las alianzas. Las que se conciertan con las más sagradas ceremonias, son las que antes se rompen; los que no quieren cumplir la palabra dada, hallan siempre motivo para ello en la letra de los tratados, y así rompen la alianza y destruyen la verdad. Si se descubriese fraude o dolo en un contrato entre particulares, hasta los que no se esconden de decir que aconsejan tales cosas a los Príncipes, dirían a voces y con el ceño fruncido que es un delito odioso que debe ser castigado dando muerte vergonzosa a su autor. Podría creerse, por consiguiente, que la justicia es virtud baja y plebeya que está muy debajo de la alta dignidad de los Reyes o bien que hay dos justicias: una para la gente de humilde condición, que anda arrastrándose por el suelo, y a la que sujetan muchas manos para que no pueda correr tras los ladrones y perseguirlos; y otra que es virtud de sólo los Príncipes y de más alta majestad que la justicia de los humildes, que puede obrar más libremente, para la cual no es ilícito lo que quiere. Estas costumbres de los Príncipes —y ya he dicho que los Reyes no suelen cumplir demasiado fielmente los pactos —son la causa de que los utópicos no quieran concertar tratados. Quizá mudasen de opinión si vivieran aquí. Paréceles que la costumbre de concertar alianzas es perniciosa. Esas alianzas —como si no hubiese alianza natural entre dos pueblos que sólo divide una pequeña colina o un riachuelo —hacen creer a los hombres que han nacido para ser adversarios y enemigos unos de otros y que sería lícito devastar las tierras de los demás y dar muerte a sus moradores si no hubiera tratados. Las alianzas que se conciertan no favorecen el crecimiento de la amistad, pero siguen dando licencia para robar, pues a veces, por falta de previsión o de prudencia, algunas de las cláusulas de los tratados no han sido escritas con claridad para que puedan ser bien entendidas, y no impiden ese mal. Los utópicos opinan lo contrario, piensan que no se debe tener por enemigo a quien no os hizo daño alguno, y que el vínculo creado por la Naturaleza es la verdadera alianza, pues los hombres están unidos más fuertemente por el amor y la buena voluntad que por la letra de los tratados, y más aún por sus buenos sentimientos.

El arte de la guerra

La guerra o la batalla es una cosa en extremo brutal, y, aunque ningún género de bestias esté más acostumbrado a hacerla que el hombre, los utópicos la aborrecen y detestan. Al revés de lo que se opina en casi todas las demás naciones, juzgan ellos que no hay nada menos glorioso que la gloria alcanzada en la guerra. A despecho de esto, tanto los varones como las hembras se ejercitan asiduamente en el manejo de las armas en determinados días con el fin de estar preparados para emprender acciones bélicas cuando sea menester. Mas no guerrean si no es para defender su propia patria o para arrojar del territorio de un país amigo a los enemigos que lo han invadido o, cuando movidos de compasión, emplean el poder de sus brazos para librar del yugo y de la esclavitud de la tiranía a algún pueblo oprimido. Sea como fuere, envían socorros a sus amigos, no solamente para defenderlos, sino a veces también para vengar ofensas que les han sido hechas a ellos antes. No obran así a menos que les hayan pedido previamente consejo; pues, si después de haber examinado el caso de guerra, el enemigo se niega a restituir las cosas que con justa razón se le demandan, consideran a éste el principal autor de la guerra. No hacen esto sólo cuando hay irrupciones e invasiones de soldados para saquear y llevarse el botín, sino también, y más extremamente, cuando, pretendiendo hacer justicia, cométense injusticias con los mercaderes de países amigos so pretexto de leyes inicuas o a causa de una maliciosa interpretación de las leyes buenas.

No fue otro el motivo de la guerra que, poco antes de nuestro tiempo, hicieron los utópicos contra los alaopolitas en favor de los nefelogetas. Los alaopolitas, amparándose en una ley, causaron daño a unos mercaderes nefelogetas. Tanto si tenían razón como si no, la guerra que les hicieron para vengar esa ofensa fue cruel y a muerte. A las fuerzas de ambos contendientes juntáronse las de los pueblos vecinos, que entraron en la lucha movidos de sus amistades y de sus odios. Pueblos muy florecientes y ricos se bambolearon; otros fueron casi destruidos. Estos males no acabaron sino con la rendición de los alaopolitas, que fueron reducidos a esclavitud bajo la jurisdicción de los nefelogetas , pues los utópicos no hicieron esta guerra por defender nada suyo. Y, sin embargo, el poderío de los nefelogetas no podía compararse con el de los alaopolitas cuando éstos se hallaban en la cima de su grandeza.

Los utópicos defienden con ese ardor la causa de sus amigos, aun cuando se trate de negocios de dinero. No así la de sus propios súbditos. Si alguno de ellos es despojado de sus bienes, si no se causa daño en el cuerpo de la persona, sólo se vengan de la nación culpada absteniéndose de traficar con ella mientras no dé satisfacción por ello. No lo hacen porque aprecien menos a sus ciudadanos que a sus amigos, sino porque les duele más que pierdan su dinero éstos que los naturales de la isla, pues los mercaderes dé un país amigo pierden sus bienes particulares, lo cual les causa gran daño, mientras los utópicos no pierden sino los bienes comunes, de los que tienen grande abundancia, porque de otro modo no consentirían que saliesen de Utopía. Por consiguiente, nadie siente la pérdida. Y por esa razón juzgan que es una acción demasiado cruel el vengar con la muerte de muchas personas un daño que no priva de la vida ni del sustento a los suyos. Pero si en otro país es herido o muerto injustamente alguno de ellos, tanto si el crimen ha sido cometido por una persona particular como por mandato del Consejo, los utópicos envían embajadores para pedir la entrega de los culpables, y, si éstos no son entregados, declaran la guerra a aquella nación; si son entregados, los condenan a muerte o esclavitud. No solamente les entristece sino que les avergüenza el alcanzar la victoria derramando sangre, pues consideran que es gran locura pagarla a ese precio tan caro.

Se regocijan si vencen a sus enemigos con ardides y astucia. Celebran la victoria haciendo un solemne acto de triunfo y erigen, para conmemorarla, una columna de piedra en el lugar donde han sido vencidos los enemigos. Se vanaglorían y se jactan entonces de haber obrado como hombres, y dicen que ningún ser viviente sino el hombre puede vencer con la sola fuerza del ingenio, pues los osos, leones, jabalíes, lobos, perros y demás animales luchan solamente con la fuerza de su cuerpo; y aunque los más de ellos nos superan en ferocidad y vigor, todos son vencidos por el ingenio y la potencia del entendimiento.

El primero y principal propósito de los utópicos al hacer la guerra es conseguir aquel fin, que si antes hubiera sido logrado, habría impedido la acción bélica. Mas si ello no es posible, toman cruel venganza de los que han inferido la ofensa, para que el temor detenga a los que quisieran obrar de igual modo en lo venidero. Por eso llevan a efecto sus designios lo antes que pueden, pues más desean conjurar el peligro que alcanzar fama y gloria. Inmediatamente después de haber sido declarada solemnemente la guerra, ponen en secreto, en un mismo día, muchos edictos autorizados con el sello del Estado utópico en los lugares más concurridos del país enemigo. En esos edictos ofrecen grandes recompensas a quien matare al Príncipe enemigo y, con premios algo menores, ponen precio a las cabezas de los que, después del Príncipe, consideran como sus principales enemigos. Cualquiera que sea el premio ofrecido al que mata a uno de los que tienen proclamada su cabeza, dóblanlo si éste es entregado vivo; luego les persuaden a traicionar a sus propios compatriotas, ofreciéndoles las mismas recompensas además del perdón y la vida. Así consiguen rápidamente que sus enemigos desconfíen unos de otros, y que el miedo les haga vivir en perpetuo desasosiego. Porque es bien sabido que muchas veces los más de ellos, y especialmente el Príncipe, han sido traicionados por aquellos en quienes pusieron su mayor confianza. La ambición pervierte a los hombres y hasta los transforma en criminales; esto no lo olvidan los utópicos, los cuales, conociendo los peligros que corren los que para ellos trabajan, no ponen tasa a las recompensas. Además prometen, no solamente grandes cantidades de oro, sino también fértiles tierras situadas en los más seguros lugares de los países amigos. Y los utópicos cumplen fielmente sus promesas.

Esta costumbre de comprar a los enemigos es considerada en todas partes como una crueldad propia de seres cobardes y de corazón pervertido. Mas los utópicos tiénense por muy prudentes acabando las guerras de ese modo sin combate alguno; creen hacer una obra de misericordia salvando la vida de muchos inocentes— tanto de los suyos como de sus enemigos —que perecerían en la lucha, mediante el sacrificio de unos pocos culpables. No menos compadecen a los soldados enemigos que a los suyos, pues saben que aquellos no guerrean de su propia voluntad, sino forzados por la locura furiosa de sus Príncipes. Si no logran sus propósitos por ninguno de estos medios, siembran la discordia entre sus enemigos y alientan en el hermano del Rey o en algún noble la esperanza de ganar el reino. Si esto no es bastante, excitan a los pueblos vecinos de sus enemigos y los hacen entrar en la contienda so color de alguno de los viejos títulos de derecho de que nunca se hallan faltos los Reyes. Prometen a estos aliados su ayuda en la guerra y danles dinero en abundancia; pero envían a luchar a muy pocos de sus ciudadanos porque los consideran su mayor riqueza, y los aman tanto que no cambiarían uno solo de ellos por un Príncipe enemigo. Mas el oro y la plata, que ellos guardan para esto solamente, lo dan a manos llenas, pues saben que no se empobrecerán aunque gasten hasta el último penique.

Además de las riquezas que guardan en su isla, tienen un infinito tesoro en otros países, las deudas de éstos, como ya he dicho. Con ello pueden mandar a la guerra mercenarios de todas las naciones, principalmente zapoletas. Este pueblo está a quinientas millas de Utopía por el lado de Oriente; son gente hórrida, ruda y feroz, que vive en las selvas y en las altas montañas de su tierra y resiste el calor, el frío y los trabajos penosos; aborrece las cosas delicadas, no labra la tierra, construye su casa y hace sus vestidos sin arte; sólo cría ganado; casi se sustenta de lo que caza y roba. Son hombres solamente nacidos para la guerra, que buscan diligentemente la ocasión de hacerla, y, cuando la hallan, se sienten inmensamente felices. Abandonan en gran número su país y se ofrecen como soldados a los que los necesitan por una mezquina soldada. Este es el solo oficio que saben para ganar el sustento. Para poder vivir tienen que buscar la muerte. Se baten con denuedo y son fieles a los que les pagan. Verdad es que no se alistan por un período de tiempo determinado, sino con la condición de hacerlo en otra parte, aun entre los enemigos, si éstos les dan mayor paga; mas vuelven otra vez si les ofrecen un poco más de dinero. Pocas guerras hay sin que muchos de ellos luchen en ambos bandos. Así acaece cada día que parientes muy cercanos, que hombres ligados por una gran amistad en tanto defendían la misma causa, pelean fieramente unos con otros luego que el azar los ha separado, y, olvidando los lazos de la amistad y de la sangre, se acuchillan entre sí por la sola razón de ganar la mísera soldada que les pagan los Príncipes enemigos a cuyo servicio están. Tienen tal afán por el dinero, que medio penique que se añada a su paga diaria basta para hacerlos cambiar de partido. Su avaricia no les es de ningún provecho, pues lo que ganan luchando gástanlo en vicios y placeres, a los que se entregan sin freno.

Esas gentes combaten por cuenta de los utópicos contra todas las naciones, porque los utópicos les pagan soldadas más grandes que los otros países. Pues los utópicos, que siempre procuran hacer bien a los hombres buenos, no titubean en abusar de los malos, a los cuales, prometiéndoles grandes recompensas, hacen ir a los sitios de mayor peligro, cuando la necesidad así lo impone. Y son bien pocos los que de allí vuelven a pedir el cumplimiento de lo prometido. A los que quedan con vida les pagan fielmente lo que les prometieron, para que estén dispuestos de nuevo a afrontar esos grandes peligros. A los utópicos no les importa que mueran muchos de esos mercenarios, ya que creen merecer el agradecimiento de la humanidad si consiguen librar al mundo de gentes tan perversas. Además emplean los soldados de los pueblos en cuyo auxilio guerrean, así como los que les proporcionan los demás aliados y, en último lugar, sus propios ciudadanos, entre los cuales eligen a un hombre de acreditado valor a quien dan el mando de todo el ejército. Nombran otros dos que no tienen facultades de mando mientras el primero vive; mas si éste es hecho prisionero o muerto, le sucede uno de ellos como por herencia; al segundo, si desaparece también, le suple el tercero, pues siendo mudable la suerte de la guerra, hay que impedir que la desaparición del Capitán ponga en peligro al ejército. Cada ciudad alista a los que se ofrecen voluntariamente. A nadie se hace soldado a la fuerza, pues piensan que un guerrero poco valeroso por naturaleza, no sólo no se convertirá en valiente, sino que contagiará su cobardía a sus compañeros. Mas si la guerra es hecha contra ellos y tienen que defender su patria, emplean a esos cobardes, si son robustos de cuerpo, en las naves, mezclándolos con hombres valientes; o los ponen en las murallas, de donde no pueden huir. Así la vergüenza, el tener cerca al enemigo y ninguna esperanza de huída, les hace perder el miedo. Muchas veces la extrema necesidad hace que su cobardía se transforme en valor.

Nadie es enviado contra su voluntad a luchar en tierras extrañas, y las mujeres pueden acompañar a sus maridos, si lo desean, pues son exhortadas a hacerlo y alabadas si lo hacen. Parten con sus esposos y permanecen al lado de éstos. Los hombres se llevan a sus hijos, parientes y amigos, para que aquellos a quienes la Naturaleza impuso la obligación de socorrerse puedan ayudarse mejor unos a otros. Consideran vituperable y deshonroso que el marido retorne sin la mujer, o la mujer sin el esposo, o el hijo sin el padre. Si ante el empuje del enemigo se ven forzados a combatir, luchan con gran denuedo y encarnizamiento hasta aniquilarse los combatientes todos. Buscan por todos los medios no combatir ellos, y por eso emplean soldados mercenarios; pero cuando no tienen más remedio que luchar, pelean con tanto arrojo como prudencia mostraron para no hacerlo mientras fue posible. No aparece este ímpetu en el primer encuentro. Va creciendo poco a poco su bravura durante la batalla, y antes prefieren morir que ceder un solo palmo de terreno al enemigo. Como saben que en su isla tienen todo lo que es menester para vivir, no sienten temor alguno por la suerte futura de sus familias —pues es este temor el que a veces abate los ánimos de los más esforzados —y jamás decae su valor. Finalmente, les infunde gran confianza su destreza en el arte de la guerra y las virtudes que les enseñaron desde su infancia en las escuelas e instituciones de la República, donde aprendieron que la vida no es cosa de tan poco valor que deba ser despreciada ni de tan gran valor que deba ser conservada cuando el honor demanda darla.

En lo más recio del combate, una gavilla de jóvenes elegidos, que han jurado vencer o morir juntos, se disponen a acometer al capitán de las tropas enemigas, y luchan con él o le hacen caer en una emboscada. Le acometen tanto desde cerca como desde lejos, relevando los combatientes cansados; a no ser que se salve huyendo, pocas veces sucede que no perezca o no caiga vivo en sus manos. Cuando han alcanzado la victoria, los utópicos no persiguen a sus enemigos para darles muerte, pues prefieren hacerlos prisioneros en vez de matarlos. Jamás se lanzan a perseguirlos sin dejar detrás de ellos una parte de su hueste bajo sus estandartes. Si es deshecho el grueso del ejército utópico , aunque luego puedan ganar la batalla empleando su retaguardia, prefieren dejar huir a sus enemigos en vez de perseguirlos, para no dispersar los soldados. Se acuerdan de que les ha sucedido más de una vez que el grueso de su ejército ha sido puesto en fuga, y que unos pocos utópicos, emboscados, aprovecharon la ocasión y acometieron de improviso a los confiados y dispersos perseguidores, y cambiaron la faz de la batalla, arrancando los vencidos de las manos de los hasta entonces vencedores, la victoria que éstos creían ya segura. Es difícil decir si los utópicos son más hábiles en preparar emboscadas que cautos en estorbarlas. Cuando parece que se disponen a huir, ni menos piensan en ello. Al contrario, si deciden hacerlo, no es posible adivinarlo. Si ven que el enemigo tiene más soldados que ellos o que están a punto de ser cercados, abandonan de noche y en silencio el campo, o bien conjuran el peligro con alguna estratagema; si es de día, se retiran poco a poco, pero en tan buen orden, que no es menos peligroso acometerlos durante la retirada que en plena batalla.

Circundan sus campamentos fortificados de anchos y profundos fosos, y la tierra que sacan de ellos échanla dentro de los campamentos. No emplean ganapanes ni esclavos para hacer estos trabajos; hácenlos los mismos soldados con sus manos. Todo el ejército trabaja en ello, excepto las centinelas que están delante de los que trabajan para prevenir sorpresas. Así, y siendo níuchos los trabajadores, acaban en muy poco tiempo las obras de fortificación que rodean una vasta extensión de terreno. Llevan fuertes armaduras que no embarazan los movimientos del cuerpo, y hasta pueden nadar con e1Ias puestas, pues han aprendido a hacerlo. Tanto los soldados de a pie como los de a caballo disparan saetas con gran fuerza y certera puntería. En el combate no usan espadas, sino hachas muy afiladas y pesadas que causan heridas mortales tanto si hienden como si punzan. Inventan ingeniosas máquinas de guerra y las ocultan cuidadosamente, no por temor de que puedan ser imitadas, sino porque no se burlen de ellas. Al fabricarlas las hacen de modo que puedan ser llevadas fácilmente de un lugar a otro y que puedan dar vueltas en todas direcciones. Observan fielmente las treguas que pactan con los enemigos, y no las rompen ni aun cuando son provocados a ello. No devastan las tierras enemigas, ni queman las cosechas, sino que hacen cuanto pueden porque no sean pisadas por los hombres ni los caballos, pues esperan poder aprovecharlas más adelante. No maltratan a un hombre inerme, a menos que sea espía.

Amparan a las ciudades que se han rendido a ellos, y no saquean las que toman por asalto; pero dan muerte a los que se han opuesto a la rendición y hacen esclavos a los demás defensores. No molestan a los que no lucharon contra ellos. Si saben quiénes son los que aconsejaron la rendición, danles una parte de los bienes de los condenados, y reparten la restante entre las tropas que les ayudaron a ganar la guerra, no tomando nada para sí mismos. Terminada la guerra, no hacen pagar a sus amigos los gastos de la misma, sino a los vencidos; obligan a éstos a que paguen una parte de ellos en dinero, el cual guardan por si es menester emplearlo en otra guerra semejante, y la otra parte en feraces tierras que retienen perpetuamente. De este modo tienen ahora en varias naciones rentas de ese género, que proceden de causas diversas, que montan a más de setecientos mil ducados al año. Envían magistrados a tales tierras para que vivan allí suntuosamente como grandes señores. Gran parte de las rentas va a parar al Erario Público de Utopía, a menos que no presten ese dinero al país en que están situadas las tierras, lo que hacen muchas veces, si no necesitan emplearlo ellos; mas casi nunca piden el pago de toda la deuda. Parte de la renta que dan esas tierras la asignan a las personas que por instigación suya corrieron los peligros de que antes hablé. Si algún Príncipe les declara la guerra y se dispone a invadir su tierra, salen de sus fronteras y marchan al encuentro del ejército enemigo con grandes fuerzas, pues no guerrean en su territorio sino cuando no tienen más remedio que hacerlo, y ninguna necesidad, por grande que fuera, les haría aceptar socorros ajenos en su isla.

Religiones de los utopianos

Hay diversas religiones, no sólo en los diferentes lugares de la isla, sino en cada ciudad. Unos adoran como Dios al Sol, otros a la Luna o alguno de los demás planetas. Otros hay que adoran a un hombre que fue antes famoso por sus virtudes o por su gloria, y es para ellos, no solamente Dios, sino Dios Supremo. Pero la mayor parte de los utópicos, que son también los más prudentes, niega todos esos Dioses y cree en un solo Dios, desconocido, eterno, inmenso, inexplicable, que está por encima del entendimiento humano y que llena nuestro mundo, no con su extensión, sino con su omnipotencia. Llámanlo el Padre de todos. Atribúyenle el principio, las mudanzas y el fin de todas las cosas; y sólo a él dan honores divinos. Sí; todos los demás, también, a despecho de sus diversas opiniones, convienen con los más prudentes en creer que hay un Ser Supremo, creador y providencia del Universo todo, al que comúnmente llaman Mitra en la lengua del país, aunque para aquéllos es uno y para éstos otro. Porque cada uno de ellos, cualquiera que sea el que tiene por Dios Supremo, piensa que es la misma naturaleza a la que se atribuye y reconoce el divino poder y la majestad, la substancia y la soberanía de todas las cosas. Sea como fuere, todos los utópicos van repudiando poco a poco esta diversidad de supersticiones y aceptan la religión que la razón les dice es superior a las demás. Y no se puede dudar de que todas las otras religiones hubieran sido abandonadas tiempo ha, si a algunos que pensaban mudar de religión no les hubiesen sobrevenido desgracias que las gentes miedosas creyeron, no que habían venido por azar, sino que Dios habíálas enviado desde el cielo, como si el Dios repudiado hubiera querido tomar venganza del impío propósito de aquellos mortales.

Mas luego que les hubimos hablado del nombre, la doctrina, las leyes y milagros de Cristo, y de la no menos admirable constancia de tantos mártires, que, derramando voluntariamente su sangre, habían llevado a tantas naciones la fe cristiana, no podéis imaginaros con qué alborozo la abrazaron, bien sea por secreta inspiración de Dios o porque les pareciese más afín a la fe que ellos profesan. Yo creo que lo que más contrihuyó a convencerlos fue el decirles que Cristo enseñó a los Suyos que todas las cosas eran comunes y que esa comunidad todavía permanece en las comunidades verdaderamente cristianas. Lo cierto es que, de todos modos, muchos se convirtieron a nuestra religión y fueron purificados en las sagradas aguas del bautismo. Pero ninguno de nosottos cuatro — habían muerto dos compañeros nuestros —era sacerdote; y duélome de ello, pues a los utópicos, inÍciados ya en nuestra religión, sólo les falta recibir aquellos sacramentos que solamente los sacerdotes pueden administrar. Sin embargo, entienden lo que son y están deseando recibirlos. Discuten entre ellos acerca de si podrían elegir a uno de sus conciudadanos para hacerlo sacerdote sin que viniera a orgenarlo un obispo de la Iglesia Cristiana. Parecían dispuestos a elegir uno, pero, al partir yo, aún no habían elegido a ninguno.

Los que no han abrazado la religión cristiana no molestan a los que ya profesan nuestra fe. Sólo uno de los nuestros fue castigado severamente en mi presencia. Luego de haber sido bautizado, púsose a decir, desoyendo nuestros consejos, y con más ardor que prudencia, que la religión cristiana era la única verdadera, y tanto se inflamó, que añadió que despreciaba y condenaba a todas las demás, a las que llamó profanas y a sus adeptos malvados que merecían ser condenados al fuego eterno. Le prendieron, y fue acusado, no de escarnecedor de la religión, sino de sedicioso y sembrador de discordia entre los insulanos, y por ello fue condenado a destierro. Una de las leyes más antiguas de Utopía dice que nadie puede ser molestado por sus creencias religiosas. El Rey Utopo, desde antes de llegar a Utopía, ya sabía que los moradores de la isla estaban divididos por las continuas luchas religiosas, y dióse cuenta de que estas diferentes sectas, incapaces de entenderse para una acción común y combatiendo separadamente para defender su suelo, allanaban para él el camino de la conquista de la isla. Tan pronto hubo alcanzado la victoria, lo primero que hizo fue promulgar un edicto declarando que todo ciudadano de la isla podía profesar la religión que le pluguiera y hacer prosélitos si obraba con moderación y respetaba las creencias de los demás. Los transgresores de esta ley, los que emplearen la violencia, y no la persuasión, para conseguir adeptos, serían condenados a destierro o esclavitud.

Hizo el Rey Utopo esta ley, no solamente para mantener la paz, perturbada antes por incesantes luchas e implacables odios, sino porque creyó que el edicto favorecería la propagación de la fe. Pero no tomó esta determinación sin haber meditado antes mucho, pues estaba dudoso de si Dios, deseando ser honrado con muchas y diversas suertes de honores, había inspirado a los hombres todas las religiones conocidas. Y pensó, a buen seguro, que es cosa insensata emplear las amenazas y la fuerza para obligar a los demás a que crean lo que nosotros creemos que debe ser la verdad. Preveía que, si hay una religión que es la única verdadera y las otras son todas falsas y puras supersticiones, la verdadera conseguiría superar a las demás y triunfar de ellas, si los creyentes obraban moderada y racionalmente. Pero si seguían las disensiones y las luchas, siendo los hombres peores los más obstinados y los que con más constancia defienden sus malas opiniones, la mejor y más santa de las religiones sería pisoteada y destruída Por las más vanas supersticiones. Así ahogan a las mieses las malas yerbas. Así, pues, dejó el pleito sin fallar y dio libertad a todos para creer lo que quisieran. Sin embargo, prohibió terminantemente que se tuviese un tan bajo y vil concepto de la dignidad humana hasta el punto de creer que el alma muere con el cuerpo o que el mundo no está gobernado por la Divina Providencia.

Creen los utópicos que, después de esta vida, serán castigados los vicios y premiadas las virtudes. Quien cree lo contrario, no es tenido por un ser humano, puesto que hace descender la sublime naturaleza de su alma a la vileza corporal de un bruto. Tampoco le cuentan entre los ciudadanos, pues si el miedo no se lo impidiese, no cumpliría las leyes ni respetaría las instituciones. Podéis estar seguros de que semejante hombre, con astucia o por la fuerza, burlaría las leyes de su país; el cual hombre no teme nada que esté por encima de las leyes humanas, puesto que sus esperanzas no van más allá de la vida de su cuerpo. A los que piensan así los condenan a la privación ignominiosá de todos los honores y a no poder ejercer cargos públicos, y, si los ejercen, los deponen de ellos. Desprécianlos como gente ruín. No les imponen ningún otro castigo, pues están persuadidos de que nadie puede forzar las convicciones ajenas. No usan de amenazas para obligarles a mudar de parecer; esto les haría disimulados, y los utópicos detestan la hipocresía y la mendacidad tanto como el fraude. Prohiben, eso sí, que se defiendan semejantes opiniones delante del vulgo. Mas no s6lo consienten, sino que aconsejan su discusi6n con los sacerdotes y los graves varones, esperando que la raz6n triunfará de la locura al final. Otros hay —y no son pocos —a los que se permite decir su opini6n, porque su opinión está fundada en alguna razón que, habida cuenta de su manera de vivir, no es mala ni viciosa. La herejía de éstos es lo contrario de la otra, pues creen que el alma de los brutos es inmortal, aunque no puede compararse con la de los seres humanos en dignidad, ni está ordenada ni predestinada tampoco a alcanzar igual felicidad. Todos los utópicos creen firmemente que la eterna felicidad del hombre será tan grande, que lloran por los enfermos, y jamás por los difuntos, a no ser que hayan dejado la vida temiendo la muerte y contra su voluntad. Porque esto tiénenlo por mala señal, como SI el alma, desesperada y atormentada, tuviese algún secreto presentimiento del inminente castigo y tuviera miedo de partir. Y piensan que no ha de ser agradable a Dios que aquel que es llamado no corra alegremente hacia El, sino que vaya como arrastrado a la fuerza y a su pesar. Detestan ese género de muerte, y, a los que así mueren, llévanlos a enterrar en silencio y con tristeza; y luego de haber rogado a Dios que se muestre misericordioso con el alma del difunto perdonándole sus pecados, echan tierra en la hoya para cubrir su cuerpo. Por el contrario, no lloran a los que parten llenos de alegría y esperanza; siguen los ataúdes entonando gozosos cánticos y encomiendan sus almas a Dios con mucha caridad, y, finalmente, no con aflicción, sino con suma reverencia, queman los cadáveres y erigen en los mismos lugares donde yacen columnas de piedra en las que inscriben los títulos de los muertos. Cuando han vuelto a su casa los acompañantes, hablan de las virtudes y buenas acciones del difunto, pero lo que recuerdan más a menudo y con mayor agrado es su plácida muerte. Creen que recordando las virtudes del muerto incitan a los vivientes a ser virtuosos y que nada hay que sea más acepto y agradable al difunto que esto, pues suponen que está presente entre ellos cuando hablan de él, aunque para los débiles ojos de los mortales sea invisible. Sería una cosa muy inconveniente que los bienaventurados no tuvieran libertad de ir adonde quisieren, y mucha ingratitud en ellos que no sintieran el deseo de visitar y ver a sus amigos, con quienes, en vida, estuvieron ligados con vínculos de mutua amistad y mutuo amor. Piensan igualmente que esta amistad y amor de los buenos se acrecienta, en vez de disminuir, después de la muerte. Creen, por consiguiente, que los muertos se mezclan con los vivos y son testigos de lo que éstós dicen y hacen. Así acometen sus empresas más valerosamente, pues tienen confianza en tales testigos; y esta creencia en la presencia de sus antepasados les impide cometer malas acciones en secreto. Merécenles burla y desprecio los pronósticos y predicciones de las cosas venideras por el vuelo o las voces de las aves y todas las demás adivinaciones, hijas de la vana superstición, a que son tan aficionados otros pueblos. Pero aprecian y veneran grandemente los milagros que se operan sin auxilio de la Naturaleza, que consideran como obras y testimonios del omnipresente poder de Dios. Dicen ellos que suceden muy a menudo en su isla, y que, en momentos de extrema necesidad, con públicas rogativas hechas con gran fe, los impetran y consiguen.

Consideran como reverencia muy grata a Dios la contemplación de la Naturaleza y las alabanzas a ésta. Hay muchos que, llevados de su ardiente celo religioso, descuidan el estudio de las ciencias y las letras y no hacen nada por aprender y conocer las cosas; pero huyen de la ociosidad, pues creen que la felicidad después de la muerte solamente se consigue con muchos trabajos y haciendo obras buenas. Así, pues, unos cuidan enfermos; otros arreglan los caminos y los puentes, limpian fosos, cavan la tierra para sacar la arena y las piedras, cortan y podan árboles; llevan en carretas a las ciudades, leña, trigo y otras cosas; y sirven, no solamente a la República, sino a los ciudadanos particuIares, trabajando más como esclavos que como sirvientes. Hacen estos hombres, voluntaria y alegremente, los trabajos desagradables, penosos y viles que a otros hombres les disgusta y les causa desesperación hacer. Procuran el descanso a los demás trabajando ellos continuamente. No vituperan la vida de los demás ni se glorían de la suya. Cuanto más serviciales y útiles son, más les honran sus conciudadanos. Están divididos en dos sectas. Una la forman los célibes que viven en castidad, los cuales, no solamente se abstienen de trato con mujeres, sino también de comer ciertas carnes, y aun toda carne de animal, renunciando a los placeres de esta vida como dañosos, pues anhelan merecer, con sus desvelos y sudores, la hermosa y beata vida venidera.

Los de la otra secta, que no gustan menos de trabajar, contraen matrimonio y no desprecian las dulzuras de este estado, ya que creen que sólo trabajando se cumplen los deberes que tienen para con la Naturaleza y, engendrando hijos, los que tienen para con la Patria. No se abstienen de ningún placer, a menos que sea un placer que les impida trabajar. Comen carne de animales cuadrúpedos, porque creen que este alimento les hace más fuertes para el trabajo. Los utópicos tienen por más prudentes a los hombres de esta secta ; por más santos, a los de la otra. Si los que prefieren el celibato al matrimonio y una vida penosa a otra agradable pretendiesen defender con razones su manera de vivir, burlaríanse de ellos; pero, como dicen que les guía la religi6n, los honran y veneran. A éstos los llaman en su lengua Butrescos , el cual vocablo significa, hombre religioso.

Sus sacerdotes son extremadamente santos, pero son muy pocos. Sólo hay trece en cada ciudad, con igual número de templos, salvo cuando van a la guerra. Entonces, siete de ellos parten con el ejército, y, para suplir a éstos, se eligen otros tantos en la ciudad. Cuando vuelven de la guerra, tornan a ocupar sus puestos, y, a medida que van muriendo, son suplidos por los sacerdotes sobrantes, los cuales entre tanto viven en compañía del Obispo, que es el superior de todos ellos. Porque no haya disputas o intrigas, los elige el pueblo, como los magistrados, por insaculación secreta; después de la elección, son consagrados en el Colegio Sacerdotal a que pertenecen. Celebran las ceremonias religiosas, propagan la fe y son censores en materia de costumbres. Es un gran deshonor y una gran vergüenza el ser amonestado por ellos por llevar una vida disoluta e incontinente. Tienen la misión de exhortar y aconsejar; pero es el deber del Príncipe y de los otros magistrados el corregir y castigar a los delincuentes. Pero los sacerdotes excomulgan a aquellos que consideran como empedernidos en el mal, y ningún castigo amedrenta tanto a los utópicos como éste, pues los marca con un signo infamante, y a más les atormenta un interno temor religioso. Habrán de sufrir también en sus cuerpos, pues si no dan pruebas de arrepentimiento y enmienda ante los sacerdotes, los castigará el Senado por impíos.

Los sacerdotes enseñan también a la infancia y a la juventud las letras, las virtudes y los buenos modales. Inculcan en los niños, cuya alma es dócil y tierna, ideas sanas y útiles para la conservación de la República; estas ideas, luego de haber echado raíces en los niños, permanecen en ellos toda la vida y son, como he dicho, útiles para la conservación y defensa de la República, la cual nunca decae si no es por los vicios que engendran las opiniones malignas.

Los sacerdotes, si no son mujeres —pues en Utopía las mujeres pueden ser sacerdotes, si bien eligen muy pocas y han de ser viudas y ancianas —, los sacerdotes varones, digo, escogen sus esposas entre las mujeres principales de su país. Entre los utópicos no hay un oficio más honrado que éste; tanto, que si algún sacerdote comete algún delito, no es sometido a juicio público; lo abandonan a Dios y a su conciencia, pues creen que la mano del hombre no tiene derecho a tocar a aquel que fue solemnemente consagrado a Dios como una ofrenda. Y esto pueden hacerlo fácilmente, porque tienen muy pocos sacerdotes y los eligen con mucha circunspección. Raras veces sucede que un hombre que ha sido considerado como el más virtuoso entre los virtuosos, y que ha sido elevado a tan alta dignidad solamente por sus virtudes, caiga en el vicio y en la maldad. Y si llegase a suceder —pues la naturaleza humana es débil y mudable —, como los sacerdotes son pocos, y sólo tienen los honores, pero no el poder, no causaría esto ningún grande daño a la República. Y tienen tan pocos sacerdotes, porque, si se diera ese honor a muchas personas, la dignidad del oficio, hasta ahora tan estimada, sería despreciada; creen que no hay muchos hombres que sean merecedores de esa dignidad, de ese oficio que, para poder ejercerlo, no basta con tener virtudes vulgares.

Bien claro está, por eso, que tales sacerdotes no son menos apreciados por los naturales de su isla que por los habitadores de las extranjeras tierras. Mientras pelean los soldados de entrambos ejércitos en campo abierto, ellos, un poco apartados, mas no lejos de allí, hincadas las rodillas en tierra, revestidos de sus sagrados hábitos, alzando las manos al cielo, oran primero para implorar la paz y luego la victoria de los suyos, pidiendo a la vez que no sea cruenta para ninguno de los dos bandos. Si triunfan los utópicos, corren hacia el campo de batalla para impedir que sean cruelmente perseguidos y muertos los vencidos. Los enemigos que, al verlos, pueden acercarse a ellos y hablarles, salvan sus vidas; los que pueden tocar las vestiduras de los sacerdotes no son despojados de sus bienes. Este modo de proceder les ha granjeado el respeto y la veneración de todas las naciones, y gracias a él han podido librar muchas veces a los suyos del furor de los enemigos, como habían conseguido otras veces librar a éstos del de los utópicos. Es bien sabido que cierta vez que el ejército utópico, batido, volvió las espaldas al enemigo, cuando éste se aprestaba a la persecución, a la matanza y al saqueo, se interpusieron los sacerdotes y, separando las tropas, consiguieron que se hiciera una paz honrosa. Jamás se ha visto ninguna nación tan cruel y fiera que no tenga por sagrado e inviolable el cuerpo de los sacerdotes de Utopía.

Celebran los utópicos con una fiesta los días primero y último de cada mes y año. Dividen el año en meses, los cuales miden por la carrera de la Luna, como miden el año por la carrera del Sol. En su lengua, llaman a los pnmeros dlas de los meses cinemernos y trapemernos a los últimos, vocablos que, en nuestro idioma, podríamos traducir por primifestos y finifestos, o sea, primera fiesta y última fiesta. Los templos que hay en Utopía son magníficos, y, como son pocos, tan grandes, que puede congregarse en ellos una inmensa multitud de fieles. Todos son algo oscuros, mas no puede achacarse esto a ignorancia de los que los edificaron, pues lo aconsejaron así los sacerdotes, los cuales creen que la demasiada luz dispersa la meditación, mientras que la poca luz convida al recogimiento del alma y a la devoción. Aunque no todos los habitantes de la isla profesan la misma religión —pues son allí muchas y diversas las religiones —, todas ellas van por caminos diferentes hacia un mismo y solo fin, que es honrar la naturaleza divina, y, por consiguiente, en los templos no se oye ni ve nada que no cuadre con todas aquellas religiones.

Si alguna de las sectas ofrece sacrificios especiales, sus adeptos los ofrecen en sus casas. El culto público está ordenado de modo que no ofenda las creencias particulares, y por eso no se ven en los templos imágenes de los Dioses, a fin de que cada uno pueda concebir libremente a Dios, según su religión, y atribuirle la figura que le plazca. No invocan a Dios con ningún nombre especial, sino solamente con el de Mitra, con cuyo vocablo designan la naturaleza de la Divina Majestad, cualquiera que sea. Las oraciones que rezan están compuestas de manera que no pueden ofender a ninguna secta. Acuden al templo en los días finifestos a la hora de vísperas y en ayunas, para dar gracias a Dios por haber hecho que haya transcurrido felizmente el mes o el año que termina con aquella fiesta. Al día siguiente van al templo por la mañana temprano para pedir al Señor que sea feliz el año o mes que comienza.

En los días finifestos, antes de ir al templo, las mujeres se postran a los pies de sus esposos, y los hijos a los de los padres, confesando sus pecados y los descuidos cometidos en el cumplimiento de sus deberes, y pidiendo perdón de sus culpas. Así, si se hubiera levantado en la casa una invisible nube de disgusto, es deshecha con esta confesión, y todos pueden ir al templo con la conciencia limpia, pues temen mucho ir con la conciencia sucia. Quien guardaba odio o rencor a otra persona, se reconcilia antes con ella para purificar su alma, pues teme el castigo que le espera si no lo hace. Los varones se ponen en el lado derecho del templo y las mujeres en el izquierdo. Colócanse de modo que todos los varones de una casa están sentados delante del padre de familia y las hembras delante de la madre. Se hace esto para que los padres y madres de familia puedan ver el comportamiento de los que están sumisos a su autoridad y su gobierno. Cuidan de que los jóvenes estén mezclados con sus mayores, pues si ponen a los niños todos juntos y les dejan en libertad, éstos no guardan la compostura debida y no conciben el temor de Dios, que es la principal y casi única incitación a la virtud.

No matan ningún animal en los sacrificios, ni creen que la muerte y la sangre de los seres vivientes puedan ser gratas a Dios, que, en su misericordiosa clemencia, les dió la vida para que viviesen. Queman incienso y hierbas olorosas, y encienden infinito número de cirios y velas de cera, aunque saben que la naturaleza divina no hace caso, de tales ofrendas, pues sólo quiere las preces de los hombres; pero les gusta ese inocente género de culto. Y esos dulces olores, y esas luces y otras ceremonias semejantes hacen que los hombres se sientan alentados a la devoción con más fervor en sus corazones.

El pueblo va al templo vestido de blanco. El sacerdote lleva vestiduras abigarradas, primorosamente hechas, aunque no en demasía suntuosas, pues no están guarnecidas de bordados de oro ni piedras preciosas. Están hechas de plumas de diversas aves, dispuestas con tal arte y buen gusto, que los más ricos trajes no podrían igualarse a ellas. Dicen los utópicos que esta disposición de las plumas encierra ciertos divinos misterios que los sacerdotes interpretan y enseñan a los fieles para recordarles los beneficios que reciben de Dios, el agradecimiento que deben al Todopoderoso y también los deberes que tienen para con sus semejantes. Cuando el sacerdote sale del vestuario del templo con los vestidos sacerdotales puestos, postérnanse todos los fieles reverentemente y guardan un silencio tan profundo que diríase que les tiene mudos el temor, cual si se les hubiera aparecido de repente el Señor. Al cabo de un breve espacio, álzanse a una señal del sacerdote y cantan entonces alabanzas al Señor, mezclando sus voces a las de los instrumentos de música, algunos de los cuales son muy diferentes de los que nosotros usamos en esta parte del mundo y casi todos ellos más dulces que los nuestros. En una cosa nos aventajan los utópicos: en su música. Toda su música, tanto la que tocan en los instrumentos como la que cantan sus voces, expresa los sentimientos naturales, como la alegría, el dolor, la ira, la piedad y la turbación del ánima; y la forma de la melodía también expresa los sentimientos, por lo que penetra en el alma del auditorio y la agita, la conmueve y la inflama de modo maravilloso. Finalmente, el sacerdote y los fieles rezan juntamente preces compuestas de tal manera que cada uno puede referir a sí sólo lo que ellas dicen a la comunidad. En esas plegarias todos reconocen a Dios como Creador y Gobernador del Universo y como Causa Principal de todos los demás bienes, dándole gracias por tantos beneficios y especialmente por haberles hecho nacer en una República tan feliz y próspera y enseñado una religión que para ellos es la más verdadera. Por si yerran en ello y hubiese una religión más grata al Señor que las suyas, ruéganle en Su bondad que les permita conocerla, ya que ellos están dispuestos a seguir el camino por el que Él quiera guiarlos. Mas si su República es la mejor forma de gobierno y su religión perfecta y verdadera, pídenle que les dé constante firmeza para perseverar en ella y para llevar a otras gentes a la misma manera de vivir y a tener la misma idea de Dios, a no ser que haya algo en esta diversidad de religiones que plazca al Eterno. Finalmente, ruegan al Ser Supremo que los deje llegar a Él después de la muerte, sea pronto o tarde; y si ello place a su Divina Majestad, más anhelan tener una muerte dolorosa y ver a Dios que vivir largamente en mundanal felicidad sin que llegue jamás la hora de contemplar Su rostro. Dicha esta plegaria, tornan a arrodillarse, se levantan poco después y vanse a comer. Luego pasan lo restante del día en entretenimientos y ejercicios ecuestres.

Conclusión

Os he referido y descrito, tan fielmente como he podido, las instituciones de aquella República; que, a mi parecer, es no solamente la mejor, sino la única que tiene derecho a llamarse República. Porque en otros lugares hablan de República, pero los ciudadanos sólo buscan su provecho particular. En Utopía, como no hay bienes particulares, todos cuidan de los negocios públicos. Y, en verdad, entrambas partes tienen buenas razones para obrar así. En otras Repúblicas, aunque sean ricas y florecientes, ¿no saben los ciudadanos que habrán de morir de hambre si no hacen provisiones? Les acucia la necesidad de procurar por ellos más que por el pueblo, es decir, por los demás. Por el contrario, en Utopía, donde todas las cosas son de todos, no cabe duda que a nadie le faltará lo necesario, puesto que los almacenes, las casas y los graneros comunes están suficientemente proveídos. Allí no se distribuyen los bienes con mezquindad, y por eso no hay mendigos ni pobres, y, aunque nadie tenga nada, todos son ricos. Pues ¿hay mayor riqueza que vivir alegre y sosegadamente, libre de inquietudes, sin haber de procurarse el mantenimiento, sin ser vejado por las importunas quejas de la esposa, sin temer la pobreza para el hijo ni afligirse porque no se puede dar dote a la hija? Sí; no han de preocuparse por el bienestar de sus esposas, sus hijos, sus sobrinos, los hijos de sus hijos, toda su posteridad, por larga que sea. Y no hay menos provisiones para quienes ya no pueden trabajar que para quienes trabajan, porque la edad o la enfermedad les haya quitado las fuerzas.

¿Quién osará comparar esta equidad con la justicia de otras naciones en las que yo no hallo la menor traza de equidad y justicia? Pues ¿qué justicia es la que permite que un rico cambista o un usurero, o cualquiera de los que no hacen nada o que, si algo hacen, no es necesario para la República, lleve una agradable vida de ocio y de placeres, mientras los pobres gañanes, los carreteros, los herreros, los carpinteros y los labradores han de trabajar continuamente como bestias de carga, a despecho y pesar de ser tan útiles que sin ellos ninguna República duraría más de un año, llevando una desventurada vida de estrecheces que hace parecer mejor la de los asnos. los cuales ni trabajan tanto como esos infelices hombres ni piensan en lo venidero? A esos desgraciados, a los que hacen padecer el tormento de un trabajo infructuoso para ellos, puesto que el jornal que les pagan no basta para que puedan mantenerse y ahorrar un poco para el día de mañana, a esos desdichados, digo, les mata el temor de que llegue la vejez acompañada de la pobreza.

¿No es ingrata e injusta la República que tan grandes recompensas da a los nobles —que así les llaman —, a los cambistas y otras gentes ociosas, a los aduladores, a los que procuran vanos placeres, desatendiendo a los pobres campesinos, carboneros, gañanes, carreteros, herreros y carpinteros, sin los cuales no podría seguir viviendo ninguna República? Después de haber abusado de ellos haciéndoles trabajar como bestias de carga cuando eran j6venes y robustos; luego que se ven oprimidos por la enfermedad y la vejez y se hallan indigentes, necesitados y pobres de todas cosas; olvidando tantas penosas vigilias y los buenos y muchos frutos que han dado, los paga y recompensa ingratamente con la más miserable de las muertes. Y encima de esto, los ricos, no solamente mediante fraude, sino amparándose en las leyes, quitan cada día a los pobres parte de lo que ellos necesitan para su sustento. Si nos parece injusto que se premie con la ingratitud a hombres que tan provechosos han sido para la República, más injusto habremos de juzgar —lo que es peor— que al mal trato que les dan le llamen justicia, aunque lo sancione la Ley.

Así, cuando miro esas Repúblicas que hoy día florecen por todas partes, no veo en ellas —¡Dios me perdone! —otra cosa que la conjuración de los ricos para procurarse sus propias comodidades en nombre de la República. Imaginan e inventan todas suertes de artificios para conservar, sin miedo a perderlas, todas las cosas que se han apropiado con malas artes, y también para abusar de los pobres pagándoles por su trabajo tan poco dinero como pueden. Y cuando los ricos han decretado que tales invenciones se lleven a efecto so color de la comunidad, es decir, también de los pobres, las hacen leyes luego. Sin embargo, esos hombres malvados, aun después de haber repartido entre ellos con insaciable codicia todas las cosas que hubieran bastado para atender las necesidades de todos, ¡cuán lejos están de la abundancia y la felicidad en que viven los ciudadanos de la República de Utopía! Donde no se da valor al dinero, no es posible que haya codicia. ¡Cuánta maldad se arranca de raíz así! Pues ¿quién no sabe que si no hubiese dinero no habría fraudes, robos, rapiñas, escándalos, riñas, rencillas, disputas, regaños, discordias, crímenes cruentos, traiciones y envenenamientos, delitos todos que pueden ser vengados mas no refrenados con los castigos? Y de igual modo los temores, los pesares, los cuidados, las vigilias, desaparecerían en el mismo momento en que desapareciese el dinero. La misma pobreza, que es la única que parece necesitar del dinero, si desapareciese éste, disminuiría y desaparecería también.

Para que podáis verlo más claramente, recordad algún año infecundo en que murIeron de hambre millares de seres humanos. Me atrevo a decIr que si, al terminar la escasez, se hubiese podido entrar en los graneros de los ricos, se habría hallado en ellos tanto trigo que, repartiéndolo entre los que padecían hambre, nadie habría notado la penuria. Tan fácil sería para el hombre procurarse el sustento si no fuera por el dinero, que, aunque inventado para abrirnos el camino del bienestar, nos lo cierra real y verdaderamente. Seguro estoy que los ricos saben esto, que no ignoran que más vale no carecer de lo necesario que tener gran abundancia de cosas superfluas, que más vale librarse de cuidados y desasosiegos que tener demasiadas riquezas. No dudo que por respeto al bienestar de todos los hombres o por acatamiento a la autoridad de nuestro Salvador Jesucristo —que en Su infinita sabiduría sabe qué es lo mejor y en Su inmensa bondad sólo puede aconsejamos lo mejor —todo el mundo habría querido ser gobernado por las leyes de aquella República, si no lo hubiese impedido el orgullo, bestia feroz, soberano y padre de todas las desgracias, que no mide la prosperidad y la riqueza por su propio bienestar, sino por la miseria y la pesadumbre ajenas. Si el orgullo pudiera transformarse en Diosa, obraría como una mujer orgullosa y querría triunfar de los pobres, domeñándolos con la ostentación de su brillante felicidad, vejándolos, atormentándolos y mostrándoles sus riquezas. Esta serpiente infernal seduce los humanos corazones y no les deja andar por el sendero que lleva a una vida mejor; enróscase en el pecho de los hombres y no es posible apartarla de allí.

Alégrome de que los utópicos hayan encontrado esta forma de República que yo deseo para todo el linaje humano. Gracias a sus instituciones y a su manera de vivir, han echado los cimientos de una República duradera y feliz, según puede juzgar el entendimiento humano. Han arrancado de raíz de sus corazones las principales causas de ambición y rivalidad y otros vicios, impidiendo de este modo las discordias civiles que han causado la ruina de tantas ciudades. Como en la isla reina la concordia y se cumplen las leyes, la envidia de los Príncipes extranjeros no puede hacer bambolear el utópico Imperio. Y sabed que, siempre que lo intentaron, hubieron de desistir de ello.

Luego que Rafael hubo acabado de hablar, me acordé de muchas cosas, que me habían parecido absurdas, acerca de las leyes y costumbres de aquel pueblo, su manera de guerrear, sus religiones y las demás mstituciones; y especialmente del fundamento principal de todas ellas, es decir, la vida en comunidad y el mantenimiento en común sin hacer uso del dinero, lo cual destruye toda la nobleza, magnificencia y majestad que son el ornamento y el. honor de la República. Más como advertí que Rafael estaba cansado y no sabía si le placería ser contradicho, pues ya había reprendido a otros por este motivo diciéndoles que temían pasar por necios si no hablaban nada que pudieran refutar, alabé yo su discurso y las instituciones utópicas, y, tomándole de la mano, llevéle a cenar, diciendo que en otra ocasión tendríamos espacio de examinar estas materias y de hablar largamente acerca de ellas. ¡Plegue a Dios que esto suceda pronto!

Entre tanto, como no puedo dar mi asentimiento a todo lo que dijo Rafael, que es sin duda hombre de gran saber y experiencia y muy conocedor de las cosas humanas, confesaré que más deseo que espero ver en nuestras ciudades muchas cosas de las que hay en la República de Utopía.

Así acaba la plática de la tarde de Rafael Hytlodeo acerca de las leyes e instituciones de la Isla de Utopía.


Publicado el 15 de junio de 2016 por Edu Robsy.
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