Historia de la Guerra del Peloponeso

Tucídides


Historia



Libro primero

I

El ateniense Tucídides escribió la guerra que tuvieron entre sí los peloponenses y atenienses, comenzando desde el principio de ella, por creer que fuese la mayor y más digna de ser escrita, que ninguna de todas las anteriores, pues unos y otros florecían en prosperidad y tenían todos los recursos necesarios para ella; y también porque todos los otros pueblos de Grecia se levantaron en favor y ayuda de la una o la otra parte, unos desde el principio de la guerra y otros después. Fue este movimiento de guerra muy grande, no solamente de todos los griegos, sino también en parte de los bárbaros y extraños de todas naciones. Porque de las guerras anteriores, especialmente de las más antiguas, es imposible saber lo cierto y verdadero, por el largo tiempo transcurrido, y a lo que yo he podido alcanzar por varias conjeturas, no las tengo por muy grandes, ni por los hechos de guerra, ni en cuanto a las otras cosas.

Porque según parece, la que ahora se llama Grecia no fue en otro tiempo muy sosegada y pacífica en su habitación, antes los naturales de ella se mudaban a menudo de una parte a otra, y dejaban fácilmente sus tierras compelidos y forzados por otros que eran o podían más yendo a vivir a otras. Y así, no comerciando, ni juntándose para contratar sin gran temor por tierra ni por mar, cada uno labraba aquel espacio de tierra que le bastaba para vivir. No teniendo dinero, ni plantando, ni cultivando la tierra por la incertidumbre de poderla defender si alguno por fuerza se la quisiese quitar; mayormente no estando fortalecida de muros, y pensando que en cualquier lugar podían encontrar el mantenimiento necesario de cada día, importábales poco cambiar de domicilio.

Además, no siendo poderosos ni en número de ciudades pobladas, ni en otros aprestos de guerra, lo más y mejor de toda aquella tierra tenía siempre tales mudanzas de habitantes y moradores como sucedía en la que ahora se llama Tesalia y Beocia y mucha parte del Peloponeso, excepto la Arcadia, y otra cualquiera región más favorecida. Y aunque la bondad y fertilidad de la tierra era causa de acrecentar las fuerzas y poder de algunos, empero por las sediciones y alborotos que había entre ellos se destruían, y estaban más a mano de ser acometidos y sujetados de los extraños. Así que la más habitada fue siempre la tierra de Atenas, que por ser estéril y ruin estaba más pacífica y sin alborotos. Y no es pequeño indicio de lo que digo, que por la venida de otros moradores extranjeros ha sido esta región más aumentada y poblada que las otras, pues vemos que los más poderosos que que salían de otras partes de Grecia, o por guerra, o por alborotos se acogían a los atenienses, así como a lugar firme y seguro, y convertidos en ciudadanos de Atenas, desde tiempo antiguo hicieron la ciudad mayor con la multitud de los moradores que allá acudieron. De manera que no siendo bastante ni capaz la tierra de Atenas para la habitación de todos, forzadamente hubieron de pasar algunos a Jonia y hacer nuevas colonias y poblaciones.

Manifiéstase bien la flaqueza y poco poder que entonces tenían los griegos, en que antes de la guerra de Troya, no había hecho la Grecia hazaña alguna en común, ni tampoco me parece que toda ella tenía este nombre de Grecia, sino alguna parte, hasta que vino Heleno hijo de Deucalión; ni aun algún tiempo después tenían este nombre, sino cada gente el suyo: poniéndose el mayor número el nombre de pelasgos. Mas después que Heleno y sus hijos se apoderaron de la región de Ftiótide, y por su interés llevaron aquellas gentes a poblar otras ciudades, cada cual de estas parcialidades, por la comunicación de la lengua, se llamaron helenos, que quiere decir griegos, nombre que no pudo durar largo tiempo, según muestra por conjeturas el poeta Homero, que vivió muchos años después de la guerra de Troya, y que no llama a todos en general helenos o griegos, sino a las gentes que vinieron en compañía de Aquileo desde aquella provincia de Ftiótide, que fueron los primeros helenos, y en sus versos los nombra dánaos, argivos y aqueos. No por eso los llamó bárbaros, pues entonces, a mi parecer, no tenían todos nombre de bárbaros. En conclusión, todos aquellos que eran como griegos, y se comunicaban entre sí, fueron después llamados con un mismo apellido. Y antes de la guerra de Troya por sus pocas fuerzas, y por no haberse juntado en contratación ni comunicación unos con otros no hicieron cosa alguna en común, salvo unirse para esta guerra, porque ya tenían de largo tiempo la costumbre de navegar.

Minos, el más antiguo de todos aquellos que hemos oído, construyó armada con la que se apoderó de la mayor parte del mar de Grecia que ahora es, señoreó las islas llamadas Cícladas, y fue el que primero las hizo habitar, fundando en ellas muchas poblaciones, expulsando a los cares, y nombrando príncipes y señores de ellas a sus hijos, a quienes las dejó después de su muerte. Además limpió la mar de corsarios y ladrones, para adquirir él solo las rentas y provechos del comercio.

Los griegos antiguos que moraban en la tierra firme cercana al mar, y los que tenían islas, después que comenzaron a comunicarse a menudo con navíos, se volvieron corsarios, eligiendo entre ellos por capitanes a los más poderosos; y por causa de la ganancia o siendo pobres, por necesidad de mantenerse, asaltaban ciudades no cercadas y robaban a los que vivían en los lugares, pasando así la mayor parte de la vida, sin tener por vergonzoso este ejercicio, antes por honroso. Declaran aún ahora algunos de aquellos que viven cercanos a la mar, que tienen por honra hacer esto; y también los poetas antiguos, en los cuales se hallan escritas las frases de aquellos que navegando y encontrándose por la mar, se preguntaban si eran ladrones, sin ofenderse de ello los preguntados, ni tener por afrenta este nombre. Y aún ahora en tierra firme se usa robarse unos a otros, y también en mucha parte de Grecia se guarda esta costumbre, como entre los locros, ozoles, etolios y acarnanios.

De aquella antigua costumbre de robar y saltear, quedó la de usar armas, porque todos los de Grecia las llevan, a causa de tener las moradas no fortalecidas, y los caminos inseguros. Acostumbran pues a vivir armados, como los bárbaros; y esta costumbre que se guarda en toda Grecia es señal de que en otro tiempo vivían todos así. Los atenienses fueron los primeros que dejaron las armas, y esta manera de vivir disoluta, adoptando otra más política y civil. Los más ancianos, es decir, los más ricos, tenían manera de vivir delicada, y no ha mucho tiempo que dejaron de usar vestidos de lienzos y zarcillos de oro, y joyas en los cabellos trenzados y revueltos a la cabeza. Los más antiguos jonios, por el trato que tenían con los atenienses, usaron por lo general este atavío. Mas los lacedemonios fueron los primeros de todos, hasta las costumbres de ahora, en usar vestido llano y moderado, y aunque en las otras cosas posean unos más que otros y sean más ricos, en la manera de vivir son iguales, y andan todos vestidos de una misma suerte, así el mayor como el menor. Y fueron los primeros que por luchar se desnudaron los cuerpos, despojándose en público, y que se untaron con aceite antes de ejercitarse, pues antiguamente en los juegos y contiendas que se hacían en el monte Olímpico, donde contendían los atletas y luchadores, tenían con paños menores cubiertas sus vergüenzas y no ha mucho que dejaron esta costumbre, que dura aún entre los bárbaros: los cuales ahora, mayormente los asiáticos, se ponen estos paños menores o cinturones por premio de la contienda, y así cubiertos con ellos hacen estos ejercicios, de otra suerte no se les da el premio. En otras muchas costumbres se podría mostrar que los griegos antiguos vivieron como ahora los bárbaros.

Para venir a nuestro propósito las ciudades que a la postre se han poblado, y que son más frecuentadas, sobre todo las que tienen mayor suma de dinero, se edificaron a orillas del mar, y en el Istmo, que es un estrecho de tierra entre dos mares, por causa de poder tratar más seguramente, y tener más fuerzas y defensas contra los comarcanos. Mas las antiguas ciudades por miedo de los corsarios están situadas muy lejos de la mar, en las islas y en la tierra firme, porque todos los que vivían en la costa se robaban unos a otros, y aún ahora están despobladas las villas y lugares marítimos.

No eran menos corsarios los de las islas, conviene a saber, los carios y fenicios, porque éstos habitaban muchas de ellas. Buena prueba es que cuando en la guerra presente los atenienses purgaron por sacrificios la isla de Delos, quitando las sepulturas que allí estaban, viose que más de la mitad eran de carios bien conocidos en el atavío de las armas, compuesto de la manera que ahora se sepultan. Pero cuando el rey Minos dominó la mar, pudieron mejor navegar unos y otros: y echados los corsarios y ladrones de las islas, pobló muchas de ellas. Los hombres que moraban cerca de la mar, comerciando, vivían más seguramente: y entre ellos algunos más enriquecidos que los otros cercaron las ciudades de muros: los menores deseando ganar, servían de su grado a los mayores, y los más poderosos que tenían hacienda sujetaron a los menores.

De esta manera yendo cada día más y más creciendo en fuerzas y poder, andando el tiempo fueron con ejército sobre Troya. Me parece que Agamemnón era el más poderoso entonces de todos los griegos. Y no solamente llevó consigo los que demandaban a Helena por mujer que estaban obligados por juramento a Tíndaro, padre de Helena para ayudarle, sino que juntó gran armada de otras gentes. Y dicen aquellos que tienen más verdadera noticia de sus mayores de los hechos de los peloponenses, que Pélope, el primero de todos, con la gran suma de dinero que trajo cuando vino de Asia, alcanzó poder y fuerzas, ganó, a pesar de ser extranjero, la voluntad de los hombres de la tierra, que eran pobres y menesterosos, y por esto la tierra se llamó de su nombre Peloponeso. Muerto Euristeo los descendientes de Pélope adquirieron mayor señorío. Euristeo murió en Ática por mano de los heraclidas, descendientes de Heracles. Había encomendado a su tío Atreo, hermano de su madre, la ciudad de Micenas y todo su reino cuando iba huyendo de su padre, por la muerte de Crisipo, y como no volviese más, porque fue muerto en la guerra, los de Micenas, por miedo a los heraclidas, pareciéndoles muy poderoso Atreo, y que era acatado de muchos de ellos, y de todos los súbditos de Euristeo le eligieron por señor, y quisieron que tomase el reino. De esta suerte fueron más numerosos los pelópidas, es decir, los descendientes de Pélope que los perseidas, es a saber los descendientes de Perseo, que antes había dominado aquella tierra. Después que por sucesión de Atreo tomó Agamemnón el reino, a mi parecer porque era más poderoso por la mar que ninguno de los otros príncipes, pues que de ellas dio a los árcades, como declara Homero, y si es bastante su testimonio, hablando de Agamemnón, dice que cuando se le dio el cetro y mando real, dominaba muchas islas, y toda Argos; islas que fuera de las cercanas, que no eran muchas, ninguno pudiera dominar desde tierra firme, si no tuviera gran armada. De este ejército que llevó se puede conjeturar cuáles fueron los anteriores.

De que la ciudad de Micenas era muy pequeña, o si entonces fue muy grande ahora no parece serlo, no es dato para no creer que fue tan grande la armada que vino a Troya cuanto los poetas escriben, y se dice por fama; porque si se desolase la ciudad de Lacedemonia, que no quedasen sino los templos y solares de las casas públicas, creo que por curso de tiempo no creería el que la viese en que había sido tan grande como lo es al presente. Y aunque en el Peloponeso de cinco partes tienen las dos de término los lacedemonios, y todo el señorío y mando dentro y fuera de muchas otras ciudades de los aliados y compañeros, si la ciudad no fuese poblada y llena de muchos templos y edificios públicos suntuosos (como ahora está) y fuese habitada por lugares y aldeas a la manera antigua de Grecia, manifiesto está que parecería mucho menor. Si a los atenienses les sucediera lo mismo, que desamparasen la ciudad, parecería ésta haber sido doble y mayor de lo que ahora es, sólo al ver la ciudad y el gran sitio que ocupa. Conviene, pues, que no demos fe del todo a lo que dicen los poetas de la extensión de Troya, ni cumple que consideremos más la extensión de las ciudades, que sus fuerzas y poder. Por lo mismo debemos pensar que aquel ejército fue mayor que los pasados, pero menor que los de ahora, aunque demos crédito a la poesía de Homero, al cual le era conveniente, como poeta, engrandecer y adornar la cosa más de lo que parecía. Por darle más lustre, hizo la armada de mil y doscientas naves, y cada nave de las de los beocios de ciento veinte hombres, y de las de Filoctetes de cincuenta, entre grandes y pequeñas a mi parecer; del tamaño de las otras, no hace mención en la lista de las naves. Declara, pues, ser combatientes y remadores todos los de las naves de Filoctetes, porque a todos los llama flecheros y remadores. Y es de creer que yendo los reyes y príncipes en los barcos y también todo el equipo del ejército cabría poca gente más que los marineros, con mayor motivo navegando no con navíos cubiertos, como son los de ahora, sino a la costumbre antigua, equipados a manera de corsarios. Tomando, pues, el término medio entre las grandes naves y las pequeñas, parece que no fueron tantos hombres como podían ser enviados de toda Grecia: lo cual fue antes por falta de dinero que de hombres, porque por falta de víveres llevaron sólo la gente que pensaban se podría sustentar allí mientras la guerra durase.

Llegados a tierra, claro está que vencieron por combate, porque sólo así pudieron hacer un campamento amurallado, y parece que no usaron aquí en el cerco de todas sus fuerzas, sino que en el Quersoneso se dieron a la labranza de la tierra, y algunos a robar por la mar por falta de provisiones. Estando, pues, así dispersos, los troyanos les resistieron diez años, siendo iguales en fuerzas a los que habían quedado en el cerco. Porque si todos los que vinieron sobre Troya tuvieran víveres y juntos, sin dedicarse a la agricultura ni a robar, hicieran continuamente la guerra, fácilmente vencieran, y la tomaran por combate con menor trabajo y en menos tiempo; lo cual no hicieron por no estar todos en el cerco y estar esparcidos, y pelear solamente una parte de ellos. En conclusión, es de creer que por falta de dinero fueron poco numerosos los ejércitos en las guerras que hubo antes de la de Troya.

Y la guerra de Troya, que fue más nombrada que las que antes habían ocurrido, parece por las obras que fue menor que su fama, y de lo que ahora escriben de ella los poetas. Porque aún después de la guerra de Troya, los griegos fueron expulsados de su tierra, y pasaron a morar a otras partes, de manera que no tuvieron sosiego para crecer en fuerzas y aumentarse. Lo cual sucedió porque a la vuelta de Troya, después de tanto tiempo, hallaron muchas cosas trocadas y nuevas, y muchas sediciones y alborotos en la mayor parte de la tierra; y así los que de allí salieron, poblaron y edificaron otras ciudades. Los que ahora son beocios, siendo echados de Arna por los tesalianos, sesenta años después de la toma de Troya, habitaron la tierra que ahora se llama Beocia, y antes se llamaba Cadmea; en la cual había primero habitado alguna parte de ellos, y desde allí partieron al cerco de Troya con ejército. Los dorios poseyeron el Peloponeso con los heraclidas ochenta años después de la destrucción de Troya.

Mucho tiempo después, estando ya la Grecia pacífica y asegurada con los descendientes de Heracles, comenzaron a enviar gentes fuera de ella para poblar otras tierras. Entre las cuales los atenienses poblaron la Jonia y muchas de las islas, y los peloponenses, la mayor parte de Sicilia y de Italia, y otras ciudades de Grecia. Todo esto fue poblado y edificado después de la guerra de Troya.

Haciéndose de día en día la Grecia más poderosa y rica, se levantaron nuevas tiranías en las ciudades a medida que iban creciendo las rentas de ellas. Antes los reinos se heredaban por sucesión, y tenían su mando y señorío limitado. Los griegos entonces se dedicaban más a navegar que a otra cosa, y todos cruzaban la mar con naves pequeñas, no conociendo aún el uso de las grandes. Dicen que los corintios fueron los primeros que inventaron los barcos de nueva forma, y que en Corinto, antes que en ninguna otra parte de Grecia, se hicieron trirremes. Sé que el corintio Aminocles, maestro de hacer naves, hizo cuatro a los samios, cerca de trescientos años antes del fin de esta guerra que escribimos para lo cual Aminocles vino a Samos.

La más antigua guerra que sepamos haberse hecho por mar, fue entre los corintios y los corcirenses, hará a lo más doscientos y sesenta años.

Como los corintios tenían su ciudad situada sobre el Istmo, que es un estrecho entre dos mares, era continuamente emporio, es a saber: lugar de feria o comercio de los griegos que en aquel tiempo más trataban por tierra que por mar, y por esta causa, por acudir allí los de dentro del Peloponeso y los de fuera para la contratación, eran los corintios muy ricos como lo significan los antiguos poetas que llaman a Corinto por sobrenombre la rica. Después que los griegos usaron más la navegación y comercio, y echaron a los corsarios, haciéndola feria de tierra y mar, enriquecieron más la ciudad, aumentando sus rentas.

Mucho después los jonios se dieron a la navegación en tiempo de Ciro, primer rey de los persas, y de Cambises, su hijo, y peleando con Ciro sobre la mar, tuvieron algún tiempo el señorío de ella. También Polícrates, tirano en tiempo de Cambises, fue tan poderoso por mar, que conquistó muchas islas, y entre ellas tomó a Renia, la cual consagró y dio al dios Apolo, que estaba en el templo de la isla de Delos. Después de esto los focenses, que poblaron a Marsella, vencieron a los cartagineses por mar. Estas guerras marítimas fueron las más grandes hasta entonces, y poco después de la guerra de Troya usaban trirremes pequeños de cincuenta remos, y también algunas naves largas.

Poco antes de la guerra de los medos y de la muerte de Darío, que reinó después de Cambises en Persia, hubo muchos trirremes, así en Sicilia entre los tiranos, como entre los corcirenses, porque éstas parece que fueron las últimas guerras por mar en toda Grecia dignas de escribirse, antes que entrase en ella con ejércitos el rey Jerjes. Los eginetas y atenienses y algunos otros tenían pocas naves, y éstas por la mayor parte de cincuenta remos. Entonces Temístocles persuadió a los atenienses, que tenían guerra con los eginetas, y esperaban la venida de los bárbaros, que hiciesen naves grandes, las cuales aún no eran cubiertas del todo, y con estas pelearon. Tales fueron las fuerzas de mar de los griegos, así en tiempos antiguos como en los cercanos, y los sucesos de su guerra por mar. Los que se unieron a ellos adquirieron gran poder, renta y señorío de las otras gentes; porque navegando con armada sojuzgaron muchos lugares, mayormente aquellos que tenían tierra no suficiente, es decir, estéril y no abastecida y falta de las cosas necesarias.

Por tierra ninguna guerra fue de gran importancia, porque todas las que se hicieron eran contra comarcanos y vecinos; y los griegos no salían a hacer guerra a lugares extraños lejos de su casa para sojuzgar a los otros. Ni los súbditos se levantaban contra las grandes ciudades, ni éstas de común acuerdo formaban ejércitos, porque casi siempre discordaban las unas de las otras, y así cercanas peleaban entre sí sobre todo hasta la guerra antigua de los calcidenses y eriteos, en la que lo restante de Grecia se dividió para ayudar a unos o a otros.

Luego sobrevinieron por varias partes impedimentos y estorbos para que no se aumentasen sus fuerzas y su poder. Porque contra los jonios, cuando sus cosas iban procediendo de bien en mejor, se levantó Ciro con todo el poder de Persia, el cual, después que hubo vencido y desbaratado al rey Creso, ganó por fuerza de armas toda la tierra que hay desde el río Halis hasta la mar, y puso debajo de su mando y servidumbre todas las ciudades que aquí estaban en tierra firme.

Respecto a las otras ciudades de Grecia, los tiranos que las mandaban no tenían en cuenta sino guardar sus personas, conservar su autoridad, aumentar sus bienes y enriquecerse, y, atento a estas cosas, ninguno salía de sus ciudades para ir lejos a conquistar nuevos señoríos. Por eso no se lee que hiciesen cosa digna de memoria, sino sólo que tuvieron algunas pequeñas guerras entre sí, de vecino a vecino, excepto aquellos griegos que ocuparon a Sicilia, los cuales fueron muy poderosos. De manera que por esta vía la Grecia estuvo mucho tiempo sin hacer cosa memorable en común y a nombre de todos, ni tampoco podía hacerlo cada ciudad de por sí.

Pasado este tiempo, ocurrió que los tiranos fueron expulsados y lanzados de Atenas y de todas las otras ciudades de Grecia por los lacedemonios, excepto aquellos que mandaban en Sicilia, porque la ciudad de Lacedemonia, después que fue aumentada y enriquecida por los dorios, que al presente la habitan, aunque estuvo mucho tiempo intranquila con sediciones y discordias civiles según hemos oído, siempre vivió y se conservó en sus buenas leyes y costumbres, y se preservó de tiranía y mantuvo su libertad. Porque según tenemos por cierto, por más de cuatrocientos años, hasta el fin de esta guerra que escribimos, los lacedemonios siempre tuvieron la misma manera de vivir y gobernar su república que al presente tienen, y por esa causa la pueden también dar a las otras ciudades.

Poco tiempo después que los tiranos fueron echados de Grecia los atenienses guerrearon con los medos, y al fin los vencieron en los campos de Maratón. Diez años pasados vino el rey Jerjes de Persia con grandes huestes, y el propósito de conquistar toda la Grecia: y para resistir a tan grande poder como traía, los lacedemonios, por ser los más poderosos, fueron nombrados caudillos de los griegos para esta guerra. Los atenienses, al saber la venida de los bárbaros, determinaron abandonar su ciudad y meterse en la mar, en la armada que ellos habían aparejado para este fin, y de esta manera llegaron a ser muy diestros en las cosas de mar. Poco tiempo después, todos a una y de común acuerdo, echaron a los bárbaros de Grecia. Los griegos que se habían rebelado contra el rey de Persia y los que se unieron para resistirle, se dividieron en dos bandos y parcialidades, los unos favoreciendo la parte de los lacedemonios, y los otros siguiendo el partido de los atenienses, porque estas dos ciudades eran las más poderosas de Grecia: Lacedemonia por tierra y Atenas por mar. De manera que muy poco tiempo estuvieron en paz y amistad, haciendo la guerra de consuno contra los bárbaros, porque empezó enseguida la guerra entre estas dos ciudades poderosas, y sus aliados y amigos. Y no hubo nación de griegos en ninguna parte del mundo que no siguiese un partido u otro, de manera que desde la guerra de los medos hasta ésta, de que escribimos al presente, siempre tuvieron guerra o treguas estas ciudades, una contra otra, o contra sus súbditos que se rebelaban. Con el largo uso se ejercitaron en gran manera en las armas, y se abastecieron y proveyeron de todas las cosas necesarias para pelear.

Tenían estas dos ciudades diversa manera de gobernar sus súbditos y aliados, porque los lacedemonios no hacían tributarios a sus confederados, solamente querían que se gobernasen como ellos, por sus leyes y estatutos, y a su costumbre, es decir, por cierto número de buenos ciudadanos, cuya gobernación llaman oligarquía, y significa mando de pocos. Mas los atenienses, poco a poco, quitaron a sus súbditos y aliados todas las naves que tenían, y después les impusieron un tributo, excepto a los habitantes de Quíos y de Lesbos. Con tales recursos hi-cieron una armada la más numerosa y fuerte que jamás pudieron reunir todos los griegos juntos desde el tiempo que hacían la guerra coligados.

Tales fueron las cosas antiguas de la Grecia, según he podido descubrir; y será muy difícil creer al que quisiere explicarlas con detalles más minuciosos, porque aquellos que oyen hablar de las cosas pasadas, principalmente siendo de las de su misma tierra, y de sus antepasados, pasan por lo que dice la fama sin preocuparse por examinar la verdad. Así vemos que los atenienses creen y dicen comúnmente que el tirano Hiparco fue muerto a manos de Armodio y Aristogitón por causa de su tiranía: no considerando que cuando aquél fue muerto reinaba en Atenas Hipias, hijo mayor de Pisístrato, cuyos hermanos eran Hiparco y Tesalo; y que un día Armodio y Aristogitón, que habían determinado matar a todos tres, pensando que la cosa fuera descubierta a Hipias por alguno de sus cómplices, no osaron ejecutar su empresa, sino hacer algo digno de memoria antes de ser presos, y hallando a Hiparco ocupado en los sacrificios que hacía en el templo de Leocorión, le mataron.

De igual manera hay otras muchas cosas de que existe memoria, en las cuales hallamos que los griegos tienen falsa opinión y las consideran y ponen muy de otro modo que como pasaron. Piensa, por ejemplo, de los reyes de Lacedemonia, que cada uno de ellos echaba dos piedras, y no una sola, en el cántaro, lo que quiere decir que tiene dos votos en lugar de uno, y que hay en su tierra una legión de Pitanate que nunca hubo. Tan perezosas y negligentes son muchas personas para inquirir la verdad de las cosas.

Mas el que quisiere examinar las conjeturas que yo he traído, en lo que arriba he dicho, no podrá errar por modo alguno. No dará crédito del todo a los poetas que, por sus ficciones, hacen las cosas más grandes de lo que son, ni a lo historiadores que mezclan las poesías en sus historias, y procuran antes decir cosas deleitables y apacibles a los oídos del que escucha que verdaderas. De aquí que la mayor parte de lo que cuentan en sus historias, por no estribar en argumentos e indicios verdaderos, andando el tiempo viene a ser tenido y reputado por fabuloso e incierto. Lo que arriba he dicho está tan averiguado y con tan buenos indicios y argumentos, que se tendrá por verdadero.

Y aunque los hombres juzguen siempre la guerra que tienen entre manos por muy grande, y después de acabada tengan en más admiración las pasadas, parecerá empero claramente a los que quisieren mirar bien en las unas y en las otras por sus obras y hechos que ésta fue y ha sido mayor que ninguna de las otras.

Y porque me sería cosa muy difícil relatar aquí todos los dichos y consejos, determinaciones, conclusiones y pareceres de todos los que hablan de esta guerra, así en general como en particular, así antes de comenzada, como después de acabada, no solamente de lo que yo he entendido de otros que lo oyeron, pero también de aquello que yo mismo oí, dejo de escribir algunos. Pero los que relato son exactos, si no en las palabras, en el sentido, conforme a lo que he sabido de personas dignas de fe y de crédito, que se hallaron presentes; y decían cosas más consonantes a verdad, según la común opinión de todos.

Mas en cuanto a las cosas que se hicieron durante la guerra, no he querido escribir lo que oí decir a todos, aunque me pareciese verdadero, sino solamente lo que yo vi por mis ojos, y supe y entendí por cierto de personas dignas de fe, que tenían verdadera noticia y conocimiento de ellas. Aunque también en esto, no sin mucho trabajo, se puede hallar la verdad. Porque los mismos que están presentes a los hechos, hablan de diversa manera, cada cual según su particular afición o según se acuerda. Y porque yo no diré cosas fabulosas, mi historia no será muy deleitable ni apacible de ser oída y leída. Mas aquellos que quisieren saber la verdad de las cosas pasadas y por ellas juzgar y saber otras tales y semejantes que podrán suceder en adelante, hallarán útil y provechosa mi historia; porque mi intención no es componer farsa o comedia que dé placer por un rato, sino una historia provechosa que dure para siempre.

Muéstrase claramente que esta guerra ha sido más grande que la que tuvieron los griegos contra los medos; porque aquélla se acabó y feneció en dos batallas que se dieron por mar y otras dos por tierra, y ésta, de que al presente escribo, duró por mucho tiempo, viniendo a causa de ella tantos males y daños a toda la Grecia, cuantos nunca jamás se vieron en otro tanto tiempo, contando todos los que acontecieron así por causa de los bárbaros como entre los mismos griegos, así de ciudades y villas, unas destruidas, otras conquistadas de nuevo y otras pobladas de extraños moradores, despobladas de los propios, como de los muchos que huyeron o murieron o fueron desterrados por causa de guerra, o por sediciones y bandos civiles. También hay otros indicios verdaderos por donde se puede juzgar haber sido esta guerra mayor que ninguna de las otras pasadas, de que al presente dura la fama y memoria que son los prodigios y agüeros que se vieron, y tantos y tan grandes terremotos en muchos lugares de Grecia, eclipses y oscurecimientos del sol más a menudo que en ningún otro tiempo, calores excesivos, de donde se siguió grande hambre y tan mortífera epidemia que quitó la vida a millares de personas.

Todos los cuales males vinieron acompañados con esta guerra de que hablo, de la cual fueron causadores los atenienses y peloponenses, por haber roto la paz y treguas que tenían hechas por espacio de treinta años después de la toma de Eubea. Y para que en ningún tiempo sea menester preguntar la causa de ello, pondré primero la ocasión que hubo para romper las treguas, y los motivos y diferencias porque se comenzó tan grande guerra entre los griegos, aunque tengo para mí que la causa más principal y más verdadera, aunque no se dice de palabra, fue el temor que los lacedemonios tuvieron de los atenienses, viéndolos tan pujantes y poderosos en tan breve tiempo. Las causas, pues, y razones que públicamente se daban de una parte y de otra, para que se hubiesen roto las treguas y empezado la guerra fueron las siguientes.

II

Epidamno es una ciudad que está asentada a la mano derecha de los que navegan hacia el seno de mar Jonio, y junto a ella habitan los tablantes, bárbaros de Iliria. A la cual se pasaron a vivir los corcirenses, pobladores llevados por Falio, hijo de Eratocles, natural de Corinto y des-cendiente de Heracles, el cual, según ley antigua, había sido enviado de la ciudad metrópoli y principal para caudillo de los nuevos pobladores corcirenses, a quienes no era lícito salir a poblar otra región sin licencia de los corintios, sus principales y metropolitanos. Vinieron también a poblar esta ciudad juntamente con los corcirenses, algunos de los mismos corintios, y otros de la nación de los dorios. Andando el tiempo llegó a ser muy grande la ciudad de los epidamnios y muy poblada; pero como hubiese entre ellos muchas disensiones y discordias, según cuentan, por cierta guerra que tuvieron con los bárbaros comarcanos, cayeron del estado y poder que gozaban. Finalmente, en la postrera discordia el pueblo expulsó de la ciudad a los más principales que huyeron y se acogieron a los bárbaros comarcanos, de donde venían a robar y hacer mal a la ciudad por mar y por tierra. Los epidamnios, viéndose tan apretados por aquéllos, enviaron sus mensajeros y embajadores a los de Corcira como a su ciudad metrópoli, rogándoles que no los dejasen perecer, sino que los reconciliasen con los que habían huido, y apaciguasen aquella guerra de los bárbaros. Y los embajadores, sentados en el templo de la diosa Hera, les suplicaron. Mas los de Corcira no quisieron admitir sus ruegos, y les despidieron sin concederles nada.

Los epidamnios, al saber que los de Corcira no les querían hacer ningún favor, dudando qué harían por entonces, enviaron a Delfos para consultar al Oráculo si sería bien que diesen su ciudad a los corintios, como a sus principales pobladores, y pedirles algún socorro. El Oráculo les respondió que se la entregasen y los hiciesen sus caudillos para la guerra. Fueron los epidamnios a Corinto por el consejo del Oráculo, les dieron su ciudad, contándoles, entre otras cosas, cómo el poblador de ella había sido natural de Corinto; declarándoles lo que el Oráculo había respondido, y rogándoles que no los dejasen ser destruidos, sino que los amparasen y vengasen. Los corintios, por ser cosa justa, tomaron a su cargo la venganza, pensando que tan de ellos era aquella colonia como de los corcirenses, y también por el odio y malquerencia que tenían a los corcirenses que no se cuidaban de los corintios, siendo sus pobladores; pues en las fiestas y solemnidades públicas no les daban las honras debidas, ni señalaban varón de Corinto que presidiese en los sacrificios, como las otras colonias. Además, porque los menospreciaban los corcirenses a causa de la gran riqueza que tenían; pues entonces eran los más ricos entre todas las ciudades de Grecia y más poderosos para la guerra, confiando en sus grandes fuerzas navales, y en la fama que tenían cobrada ya los fehaces, sus antecesores, que primero habitaron a Corcira, de ser diestros en el arte de navegar. Y esta gloria les impulsaba a tener siempre dispuesta una armada muy pujante, contando ciento y veinte trirremes cuando comenzaron la guerra.

Teniendo todas las quejas arriba dichas los corintios de los corcirenses, determinaron dar de buena gana socorro a los epidamnios, y además de la fuerza de socorro, enviaron por guarnición la gente de los ambraciotas y leucadios, mandando que todos los que quisiesen pudieran ir a vivir a Epidamno. Por tierra fueron a Apolonia, pueblo de los corintios, por miedo de que los corcirenses les cortasen el paso por mar. Cuando éstos supieron los moradores y gente de guarnición que iban a la ciudad de Epidamno, y que se había dado población allí a los corintios, tuvieron gran pesar, y apresuradamente navegaron para allá con veinticinco naves, y poco después con lo restante de la armada, mandando por su autoridad que los desterrados que habían sido lanzados primero, fuesen recibidos en la ciudad. Porque, según parece, los que estaban desterrados de Epidamno, cuando supieron que los corintios enviaban gente a poblarla, acudieron a los corcirenses mostrándoles sus sepulturas antiguas, alegando el deudo y parentesco que con ellos tenían, y rogándoles que hiciesen recibirles en su tierra y lanzasen a los pobladores y gente de guarnición que habían enviado los corintios. Mas los epidamnios no los quisieron recibir ni obedecer en nada; antes sacaron sus huestes contra ellos; por lo cual los corcirenses, con cuarenta naves, tomando consigo los desterrados como para restituirlos en su tierra con algunos de los ilirios, asentaron su real delante de la ciudad, y mandaron pregonar que cualquiera de los epidamnios o extranjeros que se quisiesen pasar a ellos, fuese salvo, y los que no quisiesen, fuesen tenidos por enemigos. Mas como los epidamnios no obedeciesen a esto, los corcirenses, por aquel estrecho llamado Istmo, pusieron cerco a la ciudad para combatirla.

Los corintios, al saber por mensajeros de los de la ciudad de Epidamno que estaban cercados, dispusieron su ejército y juntamente mandaron pregonar que daban población de su ciudadanos para la ciudad de Epidamno, que la darían igualmente a todos los que quisiesen ir allá por entonces; y que los que no quisieran ir, sino después, pagasen cincuenta dracmas a la ciudad de Corinto y se quedasen, porque así serían también participantes de los mismos privilegios de pobladores. Fueron muchos los que navegaron a la sazón, y los que pagaron la cantidad prefijada. Además de esto, rogaron a los megarenses que los acompañasen con sus naves por si acaso los corcirenses les quisiesen vedar el paso por mar, los cuales les dieron ocho naves bien aparejadas, y la ciudad de Pales de los cefalenos dio cuatro, y los de Epidauro, siendo rogados, les dieron cinco; los hermiones una, y los trecenios dos; los leucadios diez y los ambraciotas ocho. A los tebanos y a los fliasios pidieron dineros, y a los eleos solamente los cascos de las naves y dinero. Y de los mismos corintios fueron dispuestas treinta naves y tres mil hombres.

Cuando los corcirenses supieron de estos aprestos de guerra, vinieron a Corinto con los embajadores de Lacedemonia y de Sición que tomaron consigo, y demandaron a los corintios que sacasen la guarnición y los moradores que habían metido en Epidamno, pues ellos nada tenían que ver con los epidamnios; y si no lo querían hacer, que nombrasen jueces en el Peloponeso, en aquellas ciudades que ambas partes eligiesen, y que la población fuese de aquellos que los jueces determinasen por sentencia, o que lo remitiesen al oráculo de Apolo, que estaba en Delfos, y no se permitiese guerrear unos contra otros. De lo contrario serían forzados a hacerse amigos de aquella parcialidad que más poderosa fuese para su bien y provecho. Los corintios les respondieron que sacasen sus naves y los bárbaros de Epidamno, y que después consultarían sobre ello, porque no era razón que estando los unos cercados, los otros quisiesen someter la cuestión a juicio. Los corcirenses replicaron que si los corintios sacaban primero a los que habían metido en la ciudad de Epidamno ellos también lo harían así y que estaban dispuestos a que se apartaran unos y otros de la tierra, y ajustar treguas hasta tanto que la cuestión se resolviera en justicia.

Los corintios, no accediendo porque tenían sus naves a punto y los compañeros de guerra aparejados, enviaron un trompeta a los corcirenses que les denunciase la guerra: alzaron velas del puerto con setenta y cinco naves y dos mil hombres de pelea, y navegaron derechos a Epidamno. Eran capitanes de la armada de mar Aristeo, hijo de Pélico, Calícrates, hijo de Calias, y Timánor, hijo de Timantes. Y por tierra, de la gente de infantería, Arquetimo, hijo de Euritimio, e Isarquidas, hijo de Isarco. Llegados que fueron al cabo de Actio, tierra de Anactoria, donde está el templo de Apolo, en la boca del seno Ambracia, los corcirenses les enviaron un mensaje con un barco mercante, prohibiéndoles el paso, y entretanto completaron el número de sus naves y aprestaron jarcias y aparejos para las velas, de suerte que pudieron navegar, y poniéndolas todas a punto, esperaban la respuesta de su mensaje. Mas después que volvió el mensajero y dijo que no había esperanza de paz, como ya los corcirenses tenían sus naves aparejadas, que serían en número de ochenta, porque cuarenta de ellas estaban en el cerco de Epidamno, salieron al encuentro de los corintios, y poniendo sus naves en orden de batalla, embistieron contra la armada de los corintios, los desbarataron y vencieron, y destrozaron quince naves de ella. Acaeció el mismo día que los que estaban cercados en Epidamno concertaron que los extranjeros y advenedizos fuesen vendidos por cautivos, y los corintios guardados en prisión hasta saber la voluntad de los vencedores.

Después de esta victoria naval, los corcirenses pusieron trofeo en señal de triunfo en el campo de Leucimna, que está en el cabo de Corcira, y mandando matar a todos los cautivos que prendieron, solamente guardaron en prisión a los corintios. Acabado esto, los corintios y sus compañeros de guerra, vencidos en la mar, volvieron a sus casas; los corcirenses se hicieron dueños de la mar en todas aquellas comarcas, y navegando para Léucade, colonia de los corintios, la robaron y destruyeron; y quemaron a Cilena, donde los eleos tenían sus atarazanas, porque habían socorrido a los corintios con naves y con dinero. Mucho tiempo después de esta batalla, dominaron los corcirenses la mar, y navegando hacían todo el mal y daño que podían a los amigos y aliados de los corintios, hasta que éstos, pasado el verano, les enviaron naves y ejército, de que tenían gran falta, y asentaron su campo en el cabo de Actio y cerca de Quimerio en Tesprótide para poder mejor guardar a Léucade y a las otras ciudades de los amigos y compañeros que estaban de su parte. Los corcirenses pusieron su campamento en Leucimna por mar, y por tierra frente del campo de los enemigos, y así estuvieron quedos, sin hacerse mal los unos a los otros todo aquel verano, hasta que, llegado el invierno, volvieron a sus casas. Todo aquel año, después de la batalla naval, y el siguiente, los corintios, por la ira y saña que tenían contra los corcirenses, determinaron renovar la guerra, y mandando rehacer sus naves, aparejaron una nueva armada, cogiendo hombres de guerra y marineros a sueldo del Peloponeso, y de otras tierras de Grecia. Sabido esto por los corcirenses tuvieron gran temor por no estar aliados con ninguno de los pueblos de Grecia ni inscriptos en las confederaciones de los atenienses ni de los lacedemonios, por lo cual les pareció que sería bueno ir a Atenas, ofrecer su alianza para la guerra, y tentar si hallarían allí algún socorro. Al saberlo los corintios, enviaron también sus embajadores a Atenas para que estorbasen que la armada de los atenienses se uniera a la de los corcirenses, porque esto les impediría hacer la guerra con ventaja. Reunidos en asamblea, unos y otros expusieron sus razones, primeramente los corcirenses hablaron de esta manera:

III

«Justa cosa es, varones atenienses, que los que sin haber hecho algún gran beneficio ni tenido alianza ni amistad provechosa, acuden a sus vecinos para pedirles ayuda, como nosotros ahora venimos, primeramente muestren y den a entender que su demanda es muy útil y provechosa para aquellos mismos a quien la piden, o a lo menos no dañosa; y tras esto que tengan siempre que agradecerles la merced que se les hiciere. Y si ninguna cosa de éstas mostraren, manifiéstase a las claras que no hay porqué se deban ensañar si no alcanzan lo que desean.

»Creyendo los corcirenses que podían firmemente mostraros y probaros todo esto, nos enviaron a requerir vuestra amistad y compañía, sin desconocer que nuestra errónea conducta anterior viene ahora a ser tan provechosa para vosotros cuanto para nosotros dañosa: porque no habiendo querido hasta aquí ser amigos ni compañeros en guerra de ningún otro pueblo, venimos ahora a rogaros por hallarnos solos y desamparados en esta guerra contra los corintios. De donde se infiere que si antes nos parecía prudencia y esfuerzo lo que hacíamos para no concertar alianzas ni exponernos al peligro de la compañía de otros, ahora nos parece imprudencia y flaqueza. Nosotros solos por mar vencimos la armada de los corintios; mas después que con mayor copia de gente de guerra, que sacaron del Peloponeso y de las otras tierras de Grecia, se mueven contra nosotros, viéndonos poco poderosos para poderles resistir con solas nuestras fuerzas, y el gran peligro que corremos si nos sometemos a ellos, de necesidad hemos de demandar vuestra ayuda y la de todos los otros, siendo dignos de perdón si al presente aprobamos lo contrario de aquello que antes dejamos de hacer, no por malicia, sino por error. Pero si queréis escucharnos con atención, esta amistad y alianza que por necesidad os demandamos vendrá a seros muy provechosa por muchas razones. Lo primero, porque dais ayuda a los que son injuriados y no a los que hacen injuria. Lo segundo, porque socorriendo a los que están en gran peligro, empleáis vuestras buenas obras donde nunca jamás serán olvidadas. Además, teniendo nosotros la mayor armada, después de la vuestra, que en este tiempo se halla, considerad cuán tarde os podrá venir otra ocasión tan buena como la que ahora tenéis entre manos para acabar vuestras empresas próspera y dichosamente; y cuán tarde se os ofrecerá otra más triste y desventurada para vuestros enemigos: que aquel poder nuestro que en otro tiempo compraríais con mucho dinero y ruegos, al presente se os da de grado sin costa ni peligro; juntamente con esto os trae honra y gloria para con todos, os gana la amistad de aquellos que favorecéis y defendéis, y aumenta vuestras fuerzas y poder. Lo cual todo juntamente a pocos sucede en nuestros tiempos, y pocas veces se ha visto que aquellos que vienen a pedir ayuda y socorro a otro ofrezcan tanto de su parte como tienen para poderles dar a aquellos a quien la piden. Y si alguno piensa que no tendréis otra guerra más que ésta, por lo cual nosotros os podríamos traer poco provecho, este tal se engaña, pues no es dudoso que los lacedemonios por el miedo que os tienen os moverán guerra; y los corintios, que pueden mucho con ellos en amistad, y son vuestros enemigos, se anticiparán a ganarnos por amigos para poder después mejor acometeros, y para que por el odio que les tenemos, también como vosotros, no nos podamos ayudar a veces, y ellos no yerren en una de dos cosas: o en haceros mal a vosotros, o en fortalecerse a sí mismos; por lo cual os conviene adelantaros, y recibiéndonos por amigos y compañeros, pues por tales nos damos, prevenir sus asechanzas y traiciones antes que ellos las prevengan. Y si por ventura alegan no ser justo que vosotros recibáis en amistad a sus colonos y pobladores, sepan que cualquier colonia está obligada a honrar y obedecer a su metrópoli y principal, de quien ha recibido bien y honra; y si ha recibido injuria, entonces debe apartarse y enajenarse de ella. Porque no se sacan los vecinos a poblar de las ciudades metropolitanas a otras para que sean siervos y esclavos de ellas, sino para que sean semejantes e iguales a los que quedan. Que éstos nos hayan injuriado, está claro y manifiesto; pues siendo citados por nosotros a juicio sobre la ciudad de Epidamno, quisieron antes tomar las armas que contender por derecho y por justicia. Gran sospecha será para no dejaros engañar ver lo que hacen contra nosotros sus deudos y parientes para que de mejor gana os apartéis de ellos, y os aliéis a nosotros como os lo rogamos; porque el que no concede a sus enemigos cosa alguna de que se pueda arrepentir después, vive seguro.

»Ni tampoco romperéis la confederación con los lacedemonios por recibirnos en amistad, pues ni somos compañeros de los unos ni de los otros, y en ellas dice esto: “Si alguna de las ciudades de Grecia no es de las compañeras y aliadas, le será lícito pasarse a la parte que quisiere.” Ciertamente es cosa grave y fuera de razón que los corintios puedan armar sus naves con vuestros amigos y confederados, no solamente de las otras tierras de Grecia, pero también de vuestros súbditos y vasallos, y vedaros la amistad y compañía que se os ofrece, y el provecho que con ella recibiréis, y que os culpen, si nos otorgáis lo que os demandamos, y os quieran impedir la amistad que se os ofrece de grado, y buscar vuestro provecho donde quisiereis y pudiereis. Gran motivo de queja tendríamos contra vosotros, si viéndonos ahora en peligro y siendo vosotros enemigos, y os acometen, no los rechazaseis ni se os diese nada que os tomen las fuerzas de vuestras tierras y señoríos, lo cual no deberíais consentir, antes prohibir que ninguno de vuestros súbditos llevase sus soldados, y enviarnos el socorro y ayuda que os pareciese, como también recibimos públicamente por amigos y aliados, lo cual, como dijimos al principio, os proporcionará mucho provecho, y el mayor de todos es que éstos son vuestros enemigos (como está claro y manifiesto) no débiles ni flacos, sino bastantes para hacer mal y daño a los que se les rebelaren, y sabéis muy bien la diferencia que hay de la amistad y alianza que de nuestra parte se os ofrece por ser hombres expertos en la mar, como somos, a la de los contrarios, que son de tierra firme y llana, y nunca experimentados en aquélla. Ofreciéndoos nuestra armada, no como la de Epiro, si no tal que no hay otra semejante, podéis, si os conviene, no permitir que otro alguno tenga naves de guerra, y si no, a lo menos, tomar por amigos y compañeros aquellos que son más fuertes y poderosos.

»Parecerále a alguno que nuestro consejo es útil y provechoso, pero temerá y sospechará que si lo sigue romperá la paz y confederación con los amigos; éste tal sepa que vale más, para poner temor a los contrarios, no confiarse mucho en la confederación y alianza de otros, sino procurar el aumento de su poder, que no confiados de aquélla dejarnos de recibir por compañeros y aliados, y quedar por esta vía más flacos y débiles contra vuestros enemigos, que fuertes y poderosos. Los corintios, si nos vencen, quedarán seguros, y os tendrán menos temor y miedo que antes. No se trata, pues, solamente del bien y provecho de los de Corcira, sino también de los de Atenas, considerando que esta guerra es prefacio de la que para el tiempo venidero se prepara. Por ello no debéis de dudar de recibirnos en vuestra amistad, pues veis lo que os importa tener esta nuestra ciudad por amiga o enemiga, considerando la situación de Corcira, de tanta importancia por estar situada entre Italia y Sicilia, de suerte que ni desde Italia, si quieren, pueden dejar venir armada al Peloponeso, ni del Peloponeso para Italia, ni para otra parte, y desde ella pueden seguramente pasar a un cabo y a otro según quieran, además de otros mucho bienes y provechos que os puede producir nuestra amistad. Finalmente, por abreviar nuestro discurso y concluir, para que sepáis que no debéis rehusar nuestra compañía, debéis considerar que hay tres armadas aparejadas muy poderosas; la una es nuestra; la otra vuestra; la otra de los de Corinto. Pues si menospreciáis y tenéis en poco cualquiera de estas tres, si las dos armadas se juntan en una, y los corintios nos toman por amigos forzosamente ha-bréis de tener guerra contra dos partes, a saber: contra los corcirenses y los peloponenses. Pero si nos recibís en vuestra compañía, tendréis más naves con las nuestras para poder pelear contra vuestros enemigos».

Esto fue lo que dijeron los corcirenses. Y luego, tras ellos los corintios hicieron el razonamiento siguiente:

IV

«Varones atenienses, pues los corcirenses han hablado, no solamente de sí mismos, persuadiéndoos que los recibáis en vuestra amistad, sino también de nosotros, diciendo que injustamente y sin causa comenzamos la guerra, será necesario que ante todas cosas hagamos mención de lo uno y de lo otro, y de esta manera vengamos a lo demás de nuestro razonamiento, para que mejor entendáis nuestra demanda, y con razón rehuséis los provechos que os ofrecen.

»Dicen que por usar de modestia, equidad y diligencia jamás han querido admitir la compañía y alianza de nadie: lo cual ciertamente han hecho por vicio y malicia, y no por virtud ni bondad; por no querer tener compañero ni testigo de sus maldades, de quien siendo reprendidos pudiesen tener vergüenza. El buen sitio de su ciudad que alegan para vuestro provecho, antes les acusa de las injurias y ultrajes que hacen, que no los somete a juicio de razón: porque ellos no salen navegando a otras partes, y de necesidad han de robar a los que allí aportan de otras tierras. Se glorían y honran de no haber querido hacer alianza ni confederación con otro. No lo han hecho por no participar de las injurias ajenas, sino a fin de poder ellos injuriar a otros a solas sin tener quien se lo reprenda, y para donde quiera que prevaleciesen, hacer fuerza y afrenta a los demás, como podrían aislada y ocultamente; y de esta manera lograr más bienes y tener menos vergüenza de sus bellaquerías secretas, que no si fueran de otros sabidas. Porque si ellos son tan buenos como se nombran, cuanto menos culpables y violentos son para sus prójimos, tanto más deberían mostrar su virtud y bondad en dar y recibir solamente lo que es justicia y razón. No es esto lo que han hecho con otros, ni con nosotros, porque siendo nuestros pobladores, siempre se han apartado de nosotros hasta aquí; y ahora nos hacen guerra diciendo que no los sacamos de nuestra ciudad a ser pobladores en el lugar donde los enviamos para que los maltratásemos; a lo cual respondemos que tampoco los pusimos allí a morar para que recibiésemos de ellos injurias y agravios, sino para ser sus superiores y que nos honrasen y acatasen según razón y como lo hacen las otras poblaciones, cuyos habitantes nos quieren y aman en gran manera. De ello se deduce manifiestamente que si a todos los otros somos agradables y apacibles, sin derecho y sin razón se desagradan y descontentan estos solos de nosotros.

»No sin gran causa y razón, ni por injurias insignificantes les movimos guerra; y aun cuando en esto hubiéramos errado, fuera bien que dieran lugar a nuestra ira, y nos soportaran, y entonces a nosotros nos fuera cosa torpe y fea, si de igual modo no tuviéramos respeto a su paciencia y modestia, para no hacerles fuerza ni injuria. Mas ahora, ensoberbecidos con las riquezas, además de otros muchos yerros y delitos que contra nosotros han cometido, no quisieron venir a socorrer la ciudad de Epidamno, que es de nuestro señorío, aunque la vieron cercada y apretada de sus enemigos: antes cuando nosotros íbamos a socorrerla la tomaron por fuerza y la tienen.

»En cuanto a lo que dicen que, antes de hacerlo, quisieron someterse a arbitraje, nada vale su dicho, pues tanto significa, como si teniendo alguno ocupada y detenida la hacienda de otro, quiere después litigar en juicio, sin entregar primero lo usurpado, antes que se lo reclamen por fuerza y contienda. Ellos no lo hicieron antes que pusiesen cerco a la ciudad, sino después que entendieron que nosotros no habíamos de descuidarnos en socorrerla. Entonces quisieron alegar su derecho y vinieron aquí, no contentos con el mal que allí hicieron, a requeriros que los queráis recibir por amigos y aliados, no tanto para confederación y alianza de la guerra, cuanto para compañía y amparo de las injurias y agravios que hacen siendo nuestros enemigos. Debieron haber venido antes a esto, cuando estaban salvos y seguros, y no ahora después que nos ven injuriados, y a ellos en peligro; y puesto que no habéis tenido participación en sus violencias durante la paz, no debéis darles ayuda ahora para meteros en guerra. Fuisteis libres de sus yerros, no debéis cargar en parte con su culpa.

»A los que en el tiempo pasado ayudaron con sus fuerzas y poder, deben ahora dar cuenta de sus casos y fortunas; pero vosotros que no fuisteis participantes en sus delitos, menos lo debéis ser de aquí en adelante en sus hechos.

»Ya os hemos declarado la justicia y equidad que usamos con éstos al principio, y las fuerzas y avaricia que para con nosotros tuvieron. Ahora conviene mostraros, que por ninguna vía ni razón los debéis admitir a vuestra amistad. Porque si, como antes decimos, en los tratados de confederaciones y paz, es lícito a cualquiera de las ciudades, que no son firmantes, ni confederadas, unirse al bando que quisieren, este contrato no se entiende que lo puedan hacer en perjuicio de tercero: antes solamente se entiende de los que tienen necesidad de la ayuda de otros, y la demandan, sin que aquellos a quien la piden se aparten de la alianza y amistad de los otros sus confederados; y no se refiere a los que en lugar de paz traen guerra contra los amigos de aquellos a quien demandan la tal ayuda, como os ocurrirá, si no seguís nuestro consejo. Porque si decidís ayudar y favorecer a éstos, en lugar de amigos seréis nuestros enemigos, obligándonos, si queréis estar con ellos, a ofenderos al tomar de ellos venganza. Obraréis cuerdamente, y conforme a justicia y razón, si no favorecéis a ninguno; y mucho mejor, si al contrario de lo que éstos piden sois de nuestro bando, y amigos y aliados de los corintios contra estos corcirenses, que nunca tuvieron treguas firmes con vosotros. No establezcáis nueva ley auxiliando a los rebeldes; pues nosotros, cuando se os rebelaron los samios, fuimos de contrario parecer de los peloponenses, que decían convenía socorrer a los samios, y públicamente lo contradijimos, alegando que a ninguno debía prohibírsele castigar a los suyos cuando errasen. Si recibís y defendéis a los malhechores, muchos de los vuestros se pasarán diariamente a nosotros, y por este medio daréis ley que redunde antes en vuestro daño que en el nuestro.

»Baste lo dicho para informaros de nuestro derecho conforme a las leyes de Grecia. Lo que adelante diremos será como ruego, y para pedir y demandar vuestra gracia. Nada os pedimos como enemigos para dañaros, ni como amigos para usar mal de ello; antes decimos y afirmamos que nos debéis al presente vuestra ayuda, porque antes de la guerra de los medos, cuando la teníais con los eginetas, os socorrimos con veinte naves grandes que necesitabais y recibisteis de los corintios. Y la buena obra que entonces, por nuestra oposición, los peloponenses no quisieron ayudar a los samios, vuestros contrarios, os procuró la victoria contra los eginetas, y la venganza que tomasteis de los samios a vuestra voluntad. Esto hicimos a tal tiempo, que los hombres por el gran deseo que tienen de vencer a sus enemigos contra quien van, se descuidan de todo lo demás, y tienen por amigo a cualquiera que les ayuda, aunque antes haya sido su enemigo, y por enemigo a aquel que los contrasta, aunque primero fuese su amigo, dejando de entender en sus cosas propias por la codicia que tienen de vengarse. Recordando vosotros este servicio, y los mancebos trayendo a la memoria lo que oyeron y supieron de los ancianos, razón será que nos paguéis de igual modo. Y si alguno piensa que esto que aquí decimos es justo, pero que habrá otra cosa más provechosa de parte de los contrarios si hubiere guerra, éste tal sepa que para su bien y cuanto uno es más justo en cualquier hecho, tanto más provecho se le sigue en adelante. Además, la guerra venidera con que os ponen temor los corcirenses para invitaros a ser injustos, está en duda y no es razón que por miedo de guerra incierta cobréis odio y enemistad cierta de los corintios vuestros amigos. Si imagináis tener guerra por la sospecha que hay de los de Mégara, tal imaginación, por vuestra prudencia y saber, antes la debéis disminuir que aumentar. Pues cualquiera buena obra postrera, hecha en tiempo y sazón, por pequeña que sea, es bastante para quitar y desatar toda la culpa primera, aunque sea mayor.

»Ni tampoco muevan ni atraigan vuestros corazones por el ofrecimiento que os hacen de grande armada de socorro; pues mayor seguridad es no hacer injuria a los iguales, ni emprender cuestión contra ellos, que no ensoberbecidos con la apariencia de presente procurar adquirir más de lo vuestro con el daño y peligro que os puede venir de ello en adelante. Asimismo, ahora nosotros que estamos en la misma adversidad y fortuna que estábamos cuando pedimos la ayuda de los lacedemonios, os pedimos y requerimos lo mismo que a ellos, esperando alcanzar de vosotros lo mismo que de ellos alcanzamos, es a saber que sea lícito a cada cual castigar a los suyos. Y que, pues, os ayudamos con nuestro voto contra los vuestros, no nos queráis dañar con el vuestro contra los nuestros, sino que nos paguéis en la misma moneda, sabiendo y conociendo que estamos a tiempo de que quien ayudare será tenido por muy grande amigo, y el que fuere contra nos, por mortal enemigo.

»En conclusión, decimos que no queráis recibir a los corcirenses por amigos y compañeros contra nuestra voluntad, ni socorrer a aquéllos que nos han injuriado. Y haciendo esto, cumplís vuestro deber, y ejecutáis lo que conviene a vuestro provecho».

Con esto acabaron los corintios su razonamiento.

V

Después que los atenienses oyeron a ambas partes, juntaron su asamblea por dos veces: en la primera aprobaron las razones de los corintios, no menos que las de los otros; y en la segunda mudaron de opinión y determinaron hacer alianza con los corcirenses, no de la manera que ellos pensaban, es a saber, para ser amigos de amigos, y enemigos de enemigos, porque haciendo esto y juntándose con los corcirenses para ir contra los corintios, rompieran la confederación o alianza que tenían con los peloponenses: sino solamente para ayudar a una parte y a la otra, si alguno les quisiese hacer algún agravio a ellos y a sus aliados. Porque no haciendo esto, les parecía que tendrían guerra con los peloponenses; y tampoco querían dejar a Corcira en manos de los corintios, que tenían tan poderosa armada, sino que pelearan unos con otros para que así se disminuyesen sus fuerzas, y fuesen más débiles; y después si les pareciese tomarían partido en la guerra contra los corintios, o contra los otros que tuviesen armada. También juzgaban de gran importancia la situación de la isla de Corcira entre Italia y Sicilia y por todo esto recibieron por compañeros y aliados a los corcirenses.

Cuando partieron los embajadores corintios, les enviaron diez naves de socorro y nombraron capitanes de ellas a Lacedemonio hijo de Cimón, a Diótimo hijo de Estrábico, y a Proteas hijo de Epicles, mandándoles que no trabasen batalla por mar con los corintios, si no los vieran venir navegando derechamente contra Corcira, desembarcar, o tocar en algún lugar de la isla; y que entonces lo defendiesen con todas sus fuerzas, vedándoles en los demás casos romper la alianza que tenían con los corintios.

Al llegar las naves de los atenienses a Corcira, los corintios aparejaron su armada y navegaron derechamente para Corcira con ciento y cincuenta barcos. De los cuales eran diez de los eleos, doce de los megarenses, diez de los leucadios, y veintisiete de los ambracianos, uno de los anactorios y noventa de los mismos corintios. Por capitanes de ellos iban los caudillos de estas ciudades, y de los corintios era capitán Jenóclides hijo de Euticles, con otros cuatro compañeros. Todos estos partieron con buen viento y haciendo vela desde el puerto de Léucade, y llegados a tierra firme de Corcira, desembarcaron en el cabo de Quimerión, a la boca del mar, en tierra de Tesprocia, donde está un puerto y encima del puerto una ciudad apartada de la mar e inmediata una laguna llamada Efire, junto a la cual desemboca en la mar la laguna Aquerusia, llamada así del río Aqueronte, el cual pasando por tierra de Tesprocia entra en aquella laguna y viene a parar en ella; de otra parte viene a entrar en la mar el río Tiannis, que divide la tierra de Tesprocia de la tierra de Cestrina, dentro de las cuales está el cabo de Quimerión. En este lugar tomaron tierra los corintios y allí asentaron su campamento. Al saberlo los corcirenses, navegaron hacia aquella parte completando su armada hasta ciento diez naves, de las cuales iban por capitanes Milcíades, Esimedes y Euríbato. Acamparon en una de las islas llamada Sibota. Tenían en su ayuda diez barcos de los atenienses, y en tierra de Leucina gente de a pie y mil hombres armados de los zacintios que les enviaron de socorro.

También los corintios tenían en su ayuda muchos de los bárbaros de la tierra firme; porque los comárcanos de ella siempre les eran amigos. Después que los corintios prepararon las cosas necesarias para la guerra, y tomaron provisiones para tres días, partieron de noche del cabo de Quimerión para encontrar a los corcirenses, y navegando por la mañana vieron en alta mar la armada de éstos que les venía al encuentro preparándose para la batalla de una y otra parte. En el ala derecha de los corcirenses venían las naves de los atenienses, y en la siniestra los mismos corcirenses, repartidos en tres órdenes o hileras de naves con tres capitanes, en cada una el suyo.

De la parte de los corintios venían a la mano derecha las naves de los ambraciotas y de los megarenses; en me-dio, los otros aliados como se hallaron, y a la mano siniestra los mismos corintios. Después que todos fueron juntos y alzaron señal de ambas partes para combatir, trabaron pelea, en la cual tenían de ambas partes mucha gente que peleaba desde los aparejos y desde encima de las cubiertas, y muchos flecheros y ballesteros que tiraban, mala y rudamente aprestados a la costumbre antigua. La batalla fue ruda, aunque sin arte, ni industria alguna de mar, y muy semejante a batalla de a pie por tierra. Porque después que se mezclaron unos con otros, no se podían fácilmente revolver ni embestir por la multitud de navíos. Cada cual confiaba para la victoria, en la gente de guerra que estaba sobre las cubiertas, porque combatían a pie quedo, sin moverse los barcos, ni poder salir, y peleando más con fuerzas y corazón, que con ciencia y maña, resultando de todas partes gran alboroto y turbación. Las naves de Atenas socorrían pronto a las corcirenses donde las veían en aprieto poniendo temor a los contrarios, mas no porque ellas comenzasen a trabar pelea, temiendo los capitanes traspasar lo mandado por los atenienses. El ala o punta derecha de los corintios estaba muy trabajada, porque los corcirenses con veinte naves les habían puesto en huida, y las siguieron desbaratadas hasta la tierra firme, donde tenían su campo, saltando en tierra, quemando las tiendas, y robando el campamento. De aquella parte, pues, fueron vencidos los corintios y sus compañeros. Mas los corintios que estaban en el ala, o punta siniestra llevaban de vencida a sus contrarios, por estar aquellas veinte naves de los corcirenses ausentes, y ocupadas en perseguir a los otros como antes dijimos. Cuando los atenienses vieron así apurados a los corcirenses, abiertamente y sin más disimulo acudieron a socorrerles. Primero vinieron despacio, deteniéndose porque no pareciese que iban a acometer, mas como vieron a la clara huir a los corcirenses y que los corintios los seguían, cada cual metió manos en la obra sin diferenciarse, y así la necesidad compelió a quedar solos en el combate los corintios y los atenienses.

Después que los corintios hicieron huir a sus contrarios, no curaron de atar a sus navíos los marineros de las naves que habían echado a fondo de los enemigos, ni de las que les habían tomado, para llevarlas consigo a Ornio, sino que desviándolos, y alcanzándolos, procuraban matarlos antes que tomarlos por cautivos. Y haciendo esto, mataban muchos de sus amigos que encontraban en el camino en naves suyas que habían sido desbaratadas pensando que fuesen enemigos, y no sabiendo que los suyos fuesen vencidos en el ala derecha. Porque como era grande el número de navíos de una parte y de otra, todos griegos, y ocupaban mucho trecho de mar, después de mezclados los unos con los otros, no se podía fácilmente conocer quiénes eran los vencidos ni los vencedores.

En verdad, fue esta la mayor batalla de mar de griegos contra griegos que hasta el día de hoy fue vista ni oída, y donde mayor número de barcos se juntaron.

Después que los corintios hubieron seguido a los corcirenses hasta la tierra, volvieron a recoger los despojos de sus naufragios, y los navíos destrozados, y los muertos y heridos, que eran en gran número; los llevaron al puerto de Sibota, donde el ejército de los bárbaros que estaba en tierra había venido en su ayuda. Es Sibota un puerto desierto en la región de Tesprocia. Hecho esto los corintios volvieron a juntarse e hicieron vela hacia Corcira; viendo lo cual los corcirenses les siguieron con las naves que les habían quedado sanas y estaban para poder navegar, y juntamente con ellos las de Atenas, temiendo que los corintios desembarcaran en su tierra. Ya era avanzado el día y comenzaban a cantar el peán y cántico acostumbrado en loor de su dios Apolo, cuando los corintios de repente, viendo venir de lejos veinte naves atenienses, volvieron las proas a las suyas. Estas veinte naves enviaban los atenienses de refresco en ayuda de los corcirenses, temiendo lo que ocurrió, que si los corcirenses eran vencidos, las diez naves que primero habían enviado en su socorro, fuesen pocas para defenderlos y socorrerlos. Al ver estas naves los corintios, y sospechando que además llegasen otras muchas, volvieron las proas y comenzaron a retirarse; de lo cual los corcirenses, que no habían visto el socorro que les venía, se maravillaron, hasta que algunos, viéndolas, dijeron aquellas naves ha-cia nosotros vienen, y entonces también ellos se ausentaron. Ya comenzaba a oscurecer cuando los corintios se retiraron, apartándose así los unos de los otros en aquella batalla que duró hasta la noche.

Los corcirenses tenían su campo en Leucina cuando las veinte naves de los atenienses fueron vistas, de las cuales venían por capitanes Glaucos, hijo de Leagro, y Andocides, hijo de Leogoro, y poco después llegaron a Leucina, pasando por encima de los muertos y de los navíos destrozados y hundidos. Los corcirenses, porque era de noche oscura, no les conocían, recelábanse que fuesen de los enemigos; mas después que los reconocieron, pusiéronse muy alegres. Al día siguiente las treinta naves de los atenienses con las que habían quedado sanas de los corcirenses y podían navegar, salieron de este puerto de Leucina, y vinieron a velas desplegadas al puerto de Sibota, donde estaban los corintios para ver si querían volver a la batalla. Mas los corintios, cuando los vieron venir, levantaron áncoras y alzaron velas, salieron del puerto en orden, fueron a alta mar, y allí estuvieron quedas sin querer trabar pelea, viendo las naves que habían venido de refresco de los atenienses, sanas y enteras; que las suyas estaban maltratadas y empeoradas de la batalla del día anterior; que tenían bien en que entender, en guardar los prisioneros que llevaban cautivos en las naves, y que no podían encontrar lo necesario para rehacer sus naves en el puerto de Sibota, donde estaban, por ser lugar estéril y desierto. Pensaban, pues, cómo podrían partir de allí y navegar en salvo para volver a su tierra, temiéndose que los atenienses les habían de estorbar la partida, so color de que habían roto la paz y alianza al acometerles el día anterior. Parecióles buen consejo enviar algunos de los suyos, en un barco mercante sin faraute ni trompeta, a los atenienses para que espiasen y tentasen lo que determinaban hacer; los cuales en nombre de los corintios les dijeron lo siguiente:

«Grande injuria y sin razón nos hacéis, varones atenienses, en comenzar contra nosotros la guerra, rompiendo la paz y alianza que teníamos, queriendo estorbar que castiguemos a los nuestros, y para ello tomando las armas contra nosotros. Si os parece bien todavía impedirnos que naveguemos hacia Corcira o hacia otra parte donde nos pluguiere, y quebrantar la confederación y alianza declarándoos enemigos nuestros, comenzad primero en nosotros, y prendednos, y usad de nosotros como de enemigos». Al acabar de decir esto los corintios, todos los del ejército de los corcirenses, que lo oyeron, comenzaron a dar voces diciendo que los prendiesen y matasen. Mas tomando la mano los atenienses, les respondieron de esta manera: «Ni nosotros comenzamos la guerra, varones corintios, ni menos rompimos la paz y alianza que teníamos con vosotros, antes venimos aquí por ayudar y socorrer a éstos corcirenses, que son nuestros amigos y compañeros; por tanto, si queréis navegar para otra cualquier parte, navegad mucho en buena hora; mas si navegáis hacia Corcira, o hacia otro cualquier lugar de su tierra para hacerles mal y daño, sabed que os lo hemos de estorbar con todas nuestras fuerzas y poder».

Oída esta respuesta por los corintios, se aprestaron para partir de allí y navegar hacia su tierra. Empero, antes de su partida levantaron trofeo en señal de victoria en tierra firme de Sibota, y después de partidos ellos, los corcirenses recogieron sus náufragos y los muertos que el viento de la marea había la noche anterior lanzado a orillas de la mar, y que abordaban a tierra de todas partes; y asimismo levantaron trofeo en señal de victoria en la misma isla de Sibota, frontera de aquél de los corintios, pareciéndoles a cada cual de las partes pretender la victoria por esta vía: los corintios porque habían sido dueños de la mar hasta la noche, porque habían recogido muchos náufragos de los navíos hundidos y muchos muertos de los suyos, y tenían muchos prisioneros y cautivos de los contrarios, que en número pasaban de mil, y habían echado a fondo cerca de setenta naves de los enemigos, levantaron trofeo. Los corcirenses porque habían destrozado cerca de treinta naves de los enemigos; porque cuando los atenienses venían, ya ellos habían recogido sus náufragos y trozos de naves, y los muertos como los contrarios, y también porque el día anterior los corintios volvieron las proas y se retiraron cuando vieron venir de refresco las naves atenienses, y no osaron acometerlas a la salida de Sibota, levantaron igualmente trofeo.

De esta manera ambas partes se atribuían la victoria. Los corintios, a la vuelta, tomaron por engaño la villa y el puerto de Anactorio, que está a la boca del golfo de Ambracia, el cual era común de ellos y de los corcirenses; y puesta en él gente de guarnición de los corintios, volvieron a su tierra, donde, al llegar, vendieron por esclavos cerca de ochocientos prisioneros de los corcirenses, y detuvieron en prisiones con mucha guarda cerca de doscientos cincuenta, con esperanza de que por medio de éstos recobrarían la ciudad de Corcira, porque la mayor parte de los prisioneros eran de los principales de la ciudad.

Este fue el fin de la primera guerra entre los corintos y los corcirenses, después de la cual los corintios volvieron a sus casas como queda dicho.

VI

La guerra referida fue el primer fundamento y causa de la que después ocurrió entre los corintios y los atenienses, porque los atenienses habían promovido la guerra contra sus compañeros y aliados los corintios en favor de los corcirenses. Después sobrevinieron otras causas y diferencias entre los atenienses y peloponenses para hacerse guerra los unos a los otros, que fueron éstas. Los atenienses, sospechando que los corintios tramaban cómo vengarse de ellos, fueron a la ciudad de Potidea que está asentada en el estrecho de Palene, que es una de las colonias o poblaciones de los mismos corintios, y por esto sujeta y tributaria a ellos; mandaron a los moradores que derrocasen su muralla que caía a la parte de Palene; además, que les diesen rehenes para estar más seguros, que echasen de la ciudad los gobernadores y ministros de justicia que los corintios les enviaban cada año y que en adelante no los admitiesen; lo cual hacían por temer, que siendo solicitados los potideatas de Perdicas, hijo de Alejandro, rey de Macedonia, y también de los corintios, a su instancia se rebelasen contra ellos, y también rebelaran a sus compañeros y aliados que moraban en Tracia. Este acto de guerra hicieron los atenienses en Potidea después de la batalla naval de Corcira, porque los corintios claramente mostraban su enemistad a los atenienses, y también Perdicas, aunque antes era su amigo y aliado, se convirtió en enemigo por haber hecho los atenienses amistad y alianza con Filipo su hermano, y con Derdas, que de consuno le hacían guerra. Por temor de esta alianza Perdicas envió embajada a los lacedemonios, se confederó con ellos e hizo tanto que les indujo a que declarasen la guerra a los atenienses. Además se confederó con los corintios para atraer a su propósito a la ciudad de Potidea, y tuvo tratos e inteligencias con los calcideos que habitaban en Tracia, y también con los botieos para que se rebelasen contra los atenienses, pensando que con la ayuda de éstos (si podía ganar su amistad) fácilmente harían la guerra a los atenienses.

Sabiendo esto los de Atenas, y queriendo prevenir la rebelión de sus ciudadanos, enviaron a la tierra de éstos treinta barcos con mil hombres de guerra y por capitán a Arquéstrato, hijo de Licomedes, con otros diez capitanes, sus compañeros, mandando a los capitanes de las naves que tomasen rehenes de los potideatas, les derrocasen la muralla, y pusiesen buena guarda en las ciudades comarcanas para que no se rebelasen. Los potideatas enviaron su mensaje a los atenienses para ver si les podían persuadir que no intentasen novedad alguna, y por otra parte, enviaron a Lacedemonia juntamente con los corintios, para tratar con ellos que les diesen socorro y ayuda si la necesitasen. Pero cuando vieron que no podían alcanzar cosa buena de lo que les convenía de los atenienses, antes en su presencia enviaron las treinta naves a Macedonia contra Perdicas y contra ellos, confiados en la ayuda de los lacedemonios, los cuales prometieron que si los atenienses venían contra Potidea, ellos entrarían en tierra de Atenas, y viendo ocasión para ello, se rebelaron juntamente con los calcideos y botieos, aliándose contra los atenienses.

También Perdicas persuadió a los calcideos que dejasen las ciudades marítimas y las derrocasen, porque no se podían defender, y que se viniesen a habitar la ciudad de Olinto que estaba más dentro de la tierra, fortificaran esta sola, y a los demás que dejaban sus tierras les dio la ciudad de Migdonia, que está cerca del lago de Bolba, para que la habitaran mientras durase la guerra con los atenienses.

Cuando los que venían en las treinta naves de los atenienses llegaron a Tracia y entendieron que Potidea y las otras ciudades se habían levantado, pensando los capitanes que no serían bastantes las fuerzas y poder que tenían para hacer la guerra a Perdicas y a las otras ciudades que se habían rebelado, se dirigieron a Macedonia, donde primeramente habían sido enviados y allí se encontraron con Filipo y con su hermano Derdas, que descendían con su ejército de las montañas.

Entretanto los corintios, viendo rebelada la ciudad de Potidea, y que las naves de Atenas habían llegado a Macedonia, temiendo que les viniese algún mal a los de Potidea, que ya se habían declarado contra los atenienses, y sabiendo que ya el peligro era propio, enviaron para su defensa mil seiscientos hombres de a pie, armados de todas armas, así de los suyos aventureros, como de los otros peloponenses afiliados por sueldo, y cuatrocientos armados a la ligera, y por capitán de ellos a Aristeo, hijo de Adimanto, al cual voluntariamente se le habían unido muchos guerreros de Corinto por amistad y por que era muy querido de los potideatas. Estos llegaron a Tracia setenta días después de la rebelión de la ciudad de Potidea. Entre estas cosas supieron los atenienses que aquellas ciudades se les habían rebelado, y al saber esto y la gente que había ido con Aristeo de los contrarios, enviaron también ellos dos mil hombres de a pie, y cuarenta barcos, y por capitán a Calias hijo de Celiades, con otros cuatro compañeros, los cuales al llegar a Macedonia ha-llaron que los mil suyos primeramente enviados, habían ya tomado la ciudad de Termas, y tenían cercada a Pidna; y unidos a ellos mantuvieron el cerco, mas porque convenía ir a Potidea, sabiendo que ya Aristeo había llegado allí, viéronse obligados a hacer tratos y conciertos con Perdicas, partieron de Macedonia y vinieron al puerto de Beroa, e intentaron tomar la villa por mar, pero al ver que no podían salir con su empresa, volviéronse y caminaron por tierra derechos a Potidea, llevando consigo cerca de tres mil hombres de pelea, otros muchos de los aliados, más seiscientos de a caballo de los macedonios, que estaban con Filipo y Pausanias, y cerca de setenta barcos que iban costeando poco trecho delante de ellos. Al tercer día llegaron a la villa de Gigono, donde asentaron su campamento.

Los potideatas y los peloponenses que estaban con Aristeo esperando la venida de los atenienses, salieron de la ciudad y pusieron su real junto a Olinto, que está sobre el estrecho, y fuera de la ciudad hacían su mercado y todos de acuerdo eligieron por capitán de la gente de a pie a Aristeo, y de los de a caballo a Perdicas, que cuando volvió a rebelarse contra los atenienses, se pasó a los potideatas enviándoles gente de socorro, y por capitán a Yolao en su lugar. Aristeo era de opinión de esperar con el ejército que tenía en el estrecho a los atenienses si le acometiesen, y que los calcideos, con los otros compañeros de guerra y los doscientos caballos de Perdicas, se estuviesen quedos en Olinto, para que cuando los atenienses viniesen contra ellos, salieran de lado y por la espalda en su socorro, y cogieran en medio a los enemigos. Mas Calias, caudillo de los atenienses, y los otros capitanes sus compañeros, enviaron a los macedonios de a caballo, y algunos de a pie de los aliados, a la vuelta de Olinto para estorbar que los que estaban dentro de la ciudad saliesen a socorrer a los suyos, y luego ellos levantaron su campo y vinieron derechos a Potidea. Cuando llegaron al estrecho y vieron que los contrarios se disponían para la batalla, también ordenaron sus haces y a poco se encontraron unos con otros y tramaron muy ruda batalla, en la cual Aristeo y los corintios que con él estaban en una ala con los otros guerreros desbarataron un escuadrón de los enemigos que con ellos peleaba, y lo siguieron bien lejos al alcance. Empero la otra ala de los potideatas y de los peloponenses fue vencida por los atenienses y puesta en huida y seguida hasta la muralla. Volvía Aristeo de perseguir a los enemigos, cuando vio lo restante de su ejército vencido, y dudó a cuál de las dos partes acudiría en aquel peligro, a socorrer a Olinto o a Potidea. Al fin le pareció buen consejo recoger la gente que consigo traía y meterse de pronto en Potidea, porque era el lugar más cercano para retirarse, y por una punta de la mar que hería en los muros de la ciudad, entre unas rocas que había por reparos, se metieron con gran daño y peligro que recibían de las flechas y otros tiros de los contrarios, por lo cual algunos fueron muertos y heridos, aunque pocos, y los más entraron salvos.

Habían salido para venir a socorrer a Potidea los que estaban dentro de Olinto, porque como la ciudad estuviese asentada en alto, cerca de sesenta estadios apartada de Potidea, podíase ver bien a las claras desde ella el lugar de la batalla, y donde habían levantado las enseñas. Mas los caballos macedonios le salieron al encuentro para im-pedírselo. Cuando los de Olinto vieron que los atenienses habían alcanzado la victoria y levantado sus banderas, volvieron a meterse dentro de la ciudad, y los caballos macedonios se unieron a los atenienses.

Después de esta batalla los atenienses levantaron trofeo en señal de victoria, y entregaron a los potideatas sus muertos según derecho y costumbre. Fueron muertos de los potideatas y de sus compañeros y aliados, poco menos de trescientos; y de los atenienses ciento cincuenta, y entre ellos Calias su capitán.

Pasado esto, los atenienses hicieron un fuerte en la ciudad de Potidea en la parte del estrecho, y pusieron en él guarnición, mas no se atrevieron a pasar a la otra parte de la ciudad, hacia Palene, que confina con la ciudad de Potidea, aunque ésta no estaba cercada, ni fortalecida por aquella parte, porque no eran bastantes para mantener dos cercos y defender el estrecho, contra los que quisieran pasar de Palene, y temían que, si se repartían, les acometerían los de la ciudad por ambas partes. Sabido por los de Atenas que los suyos habían cercado a Potidea, empero que no habían fortalecido la parte de Palene, a los pocos días enviaron mil quinientos hombres armados de todas armas, y por capitán a Formión, hijo de Asopio, el cual partió de Afitis para venir hacia Palene por tierra, y fue poco a poco derecho a Potidea, robando y destruyendo por el camino los lugares. Como vio que ninguno le salía al encuentro para pelear, fortaleció a Palene, y así fue Potidea cercada por ambas partes y combatida fuertemente por mar y por tierra. Sitiada la ciudad y no viendo Aristeo ninguna esperanza de poderla salvar ni defender, si no le venía socorro del Peloponeso, o de otra parte, parecióle buen consejo, con algún buen viento, que podrían esperar en este medio, enviar toda su armada, con toda la gente que estaba dentro, y dejar allí solos quinientos hombres de guardia, de los cuales él quería ser uno, para que les bastasen las provisiones que tenían dentro y pudiesen sostener el cerco más tiempo. Mas como no pudiese persuadir a los suyos, salióse una noche sin ser sentido de las guardias atenienses, para dar orden en lo que era menester y proveer todo lo que fuera, y así partió para los calcideos, con cuya ayuda causó mucho daño en tierras de Atenas y entre otros males el de atacar la ciudad de Sermile, y poniendo una celada delante de ella, matar muchos de los ciudadanos que salieron contra él. Trató además con los peloponenses que enviasen socorro a Potidea. Entretanto Formión, después que hubo fortalecido la ciudad de Potidea por todas partes con los mil y seiscientos hombres de guerra que tenía, devastó la Calcídica y la Bótica y en ellas tomó muchos lugares.

Estas fueron las causas de las enemistades y guerras que ocurrieron entre los atenienses y peloponenses. Los corintios se quejaban de que los atenienses habían combatido la ciudad de Potidea, que era de su población, y habían maltratado a ellos y a los peloponenses que estaban dentro; y los atenienses de que los peloponenses habían hecho rebelar contra ellos a los potideatas que eran sus aliados y tributarios, y les habían dado socorro y ayuda contra ellos. No era todavía la guerra contra todos los peloponenses en general, pero ya se indicaba, y particularmente la hacían los corintios, los cuales, cuando estaba cercada la ciudad de Potidea, temiendo la pérdida de ella y de los suyos que estaban dentro, no cesaban de invitar a las otras ciudades sus compañeras y aliadas a que viniesen a Lacedemonia y se quejasen de los atenienses que habían roto la paz y alianza e injuriado a todos los confederados peloponenses. Los eginetas no osaban quejarse públicamente de los atenienses por el miedo que les tenían; empero secretamente excitaban la guerra contra ellos, diciendo que no podían gozar de su derecho, ni de su libertad como se les había prometido por el tratado de paz.

Los lacedemonios mandaron llamar a todos los confederados y aliados y a cualquiera que fuese injuriado por los atenienses o tuviese alguna queja de ellos, y que dijeran sus causas y razones públicamente, según era costumbre. Y como cada cual de los confederados saliese con sus quejas y acusaciones, los megarenses también alegaron muchos agravios que habían recibido de los atenienses, y entre otros, que les vedaban los puertos y los mercados públicos en todo el señorío de Atenas, lo cual era contra el tratado de paz y alianza. Después de todos vinieron los corintios, porque de industria habían dejado a los otros que se quejasen primero, y para encender más a los lacedemonios contra los atenienses, hicieron el razonamiento siguiente:

VII

«La fe y lealtad que guardáis en público y en particular entre vosotros, varones lacedemonios, es causa de que si nosotros alguna cosa decimos contra los otros, no nos creáis; y por la misma razón sucede que, siendo vosotros justos y modestos, y muy ajenos de haceros injuria unos a otros, usáis de imprudencia y poca cordura en los negocios de fuera, porque pensáis que todos son como vosotros virtuosos y buenos. Así pues, habiendo nosotros muchas veces dicho y predicado que los atenienses nos venían a oprimir y hacer mal y daño, jamás nos habéis querido creer, antes pensabais que os lo decíamos por causa de las diferencias y enemistades particulares que con ellos teníamos, y por esto no habéis llamado, ni juntado vuestros aliados y compañeros antes de que recibiésemos la injuria y daño pasado, sino ya después que la recibimos y fuimos ultrajados. Por tanto, conviene que en presencia de vuestros mismos confederados usemos de tantas más razones cuantas más quejas tenemos de los atenienses que nos han injuriado, y de vosotros que lo habéis disimulado y consentido sin hacer caso de ello.

»Y si no fuesen conocidos y manifiestos a todos, aquellos que hacen males e injurias a toda la Grecia, sería necesario que lo mostrásemos y enseñásemos a los que no lo saben. Mas ahora, ¿a qué hablar más de esto? Veis a los unos perdida su libertad y puestos en servidumbre por los atenienses, y a los otros espiados, forjándoles asechanzas, mayormente a aquellos que son vuestros aliados y confederados, a los cuales mucho tiempo antes han procurado atraer para poderse servir y aprovechar de ellos en tiempo de guerra contra nosotros si por ventura se la hiciéramos. Ciertamente no con otro fin nos tienen ahora tomada a Corcira por fuerza, y cercada la ciudad de Potidea, pues Corcira proveía a los peloponenses de muchos navíos, y Potidea era lugar muy a propósito para conservar la provincia de Tracia. La culpa de todo esto sin duda la tenéis vosotros, porque al principio, cuando se acabó la guerra de los medos, les permitisteis reparar su ciudad, y después ensancharla y aumentarla de gente, y fortificarla con grandes murallas y sucesivamente, desde aquel tiempo hasta el día presente, habéis sufrido que ellos hayan privado de su libertad y puesto en servidumbre, no solamente sus aliados y confederados, pero también a los nuestros. Aunque podemos decir con verdad que esto vosotros lo habéis hecho, pues se entiende que hace el mal quien lo permite hacer a otro, si lo puede impedir y estorbar buenamente, con mayor motivo vosotros, que os preciáis de ser defensores de la libertad de toda Grecia. Aún ahora, con gran pena, habéis querido juntarnos aquí en consejo, y ni aún queréis tener por ciertas las cosas que son a todos notorias y manifiestas, siendo más conveniente a vosotros pensar, cómo nos vengaréis de las injurias y agravios que nos han hecho, que no considerar y poner en consulta si hemos sido injuriados o no. Si los atenienses no hacen el mal de una vez, sino poco a poco, es porque piensan que así no lo sentiréis, y lo podrán hacer impunemente por la tardanza y descuido que ven en vosotros. Por eso se nos atreven; pero mucho más se atreverán cuando vieren que lo sentís y no hacéis caso.

»Ahora bien, lacedemonios; vosotros solos de todos los griegos estáis quietos, y en ocio, y en reposo, no queriendo vengar la violencia con la fuerza sino con tardanza; ni resistir la violencia de vuestros enemigos cuando comienzan y son sencillas, sino cuando ya están firmes y dobladas. Y diciendo que estáis seguros, tenéis más fuertes las palabras que las obras. Esta costumbre no la tenéis ahora de nuevo, pues bien sabemos que los medos que venían del fin del mundo entraron en el Peloponeso, antes que vosotros les salierais al encuentro como vuestra honra y dignidad requerían. Ahora no hacéis caso de los atenienses que no están lejos de vosotros como los medos, sino vecinos y cercanos. Y tenéis por mejor resistirles cuando os vengan a acometer que acometerles primero; poniéndoos en peligro de pelear con aquéllos cuando sean más fuertes y poderosos que eran antes; sabiendo de cierto que la victoria que alcanzamos contra aquellos bárbaros medos fue en gran parte por falta de ellos, a causa de su adversa fortuna, y asimismo que si los atenienses, en la guerra que tuvieron contra nosotros, fueron vencidos, antes fue por sus yerros que no por nuestra valentía. Y también os debéis acordar que muchos de los nuestros por confiar en vuestro favor y ayuda, fueron oprimidos y destruidos. No penséis que decimos esto por odio y enemistad que tengamos a los atenienses, sino antes por la queja que de vosotros tenemos; porque la queja es de amigos a amigos que no hacen su deber como amigos; y la acusación es de enemigos contra enemigos, cuando los han injuriado. Y ciertamente si algunos hay en el mundo que os puedan echar en cara no haberles ayudado ni defendido, y que con razón se puedan quejar de sus amigos y prójimos, nosotros somos; pues contendiendo sobre cosas de tanta importancia, ni parece que lo sentís, ni consideráis con qué gentes tengamos diferencias, es a saber, con los atenienses, que siempre fueron vuestros adversarios, amigos de novedades, muy agudos para inventar los medios de las cosas en su pensamiento, y más diligentes para ejecutar las ya pensadas y ponerlas en obra. Y en cuanto a lo que vosotros toca, estando contentos de conservar lo que tenéis de presente, no pensáis emprender cosa de nuevo. Y aun para poner en ejecución las cosas necesarias sois negligentes, por lo que ellos vienen a tener más osadía que sus fuerzas requieren; se exponen a más peligro que nadie puede pensar, y en las grandes y difíciles empresas tienen siempre buena esperanza.

»Mas vosotros tenéis menos corazón para emprender las cosas que fuerzas y poder para ejecutarlas. De aquí viene que en las empresas donde no hay peligro, desconfiáis de vuestros pareceres y ponéis dificultad, y pensáis que nunca habéis de salir de trabajos. Además ellos son diligentes contra vosotros; por el contrario, vosotros perezosos; ellos andan siempre peregrinando fuera de su tierra, vosotros os estáis sentados en vuestra casa; peregrinando ganan y adquieren riquezas con su ausencia, y vosotros si salís fuera de vuestra tierra, os parece que lo que dejáis en ella queda perdido. Ellos cuando han vencido a sus enemigos pasan adelante, y prosiguen la victoria, y cuando son vencidos no desmayan ni pierden un quilate de su corazón.

»En las cosas que tocan al bien de la república usan de sus propios pareceres y consejos, y aventuran sus cuerpos como si fuesen de los más extraños del mundo. Y si no salen con lo que emprendieron en su pensamiento, piensan que lo pierden de su propia hacienda. Todo lo que han adquirido por fuerzas de armas lo tienen en poco, en comparación de aquello que piensan adquirir. Si intentan alguna cosa y no salen con ella como esperaban, procuran reparar la pérdida con otra nueva ganancia. Ellos solos porque son diligentes ponen en obra lo que determinan. Y entre trabajos y peligros afanan toda la vida, sin gozar mucho tiempo de lo que han ganado, con codicia de adquirir más. Tienen por fiesta el día en que hacen aquello que les cumple, y por cierto que el descanso sin provecho es más dañoso a la persona, que el trabajo sin descanso. De manera que por abreviar razones, si alguno dijese que por su natural son de tal condición que ni reposan, ni dejan reposar a los otros, acertaría en lo que dijese. Teniendo una ciudad como ésta por vuestra contraria y enemiga, decid, varones lacedemonios, ¿por qué tardáis pensando que tales hombres estarán ociosos y quedos? No faltándoles recursos, no dejarán de emprender cualquier negocio. Cuando son injuriados resisten a sus contrarios sin dar a nadie ventaja. Así también vosotros obraréis con justicia e igualdad, si no hiciereis mal o daño a otro, ni permitiereis que otros os lo hagan, lo cual apenas podréis alcanzar teniendo por vecina a otra ciudad tan poderosa como la vuestra. Queréis ahora, según arriba declaramos, ejercitar las costumbres antiguas contra los atenienses, siendo necesario tener respeto a las cosas recientes y modernas como se usa en cualquier arte. Porque así como a la ciudad que tiene quietud y seguridad, le conviene no mudar las leyes y costumbres antiguas, así también a la ciudad que es apremiada y maltratada de otras, le cumple inventar e imaginar cosas nuevas para defenderse; y ésta es la causa porque los atenienses, a causa de la mucha experiencia que tienen, procuran siempre novedades.

»Por tanto, varones lacedemonios, dad fin a vuestra tardanza, y socorred a vuestros amigos y aliados, mayormente a los potideatas; entrad con toda brevedad en tierra de Atenas, no permitáis a vuestros amigos y parientes venir a manos de sus mortales enemigos, y que nosotros de pura desesperación vayamos a buscar otra amistad y compañía dejando la vuestra, en lo cual no haremos cosa injusta ni contra los dioses, por quien juramos, ni contra los hombres que nos escuchan. Porque no quebrantan la fe y alianza aquellos que por ser desamparados de los suyos se pasan a otros, antes la quebrantan los que no socorren ni ayudan a sus amigos y confederados. Y si nos diereis esta ayuda y socorro que estáis obligados a dar, perseveraremos en la fe y lealtad que os debemos, pues si hiciésemos lo contrario, seríamos malos y perversos, y no podríamos hallar otros más favorables que vosotros. Consultad sobre todo esto, celebrad vuestro consejo, y haced de manera que no se pueda decir de vosotros que regís y gobernáis la tierra del Peloponeso con menos honra y reputación que vuestros padres y antepasados os la entregaron».

De esta manera acabaron sus razonamientos los corintios.

VIII

Estaban a la sazón en Lacedemonia los embajadores de los atenienses que habían ido allí primero por otros negocios, y al oír la demanda de los corintios, parecióles que convenía a su honra defender su causa y hablar a los del Senado de Lacedemonia, no para responder a las querellas y acusaciones de los corintios contra los atenienses, sino por mostrar en general a los lacedemonios que no deberían tomar determinación sin que primero pensaran y consideraran bien la cosa: para darles a entender las fuerzas y poder de su ciudad, y por traer a la memoria a los ancianos lo que ya habían sabido y entendido, y a los mancebos aquello de que aún no tenían experiencia; pensando que cuando los lacedemonios hubiesen oído sus razones, se inclinarían más a la paz y sosiego, que no a comenzar la guerra. Por tanto, llegados ante el Senado dijeron que querían hablar en público, si les daban audiencia. Los lacedemonios les mandaron que entrasen, y los embajadores hablaron de esta manera:

«No hemos venido como embajadores, para tener contienda con nuestros amigos y aliados: antes como bien sabéis vosotros, varones lacedemonios, nuestra ciudad nos envió a tratar otros negocios de la república. Pero oyendo las grandes querellas de las otras ciudades contra la nuestra, nos presentamos a vuestra presencia, no para responder a sus demandas y acusaciones, pues vosotros no sois nuestros jueces, ni suyos, sino para que no deis crédito de plano a lo que os dicen contra nosotros, ni procedáis de ligero en asunto de tanta importancia a determinar otra cosa de lo que conviene. También porque os queremos dar cuenta y razón de nuestros hechos: que aquello que tenemos y poseemos al presente, lo hemos adquirido justamente y con derecho: y que asimismo nuestra ciudad es digna y merecedora de que se haga gran caso y estima de ella. No es menester aquí contaros los hechos antiguos, de que puede ser testigo la fama para los que los oyeron aunque no los viesen. Solamente hablaremos de lo que aconteció en la guerra de los medos: y lo que sabéis muy bien vosotros todos, que aunque sea molesto y enojoso repetirlo, es necesario decirlo. Y si lo que entonces hicimos con tanto daño nuestro, exponiéndonos a todo peligro, redundó en el provecho común de toda Grecia, de que también a vosotros cupo buena parte, ¿por qué hemos de ser privados de nuestra honra? Lo cual es bien que se diga, no tanto para responder a la acusación de éstos, y justificar nuestra intención cuanto para testificaros y mostraros claramente contra qué ciudad movéis contienda, si no usáis de buen consejo. Decimos, pues, en cuanto a lo primero que en la batalla de los campos en Maratón, solos nosotros pusimos en peligro nuestras vidas contra los bárbaros. Y cuando volvieron la segunda vez, no siendo bastantes nuestras fuerzas por tierra, los acometimos por mar, y los vencimos con nuestra armada junto a Salamina. Esta victoria les estorbó que pasasen adelante y destruyesen toda vuestra tierra del Peloponeso, pues las ciudades de ella no eran bastantes para defenderse contra tan gran armada como la suya. De esto puede dar buen testimonio el mismo rey de los bárbaros, que vencido por nosotros, y conociendo que no volvería a reunir tan gran poder, partió apresuradamente con la mayor parte de su ejército. Viéndose claramente en esto, que las fuerzas y el hecho de toda Grecia consistían en la armada naval: socorrimos con tres cosas, las más útiles y provechosas que podían ser, a saber, con gran número de naves, con un capitán sabio y valeroso, y con los ánimos osados y determinados de muy buenos soldados; porque teníamos cerca de cuatrocientos barcos que eran las dos terceras partes de la armada de Grecia, el capitán fue Temístocles, el principal autor del consejo de que la batalla se diese en lugar estrecho: y esto sin duda fue causa de la salvación de toda Grecia. Por eso vosotros le hicisteis más honra que a ninguno otro de los extranjeros que a vuestra tierra vinieron. El ánimo y corazón osado y determinado bien claramente lo mostramos, pues viendo que no teníamos socorro ninguno por tierra, y que los enemigos habían ganado y conquistado todas las otras gentes hasta llegar a nosotros, decidimos abandonar nuestra ciudad, y dejamos destruir nuestras casas y perder nuestras haciendas, no para desamparar a nuestros amigos y aliados, o para acudir a diversas partes (que haciéndolo así no les podíamos aprovechar en cosa alguna), sino para meternos en la mar y exponernos a todo riesgo y peligro, sin cuidarnos del enojo que teníamos con vosotros, y con razón, porque no habíais venido en nuestra ayuda antes. Por tanto, podemos decir con verdad, que tenemos bien merecido de vosotros por el bien que entonces os proporcionamos, lo que ahora pedimos. Porque vosotros estando en vuestras villas pobladas, teniendo vuestras casas y haciendas y vuestros hijos y mujeres, por temor de perderlos vinisteis en nuestro auxilio, no tanto por nuestra causa, cuanto por la vuestra, y después que os visteis en salvo, no os curasteis más de ayudarnos, mientras nosotros dejando nuestra ciudad, que ya no se parecía a la que antes era, por socorrer la vuestra, con alguna pequeña esperanza nos expusimos a peligro, y salvamos a vosotros y a nosotros juntamente. Pues de someternos al rey de los medos como hicieron en otras tierras, por temor de ser destruidos, o si después que dejamos nuestra ciudad no osáramos meternos en mar, sino que como gente ya perdida y sin remedio nos retiráramos a lugares seguros, no fuera menester (pues no teníamos los barcos necesarios), que les diéramos la batalla por mar, sino que consintiéramos a los enemigos que, sin pelear, hicieran lo que quisiesen.

»Así, pues, nos parece, varones lacedemonios, que por aquella nuestra animosidad y prudencia somos merecedores de tener el señorío que al presente poseemos: del cual no les debe pesar, ni deben tener envidia los griegos pues no le tomamos, ni ocupamos por fuerza ni tiranía, sino porque vosotros no osasteis esperar a los bárbaros enemigos, ni perseguirlos; y también porque nos vinieron a rogar nuestros amigos y aliados que fuésemos sus caudillos, y los amparásemos y defendiésemos.

»El mismo hecho nos obligó a conservar y acrecentar nuestro señorío desde entonces hasta ahora. Primeramente por el temor y después por nuestra honra; y al fin y a la postre por nuestro provecho. Así, pues, viendo la envidia que muchas gentes nos tienen, y que algunos de nuestros súbditos y aliados, que antes habíamos castigado, se han levantado y rebelado contra nosotros, y también que vosotros no os mostráis al presente tan amigos nuestros como antes, sino recelosos y muy diferentes, no nos parece atinado que ahora por aflojar de nuestro propósito, corriésemos peligro; porque aquéllos que se nos rebelaran, se pasarían a vosotros. Por tanto a todos les debe parecer bien, que cuando uno se ve en peligro, procure mirar por su provecho y salvación. Y aunque vosotros los lacedemonios regís y gobernáis a vuestro provecho las ciudades y villas que tenéis en toda la tierra del Peloponeso, si hubierais continuado en vuestro mando y señorío desde la guerra de los medos como nosotros, no pareceríais menos odiosos y pesados que nosotros lo parecemos a nuestros súbditos y aliados; y os veríais forzados a una de dos cosas, o a ser notados de muy ásperos y rigurosos en el mando y gobernación de vuestros súbditos, o a poner en peligro vuestro estado.

»Ninguna cosa hicimos de que os debáis maravillar ni menos ajena de la costumbre de los hombres, si aceptamos el mando y señorío que nos fue dado, y no le queremos dejar ahora por tres grandes causas que a ello nos mueven, es a saber, por la honra, por el temor, y por el provecho; además nosotros no fuimos los primeros en ejercerlo, que siempre fue y se vio que el menor obedezca al mayor, y el más flaco al más fuerte. Nosotros, por el consiguiente, somos dignos y merecedores de ello, y lo podemos hacer así, según nuestro parecer, y aun según el vuestro, si queréis medir el provecho con la justicia y la razón. Nadie antepuso jamás la razón al provecho de tal modo que, ofreciéndosele alguna buena ocasión de adquirir y poseer algo más por sus fuerzas, lo dejase. Y dignos de loa son aquellos que, usando de humanidad natural, son más justos y benignos en mandar y dominar a los que están en su poder, como nosotros hacemos. Por lo cual pensamos que si nuestro mando y señorío pasara a manos de otros, conocerían claramente los que de nosotros se quejan nuestra modestia y mansedumbre, aunque por esta nuestra bondad y humanidad antes se nos deshonra que se nos alaba, cosa ciertamente indigna y fuera de toda razón. Usamos las mismas leyes en las causas y contratos con nuestros súbditos y aliados, que con nosotros mismos; y porque litigamos con ellos, pudiendo ser jueces, nos tienen por revoltosos y amigos de pleitos. Ninguno de ellos considera que no hay gente en el mundo que más humana y benignamente trate a sus súbditos y aliados que nosotros, y no les censuran ser pleiteantes como a nosotros; porque siéndoles lícito usar de fuerza con ellos, no han menester procesos, ni litigios, ni contiendas. Pero nuestros aliados por estar acostumbrados a tratar con nosotros igualmente por justicia si los enojan en cosa alguna por pequeña que sea, de hecho o de palabra, por razón del señorío, donde a su parecer les quitan algo, no dan gracias porque no les quitaron más, cuando lo pudieran quitar de lo que no es suyo; antes les pesa tanto por lo poco que les falta, como si nunca les tratáramos conforme a derecho y justicia, sino claramente por avaricia y por robos. En tales casos no debían atreverse a murmurar ni a contradecirnos, pues no conviene que el inferior se desmande contra su superior.

»Vemos, pues, evidentemente, que los hombres más razón tienen de ensañarse cuando les hacen injuria que cuando les tratan por fuerza, porque al injuriarles se entiende que hay igualdad de justicia de ambas partes, más cuando interviene fuerza, bien se ve que hay superior que la hace por su voluntad. De aquí que nuestros súbditos cuando estaban sujetos a los medos sufrían con paciencia su yugo por duro que fuese, y ahora nuestro mando les parece más áspero, lo cual no es de maravillar, porque los súbditos siempre tienen por pesado cualquier yugo presente. Aun vosotros mismos si por ventura los hubierais vencido y dominado, el amor y bienquerencia que habríais adquirido de ellos, por miedo que os tuviesen lo convertirían en odio y malquerencia contra vosotros, sobre todo si observarais igual conducta que en aquel poco tiempo que fuisteis caudillos de los griegos en la guerra contra los medos, no aplicando vuestras leyes y costumbres a ninguna otra región; ni usando cualquier capitán vuestro que sale de su tierra las mismas costumbres que antes, ni las que usa el resto de Grecia.

»Tened, pues, varones lacedemonios, maduro consejo, y consultad muy bien primero estas cosas, que son de tanta importancia, no escojáis trabajo para vosotros por dar crédito de ligero a los pareceres y acusaciones de los otros. Antes de comenzar la guerra pensad cuán grande es y de cuanta importancia, y los daños y peligros que os pueden seguir, porque en una larga guerra hay muchas fortunas y azares de que al presente estamos libres unos y otros, y no sabemos cuál de las dos partes peligrará. Ciertamente los hombres muy codiciosos de declarar la guerra, hacen primero lo que deberían hacer a la postre, trastornando el orden de la razón, porque comienzan por la ejecución y por la fuerza, que ha de ser lo último y posterior a haberlo muy bien pensado y considerado; y cuando les sobreviene algún desastre se acogen a la razón. Ni estamos en este caso ni os vemos en él. Por tanto, os decimos y amonestamos, que mientras la elección del buen consejo está en vuestra mano y en la nuestra, no rompáis las alianzas y confederaciones, ni traspaséis los juramentos, antes averigüemos y determinemos nuestras diferencias por justicia, según el tratado y convención que hay entre nosotros. De otra manera tomamos a los dioses, por quien juramos, por testigos, que trabajaremos, y procuraremos vengarnos de los que comenzaren la guerra, y fueren autores de ella».

Con esto los atenienses acabaron su discurso.

IX

Cuando los lacedemonios oyeron las querellas de sus aliados, los corintios contra los atenienses, y las razones y disculpas de éstos, mandáronles salir fuera del Senado, y consultaron entre sí mismos lo que deberían proveer al presente. Muchos fueron de parecer que los atenienses habían sido los culpables, injuriando a la otra parte y que por eso les debían declarar la guerra sin más tardanza. Entonces el rey Arquidamo, reputado por hombre muy sabio y prudente, se levantó y habló de esta manera:

«Tengo práctica y experiencia de muchas guerras, varones lacedemonios, y veo que algunos de vosotros contáis tal edad que podéis haber estado en ellas, de lo cual deduzco que ninguno por no ser práctico y por poco saber codicie la guerra, como sucede a muchos por no haberla experimentado, ni mucho menos la tenéis por buena ni por segura. Pero si alguno quisiere pensar y considerar con razón y prudencia esta guerra, sobre que vosotros consultáis al presente, hallará que no es de pequeña importancia. Contra los peloponenses y contra las otras gentes vecinas y comarcanas de nuestra ciudad, nuestras fuerzas serían iguales a las suyas, y bastantes para que pronto pudiésemos salir a hacerles guerra; pero contra hombres que habitan en tierras lejanas, muy diestros y experimentados en la mar, y muy provistos y abastecidos de todas las cosas necesarias, es decir, de bienes y riquezas en común y en particular, barcos, caballos, armas y gente de guerra más que en ningún otro lugar de toda Grecia, y además de muchos amigos y aliados que tienen por súbditos y tributarios ¿cómo o por qué vía debemos tomar la guerra contra ellos, o con qué confianza, viéndonos desprovistos de todas las cosas necesarias para acometerles pronto? ¿Por ventura les atacaremos por mar? Ellos tienen muchos más barcos que nosotros, y para aprestar armada contra ellos, es menester tiempo. ¿Por ventura con dinero? En esto su ventaja es mayor, porque ni los tenemos en común, ni medio para poderlo haber de los particulares.

»Si alguno dice que en armas y en multitud de gente les llevamos ventaja, para que, entrando en su tierra, les podamos hacer mal, a esto respondo que tienen otra mayor tierra que la suya, la cual dominan, y que por mar podrán traer todas las cosas necesarias. Si intentamos ha-cer que sus súbditos y aliados se les rebelen, será menester socorrer a éstos rebeldes con naves, porque la mayor parte habitan en islas. Luego ¿qué guerra será la nuestra? Que si no les sobrepujamos en armada o no les quitamos las rentas con que entretienen y mantienen la suya, más daño haremos a nosotros que a ellos con la guerra. Cuanto más que, tampoco nos será honroso apartarnos de ella entonces, habiendo sido los primeros en empezarla. Ni tengamos esperanzas que se acabará pronto, habiéndoles destruido y talado sus tierras; porque por esto mismo debemos temer que la dejaremos mayor para adelante a nuestro hijos y descendientes, que no es de creer que los atenienses son de tan poco ánimo que por ver su tierra destruida se rindan a nosotros o se espanten de la guerra como hombres poco experimentados.

»Ni tampoco soy tan simple que os mande y aconseje que dejéis maltratar y ultrajar a vuestros amigos y aliados, y que no curéis de castigar a aquellos que os traman asechanzas y traiciones. Solamente digo que no toméis en seguida las armas, y que enviéis primero a ellos vuestras quejas y agravios para que os desagravien conforme a razón, no declarándoles de pronto la guerra, sino mostrándoles que no sufriréis injurias, y que antes acudiréis a la guerra que permitirlas. Y entretanto, tendréis tiempo de preparar las cosas y de reunir nuestros amigos y aliados, así griegos como bárbaros, los que pudieren ayudarnos con barcos o con dinero; pues a la verdad es lícito a todos aquellos que son ultrajados por asechanzas y traiciones, como lo somos nosotros de los atenienses, tomar en su amistad y alianza, no solamente a los griegos, sino también a los bárbaros, para que les ayuden a guardar y conservar su estado; y por este medio podremos ejercitar nuestra gente y proveernos de vituallas y otras cosas necesarias.

»Si quisieren oír nuestra demanda, harto bien será, y si no, habrán ya pasado en estos negocios dos o tres años, y en este espacio de tiempo estando nosotros más apercibidos les podremos hacer la guerra mucho mejor y con menor peligro. Cuando vieren que nuestros aprestos de guerra se acomodan a las razones que les damos y que son bastante para poner en ejecución lo que de palabra les exponemos, se inclinarán más a otorgar nuestra demanda, teniendo aún salva su tierra, y viendo que las cosas que de presente poseen no están robadas ni destruidas por sus enemigos. Ni debéis pensar que estando sus tierras salvas, bajo su poder y entre sus manos, las tenéis tan ciertas como si las tuvieseis en rehenes, y tanto más ciertas cuanto estuvieren mejor labradas, pues por esta razón nos debemos guardar más de destruirlas, para que no desesperen y acometan por donde nunca pueden ser vencidos. Si ahora, estando desapercibidos como estamos, queremos destruir sus tierras solamente por inducirnos nuestros amigos y aliados los peloponenses y por satisfacer su apetito y querellas, es de temer que antes les hagamos más mal que bien a los mismos peloponenses, y que en adelante redunde en su daño y deshonra; porque las diferencias y querellas, ora sean públicas, ora particulares, se pueden componer y apaciguar, mas la guerra que una vez comenzáremos todos en general por causa de algunos particulares, no se sabe en qué ha de parar, ni si fácilmente la podremos dejar con honra. Si le pareciere a alguno ser cobardía que muchas ciudades juntas no osen acometer de pronto a una sola, sepa que los atenienses también tienen sus amigos y aliados no menos que nosotros, y aun tributarios, que les proveen de dinero, lo que no hacen los nuestros. La guerra consiste no solamente en las armas, sino también en el dinero, por medio del cual las armas pueden ser útiles y muy provechosas; que si no hay dinero para los gastos por demás son las gentes de guerra y las armas, no habiendo con qué entretenerlas y sustentarlas, mayormente hombres mediterráneos de tierra firme, como somos nosotros, contra los de mar. Conviene, pues, ante todas cosas que nos proveamos de lo necesario para los gastos, y no nos movamos de ligero por las palabras de nuestros aliados y compañeros; pues, a la verdad, así como el bien o mal que nos viniere en su mayor parte se nos atribuirá antes que a ellos, así también debemos considerar despacio el fin que podrán tener las cosas. Y no debéis tener vergüenza ninguna por la tardanza y dilación de que nos acusan, porque si os apresuráis a comenzar la guerra antes que estéis apercibidos para ella, tener por cierto que la acabaréis más tarde. Nuestra ciudad ha sido siempre tenida y estimada de todos por gloriosa, franca y muy libre, y esta dilación y tardanza se nos atribuirá a prudencia y constancia, por las cuales sólo nosotros, entre todas las naciones, ni nos ensoberbecemos con la prosperidad, ni con la adversidad desmayamos. Ni hinchados con el deleite de vanagloria por las loas de otros nos movemos de ligero a emprender cosas difíciles, ni tampoco porque alguno nos acuse con saña seremos inducidos a pesar ni tristeza, sino que mediante nuestra modestia y templanza somos belicosos, y cuerdos, y avisados. Belicosos, porque de la modestia nace la vergüenza y el temor de la honra, y de esta nace la magnanimidad; cuerdos y avisados, porque desde nuestra niñez fuimos enseñados a serlo; que de necios es menospreciar las leyes, y de cuerdos obedecerlas, aunque traigan dificultad y aspereza consigo.

» Además, no nos desvelamos como otros por cosas de poco provecho, es a saber, por grandes arengas y palabras atildadas para vituperar y denostar las fuerzas y aparatos de guerra de los enemigos, y persuadir que se comience la guerra pronto, como si no hubiese en esto más que hacer; antes cuidamos de que los pensamientos de nuestros vecinos están muy cercanos de los nuestros; que los casos y fortunas de guerra no dependen de lindas palabras. Por tanto, siempre nos aprestamos con obras más que con palabras contra nuestros adversarios, como contra aquellos que están bien provistos de consejo; y no tengamos nuestra esperanza en que por sus yerros han de valer nuestras cosas, antes presumamos que ellos podrán también y tan seguramente proveer sus negocios como nosotros los nuestros. Ni tampoco debemos pensar que hay gran diferencia de un hombre a otro, sino que es más sabio y discreto aquel que muestra su saber en tiempo de necesidad. Así, pues, varones lacedemonios, guardad esta forma de vivir que os enseñaron vuestros mayores y antepasados, pues siguiéndola siempre fuimos aprovechando de bien en mejor. Y no os dejéis persuadir de que en un momento debáis consultar y determinar de las vidas y haciendas de muchos, y de la honra y gloria de muchas ciudades; antes al contrario, tratemos despacio de aquello que no es lícito tratar más que a todos por nuestras fuerzas y poder. Enviad vuestra embajada a los atenienses sobre lo que demandan los potideatas, haciéndoles declarar estas querellas e injurias que pretenden los otros aliados, tanto más que ellos ofrecen acudir a juicio, y los que esto prometen están en su derecho, no pudiendo ir contra ellos como contra culpados. Entretanto, preparad lo necesario para la guerra. Haciéndolo así usaréis de buen consejo, y a la vez pondréis temor y espanto a vuestros enemigos».

X

Con esto acabó Arquidamo su razonamiento, y después de hablar otros muchos se levantó el último de todos Esteneledas, uno de los éforos, y habló a los lacedemonios de esta manera:

«Verdaderamente, varones lacedemonios, yo no puedo entender lo que quieren decir los atenienses en las muchas y largas razones que aquí han expuesto, pues no han hecho otra cosa sino alabarse y engrandecerse, y publicar sus hazañas, sin dar excusa alguna de las injurias y ultrajes que han hecho a nuestros amigos y aliados, y a toda la tierra del Peloponeso. Pues si ellos fueron algún tiempo buenos contra los medos como dicen, y ahora son malos con nosotros, dignos son de doblada pena, porque de buenos se han vuelto malos. Por lo que a nosotros toca, y también a aquellos que son como nosotros, ciertamente somos ahora como fuimos entonces, y por esto, si somos cuerdos, no debemos permitir que nuestros amigos y aliados sean los injuriados ni ultrajados, sino aumentar su número, ayudarles y socorrerles sin dilación alguna, pues tampoco la tienen los otros en hacerles mal y daño. Y si los otros tienen más dinero, más barcos, y más caballos que nosotros, nosotros tenemos buenos y esforzados amigos y compañeros, y tales que no merecen ser desamparados y dejados en manos y poder de los atenienses; ni esperemos a determinar sus causas y querellas por pleitos ni por palabras, pues han sido injuriados por obras, debiéndoles vengar pronto y con todas nuestras fuerzas. No es menester que ninguno nos enseñe lo que debemos consultar y determinar en este caso, pues nosotros somos los injuriados. Los que deben gastar tiempo en largas consultas son quienes quieren injuriar y ultrajar a los otros. Por tanto, varones lacedemonios, determinad por vuestros votos como acostumbráis, y declarad la guerra a los atenienses según conviene a la dignidad y reputación de vuestra tierra de Esparta, no dejando que los atenienses crezcan y se hagan mayores en fuerzas, ni desamparando a vuestros amigos y aliados; antes con la ayuda de los dioses tomemos las armas y vamos contra aquéllos, que nos han injuriado».

Cuando Esteneledas acabó su discurso, propuso la votación por ser éforo, al consejo de los lacedemonios, donde se acercaban los más, y había más voces, porque la costumbre de los lacedemonios es votar en alta voz. Siendo grande el clamor y vocear entre ellos por la diversidad de pareceres, dijo que no podía entender a cual parte se inclinaban las más voces y el mayor clamor. Y queriendo que más claramente mostrasen su parecer, por animarles más a la guerra, habló así:

«Los que de vosotros, lacedemonios, fueren de opinión y declararen que los tratados han sido rotos, y que los atenienses nos han hecho injuria, levántense, y pasen a aquella parte (mostrándoles con el dedo un lugar señalado en el Senado), y los que fueren de contraria opinión, pasen a la otra». Todos se levantaron y se repartieron en los dos lugares; y fueron hallados muchos más en número los que eran de parecer que los tratados habían sido rotos y que debían declarar la guerra, que los otros. Esto así hecho, los lacedemonios mandaron llamar a los amigos y aliados, y dijéronles que eran de parecer que los atenienses habían hecho la injuria, pero que querían también tener el voto de todos los compañeros y aliados, para que de común acuerdo y parecer de todos se hiciese la guerra. Y acabado esto, los aliados y compañeros volvieron a sus casas para consultarlo con sus ciudades, y lo mismo hicieron los embajadores de los atenienses, después que tuvieron respuesta del Senado de aquello para que fueron enviados.

Este decreto del consejo de los lacedemonios, en que se declaró el tratado roto, fue hecho y publicado el año catorce después de pactadas las treguas que se hicieron por treinta años, acabada la guerra de Eubea. Impulsó a los lacedemonios a hacer este decreto, no tanto el influjo de los aliados y compañeros, cuanto el temor de que los atenienses creciesen en fuerzas y poder, viendo que la mayor parte de Grecia estaba ya sujeta a ellos. Porque los atenienses acrecentaron su poder de la manera siguiente:

XI

Después que los medos partieron de Europa, vencidos por mar y tierra por los griegos, y después que aquellos que se escaparon por mar fueron muertos y destrozados junto a Mícala, Leotíquidas, rey de los lacedemonios, que era caudillo de los griegos en aquella jornada de Mícala volvió a su casa con los griegos del Peloponeso que iban a sus órdenes. Mas los atenientes con los de Jonia y los del Helesponto, que ya se habían rebelado y apartado del rey, se quedaron atrás y cercaron la ciudad de Sesto, que tenían en su poder los medos, quienes la abandonaron, tomándola los atenienses e invernando en ella.

Pasado el invierno, los atenienses partieron, navegando desde el estrecho mar del Helesponto, ya que los bárbaros medos habían salido de aquella tierra, y vinieron derechamente a las ciudades, donde habían dejado sus hijos y mujeres y bienes muebles en guarda al comienzo de la guerra, y con ellos regresaron a la ciudad de Atenas, la reedificaron y repararon los muros que estaban casi todos derribados y arruinados, y lo mismo las casas que también estaban caídas las más, excepto algunas pocas que los principales de los bárbaros persas habían dejado enteras para alojarse en ellas.

Sabido esto por los lacedemonios, determinaron enviarles sus embajadores para impedírselo, así porque sufrían mal que ellos ni otros ningunos griegos tuviesen sus villas y ciudades cercadas de muros, como a instancia y por instigación de los aliados y compañeros, que también les pesaba esto, porque temían el poder de los atenienses, viendo que tenían más número de barcos que al comienzo de la guerra de los medos y también porque después de esta guerra habían cobrado más ánimo y osadía que antes.

Los embajadores de los lacedemonios les exigieron que no reparasen sus muros, sino que mandasen derribar todos los de las otras villas, que estaban fuera de tierra del Peloponeso, y habían quedado sanos y enteros. Mas no les declararon la causa que les movía a esta exigencia, antes les dijeron que lo hacían por temor de que si reparaban sus muros y los bárbaros volvían, tendrían estos grandes fuerzas y guardas, desde donde seguros pudiesen hacerles guerra, como les hacían al presente desde la ciudad de Tebas, que ellos tenían fortalecida. Porque el Peloponeso era una guarida y defensa bastante para todos los griegos para que desde allí pudiesen salir sin peligro contra los enemigos. Cuando los atenienses oyeron la embajada de los lacedemonios, respondiéronles que ellos enviarían en breve sus embajadores a Lacedemonia para darles satisfacción; y con esto los despidieron por consejo de Temístocles, el cual quiso que le enviaran a él mismo a Lacedemonia, y tras él enviasen otros embajadores sus compañeros, los cuales se detuviesen en la ciudad hasta tanto que levantasen sus murallas tan altas que fuesen bastantes para que desde ellas pudiesen pelear y defenderse de sus enemigos caso necesario; y para esta obra hicieron trabajar a todos los del pueblo, así hombres como mujeres, grandes y pequeños, tomando la piedra y los otros materiales de los edificios donde la hallaba más a mano, ora fuesen públicos, ora de particulares. Y cuando les hubo enseñado esto, y aconsejado otras cosas que tenían intención de hacer allí, partió para Lacedemonia, y al llegar a la ciudad estuvo muchos días sin presentarse al Senado, alegando excusas y achaques. Si alguno de los que tenían cargos le encontraba por la calle y le preguntaba por qué no entraba en el Senado, decíale que esperaba a los otros embajadores sus compañeros, que pensaba que debían estar ocupados en alguna cosa, y creía que vendrían pronto, maravillándose mucho de que no hubiesen llegado ya; cuantos le oían hablar así, daban crédito a Temístocles por la amistad que con él tenían. Llegaban entretanto diariamente a la ciudad de Lacedemonia algunas gentes que venían de Atenas, y decían cómo se labraban los muros de la ciudad, y que ya estaban muy altos, siendo preciso creerles. Temístocles vio que ya no podría disimularlo más, y rogóles que no creyeran las palabras que oían, sino que enviasen algunos de los suyos, hombres de fe y crédito, que lo viesen por sí mismos e hiciesen verdadera relación de lo que pasaba. Así lo hi-cieron.

Por otra parte, Temístocles envió secretamente aviso a los atenienses que detuviesen a los que enviaban los lacedemonios y no los dejasen partir hasta que él volviera. Entretanto llegaron a Lacedemonia los otros embajadores sus compañeros, que eran Abronico, hijo de Lisicles y Arístides, hijo de Lisímaco, los cuales le dijeron que ya las murallas de Atenas estaban bien altas, y en términos que se podían defender. Temían que cuando los lacedemonios supiesen la verdad de lo ocurrido, no les dejasen partir. Y como los atenienses detuviesen a los mensajeros enviados por los lacedemonios, según les aconsejó Temístocles, éste fue derecho al Senado de los lacedemonios, y les dijo claramente que ya su ciudad estaba tan bien fortalecida de muros, que era bastante para guardar a los moradores; y que si los lacedemonios o sus aliados querían en adelante enviar embajadores a Atenas verían a gentes que sabían y entendían lo que cumplía así a ellos como a su república; que cuando les pareciese ser mejor dejar la ciudad y entrar en las naves, mostrarían tener corazón y osadía para ello sin tomar consejo de otro. Y, por tanto, en todos los otros negocios que requiriesen consejo, no tenían necesidad del parecer ajeno. Que por ahora les convenía que su ciudad estuviese bien cercada de murallas, así por el bien de todos los ciudadanos, como por el provecho de todos los compañeros y aliados, porque era imposible que aquellos, cuya ciudad no estaba tan abastecida de fuerzas como las otras para hacer resistencia al enemigo, pudiese igualmente consultar y determinar en las cosas del bien público. Por tanto, que era necesario, o que todas las ciudades de los compañeros y confederados estuviesen sin muros, o que los lacedemonios confesasen que las murallas de Atenas habían sido bien hechas y conforme a razón.

Cuando los lacedemonios oyeron éstas razones no mostraron señal manifiesta de ira contra los atenienses, cuanto más que ellos no habían enviado sus embajadores a Atenas para estorbarles claramente que alzasen sus muros, sino para que consultasen primero sobre ello, y se adoptase el común parecer, porque los tenían por amigos, sobre todo después de la ayuda que les dieron contra los medos. Pero al fin les pesaba en secreto haber sido engañados.

Volvieron, pues, a sus casas los embajadores de ambas ciudades, sin echarse culpa alguna. Y de esta manera circundaron los atenienses su ciudad de muros en breve tiempo, los cuales bien parecen haber sido hechos con gran prisa, pues los cimientos y fundamentos son de diversa clase de piedras; en algunos lugares no están sentadas igualmente, sino como acaso las hallaban, y muchas de ellas parecen traídas de sepulturas y monumentos. El circuito de la muralla es mucho mayor que la proporción de la ciudad, por lo cual tomaban materiales de todas partes. Persuadió Temístocles además a los atenienses de que acabasen la cerca de Pireo que tenían comenzada desde el año que él fuera gobernador de la ciudad, diciendo que aquel lugar era muy a propósito por tener en sí tres puertos naturales; y que juntamente con esto, aprendiendo los ciudadanos la práctica de la navegación, se hacían más poderosos por mar y por tierra. Por esta causa fue el primero que osó decir que podían apoderarse de la mar, y que la debían dominar. Así lo comenzó a mandar, y por su consejo se hizo el lienzo de la muralla que cerca a Pireo, tal cual le vemos, tan fuerte y tan ancho, que pueden pasar dos carros cargados de piedra por dentro; y ni tiene cal ni arena, sino muy grandes piedras trabadas por de fuera con hierro plomado. No llegó a levantarse más que la mitad de la altura que él había ordenado, la cual era tal que, acabada, corto número de hombres, sin ser experimentados en guerras, la pudieran defender de numerosa armada; y los otros servir para entrar en las naves y combatir por mar. Sus proyectos referíanse principalmente a las cosas de mar, porque entendía a mi parecer que si los medos volvían a hacer la guerra a la Grecia, vendrían más pronto y tendrían más fácil la entrada por mar que por tierra. Por tanto pensaba que era más conveniente tener fortificado el puerto de Pireo, que la ciudad alta y muchas veces aconsejaba a los atenienses que si fuesen apremiados por tierra, se metiesen en este puerto, y por mar resistiesen a todos.

De esta manera los atenienses fortificaron su ciudad y su puerto con nuevos muros después de la partida de los medos.

Poco tiempo después el lacedemonio Pausanias, hijo de Cleómbroto, y capitán de los griegos, partió del Peloponeso con grandes barcos, y con él fueron otras treinta naves de los atenienses, sin contar otras muchas de los compañeros y aliados, y todos juntos entraron por tierra de Chipre, donde tomaron muchas villas y ciudades. Desde allí se dirigieron a Bizancio, ciudad que poseían aún los medos, y la cercaron y tomaron por fuerza llevando por capitán al mismo Pausanias. Mas porque éste se mostraba altivo y áspero para con los compañeros y aliados, todos los otros griegos, y principalmente los jonios y aquellos que nuevamente habían sido libertados del poder de los medos, les pesaba en gran manera ir con él, y no le podían sufrir. Rogaron a los atenienses que fuesen sus caudillos, pues eran sus deudos, y no permitiesen que Pausanias les maltratase. Los atenienses escucharon estas razones de buen grado, y aguardaban ocasión y oportunidad para poderlo hacer más a salvo.

En esto los lacedemonios mandaron llamar a Pausanias para que diese razón de lo que le acusaban: porque todos los griegos que venían se quejaban de su injusticia, diciendo que se mostraba más bien tirano que caudillo. Llamado Pausanias, los otros griegos, confederados, por el odio que le tenían, se sometieron a los atenienses para que los dirigiesen, excepto los del Peloponeso. Llegó Pausanias a Lacedemonia, fue corregido y convencido de algunos delitos contra particulares; pero al fin le absolvieron de los públicos y más grandes crímenes, porque le acusaban de haber tenido tratos con los medos, y esto se lo probaron manifiestamente, por lo cual no le devolvieron el mando, sino que en su lugar enviaron a Dorcis y algunos otros capitanes con pequeño ejército, que al llegar al campamento y ver la gente de guerra que Dorcis no les mandaban a su gusto, se fueron y le dejaron. Los lacedemonios no quisieron enviarles más capitanes, temiendo que fuesen peores que los primeros, según lo habían experimentado en Pausanias. Además deseaban verse libres de aquella guerra contra los medos, y dejar el cargo a los atenienses que les parecían bastantes para ser sus caudillos y amigos en aquel tiempo.

Al tomar los atenienses el mando de los griegos, con voluntad de los compañeros y aliados, por el odio que tenían a Pausanias, impusieron a cada una de las ciudades confederadas cierto tributo de barcos y dinero para la guerra, so color de los gastos que habían hecho en ella. Entonces crearon por vez primera tesoreros y receptores para cobrar y recibir el dinero. Este fue el primer tributo pedido a Grecia que sumó cuatrocientos sesenta talentos.

La guarda del tesoro estaba en la isla de Delos, en el templo de Ártemis, donde hacían sus sínodos y ayuntamientos los confederados y aliados. Allí elegían al principio sus caudillos y capitanes que obedecían sus leyes y eran llamados y consultados en los negocios de guerra.

XII

Este grado de mando y autoridad sobre los griegos lograron los atenienses con ocasión de la guerra de los medos, y por el deseo que tenían de emprender cosas grandes. Mas después de aquella guerra hasta la presente, realizaron famosos hechos, así contra los bárbaros, como contra aquellos aliados y confederados que querían hacer novedades, y contra los peloponenses, que les contradecían y estorbaban a cada paso.

Refiero todo esto saliendo fuera de mi propósito, por-que todos los historiadores que antes de mí escribieron, han dejado de contarlo, haciendo solamente mención de las cosas que pasaron antes de la guerra de los medos, o en ella. Helánico dice algo en su historia de Atenas, brevemente, sin distinguir los tiempos por su orden. Así, pues, parecióme cosa conveniente poner aquí este relato y por él se podrá saber y entender de qué manera fue fundado y establecido el imperio y señorío de los atenienses.

Primeramente, siendo su capitán Cimón, hijo de Milcíades, tomaron y saquearon la ciudad de Eión, que está asentada en la ribera del Estrimón, y que poseían los medos. Después tomaron y sometieron la isla de Esciro, en el mar Egeo, de donde expulsaron a los dólopes que la poseían, y la poblaron con gente suya. Después hicieron guerra a los corintios, y a otros de la isla Eubea, que andando el tiempo se la dieron por tratos; y tras éstos a los naxios que se les habían rebelado, y que conquistados por fuerza fueron los primeros de las ciudades confederadas que los atenienses redujeron a servidumbre contra el tenor y forma de la alianza. Lo semejante hicieron después con otras ciudades que también se rebelaron. A esto dieron causa muchas de aquellas gentes por no entregar algunas veces el número de navíos que les pedían o no pagar el tributo que les habían impuesto, o ausentarse de la armada sin licencia, y por esto los atenienses los obligaban a ello y los castigaban muy rigurosamente, agraviándose ellos en gran manera, por no estar acostumbrados a esta sujeción, y también porque veían que los atenienses se hacían más señores, y usaban de más autoridad que habían acostumbrado, no haciéndose la guerra por igual de ambas partes, porque los atenienses tenían el mando y poder para obligar y compeler a aquellos que faltasen en algo. Los mismos obligados tenían la culpa de ello, pues por pereza de ir a la guerra o por no dejar sus casas, algunos concertaban dar dinero en lugar de los navíos que debían dar, y así el poder de los atenienses se aumentaba por mar, y ellos quedaban totalmente faltos y despojados de navíos, de suerte que cuando después se querían rebelar, se hallaban desprovistos de todas cosas y no podían resistir.

Después de esto, los atenienses y sus confederados hicieron la guerra contra los medos, y en un día alcanzaron dos victorias, una por tierra junto a la ribera del Eurimedonte, que está en la región de Panfilia, y otra por mar allí cerca, llevando por su capitán a Cimón. En la cual batalla naval fueron, o tomadas o desbaratadas, todas las naves y galeras de los fenicios en número de doscientas. Poco tiempo después, los tasios se rebelaron contra los atenienses porque los tasios hacían la feria de sus mercaderías y principalmente del metal, en tierra de Tracia, que estaba de la otra parte del mar, frente a la suya. Los atenienses enviaron contra ellos su armada, que desbarató la de los tasios, y después salieron a tierra y cercaron la ciudad. En este mismo tiempo enviaron los atenienses diez mil moradores, así de sus ciudadanos como de los aliados y confederados, a tierra de Estrimón para poblar de su gente la villa que entonces era llamada Nueve Caminos, y al presente se nombra Anfípolis, lanzando de ella a los edonios que la poseían. Mas después de entrar los atenienses más adelante por tierra en la región de Tracia, fueron muertos y desbaratados junto a Dravisco por los tracios, moradores de la tierra, en venganza de que la ciudad de Nueve Caminos fuese tomada y maltratada. Entretanto los tasios, que fueron vencidos por mar y estaban cercados de los atenienses, según he dicho, enviaron a pedir ayuda a los lacedemonios, rogándoles que entrasen en tierra de los atenienses para obligarles a levantar el cerco, e ir a socorrerla. Lo prometieron los lacedemonios y de hecho lo hubieran cumplido, a no ser por un terremoto que sobrevino en su tierra, no osando por ello emprender aquella guerra.

También sucedió en este tiempo que todos los esclavos de los lacedemonios que estaban en tierra de Turiales y de Esquea, huyeron a Itoma. Estos esclavos descendían por la mayor parte de los antiguos mesenios, llevados en cautividad, y por esto a todos se les llamaba mesenios. Los lacedemonios comenzaron la guerra contra los de Itoma, y ésta les impidió socorrer a los tasios, que después de haber estado mucho tiempo cercados, al cabo de tres años se entregaron a merced de los atenienses, quienes les derrocaron las cercas y murallas de su ciudad, les quitaron todos sus navíos, y les hicieron pagar cuanto pudieron sacarles por entonces, imponiéndoles para lo venidero grandes tributos. A este precio les dejaron su tierra y las minas de metales que tenían en sus montañas. Durante este tiempo los lacedemonios, viendo que la guerra que habían comenzado contra los de Itoma iba muy a la larga, pidieron a todos sus amigos y aliados ayuda, y entre otros a los atenienses, porque les parecían más expertos que otros en combatir muros y fuerzas, y que con su ayuda podrían tomar la villa que tanto tiempo habían tenido cercada, como a la verdad hubieran hecho, porque los atenienses les enviaron ejército, y por capitán a Cimón, sino fuera porque los lacedemonios sospecharon de ellos, sospecha que ocasionó después la discordia y diferencia manifiesta entre ellos. Viendo los lacedemonios que la villa no se tomaba por fuerza, comenzaron a recelar de los atenienses y de su afición a emprender cosas nuevas. Dijéronles, temiendo que los de la villa tuviesen algunos tratos o inteligencia con ellos, que ya por entonces no tenían más necesidad de su ayuda, y los despidieron reteniendo consigo los otros aliados y confederados. Los atenienses, conociendo evidentemente que no habían sido despedidos por la razón alegada, sino por sospecha, tomaron esta licencia a mal, considerándola ultraje, porque sabían muy bien que no se lo habían merecido. Por ello, cuando volvieron a Atenas y relataron en el Senado lo que pasaba, se apartaron de la amistad y alianza que habían hecho con los lacedemonios para la guerra contra los medos, y se volvieron a aliar y confederar con los argivos, que eran conocidos enemigos de los lacedemonios, y unos y otros juntamente hicieron amistad y alianza con los tesalios.

Los que estaban dentro de Itoma, viendo que no podían resistir más al poder de los lacedemonios, y que ya estaban cansados del largo cerco que duraba más de diez años, capitularon con condición de que saliesen de la villa los defensores y de toda tierra del Peloponeso sin poder volver jamás a ella, y si alguno volvía, que fuese esclavos de aquel que le cogiera. Este concierto hicieron los lacedemonios impulsados por una respuesta que les dio durante la guerra el Oráculo de Apolo, que era así:

Si en Itoma algún varón

ante Zeus divino

se humilla y pide perdón,

suéltenle de la prisión,

vaya libre su camino.

Echados los itomanses de su tierra con sus mujeres y familias, se dirigieron hacia los atenienses, los cuales por el odio que habían concebido contra los lacedemonios, los recibieron de buena gana, y los enviaron a habitar en la isla de Naupacto, que acababan de conquistar lanzando de ella a los locros y los ozoles.

Casi por este mismo tiempo los megarenses se apartaron de la alianza de los lacedemonios y se juntaron con los atenienses a causa de que, teniendo guerra contra los corintios sobre los límites, no les dieron ayuda, y por esta vía los atenienses fueron señores de Mégara y de la villa de las Fuentes que ellos nombran Pegas. Fortificaron a Mégara con una muralla fuerte que corría desde la ciudad hasta el río de Nisea, y la guarnecieron con sus tropas. De aquí nació la primera enemistad entre los atenienses y corintios. Sucedió también que Inaro, hijo de Psamético, rey de los libios que habitan junto a los confines de Egipto, juntó gruesa armada en su ciudad llamada Marea, que está sobre el Faro, y entró por tierra de Egipto, que a la sazón estaba sujeta al rey Artajerjes, y ora por fuerza, ora de grado atrajo a su devoción gran parte de ella. Hecho esto se alió a los atenienses, que entonces habían descendido a hacer guerra en la isla de Chipre con doscientos navíos suyos y de sus compañeros y aliados y que al saber la demanda del rey Inaro dejaron la empresa de Chipre y se fueron hacia aquellas partes, entrando por mar en el Nilo, tomando por sorpresa las dos partes de la ciudad de Menfis y sitiando la tercera, llamada el muro blanco, donde se habían retirado los medos y los persas escapados de las otras dos partes, juntamente con los egipcios que no se habían rebelado.

Por otra parte, los atenienses que descendieron de sus naves junto a Halieis, combatieron contra los corintios y contra los epidaurios y estos los vencieron, aunque poco después en una batalla naval que tuvieron los atenienses contra los peloponenses junto a Cecrifalia, alcanzaron la victoria, como también después habiendo comenzado la guerra contra los eginetas en otra batalla naval junto a Egina, donde se hallaron los aliados y confederados de ambas partes, ganaron la victoria, echaron a fondo setenta barcos de los enemigos, y prosiguiendo su triunfo, hicieron escala, saltaron en tierra y sitiaron la ciudad de Egina, llevando por su capitán a Leocrates, hijo de Estrebo.

Viendo esto los peloponenses, quisieron tomar la demanda por los eginetas como sus aliados, y enviáronles de socorro al principio trescientos soldados corintios y epidaurios, los cuales entraron por los promontorios y cabo del mar de Gerenia. De la otra parte los corintios con sus aliados entraron armados por tierra de Mégara, sabiendo que los atenienses, porque tenían armada en Egipto y en Egina, no podrían socorrer a todas partes, y a lo menos para defender a Mégara tendrían que levantar el cerco de Egina. Mas como los atenienses no moviesen su ejército de Egina, salieron de la ciudad todos aquellos que podían tomar armas, viejos y mozos, hacia Mégara, llevando por su capitán a Mironides, y encontrándose allí con los corintios, fue la batalla tan reñida y tan igual, que cada cual de las partes pretendía haber logrado la victoria. Al fin los atenienses levantaron su trofeo en señal de vencedores por haber quedado por ellos el campo. Los corintios que se habían retirado a su ciudad, viendo que los ancianos los motejaban porque se habían vuelto doce días después de la batalla, acudieron también a levantar su trofeo frente al de los enemigos; pero los atenienses que estaban en Mégara salieron con tan grande ímpetu, que mataron a todos los que levantaron el trofeo y ahuyentaron a los que con ellos venían, algunos de los cuales por no saber el camino se metieron en un campo sin salida, cercado de fosos, acorralándolos los atenienses y matando a todos a pedradas, lo que fue gran pesar para los corintios, aunque los demás de su gente se salvaron dentro de la villa.

Por entonces los atenienses emprendieron la obra de hacer dos grandes murallas que comenzasen desde la ciudad, y la una llegase hasta el puerto de Pireo, y la otra hasta el de Falero. Los foceos guerreaban contra los dorios, que descendían de los lacedemonios, y les tenían cercadas tres villas, Beón, Citinión y Erineón. Cuando tomaron una de ellas, los lacedemonios enviaron en socorro de los dorios a Nicomedes, hijo de Cleómbroto, que mandaba en lugar del rey Plistoanacte, hijo de Pausanias, todavía demasiado joven, con mil y quinientos hombres de la tierra y cerca de diez mil de los aliados, los cuales antes de llegar, sabiendo que los dorios habían capitulado con los corintios, volvieron a sus casas, no sin gran temor de que los atenienses les estorbasen el paso, porque si tomaban el camino por mar, por la parte del Golfo de Crisa, los atenienses tenían gran número de navíos, y de la otra parte de Gerenia también corrían peligro a causa de tener los atenienses a Mégara y a las fuentes de Pegas, con hombres de guerra y barcos, además de ser el paso difícil y estrecho, y saber que los atenienses los estaban esperando. Parecióles, pues, buen consejo quedarse en tierra de Beocia hasta que recibiesen noticias de cómo podrían pasar y también por persuasión de algunos atenienses, que procuraban mudar el gobierno popular de la ciudad de Atenas y estorbar que se acabasen las murallas comenzadas. Pero los atenienses que supieron la cosa, salieron al encuentro a los lacedemonios viejos y mozos hasta número de mil, y juntaron de sus aliados y confederados hasta catorce mil, así porque pensaban que los enemigos no sabían donde ir, como también porque recelaban que hubiesen venido por turbarles su estado y gobierno popular. Además acudieron en ayuda de los atenienses un grupo de jinetes tesalios por la alianza que tenían con ellos, aunque éstos se pasaron a la otra parte en la batalla que se dio junto a la villa de Tanagra en tierra de Beocia, en la cual los lacedemonios ganaron la victoria, habiendo gran matanza de ambas partes.

Después de estas victorias, los lacedemonios entraron en tierra de Mégara y talaron todos los árboles, encaminándose después a Gerenia, y por el estrecho del Peloponeso volvieron a sus casas. Setenta y dos días después de la batalla perdida, volvieron los atenienses con gran poder a tierra de Beocia, llevando por su capitán a Mironides y vencieron a los beocios junto a Enofita, apoderándose de toda la tierra de Beocia y de Fócide, derribando los muros de Tanagra, y tomando rehenes de los más ricos locrianos de Opontio.

Acabaron de hacer en este tiempo las dos murallas que habían comenzado en Atenas, que llegaban hasta los dos puertos, según dejo dicho.

Pasado esto los eginetas, no pudiendo sufrir más el cerco de tantos días, capitularon con los atenienses a condición de derrocar todos los muros de su ciudad, dar todos sus navíos y pagar ciertos tributos todos los años.

De allí se fueron los atenienses navegando en torno del Peloponeso, al mando de Tolmides, hijo de Tolmeo, quemaron las atarazanas de los lacedemonios, y tomaron la villa de Calcis, que era de los corintios. Hecho esto saltaron en tierra, pelearon con los sicionios, que habían acudido contra ellos, y los vencieron.

Todas estas cosas las hicieron en Grecia los atenienses mientras tenían su armada en Egipto, donde tuvieron muchas y diversas aventuras de guerra. Primeramente el rey de Persia, cuando supo su llegada a Egipto, envió un capitán de nación persa, llamado Megabazo, a Lacedemonia con gran suma de dinero, para persuadir a los lacedemonios a que entrasen con armas en tierra de Atenas a fin de apartar de Egipto a los atenienses. Megabazo gastó inútilmente parte del dinero, y viendo que no hacía nada, se fue con el resto a Egipto. El Rey envió otro capitán nombrado Megabizo, hijo del persa Zópiro, a Egipto con numerosa armada, que al llegar libró gran batalla contra los egipcios rebelados y contra sus aliados, en la cual fueron vencidos los griegos que estaban dentro de la ciudad de Menfis, lanzados de ella y encerrados en la isla de Prosopitis, que está en la ribera del Nilo. Allí los tuvo cercados año y medio, y entretanto atajó y tomó el agua por una parte de la isla, de manera que las naves de los atenienses quedaron en seco, y la isla se juntó con tierra firme. Hecho esto Megabizo, a pie seco entró con su gente, y rompió y desbarató a los atenienses. De esta suerte, cuanto los atenienses habían hecho en tierra de Egipto por espacio de seis años lo perdieron de una vez y juntamente la mayor parte de su gente. El resto, que fueron bien pocos, se salvó por tierra de Libia, y vinieron a embarcarse a Cirene. La tierra de Egipto volvió a la obediencia del rey de Media, excepto aquella parte donde reinaba Mirteo, por ser toda lagunas y florestas, y también porque las gentes de esta región son muy belicosas. Inaro, rey de los libios, causante de esta rebelión, fue preso a traición, y después ahorcado. Cincuenta galeras que los atenienses enviaban con socorro a los suyos a Egipto, arribaron a una boca del río Nilo llamada Mendesio, y allí desembarcaron los hombres de guerra no sabiendo la derrota de su gente. Acometidos por la parte de tierra por la infantería de los fenicios que allí estaba, y de la del mar por los trirremes de los mismos, la mayor parte de los suyos fueron echados a fondo, y los otros se escaparon huyendo a fuerza de remos. Este fin tuvo aquella grande empresa y numerosa armada de los atenienses y de sus aliados y confederados en Egipto.

Después de estos sucesos, Orestes, hijo de Equecrates, lanzado de tierra de Tesalia por el rey de aquella provincia, Farsalo, se acogió a los atenienses; y tanto les persuadió, que decidieron restituirle sus tierras. Con ayuda de los beocios y foceos, fueron a Tesalia y tomaron lo que era tierra firme junto a la mar, y lo tenían y poseían por fuerza de armas, sin poder pasar más adelante, porque se lo estorbaba la gente de a caballo del rey. Viendo que no podían ganar ninguna villa, ni plaza fuerte, ni llevar adelante su empresa, se volvieron sin otro resultado que el de traer al mismo Orestes consigo. Después, mil atenienses que estaban en el lugar nombrado las Fuentes de Pegas, entraron en las naves que allí tenían, y fueron a desembarcar en Sición, llevando por su capitán a Pericles, hijo de Jantipo; al saltar en tierra, desbarataron una banda de soldados sicioneos que venía contra ellos. Y hecho esto, tomaron los aqueos en su compañía, y pasaron por Acarnania para atacar a la ciudad de Eniadas, la cual sitiaron; pero viendo que no la podían tomar se volvieron.

Tres años después, atenienses y peloponenses ajustaron treguas por otros cinco años, durante cuyo tiempo, aunque no tuviesen guerra en Grecia, los atenienses reunieron una armada de doscientos navíos suyos, y de los compañeros y confederados, de la cual fue caudillo Cimón, y saltaron a tierra en la isla de Chipre. Estando allí, fueron llamados por Amirteo, rey de las florestas de Egipto, y le enviaron a Egipto setenta naves suyas; las demás quedaron en el cerco de la ciudad de Citión. Estando allí, murió Cimón, su caudillo, y viéndose en gran necesidad de vituallas levantaron el cerco, y navegando hacia la ciudad de Salamina, que es de Chipre, combatieron por mar y tierra contra los fenicios y los de Chipre y Cilicia, y en ambas batallas alcanzaron la victoria. Volvieron después a su tierra y lo mismo hicieron los otros navíos de su compañía, que habían ido a Egipto.

Pasado esto, los lacedemonios comenzaron la guerra llamada Sagrada, y habiendo tomado el templo que está en Delfos, lo dejaron a los de la villa. Mas al poco tiempo los atenienses fueron con numerosa armada y le tomaron de nuevo, dándolo en guarda a los foceos.

Poco después, los desterrados por los atenienses ocuparon Orcómeno y Queronea y algunas otras villas de la Beocia; y sabiéndolo aquellos, enviaron contra ellos mil hombres de guerra de los suyos y algunos otros de los aliados que pudieron reunir de pronto, y por capitán a Tolmides, hijo de Tolmeo, recobrando a Queronea, y poniendo en ella guarnición de sus soldados.

A la vuelta de allí se encontraron con los desterrados de Beocia, que se habían juntado con los otros desterrados de Eubea, con los locrios y con algunos otros que seguían su partido; éstos les derrotaron y mataron la mayor parte de los atenienses, cogiendo a los demás prisioneros. Por medio de estos prisioneros hicieron los atenienses sus conciertos con los beocios, y les restituyeron su libertad. Todos los desterrados y otros que se habían expatriado, volvieron, sabiendo que ya podían gozar de su primera libertad.

No tardó mucho en rebelarse la isla de Eubea contra los atenienses, y como Pericles, a quien éstos enviaban con muchas fuerzas para restituirla a su obediencia, estando ya en el camino, tuviese nuevas de que los de Mégara se habían también rebelado y muerto la gente de la guarnición que allí tenían los atenienses, excepto algunos que se habían salvado en Nisea, y que además habían traído a su parcialidad a los corintios, a los siciones y a los epidauros; como también supiese que los peloponenses estaban preparándose para entrar con grandes fuerzas en tierra de Atenas, dejó el camino que llevaba para Eubea, y volvió a Atenas. Antes de llegar los peloponenses habían ya entrado en territorio de Atenas, y robado y talado todos los términos de la ciudad de Eleusis hasta el campo llamado Tría, llevando por su capitán a Plistoanacte, hijo de Pausanias, rey de Lacedemonia. Hecho esto, y sin pasar más adelante, regresaron a sus casas.

Los atenienses volvieron a enviar a Pericles con su armada a Eubea, y sometió toda la isla por convenios, excepto la ciudad de Hesteiea, que tomó por fuerza, expulsando a todos los moradores y poblándola su gente. De regreso Pericles de esta conquista, o poco tiempo después, se ajustaron treguas y tratos por treinta años, entre los atenienses de una parte, y de la otra los lacedemonios y sus aliados, por medio de los cuales los atenienses devolvieron a los peloponenses el lugar de las Fuentes, Trecén y Acaya, que era lo que tenían ocupado del Peloponeso. Seis años después de estos conciertos, estalló cruel guerra entre los samios y los milesios por la ciudad de Priene; y viendo los milesios que ellos no eran poderosos contra sus enemigos, rogaron a los atenienses que les diesen ayuda, con consentimiento y consejo de algunos ciudadanos de Samos, que procuraban novedades en su ciudad.

Los atenienses fueron con cuarenta barcos contra la ciudad de Samos, la vencieron, restableciendo en ella el gobierno popular; tomaron cincuenta mancebos y cincuenta hombres en rehenes que depositaron en la isla de Lemnos, pusieron su gobierno en Samos, y regresaron.

Después de su partida, algunos de los ciudadanos que no se habían hallado en la ciudad al tiempo que los atenienses la ocuparon, porque al saber que iban se retiraron a diversos lugares en tierra firme, por consejo de los principales de la ciudad, hicieron alianza con Pisutnes, hijo de Histaspes, que gobernaba a la sazón la ciudad de Sardes, quien les envió setecientos soldados, y con ellos entraron de noche en Samos, combatieron con los del pueblo que tenían la gobernación, los vencieron y de inmediato se fueron a la isla de Lemnos, sacaron de allí sus rehenes, se rebelaron contra los atenienses, y prendieron los gobernadores y la guarnición que éstos habían dejado en Samos, los cuales entregaron a Pisutnes. Hecho esto, prepararon su armada para ir a Mileto, teniendo inteligencias con los bizantinos, que también se habían rebelado contra los atenienses. Al saber éstos la rebelión de los samios, reunieron una armada de setenta barcos para ir contra ellos, aunque de estos barcos no llegaron más de cuarenta y cuatro a Samos, porque enviaron los demás parte a Caria para estorbar que los fenicios pasasen a socorrer a los de Samos, y parte a Quío para traer gente de guerra. Cuando estas cuarenta y cuatro naves, que acaudillaba Pericles con otros nueve capitanes, arribaron a la isla de Tragia y encontraron setenta navíos de los samios, que venían de Mileto, de los cuales veinte venían cargados de gente de guerra, los combatieron y desbarataron; y después de esta victoria, llegándoles de refresco cuarenta navíos de socorro de Atenas y de Lesbos, y veinticinco de Quío, descendieron a la isla de Samos y pusieron cerco a la ciudad, habiendo primero desbaratado una banda de gente que había salido de la ciudad contra ellos. La cercaron por tres partes, una por mar y dos por tierra. Ocupado en el sitio de la plaza Pericles, le avisaron que los fenicios venían con gran número de navíos a socorrer a los samios, y tomando sesenta de sus barcos, que acababan de llegar, fue con toda diligencia a tierra de Cauno y de Caria. Entretanto, de la otra parte había salido del puerto de Samos Esteságoras con cincuenta navíos para ir a recibir a los fenicios; y como los de Samos fueron avisados de la partida de Pericles, vinieron por mar con todos los navíos que pudieron juntar, a acometer el campo de los atenienses, que no estaba muy fortificado, embistieron contra los barcos ligeros de los atenienses que hallaron en el puerto, los echaron a pique y vencieron en batalla naval todos los barcos que les salieron al encuentro. De esta manera fueron señores de la mar, y por espacio de catorce días metieron y sacaron fuera de la ciudad todo lo que quisieron. Mas al fin de estos días volvió Pericles con los otros navíos, y los encerró de nuevo en la villa.

Poco después recibieron gran socorro de Atenas, que fue cuarenta barcos, capitaneados por Tucídides, Hagnón y Formión, y veinte navíos de los confederados, cuyos capitanes eran Tlepólemo y Anticles; y de Quío y Lesbos llegaron treinta naves. Aunque los samios hacían algunas escaramuzas y salidas por mar durante el cerco de la ciudad, que fue de nueve meses, como vieran que no eran poderosos para resistir largo tiempo, se rindieron con estas condiciones: que los muros de la ciudad fuesen derribados, que diesen rehenes y entregasen todos sus navíos a los atenienses, y para los gastos de la guerra pagasen una gran suma de dinero en determinados plazos. También los bizantinos concertaron obedecer a los atenienses, como lo solían hacer antes.

Pasado algún tiempo comenzaron las diferencias entre los de Corcira y de Potidea, de que antes hicimos mención, y entre todos los otros que ya dijimos, las cuales fueron ocasión de la guerra de que hablamos al presente.

Estas son, en efecto, las guerras que los griegos tuvieron, así contra los bárbaros como entre sí, desde que el rey Jerjes partió de Grecia hasta el comienzo de la que ahora escribimos, por espacio de cincuenta años, durante los cuales los atenienses aumentaron en gran manera su imperio y poder, cosa que los lacedemonios sentían y comprendían muy bien, pero no lo impedían, sino que vivieron lo más de este tiempo en paz y reposo, porque no eran muy ligeros para emprender guerras, ni las declaraban sino por necesidad, y también porque estuvieron ocupados con guerras civiles, hasta que vieron que crecía el poder de los atenienses más y más cada día y que maltrataban y ultrajaban a sus amigos y aliados. Entonces determinaron no sufrirlo más y acudir a la guerra con todas sus fuerzas para abatirles si pudiesen.

Cuando declararon por decreto que los atenienses eran quebrantadores de la paz y alianza, y habían injuriado a sus aliados y confederados, enviaron a Delfos para saber del Oráculo de Apolo, qué fin tendría aquella guerra, y el Oráculo respondió:

Que de cierto vencerá

quien fuere más esforzado,

y llamado y no llamado

su socorro les dará.

Habiendo acordado y determinado la guerra por consejo, llamaron de nuevo a sus aliados y confederados a la ciudad de Lacedemonia para consultar el negocio y determinar todos juntamente si convendría comenzarla. Cuando llegaron los procuradores y embajadores de las ciudades, celebraron el consejo para que habían sido llamados; y como los otros hablasen primero culpando a los atenienses, y concluyendo que se les debía hacer la guerra, al final hablaron los corintios, que al principio habían hablado y rogado y persuadido a los otros confederados que comenzasen la guerra inmediatamente contra los atenienses, temiendo que, mientras consultaban, les tomasen éstos la ciudad de Potidea. Y saliendo en medio los últimos de todos, hicieron el razonamiento siguiente:

XIII

«Varones amigos nuestros, aliados y confederados, no hay razón para culpar a los peloponenses, que no querían determinar la guerra contra los atenienses, puesto que nos juntan aquí para este propósito, por lo cual conviene a los que son caudillos y presidentes de los otros, como lo sois vosotros, que conforme son honrados y acatados sobre todos, tengan igual respeto a las cosas de los particulares, mirándolas como a las públicas, para que sean bien gobernadas y tratadas. En cuanto a lo que toca a nos y a los otros que ya nos hemos apartado de los atenienses, no es menester que nos enseñen cómo nos debemos guardar de ellos. Solamente nos conviene amonestar y avisar a aquellos que habitan la tierra firme lejos de los puertos, donde se hacen las ferias y mercados, que será bien sepan y entiendan que si ellos no dan ayuda y socorro a los que moran en la costa, el trato y comercio de sus bienes y mercaderías les será muy difícil, y lo mismo el retorno de aquello que les llega por mar. No deben ser, por tanto, jueces injustos de lo que tratamos al presente, diciendo que no les toca a ellos nada; antes deben saber que, si no se cuidan de los moradores de la costa y los dejan sucumbir, el peligro y daño vendrá después sobre ellos. Atiendan que la consulta presente se hace tanto por ellos como por los otros, y por eso no deben ser perezosos ni negligentes para emprender esta guerra, a fin de que después puedan tener paz. Porque si es de hombres sabios y prudentes estar quietos y no moverse, si ninguno les injuria, así también es de buenos y animosos, cuando son injuriados, trocar la paz por la guerra, y después de bien hechas y provistas sus cosas volver a la amistad y concordia, no ensoberbeciéndose con la prosperidad de la victoria en la guerra, ni por codicia de paz y reposo sufrir las injurias. Porque todo hombre que por amar el sosiego es perezoso para vengarse, pronto se ve privado del deleite que toma en el descanso; y asimismo el que a menudo provoca la guerra, ensoberbecido con la prosperidad, suele desconocerse a sí mismo, con una crueldad y ferocidad poco segura y menos cierta, porque no hace con razón lo que es obligado a hacer; aunque muchas veces sucede salir bien de las empresas locas y temerarias porque los enemigos son necios, mal aconsejados en lo que emprenden, y muchas empresas que parece se acometen con saber y discreción, salen mal porque no las ejecutamos como las propusimos y determinamos. Siempre tenemos buena y cierta esperanza de las cosas que emprendemos, pero, al ejecutarlas, muchas veces faltamos por miedo o por temor en la obra.

»En lo que a nosotros toca, que en gran manera he-mos sido injuriados por los atenienses, comenzaremos la guerra con buena y justa querella y con intención de vivir en paz y sosiego después que nos hayamos vengado. De esta guerra debemos esperar la victoria por dos razones: la primera, porque tenemos más número de gente y mejores soldados y más experimentados en la lucha, y la segunda, porque estamos todos unidos y resueltos a hacer todo aquello que nos manden. Si tienen más navíos que nosotros, supliremos esta falta con nuestro dinero particular, que cada cual dará en la cantidad que le corresponda, y con el que tiene el templo de Delfos y el de Olimpia, que podemos tomar prestado para atraernos con dádivas sus marineros y aun la gente de guerra, que son extranjeros y tienen a sueldo, lo cual no ocurrirá a nosotros, porque somos más poderosos en gente que en dinero.

»Si logramos una victoria naval, es de creer que queden perdidos, y cuanto más tiempo nos resistieren, tanto más los nuestros se harán a las cosas de mar y se ejercitarán en ellas, porque son más animosos y, ejercitados, serán más fuertes, pues la osadía que los nuestros tienen les es natural, y los contrarios no han de adquirirla por arte ni por doctrina. Podemos muy bien con el ejercicio aprender la habilidad que ellos tienen, y para este negocio hallaremos indudablemente el dinero necesario. Puesto que sus aliados no rehúsan pagarles tributo estando en su servidumbre y sujeción, nosotros no seremos tan ruines que rehusemos contribuir con nuestros propios bienes para vengarnos de nuestros enemigos y salvar nuestra libertad, que si ellos lograran quitárnosla, nos tratarían peor que antes por causa de nuestros mismos bienes.

»También tenemos más medios para hacer la guerra que ellos, porque haremos tratos con sus aliados tributarios y los rebelaremos, haciéndoles así perder la ventaja que en renta nos llevan. Podremos destruir la tierra de donde les viene el dinero y la renta, y otras muchas ocasiones y medios nos vendrán de que al presente no nos acordamos, que la guerra jamás se ejecuta conforme a los medios y aprestos que se ven al principio, sino que ella misma hace venir otros al pensamiento, según las cosas que acontecen. Y en este caso los que tienen buen ánimo y buen corazón están más seguros que los tristes y temerosos.

»Cada uno de nosotros debe pensar que si tuviese cuestión y diferencia sobre límites con sus vecinos, y fuesen tan poderosos como él, en manera alguna sufriría ser injuriado ni ultrajado. Pues si los atenienses ahora son bastantes y poderosos contra todos nosotros juntos, ¿cuánto más lo serán combatiéndonos uno a uno y a cada villa por sí? Como lo harán de seguro si no ven que nos juntamos, y de común acuerdo y voluntad les resistimos.

»Si por acaso nos venciesen (lo cual plegue a los dioses que jamás se oiga), tenga cada cual por seguro que el mayor daño que nos vendría sería perder nuestra libertad y caer en servidumbre, que es cosa abominable de oír, mayormente en el Peloponeso. Pues ¿cuánto mayor es ver ahora tantas y tan buenas y nombradas ciudades ser de hecho sojuzgadas y maltratadas por una sola? En lo que claramente se ve, o que somos perezosos y negligentes, o que por temor soportamos y sufrimos cosas indignas, no pareciéndonos ni respondiendo a la virtud y gloria de nuestros mayores, que libertaron a Grecia de servidumbre, pues no somos bastantes para defender nuestra libertad, y sufrimos que una sola ciudad nos tiranice.

»Cuando hay un solo tirano en una ciudad procuramos expulsarle, y no consideramos que sufriendo esto incurrimos en tres grandes vicios, es a saber: en flojedad, cobardía e imprudencia. Ni tampoco vale nada para excusarnos de estos tres vicios decir que queréis evitar la osadía loca que a tantos ha sido dañosa, porque esta excusa, so color de la cual muchos han sido engañados, cuando no es miedo suele llamársela necedad.

»Pero ¿de qué sirve a nuestro propósito reprender las cosas pasadas más largamente que el tiempo presente lo requiere? Acudamos a las de ahora y proveamos a las venideras. Y pues aprendimos de nuestros antepasados a adquirir la virtud por trabajo y no empeorar las costumbres, si acaso ahora les sobrepujáis algún tanto en riquezas y poder, tanta mayor vergüenza será para vosotros perder con vuestras riquezas lo que ellos con pobreza ganaron y adquirieron.

»Hay además de éstas otras muchas razones y ocasiones que os deben mover y animar a hacer la guerra. La primera el Oráculo de Apolo que os ha prometido seros favorable, y con éste también tendréis en vuestra ayuda todo el resto de Grecia, parte por miedo y parte por su provecho. No receléis ser los primeros en quebrantar la paz y alianza que tenemos con los atenienses, pues el dios que nos amonesta a comenzar la guerra juzga haber sido primero quebrantada por ellos. Más cierto es, que pelearemos por mantener y amparar los tratos y confederaciones que ellos han violado y roto, que los que se defienden no son quebrantadores de la paz, sino aquellos que comienzan la guerra y acometen primero.

»Por todas estas razones no ha de ser aciago sino muy provechoso emprender esta guerra. Así lo comprendéis por lo que os decimos en público para amonestaros y persuadiros de que es necesaria para el bien común y el particular de cada uno. No queráis, pues, dilatar la defensa de vuestra libertad, y particularmente el dar ayuda a los de Potidea, que son dorienses de nación y están ya sitiados y cercados por los jonios, porque si nosotros disimulamos ahora, parecerá claramente que unos de nosotros fueron injuriados y los otros se juntaron para tratar de vengarse y después no se atrevieron.

»Por tanto, varones amigos y confederados nuestros, conociendo la necesidad presente y que os aconsejamos lo mejor, determinad hacer esta guerra y no os espantéis de las dificultades de ella, antes pensad el bien que os vendrá de la larga paz que ha de seguirla. Porque de la guerra nace la paz, y en el reposo y descanso no estamos seguros de que no se pueda mover guerra.

»Considerad que si sujetamos por fuerza aquella ciudad de Grecia que quiere usurpar la tiranía sobre todas las otras, de las que ya domina algunas, y procura dominarlas, quedaremos en paz y seguridad, y viviremos sin peligro, y daremos libertad a los griegos que ahora están en servidumbre.»

Y con esto los corintios acabaron su razonamiento.

XIV

Cuando los lacedemonios oyeron los razonamientos de todas aquellas ciudades de Grecia allí representadas, mandaron dar a los embajadores de cada una de las ciudades mayores y menores sus piedrecillas en las manos para que con ellas declarasen por sus votos si querían la paz o la guerra. Todos fueron de parecer de declarar la guerra, y así lo determinaron; mas no había medio de comenzarla entonces, porque estaban desprovistos de todas las cosas necesarias. Acordóse, pues, que cada ciudad contribuyese para ella y sin ninguna dilación en menos de un año. En el ínterin, los lacedemonios enviaron embajadores a los atenienses para decirles las culpas de que les acusaban a fin de tener mejor y más justa causa de hacerles la guerra, si no se enmendaban prontamente. Primero les pidieron que purgasen la ofensa hecha a la Diosa, que era la siguiente: Fue un varón llamado Cilón, noble y poderoso, que en los juegos y contiendas que se hacían en el monte Olimpo ganó el prez y las joyas. Este Cilón tuvo por mujer la hija de Teágenes, que a la sazón era señor de Mégara, y al verificarse este casamiento le fue dada respuesta a Cilón por el Oráculo de Apolo en Delfos, que cuando se celebrase la gran fiesta de Zeus, él tomase y ocupase la fortaleza de Atenas. Con alguna gente de guerra de Teágenes su suegro, y con otros sus amigos de la ciudad, que juntó cuando se celebraba la fiesta de Olimpo en el Peloponeso, tomó la fortaleza de Atenas con intención de hacerse señor de ella, persuadiéndose que por ser ésta la mayor fiesta de Zeus que se hacía, y por haber ganado él otras veces en esta misma fiesta los preces y joyas, saldría con la empresa conforme a la profecía del Oráculo de Apolo, porque no consideraba si la respuesta se entendía de la fiesta que se celebraba en Atenas o en otra parte, ni tampoco el Oráculo lo declaró, y también los atenienses celebran todos los años una fiesta muy solemne, en honra de Zeus Miliquio, fuera de la ciudad, en la cual hacen muchos sacrificios de animales figurados. Mas Cilón, que había interpretado el Oráculo a su fantasía, creyendo que hacía bien, emprendió la cosa como arriba he dicho.

Cuando los atenienses supieron que su fortaleza ha-bía sido tomada, los que estaban en los campos se juntaron y vinieron a cercar a Cilón y a los suyos dentro de ella. Pero porque la plaza era fuerte y se cansaban de estar allí detenidos, la mayor parte se fueron a sus negocios y dejaron allí nueve capitanes con número bastante de gente con encargo de guardar y mantener el cerco de la plaza, dándoles pleno poder de hacer todo aquello que bien les pareciese en aquel caso para el bien de la ciudad, y durante el sitio hicieron algunas cosas que les parecía convenir al bien de la república. En este tiempo Cilón y su hermano hallaron manera de salir secretamente de la fortaleza y se salvaron. Pero los otros que habían quedado dentro, viéndose acorralados e incluso muchos muriéndose de hambre, se guarecieron en el gran altar que está dentro de la fortaleza. Los que habían quedado en guarda del cerco los quisieron sacar; viendo que se morían y a fin de que, por su muerte, el templo no fuese profanado y violado, los sacaron fuera, prometiéndoles que no les harían daño alguno; pero una vez que se los hubieron llevado, los mataron. Algunos fueron muertos pasando por delante de los dioses, y otros al pie de los altares, por lo cual todos los culpados de las muertes y sus descendientes fueron condenados por crueles y sacrílegos y desterrados por los atenienses, primero, y por Cleómenes, auxiliado por los atenienses sublevados. No solamente echaron de la ciudad a los vivos, sino que se exhumaron los huesos de los muertos arrojándolos lejos de la frontera. Pasado algún tiempo, volvieron, y al presente sus descendientes viven en la ciudad.

Los lacedemonios, al pedir la expiación de este sacrilegio, querían vengar la ofensa cometida contra los dioses; aunque en realidad por saber que Pericles, hijo de Jatipo, descendía de aquella raza por parte de su madre, esperando que si lanzaban a éste de la ciudad de Atenas, podrían después más a su placer venir al fin deseado de su guerra contra los atenienses, y si no le echaban, a lo menos le harían odioso al pueblo, pues creería éste que por salvar a Pericles se había en parte provocado la guerra. Pericles era en aquel tiempo el hombre más principal de la ciudad de Atenas y de mayor autoridad; siempre contrario a los lacedemonios, y que persuadía a los atenienses que emprendiesen la guerra contra ellos.

A esta demanda respondieron los atenienses diciendo que los lacedemonios purgasen también el sacrilegio de que estaban contaminados a causa de la violencia que hicieron en el templo de Posidón en Tenaro. Porque, tiempo atrás, los lacedemonios, a instigación de Tenaro, habían sacado fuera del templo de Posidón y muerto algunos fugitivos que pedían merced, violando así el templo, a lo cual atribuía el pueblo un gran terremoto que poco después se sintió en la ciudad de Lacedemonia. Además pedían los atenienses a los lacedemonios que purgasen otro sacrilegio de que asimismo estaban contaminados, que se hizo en el templo de Palas en Calcedonia, y ocurrió de esta manera:

Después que Pausanias fue privado por los lacedemonios del mando que tenía en Helesponto, y le ordenaron que se defendiese de los cargos que contra él había, aunque fue absuelto de ellos, no por eso le devolvieron el empleo. Viendo esto Pausanias salió de la ciudad de Lacedemonia fingiendo que quería volver al Helesponto y servir en la guerra como soldado; pero su verdadero propósito era tratar con el rey de los medos tocante a esta guerra que él mismo había comenzado, y después, con ayuda del Rey, usurpar la tiranía y el mando sobre toda Grecia. Para conseguir su deseo, mucho tiempo antes que le acusaran, había ganado la gracia del Rey por un singular servicio que le hizo, y fue que, a la vuelta de Chipre, habiendo tomado la ciudad de Bizancio, y preso a los que el Rey había dejado allí de guarnición, entre los cuales había muchos parientes, amigos y familiares del Rey, se los envió secretamente, sin dar parte a los otros capitanes, sus compañeros, fingiendo que se le habían escapado. Y esto lo hizo por medio de Gongilo encargado de guardarlos, con el cual asimismo envió al Rey una carta del tenor siguiente:

«Pausanias, general en jefe de los espartanos, al rey Jerjes, salud. Queriendo agradarte y ganar tu gracia, te envío los prisioneros que yo había cogido en buena guerra por las armas; y es mi voluntad, si te pluguiere, desposarme con tu hija, y poner a Esparta y a toda la Grecia en tus manos. Lo cual pienso que podría hacer seguramente teniendo buena amistad e inteligencia contigo. Por tanto, si este negocio te agrada envía por mar alguno de los tuyos que sea hombre de confianza, con quien yo pueda comunicar todo mi proyecto y secreto».

Esta carta alegró mucho a Jerjes, e inmediatamente envió a Artabazo, hijo de Farnaces, so color de darle el cargo y gobierno de la provincia de Dascilión, que a la sazón gobernaba Megabates por el Rey. Mandóle llamar antes y le dio una carta para Pausanias, que estaba en Bizancio, sellada con su sello, y además le encomendó que tratase con Pausanias lo más secreto que pudiese, y si le mandaba hacer alguna cosa que la hiciese. Llegó Artabazo a la provincia de Dascilión, hizo lo que le mandó el Rey, y envió carta a Pausanias, que decía así:

«El rey Jerjes a Pausanias, salud. Te agradezco mucho el placer y buena obra que me hiciste enviándome los prisioneros que tomaste en Bizancio, y nunca será olvidado este favor ni por mí, ni por los míos. En gran manera me agradaron tus razones, y así te ruego que trabajes de noche y de día por poner en ejecución lo que me has prometido, que por mi parte no faltará ni oro, ni plata, ni ejércitos, donde quiera que fueren menester. Sobre lo cual puedes tratar seguramente con Artabazo, al que te envío para esto expresamente por ser hombre sabio y fiel. Y haciéndolo como dices, tus cosas y las mías se abrevien en nuestra honra y provecho».

Cuando recibió esta carta Pausanias, a quien los griegos tributaban gran respeto por el cargo y autoridad que tenía, comenzó a engreírse y ensoberbecerse de suerte que no se contentaba con vivir a la manera acostumbrada de los griegos, sino que salía de Bizancio ataviado a la moda de los medos y, andando por tierra de Tracia, llevaba soldados medos y egipcios que le acompañaban, y se hacía servir a la mesa como los medos.

No podía, en efecto, encubrir su corazón ni sus pensamientos, sino que daba a entender en sus hechos lo que tenía en el ánimo. Difícilmente concedía audiencia a los que a él llegaban y airábase con todos de repente, por lo que ninguno se atrevía a hablarle. Esta fue la principal causa de que los confederados de Grecia se apartasen de los lacedemonios y se unieran a los atenienses. Por ello los lacedemonios le llamaron como antes se ha dicho, y cuando partió por mar en la galera llamada Hermione sin licencia de la república, advirtióse que hacía lo mismo que antes. Desterrado de Bizancio por los atenienses, que la conquistaron, no volvió más a Esparta, retirándose a unos lugares de tierra de Troya. Estando allí fueron avisados los lacedemonios de que tenía tratos con los bárbaros y parecióles que no lo debían tolerar. Enviáronle un ministro de justicia con la vara de los éforos, que llaman escitala, mandándole que viniese con el ministro a Esparta, so pena de rebelde y enemigo de la patria. No queriendo parecer sospechoso y confiando en que con dinero se podía librar de las consecuencias de los crímenes y culpas de que le acusaban, fue a Esparta con aquel ministro y al llegar le aprisionaron por orden de los éforos, a los cuales es lícito hacer esto mismo hasta con el rey. Puesto después en libertad, presentóse a juicio para responder a la acusación que le dirigían.

En Lacedemonia, ni sus contrarios, ni toda la ciudad, hallaron motivo aparente, ni indicio verdadero para castigarle, mayormente siendo hombre de linaje de reyes y de gran autoridad y reputación, porque había sido tutor de Plistarco, hijo del rey Leónidas y en su nombre había administrado el Reino; pero la insolencia de sus costumbres y el querer imitar la vida de los bárbaros les infundía mucha sospecha de que estaba en inteligencia con ellos y tramaba alguna cosa para ser señor y mandar entre los suyos.

Entre otras muchas cosas que había hecho contra las leyes y costumbres de Lacedemonia, les indignaba en gran manera, que en una mesa de alambre de tres pies, que los griegos ofrecieron al templo de Apolo en Delfos, del botín cogido a los medos, había mandado esculpir el mismo Pausanias estos versos:

Aquel griego capitán

que Pausanias se llamó,

ya que a los medos venció

con gran trabajo y afán

que en la guerra padeció,

por honra del Dios Apolo,

aquí puso esta memoria,

aplicando su victoria

al favor de aquel solo Dios.

Versos que mandaron borrar los lacedemonios y en lugar del de Pausanias pusieron los nombres de todas las ciudades confederadas que se hallaron en la batalla contra los bárbaros.

Acusábanle a la vez de cosa más grave, cual era el tener tratos secretos y conjuraciones con los ilotas y esclavos de Lacedemonia, prometiéndoles que les daría libertad y derecho de ciudadanos si se levantaban juntamente con él y hacían lo que les mandase. Pero ni aun tampoco por dichos de los esclavos, según sus leyes, podían proceder contra ningún varón lacedemonio en causa de muerte o cosa que no se pudiese remediar, sin tener indicios ciertos e indudables. Pero un criado, muy privado y familiar suyo, llamado Argilo, que fue el que llevó a Artabazo las últimas cartas que Pausanias, su amo, había escrito al rey Jerjes, descubrió la traición a los éforos. Lo hizo por sospechas, al ver que ninguno de los otros mensajeros que Pausanias envió a Artabazo había vuelto, por lo cual, temiendo que le ocurriese mal también a él, mandó contrahacer el sello con que estaba sellada la carta para poder volverla a sellar después de leerla, si no hallaba cosa en ella de lo que él sospechaba; y también para que el mismo Artabazo no conociese que había sido abierta. Leyóla, y halló, entre otras razones, aquello que temía, y era que Pausanias decía a Artabazo que le matase. Visto esto, llevó la carta a los éforos, los cuales se convencieron de la traición.

Para más justificación suya y por saber mejor la verdad, quisieron oírla de boca del mismo Pausanias y usaron de esta estratagema: Hicieron que el criado fuera a acogerse al templo de Tenaro como hombre que ha ofendido a su señor y se quiere librar en sagrado, y se le hizo saber a Pausanias para que fuera allí a hablar con él, lo cual hizo. Dos de los éforos se habían escondido en un sitio secreto, de manera que podían bien oír y entender lo que Pausanias y el criado hablaban sin ser sentidos. Cuando Pausanias fue donde estaba su criado y le preguntó la causa porque se había acogido allí, le declaró que había abierto la carta y le dijo todo lo que contenía, quejándose de que en ella le mandase matar, pues en todos los tratos que había tenido con el rey Jerjes había confiado en él y nunca le faltó. Parecíale, pues, cosa fuera de razón que mandara matarle, como habían sido muertos todos los mensajeros enviados antes con otras cartas, mensajeros que no podían compararse con él.

A esto Pausanias le respondió, confesando que todo era verdad, sin cesar de amansarle y rogarle que no tomase por ello enojo, y jurándole por el templo donde estaba que en adelante no le haría mal, cumpliendo con toda diligencia su encargo para Artabazo, porque el negocio no fracasara. Oyeron los éforos muy bien todas estas razones, y estimando el caso muy averiguado, dieron orden para que Pausanias fuese preso dentro de la ciudad. Mas como los dos éforos le salieron al encuentro en la calle, conoció en los movimientos del rostro de uno de ellos que iban resueltos a prenderle, y ganóles por la mano huyendo al templo de Palas, sin que le pudiesen coger. Antes de llegar al templo entró en una casilla pequeña que estaba junto a él para descansar y fue atajado por los que le seguían, los cuales descubrieron el techo de la casa y la cercaron por todas partes con guardas para que no pudiese salir, teniéndole sitiado hasta que le mataron de hambre. Cuando estaba expirando, los guardas le sacaron de aquel lugar sagrado y murió en sus brazos.

Los éforos opinaban que debía ser arrojado el cadáver a una quebradura, donde acostumbraban a echar los malhechores, pero mudaron de propósito y le hicieron enterrar en una sepultura.

Algún tiempo después les fue amonestado, por revelación del Oráculo de Apolo Délfico, y mandado que le sacasen de la sepultura y le enterrasen en el lugar donde había expirado, y así fue hecho. Aun hoy se ve su sepultura delante del templo, según parece por el letrero que está esculpido en la piedra del sepulcro. Mandóles además el Oráculo de Apolo que, para purgar el sacrilegio que habían cometido violando el templo de la diosa Palas, diesen dos cuerpos en lugar de uno y así lo hicieron, expiando la muerte de Pausanias con el ofrecimiento de dos estatuas de metal en el templo de Palas Calcieco.

Véase, pues, por qué los atenienses, para responder con un cargo igual al que les hacían los lacedemonios de estar contaminados de sacrilegio les imputaron otro tanto, diciendo que ellos purgasen de igual manera la ofensa que habían hecho a la diosa Palas y que el Oráculo de Apolo había juzgado sacrilegio.

XV

Cuando los lacedemonios oyeron la respuesta de los atenienses, enviaron de nuevo mensajeros, para hacerles saber que Temístocles había sido culpado en la misma conspiración que Pausanias, según resultaba del proceso de éste, que guardaban en el templo, pidiendo y requiriendo a los atenienses que castigasen a Temístocles. Creyéronlo los ateniense y ordenaron, de acuerdo con los lacedemonios, prender a Temístocles que por estar a la sazón desterrado de Atenas, vivía en la ciudad de Argos de ordinario, aunque a menudo salía a tierra del Peloponeso.

Avisado Temístocles de la orden de prisión, partió del Peloponeso; se fue por mar a Corcira, sabiendo que aquel pueblo le amaba por los muchos bienes y servicios que le había hecho. Pero los de Corcira le dijeron que si le recibían en su ciudad se harían enemigos de los espartanos y de los atenienses, obligándole a saltar en tierra en la parte del continente más cercano de la isla. Sabiendo que allí también le perseguían y no viendo otra vía de salvación, se acogió a Admeto, rey de los molosos, aunque sabía que no era amigo suyo. Ausente el rey de su ciudad, se encomendó a la reina su mujer, la cual le dijo que tomase a su hijo por la mano, pues ésta era la mejor manera de suplicar, y esperase hasta que volviera su marido, que no tardó muchos días. Cuando el rey volvió, Temístocles se presentó ante él y le dijo que si cuando era capitán de los atenienses y el mismo rey estaba sujeto a ellos, le había sido contrario en algunas cosas, no era justo que tomase ahora venganza de él al ponerse en sus manos y pedirle merced; no estando en igualdad de condiciones, pues él se hallaba ahora en más bajo estado que estaba el rey cuando el mismo Temístocles le ofendió, ni siendo de ánimo generoso vengarse sino de sus iguales. Por otra parte, cuando contrarió al rey procuraba éste solamente su bien y provecho y no salvar la vida, como hacía al presente Temístocles; porque si el rey le entregaba a los que le perseguían sería causa de su muerte.

Acabó Temístocles su razonamiento, estando sentado en tierra con el hijo del rey Admeto sobre las rodillas, que es allí la manera de suplicar más eficaz de todas; el rey le mandó levantar y le prometió que no le entregaría a los lacedemonios ni a los atenienses, lo cual cumplió cuando poco después llegaron los perseguidores de Temístocles y le dijeron muchas razones para persuadirle que le entregase. Hizo más, sabiendo que quería irse con el rey Jerjes, mandó acompañarle por tierra hasta la ciudad de Pidna, que está situada junto al mar, que pertenece a Alejandro. En esta ciudad se embarcó en un navío que iba para Jonia, arribó frente a la ciudad de Naxos, que los atenienses tenían sitiada, cosa que asustó mucho a Temístocles; mas no por eso se descubrió al patrón de la nave, que no sabía quién era ni por qué huía, sino que le dijo: «Si no me salvas y me tienes oculto, diré a los atenienses que has tomado dinero mío por salvarme, pero si me salvas, te lo pagaré espléndidamente. Para ello es preciso que no permitas a ninguno de los que están embarcados saltar a tierra, teniéndolos aquí y echada el áncora, hasta que salte más viento para salir.» Así lo hizo el patrón y estuvo anclado un día y una noche, hasta que hubo viento y dirigió el rumbo hacia Éfeso. Llegado a este lugar, Temístocles cumplió con el patrón lo prometido y le dio gran suma de dinero, porque pocos días después le llevaron mucho, así de Atenas como de Argos. Desde allí tomó el camino Temístocles por tierra en compañía de un marino persa y escribió una carta al rey Artajerjes, que había sucedido a Jerjes, su padre, en el reino de Media y de Persia, la cual decía así:

«Yo, Temístocles, vengo a ti, rey Artajerjes. Soy aquel que causó más males a tu casa que ningún otro griego, mientras me vi obligado a resistir al rey Jerjes tu padre, que nos acometió; empero también le hice muchos servicios cuando me fue lícito hacerlos y si al volver se salvó del peligro en que se vio, a mí lo debe.» Porque después que Jerjes perdió la batalla naval en Salamina, Temístocles le escribió que se diese prisa a volver, fingiendo que los griegos habían determinado cortar los puentes por donde habían de pasar y que él lo había estorbado. Y lo restante de la epístola decía: «Al presente los griegos me persiguen por amigo tuyo y aquí estoy dispuesto a hacerte muchos servicios. He resuelto quedarme un año, para mostrarte después la causa porque vengo.»

Cuando el rey leyó la carta, se maravilló extraordinariamente de su contenido y le otorgó lo que le demandaba, de quedar un año allí antes de presentarse a él, durante el cual aprendió todo cuanto fue posible, así de la lengua, como de las costumbres de los persas. Después se presentó al rey y fue más temido y estimado de él que ningún otro de los griegos que a él acudieron, así por la dignidad y honra que había tenido antes, como porque le mostraba los medios de sujetar toda la Grecia; y principalmente porque daba a conocer por experiencia que era hombre sabio y diligente, de mayor viveza y lucidez de entendimiento que todos los otros, porque su claro talento adivinaba las cosas no aprendidas, y para proveer en los casos repentinos era de muy presto y atinado consejo.

Tenía gran acierto para prever lo porvenir, mucho juicio en las cosas presentes y en las ambiguas y dudosas, donde había dificultad en juzgar lo bueno o lo malo, una prudencia maravillosa. Además, era el más resuelto de todos los hombres en todas las cosas de que hablaba, así por don de naturaleza como por la presteza de su ingenio.

Declaró al rey todo lo que convenía hacerse para la empresa contra Grecia, pero antes de que llegase el tiempo de realizarla, murió de enfermedad, aunque algunos suponen que se mató con veneno, viendo que no podía cumplir lo que había prometido al rey.

Fue sepultado en la ciudad de Magnesia en Asia, donde se ve hoy día su sepulcro en el mercado, de cuya ciudad el rey le había dado el gobierno y la renta, que ascendía a cincuenta talentos anuales; para provisión de pan y de vino le había dado la ciudad de Lampsaco por ser el territorio más fértil en vino de toda Asia; y para carnes le dio la ciudad de Miunte. Dicen que sus parientes llevaron sus huesos por disposición del difunto y los enterraron en tierra de Atenas sin saberlo los atenienses, porque no es permitido, según las leyes, enterrar el cuerpo de hombre juzgado traidor y rebelde.

Este fin tuvieron Pausanias y Temístocles, ambos varones famosos y célebres capitanes entre los suyos.

XVI

Reclamado por los lacedemonios a los atenienses y por éstos a aquéllos que purgasen de una parte y de otra las ofensas y los sacrilegios a los dioses, aquéllos pidieron de nuevo a éstos que pusiesen en libertad a los potideatas y dejaran vivir a los de Egina según sus leyes; y sobre todo les declararon que comenzarían la guerra contra ellos, si no revocaban el decreto que habían hecho contra los de Mégara, por el cual se les prohibía desembarcar en puertos de los atenienses, acudir a sus ferias y comerciar con ellos. A todas estas demandas y principalmente a la de revocar el decreto, los atenienses determinaron no obedecer, acriminando a los megarenses porque ocupaban la tierra sagrada y sin término, y recibían en su ciudad a los esclavos que huían de Atenas.

Finalmente, después de todas estas demandas y respuestas, llegaron tres embajadores de los lacedemonios que eran Ramfio, Melesipo y Agesandro, los cuales, sin hacer mención de ninguna de las otras cosas de que habían tratado antes, les dijeron, en suma, estas palabras: «Los lacedemonios quieren la paz con vosotros, la cual podéis gozar si dejáis a los griegos en libertad y que vivan según sus leyes.» Al oír esta demanda, los atenienses reunieron su consejo para determinar la última respuesta que les debían dar; y cuando todos dijeron sus pareceres, unos que debían aceptar la guerra y otros que era preferible revocar el decreto contra los megarenses, motivo de la guerra, se levantó Pericles, hijo de Jantipo, que a la sazón era el hombre más principal de toda la ciudad y con más autoridad para decir y obrar, habló de esta manera:

XVII

«Mi parecer es y fue siempre, varones atenienses, no conceder y otorgar su demanda a los lacedemonios ni rendirnos a ellos, aunque sepa muy bien que los hombres no hacen la guerra al final con aquella ira y ardor de ánimo que la emprenden, sino que según los sucesos mudan y cambian sus voluntades y propósitos. En lo que al presente se consulta, persisto en mi anterior opinión y me parece justo que aquellos de vosotros que participaban de ella, si después en algo errásemos, me ayuden a sostener su parecer y el mío; y si acertásemos, que no lo atribuyan a mi sola prudencia y saber, pues comúnmente vemos que los casos y sucesos son tan inciertos como los pensamientos de los hombres. Por esta razón, cuando nos ocurre alguna cosa no pensada acostumbramos culpar a la fortuna.

»Viniendo a lo presente, cierto es que los lacedemonios, antes de ahora, manifiestamente nos han tramado asechanzas y las traman en la actualidad. Porque existiendo en nuestras convenciones y tratados, que si alguna diferencia hubiese entre ambas partes se resuelva en juicio de árbitros de dichas partes y entretanto las cosas queden en el mismo estado y posesión que se hallaren, debieran pedirnos que sometiéramos a juicio el asunto sobre que hay debate y cuestión y ni esto piden, ni cuando se lo hemos ofrecido lo han aceptado, porque quieren resolver las cuestiones por medio de las armas y no por la razón, mostrando claramente que antes vienen en son de mando que en demanda de justicia. Nos ordenan que partamos de Potidea, que dejemos a Egina en libertad y que revoquemos el decreto contra los megarenses y los que han venido a la postre nos mandan que dejemos vivir en libertad a los griegos según sus leyes; y para que ninguno de vosotros piense que es pequeña la exigencia de revocar el decreto contra los de Mégara, a lo cual ellos se atienen e insisten diciendo que, de hacerlo, no tendremos guerra; y para que ninguno opine que no debemos provocar la guerra por tan poca cosa, os aviso que esta pequeña cosa contiene en sí vuestras fuerzas y la firmeza y consecuencia de todas las otras en que fundo mi opinión. Si les otorgamos ésta, de inmediato os demandarán otra mayor, pareciéndoles que por miedo habéis cedido a su pretensión; y si les recusáis con aspereza, vendrán replicando en igual tono. Por tanto, me parece que debéis determinar u obedecer y pactar con ellos antes de recibir daño, o emprender la guerra, que es lo que yo juzgo por mejor antes que otorgarles cosa alguna grande ni pequeña, para no tener ni gozar con temor lo que tenemos y poseemos.

»En tan gran servidumbre y sujeción se pone el hombre obedeciendo al mandato de sus iguales y vecinos sin tela de juicio, en cosa pequeña como en cosa grande. Y si conviene aceptar la guerra, los que están presentes conozcan y entiendan que no somos los más flacos ni para menos, porque los más de los peloponenses son mecánicos y trabajadores, que no tienen dinero en común ni en particular, ni menos experiencia de guerras, mayormente de las de mar; y si alguna guerra civil tienen no la pueden llevar al cabo por su pobreza. Ni pueden enviar barcos ni traer ejército por tierra, porque se apartarían de sus negocios particulares y perderían su trato y manera de vivir. Además, sabéis bien que la guerra se sostiene más con dinero dispuesto que con empréstitos y demandas. Pues por ser como son mecánicos y trabajadores sobre todo, antes servirán con sus personas que con dinero, teniendo por cierto que más fácil les será salvar sus cuerpos de los peligros de la guerra que contribuir para los gastos de ella, sobre todo si durare largo tiempo.

»Hablando de lo pasado, sabemos que los peloponenses fueron iguales contra lo otros griegos en una sola batalla y en lo restante nunca fueron poderosos para hacer la guerra a aquellos que estaban mejor provistos que ellos, porque no se rigen por un consejo y parecer sino por el de muchos, y a causa de ello todo lo que han de hacer lo hacen de repente. Y aunque sean iguales en el derecho de votar, son desiguales en ejercerlo, pues cada uno sigue su opinión y mira por su provecho particular, de lo cual no se puede seguir cosa buena; porque si los unos se inclinan a castigar a alguno y perseguirle, los otros se recatan de gastar de su hacienda. Además, acuden tarde y de mala gana a juntarse en consejo para tratar de cosas de la república, determinan en un momento los negocios de ella y gastan la mayor parte del tiempo en tratar de los suyos privados. Cada cual de ellos piensa que las cosas de la república no recibirían más detrimento por su ausencia, suponiendo habrá alguno que haga por él, como si estuviese presente; y siendo todos de esta opinión, no se cuidan de si el bien de la república se pierde por todos juntos. Lo que alguna vez acuerdan no lo pueden realizar por falta de dinero, porque la guerra y sus oportunidades no requieren largas tardanzas.

»Ni hay por qué temamos sus plazas fuertes, ni su armada; porque, respecto a los muros, aunque estuviesen en paz, difícilmente podrían hacer su ciudad tan fuerte como es la nuestra, y menos en tiempo de guerra, pudiendo nosotros, por el contrario, hacer muy bien nuestros reparos y municiones. Y si fortalecieran alguna plaza poniendo en ella guarnición, es verdad que nos podrían hacer daño recorriendo y robando nuestra tierra por alguna parte y sublevando contra nosotros algunos de nuestros súbditos, pero con todas sus fortalezas no nos podrán estorban el ataque de su tierra por mar, en la cual somos más poderosos que ellos, por el continuo ejercicio de mar. Tenemos más experiencia para poder hacer la guerra por tierra que ellos para hacerla por la mar, en la cual ni tienen experiencia ni la pueden adquirir fácilmente; porque si nosotros, que continuamente hemos navegado desde la guerra de los medos, no estamos perfectamente enseñados en la cosas del mar, ¿cuánto menos lo estarán aquellos, siempre acostumbrados a labrar la tierra?

»Nuestros barcos les impidieron siempre aprender la guerra marítima, y si se atreviesen a combatir por mar, aun careciendo de experiencia, si tuvieran numerosa armada y fuese la nuestra pequeña, cuando vean la nuestra grande, y que le aprieta por todas partes, se guardarán de andar por mar, no acostumbrándose a ella, y sabrán poco y servirán para menos. Porque en el arte de la mar, así como en las otras artes, no basta ejercitarse por algún tiempo; antes para saber y aprender bien, conviene no ejercitarse en otra cosa. Y si dijeren que tomando el dinero que hay en lo templos de Olimpia y de Delfos nos podrán sonsacar los marineros que tenemos a sueldo, dándoles mayor cantidad que nosotros, contestaré que nos causarían daño si éstos no fuesen, como lo son, nuestros amigos. Además tenemos patrones y marineros de nuestra nación en mayor número que todos los otros griegos, y ninguno de lo que están a sueldo, aparte el peligro a que se pone si nos dejare, querría verse expulsado de nuestra tierra con la esperanza de enriquecerse más con el partido de ellos que con el nuestro; porque dándoles mayor sueldo será por menos días que les durará el nuestro.

»Estas y otras cosas semejantes de los peloponenses juzgo oportuno recordároslas. De nosotros diré lo que siento. Estamos muy libres de aquello que culpamos en ellos y tenemos otras cosas notables, de que ellos carecen. Si quieren entrar en nuestra provincia por tierra, entraremos en la suya por mar, y no será igual el daño que nos harán al que recibirán de nosotros, porque les podemos destruir parte del Peloponeso y ellos no pueden destruir toda la tierra de Atenas. Además no tienen tierra ninguna libre de guerra, y nosotros tenemos otras muchas, así islas como tierra firme, donde no pueden venir a hacernos daño a causa del mar que poseemos, que es una gran cosa.

»Considerad, pues, que si fuésemos moradores de cualquier isla, seríamos inexpugnables y no podríamos ser conquistados. Ahora bien, en nuestra mano está hacer lo mismo en Atenas que si morásemos en alguna isla, que es dejar todas las tierras y posesiones que tenemos en tierra de Atenas, y guardar y defender solamente la ciudad y la mar. Y si los peloponenses, que son más que nosotros, vinieren a talar y destruir la tierra, no debemos por la ira y enojo presentarles batalla, porque aunque los desbaratemos una vez, volverán a venir en tan gran número como antes; y si una vez perdiésemos la jornada, perderíamos la ayuda de todos nuestros súbditos y aliados, que cuando entendiesen que no somos bastantes para acometerles por mar con gruesa armada, harían poco caso de nosotros. Cuanto más, que no debemos llorar porque se pierdan las tierras y posesiones si salvamos nuestras personas, pues las posesiones no adquieren ni ganan a los hombres sino los hombres a las posesiones. Y si me quisiereis creer, antes os aconsejaría que vosotros mismos las destruyerais para dar a entender a los peloponenses que no les habéis de obedecer por causa de ellas.

»Otras muchas razones os podría decir para convenceros de que debéis esperar la victoria, si quisiereis oírme, más no conviene estando como estáis en defensa de vuestro estado pensar en aumentar vuestro nuevo señorío, ni añadir voluntariamente otros peligros a los que por necesidad se ofrecen; que ciertamente yo temo más los yerros de los nuestros, que los pensamientos e inteligencia de nuestros enemigos. De esto no quiero hablar más ahora, sino dejarlo para su tiempo y lugar.

»Y para dar fin a mis razones, me parece que debemos enviar nuestros embajadores a los lacedemonios, y responderles que no prohibiremos a los megarenses nuestros puertos, ni los mercados con tal que los lacedemonios no veden la contratación en su ciudad a los extranjeros, como la vedan a nosotros y a nuestros aliados y confederados, pues ni lo uno ni lo otro está exceptuado ni prohibido en los tratados de paz. Y en cuanto al otro punto, que nos piden de dejar las ciudades de Grecia libres, y que vivan con sus leyes y libertad, que así lo haremos si estaban libres al tiempo que se hicieron dichos tratados; y si ellos también permiten a sus ciudades gozar de la libertad que quisieren para que vivan según sus leyes y particulares institutos, sin que sean obligadas a guardar las leyes y ordenanzas de Lacedemonia tocante al gobierno de su república. Queremos estar a derecho y someter las cuestiones a juicio según el tenor de nuestros tratados y convenciones, sin comenzar guerra ninguna; pero que si otros nos la declaran y mueven primero, que trabajaremos para defendernos.

»Esta respuesta me parece justa y honrosa y conveniente a nuestra autoridad y reputación, y juntamente con este, conoced que, pues la guerra no se excusa, si la tomamos de grado, nuestros enemigos nos parecerán menos fuertes; y de cuanto mayores peligros nos libraremos tanta mayor honra y gloria ganaremos, así en común como en particular. Nuestros mayores y antepasados, cuando emprendieron la guerra contra los medos, ni tenían tan gran señorío como ahora tenemos, ni poseían tantos bienes, y lo poco que tenían lo dejaron y aventuraron de buena gana, usando más de consejo que de fortuna, y de esfuerzo y osadía, que de poder y facultad de hacienda. Así expulsaron a los bárbaros y aumentaron su señorío en el estado que ahora lo veis. No debemos, pues, ser menos que ellos, sino resistir a nuestros contrarios, defendernos por todas vías y trabajar por no dejar nuestro señorío más ruin y menos seguro que le heredamos de ellos».

Habiendo Pericles acabado su razonamiento, los atenienses, aprobando su consejo, determinaron seguirle y, conforme a él, respondieron a los lacedemonios por medio de sus embajadores, que no harían cosa de lo que ellos demandaban sino que estaban dispuestos a someter a juicio y responder a sus demandas; y con esta respuesta los embajadores volvieron a su tierra. En adelante no curaron de enviar más embajada los unos a los otros. Empero, las causas de las diferencias entre ambas partes antes de la guerra, tuvieron origen en las cosas que ocurrieron en Epidamno y en Corcira, aunque por éstas no dejaban de comunicarse unos con otros sin farautes ni salvo conducto aunque ya se recelaban y tenían sospecha entre sí, pues lo que entonces se hacía fue causa de la perturbación y rompimiento de las treguas, y materia y ocasión de la guerra.

Libro segundo

I

La guerra entre atenienses y peloponenses comenzó por los medios y ocasiones arriba dichos, y asimismo entre los aliados y confederados de ambas partes, la cual continuó después de comenzada, sin que pudiesen contratar los unos ni los otros sino mediante farautes y salvo conducto. Escribiremos, pues, de ella, y contaremos por orden lo que pasó así en el verano como en el invierno. Empezó quince años después de los tratados de paz que habían hecho por treinta años, cuando tomaron a Eubea, que fue a los cuarenta y ocho años del sacerdocio de Crisis en la ciudad de Argos, siendo éforo en Esparta Enesio, y Presidente y Gobernador en Atenas Pitidoro, seis meses después de la batalla que se dio en Potidea, al principio de la primavera. Y en este tiempo algunos tebanos, que serían en número de trescientos, llevando por sus capitanes dos caballeros beotarcas de los más principales, llamados el uno Pitangelo, hijo de Filidas, y el otro, Diemporo, hijo de Onetóridas, entraron por sorpresa una noche al primer sueño en la ciudad de Platea, situada en tierra de Beocia, y a la sazón confederada con los atenienses. Pudieron hacerlo por tratos e inteligencias con algunos de la ciudad que les abrieron las puertas, que fueron Nauclides y su compañeros, los cuales querían entregarla a los tebanos, esperando por esta vía destruir la influencia de algunos ciudadanos que eran enemigos suyos, y también por su provecho particular. Para los tratos sirvió de mediador Eurímaco hijo de Leontiadas, que era el hombre más principal y más rico de Tebas.

Los tebanos, conociendo que en todo caso la guerra se había de hacer contra los atenienses, quisieron antes que se declarase tomar aquella ciudad, que siempre había sido su enemiga; y por este medio entraron en ella fácilmente sin ser sentidos de persona alguna, porque no ha-bía guardia y llegaron hasta la plaza; no pareciéndoles entonces poner por obra lo que habían otorgado a los ciudadanos que les facilitaron la entrada, que era ir a destruir las casas de sus enemigos particulares, antes hicieron pregonar que todos aquellos que quisiesen ser aliados de los beocios y vivir según sus leyes, acudieran allí y trajesen sus armas, esperando que por esta vía atraerían a los ciudadanos a su voluntad. Cuando los de Platea sintieron que los tebanos estaban dentro de su ciudad, temiendo que fuesen más los que habían entrado (porque no los podían ver por ser de noche), aceptaron su petición, fueron a ver y hablar con ellos, y viendo que no querían hacer novedad alguna, se sosegaron. Después, andando en los tratos, conocieron que eran muy pocos, y determinaron acometerlos porque los platenses se apartaban de mala gana de la alianza con los atenienses. Para no ser vistos si se juntaban por las calles, horadaron sus casas por dentro y pasaron de unas a otras; así en poco rato se hallaron todos juntos en un lugar, pusieron muchas carretas atravesadas en las calles que les sirviesen de trincheras e hicieron otros reparos que les parecieron convenientes y necesarios en aquel momento. Juntos todos, y casi una hora antes del día, salieron de su estancia y vinieron a dar sobre los tebanos, que aún estaban en el mercado esperando. Salieron de noche temiéndose que si los acometían de día se defenderían mejor y con más osadía que no de noche estando en tierra extraña y no teniendo noticia del lugar, según que por experiencia se mostró. Porque viéndose los tebanos engañados y que cargaban sobre ellos, tentaron dos o tres veces salir por alguna calle, más de todas partes fueron lanzados. Entonces, con el gran ruido que había, así de aquellos que les perseguían como de las mujeres y niños, y otros que les tiraban piedras y lodo desde las ventanas, y también con la lluvia que estaba cayendo, quedaron tan atónitos que se dieron a huir por las calles como podían, sin saber dónde iban a parar, así por la mala noche como por no conocer la ciudad; no pudiendo salvarse por ser tan perseguidos y también porque uno de los ciudadanos acudió prontamente a la puerta por donde habían entrado, la única que estaba abierta, y la cerró con una gran tranca en lugar de cerrojo, de manera que los tebanos no pudieron salir por allí. Algunos de ellos subieron sobre las murallas y se arrojaron por ellas pensando salvarse, de los cuales murió el mayor número. Otros llegaron a una puerta que no tenía guardas, y con una hoz que les dio una mujer quebraron la cerradura y se salieron, aunque éstos fueron muy pocos, porque los vieron en seguida. Los que andaban por las calles, como los que quebrantaron la cerradura, fueron a parar a un edificio grande que estaba junto a los muros, cuya puerta hallaron por acaso abierta, y pensando que fuese alguna de las puertas de la villa y que se podrían salvar, entraron por ella. Entonces, viendo los ciudadanos que todos estaban encerrados, discutieron si les pondrían fuego para quemarlos a todos juntos, o si los matarían de otra manera. Mas al fin aquellos y todos los otros que andaban por la villa se rindieron con sus armas a merced de los de la ciudad.

Entretanto que esto pasaba en la ciudad de Platea, los otros tebanos que habían de seguir de noche con toda la gente a los que primero habían entrado para ayudarles si fuese menester, tuvieron nuevas en el camino de que los suyos habían sido desbaratados y perseguidos apresuráronse lo más que pudieron acudir en su socorro, mas no pudieron llegar a tiempo, porque de Tebas a Platea hay noventa estadios, y la lluvia grande que había caído aquella noche les detuvo; además el río Asopo, que habían de atravesar, a causa de la mucha agua que había caído, estaba malo de pasar a vado. De modo que cuando pasaron a la otra parte y fueron avisados de que los suyos, que entraron primero en la ciudad, habían sido todos muertos o presos, celebraron consejo entre sí para acordar si prenderían a todos los de Platea que estaban fuera de la ciudad, que serían muchos, y asimismo gran número de bestias, ganado y bienes muebles, a causa de que aún no estaba declarada la guerra, para con esta presa rescatar los prisioneros de los suyos que quedaron vivos dentro de la ciudad. Estando en esta consulta, los platenses, sospechando lo que tramaban, les enviaron un faraute para demostrarles que habían hecho lo que debían al querer tomarles por sorpresa su ciudad durante la paz, y para declararles que si hacían daño a los ciudadanos que estaban en el campo, matarían todos los prisioneros tebanos que tenían; pero que si se iban fuera de sus tierras sin injuriarles, se los entregarían vivos; jurándolo así, según afirman los tebanos, aunque los de Platea dicen que no les prometieron darles inmediatamente sus prisioneros, sino después de hecho el convenio, y esto sin juramento. De cualquier manera que sea, los tebanos partieron para su ciudad sin hacer daño en tierra de los platenses; y los platenses, después de traer a la ciudad todo lo que tenían en los campos, mandaron matar los prisioneros, que serían cerca de ciento ochenta, entre los cuales estaba Eurímaco, que había convenido la traición. Así hecho, enviaron su mensajero a Atenas y entregaron los muertos a los tebanos, según su promesa, abasteciendo su ciudad de todas las cosas necesarias.

Cuando los atenienses supieron lo que había pasado en Platea, mandaron prender a todos los beocios que se hallasen en tierra de Atenas y enviaron su mensajero a Platea para que no hiciesen mal a ninguno a los tebanos que tenían en prisión hasta que ellos determinasen en consejo lo que debiera hacerse, pues no sabían que los hubiesen muerto, porque el primer mensajero que vino a Atenas partió de Platea cuando los tebanos entraron, y el segundo después que fueron vencidos y presos. Enviaron los atenienses su faraute o trompeta, y cuando llegó halló que todos los prisioneros habían sido muertos. Los atenienses enviaron un ejército a Platea con provisión de trigo para abastecer la ciudad; juntamente con esto dejaron buena guarnición de gente de guerra, y sacaron de la ciudad las mujeres y los niños, y los otros que no eran para tomar las armas.

II

Hechas estas cosas en Platea, y viendo los atenienses claramente las treguas rotas, se aprestaron a la guerra, y lo mismo hicieron los lacedemonios y sus aliados y confederados. Ambas partes enviaron sus embajadores al rey de Media y a los otros bárbaros de quien esperaban ayuda, y procuraban traer a su bando las ciudades de fuera de su señorío. Los lacedemonios encargaron a las ciudades de Italia y Sicilia, que seguían su partido, que hiciesen navíos de guerra, cada cual cuantos pudiese, además de los que tenían aparejados, de suerte que llegasen al número de quinientos, y también que les proveyesen de dinero no cuidando de hacer otros aprestos; que no recibiesen en sus puertos más de una nave de Atenas cada vez, hasta tanto que estuvieran dispuestas todas las cosas necesarias para la guerra.

Los atenienses por su parte, primeramente apercibieron a las ciudades sus confederadas y enviaron sus embajadores a las otras cercanas al Peloponeso, como son Corcira, Cefalonia, Acarnania y Zacinto, porque entendían que si estas ciudades se aliaban con ellos, más seguramente podrían hacer guerra por mar en torno del Peloponeso.

Ninguna de ambas partes fijaba sus pensamientos en cosas pequeñas, ni emprendían la guerra de otra suerte sino como convenía a su autoridad y reputación; y como al principio todos se disponen con ardor a la guerra, muchos jóvenes, así de Atenas como del Peloponeso, de buena gana se alistaban porque no la habían experimentado. Además todas las otras ciudades de Grecia se animaban viendo que las principales se inclinaban a ella.

Había muchos pronósticos, y relataban los oráculos respuestas de los dioses de muchas maneras, así en las ciudades que emprendían la guerra, como en las otras. Y aconteció que en Delos tembló el templo de Apolo, lo cual nunca fue visto ni oído desde que los griegos se acuerdan. Y por las señales que veían juzgaban todo lo venidero y lo inquirían con toda diligencia. La mayor parte se aficionaban antes a los lacedemonios que a los atenienses, porque decían y publicaban que querían dar a Grecia la libertad. De aquí que todos, así en común como en particular, de palabra y de obra, se disponían a ayudarles con tanta afición, que cada cual pensaba que si él no se hallaba presente, la cosa se impediría por su falta. Muchos estaban indignados contra los atenienses: unos porque les quitaban el mando, y otros porque temían caer en su dominio. Así, pues, de corazón y de obra se preparaban de ambas partes. Las ciudades que cada cual tenía por amigas y confederadas para la guerra eran éstas: de parte de los lacedemonios, todos los peloponenses que habitan dentro del estrecho de mar que llaman Istmo, excepto los argivos y los aqueos, que eran tan amigos de los unos como de los otros; y de los aqueos no hubo al principio sino los pelinos que fuesen del partido de los lacedemonios, aunque a la postre lo fueron todos. Fuera del Peloponeso eran de su bando los megarenses, los focenses, los locrenses, los beocios, los ambraciotas, los leucadios, los anactorios. De éstos, los corintios, los megarenses, los siciones, los pelinos, los elienses, los leucadios y los ambraciotas proveyeron de navíos; los beocios, los focenses y los locrenses de gente de a caballo, y las otras ciudades de infantería.

De parte de los atenienses estaban los de Quío, los de Lesbos, los de Platea y los mesenios, que habitan en Naupacto, y muchos de los acarnanios; los corcirenses, los zacintos y los otros que son sus tributarios, entre los cuales eran los cares, que habitan la costa de la mar, y los dorios que están junto a ellos. La tierra de Jonia, los de Helesponto y muchos lugares de Tracia, y todas las islas que están fuera del Peloponeso y de Creta hacia levante, que se llaman Cícladas, excepto Melo y Tera. De éstos, todos los de Quío, Lesbos y Corcira proveyeron de navíos, y los otros todos de gente de a pie. Tal fue el apresto y ayuda de los aliados y confederados de las dos partes.

Volviendo a la historia, los lacedemonios cuando supieron lo que había acaecido en Platea, enviaron un mensaje a sus aliados y confederados para que tuviesen a punto su gente; y prepararon todas las cosas necesarias para salir al campo un día señalado, y entrar por tierra de Atenas. Hecho así, las fuerzas de todas las ciudades se hallaron a un mismo tiempo en el estrecho del Peloponeso, llamado Istmo, y poco después arribaron los otros. Cuando todo el ejército estuvo reunido, Arquidamo, rey de los lacedemonios, que era caudillo de toda la hueste, mandó llamar a los capitanes de las ciudades, y principalmente a los más señalados, y les dijo estas razones:

III

«Varones peloponenses y vosotros, nuestros compañeros aliados y confederados, bien sabéis que nuestros mayores y antepasados hicieron muchas guerras así en tierra del Peloponeso como fuera de ella. Y aquellos de nosotros que somos más ancianos tenemos alguna experiencia de guerra, empero nunca jamás tuvimos tan gran aparato de ella ni salimos con tan gran poder como al presente, que vamos contra una ciudad muy poderosa y donde hay muchos y muy buenos guerreros. Por tanto es justo que no nos mostremos inferiores a nuestros mayores, ni demos vergüenza a la gloria y honra ganada por ellos y por nosotros adquirida, porque a toda la Grecia conmueve esta guerra, y está muy atenta a la mira, esperando y deseando el buen suceso de nuestra parte, por el gran odio que tiene a los atenienses.

»Mas no porque nos parezca que somos muchos en número, y que vamos contra nuestros enemigos con gran osadía, debemos pensar que no osarán salir a pelear contra nosotros, y por esta causa no nos debemos descuidar en ir bien apercibidos; antes conviene que cada cual de nosotros, así el capitán de la ciudad, como el soldado, se recele siempre de caer en algún peligro por su culpa; pues los casos de la guerra son inciertos, de las cosas pequeñas se llega a las más grandes, y hartos vienen a las manos por una pequeña causa por ira. Muchas veces los que son en menor número, porque se recatan de los que son más, los vencen, si aquéllos, por tener en poco a su contrario, van mal apercibidos. Por lo cual, conviene siempre que entrados en tierra de los enemigos, tengamos ánimo y corazón de pelear osadamente, y que venidos al hecho nos apercibamos con recelo y cautela. Ha-ciéndose esto, seremos más animosos para acometer a los enemigos, y más seguros para pelear resistiendo. Debemos pensar que no vamos contra una ciudad flaca y desapercibida incapaz de defenderse, sino contra la ciudad de Atenas, muy provista de todas las cosas necesarias, y creer que son tales que saldrán a pelear contra nosotros; si no fuere ahora, a lo menos cuando nos vieren en su tierra talándola y destruyéndola, porque todos aquellos que ven al ojo y de repente algún mal no acostumbrado, se mueven a ira y saña, y generalmente los menos razonables salen con ira y furor a la obra, lo cual es verosímil hagan los atenienses más que todas las otras naciones, porque se tienen por mejores y más dignos de mandar y dominar a los otros, y de destruir la tierra de sus vecinos antes que ver destruida la suya.

»Vamos, pues, contra una ciudad tan poderosa, a buscar honra y gloria para nosotros y para nuestros antepasados, y para alcanzar ambas cosas seguid a vuestro caudillo, procurando ante todo ir en buen orden y guarda de vuestras personas y hacer pronto lo que os mandaren, porque no hay cosa más hermosa de ver ni más segura, que siendo muchos en una hueste, todos a una vayan dispuestos en buen orden».

Cuando Arquidamo terminó su arenga y despidió a los oyentes, envió ante todas cosas a Melesipo el espartano, hijo de Diacrito, a Atenas, por ver si los atenienses se humillarían más, viéndolos ya puestos en camino. Pero éstos no quisieron admitir a Melesipo en su Senado, ni menos en su ciudad; y le despidieron sin darle audiencia, porque en esto venció el parecer de Pericles, de no admitir faraute ni embajador de los lacedemonios, después que hubiesen tomado las armas contra ellos. Mandaron, pues a Melesipo que saliese de sus términos dentro de un día, y dijese a los que le enviaron que en adelante no les enviasen embajada sin salir primero de los términos de Atenas y volver a sus tierras. Diéronle guías para que no le sucediera ningún percance. Al llegar a los términos de su tierra, cuando querían despedirle los guías, les dijo éstas palabras: «Este día de hoy será principio de grandes males para los griegos».

Llegó Melesipo al campamento de los lacedemonios, y Arquidamo supo por él que los atenienses no habían perdido nada de su altivez; levantó su real, y entró con su hueste en tierras de los enemigos; y por otra parte, los beocios se metieron en tierra de Platea, talándola y robándola con la parte del ejército que no había dado a los del Peloponeso. Y esto lo hicieron antes que los otros peloponenses se juntasen en el estrecho y cuando estaban en camino antes de entrar por tierra de Atenas.

IV

Pericles, hijo de Jantipo, el primero de los diez capitanes de los atenienses, al saber la entrada de los enemigos en tierra de Atenas, sospechando que Arquidamo, porque había sido su huésped en Atenas, vedase a los suyos tocar a las posesiones que tenía fuera de la ciudad, en prueba de cortesía o por agradarle, o de propósito por mandado de los lacedemonios para hacerle sospechoso entre los atenienses, como antes lo había querido hacer, pidiendo que le echasen de la ciudad por estar contaminado de sacrilegio, según arriba contamos, se adelantó y, en pública Asamblea, habló a los atenienses, diciéndoles que no por haber sido Arquidamo su huésped y vivir en su casa, le había de ocurrir a la ciudad mal ninguno, y que si los enemigos quemasen y destruyesen las casas y posesiones de los otros ciudadanos y quisiesen, por ventura, reservar las suyas, las daba y hacía donación de ellas desde entonces a la ciudad, para que no sospecharan de él. Y amonestóles, cual lo había hecho al principio, para que se prepararan a la guerra, trayendo a la ciudad todos los bienes que tenían en el campo, y que no saliesen a pelear, sino que entrasen en la ciudad, la guardasen y defendiesen sus navíos y municiones de mar de que estaban bien abastecidos, que tuviesen bajo su mano y en amistad y obediencia a sus aliados y confederados, diciendo que sus fuerzas todas estaban en éstos por el dinero que adquirían de la renta que les daban, pues principalmente, en caso de guerra, la victoria se alcanza por buen consejo y por la copia del dinero, mandándoles que tuvieran gran confianza en la renta de los tributos de los súbditos y aliados y confederados, que montaba a seiscientos talentos, sin las otras rentas, que tenían en común, y asimismo confiasen en el dinero guardado en su fortaleza, que pasaba de seis mil talentos; pues aunque había reunido nueve mil setecientos, lo que faltaba se había gastado en los reparos de los propileos de la ciudadela, y en la guerra de Potidea. Contaban, además, con gran cuantía de oro y plata sin acuñar, constituida por ofrendas públicas y privadas, los vasos sagrados y otros ornamentos de los templos, utilizados en las procesiones y juegos, despojos que habían ganado a los medos, y otras cosas semejantes que valdrían poco menos de quinientos talentos, y sin contar el mucho dinero que tenían los templos, del cual se podrían servir y aprovechar en caso necesario. Y cuando todo faltase, podían tomar el oro de la estatua de la diosa Ártemis, que se calculaba en cuatrocientos talentos de oro fino y macizo, que les sería lícito tomar para el bien y pro de la República, devolviéndolo íntegramente después de la guerra. Así les aconsejaba que confiasen en su dinero.

En cuanto a la gente de guerra, les mostró que tenían quince mil combatientes armados, sin aquellos que estaban en guarnición en las plazas y fortalezas, que serían más de diez y seis mil; pues tantos eran los que estaban guardándolas desde el principio, entre viejos, mozos y advenedizos, todos con sus armas. Y tenían la muralla llamada Falero, que se extendía desde la ciudad hasta la mar, de treinta y cinco estadios de largo, y el muro que rodeaba la ciudad, de cuarenta y tres en torno, porque la muralla que estaba entre el muro Falero y el que llamaban gran muro, que asimismo se extendía hasta la mar, y era de cuarenta estadios de largo, no tenía guardas, a causa de que los otros dos muros exteriores estaban bien guardados. Por último, se guardaba la fortaleza del puerto llamado Pireo, la cual, con la otra fortaleza vecina llamada Muniquia, tenía sesenta estadios de circuito y en su mitad había guarnición.

Además, contaban mil doscientos hombres de armas y seiscientos ballesteros a caballo. Tal era el aparato de guerra de los atenienses, sin faltar nada, cuando los peloponenses entraron en su tierra.

Otras muchas razones les dijo Pericles como acostumbraba, para mostrarles que llevarían la mejor parte en aquella guerra, las cuales, oídas por los atenienses, fácilmente les persuadieron, metiendo en la ciudad todos los bienes que tenían en el campo. Después enviaron por mar sus mujeres, sus hijos, sus muebles y alhajas, hasta la madera de los edificios que habían derribado en los campos, y sus bestias de carga a Eubea y otras islas cercanas. Esta emigración les fue ciertamente muy pesada y trabajosa, porque de mucho tiempo tenían por costumbre vivir en los campos la mayor parte de ellos, donde tenían sus casas y sus labranzas. Y desde el tiempo de Cécrope y de los otros primeros reyes hasta Teseo, la tierra de Ática fue muy poblada de villas y lugares, y cada lugar tenía su justicia y jurisdicción que llaman Pritaneo, porque viviendo en sosiego y sin guerra no fuera menester la ida del rey para consultar sus negocios, aunque algunos de ellos tuvieron guerra entre sí, como los eleusios después que Eumolpo se juntó con Erecteo. Pero desde que Teseo empezó a reinar, que fue hombre poderoso, sabio y bien entendido, además de reducir a policía y buenas costumbres muchas otras cosas en la tierra, quitó todos aquellos consejos y justicias y obligó a los habitantes a vivir en la ciudad bajo un senado y una jurisdicción y a que labrasen sus tierras como antes, y eligiesen domicilio y tuviesen sus casas y morada ordinaria en aquella ciudad, la cual en su tiempo llegó a ser grande y poderosa por sucesión de los descendientes. En memoria de tan gran bien, en semejante día al en que fue hecha aquella unión de la ciudad, celebraban hasta hoy los atenienses una fiesta solemne todos los años en honra de la diosa Atenea. Antes de Teseo, no era la ciudad más grande que la actual Acrópolis y la parte que está al mediodía, según aparece por los templos de los dioses, que están dentro de la Acrópolis, y los otros que están fuera, hacia el mediodía, el de Zeus Olímpico, el de Apolo, el de la diosa Deméter y el de Baco, en el cual celebraban todos los años las fiestas Bacanales el día diez del mes de Antesterión, como las celebran hoy los jonios, descendientes de los atenienses; otros muchos templos antiguos que hay en el mismo lugar y la fuente que después que los tiranos la reedificaron llámanla de los nueve caños, y antes se llamaba Caliroe, de la cual se servían, porque estaba cercana al lugar para muchas cosas, como ahora también se sirven para los sacrificios, y especialmente para los casamientos. La Acrópolis, que está en lo más alto de la ciudad, llaman hoy día los atenienses Ciudadela, en memoria de la antigua.

Volviendo, pues, a la historia, los atenienses que antiguamente tenían sus moradas en los campos, aunque después se metieron en la ciudad y fueron reducidos a policía, por la costumbre que antes tenían de estar en el campo, vivían en él casi todos ellos con su casa y familia, así los viejos ciudadanos como los nuevos, hasta esta guerra de los lacedemonios, por ello les contrariaba mucho recogerse a la ciudad, y especialmente porque después de la guerra con los medos habían llevado a ellos sus haciendas y alhajas. También les pesaba dejar sus templos y sus dioses particulares que tenían en los lugares y aldeas del campo y su manera antigua de vivir, de suerte que a cada cual le parecía que se expatriaba al dejar su campo y aldea. Al entrar en la ciudad muy pocos tenían casas, unos se alojaban con sus parientes y amigos, la mayor parte en lugar no poblado de la ciudad y dentro de todos los templos (excepto aquellos que estaban en lo alto, en el Eleusinión, y otros más cerrados y guardados). Algunos hubo que se aposentaron en el templo nombrado Pelásgico, que estaba por debajo de la ciudad vieja aunque no les era lícito habitar allí, según les amonestaba un verso del Oráculo de Apolo, que decía así:

El Pelásgico templo tan precioso,

vacío está bien y ocioso.

Aunque a mi parecer el Oráculo dijo lo contrario de lo que se entendía, porque las calamidades y desventuras no sobrevinieron a la ciudad porque el templo fuera profanado al habitarlo las gentes, según quisieron dar a entender, sino que antes al contrario por la guerra vino la necesidad de vivir en él. El Oráculo de Apolo, previendo la guerra que debía ocurrir, dijo que cuando se habitara no sería por su bien. También muchos hicieron sus habitaciones dentro del cerco de los muros, y en conclusión cada cual se alojaba como podía, porque la ciudad no se lo estorbaba, viendo tan gran multitud de gentes venir de los campos, aunque después fueron repartidos a lo largo de los muros y en una gran parte de Pireo.

Cuando los hombres y sus bienes fueron recogidos dentro de la ciudad, todos pusieron atención en proveer las cosas necesarias para la guerra, en procurar la ayuda y socorro de las ciudades confederadas, y en aparejar cien navíos de guerra para enviarlos contra el Peloponeso.

V

Entrado el ejército de los peloponenses en tierra de Atenas, asentó su real primeramente delante de la ciudad de Enoe, que estaba situada entre los términos de Atenas y Eubea. Y porque la ciudad era tan fuerte que los atenienses la tenían por muralla y amparo de la tierra en tiempo de guerra, determinaron tomarla por asalto. Para combatirla prepararon sus máquinas y pertrechos; mas porque en estos aprestos gastaban mucho tiempo en balde, concibieron sospecha contra Arquidamo su caudillo de que fuese favorable a los atenienses, porque ya antes les ha-bía parecido flojo y negligente en juntar los amigos y confederados, animándoles muy fríamente para la guerra; y una vez junto el ejército, se había tardado mucho en el estrecho del Peloponeso antes que partiesen, y después de partir también había sido negligente. Mas sobre todo, le culpaban de haber tenido mucho tiempo el cerco de la ciudad de Enoe, pareciéndoles que si usara de diligencia hubieran entrado con más presteza en tierra de Atenas, robando y talando todos los bienes y haberes que los atenienses tenían en los campos antes que los recogiesen en la ciudad. Esta sospecha concibió el ejército de Arquidamo estando en el cerco de Enoe; aunque él, según dicen, le detenía y alargaba esperando que los atenienses, antes que les comenzasen a talar la tierra, se humillarían, por no verla destruir a su presencia. Viendo los peloponenses que a pesar de todos sus esfuerzos, no podían tomar a Enoe, y también que los atenienses no les habían enviado ningún faraute ni trompeta durante el sitio, levantaron el cerco y partieron de allí, ochenta días después que ocurrió el hecho de los tebanos en Platea, y entraron por tierra en Atenas cuando ya los trigos estaban en sazón de segarse, llevando por su capitán a Arquidamo, hijo de Zeuxidamo, rey de Esparta, destruyeron y talaron toda la tierra, comenzando por la parte de Eleusis y de los campos de Tría e hicieron volver las espaldas a la gente de a caballo de los atenienses, que habían salido contra ellos en un lugar que se llamaba Ritia. Después pasaron adelante dejando a mano derecha el monte de Egaleón al través de la región llamada Cecropia y vinieron hasta Acarnas, que es la ciudad más grande que hay en toda la región de Ática. Junto a ella establecieron su campamento y allí estuvieron mucho tiempo, talando y robando la tierra.

Dicen que Arquidamo se detuvo alrededor de la villa con todo su ejército dispuesto de batalla, sin querer descender a lo llano en el campo, esperando que los atenienses, porque tenían gran número de mancebos en la flor de su mocedad codiciosos de la guerra, que nunca habían visto, saldrían contra ellos, y no sufrirían ver así destruir y robar su tierra. Y cuando vio que no habían salido estando sus enemigos en Eleusis y después en Tría, quiso tentar si osarían ir para hacerles levantar el cerco puesto a Acarnas, considerando, además, que este lugar era muy favorable para acampar. También le parecía que los de la ciudad, que serían la tercera parte atenienses, porque había dentro tres mil hombres de guerra, no sufrirían destruir su tierra; que todos los de Atenas y de Acarnas saldrían a darles la batalla; y que si no osaban salir, podrían en adelante con menos temor quemar y talar toda la tierra de los atenienses y llegar hasta los muros de la ciudad; porque cuando los acarnienses viesen toda su tierra destruida y sus haciendas perdidas, no se determinarían tan ligeramente a ponerse en peligro por guardar las tierras y las haciendas de otros, con lo cual habría división y discordia entre ellos y serían de diversos pareceres.

Esta era la opinión de Arquidamo cuando estaban sobre Acarnas. Los atenienses, mientras sus enemigos estuviesen alrededor de Eleusis y en tierra de Tría, creyeron que no pasarían adelante porque se acordarían de que, catorce años antes de aquella guerra, Plistoanacte, hijo de Pausanias y rey de los lacedemonios, habiendo entrado en tierra de Ática con el ejército de los peloponenses, cuando llegó hasta Eleusis y Tría, volvióse sin pasar delante; por lo cual fue desterrado de Esparta, donde sospecharon que había tomado dinero por volverse.

Mas cuando supieron que el ejército de los enemigos estaba sobre Acarnas, distante sesenta estadios de Atenas, y que ante sus ojos talaban y destruían sus tierras, lo cual nunca había visto hombre de la ciudad mozo ni viejo (excepto en la guerra de los medos), parecióles cosa intolerable y dura de sufrir, y determinaron, sobre todo los jóvenes, no sufrirlo más, saliendo contra sus enemigos.

Reunidos todos los del pueblo, tuvieron gran altercado porque unos querían salir y otros no lo permitían. Los adivinos y agoreros, a quienes todos se atenían, interpretaban de diverso modo, y según la voluntad de cada uno, las señales de los oráculos. Por otra parte los acarnienses, viendo que les destruían la tierra, daban prisa a los atenienses a que saliesen, y les parecía que así debían hacerlo, siquiera por socorrer a los atenienses que había dentro de la ciudad. De manera que Atenas estaba muy revuelta y en grandes disensiones. Se ensañaban contra Pericles y le injuriaban porque no quería sacarlos al campo siendo su capitán, diciendo que él era causa de todo el mal, sin acordarse del consejo que les había dado y de lo que les había amonestado antes de la guerra.

Entonces Pericles, viéndolos atónitos por los males de su tierra, y que no tenían buen acuerdo en querer salir contra toda razón, no quiso reunirles ni pronunciar discurso, según tenía por costumbre, temiendo que determinasen obrar algo, antes por ira que por juicio y razón, sino que ordenó la manera de guardar la ciudad y tenerla tranquila lo mejor posible. Empero, mandó salir al campo alguna gente de a caballo para impedir que los que venían del ejército enemigo a recorrer las tierras cercanas a la ciudad no las pudiesen robar ni hacer daño. Hubo algunas escaramuzas en el lugar que llaman Frigia, entre atenienses y tesalios, contra los beocios, en las cuales los atenienses y los tesalios no llevaban lo peor, hasta tanto que la gente de a pie de los beocios acudió a socorrer a su caballería, porque entonces los atenienses volvieron las espaldas y fueron muertos muchos de ellos y de los tesalios; y en el mismo día llevaron sus cuerpos a la ciudad sin pedirlos a los enemigos, como era costumbre. Al día siguiente los peloponenses levantaron trofeo en este mismo lugar en señal de victoria. Esta ayuda que los tesalios prestaron a los atenienses fue por la confederación y alianza antigua que tenían con ellos; por eso entonces les habían enviado aquel socorro de gente de a caballo de Larisa, de Farsalia, de Pirasia, de Girtonia y de Ferea. Por capitanes de los de Larisa, venían Polimedes y Aristono. De Farsalia, Menón, y otros de cada cual de aquellas ciudades.

Cuando los peloponenses vieron que los atenienses no salían a batallar contra ellos, alzaron el cerco de Acar-nas y fueron a talar y robar otros lugares que estaban entre Parnés y el monte de Brileso.

VI

Mientras los peloponenses andaban robando y destruyendo la tierra de Ática, los atenienses hicieron salir de su puerto las cien naves que tenían armadas, en las cuales había mil hombres de pelea y cuatrocientos flecheros, que tenían por sus capitanes a Cárcino, hijo de Jenotimo, a Proteas, hijo de Epicles, y a Sócrates, hijo de Antígenes, para recorrer la costa del Peloponeso, hacia donde dirigieron el rumbo.

Volviendo los peloponenses, estuvieron en tierra de Ática mientras les duraron los víveres, y cuando comenzaron a faltarles las provisiones, dirigiéndose por tierra de Beocia sin hacer mal ni daño. Mas cuando pasaron por la región de Oropo, que estaban sujetos a los atenienses, les tomaron una parte de tierra llamada Graica. He-cho esto regresaron a sus casas al Peloponeso, y se alojaron repartidos cada cual en sus ciudades.

Cuando los peloponenses partieron, los atenienses ordenaron su gente de guarda, así por mar como por tierra, para todo el tiempo que durase la guerra, y por decreto público mandaron guardar aparte mil talentos de los que estaban en la fortaleza, que no se tocase a ellos, y que de lo restante tomasen todo lo que fuera menester para la guerra, prohibiendo con pena de la vida tomar nada de aquellos mil talentos, sino en caso de mucha necesidad para resistir a los enemigos, si acometían a la ciudad por mar. Con aquel dinero hicieron cien galeras muy grandes y muy hermosas, y cada año ponían en ellas sus capitanes y patrones, mandando que no se sirviesen de ninguna de ellas sino en el mismo peligro, cuando fuese menester tocar al dinero guardado.

Los atenienses que iban en las cien naves contra el Peloponeso se juntaron con otras cincuenta que los corcirenses les habían enviado de socorro. Y todos juntos, navegando por la costa del Peloponeso, entre otros muchos daños que causaron, fue uno saltar en tierra y sitiar la ciudad de Metona, que está en Lacedemonia, y a la sazón encontrábase mal reparada de muros y desprovista de gente. Estaba por acaso, en aquella parte, el espartano Brasidas, hijo de Telide, con alguna gente de guerra; y al saber la llegada de los enemigos, acudió con cien hombres armados que tenía, solamente a socorrer la ciudad, atravesando el campamento enemigo, que estaba esparcido, y rodeando el muro con tanto ánimo y osadía que con pérdida de muy pocos de los suyos, muertos de pasada, entró en la ciudad y la salvó. Por esta osadía le elogiaron los espartanos sobre todos aquellos que se hallaron en aquella guerra. Partieron de allí los atenienses navegando mar adelante, y descendieron en tierra de Élide, en los alrededores de Fía. Allí se detuvieron dos días robando la tierra, y desbarataron doscientos soldados escogidos del valle de Élide, y algunos otros hombres de guerra que habían acudido de los lugares cercanos a socorrer la villa de Fía. Tras de esto, se les levantó un viento muy grande en la mar y una gran tempestad, a causa de la cual los navíos no pudieron quedar allí por ser playas sin puerto, y una parte de ellos, pasando por el cabo de Ictis, arribaron al puerto de Fía, donde los mesenios y los otros que no se habían podido embarcar al salir de Fía, llegaron por tierra, y habiendo tomado la villa por fuerza, como supiesen que venía contra ellos mucha gente de guerra de los de Élide, dejaron la villa, embarcáronse con los otros, y todos fueron navegando por aquella costa.

En este mismo tiempo, los atenienses enviaron otras treinta naves para ir contra los de Lócride y para guardar la isla de Eubea, dieron el mando de ellas a Cleopompo, hijo de Clinias, el cual, saltando en tierra, destruyó muchos lugares de aquella costa, conquistó la villa de Tronia, tomando rehenes, y venció en batalla junto a Alope a algunos locros que habían acudido para arrojarle de ella.

También por entonces los atenienses echaron fuera todos los moradores de Egina con sus mujeres e hijos, culpándoles de haber sido causa de aquella guerra, y porque les pareció que sería mejor y más seguro poblar aquella ciudad con su gente, que con la que era aficionada a los peloponenses, lo cual hicieron poco después. Mas los peloponenses, por odio a los atenienses y porque los de Egina les habían hecho muchos servicios, así cuando el terremoto que hubo en su tierra, como en la guerra que tuvieron contra los ilotas o esclavos, diéronles la villa de Turea para su habitación con todo el término de ella hasta la mar para que labrasen. Allí viven algunos de los eginetas, los demás se repartieron por toda la Grecia.

En este mismo verano, al primer día del mes a la renovación de la luna, en cuyo tiempo (según se cree) solamente puede ocurrir eclipse, se oscureció el sol cerca de la mitad, de manera que se vieron muchas estrellas en el cielo y al poco rato volvió a su claridad. Y también en este verano los atenienses nombraron proxeno y se reconciliaron con el abderita Ninfodoro, que antes había sido su enemigo, porque éste podía mucho con Sitalces, hijo de Teres, rey de Tracia, que había tomado a su hermana por mujer, con esperanza de que por medio de Sitalces traerían a su partido a Teres. Este Teres fue el primero que acrecentó el reino de los odrisios, que gobernaba, y lo hizo el mayor de toda la Tracia, permitiendo a los naturales vivir después en libertad. Dicho Teres, no es el que tuvo por mujer a Progne, hija de Pandión, rey de Atenas, pues reinaron en diversas partes de Tracia. El que se casó con Progne tuvo la parte de Daulia, que al presente llaman tierra de Fócide, que entonces habitaban los tracios, en cuyo tiempo Progne y Filomela su hermana hicieron aquella maldad de Itis, por lo cual muchos poetas, haciendo mención de Filomela, la llaman el ave de Daulia, y es verosímil que Pandión, rey de Atenas, hizo aquella alianza con Teres que regía la tierra de Daulia por el deudo, y porque estaba más cercano a Atenas para caso de ayuda y socorro, antes que con el otro Teres que reinaba en tierra de los odrisios, mucho más lejana.

Teres, de que al presente hablamos, hombre de poca estima y autoridad, adquirió el reino de los odrisios, y dejóle a Sitalces, su hijo, con el cual los atenienses hicieron alianza, así por tener los lugares que les favorecían con su amistad en Tracia, como también por ganar a Perdicas, rey de Macedonia. Vino Ninfodoro a Atenas con poder bastante de Sitalces para concluir y confirmar la liga y alianza, y por esto dieron al hijo de Sitalces, llamado Sadónico, derecho de ciudadano de Atenas. Prometió conseguir que Sitalces dejase la guerra que hacía en Tracia para poder mejor enviar socorro a los atenienses de gente de a caballo y de infantería, armados a la ligera. También hizo conciertos entre los atenienses y Perdicas, persuadiendo a éstos para que devolvieran a aquél la ciudad de Termes. Por virtud de este convenio, Perdicas se unió a los atenienses, y con Formión comenzó la guerra contra los de Cálcide. Así ganaron los atenienses la amistad de Sitalces, rey de Tracia, y de Perdicas, rey de Macedonia.

En este tiempo, la gente de guerra de los atenienses que había ido en la primera armada de las cien naves, tomó la ciudad de Solión, que era del señorío de los corintios, y después de robarla y saquearla, la dieron con toda su tierra para morar y cultivar a los de Falero, que son acarnanios. Tras ésta, tomaron la ciudad de Astaco, con la cual se confederaron e hicieron alianza lanzando de ella a Evarco, que la tenía ocupada por tiranía. Hecho esto, dirigieron el rumbo a la isla de Cefalonia, que está situada junto a la tierra de Acarnania y de Léucade, donde hay cuatro ciudades, Pala, Cranio, Samo y Pronne, y sin ninguna resistencia ganaron toda la isla. Poco después, al fin del verano, partieron para volver a Atenas. Mas al llegar a Egina, supieron que Pericles había salido de Atenas con gran ejército, y estaba en tierra de Mégara. Tomaron su derrota para ir derechos hacia aquella parte, y allí saltaron en tierra y se juntaron con los otros, formando uno de los mayores ejércitos de atenienses que hasta entonces se habían visto, porque también la ciudad estaba a la sazón floreciente y no había padecido ningún mal ni calamidad.

Eran diez mil hombres de guerra sólo de los atenienses, sin contar tres mil que estaban en Potidea, y sin los moradores de los campos que se habían retirado a la ciudad, y que salieron con ellos, los cuales serían hasta tres mil, muy bien armados. Además, había gran número de otros hombres de guerra armados a la ligera. Todos ellos, después de arrasar la mayor parte de la tierra de Mégara, volvieron a Atenas.

Todos los años fueron los atenienses a recorrer la tierra de Mégara, a veces con gente de a caballo, y otras con gente de a pie, hasta que tomaron la ciudad de Nisea. Mas, en el primer año de que ahora hablamos, fortificaron de murallas la ciudad de Atalanta, y al llegar al fin del verano, la destruyeron y dejaron desolada, porque estaba cercana a los locrenses y a los opuncios, para que los corcirenses no pudieran guarecerse, y desde allí hacer correrías por tierra de Eubea. Todo esto aconteció aquel mismo verano, después que los peloponenses partieron de Ática.

Al principio del invierno, el tirano Evarco, queriendo volver a la ciudad de Astaco, pidió a los corintios que le diesen cincuenta navíos, y mil quinientos hombres de guerra; con los cuales y con otros que él llevaría, pensaba recobrar la ciudad perdida. Los corintios accedieron a su demanda, y nombraron por capitanes de la armada a Eufamidas, hijo de Aristónimo, Timógeno, hijo de Timócrates, y a Eumaco, hijo de Crisis, quienes, al llegar por mar a la ciudad de Astaco, restablecieron en el mando a Evarco, y emprendieron en aquella misma jornada la empresa de ganar algunas villas de Acarnania que estaba en la costa. Mas como viesen que no podían lograr su propósito se volvieron, y pasando por la isla de Cefalonia, saltaron en tierra junto a la ciudad de Cranio, pensando tomarla por tratos. Los de la villa, fingiendo que querían tratar con ellos, los acometieron cuando estaban desapercibidos, mataron muchos, y los otros tuvieron que reembarcarse y volver a su tierra.

En este mismo invierno, los atenienses, siguiendo la costumbre antigua, hicieron exequias públicas en honra de los que habían muerto en la guerra. Las cuales se realizaron de esta manera. Tres días antes habían hecho un gran cadalso sobre el cual ponían los huesos de los que habían muerto en aquella guerra, y sus padres, parientes y amigos podían poner encima lo que quisiesen. Cada tribu tenía una grande arca de ciprés, dentro de la cual metían los huesos de aquellos que habían muerto, y aquella arca la llevaban sobre una carreta. Tras estas arcas llevaban en otra carreta un gran lecho vacío que representaba aquellos que habían sido muertos, cuyos cuerpos no pudieron ser hallados. Estas carretas iban acompañadas de gente de toda clase, así ciudadanos como forasteros, cuantos querían ir hasta el sepulcro, donde estaban las mujeres, parientes y deudos de los muertos, haciendo grandes demostraciones de dolor y sentimiento. Ponían después todas las arcas en un monumento público, hecho para este efecto, que estaba en el barrio principal de la ciudad, y en el cual era costumbre sepultar todos aquellos que muriesen en las guerras, excepto los que murieron en la batalla de Maratón, a los cuales, en memoria de su valentía y esfuerzo singular, mandaron hacer un sepulcro particular en el mismo sitio. Cuando habían sepultado los cuerpos, era costumbre que alguna persona notable y principal de la ciudad, sabio y prudente, preeminente en honra y dignidad, delante de todo el pueblo hiciese una oración en loor de los muertos, y hecho esto, cada cual volvía a su casa. De esta manera sepultaban los atenienses a los que morían en sus guerras.

Aquella vez, para referir las alabanzas de los primeros que fueron muertos en la guerra, fue elegido Pericles, hijo de Jantipo; el cual, terminadas las solemnidades he-chas en el sepulcro, subió sobre una cátedra, de donde todo el pueblo le pudiese ver y oír, y pronunció este discurso:

VII

«Muchos de aquellos que antes de ahora han hecho oraciones en este mismo lugar y asiento, alabaron en gran manera esta costumbre antigua de elogiar delante del pueblo a aquellos que murieron en la guerra, mas a mi parecer, las solemnes exequias que públicamente hacemos hoy, son la mejor alabanza de aquellos, que por sus hechos las han merecido. Y también me parece que no se debe dejar al albedrío de un hombre solo que pondere las virtudes y loores de tantos buenos guerreros, ni menos dar crédito a lo que dijere, sea o no buen orador, porque es muy difícil moderarse en los elogios, hablando de cosas de que apenas se puede tener firme y entera opinión de la verdad. Porque si el que oye tiene buen conocimiento del hecho y quiere bien a aquel de quien se habla, siempre cree que se dice menos en su alabanza de lo que deberían y él querría que dijesen; y por el contrario, el que no tiene noticia de ello, le parece, por envidia, que todo lo que se dice de otro es superior a lo que alcanzan sus fuerzas y poder. Entiende cada oyente que no deben elogiar a otro por haber hecho más que él mismo hiciera, estimándose por igual, y si lo hacen tiene envidia y no cree nada. Empero, porque de mucho tiempo acá, está admitida y aprobada esta costumbre, y se debe así hacer, me conviene, por obedecer a las leyes, ajustar cuanto pueda mis razones a la voluntad y parecer de cada uno de vosotros, comenzando por elogiar a nuestros mayores y antepasados. Porque es justo y conveniente dar honra a la memoria de aquellos que primeramente habitaron esta región y sucesivamente de mano en mano por su virtud y esfuerzo nos la dejaron y entregaron libre hasta el día de hoy. Y si aquellos antepasados son dignos de loa, mucho más lo serán nuestros padres que vinieron después de ellos; porque además de lo que sus ancianos les dejaron, por su trabajo adquirieron y aumentaron el mando y señorío que nosotros al presente tenemos. Y aún también, después de aquéllos, nosotros los que al presente vivimos y somos de madura edad, le hemos ensanchado y aumentado, y provisto y abastecido nuestra ciudad de todas las cosas necesarias, así para la paz como para la guerra. Nada diré de las proezas y valentías que nosotros y nuestros antepasados hicimos, defendiéndonos así contra los bárbaros como contra los griegos que nos provocaron guerra, por las cuales adquirimos todas nuestras tierras y señorío, porque no quiero ser prolijo en cosas que todos vosotros sabéis; pero después de explicar con qué prudencia, industria, artes y modos nuestro Imperio y señorío fue establecido y aumentado, vendré a las alabanzas de aquellos de quien aquí debemos hablar. Porque me parece que no es fuera de propósito al presente traer a la memoria estas cosas, y que será provechoso oírlas, a todos aquellos que aquí están, ora sean naturales, ora forasteros; pues tenemos una república que no sigue las leyes de las otras ciudades vecinas y comarcanas, sino que da leyes y ejemplo a los otros, y nuestro gobierno se llama Democracia, porque la administración de la república no pertenece ni está en pocos sino en muchos. Por lo cual cada uno de nosotros, de cualquier estado o condición que sea, si tiene algún conocimiento de virtud, tan obligado está a procurar el bien y honra de la ciudad como los otros, y no será nombrado para ningún cargo ni honrado, ni acatado por su linaje o solar, sino tan sólo por su virtud y bondad. Que por pobre o de bajo suelo que sea, con tal que pueda hacer bien y provecho a la república, no será excluido de los cargos y dignidades públicas.

»Nosotros, pues, en lo que toca a nuestra república gobernamos libremente; y asimismo en los tratos y negocios que tenemos diariamente con nuestros vecinos y co-marcanos, sin causarnos ira o saña que alguno se alegre de la fuerza o demasía que nos haya hecho, pues cuando ellos se gozan y alegran nosotros guardamos una severidad honesta y disimulamos nuestro pesar y tristeza. Comunicamos sin pesadumbre unos a otros nuestros bienes particulares, y en lo que toca a la república y al bien común no infringimos cosa alguna, no tanto por temor al juez, cuanto por obedecer las leyes, sobre todo las hechas en favor de los que son injuriados, y aunque no lo sean, causan afrenta al que las infringe. Para mitigar los trabajos tenemos muchos recreos, los juegos y contiendas públicas, que llaman sacras, los sacrificios y aniversarios que se hacen con aparatos honestos y placenteros, para que con el deleite se quite o disminuya el pesar y tristeza de las gentes. Por la grandeza y nobleza de nuestra ciudad, traen a ella de todas las otras tierras y regiones, mercaderías y cosas de todas clases; de manera que no nos servimos y aprovechamos menos de los bienes que nacen en otras tierras, que de los que nacen en la nuestra.

»En los ejercicios de guerra somos muy diferentes de nuestros enemigos, porque nosotros permitimos que nuestra ciudad sea común a todas las gentes y naciones, sin vedar ni prohibir a persona natural o extranjera ver ni aprender lo que bien les pareciere, no escondiendo nuestras cosas aunque pueda aprovechar a los enemigos verlas y aprenderlas; pues confiamos tanto en los aparatos de guerra y en los ardides y cautelas, cuanto en nuestros ánimos y esfuerzo, los cuales podemos siempre mostrar muy conformes a la obra. Y aunque otros muchos en su mocedad se ejercitan para cobrar fuerzas, hasta que llegan a ser hombres, no por eso somos menos osados o determinados que ellos para afrontar los peligros, cuando la necesidad lo exige. De esto es buena prueba que los lacedemonios jamás se atrevieron a entrar en nuestra tierra en son de guerra sin venir acompañados de todos sus aliados y confederados; mientras nosotros, sin ayuda ajena, hemos entrado en la tierra de nuestros vecinos y comarcanos, y muchas veces sin gran dificultad hemos vencido a aquéllos que se defendían peleando muy bien en sus casas. Ninguno de nuestros enemigos ha osado acometernos cuando todos estábamos juntos, así por nuestra experiencia y ejercicio en las cosas de mar, como por la mucha gente de guerra que tenemos en diversas partes. Si acaso nuestros enemigos vencen alguna vez una compañía de las nuestras, se alaban de habernos vencido a todos, y si por el contrario, los vence alguna gente de los nuestros, dicen que fueron acometidos por todo el ejército.

»Y en efecto, más queremos el reposo y sosiego cuando no somos obligados por necesidad que los trabajos continuos, y deseamos ejercitarnos antes en buenas costumbres y loable policía, que vivir siempre con el temor de las leyes; de manera que no nos exponemos a peligro pudiendo vivir quietos y seguros, prefiriendo el vigor y fuerza de las leyes al esfuerzo y ardor de ánimo. Ni nos preocupan las miserias y trabajos antes que vengan. Cuando llegan, las sufrimos con tan buen ánimo y corazón, como los que siempre están acostumbrados a ellas.

»Por estas cosas y otras muchas, podemos tener en grande estima y admiración esta nuestra ciudad, donde viviendo en medio de la riqueza y suntuosidad, usamos de templanza y hacemos una vida morigerada y filosófica, es a saber, que sufrimos y toleramos la pobreza sin mostrarnos tristes ni abatidos, y usamos de las riquezas más para las necesidades y oportunidades que se pueden ofrecer que para la pompa, ostentación y vanagloria. Ninguno tiene vergüenza de confesar su pobreza, pero tiénela muy grande de evitarla con malas obras. Todos cuidan de igual modo de las cosas de la república que tocan al bien común, como de las suyas propias; y ocupados en sus negocios particulares, procuran estar enterados de los del común. Sólo nosotros juzgamos al que no se cuida de la república, no solamente por ciudadano ocioso y negligente, sino también por hombre inútil y sin provecho. Cuando imaginamos algo bueno, tenemos por cierto que consultarlo y razonar sobre ello no impide realizarlo bien, sino que conviene discutir cómo se debe hacer la obra antes de ponerla en ejecución. Por esto, en las cosas que emprendemos usamos juntamente de la osadía y de la razón, más que ningún otro pueblo, pues los otros algunas veces, por ignorantes, son más osados que la razón requiere, y otras, por quererse fundar mucho en razones, son tardíos en la ejecución.

»Serán tenidos por magnánimos todos los que comprendan pronto las cosas que pueden acarrear tristeza o alegría, y juzgándolas atinadamente no rehuyan los peligros cuando les ocurran.

»En las obras de virtud somos muy diferentes de los otros, porque procuramos ganar amigos haciéndoles beneficios y buenas obras antes que recibiéndolas de ellos; pues, el que hace bien a otro, está en mejor condición que el que lo recibe para conservar su amistad y benevolencia, mientras el favorecido sabe muy bien que con hacer otro tanto paga lo que debe. También nosotros solos usamos de magnificencia y liberalidad con nuestros amigos, con razón y discreción, es decir, por aprovechar sus servicios y no por vana ostentación y vanagloria de cobrar fama de liberales.

»En suma, nuestra ciudad es totalmente una escuela de doctrina, una regla para toda la Grecia, y un cuerpo bastante y suficiente para administrar y dirigir bien a mu-chas gentes en cualquier género de cosas. Que todo esto se demuestra por la verdad de las obras antes que con atildadas frases, bien se ve y conoce por la grandeza de esta ciudad; que por tales medios la hemos puesto y establecido en el estado que ahora veis; teniendo ella sola más fama en el mundo que todas las demás juntas. Sólo ella no da motivo de queja a los enemigos aunque reciba de ellos daño; ni permite que se quejen los súbditos como si no fuese merecedora de mandarlos. Y no se diga que nuestro poder no se conoce por señales e indicios, porque hay tantos, que los que ahora viven y los que vendrán después, nos tendrán en grande admiración.

»No necesitamos al poeta Homero ni a otro alguno, para encarecer nuestros hechos con elogios poéticos, pues la verdad pura de las cosas disipa la duda y falsa opinión, y sabido es que, por nuestro esfuerzo y osadía, hemos hecho que toda la mar se pueda navegar y recorrer toda la tierra, dejando en todas partes memoria de los bienes o de los males que hicimos.

»Por tal ciudad, los difuntos cuyas exequias hoy celebramos han muerto peleando esforzadamente, que les parecía dura cosa verse privados de ella, y por eso mismo debemos trabajar los que quedamos vivos. Esta ha sido la causa porque he sido algo prolijo al hablar de esta ciudad, para mostraros que no peleamos por cosa igual con los otros, sino por cosa tan grande que ninguna le es semejante, y también porque los loores de aquéllos de quienes hablamos, fuesen más claros y manifiestos. La grandeza de nuestra ciudad se debe a la virtud y esfuerzos de los que por ella han muerto, y en pocos pueblos de Grecia hay justo motivo de igual vanagloria. A mi parecer, el primero y principal juez de la virtud del hombre es la vida buena y virtuosa, y el postrero que la confirma es la muerte honrosa, como ha sido la de éstos. Justo es que aquellos que no pueden hacer otro servicio a la república, se muestren animosos en los hechos de guerra para su defensa; porque haciendo esto, merezcan el bien de la república en común que no merecieron antes en particular por estar ocupados cada cual en sus negocios propios; recompensen esta falta con aquel servicio, y lo malo con lo bueno. Así lo hicieron éstos, de los cuales ninguno se mostró cobarde por gozar de sus riquezas, queriendo más el bien de su patria que el gozo de poseerlas; ni menos dejaron de exponerse a todo riesgo por su pobreza, esperando venir a ser ricos, antes quisieron más el castigo y venganza de sus enemigos que su propia salud; y escogiendo este peligro por muy bueno, han muerto con esperanza de alcanzar la gloria y honra que nunca vieron, juzgando por lo que habían visto en otros, que debían aventurar sus vidas y que valía más la muerte honrosa que la vida deshonrada. Por evitar la infamia lo padecieron, y en breve espacio de tiempo quisieron antes con honra atreverse a la fortuna que dejarse dominar por el miedo y temor. Haciendo esto, se mostraron para su paria cual les convenía que fuesen. Los que quedan vivos deben estimar la vida, pero no por eso ser menos animosos contra sus enemigos, considerando que la utilidad y provecho no consiste sólo en lo que os he dicho, sino también, como lo saben muchos de vosotros y podrán decirlo, en rechazar y expulsar a los enemigos. Cuanto más grande os pareciere vuestra patria, más debéis pensar en que hubo hombres magnánimos y osados que, conociendo y entendiendo lo bueno y teniendo vergüenza de lo malo, por su esfuerzo y virtud la ganaron y adquirieron. Y cuantas veces las cosas no sucedían según deseaban, no por eso quisieron defraudar la ciudad de su virtud, antes le ofrecieron el mejor premio y tributo que podían pagar, cual fue sus cuerpos en común, y cobraron en particular por ellos gloria y honra eterna, que siempre será nueva y muy honrosa esta sepultura, no tan sólo para sus cuerpos, sino también para ser en ella celebrada y ensalzada su virtud y que siempre se pueda hablar de sus he-chos o imitarlos.

»Toda la tierra es sepultura de los hombres famosos y señalados, cuya memoria no solamente se conserva por los epitafios y letreros de sus sepulcros, sino por la fama que sale y se divulga en gentes y naciones extrañas que consideran y revuelven en su entendimiento, mucho más la grandeza y magnanimidad de su corazón, que el caso y fortuna que les deparó su suerte. Estos varones os ponemos delante de los ojos, dignos ciertamente de ser imitados por vosotros, para que conociendo que la libertad es felicidad y la felicidad libertad, no rehuyáis los trabajos y peligros de la guerra; y para que no penséis que los ruines y cobardes que no tienen esperanza de bien ninguno, son más cuerdos en guardar su vida que aquellos que por ser de mejor condición la aventuran y ponen a todo riesgo. Porque a un hombre sabio y prudente más le pesa y más vergüenza tiene de la cobardía que de la muerte, la cual no siente por su proeza y valentía y por la esperanza de la gloria y honra pública.

»Por tanto, los que aquí estáis presentes, padres de estos difuntos, consolaos de su muerte y no llorarla, porque sabiendo las desventuras y peligros a que están sujetos los niños mientras se crían, tendréis por bien afortunados aquellos que alcanzaron muerte honrosa como ahora éstos, y vuestro lloro y lágrimas por dichosas. Sé muy bien cuán difícil es persuadiros de que no sintáis tristeza y pesar todas las veces que os acordéis de ellos, viendo en prosperidad a aquellos con quienes algunas veces os habréis alegrado en semejante caso, y cuando penséis que fueron privados no sólo de la esperanza de bienes futuros sino también de los que gozaron largo tiempo. Empero, conviene sufrirlo pacientemente y consolaros con la esperanza de engendrar otros hijos, los que estáis en edad para ello, porque a muchos los hijos que tengan en adelante les harán olvidar el duelo por los que ahora han muerto y servirán a la república de dos maneras: una no dejándola desconsolada, y la otra inspirándole seguridad, pues los que ponen sus hijos a peligros por el bien de la república, como lo han hecho los que perdieron los suyos en esta guerra, inspiran más confianza que los que no lo hacen.

»Aquellos de vosotros que pasáis de edad para engendrar hijos, tendréis de ventaja a los otros que habéis vivido la mayor parte de la vida en prosperidad y que lo restante de ella, que no puede ser mucho, lo pasaréis con más alivio acordándoos de la gloria y honra que estos alcanzaron, pues sólo la codicia de la honra nunca envejece y algunos dicen que no hay cosa que tanto deseen los hombres en su vejez como ser honrados.

»Y vosotros, los hijos y hermanos de estos muertos, pensad en lo que os obliga su valor y heroísmo, porque no hay hombre que no alabe de palabra la virtud y esfuerzo de los que murieron, de suerte que vosotros los que quedáis, por grande que sea vuestro valor, os tendrán cuando más por iguales a ellos y casi siempre os juzgarán inferiores, porque entre los vivos hay siempre envidia, pero todos elogian la virtud y el esfuerzo del que muere. También me conviene hacer mención de la virtud de las mujeres que al presente quedan viudas, y concluiré en este caso con una breve amonestación, y es que debéis tener por gran gloria no ser más flacas, ni para menos de lo que requiere vuestro natural y condición mujeril, pues no es pequeña vuestra honra delante de los hombres, cuando nada tienen que vituperar en vosotras.

»He relatado en esta oración, que me fue mandada decir, según ley y costumbre, todo lo que me pareció ser útil y provechoso; y lo que corresponde a éstos que aquí yacen, más honrados por sus obras que por mis palabras, cuyos hijos si son menores, criará la ciudad hasta que lleguen a la juventud. La patria concede coronas para los muertos y para todos los que sirvieren bien a la república como galardón de sus trabajos, porque doquier que hay premios grandes para la virtud y esfuerzo, allí se hallan los hombres buenos y esforzados. Ahora, pues, que todos habéis llorado como convenía a vuestros parientes, hijos y deudos, volved a vuestras casas.»

De esta manera fueron celebradas las honras y exequias de los muertos aquel invierno, que fue al fin del primer año de la guerra.

VIII

Al comienzo del verano siguiente los peloponenses y sus aliados entraron otra vez en territorio del Ática por dos partes como hicieron antes, llevando por capitán a Arquidamo, hijo de Zeuxidamo, rey de los lacedemonios; y habiendo establecido su campo, robaban y talaban la tierra. Pocos días después sobrevino a los atenienses una epidemia muy grande, que primero sufrieron la ciudad de Lemnos y otros muchos lugares. Jamás se vio en parte alguna del mundo tan grande pestilencia, ni que tanta gente matase. Los médicos no acertaban el remedio, porque al principio desconocían la enfermedad y muchos de ellos morían los primeros al visitar a los enfermos. No aprovechaba el arte humana, ni los votos ni plegarias en los templos, ni adivinaciones, ni otros medios de que usaban, porque en efecto valían muy poco; y vencidos del mal, se dejaban morir. Comenzó esta epidemia (según dicen) primero en tierras de Etiopía, que están en lo alto de Egipto; y después descendió a Egipto y a Libia; se extendió largamente por las tierras y señoríos del rey de Persia; y de allí entró en la ciudad de Atenas y comenzó en Pireo, por lo cual los de Pireo sospecharon al principio que los peloponenses habían emponzoñado sus pozos, porque entonces no tenían fuentes. Poco después invadió la ciudad alta y de allí se esparció por todas partes; muriendo muchos más.

Quiero hablar aquí de ella para que el médico que sabe de medicina y el que no sabe nada de ella declare si es posible entender de dónde vino este mal y qué causa puede haber bastante para hacer de pronto tan gran mudanza. Por mi parte diré cómo vino, de modo que cualquiera que leyere lo que yo escribo, si de nuevo volviese, esté avisado y no pretenda ignorancia. Hablo como quien lo sabe bien, pues yo mismo fui atacado de este mal y vi los que lo tenían. Aquel año fue libre y exento de todos los otros males y enfermedades, y si algunos eran atacados de otra enfermedad, pronto se convertía en ésta. Los que estaban sanos, veíanse súbitamente heridos sin causa alguna precedente que se pudiese conocer. Primero sentían un fuerte y excesivo calor en la cabeza; los ojos se les ponían colorados e hinchados; la lengua y la garganta sanguinolentas y el aliento hediondo y difícil de salir, produciendo continuo estornudar; la voz se enronquecía y descendiendo el mal al pecho, producía gran tos, que causaba un dolor muy agudo; y cuando la materia venía a las partes del corazón, provocaba un vómito de cólera, que los médicos llamaban apocatarsis, por el cual con un dolor vehemente lanzaban por la boca humores hediondos y amargos; seguía en algunos un sollozo vano, produciéndoles un pasmo que se les pasaba pronto a unos y a otros les duraba más. Al tacto, la piel no estaba muy caliente ni tampoco lívida, sino rojiza, llena de pústulas pequeñas; por dentro sentían tan gran calor, que no podían sufrir un lienzo encima de la cama, estando desnudos y descubiertos. El mayor alivio era meterse en agua fría, de manera que muchos que no tenían guardas, se lanzaban dentro de los pozos, forzados por el calor y la sed, aunque tanto les aprovechaba beber mucho como poco. Sin reposo en sus miembros, no podían dormir, y aunque el mal se agravase no enflaquecía mucho el cuerpo, antes resistían a la dolencia, más que se puede pensar. Algunos morían de aquel gran calor, que les abrasaba las entrañas a los siete días y otros dentro de los nueve conservaban alguna fuerza y vigor. Si pasaban de este término, descendía el mal al vientre, causándoles flujo con dolor continuo, muriendo muchos de extenuación.

Esta infección se engendraba primeramente en la cabeza y después discurría por todo el cuerpo. La vehemencia de la enfermedad se mostraba, en los que curaban, en las partes extremas del cuerpo, porque descendía hasta las partes vergonzosas y a los pies y las manos. Algunos los perdían; otros perdían los ojos, y otros, cuando les dejaba el mal, habían perdido la memoria de todas las cosas y no conocían a sus deudos ni a sí mismos. En conclusión, este mal afectaba a todas las partes del cuerpo; era más grande de lo que decirse puede y más doloroso de lo que las fuerzas humanas podían sufrir. Que esta epidemia fuese más extraña que todas las acostumbradas, lo acredita que las aves y las fieras que suelen comer carne humana, no tocaban a los muertos, aunque quedaban infinidad sin sepultura; y si algunas los tocaban, morían. Pero más se conocía lo grande de la infección en que no aparecían aves, ni sobre los cuerpos muertos, ni en otros lugares donde habían estado, ni aun los perros que acostumbraban a andar entre los hombres más que otros animales; de lo cual se puede bien conjeturar la fuerza de este mal.

Dejando aparte otras muchas miserias de esta epidemia, que ocurrieron a particulares, a unos más ásperamente que a otros, este mal comprendía en sí todos los otros y no se sufría más que él; de suerte, que cuanto se hacía para curar las enfermedades, aprovechaba para aumentarlo y así unos morían por no ser bien curados y otros por serlo demasiado; no hallándose medicina segura, porque lo que aprovechaba a uno, hacía daño a otro. Quedaban los cuerpos muertos enteros, sin que apareciese en ellos diferencia de fuerza ni flaqueza; y no bastaba buena complexión, ni buen régimen para eximirse del mal.

Lo más grave era la desesperación y la desconfianza del hombre al sentirse atacado, pues muchos, teniéndose ya por muertos, no hacían resistencia ninguna al mal. Por otra parte, la dolencia era tan contagiosa, que atacaba a los médicos. A causa de ello muchos morían por no ser socorridos y muchas casas quedaron vacías. Los que visitaban a los enfermos morían también como ellos, mayormente los hombres de bien y de honra que tenían vergüenza de no ir a ver a sus parientes y amigos, y más querían ponerse a peligro manifiesto que faltarles en tal necesidad. A todos contristaba mal tan grande, viendo los muchos que morían y los lloraban y compadecían. Mas sobre todo, los que habían escapado del mal, sentían la miseria de los demás por haberla experimentado en sí mismos; aunque estaban fuera de peligro, porque no repetía la enfermedad al que la había padecido, a lo menos para matarle; por lo cual tenían por bienaventurados a los que sanaban, y ellos mismos, por la alegría de haber curado, presumían escapar después de todas las otras enfermedades que les viniesen.

Además de la epidemia, apremiaba a los ciudadanos la molestia y pesadumbre por la gran cantidad y diversidad de bienes muebles y efectos que habían metido en la ciudad los que se acogieron a ella, porque habiendo falta de moradas y siendo las casas estrechas y ocupadas por aquellos bienes y alhajas, no tenían donde revolverse, mayormente en tiempo de calor como lo era. Por eso mu-chos morían en las cuevas echados, y donde podían, sin respeto alguno, y algunas veces los unos sobre los otros yacían en calles y plazas, revolcados y medio muertos, y en torno de las fuentes, por el deseo que tenían del agua. Los templos donde muchos habían puesto sus estancias y albergues estaban llenos de hombres muertos, porque la fuerza del mal era tanta que no sabían qué hacer. Nadie se cuidaba de religión ni de santidad, sino que eran violados y confusos los derechos de sepulturas de que antes usaban, pues cada cual sepultaba los suyos donde podía. Algunas familias, viendo los sepulcros llenos por la multitud de los que habían muerto de su linaje, tenían que echar los cuerpos de los que morían después en sepulcros sucios y llenos de inmundicias. Algunos, viendo preparada la hoguera para quemar el cuerpo de un muerto, lanzaban dentro el cadáver de su pariente o deudo, y le ponían fuego por debajo; otros lo echaban encima del que ya ardía y se iban.

Además de todos estos males, fue también causa la epidemia de una mala costumbre, que después se extendió a otras muchas cosas y más grandes, porque no tenían vergüenza de hacer públicamente lo que antes hacían en secreto, por vicio y deleite. Pues habiendo entonces tan grande y súbita mudanza de fortuna, que los que morían de repente eran bienaventurados en comparación de aquellos que duraban largo tiempo en la enfermedad, los pobres que heredaban los bienes de los ricos, no pensaban sino en gastarlos pronto en pasatiempos y deleites, pareciéndoles que no podían hacer cosa mejor no teniendo esperanza de gozarlos mucho tiempo, antes temiendo perderlos enseguida y con ellos, la vida. Y no había ninguno que por respeto a la virtud, aunque la conociese y entendiese, quisiera emprender cosa buena, que exigiera cuidado o trabajo, no teniendo esperanza de vivir tanto que la pudiese ver acabada, antes todo aquello que por entonces hallaban alegre y placentero a apetito humano lo tenían y reputaban por honesto y provechoso, sin algún temor de los dioses o de las leyes, pues les parecía que era igual hacer mal o bien, atendiendo a que morían los buenos como los malos, y no esperaban vivir tanto tiempo que pudiese venir sobre ellos castigo de sus malos hechos por mano de justicia, antes esperaban el castigo mayor por la sentencia de los dioses, que ya estaba dada, de morir de aquella pestilencia. Y pues la cosa pasaba así, parecíales mejor emplear el poco tiempo que habían de vivir en pasatiempos, placeres y vicios. En esta calamidad y miseria estaban los atenienses dentro de la ciudad, y fuera de ella los enemigos lo metían todo a fuego y a sangre. Traían a la memoria muchos antiguos pronósticos y respuestas de los oráculos de los dioses que apropiaban al caso presente, y entre otros un verso que los ancianos decían haber oído cantar y que había sido pronunciado en respuesta del Oráculo de los dioses, que decía:

Vendrá la guerra Doria

creed lo que decimos

y con ella vendrá limos.

Sobre lo cual disputaban antes de ocurrir la epidemia, porque unos decían que por la palabra limos se había de entender el hambre, y otros aseguraban que quería significar la epidemia; hasta que llegó ésta y todos le aplicaron el dicho del Oráculo. Y a mi ver, si ocurriese aún alguna otra guerra en tierra de Doria, acompañada de hambre, también lo aplicarían a ella. Recordaban igualmente la respuesta que había dado el Oráculo de Apolo a la demanda de los lacedemonios tocante a esta misma guerra, porque habiéndole preguntado quién alcanzaría la victoria, respondió que los que guerreasen con todas sus fuerzas y poder, y que él les ayudaría. Esta respuesta fue también objeto de juicios contradictorios, porque la epidemia comenzó cuando los peloponenses entraron aquel año en tierra de los atenienses, y no hizo daño en el Peloponeso, a lo menos de cosa que de contar sea, reinando principalmente en Atenas, de donde se esparció a otras villas y lugares, según estaban más o menos poblados.

En lo tocante a la guerra, los peloponenses, después de quemar y talar las tierras llanas, fueron a la región llamada Paralia, que quiere decir marítima, y la talaron hasta el monte Laurión, donde están las minas de plata de los atenienses. Primeramente arrasaron la comarca que está hacia el Peloponeso, y después la de la parte de Eubea y Andros; mas no por esto Pericles, capitán de los atenienses, dejaba de perseverar en la opinión que había tenido el año anterior de que no saliesen contra los enemigos. Después que entraron en tierra de Atenas, hizo aparejar cien barcos para ir a talar la tierra de los peloponenses. En ellos metió cuatro mil hombres de a pie, y en otros navíos hechos para llevar caballos hizo embarcar trescientos hombres de armas con sus caballos. Estas naves se construyeron en Atenas con madera de las viejas naves, y en su compañía fueron los de Quío y los de Lesbos con otros cincuenta navíos de guerra. Así partió Pericles del puerto de Atenas con esta armada, cuando los peloponenses estaban en la tierra marítima de Atenas, llegando primeramente a tierra de Epidauro, que está en el Peloponeso, la cual robaron y talaron, y pusieron cerco a la ciudad con esperanza de tomarla; mas viendo que perdían el tiempo en balde, partieron de allí y fueron a las regiones de Trecén, de Alide y de Hermione, en las cuales hicieron lo mismo que en tierra de Epidauro. Todos estos lugares están en el Peloponeso, a la orilla del mar. Partidos de allí fueron a la comarca de Prasias, que es la región marítima en Lacedemonia, y la robaron y talaron, tomando la ciudad por fuerza. Hecho esto volvieron a tierra de Atenas, de donde los peloponenses había ya salido por miedo a la epidemia, que continuaba en la ciudad y fuera de ella. Al saber los peloponenses por los prisioneros la infección y peligro de aquella pestilencia, y viendo sepultar los muertos, partieron aceleradamente de la tierra después de haber estado cuarenta días en ella, durante cuyo tiempo la robaron y arrasaron.

En este mismo verano, Agnón, hijo de Nicias, y Cleopompo, hijo de Clinias, que eran compañeros de Pericles en el mando de la armada, partieron por mar con el mismo ejército que Pericles había llevado y traído para ir contra los de Calcídica, que moran en Tracia, y hallando en el camino la ciudad de Potidea, que aún estaba cercada por los suyos, hicieron llegar a la muralla sus aparatos y la combatieron con todas sus fuerzas para tomarla. Mas todo aquel nuevo socorro y el otro ejército que estaba antes sobre ella no pudieron hacer nada, a causa de la epidemia que se propagó entre ellos, traída por los que vinieron con Agnón. Sabiendo éste que Formión, que estaba sobre Calcídica con mil seiscientos hombres, había partido de allí, dejó a los que sitiaban a Potidea y tornó a Atenas, habiendo perdido mil y cuarenta hombres de a pie de los cuatro mil que embarcó en Atenas, todos muertos por la epidemia.

En este verano los peloponenses vinieron otra vez al Ática y acabaron de destruir lo que habían dejado la primera, por lo cual los atenienses, viéndose así apremiados, de fuera por guerras y dentro con epidemia, comenzaron a cambiar de opinión y a maldecir a Pericles, diciendo que él había sido autor de aquella guerra y que era causa de todos sus males, inclinándose a pedir la paz a los lacedemonios. Mas después de muchas embajadas enviadas de una y otra parte no pudieron tomar ninguna resolución, por lo cual, no sabiendo qué hacer en este caso, volvían a culpar a Pericles, quien, viendo que estaban atónitos y con gran pesar de la mala andanza de sus cosas, y que habían hecho cuanto él les aconsejó desde el principio, siendo todavía caudillo y capitán general de la armada, les mandó reunir y les amonestó y exhortó a que tuviesen buena esperanza, y procurando convertir su ira en mansedumbre y su miedo en confianza, hablóles de esta manera:

IX

«La ira que contra mí tenéis, varones atenienses, no ha nacido de otra cosa sino de lo que yo había pensado. Y porque entiendo bien las causas de donde procede, he querido juntaros para traeros a la memoria estas causas; y también para quejarme de vosotros, que estáis airados contra mí sin razón, y ver si desmayáis y perdéis el ánimo en las adversidades. En cuanto a lo que al bien público toca, pienso que es mucho mejor para los ciudadanos que toda la República esté en buen estado, que no que a cada cual en particular le vaya bien y que toda la ciudad se pierda. Porque si la patria es destruida, el que tiene bienes en particular también queda destruido con ella como los otros. Por el contrario, si a alguno le va mal privadamente, se salva cuando la patria en común está próspera y bien afortunada. Por tanto, si la República puede sufrir y tolerar las adversidades propias de los particulares, y cada cual en particular no es bastante para sufrir las de la República, más razón es que por todos juntos sea ayudada que desamparada por falta de ánimo y poco sufrimiento de las adversidades particulares, como hacéis vosotros ahora, culpándome porque os di consejo para emprender esta guerra, y a vosotros porque le tomasteis.

»Y os ensañáis con un hombre como yo, que a mi parecer ninguno le lleva ventaja, así en conocer y entender lo que cumple al bien de la República como en ponerlo por obra, ni en tener más amor a la patria, ni que menos se deje vencer por dinero, que todas estas cosas se requieren en un buen ciudadano. Porque el que conoce la cosa y no la pone por obra, es como si no la entendiese. Cuando hiciese lo uno y lo otro, si no fuera aficionado a la República, ni dirá ni hablará cosa que aproveche en común. Cuando tuviese también lo tercero y se deja vencer por dinero, todo lo venderá por esto. Por lo cual, si conocéis que todo esto cabe en mí más que en ninguno de los otros, y si en mí os confiasteis para emprender esta guerra, no cabe duda de que me culpáis sin razón.

»Porque así como es locura desear la guerra antes que la paz, cuando se vive en prosperidad, así cuando precisa a obedecer a sus convecinos y comarcanos y cumplir sus mandatos, o exponerse a todo peligro por la victoria y libertad, los que en tal caso rehuyen el trabajo y riesgo, son más dignos de culpa.

»En lo que a mí toca, soy del mismo parecer que era antes, y no lo quiero mudar. Y aunque vosotros andéis dudando y vacilando al presente, cierto es que al comienzo fuisteis de mi opinión, sino que después que os llegaron los males os arrepentisteis; y midiendo y acompasando mi opinión, según vuestra flaqueza, la juzgáis mala, porque cada cual ha sentido ahora los males y daños de la guerra, sin conocer el provecho que seguirá de ella. Por lo cual estáis tan mudados en cosa de poca importancia, que ya os falta el corazón y no tenéis esfuerzos para lo que habíais determinado antes sufrir. Así suele comúnmente acontecer, porque las cosas que vienen de súbito y no pensadas quebrantan los corazones, como ha ocurrido en nuestras adversidades, mayormente en la de la pasada epidemia. Empero, teniendo tan grande y tan noble ciudad como tenemos, y siendo criados y enseñados en tan buenas doctrinas y costumbres, no nos debe faltar el ánimo por adversidades que nos sucedan y grandes que sean, ni perder punto de nuestra autoridad y reputación.

»Que así como los hombres aborrecen y odian a quien por ambición procura adquirir la honra y gloria que no le pertenece, así también vituperan y culpan al que por falta de ánimo pierde la gloria y honra que tenía. Por tanto, varones atenienses, olvidando los dolores y pasiones particulares, debemos amparar y defender la libertad común.

»Muchas veces, antes de ahora, os he declarado que yerran los que temen que esta guerra será larga y peligrosa, y que al fin habremos lo peor. Empero, quiero al presente manifestaros una cosa que me parece no habéis jamás pensado, aunque la tenéis, que es tocante a la grandeza de vuestro imperio y señorío, de que no he querido hablar en mis anteriores razonamientos, ni tampoco ha-blara al presente (porque me parecía en cierto modo jactancia y vanagloria) si no os viera atónitos y turbados sin motivo; y es que, a vuestro parecer, el imperio y señorío que tenéis no se extiende más que sobre vuestros aliados y confederados; yo os certifico que de dos partes, la tierra y el mar, de que los hombres se sirven, vosotros sois señores de la una, que es lo que ahora tenéis y poseéis; y si más quisiereis, lo tendríais a vuestra voluntad. Porque no hay en el día de hoy rey ni nación alguna en la tierra que os pueda quitar ni estorbar la navegación, por cualquiera parte que quisiereis navegar, teniendo la armada que tenéis; y asimismo, entendiendo que vuestro poder no se muestra en casas ni en tierras, de que vosotros hacéis gran caso, por haberlas perdido, como si fuese cosa de gran importancia.

»No es justo que os pese en tanto grado que se pierdan, antes las debéis estimar como si fuese un pequeño jardín o unas lindezas, en comparación del gran poder que tenéis, de que yo hablo al presente, reflexionando que, mientras conservemos la libertad, fácilmente podéis recobrar todo esto. Si por desdicha caemos en la servidumbre de otras gentes, perderemos todo lo que teníamos, y nos mostraremos ser para menos que nuestros padres y abuelos, los cuales no lo heredaron de sus antepasados, sino que por sus trabajos lo ganaron, y conservaron, y después nos lo dejaron. Y mayor vergüenza es dejarnos quitar por fuerza lo que tenemos, que no alcanzar lo que codiciamos. Por tanto, nos conviene ir contra nuestros enemigos, no solamente con buena esperanza y confianza, sino también con certidumbre y firmeza, menospreciándolos y teniéndoles en poco. La confianza, que viene las más veces de una prosperidad no pensada, antes que por prudencia, puede tenerla un hombre cobarde y necio, mas la que procede de consejo y razón para abrigar esperanza de vencer a los enemigos, como vosotros la abrigáis ahora, no solamente da ánimo para poder hacer esto, pero también para tenerlos en poco.

»Y aunque la fortuna y el poder fuesen iguales, la diligencia e industria que proceden de un corazón magnánimo, hacen al hombre más seguro en su confianza y osadía; porque no se funda tanto en la esperanza, cuyos términos son dudosos, cuanto en el consejo y prudencia por las cosas que ve de presente. Así que, conviene a todos de común acuerdo mirar por vuestra honra, dignidad y seguridad de vuestro estado y señorío, que siempre os fue agradable, sin rehusar los trabajos, si no queréis también rehusar la honra, y pensar que no es sólo la contienda sobre perder la libertad común, sino sobre perder todo vuestro estado y señorío, además el peligro que crece por las ofensas y enemistades que habéis cobrado por conservarle. Por lo cual, aquellos que por temor del peligro presente, so color de virtud y bondad, procuran el reposo y la paz, sin mezclarse en los negocios de la República, se engañan en gran manera; que no está en nuestra mano el despedirnos de ellos, porque ya hemos usado de nuestro imperio y señorío en forma y manera de tiranía, la cual, así como es cosa violenta e injuriosa tomarla al principio, así también al fin es peligroso dejarla. Los hombres que por temor de la guerra persuaden a los otros que no la sigan, destruyen a la ciudad y a sí mismos, y dan la libertad a los que sujetaban antes. El reposo y sosiego no pueden ser seguros, sino encaminados por el trabajo; ni conviene el ocio a una ciudad libre como la nuestra, sino para las que quieren vivir en servidumbre.

»Por tanto, varones atenienses, no debéis dejaros engañar de tales ciudadanos ni menos tener saña contra mí, que con vuestro acuerdo y consentimiento emprendí la guerra; ni porque los enemigos os hayan hecho el mal que estaba claro os habían de hacer, si no los queríais obedecer. Y si sobrevino la epidemia, que era la cosa menos esperada, a causa de la cual he sido odiado por la mayoría de vosotros, sin razón ciertamente me queréis mal, pues cuantas veces os acaeciese una prosperidad inesperada no me la atribuiríais ni me daríais gracias por ella.

»Por necesidad debemos sufrir lo que sucede por voluntad divina, y lo que procede de los enemigos, con buen ánimo y esfuerzo. Esta es la costumbre antigua de nuestra ciudad, y así lo hicieron siempre nuestros antepasados; hacedlo también vosotros, conociendo que el mayor nombre y fama que tiene esta ciudad entre todas es por no desmayar ni desfallecer en las adversidades; antes sufrir los trabajos y pérdidas de muchos buenos hombres en la guerra. Así ha querido y conservado hasta el día de hoy este gran poder, que si ahora se pierde o disminuye, como naturalmente sucede a todas las cosas, se perderá también la memoria para siempre entre los venideros, no solamente de Atenas, sino también del imperio de los griegos.

»Nosotros, entre todos los griegos, somos los que tenemos el mayor señorío y hemos sostenido más guerras intestinas y extranjeras, y habitamos la más rica y más poblada ciudad de toda Grecia. Bien sé que los temerosos y de poco ánimo, menospreciarán y vituperarán mis razones; mas los buenos y virtuosos las tendrán por verdaderas. Los que carecen de mérito me tendrán odio y envidia, lo cual no es cosa nueva, porque comúnmente acontece a todos los que son reputados por dignos de presidir y mandar a los otros el ser envidiados. Pero el que sufre tal envidia y malquerencia en las cosas grandes y de importancia, puede dar mejor consejo, pues, menospreciando el odio, adquiere honra y reputación en el tiempo de presente y gloria perpetua para el venidero.

»Teniendo estas dos cosas delante de los ojos, la honra presente y la gloria venidera, debéislas tomar y abrazar alegremente, y no cuidaros de enviar más farautes ni mensaje a vuestros enemigos los lacedemonios, ni perder el ánimo por los males y trabajos ahora, porque aquellos que menos se turban y afrontan con más ánimo las adversidades y las resisten, son tenidos por mejores pública y privadamente».

X

Con estas y otras semejantes razones, Pericles procuraba amansar la ira de los atenienses y hacerles olvidar los males que habían sufrido. Todos de común acuerdo le obedecieron de tal manera, que en adelante no enviaron más mensajes a los lacedemonios, disponiéndose y animándose para la guerra, aunque en particular sentían gran dolor por los males pasados; los pobres porque veían aminorarse con la guerra su poca hacienda, y los ricos porque habían perdido las posesiones y heredades que tenían en el campo; y como continuaba la lucha, no en todos se disipó la ira que tenían contra Pericles, deseando algunos que le condenasen a una gran multa. Pero como el vulgo es mudable, le eligieron de nuevo su capitán, y le dieron absoluto poder y autoridad para todo, que si particularmente le odiaban a causa del dolor que cada cual sentía por los daños recibidos, en las cosas que tocaban al bien de la República conocían que tenían necesidad de él, y que era el hombre más competente que podían encontrar.

Y a la verdad, mientras tuvo el gobierno durante la paz, administró la República con moderación, la defendió con toda seguridad y la aumentó en gran manera. Después, cuando vino la guerra, conoció y entendió muy bien las fuerzas y poder de la ciudad, como se ve por lo dicho. Mas después de su muerte, que fue a los dos años y medio de comenzada la guerra, conocióse mucho mejor su saber y prudencia, porque siempre les dijo que alcanzarían la victoria en aquella lucha si se guardaban de pelear con los enemigos en tierra, empleando todo su poder por mar, sin procurar adquirir nuevo señorío, ni poner la ciudad a peligro, todo lo cual hicieron al contrario después de su muerte. En cuanto a las otras cosas no tocantes a la guerra, los que tenían el gobierno obraban cada cual según su ambición con gran perjuicio de la República y de ellos mismos, porque sus empresas eran tales que cuando salían bien, redundaban en honra y provecho de los particulares antes que del común; y si salían mal, el daño y pérdida eran para la República.

Fue causa de este desorden que, mientras Pericles tuvo el poder junto con el saber y prudencia, no se dejaba corromper por dinero, regía al pueblo libremente, mostrándose con él tan amigo y compañero, como caudillo y gobernador. Además, no había adquirido la autoridad por medios ilícitos, ni decía cosa alguna por complacer a otro, sino que, guardando su autoridad y gravedad, cuando alguno proponía cosa inútil y fuera de razón, lo contradecía libremente, aunque por ello supiese que había de caer en la indignación del pueblo, y todas cuantas veces entendía que ellos se atrevían a hacer alguna cosa fuera de tiempo y sazón, por locura y temeridad, antes que por razón, los detenía y refrenaba con su autoridad y gravedad en el hablar. Al mismo tiempo, cuando los veía medrosos sin causa los animaba. De esta manera, al parecer el gobierno de la ciudad era en nombre del pueblo; mas en el hecho todo el mando y autoridad estaba en él.

Después de muerto ocurrió que los que le sucedieron, por ser iguales en autoridad, cada cual codiciaba el mando sobre los otros, y para hacer esto procuraban complacer y agradar al pueblo con deleites, aflojando en los negocios, de donde se siguieron grandes errores como suele acontecer en una ciudad populosa que tiene mando y señorío; y entre otros muchos el mayor de todos fue que hicieron una navegación a Sicilia, en la cual mostraron su poca prudencia, no sólo en cuanto tocaba a aquellos contra quien iban para comenzar la guerra, que no debieran emprender, sino también en cuanto a los mismos que los enviaban, no proveyéndoles de las cosas necesarias a causa de las diferencias y cuestiones que sobrevinieron en la ciudad sobre el mando y gobierno de la República, acusándose los principales entre sí. De esto provino deshacerse aquella armada de Sicilia y perderse después gran parte de las naves con todas sus jarcias y aparejos. A pesar de las cuestiones en la ciudad y de tomar a los sicilianos por enemigos, además de lo otros; a pesar de que la mayor parte de sus aliados y confederados los habían dejado, y, finalmente, de que Ciro, hijo del rey de Persia, se había aliado y confederado con los peloponenses, ayudándoles con dinero para construir naves, todavía resistieron tres años y nunca pudieron ser vencidos, ni cayeron hasta tanto que después de quebrantados con sus diferencias y discordias civiles, desfallecieron. De donde parece claramente que cuando Pericles les faltó, aún les quedaban tantas fuerzas y poder que con su guía y prudencia, si él viviera, pudieran vencer a los lacedemonios en aquella guerra.

XI

Volviendo a la historia de la guerra, en este mismo verano, los lacedemonios y sus aliados alistaron una armada de cien barcos; enviáronla a la isla de Zacinto, que está frente a Élide cuyos moradores son aqueos, aunque seguían el partido de los atenienses. Iban en esta armada mil hombres, y por capitán Zenemón. Saltando en tierra robaron y arrasaron muchos lugares, y trabajaron por ganar la ciudad; mas viendo que no la podían tomar, volvieron a sus casas. En el mismo verano, el corintio Aristeo y el argivo Polide, en su nombre particular, y Aneristo, y Nicolao, y Pratodemo y Timágoras, como embajadores de los lacedemonios, fueron a Asia para inducir al rey Artajerjes a que estuviese de su parte en aquella guerra, y les prestase dinero para la armada. Primero vieron en Tracia a Sitalces, hijo de Teres, para persuadirle de que dejase la amistad de los atenienses y tomase la suya, y trajese consigo gente de a pie y de a caballo, para hacer levantar el cerco que los atenienses tenían sobre la ciudad de Potidea.

Cuando estos embajadores entraron en el reino de Sitalces, para pasar la mar del Helesponto, pensando hallar allí a Farnaces hijo de Farnabazo, que los había de llevar ante el Rey, se hallaron con Sitalces, Learco, hijo de Calímaco y Ameniades, hijo de Filemón, embajadores de los atenienses; los cuales persuadieron a Sadoco, hijo de Sitalces, que había sido hecho ciudadano de Atenas, para que prendiese a los embajadores de los lacedemonios y se los remitiesen, porque sin duda venían a tratar con el Rey cosas en daño de la ciudad de Atenas. Persuadido Sadoco, envió los suyos tras los embajadores de los lacedemonios, a los cuales hallaron a la orilla del mar, donde se querían embarcar, para pasar el Helesponto, y los prendieron y llevaron a Sadoco, el cual los entregó a los embajadores de los atenienses, y ellos los recibieron y llevaron consigo a Atenas.

Poco tiempo después los atenienses, temiéndose que Aristeo, uno de ellos que había sido causa y autor de todo lo hecho en Potidea y en Tracia, les causara algún mal, además de los pasados, si se escapaba de allí, le mandaron matar y a los otros embajadores lacedemonios sin ser oídos en justicia, y después lanzaron sus cuerpos desde lo alto de los muros a los fosos, porque les pareció que por esta vía con buena y justa causa vengaban a sus conciudadanos y aliados mercaderes, que los lacedemonios habían cogido en la mar, y después los habían muerto y lanzado a los fosos.

Desde el principio de esta guerra los lacedemonios tenían por enemigos a todos aquellos que cogían en el mar, que siguiesen el partido de los atenienses (salvo a aquellos que no siguiesen ninguno de los dos bandos), y los mandaban matar, sin perdonar a ninguno.

Casi al fin de aquel verano los ambraciotas, con un buen ejército de bárbaros, salieron contra los argivos que habitan la región de Anfiloquia, y contra toda su tierra, por cuestión que habían tenido nuevamente con ellos; la causa fue esta: Anfíloco, hijo de Anfiarao, que era natural de la ciudad de Argos en Grecia a la vuelta de la guerra de Troya, no queriendo ir de nuevo a su tierra por enojos y diferencias que había tenido, dirigiéndose al golfo de Ambracia, que está en la región de Piro, fundó una ciudad que llamó Argos, en memoria de aquélla de donde él era natural, y le puso por sobrenombre Anfiloquia, la cual fue muy populosa entre todas las otras ciudades de tierra de Ambracia. En el transcurso del tiempo, teniendo muchas diferencias con sus vecinos, viéronse forzados a recoger a los ambraciotas, sus vecinos, en su ciudad. Estos primeramente les trajeron la lengua griega, de manera que todos hablaban griego, aunque antes eran bárbaros como son todos los otros de tierra de Anfiloquia, excepto los moradores de la misma ciudad. Después, andando el tiempo, los ambraciotas echaron a los argivos de la ciudad y la poseyeron ellos solos. Estos argivos que así fueron lanzados se acogieron a los acarnanios entregándose a ellos, y todos juntos vinieron a demandar ayuda a los atenienses para que pudiesen recobrar su ciudad.

Los atenienses les enviaron treinta naves de socorro, y por capitán de ellas a Formión, el cual tomó la ciudad por fuerza, la robó y saqueó y después la dejó a los acarnanios y a los anfiloquios juntamente; con este motivo comenzó entonces la alianza y la confederación entre los atenienses y los acarnanios y la enemistad entre los ambraciotas y los anfiloquios de Argos, porque los anfiloquios en esta empresa retuvieron muchos prisioneros de los ambraciotas, quienes al tiempo de esta guerra juntaron un gran ejército, así de los suyos como de los caones, y de otros bárbaros sus vecinos; vinieron derechos hacia Argos y robaron y destruyeron toda la tierra, mas no pudieron tomar la ciudad, volviendo de allí a sus casas. Todo esto pasó en aquel verano.

Al principio del invierno, los atenienses enviaron veinte naves al Peloponeso nombrando capitán de la armada a Formión, quien, partiendo del puerto de Naupacto, impidió que nave alguna pasase, ni entrase, ni saliese de Corinto ni de Crisa. También enviaron otras seis naves con Melesandro a Caria y Licia, para traer el dinero que del tributo cobrasen, y para guardar las naves mercantes de los atenienses que iban desde Fasélide de Fenicia, y desde la tierra firme, a fin de que no fuesen robadas de los corsarios del Peloponeso. Melesandro saltó en tierra y fue vencido y muerto, perdiendo la mayor parte de los suyos.

En este mismo invierno, los potideatas, viendo que no podían guardar más su ciudad ni defenderla de los atenienses, que hacía largo tiempo la tenían cercada, por la falta de víveres y la necesidad en que les ponía el hambre, la cual era tan extrema, que, entre otras cosas intolerables que les ocurrieron fue comerse unos a otros, viendo que por ninguna guerra que hiciesen otros a los atenienses levantarían el cerco, pusiéronse al habla con los caudillos de éstos, que eran Jenofonte, hijo de Eurípides, Meliodoro, hijo de Aristóclides, y Fanómaco, hijo de Calímaco, y se entregaron con estas condiciones: que los de la ciudad y los hombres de pelea extranjeros que estaban dentro saliesen con una sola vestidura y las mujeres con dos, y sacasen también consigo cierta cuantía de dinero para el camino. Estas condiciones las aceptaron los capitanes viendo la necesidad en que estaba su ejército por razón del invierno y la gran suma que costaba aquel cerco que montaba más de dos mil talentos. Los potideatas salieron de su ciudad y partieron a tierra de Calcidea cada cual como mejor pudo.

Esto disgustó a los atenienses, y se indignaron contra sus capitanes, diciendo que pudieran muy bien haber tomado la ciudad, si hubieran querido. Pero al fin enviaron allí ciudadanos para poblarla.

Todas estas cosas se realizaron en aquel invierno, que fue el fin del segundo año de la guerra que escribió Tucídides.

XII

En el verano siguiente, los peloponenses y sus aliados y compañeros de guerra, no quisieron volver a tierra de Atenas, y fueron derechos a la ciudad de Platea, llevando por capitán a Arquidamo, hijo de Zeuxidamo, rey de Lacedemonia. Habiendo ya asentado su real delante de la ciudad, estando para querer entrar y destruir la tierra, los ciudadanos de Platea les enviaron sus embajadores, que les hablaron de esta manera:

«Rey Arquidamo, y vosotros lacedemonios, obráis sin razón y sin justicia, y contra vuestra honra y dignidad, y la de vuestros padres y antepasados al venir como enemigos a nuestra tierra y poner cerco a nuestra ciudad, porque el lacedemonio Pausanias, hijo de Cleómbroto, que libertó la Grecia del señorío de los medos, con los griegos que se expusieron al peligro de la batalla en nuestra tierra, habiendo hecho sus sacrificios en medio de nuestra plaza a Zeus libertador, en presencia de todos los del ejército, devolvió a los de Platea su ciudad y su tierra, para que viviesen en libertad, según sus leyes, y quiso que ninguno les hiciese guerra ni injuria, por codicia de dominarlos, y conjuró a todos los confederados y aliados, que entonces allí se hallaron, a que los defendiesen con todo su poder contra todos y cualesquiera hombres que quisiesen hacerles algún daño. Este fue el pago y galardón que vuestros padres nos dieron por la virtud y esfuerzo que mostramos en aquel peligro. Mas vosotros hacéis lo contrario, viniendo aquí con los tebanos, nuestros enemigos capitales, para sujetarnos y ponernos en servidumbre. Llamamos, pues, por testigos a los dioses que entonces intervinieron en aquellos juramentos, y a los nuestros de vuestra patria, contra vosotros, si nos ha-céis algún mal en nuestra tierra, y si viniendo contra vuestros juramentos, no nos dejareis vivir en libertad y conforme a nuestras leyes, según lo ordenó Pausanias».

Con esto acabaron su razonamiento, al cual Arquidamo respondió de esta manera:

«Muy bien habláis, varones platenses, si los hechos conforman con las palabras; pues así como Pausanias os otorgó entonces que vivieseis en libertad, y según vuestras leyes, así también debéis vosotros por vuestra parte, con todo vuestro poder, ayudar a guardar y conservar en la misma libertad a los griegos que se hallaron presentes al acto del juramento, de que vosotros ahora habláis, y fueron partícipes del peligro y trabajos de la guerra también como vosotros, los cuales han sido sujetados y puestos en servidumbre por los atenienses, por cuya causa se reúne todo este ejército que veis y hace esta guerra. Y tanto más guardaréis vuestros juramentos, cuanto más y mejor ayudéis a devolverles la libertad. Si no lo queréis hacer, a lo menos vivid como hasta aquí, labrando vuestra tierra en paz, sin parcialidad por unos ni por otros, sino recibiendo a ambas partes por amigos. Y en cuanto a la guerra, no ayudéis más a los unos que a los otros».

Oída esta respuesta, los embajadores de Platea, volvieron a su ciudad y relataron al pueblo lo que había pasado con Arquidamo. El pueblo les mandó que fueran de nuevo a Arquidamo y le dijesen era imposible para ellos hacer lo que mandaban, sin consentimiento de los atenienses, porque tenían sus hijos y sus mujeres en Atenas, y además recelaban poner la ciudad en gran peligro, porque después de salir de allí los de Arquidamo, los atenienses, mal contentos de lo hecho, vendrían sobre ellos. Y también los tebanos, que no estaban obligados por juramento, so color de que la ciudad debía recibir a unos y a otros, procurarían volver a conquistarlos. A esto les respondió Arquidamo, con mucha osadía, de esta manera:

«Entregad la ciudad y también vuestras casas a nosotros los lacedemonios. Y asimismo mostradnos vuestros términos y dadnos por cuenta los árboles y todo aquello que se puede contar, y partid para donde quisiereis, con vuestras mujeres e hijos, durante la guerra. Cuando volváis, os devolveremos lo que así hayamos recibido, y entretanto lo tendremos en depósito, labraremos vuestras tierras, y de los frutos os daremos todo lo necesario para vuestra subsistencia».

Con esta demanda regresaron los embajadores a la ciudad, y lo consultaron con el pueblo, el cual respondió, resolviendo, que aceptarían la petición si los atenienses les autorizaban, para lo cual querían consultarles. Entretanto pidieron treguas para que no hiciesen mal ni daño alguno en la ciudad, ni en su tierra, lo cual les fue otorgado. Mas cuando los embajadores de los de Platea llegaron a Atenas y consultaron con los atenienses, volvieron a los suyos con este razonamiento:

«Los atenienses os dicen, varones de Platea, que desde el tiempo en que hicieron alianza y confederación con vosotros, nunca permitieron que se os hiciese injuria por ninguna persona, ni menos lo permitirán ahora, preparados para ayudaros con todo su poder y fuerzas. Por tanto, os requieren y amonestan, que acordándoos del juramento que hicieron vuestros padres y antepasados, no queráis innovar cosa en contrario, de la paz y confederación que hay de por medio».

Oído este mensaje de los embajadores, los de Platea determinaron no apartarse de los atenienses, sino resistir a los enemigos, aunque los viesen quemar y destruir sus tierras, y sufrir y tolerar todos los males y daños que les pudiesen hacer. No quisieron dejar salir a ninguno con mensaje a los lacedemonios, sino que desde los muros les respondieron que era imposible hacer lo que les mandaban. Sabida esta respuesta, el rey Arquidamo se acercó a la muralla e hizo contra ellos esta protesta a los dioses y héroes abogados de aquella ciudad:

«Vosotros, dioses y héroes abogados de esta ciudad y tierra de Platea, sabed y sed testigos de cómo éstos de Platea son los primeros que han quebrantado el juramento y comenzado las injurias, y que por su culpa, y no nuestra, venimos como enemigos a su tierra, en la cual nuestros antepasados, por los votos y sacrificios que en ella os hicieron, alcanzaron la victoria contra los medos, mediante vuestro favor y ayuda, y que en lo de hoy más hiciéremos contra ellos, no lo hacemos sin justicia, pues ni por ruegos ni amonestaciones que les hemos hecho, pudimos convencerles. Por tanto permitid que aquellos que primeramente han hecho la injuria, paguen primero la pena, y los que quieren castigarles con razón puedan hacerlo».

Cuando acabó su oración mandó a los suyos que comenzasen la guerra. Primeramente hizo cercar la ciudad con un baluarte hecho de tierra, y de los árboles que cortaron en derredor, para que ninguno pudiese entrar ni salir. Después comenzaron a hacer un bastión o baluarte, esperando poderle acabar en poco tiempo, según la mucha gente que trabajaba en la obra, y que con esto podrían tomar la ciudad. La forma del bastión era ésta. Primeramente, con las ramas de los árboles que cortaron en el monte Citerón, hicieron unos zarzos en forma de cestones y estacadas, y poníanlos a una parte y a otra del bastión, sujetándolos con unos maderos para que no pudiese salirse la tierra que echaban dentro. Después lanzaban piedras, leña y tierra, y todos los otros materiales que po-dían aprovechar para llenarlo. Así continuaron la obra setenta días, no dejando el trabajo de noche ni de día, porque cuando unos se iban a comer o dormir, venían otros a trabajar. Y para que se acabase más pronto la obra y fuese mejor, tenían a cargo de ella a los lacedemonios, que mandaban a los soldados, y a los otros diputados de las ciudades.

Cuando los de la ciudad vieron que aquel bastión subía tan alto, comenzaron por dentro de la muralla a hacer otro muro fuerte de piedras y cantos que tomaban de las casas más cercanas, que para este efecto derribaban, y para sostenerle entremetían madera y leños, y por fuera le cubrían de cueros para que no fuesen heridos de los enemigos mientras lo labraban, y para que si lanzaban fuego, no pudiese prender en la madera. De modo que así, de una parte como de la otra, subía en alto el edificio.

También, los de la ciudad, para estorbar la obra de los sitiadores, usaron de esta invención. Rompieron la muralla frontera al bastión de los enemigos, donde éstos habían fabricado otro reparo de madera y tierra que venía a juntarse con la muralla, para llegar cubiertos hasta el pie de ella, después que su bastión fuese acabado, y por aquel orado que abrieron, sacaban por debajo la tierra que los otros echaban dentro. Mas cuando los lacedemonios comprendieron la estratagema, hicieron cestones, metiendo dentro cieno y tierra, y pusiéronlos en lugar de la tierra que habían sacado, de manera que ya en adelante no podían sacar la tierra tan fácilmente como antes.

Tampoco se descuidaron los platenses en hacer su deber por otra vía, pues practicaron grandes minas por dentro de la muralla, que salían a dar debajo del bastión de los enemigos, y por estas mismas les sacaban la tierra del bastión, sin cesar este trabajo. Esto lo hicieron muchos días, antes que fuesen sentidos de los enemigos, los cuales se espantaban de ver que su bastión no subía más con la gran cantidad de tierra que echaban dentro por encima, y que se sumía y hundía hacia el medio. Todavía los ciudadanos, considerando que si la cosa iba a la larga no podrían sacar tanta tierra del bastión por las minas cuanta lanzarían dentro los enemigos, por ser muchos más en número, y por la actividad con que trabajaban en esto, inventaron otro remedio para defenderse, que fue éste: Frente a su muralla, donde los enemigos habían hecho el reparo para entrar, hicieron otro muro por dentro, en forma de media luna a los lados, de tal manera, que las dos puntas de él se juntasen con la muralla, enfrente a las dos puntas del bastión de los enemigos, y veníanse extendiendo con este muro hacia más dentro de la ciudad, para que si los enemigos tomaban aquella parte del primer muro, hallasen otro, contra el cual les fuese necesario hacer nuevo bastión, que les sería doblado trabajo y estarían en mayor peligro, hallándose encerrados.

Por la otra parte, los peloponenses dispusieron dos aparatos encima de su bastión, con los cuales tiraban a dos lugares: con el uno batían el muro que hacían los de la ciudad por dentro, de suerte que lo deshicieron en gran parte, lo cual asustó mucho a los ciudadanos, y el otro batía la cerca principal. Contra estas máquinas los ciudadanos usaron de dos remedios: el uno fue hacer grandes lazos de cuerdas, con que rebatían el golpe: el otro disponer grandes vigas de madera, las cuales colgaban por los cabos con cadenas de hierro, que asían a las vigas pendientes de lo alto de la muralla, al través. Y cuando veían venir el golpe de la máquina aflojaban los cabos de las cadenas a que estaban asidas, y súbitamente las vigas venían a caer a la punta del aparato que batía, y recibían el golpe.

Como los peloponenses viesen que por estos medios, y haciendo cuanto sabían, no podían batir la muralla, que aun batiendo la una quedaba el otro muro de dentro por combatir, y que con gran trabajo podrían tomar la ciudad por esta brecha, determinaron cercarla toda. Pero antes de hacer esto intentaron quemarla, lo cual les parecía cosa fácil si favoreciese el viento, por cuanto la ciudad era muy pequeña, imaginando todas las vías por donde la pudiesen ganar sin grandes gastos y sin tener largo tiempo el cerco. Llenaron de ramaje y de haces de leña el foso que estaba entre su bastión y la muralla, y en breve espacio de tiempo, por la multitud de hombres que se ocupaban en ello, la extendieron y alargaron lo más adelante que pudieron hacia la ciudad, y por lo alto pegaron fuego, lanzando dentro pez y azufre, con lo que de inmediato se levantó tan gran llama cuan nunca se vio encendida por mano de hombre, pues algunas veces el fuego se prende por sí mismo en los montes, por el gran combate de los árboles, arrastrados por la fuerza del viento, de donde también sale mucha llama. Este fuego, tan grande y tan intenso, por poco quema toda la ciudad y a todos los moradores, pues sólo quedó una pequeña parte de ella donde no entrase. Y si el viento acudiera, como pensaban, no se escaparan los de dentro. Mas sucedió muy de otra manera, porque cayó copiosa lluvia con grandes truenos que, según dicen, lo apagó de pronto. Viendo los peloponenses que tampoco en esto acertaba su intención, determinaron dejar una parte de su ejército en el cerco, y que los demás partiesen. La cercaron, pues, por todos lados con un muro, y por acabar más pronto la obra, la repartieron por cuadrillas, dando a cada cual de las ciudades su cuadrilla, y haciendo fosos a lo largo de la muralla así por dentro como por fuera. De la tierra que sacaron hicieron ladrillos.

Acabada la obra dejaron una parte de su gente, en número bastante para guardar la mitad de aquella muralla, y de la otra mitad encargaron la guarda a los beocios. Todos los demás partieron para sus ciudades, en la época en que se muestra la estrella llamada Arturo.

Volvamos a los de Platea que, como arriba contamos, habían enviado fuera de su ciudad las mujeres, los viejos, los niños y todos aquellos que no eran de provecho para la guerra, de manera que sólo quedaron dentro cuatrocientos ochenta hombres de pelea atenienses, diez mujeres que les cocían pan, no más de ningún estado ni condición, los cuales determinaron defender la ciudad.

XIII

En este mismo verano, al principio del cerco de Platea, los atenienses enviaron a Jenofonte, hijo de Eurípides, y a otros dos capitanes, con dos mil hombres de a pie, ciudadanos, y doscientos de a caballo, extranjeros, al tiempo de la siega, para hacer la guerra a los calcidenses y a los beocios, que estaban en la región de Tracia; los cuales, al llegar delante de la ciudad de Espartola, en la región de Beocia, talaron y destruyeron todos los trigos; además tenían inteligencias con algunos de la ciudad que les parecía querían rebelarse para meter a los atenienses dentro de ella. Mas los otros, que no participaban de los tratos, hicieron venir de la ciudad de Olinto una banda de gente de a caballo que, al llegar a Espartola juntamente con los de la ciudad, salieron a pelear contra los atenienses, y en esta batalla la infantería de los calcideos, que estaba muy bien armada, y algunos otros extranjeros que habían acudido en socorro de la ciudad, fueron hasta las puertas. Mas la gente de a caballo de Olinto, y los de a pie que vinieron armados a la ligera, con otros pocos que traían paveses, que eran de la región llamada Crusia, detuvieron la caballería de los atenienses. Cuando se iban retirando de una parte y de otra de la pelea, sobrevinieron de refresco algunas compañías de infantería bien armadas, que los olintios enviaban en socorro de los de la ciudad, quienes al verlas venir cobraron ánimo; sobre todo los de a pie, que venían armados a la ligera, y los calcidenses de a caballo. Con aquel socorro de los olintios, salieron contra los atenienses y los rechazaron y forzaron a que se retirasen hasta las dos compañías que habían dejado en guarda del bagaje y municiones; y aunque los atenienses se defendían valientemente, y todas las veces que revolvían sobre los enemigos los lanzaban de sí, todavía cuan-do se retiraban hacia su real, los contrarios de a pie los perseguían, tirándoles de lejos, y los de a caballo de cerca, a golpe de mano, de tal manera, que al fin les hicieron volver las espaldas y huir.

En esta huida y persecución hubo muchos muertos de los atenienses; además de los que murieron en la pelea, entre todos cuatrocientos treinta, y con ellos los tres capitanes.

Al día siguiente, los atenienses, después de obtener sus muertos de los de la ciudad para darles sepultura, se volvieron con lo restante de su ejército a Atenas.

De esta batalla, los calcideos y beocios, después de sepultar a los que murieron de su parte, levantaron trofeo en señal de victoria delante de la ciudad.

En el mismo verano, poco tiempo después de esta batalla, los ambraciotas y los caones, deseando sujetar a todos los de tierra de Acarnania y apartarlos de la devoción y alianza de los atenienses, ofrecieron a los lacedemonios que si les daban algunas naves, las que fácilmente podrían sacar de las ciudades confederadas, ellos podrían seguramente con mil hombres de pelea de los suyos, sujetar toda la tierra de Acarnania, por causa de que los unos no podían socorrer a lo otros; y esto hecho, sin gran dificultad ganarían la isla de Zacinto y la de Cefalonia, y aun tenían esperanza de tomar a Naupacto. De hacer esto, los atenienses no podrían adelante navegar, ni recorrer la mar en torno del Peloponeso como acostumbraban.

Los lacedemonios les otorgaron su demanda, y de inmediato enviaron a Zenemón, que a la sazón era su general de las fuerzas de mar, con las pocas naves que tenían y la gente de a pie, y escribieron a las ciudades sus confederadas que enviasen con toda diligencia sus barcos de guerra a Léucade.

Había, entre los otros pueblos confederados, los de la ciudad de Corinto, que eran muy aficionados a los ambraciotas por ser de su población, y por tanto se apresuraron a armar sus naves y enviarlas. Lo mismo hicieron los siciones, y sus vecinos y comarcanos, aunque los anactorios, y los ambraciotas, y los leucadios fueron más pronto al puerto de Léucade que los otros.

Zenemón y los mil combatientes que llevaba consigo fueron con tanta presteza, que pasaron por delante de Naupacto, sin que Formión, capitán de los atenienses, que tenía allí veinte naves para guardar el paso y la tierra los descubriese. Saltaron, pues, a tierra junto a Corinto, y estando allí, pocos días después llegó el socorro de los ambraciotas, leucadios y anactorienses. Además de éstos, que todos eran griegos, vino una buena banda de bárbaros, que serían hasta mil caones, nación no sujeta a rey, sino que vive mandada por ciertos cónsules y gobernadores, que eligen cada año de linaje y sangre real; por sus capitanes venían Fotio y Nicanor, y también con éstos los tesprotios, que también viven sin rey; y los molosos y atintanes, cuyo capitán era Sabilinto, a la sazón tutor de Taripe, rey de los molosos, menor de edad. Y asimismo vino Oredo, rey de los paroveos, que conducía con la gente de su compañía mil orestanos, súbditos del rey Antíoco, llegados allí con su licencia y consentimiento. También Perdicas, rey de Macedonia, les envió, ocultándolo a los atenienses, mil macedonios, los cuales no pudieron arribar cuando los otros.

Con este ejército partió Zenemón de Corinto por tierra, sin querer esperar a los que iban por mar, y pasando por tierra de Argos destruyó la villa de Limnea, que no estaba fortificada. De allí fue derechamente hacia la ciudad de Estrato, que es la mayor de toda la región de Acarnania, con esperanza de que, si la tomaba, podría después tomar todas las otras sin riesgo.

Cuando los acarnanios supieron que venía tan gran ejército contra ellos por tierra y que les esperaba gran armada de los enemigos, no curaron de enviar socorro unos a otros, sino que cada cual se preparaba para defender su ciudad y su tierra y todos juntamente enviaron a decir a Formión que fuese a socorrerles. Mas él les respondió que no le era lícito desamparar el puerto de Naupacto, sabiendo que la armada de los enemigos había de partir pronto de Corinto.

Los peloponenses, repartido su ejército en tres escuadrones, vinieron por tierra derechos a la ciudad de Estrato con intención de entrar por fuerza, si los de adentro no querían entregarla. De estos tres escuadrones, los caones y los otros bárbaros venían en medio; a la derecha estaban los leucadios, los anactorienses y los otros de su compañía, y a la izquierda los de Zenemón con los peloponenses y los ambraciotas. Marcharon estos escuadrones por diversos caminos, tan distantes unos de otros, que algunas veces no se veían. Los griegos venían en batalla guardando su formación y con orden de escoger cuando estuviesen delante de la ciudad, algún lugar a propósito para plantar su campo. Mas los caones, confiándose en su esfuerzo, pues eran reputados por los más valientes de todos los bárbaros, no quisieron asentar su real en la parte de tierra firme, tomando por afrenta buscar gran seguridad, y pensaron con la ayuda de los otros bárbaros que venían en su escuadrón, espantar a los de la ciudad de rebato y tomarla de este modo, de suerte que antes que los otros llegasen alcanzarían la honra de aquella empresa. Para ello se adelantaron lo más que pudieron, de manera que estaban a vista de la ciudad bastante tiempo antes que los otros. Como los de la ciudad de Estrato conociesen esto, acordaron que si podían deshacer y desbaratar este escuadrón de los caones, los otros se recelarían y temerían llegar, y pusieron gente apostada fuera de la ciudad hacia aquella parte. Cuando los caonios estuvieron entre la ciudad y las celadas, salieron por dos partes contra ellos con tanto denuedo, que los desbarataron y pusieron en huída y mataron muchos. Los otros bárbaros que venían en pos de ellos, al verlos huir, hicieron los mismo, y así todos a rienda suelta huyeron antes de que los griegos los viesen y cuando aún no pensaban en combatir, sino en tomar lugar para asentar su campo. Al verles huir, recogiéronlos en su escuadrón, se cerraron todos juntos en un tropel y estuvieron allí quedos aquel día, esperando a los de la ciudad por si salían contra ellos; pero no quisieron salir a causa de que los otros acarnanios no les habían enviado ningún socorro. Solamente les tiraban con hondas, porque todos los de Acarnania son mejores tiradores de honda que las otras naciones. Además, no estando bien armados, no les pareció buen consejo acometer al enemigo.

Viéndo Zenemón que no salían, llegada la noche se retiró con gran presteza hasta la ribera de Anapo que está apartada de la ciudad ochenta estadios, y al día siguiente, habiendo obtenido sus muertos de los de Estrato, se retiró con su ejército a tierra de los eniadas, que le acogieron de buena gana por la amistad que tenían con los peloponenses. De allí partieron todos para llegar a sus casas, sin esperar el socorro que les había de llegar.

Los ciudadanos de Estrato levantaron trofeo en señal de la victoria que alcanzaron contra los bárbaros.

XIV

La armada que los corintios y sus confederados habían de enviar desde el golfo de Crisa en socorro de Zenemón contra los de Acarnania, si acaso quisiesen venir a socorrer a los de Estrato, no llegó a tiempo, sino que se vio obligada, cuando se libraba la batalla de Estrato, a combatir por mar contra los veinte navíos que tenía Formión en guarda de Naupacto, el cual los estaba espiando para acometerlos en alta mar cuando salieran del golfo. Los corintios, que no estaban preparados para pelear en el mar, sino que solamente llevaban encargo de transportar la gente de guerra a Acarnania, nada sospechaban, pensando que Formión, que tenía sólo veinte naves, no osaría acometer las suyas, que eran cuarenta y siete. Pero al pasar navegando a lo largo de la costa de Epiro para llegar a Acarnania, que está enfrente, vieron salir a los atenienses de Cálcide y del río Éveno, y que iban derechamente contra ellos, pues no impidió descubrirles la noche, y por este medio los corintios fueron forzados a pelear en medio del estrecho. Llevaban por capitanes aquellos que cada ciudad había señalado y de los corintios eran caudillos Macaón, Isócrates y Agatárquidas.

Los peloponenses pusieron todas sus naves en cerco cerrado, las proas fuera y las popas hacia dentro, tomando el mayor espacio que pudieron en la mar, para estorbar la salida a los enemigos. Y dentro del cerco pusieron los más pequeños barcos y cinco de las más ligera juntas, para hacerlas salir de pronto contra las de los enemigos en momento oportuno. Los atenienses pusieron todas sus naves en hilera, iban cercando las de los enemigos, que querían acometer, y pasando adelante de las que habían cercado, hacían estrechar sus naves, siempre en menos espacio y retirarse siempre cerradas en orden, porque Formión había mandado a los suyos que no comenzasen la batalla hasta que él hiciese la señal. Hacía esto, por saber bien que los peloponenses no podrían guardar el mismo orden en el mar con sus naves que en batalla campal y también porque comprendía que las naves se encontrarían a veces y se estorbarían unas a otras, sobre todo cuando el viento se levantase de tierra, que comúnmente comienza al alba, viento que estaba esperando. Entretanto, hacía señal de querer trabar pelea con ellos, teniendo por cierto que cuando se levantase el viento no podrían estar un momento firmes y quedas las naves contrarias y que entonces las podría acometer más fácilmente, a causa de que sus barcos eran más ligeros, y así sucedió.

Cuando empezó el viento, las naves que estaban en cerco y las otras más ligeras que estaban dentro, comenzaron a encontrarse unas con otras y sucesivamente siguió el desorden de todas, de manera que la gente que estaba dentro tenía harto que hacer en empujar con remos unas naves para que no chocasen con las otras donde ellos venían, con tantas voces y clamores de unos y otros, deshonrándose y diciéndose denuestos, que ni podían oír ni entender lo que les mandaban los capitanes y los que lo entendían no podían guiar sus barcos donde querían, por el aprieto en que estaban por el gran oleaje y también porque no eran diestros en cosas de mar.

Entonces Formión, viendo el desorden de los contrarios, hizo señal a los suyos para la batalla, los cuales, acometiendo a los enemigos, estuvieron primeramente con una de las naves capitanas, echándola a fondo, y todas las otras que venían en su auxilio las destrozaron y desbarataron tan animosamente, que no les dieron lugar para volver a juntarse ni cobrar ánimo; antes todas se pusieron en huida hacia Patras y Dima, que están en la región de Acaya; y los atenienses las perseguían, dándoles caza. Así tomaron doce de ellas y mataron mucha de su gente.

Pasado esto volvieron a Milicrión, donde levantaron trofeo en señal de victoria y consagraron una nave a Posidón, dios del mar. Desde allí se dirigieron a Naupacto.

Los peloponenses, con los barcos que habían escapado desde Patras y Dima, volvieron a Cileno, donde los eleos tienen sus atarazanas. Allí también llegó Zenemón, que iba de Léucade, después de la batalla de Estrato y juntamente las otras naves que se habían de juntar con ellos. Estando allí llegaron Timócrates, Brasidas y Licofrón, que los lacedemonios habían enviado en ayuda de Zenemón, al cual mandaron que siguiese el consejo de éstos en cosas de mar y que preparase otra batalla naval, a fin de que los enemigos, con menos barcos, no quedasen dueños de la mar; pues les parecía que la batalla se perdió por falta de su gente, por muchas razones, y la principal por ser la primera vez que habían combatido en el mar, no pudiendo tener la destreza que los atenienses, que estaban acostumbrados y que la victoria no se logró porque los atenienses tuviesen más barcos y mejor dispuestos, sino por ignorancia y flojedad de los suyos. A causa de esto, enviaron los tres capitanes arriba nombrados, con ira y desdén, para dar a entender a Zenemón sus faltas y las de los suyos.

Al llegar estos tres capitanes donde estaba Zenemón, pidieron cierto número de barcos a las otras ciudades e hicieron reparar los que allí había, lo mejor que les pareció. Por otra parte, Formión envió mensajeros a los de Atenas para hacerles saber la victoria que había alcanzado y también para noticiarles los aprestos de guerra que hacían de nuevo los enemigos, pidiendo que le enviasen brevemente socorro de más gente y más barcos, lo cual hicieron los atenienses, enviándole veinte naves, con buen número de soldados y orden con el capitán de ellas de que de inmediato se dirigiese con toda la armada a Creta. Mandaron esto porque un ciudadano de Creta, llamado Nicias de Gortina, que era amigo, les había aconsejado enviasen allí su armada, prometiéndoles ha-cer que ganasen la ciudad de Cidonia, que era del bando de los contrarios, por medio de los polinitas comarcanos de los cidonios.

Formión, cumpliendo el mandato de los atenienses, fue derechamente a Creta y de allí a Cidonia. Con la ayuda de los polinitas, robó y destruyó toda la tierra de los cidonios, y porque los vientos contrarios no le dejaban navegar, vióse forzado a esperar allí mucho tiempo.

Entretanto los peloponenses, que estaban en Cilena, habiendo dispuesto las cosas necesarias en contra de sus enemigos, se dirigieron a Panormo, situada en el cabo de Acaya, donde estaba el ejército de tierra que habían ya enviado para socorrer y ayudar la armada.

Formión, con las veinte naves que tenía el día de la batalla, fue derecho al cabo de Milicrión y tomó puerto allí cerca, porque éste lugar era del bando de los atenienses y frente a él, de la parte del Peloponeso, había otro cabo que distaba siete estadios a la boca del golfo de Crisa, que pertenecía a los peloponenses.

Estos fueron a tomar puerto a otro cabo de Acaya, que no estaba lejos de la ciudad de Panormo, donde tenían su ejército de tierra y setenta y nueve barcos. Las dos armadas estaban a la vista y permanecieron seis o siete días, ensayándose y aparejándose para la batalla, pues los peloponenses, por el temor que tenían, acordáronse de la anterior jornada que perdieron, no osaban salir del estrecho a alta mar y los atenienses no querían entrar a pelear en el estrecho, sabiendo que no les era ventajoso.

Estando en esto Zenemón y Brasidas y los otros capitanes de los peloponenses, viendo a los suyos aún medrosos por la pérdida pasada, mandáronlos juntar, y para animarles, les hicieron este razonamiento:

XV

«Si algunos de vosotros, varones lacedemonios, temen la batalla que esperamos, por razón de la pasada que perdimos, no tiene justa causa de temor, porque nuestros aprestos de guerra no eran entonces tal cual convenía, no pensando combatir por mar, ni nuestra navegación era sino para pelear con nuestro ejército en tierra, de donde nos sucedieron los inconvenientes que visteis, que no fueron pequeños por mala fortuna y puede ser que por ignorancia, pues era la primera vez que combatíais en el mar. Por tanto, sabiendo que no por nuestra culpa, ni por el esfuerzo de los enemigos, fuimos vencidos, antes hay muchas razones en contrario, no es justo que desmayemos, ni perdamos el esfuerzo, sino que debemos considerar que aunque muchas veces los buenos, por caso de fortuna, no acierten, no por eso pierden el esfuerzo de corazón y virtud de ánimo que siempre tienen, la cual no piensan haber perdido por la falta de habilidad pasada, ni por eso desmayan ni aflojan sus fuerzas. Y en lo que a vosotros toca, ciertamente, si no tenéis tanto saber y conocimiento de las cosas de mar como los enemigos, tenéis más osadía y valor.

»En cuanto al arte y saber de éstos (que teméis), si vienen acompañados del esfuerzo y osadía, tendrán memoria para realizar en los peligros lo que aprendieron por arte y ejercicio; mas si este esfuerzo les falta, poco les aprovecharán el saber o la destreza. Porque el temor daña y quita la memoria, y el arte, sin esfuerzo de corazón, no es de provecho en los peligros. Si vosotros no tenéis tanta experiencia en las cosas del mar como los enemigos, tanto más esfuerzo y osadía mostraréis. Y para ahuyentar el temor, porque fuisteis vencidos una vez, poned delante de vuestros ojos que no estabais entonces apercibidos ni aparejados para combatir. Considerad, además, que tenéis muchas más naves que vuestros enemigos y que vosotros combatís a la vista de vuestro ejército, que está aquí en tierra para daros ayuda, siendo razonable que los que son más en número y viven más apercibidos, deben llevar lo mejor en la batalla. Así, pues, no vemos motivo para abrigar temor, antes, las faltas pasadas nos han de hacer, por la experiencia, más instruidos.

»Cobrad, pues, ánimo, así los capitanes como la gente de guerra y marineros, y cada uno haga su deber, sin desamparar el lugar donde está puesto en ordenanza, por-que nosotros, que somos vuestros caudillos y capitanes, no os daremos menor ventaja y oportunidad para combatir ahora, que aquellos que os guiaron en la primera jornada, ni menos os daremos ocasión ni ejemplo para que seáis flojos o cobardes; y si alguno se mostrare tal, será castigado según su merecido. A los que, por el contrario, probaron ser buenos y esforzados, se les premiará su virtud y esfuerzo.»

Con estas y otras razones semejantes, los peloponenses animaron a los suyos.

Por otra parte, Formión, viendo su gente amedrentada por el gran número de barcos de los enemigos, les hizo asimismo juntar y les animó, porque siempre les había asegurado que no podría venir tan gran armada contra ellos, que no fuesen bastantes para resistirla y ellos mismos, por ser atenienses, tenían presunción de que no darían ventaja a ninguna armada de los peloponenses por grande que fuese. Mas como entonces los viese atemorizados, queriéndoles animar, les hizo este razonamiento.

XVI

«Viéndoos tan amedrentados, varones atenienses, por la multitud de los enemigos he mandado aquí juntaros, pues me parece cosa indigna mostrar temor donde no hay de qué temer, que si han reunido aquí esta multitud de barcos que veis, muchos más en número que los nuestros, es por el miedo que nos tienen acordándose de la victoria que hace poco les ganamos y conociendo que tantos por tantos, no se deben comparar a nosotros.

»Vienen confiados en una sola cosa, como si en ésta conviniese poner toda su esperanza; es, a saber, en la gente de a pie que tienen, con la cual muchas veces han conseguido la victoria en tierra, pensando que será lo mismo por mar, en lo cual se engañan; porque si en la manera de guerrear en tierra ellos tienen algún arte, nosotros la tenemos mucho mayor en pelear por mar. En tener buen corazón ninguna ventaja nos llevan, que tan iguales somos los unos como los otros; pero en ser más experimentados los unos en la mar y los otros en la tierra, nos debe hacer más animosos y osados aquello en que tenemos mayor esperanza.

»De otra parte, los lacedemonios, que son caudillos de sus aliados y confederados, por ganar honra para sí, los fuerzan contra su voluntad a ponerse en peligro; de otra suerte no querrían la batalla en el mar, en que ya una vez fueron vencidos. Por tanto, en manera alguna debéis temer la osadía de los que tenéis amedrentados, así por haberlos una vez vencido, como porque han concebido tal opinión de nosotros, que, resistiéndolos, haremos alguna cosa digna de memoria.

»Aquellos que son más en número vienen a la batalla confiados en sus fuerzas, no en su saber y consejo. Los que son muchos menos y no acuden forzados a pelear poniendo toda su seguridad en su seso y prudencia, van osadamente al encuentro. Y bien considerado, con razón nuestros enemigos nos temen mucho más por esto que por el aparato de guerra que traemos, pues vemos a menudo los más poderosos ser vencidos por los menos, a veces por ignorancia y otras por falta de corazón. Ninguna de ambas cosas se hallará en nosotros.

»Nunca os aconsejaré que peleemos con ellos en el estrecho, porque sé de cierto que no es ninguna ventaja para los que tienen pequeñas y ligeras naves, gobernadas por buenos patrones y marineros como nosotros, acometer en lugar estrecho a los que son más en número de barcos, aunque sean gobernados por patrones nuevos y no experimentados. En manera alguna se debe ir a buscar en semejante caso al enemigo, sino cuando está a vista de lejos y se ve la ventaja. En aprieto y en lugar estrecho no es fácil retirarse en el momento de peligro ni revolver los barcos, que es toda la obra y arte de las naves ligeras y de buenos marineros; antes es forzoso combatir como si estuviesen en tierra firme entre gente de infantería, y en tal caso, los que poseen más naves tienen más ventaja. En esto dejadme el encargo, que yo haré cuanto pueda.

»Lo que a vosotros toca es que cada cual, dentro de su barco, guarde la ordenanza y sea muy obediente para hacer pronto lo que le fuere mandado, porque las más veces la ocasión de la victoria consiste en la presteza y diligencia en acometer cuando es tiempo. En lo demás procurad ir en buen orden y con silencio a la batalla, que estas dos cosas se requieren en cualquier guerra y mayormente en la de mar. Id, pues, animosamente contra estos vuestros enemigos y procurad guardar la honra y gloria que hasta aquí habéis ganado, pensando que en este trance peleamos por cosa tan importante como es saber si quitaréis a los peloponenses, vuestros contrarios, la esperanza de poder navegar en adelante, o si infundiréis a vuestros atenienses mayor miedo de surcar la mar.

»Finalmente, quiero traeros a la memoria que habéis vencido a muchos de ellos en batalla, y que los que una vez son vencidos, no pueden tener habilidad ni constancia en peligros semejantes.»

Así habló Formión a los suyos.

XVII

Como los peloponenses conocieron que los atenienses no querían entrar en el estrecho, para atraerlos dentro, a pesar suyo, al despuntar el alba pusieron sus naves a la vela, todas en orden de batalla de cuatro en cuatro, de manera que las tres postreras seguían en pos de la primera y comenzaron a navegar dentro del estrecho hacia su tierra. A la punta derecha iban veinte naves de las más ligeras, que navegaban delante en el mismo orden que estaban dentro del puerto, a fin de que si Formión, pensando que quisieran ir a Naupacto, tiraba hacia aquella parte para socorrer dicha villa, quedase encerrado entre aquellas veinte naves y las otras que iban a lo largo de la mar a la mano izquierda, según aconteció. Viendo Formión que iban hacia la villa y sabiendo que estaba desprovista de guarnición, tuvo que embarcar de pronto su gente y remar a lo largo de la tierra, confiando en la infantería de los mesenios, que estaba a punto para socorrerlos en tierra. Mas cuando los peloponenses vieron navegar una a una sus naves junto a la costa, y que ya estaban dentro del estrecho, que era lo que deseaban, revolvieron todos a una contra ellas, y haciendo señal para la batalla, las acometieron con cuanta diligencia pudieron, pensando encerrarlas y tomarlas todas. Pero las once naves de los atenienses que iban delante, huyeron de la punta de los peloponenses y escaparon metiéndose en alta mar. Las otras, que pensaron salvarse hacia tierra, las tomaron y destrozaron los peloponenses y los que no pudieron nadar hasta tierra fueron muertos o presos. Después juntaron las naves vacías que habían tomado con las suyas, porque tan solamente cogieron una con toda la gente que en ella iba. A algunos de los otros barcos los libraron los mesenios que había en tierra, los cuales entraron en la mar y peleando a las manos con los que las querían sacar, se las quitaron. De esta manera los peloponenses lograron la victoria y cogieron y destrozaron las naves de los atenienses. Las veinte naves ligeras de los peloponenses, que habían puesto en orden a la punta derecha, dieron caza a las once de los atenienses, que se habían escapado y metido en alta mar, las cuales se les fueron, excepto una. Cuando llegaron al puerto de Naupacto, junto al templo de Apolo, volvieron las proas a los enemigos, aparejándose para defenderse si se atrevían a acometerlos. Los peloponenses seguían en pos de ellas cantando peanes y cantares de victoria como vencedores, y entre otros barcos iba uno de Léucade muy delante de los demás, dando caza a una de las naves de los atenienses, que se había quedado atrás. Por fortuna, cerca del puerto de Naupacto estaba una carraca anclada, a la cual se acogió la nave de Atenas que huía por salvarse. Y como la nave de Léucade, con la fuerza del viento a vela tendida, iba contra la de Atenas persiguiéndola, chocó entre las dos y fue lanzada a fondo. Este caso impensado amedrentó a los peloponenses porque no estaban muy preparados para batallar, sino que iban seguros como los que, habida la victoria, van persiguiendo, detuviéronse un rato y dejaron de remar, esperando a los que venían atrás por miedo de que si se acercaban más, salieran los atenienses contra ellos con ventaja y navegando a la vela fueron a dar en unos bancos por no conocer el paraje. Viendo esto los atenienses, cobraron más corazón y animándose unos a otros dieron sobre ellos. Los peloponenses, viendo su yerro y conociendo su desorden, esperaron un poco y después volvieron las proas y huyeron hacia la estancia de Panormo, de donde habían salido.

Los atenienses, siguiéndolos en altamar, tomaron seis naves de las más cercanas y recobraron las suyas vacías y destrozadas, las cuales amarraron en tierra, mataron y prendieron parte de enemigos, entre ellos Timócrates, que estaba dentro de la nave de Léucade, que fue echada a fondo y que viendo no había medio de salvarse, se mató y vino a salir en el puerto de Naupacto.

Los atenienses, al volver a su estancia, levantaron trofeo en señal de victoria, recogieron los despojos de los navíos, recobraron los cuerpos de sus muertos y dieron los suyos a los peloponenses por tratos; los cuales, por su parte, en el cabo de Acaya levantaron otro trofeo, sosteniendo que habían ganado la victoria a causa de las naves de los enemigos que habían destrozado y perseguido junto a tierra y de la que habían tomado, la cual consagraron junto a su trofeo.

Hecho esto, temiendo que sobreviniese a los enemigos algún nuevo socorro, de noche se pusieron a la vela yéndose todos al golfo de Crisa y Corinto, excepto los leucadios.

Pocos días después arribaron al puerto de Naupacto veinte naves que los atenienses enviaban desde Creta a Formión en socorro, la cuales debieran llegar antes de la batalla.

XVIII

Antes que la armada de los peloponenses partiese de Corinto y del golfo de Crisa, Zenemón y Brasidas y los otros caudillos, por consejo de los megarenses, a comienzo del invierno, intentaron tomar el puerto de Atenas llamado Pireo, el cual no estaba cerrado ni guardado, porque los atenienses, por ser más poderosos por mar que las otras naciones, no temían que hubiera quien se atreviese a entrar en su puerto. Fueron de parecer que cada marinero, con su remo y atadura y una piel de las que ponen debajo cuando reman, fuese a pie por tierra desde Corinto hasta la mar que está frente a Atenas, y desde allí fueran todos en compañía a Mégara, lo más pronto posible, y del lugar de Nisea, donde está el atarazanal de los megarenses, sacasen cuarenta barcos, dirigiéndose con ellos apresuradamente hacia el puerto de Pireo, donde no había naves de guardia ni vigilancia, a causa de que los atenienses nunca sospechaban este mal, porque jamás había acaecido que nave alguna de enemigos aportase allí en descubierto, ni por asechanzas que no se advirtiesen.

Con este consejo, los peloponenses se pusieron en camino, y llegados que fueron de noche a Nisea, se embarcaron en las naves que allí hallaron e hicieron vela navegando hacia Pireo sin temor de cosa alguna aunque tuvieron el viento algo contrario, según dicen. En el cabo de Salamina, hacia Mégara, había un fuerte que guardaban algunos soldados atenienses, y por bajo, en la mar, dos o tres galeras, que estaban allí para estorbar que pudiese entrar ni salir nada de la villa de Mégara. Este fuerte lo combatieron los peloponenses y tomaron las galeras que hallaron vacías, llevándolas consigo. Asimismo, algunos de ellos entraron en la villa de Salamina antes que fuesen sentidos y la robaron y saquearon. Pero entretanto, los que estaban dentro del fuerte y se defendían, encendieron fuego para hacer señal a los de Atenas de la venida de los enemigos, lo cual asustó más a los atenienses que cualquier otro suceso en aquella guerra, porque los que estaban en Atenas pensaban que ya habían tomado el Pireo, y los del Pireo creían que, tomada Salamina, no restaba sino que los enemigos viniesen a conquistar también a ellos, como, a la verdad, pudieron ha-cer sin peligro, si no hubieran tardado y el viento no se los estorbara.

Los atenienses, queriendo socorrer a los suyos de Salamina, salieron de mañana todos de Atenas, sacaron las naves que había en Pireo, embarcáronse muy apresurados y con gran bullicio y fueron hacia Salamina con la mayor diligencia que pudieron, dejando algunos hombres de a pie en Pireo para su guarda. Cuando los peloponenses advirtieron su venida, adelantáronse a meter los despojos y los prisioneros de Salamina dentro de sus naves, y hecho esto, con las tres galeras que habían tomado en el puerto del castillo de Budoron, volvieron a Nisea por no estar muy seguros de sus naves, que a causa de haberlas tenido mucho tiempo en seco en las atarazanas, les parecía que no estaban buenas para sufrir la mar. Llegados que fueron a Nisea, desembarcaron y se fueron por tierra a Mégara y de allí a Corinto.

Los atenienses, cuando llegaron vieron que los enemigos habían partido, se volvieron a Atenas y en adelante fortalecieron más su puerto de Pireo, así de muros como de guardas.

XIX

Al comienzo del invierno de este año el odrisio Sitalces, hijo de Teres, rey de Tracia, emprendió guerra contra Perdicas, hijo de Alejandro, rey de Macedonia, y contra los calcideos que habitan en Tracia, con motivo de dos promesas que Perdicas le había hecho y no le había cumplido. La una era en provecho de Sitalces y la otra a favor de los atenienses, pues estando Perdicas en gran necesidad, porque de una parte Filipo, su hermano, le quería echar del reino, con la ayuda del mismo Sitalces, y de la otra los atenienses deseaban moverle guerra, prometió a aquél grandes cosas, si hacía los conciertos entre él y los atenienses y no daba ayuda ninguna a Filipo contra él. Además, cuando hizo los contratos con los atenienses, les había prometido Sitalces que Perdicas haría guerra a los calcideos, lo cual había aprobado y ratificado pero no cumplido. Por las dos causas, Sitalces emprendió esta guerra y llevó consigo a Amintas, hijo de Filipo, para darle el reino que su padre pretendía y también llevó los embajadores de los atenienses, de los cuales era el principal Hagnón, que fueron enviados para este efecto, porque también ellos habían otorgado a Sitalces enviarle ejército por tierra y armada para ir contra los calcideos.

Para esta empresa, Sitalces unió a los odrisios, todos los tracios sus vasallos que habitan entre el monte Hemo y el monte Ródope por parte de tierra y el Ponto Euxino y el Helesponto por la mar. Y asimismo los getas y las otras naciones que habitan más allá del monte Hemo y aquende del río Istro, hacia el Ponto Euxino, que confinan con los escitas y viven con ellos, por lo que la mayor parte son flecheros de a caballo, que llamamos hipotoxotas. Además juntó los que habitan las montañas de Tracia, tribus que viven en libertad, que traen sus cimitarras como espadas ceñidas y se llaman díes. Juntamente con éstos, muchos de los moradores de Ródope, que les siguieron algunos de ellos por sueldo y otros por su voluntad, con curiosidad de saber las cosas de la guerra. También mandó venir en su ayuda a los agrios y leeos y los peonios, que viven al final de su señorío hasta los agrianes y el río Estrimón, que desciende del monte Escombro por la región de los leeos y de los agrianes, río que parte los términos de su reino y de allí llamó algunas otras ciudades libres que habitan junto al monte Escombro de la parte del Septentrión al Occidente hasta el río Oscio, que sale del mismo monte, donde nacen los ríos Nesto y Hebro, monte estéril y no labrado e inhabitable, bien cerca del monte Ródope.

Para mejor determinar la grandeza del reino de los odrisios, es de saber que se extendía desde la ciudad de Abdera, que está situada junto al Ponto Euxino, hasta el río Istro. Y en aquella costa, la parte de la mar más estrecha la cruzan en cuatro días y cuatro noches en un navío que tenga viento de popa. Por tierra tardará un hombre bien diligente once días en pasar de una parte a otra por lo más estrecho de ella, que es desde los abderios hasta el río Istro. Esto es lo ancho de aquel reino por la parte del mar. Mas por la de tierra firme, de los lugares mediterráneos, el más largo trecho es desde Bizancio hasta la tierra de los leeos, encima del monte Estrimón, que un hombre ligero, según he dicho, podrá andar en trece días.

La renta que daba aquel reino en tiempo de Seutes, hijo de Sitalces, que sucedió en el reino a su padre y le aumentó en gran manera, valía, así de los bárbaros como de los griegos, cerca de cuatrocientos talentos de plata cada año, sin contar los presentes y dones que le daban, que ascendían a poco menos, y sin las otras cosas, como son sedas y paños y otros muebles que daban los moradores griegos y bárbaros de renta cada año, no solamente a él, sino también a los príncipes y grandes y señores del reino. Porque entre los odrisios y en todo lo restante de la tierra de Tracia se vive muy de otra suerte que en el reino de Persia, pues los señores están más acostumbrados a tomar que a dar, y es mayor vergüenza a aquel a quien piden alguna cosa no darla, y despedir al que la pide, que no al que la demanda ser despedido y no alcanzar lo que pide. Los príncipes y señores tenían la costumbre, con demasiado mando y poder, de no dejar tratar ni negociar a aquel que no les daba dádivas y presentes y por estos medios vino aquel reino a ser el más rico de toda Europa, desde el golfo del mar Jonio hasta el Ponto Euxino; aunque en número de gente y buenos guerreros era mucho menos que el reino de los escitas, a los cuales, con ellos juntos y de un acuerdo, ni los tracios de que hablamos, ni otra cualquiera nación sola de las de Europa o Asia podría resistir ni igualarse en el buen consejo y policía de la vida, que tienen muy de otra suerte que las demás naciones.

Sitalces, siendo rey y señor de tan grande y poderoso reino, como hemos dicho, después que reunió todas sus huestes y preparó las cosas necesarias para la guerra, tomó el camino derecho a Macedonia, primeramente por sus tierras y después por el monte Cercina, que es desierto e inhabitable y parte la tierra de los sintos y la de los peonios, siguiendo por la misma vía que había ido otra vez cuando hizo guerra a los peonios, cortando los árboles al atravesar el monte y dejando a la mano derecha a los peonios y a la siniestra los sintos y los medos. Cuando pasó aquel monte llegó a Dobero, que es de los peonios, sin que su ejército disminuyese nada (aunque muchos de ellos cayeron enfermos de epidemia), porque muchos tracios seguían su campo sin sueldo y sin ser llamados, con esperanza de robar. De manera que había en el ejército, según afirman, pocos menos de ciento y cincuenta mil hombres de guerra, la tercera parte de los cuales era gente de a caballo, y de éstos, la mayor parte y los mejores eran odrisios, y los otros getas. De los de a pie, los más belicosos eran los montañeses, los que traen espadas, que son una de las naciones del monte Ródope y viven en libertad. El número de todos los otros que seguían el campo era tan grande, que ponía espanto verlos. Al llegar a Dobero, descansaron allí algunos días, ha-ciendo provisión de las cosas necesarias para entrar en tierra de Macedonia, que está en la bajada de aquel monte, la cual obedecía a Perdicas por señor. No todos los macedonios estaban bajo su obediencia; los lincestes y los elimiotas, que también son macedonios, aunque tuviesen amistad y alianza con Perdicas y le reconociesen en alguna manera, tenían sus reyes particulares, porque Alejandro, padre de Perdicas y sus progenitores, llamados Temenos, eran naturales de la ciudad de Argos, de donde fueron a tierra de Macedonia, y al principio tomaron aquella parte de tierra, que al presente llaman Macedonia la marítima, por la fuerza de las armas, y echaron de la región llamada Pieria a los pierios, los cuales vinieron después a habitar allende del monte Estrimón, a la bajada del monte Pangeo, la ciudad de Fagres y algunos otros lugares; de aquí que ahora la región que está a la bajada del monte Pangeo, en dirección al mar, se llama Pieria.

También echaron de tierra de Beocia a los botieos, que ahora habitan en los confines de Cálcide, y tomaron una parte de tierra de los peanios, junto al río Axio, que está desde las montañas hasta Pele y hasta la mar. Desde aquel río se apoderaron de la región de Migdonia hasta el monte Estrimón, de donde lanzaron a los edones, y de la tierra de Eordia echaron a los eordos, de los cuales mataron muchos y los otros se retiraron hacia la ciudad de Fisca, donde habitan al presente. Asimismo lanzaron a los almopes de Almopia. Además sujetaron otros pueblos de Macedonia, que al presente obedecen a Perdicas y son los de Antemunte, de Grestonia, de Bisaltia y otras muchas tierras, que todas se llaman Macedonia y obedecían a Perdicas, hijo de Alejandro, cuando Sitalces fue a hacer la guerra de que hablamos.

Al saber los macedonios la causa de su venida y conociendo que no eran poderosos para resistirle, se retiraron con sus bienes y haciendas a las villas y plazas fuertes, de las cuales había muy pocas, porque las que vemos ahora fueron fortificadas por mandato de Arquelao, hijo de Perdicas, que reinó después de él, y que también hizo componer los caminos y abasteció el reino de caballos, de armas y de todos los otros utensilios de guerra, más que lo habían hecho los ocho reyes que reinaron antes que él.

Al partir el ejército de los tracios de Dobero entró en las tierras que habían sido de Filipo, hermano de Perdicas, y tomó por fuerza la ciudad de Idómene y las villas de Gortina, de Atalanta y algunos otros lugares por tratos, por la amistad que él tenía con Amintas, hijo de Filipo, que iba con él.

Desde allí fue a la ciudad de Europo y la cercó, pensando tomarla, mas no pudo. De aquí se fue atravesando las tierras de Macedonia que están a la mano derecha de Pela y de Cirro, mas no se atrevió a entrar en Botia ni en Pieria, sino que recorrió y robó las tierras de Grestonia, de Migdonia y de Antemunte.

Los macedonios, viendo que no tenían infantería bastante para afrontar a los tracios, reunieron gran número de gente de a caballo, de sus vecinos, que habitaban las montañas, y aunque eran muchos menos que los enemigos, los acometieron con tan gran ímpetu, que éstos no osaron esperar, porque los macedonios eran buenos guerreros y venían muy bien armados. Mas al verse cercados por tanta multitud, aunque se defendieron valientemente por algún tiempo, al fin conocieron que no podrían resistir a la larga contra tantos enemigos y acordaron retirarse. En este encuentro, Sitalces llegó al habla con Perdicas y le dijo las causas porque le hacía la guerra

Pasado esto y viendo Sitalces que los atenienses no le socorrían con su armada, como le habían prometido, enviándole tan sólo sus embajadores con algunos presentes (creyendo que él no podría con aquella empresa), dirigió parte de su ejército a Beocia, y parte a Cálcide, cuyos habitantes, al saber la llegada de sus enemigos, se retiraron a las villas y lugares fuertes y dejaron talar y robar la tierra.

Estando Sitalces en estas partes, los tesalios que habitan al Mediodía y los magnesios y los otros griegos que están bajo el imperio de los tracios, juntándose con los termópilos y temiéndose que Sitalces fuera contra ellos, se pusieron todos en armas. Lo mismo hicieron los que habitan en los campos llanos, pasado el monte Estrimón, a la parte de Mediodía, y los paneos, los odomantes, los droos y derseos, pueblos todos que viven en libertad.

Por otra parte, corría el rumor entre los griegos enemigos de los atenienses, que Sitalces, por la alianza y confederación que tenía con éstos, so color de la guerra de Macedonia había juntado aquellas huestes para venir contra ellos en favor de los atenienses.

Viendo, pues, Sitalces que no podía llevar a efecto lo que había emprendido, que no hacía más que talar la tierra sin ganarla, y que los víveres le faltaban y se acercaba el invierno, por consejo de Seutes, hijo de Esparadoco, su primo, y el principal caudillo de su ejército, determinó volver lo más pronto que pudiese.

Perdicas había ganado secretamente la voluntad de Seutes, prometiéndole su hermana en casamiento y gran suma de dinero. Por tanto, Sitalces, después de estar treinta días en tierra de los enemigos, y de ellos ocho en la de Cálcide, volvió a su reino con su ejército. Poco después, en cumplimiento de sus promesas, dio a Estratonice, su hermana, por mujer de Seutes.

Este fin tuvo aquella empresa de Sitalces.

XX

Los atenienses que estaban en Naupacto aquel invierno, después que la armada de los peloponenses fue deshecha, mandados por Formión, navegaron hacia el puerto de Astaco y llegados allí, saltaron a tierra trescientos soldados de los suyos con otros tantos mesenios, con los cuales entraron en Acarnania, tomaron las villas de Estrato y de Corontas, y otros muchos lugares y echaron de ellos a los moradores que les parecieron afectos a los peloponenses. Y después que pusieron dentro de Corontas a Cinete, hijo de Teólite, para que tuviese la guarda de la villa, volvieron a embarcarse sin atreverse a pasar adelante contra los eniades, aunque éstos solos entre todos los acarnanios habían sido siempre enemigos de los atenienses, por no continuar la guerra en tiempo de invierno; pues el río Aqueloo, que desciende del monte Pindo y pasa por tierra de los dólopes, por la de los anfiloquios, por los campos de Acarnania, por medio de la ciudad de Estrato y después entra por tierras de los eniades para arrojarse en la mar, se represa junto a la ciudad de los eniades y de tal manera empantana la tierra con sus crecidas, que no se puede andar por ella para hacer la guerra en tiempo de invierno. También frente a los eniades hay algunas de las islas Equinadas, que no difieren nada en las crecidas del río Aqueloo, porque cuando va caudaloso el río que pasa por ellas (por las crecidas de los arroyos que descienden de las montañas) se juntan con la tierra firme, y tienen creído los habitantes que con el tiempo se han de juntar todas y convertirse en tierra firme, porque llueve muy a menudo, crece el río considerablemente y con las avenidas arrastra mucha arena y piedras.

Estas islas están muy juntas, de manera que casi forman una a causa del cieno que trae el río, no de continuo, que la fuerza del agua lo desharía, sino unas veces en una parte y otras en otra, de suerte que no pueden salir bien desde ellas al mar y además son muy pequeñas y desiertas.

Dicen que cuando Alcmeón, hijo de Anfiarao, mató a su madre, atormentado por continuas visiones y espantos, vióse obligado a recorrer el mundo sin parar, y el Oráculo de Apolo le aconsejó que fuese a habitar estas tierras, pues le dio por respuesta que no estaría libre de aquellas visiones hasta que hallase para su morada una tierra que no fuese vista del sol, ni hubiese sido tierra antes de la muerte de su madre, porque toda otra cualquiera le estaba prohibida por la maldad que cometió. Dudoso e incierto Alcmeón de dónde podría hallar esta tierra, recordó la crecida del río Aqueloo después de la muerte de su madre, adquirió tierra bastante para su morada, de la producida por las avenidas y reinó en aquellas partes, donde al presente son las eniades. Del nombre de su hijo, que se llamaba Acarnán, llamó toda aquella tierra Acarnania. Esto es lo que sabemos de Alcmeón.

Volviendo, pues, a la historia; Formión, con los atenienses que había traído de tierra de Acarnania a Naupacto y al empezar la primavera fue por mar a Atenas, llevando consigo los prisioneros que había tomado en aquella guerra, que todos eran libres y fueron rescatados. También se llevaron las naves cogidas a los enemigos.

Y así pasó aquel invierno, que fue el tercer año de la guerra que escribió Tucídides.

LIBRO TERCERO

I

Al principio del estío, cuando las mieses ya granadas están en sazón de ser segadas, los peloponenses entraron de nuevo en tierra de Ática llevando por su capitán a Arquidamo, rey de los lacedemonios, talándola y arrasándola. Había algunas escaramuzas, según costumbre, entre la caballería ateniense y los soldados de a pie de los enemigos, armados a la ligera, que recorrían la comarca, porque los de a caballo salían contra ellos para defender los lugares cercanos a la ciudad. Estuvieron los peloponenses en Ática mientras les duraron los víveres, y después volvieron a su ciudad.

Al invadir los peloponenses el Ática, los moradores de la isla de Lesbos, excepto los de Metimna, se rebelaron contra los atenienses, uniéndose a aquellos, cosa que habían querido hacer antes que la guerra empezara, pero los lacedemonios no aceptaron entonces su alianza. Esta vez se declararon más pronto de lo que tenían determinado, porque cuando lo hicieron estaban muy ocupados en fortificar los puertos y rehacer sus muros, y en hacer barcos. También esperaban ballesteros, vituallas y otras provisiones por las que habían enviado al Ponto.

Los tenedios, que eran enemigos de los metimnenses, y algunos particulares de la ciudad de Mitilene, que por las parcialidades que había en la ciudad se habían hecho ciudadanos de Atenas, avisaron a los atenienses que los vecinos de Mitilene obligaban a todos los moradores de la isla de Lesbos a reunirse dentro de la ciudad con intento de rebelarse contra los atenienses, y que hacían todos los aprestos de guerra necesarios para este efecto, persuadidos por los lacedemonios y por los beocios sus progenitores; de suerte, que si los atenienses no acudían pronto al remedio, perderían toda la isla de Lesbos.

Considerando los de Atenas que les sería muy difícil, después de tan gran epidemia como habían tenido, y estando los enemigos en su tierra, aparejar nueva armada y emprender otra guerra contra los de Lesbos, que tenían sus fuerzas intactas y gran número de naves, no quisieron al principio creer lo que decían, porque no deseaban que fuera verdad, y reprendían a los que comunicaban estas nuevas diciendo que no era nada y que hacían mal en culpar a los mitilenos. Mas después que los mensajeros que enviaron para saber la verdad les dijeron que los de Mitilene, a pesar de su exigencia, no habían querido hacer volver a los moradores de la isla que obligaron a ir a la ciudad ni suspender los aprestos de guerra, temiendo que se rebelasen de veras, quisieron prevenirlos enviando hacia aquella parte cuarenta naves que tenían dispuestas para marchar al Peloponeso, mandadas por Cleipidés, hijo de Dinias, y otros dos capitanes, porque les advirtieron que muy pronto sería la fiesta de Apolo, que se celebraba en Maloes, fuera de la ciudad, a la cual todos los ciudadanos, o la mayor parte, venían todos los años, y que si se daban prisa a ir sobre ellos, podrían coger a todos de repente, y si no se conseguía, yendo sobre ellos con armada, les podrían mandar que diesen todas las naves que tenían y derribasen sus murallas, y si lo rehusasen, con razón les declararían la guerra antes que se pudiesen fortificar ni proveer de las cosas necesarias para su defensa.

Por esta causa enviaron los atenienses aquellas cuarenta naves, retuvieron las diez galeras que los mitilenos les habían enviado en socorro por razón de la alianza que había entre ellos, y metieron en prisión a todos los hombres que venían en ellas. Había en Atenas un varón natural de Mitilene que, al saber este hecho, partió apresuradamente por mar, arribó en Eubea, y de allí fue por tierra hasta Geresto, donde halló un barco de mercaderes que iba a hacerse a la vela para ir a Mitilene. Embarcóse en él, y con el viento que tuvo llegó en tres días al puerto de Mitilene, y en seguida avisó a los mitilenos de que iba contra ellos la armada de los atenienses.

Los mitilenos, al saberlo, no salieron el día de la fiesta al templo de Apolo Maloes, sino que a toda prisa repararon los muros de la ciudad y fortificaron su puerto lo mejor que pudieron.

Pocos días después llegó la armada de los atenienses, los cuales, viendo los aprestos de guerra que hacían los ciudadanos, les declararon el encargo que traían de mandarles que diesen sus naves y derribasen sus muros. Al ver que rehusaban cumplirlo, se prepararon a acometerlos. Mas como los de la ciudad se vieren en aprietos, aunque al comienzo salieron un poco delante al puerto haciendo muestra de querer pelear, cuando vieron la armada de los atenienses derechamente contra ellos, se retiraron y determinaron parlamentar con los capitanes atenienses, diciéndoles que se avenían a entregarles todas sus naves con tal de que hiciesen con ellos algún buen concierto para en adelante. De buen grado lo otorgaron los atenienses, temiendo no contar con bastante armada para conquistar toda la isla de Lesbos; y con esto hicieron tregua por algunos días, enviando su embajada a los atenienses con algunos de sus ciudadanos, entre los cuales fue el que había descubierto a los atenienses que los mitilenos se les querían rebelar (aunque ya éste había mudado de parecer), por ver si podían excusar aquel hecho y quitarles la mala sospecha que habían concebido los atenienses, para que mandasen volver la armada que tenían sobre Mitilene sin hacer daño. Por otra parte, los mismos mitilenos enviaron otros mensajeros en un galeón a los lacedemonios, ocultándolo a los atenienses, que tenían sitiado el puerto con su armada, que estaba a la parte septentrional, hacia Malea. Hicieron esto los mitilenos porque no tenían esperanza de que los que enviaron a Atenas pudiesen conseguir su demanda de los atenienses. Los mensajeros enviados a lacedemonia trabajaron tanto con los lacedemonios, que consiguieron enviasen socorro a los mitilenos. Entretanto, llegaron los que habían enviado a Atenas, y al decir a los suyos que no pudieron alcanzar nada de los atenienses, toda la ciudad de Mitilene y todos los de la isla se pusieron en armas y se aprestaron para la guerra, excepto los de Metimna, que seguían el partido de los atenienses, y los imbrios y lemnios, y algunos otros de las islas cercanas, sus aliados y confederados.

Aunque los de la ciudad hicieron una entrada en el real de los atenienses, y llevaron lo mejor en la pelea, no osaron esperar en el campo ni salir más adelante, sino que continuaron encerrados en la ciudad, esperando algún socorro de los lacedemonios o de otra parte.

Poco tiempo después arribaron allí el lacedemonio Meleas y el tebano Hermeondas, los cuales no traían socorro, porque fueron enviados a los mitilenos antes que se rebelasen; no llegando antes que la armada de los atenienses, se metieron en un bergantín, después de la pelea que arriba contamos, arribaron a la ciudad, y les aconsejaron que enviasen sus embajadores con ellos, en otra galera, a los lacedemonios, lo cual hicieron.

Pasado esto, como los atenienses vieron que los mitilenos no osaban salir, cobraron ánimo y llamaron a sus aliados y confederados para que les ayudasen, los cuales acudieron de buena gana, por la idea de que sin mucho trabajo podrían conquistar a los lesbios, que tenían pocas fuerzas. Cercaron a la ciudad por dos partes, fortificaron su campo con baluartes y pusieron sus guardas de naves a la entrada de los dos puertos, de manera que los de la ciudad no se podían salir por mar; pero por la parte de tierra lo mandaban todo, porque los atenienses no ocupaban sino muy poco trecho en torno de su campo, a causa de que en Malea hacían su mercado y tenían la estancia de su navíos.

En tal estado estaban las cosas de los mitilenos.

En este mismo verano, los atenienses enviaron treinta naves para guerrear alrededor del Peloponeso, mandadas por Asopio, hijo de Formión, a petición de los acarnanios, que demandaron para aquella empresa a alguno de los hijos o parientes de Formión. Al llegar Asopio con su armada al Peloponeso, robó y taló muchos lugares de la costa de Lacedemonia, y después se retiró a Naupacto con doce de sus naves, enviando las otras a su tierra. Hizo enseguida armarse a todos los acarnanios; con ellos fue a hacer la guerra a los eniades, remontando con sus barcos el río Aqueloo, mientras los acarnanios, por tierra, robaban y destruían todos los lugares. Mas viendo que no podía acabarse su empresa por tierra, despidió el ejército de infantería, y él por mar, con sus doce naves, tomó derrota hacia Léucade, saltando a tierra en el puerto de Norica, en donde al querer volver a sus barcos, fue muerto él y una parte de los suyos por los del pueblo de Norica con la ayuda de algunos soldados extranjeros que tenían, aunque pocos. Los que quedaron vivos de los atenienses, cuando rescataron sus muertos de los noricos para darles sepultura, volvieron a su tierra.

Entretanto, a los embajadores que los mitilenos enviaron en la galera a los lacedemonios, ordenaron éstos que acudieran a la junta de todos los griegos que pronto se verificaría en Olimpia, para que siendo allí oídos en presencia de todos los confederados y aliados, se determinase por común parecer lo que debía de hacerse en tal caso. Halláronse, pues, en las fiestas de Olimpia cuando Dorieo el rodio ganó el premio y la honra de ellas, y acabadas las fiestas y los juegos, estando reunidos todos los aliados y confederados para consultar sobre los negocios en común, fueron llamados los embajadores de los mitilenos que, entrando en el Senado, pronunciaron este discurso.

II

«Varones lacedemonios, y vosotros, aliados y confederados: Bien sabemos que es costumbre admitida entre los griegos, como justa y legítima, que los que en tiempo de guerra se rebelan contra los aliados y se pasan a los contrarios, los que los reciben les tratan bien tanto tiempo cuanto piensan que los rebelados les pueden ser útiles y provechosos; pero considerando después la traición que han hecho a sus primeros amigos, los tienen por ruines, y creen que serán peores en adelante. Sería esto razonable si las cosas fuesen iguales de parte de los que se rebelan como de aquellos de quien se apartan. Porque si son iguales en las fuerzas y aprestos de guerra, como lo son en consejo y amistad, no hay ocasión ninguna justa en que se deban rebelar y apartar unos de otros. Pero esto no sucede entre nosotros y los atenienses, según os mostraremos para no pareceros malos si nos apartamos en tiempo de guerra de aquellos que nos honraron en el de paz.

»Pues venimos a pedir vuestra amistad, bien será, ante todas cosas, justificar nuestra causa y hablar de la justicia y de la virtud, porque ni puede haber amistad firme entre los particulares, ni unión perdurable entre las ciudades si no hay un crédito verdadero de virtud y bondad de una parte a la otra, y una comunicación y conformidad de voluntades y costumbres; que si son discordes las voluntades y pareceres, también serán diferentes las obras.

»Sabed, pues, que nuestra amistad y alianza con los atenienses data desde que vosotros os apartasteis de la guerra contra los medos y ellos prosiguieron la empresa. Entonces nos confederamos con ellos no para poner a los griegos bajo la sujeción de los atenienses, sino para librarles de la servidumbre de los medos. Mientras nos tuvieron por iguales, siempre los seguimos con entera voluntad; pero al ver que terminada la guerra contra los medos procuraban someter a sus amigos y confederados a servidumbre, no pudimos dejar de recelarnos. Y porque no era posible a los otros aliados y confederados unirse para defenderse de los atenienses, por la diversidad de votos y pareceres que suele haber entre muchos, todos quedaron sujetos a servidumbre, excepto nosotros y los de Quío.

»Usando siempre de nuestro derecho y libertad, les ayudamos en la guerra como amigos y confederados, empero, nunca tuvimos a los atenienses por verdaderos caudillos y capitanes, tomando ejemplo de lo pasado; pues no era verosímil que habiendo sujetado a los otros, que también eran sus amigos y confederados, dejaran de hacer lo mismo con nosotros cuando viesen oportunidad para ello; que si todos disfrutáramos de nuestra libertad, como antes, podríamos tener confianza en que no querían innovar cosa alguna; pero habiendo ya sujetado a todos los demás, de creer es que sufrirán de mala gana que queramos tratarles de igual a igual, y que obedeciéndoles todos los demás, nosotros solos nos queramos igualar a ellos, mayormente ahora que cuanto más poderosos llegan a ser, venimos nosotros a ser menos fuertes por estar solos y desamparados.

»No hay cosa que tanto haga fiel y firme la amistad y confederación como el temor que tiene uno de los aliados al otro si hace cosa que no debe, porque el que quiere traspasar los términos de la amistad y alianza se refrena y abstiene cuando ve que sus fuerzas solas no son bastantes, y si considera que el otro es tan poderoso como él, teme acometer el primero. Si ellos nos han dejado hasta aquí gozar de nuestra libertad, ha sido porque pensaban tener más firme y estable su señorío, so color de que usaban más de razón y de buen consejo que de fuerza y violencia manifiesta, y a fin de que si hiciesen la guerra contra algunos, justificarla diciendo que, de no ser justa, ni nosotros ni los otros, que aún disfrutaban de su libertad, les ayudaríamos.

»De esta suerte han aumentado su poder muchas veces en perjuicio de los débiles, sujetando poco a poco a muchos, unos en pos de otros, para que los que quedasen no tuvieran medios de defensa; que de empezar contra nosotros teniendo los otros sus fuerzas enteras, no lo pudieran hacer tan sin peligro, y también porque temían nuestra armada y sospechaban que, si las juntábamos y nos uníamos a vosotros o con otros, les podríamos hacer daño.

»Así nos hemos librado de ellos hasta ahora, procurando siempre ganar la gracia del pueblo de Atenas y de los que le gobernaban, con halagos y cumplimientos y por buenos medios. Esto no pudiera durar mucho si no se hubiera comenzado esta guerra, según se advierte por el ejemplo de los otros, pues ¿qué amistad puede haber, o qué confianza verdadera, donde los unos tienen por sospechosos a los otros y procuran agradarse contra su parecer: es decir, que ellos nos agradan en tiempo de guerra por temor a ofendernos, y nosotros hacemos lo mismo con ellos en tiempo de paz por igual razón, y lo que hace firme y estable la amistad entre otros, que es el amor, lo hacen el temor entre nosotros? De manera que si hemos perseverado en la confederación y amistad de los atenienses, ha sido antes por temor que por amor, y sería nuestro primer aliado quien antes nos facilitara medios de romperla sin peligro. Por tanto, si a alguno le parece que hemos hecho mal al prevenir sus actos rebelándonos contra ellos, y que debiéramos esperar a que declararan primero la mala voluntad que pensábamos nos tenían, atento que no la habían aún mostrado, este tal no acierta, porque esto no sucediera si nosotros fuéramos tan poderosos para tramarles asechanzas, y esperar la nuestra, como ellos lo son, y en tal caso no habría peligro, siendo iguales. Mas viendo que ellos tienen poder y medios de emprender lo que desean y acometernos cuando quisieren, justo es que nos anticipemos a rebelarnos al ver oportunidad de defendernos.

»Ya sabéis, varones lacedemonios, y vosotros los confederados, las causas porque nos hemos apartado de los atenienses, las cuales parecerán claras y razonables a todos los que las quieran entender, y muy bastantes para justificar nuestra intención y demanda, porque con razón les tememos y con razón venimos a pediros socorro, como teníamos determinado hacerlo antes que se comenzase la guerra, y para ello entonces os enviamos nuestros embajadores a pedir vuestra amistad y alianza y tratar de rebelarnos y apartanos de los atenienses. Entonces impedisteis vosotros que lo lleváramos a efecto.

»Ahora que somos llamados por los beocios a ello, acudimos sin dilación, pensando que nos hemos rebelado por dos razones bastantes: la primera, porque siguiendo el partido de los atenienses, y perseverando en ello, no parezca que damos favor y ayuda para oprimir y maltratar la Grecia, sino que, con vosotros, la ayudamos a defenderse; y la otra, por conservar nuestra libertad, para no perderla en adelante como los otros.

»Declarada nuestra intención es necesario que con la mayor diligencia nos socorráis, mostrando por obra en este punto que queréis defender y amparar a los que estáis obligados, y por consiguiente, dañar a vuestros enemigos por todas las maneras posibles; pues al presente tenéis mayor y mejor oportunidad que nunca, porque los atenienses están desprovistos de gente por la epidemia, faltos de dinero por la guerra, y sus naves esparcidas, unas en vuestra costa del Peloponeso, y otras en la nuestra para hacernos la guerra, de suerte que no es verosímil puedan tener abundancia de barcos si vosotros en este verano los acometéis por mar y tierra; antes es de creer, o que seréis más poderosos que ellos por mar, o a lo menos que ellos no serán bastantes para poder resistir a vuestras fuerzas juntas con las nuestras.

»Y si alguno piensa que no debéis poner en peligro vuestra propia tierra para defender la nuestra, que es ajena y está lejos de la vuestra, yo os digo de verdad que el que juzga la isla de Lesbos lejos y apartada, conocerá por los efectos que el provecho que puede recibir de ella está muy cercano; que la guerra no se ha de hacer en tierra de Atenas, como piensan, sino en aquellos lugares de donde los atenienses sacan su dinero, y llevan sus provechos; pues sus rentas las tienen de los aliados y confederados, las cuales podrían ser mayores si nos hubiesen sujetado también a su dominio; que en tal caso, ninguno de los otros aliados osaría rebelarse, y nosotros también seríamos suyos, y tan mal tratados como lo son los otros que ya tienen sujetos. Si vosotros nos dais ayuda, pronto tomaréis en vuestra compañía una ciudad como la nuestra que tiene abundancia de barcos, de que vosotros estáis muy necesitados, y podréis destruir a los atenienses, quitándoles sus aliados, para que siguiéndonos e imitando nuestro ejemplo, se atrevan a rebelarse. Por esta vía disiparéis la mala opinión que las gentes han concebido de vosotros de no querer recibir en amistad ni ayudar a aquellos que se os ofrecen por aliados y compañeros de guerra, y si os mostráis favorables a ayudarles y librarles, tendréis más firmes vuestras fuerzas para la guerra.

»Tened, pues, vergüenza de faltar a lo que los griegos esperan de vosotros, y de no reverenciar al dios Apolo, en cuyo templo, al presente, estamos suplicando y pidiéndolo por merced. Amparad y defended a los mitilenos, tomándolos por amigos y compañeros, y no nos dejéis en manos de los atenienses, nuestros enemigos, con gran daño y peligro de nuestras personas, pues de nuestra buena suerte depende el provecho común de toda Grecia, y de nuestros males el daño evidente de todos. Mostraos al presente tales como los griegos os estiman, según nuestra necesidad al presente lo requiere y demanda».

Cuando los mitilenos acabaron su razonamiento, los lacedemonios y los otros aliados y confederados celebraron consejo sobre ello, y determinaron recibirlos por amigos y compañeros, y asimismo entrar de nuevo aquel año en tierra de Atenas. Para ello mandaron a todos los otros aliados que se apercibiesen y estuvieran a punto lo más pronto que pudiesen, y proveyesen dos partes de la armada.

III

Conforme a la resolución tomada en la junta de Olimpia, los lacedemonios mandaron preparar su gente de guerra junto al Estrecho del Peloponeso, para embarcarla, reunirla en Corinto, enviarla a la costa del mar de Atenas y acometer a los atenienses por mar y por tierra. En estos preparativos emplearon gran diligencia, pero sus compañeros y aliados fueron muy negligentes, así por estar ocupados en coger sus frutos, como porque ya les cansaba la guerra.

Cuando los atenienses supieron los aprestos de los peloponenses y que, por las muestras, parecía que tenían en poco el poder de Atenas, armaron cien naves, para dar a entender que podían más de lo que los enemigos pensaban, y que, sin mandar venir la otra armada que tenían en Lesbos, contaban con barcos y poder bastante para resistir a los del Peloponeso si los acometían. En las cien naves metieron todos los moradores de la ciudad, naturales y extranjeros, excepto los caballeros y personas principales que tenían cargos, y alzaron velas, navegando hacia la costa del Peloponeso pasando por el Estrecho, a fin de que los enemigos los viesen, y saltando a tierra donde querían.

Cuando lo lacedemonios que estaban en el Estrecho vieron el número de barcos de los atenienses mucho mayor de lo que ellos pensaban, sospecharon mal de los mitilenos, creyendo que les habían mentido en lo que les dijeron, y parecióles que acometían una empresa muy ardua y difícil, con mayor motivo viendo que los aliados no venían; y sabiendo, además que la armada de los atenienses que andaban por la costa del Peloponeso robaba las tierras y lugares marítimos, volvieron a sus casas.

Poco tiempo después prepararon barcos para enviarlos a Lesbos, ordenaron a los confederados que preparasen hasta el número de cuarenta naves para este viaje, nombrando por capitán a Alcidas. De otra parte, las cien naves de lo atenienses, cuando entendieron que los lacedemonios se habían retirado, también regresaron. Fue esta armada de los atenienses la mejor y más hermosa que habían tenido aunque al comienzo de la guerra poseían otras tantas naves, y aún más porque tenían ciento para guarda de la mar de Ática y de Eubea y Salamina, y otras tantas que corrían la costa del Peloponeso, sin las que estaban en Potidea y en otras partes, que serían todas hasta doscientas cincuenta, las cuales tuvieron en el mar un verano, gastando gran cantidad en el costo de aquella armada; y de la que hicieron en Potidea, pues los que sitiaban esta ciudad desde el principio de la guerra, que serían unos tres mil, otros tres mil que los auxiliaban y los seiscientos soldados que fueron bajo el mando de Formión, tenían dos dracmas de sueldo cada día, una para su mantenimiento y otra para el de su mozo, y otras tantas tenían todos los que iban embarcados. A tanta costa tuvieron tan grande armada.

En este mismo tiempo, cuando los lacedemonios estaban en el Estrecho, los mitilenos, con algunos soldados de sus aliados, hicieron guerra a los de la ciudad de Metimna, pensando tomarla por traición, por los tratos que tenían con algunos de la ciudad; pero después de hacer cuanto podían, viéndose engañados y que la cosa no sucedía como pensaban, volvieron a Antisa, a Pirra y a Ereso, cuyas ciudades fortalecieron lo mejor que pudieron, reparando los muros y haciendo otras obras. Y con esto regresaron a Mitilene.

Después de su partida, los de Metimna fueron con todo su poder contra la ciudad de Antisa, procurando tomarla por fuerza; mas fueron rechazados por los de la ciudad y por algunos soldados extranjeros que tenían en ella, con gran pérdida de los suyos, retiráronse con mucha vergüenza.

Sabido esto por los atenienses, y que los mitilenos tenían la isla de Lesbos a su voluntad, sin que aquellos que estaban sobre el cerco se los pudiesen estorbar, enviaron al principio del otoño a Paques, hijo de Epicuro, con mil hombres de su pueblo, los cuales, después de embarcados, sirvieron de marineros y remadores hasta que saltaron en tierra en Mitilene. Al arribar cercaron la ciudad con un muro sencillo y en muchas partes hicieron torres y bastiones, de manera que estuviese sitiada por mar y tierra y puesta en mucho aprieto.

Acercábase el invierno, y porque el gasto era muy grande y les faltaba dinero para sostener el cerco, impusieron un nuevo tributo, hasta la suma de doscientos talentos, y enviaron por comisarios de los confederados y aliados para cobrarlo, a Lisicles con otros cuatro compañeros y con doce navíos; el cual Lisicles, habiendo cobrado de algunas ciudades marítimas gran suma, cuando atravesaba la tierra de Caria por los campos de Meandro a la salida de Miunte, cerca ya del monte de Sandio, fue acometido por los de Caria y por los aneitos, y muerto con muchos de los suyos.

IV

En este mismo invierno, los de Platea continuaban cercados y puestos en mucho aprieto por los peloponenses y por los beocios, y no tenían esperanza de ser socorridos por los atenienses, ni salvarse por otra vía; al faltarles los víveres, acordaron con los atenienses que estaban de guarnición en la ciudad, salvarse todos juntos, y asaltar los muros que habían hecho los enemigos si lo podían hacer por fuerza. De este consejo fueron autores los atenienses, y principalmente Teéneto, hijo de Tólmides, que se preciaba de adivino, y Eupólpides, hijo de Daimaco. Mas porque la empresa les parecía muy difícil y de gran peligro, se apartaron del propósito más de la mitad, quedando sólo unos doscientos veinte, que la pusieron por obra de esta manera.

Hicieron dos escalas de la altura del muro, midiéndola por la juntura de los ladrillos de que estaba hecho, lo cual pudieron hacer muy bien, contando muchas veces las hiladas por la parte del muro que estaba descubierta hacia ellos, y porque un hombre solo pudiera errar en esta cuenta, fueron muchos en hacerlo diversas veces. Era el muro doble, uno por la parte de la ciudad para impedir la salida, y otro por la del campo para que no entrase el socorro de los atenienses, apartados uno del otro por un espacio de diez y seis pies; y en este espacio estaban las estancias y alojamientos de los que los guardaban, separadas unas de otras, aunque tan espesas y cercanas, que los dos muros parecían ser uno solo, y ambos tenían sus almenas. De diez en diez almenas había una gran torre, que llegaba de un muro al otro, de suerte que no podían atravesar el muro sino por medio de las torres, y dentro de éstas se recogían los guardas que velaban de noche cuando llovía o hacía mal tiempo, porque estaban cubiertas y no lejos de las almenas.

Sabiendo los de la ciudad la manera de guardarlas, espiáronlos una noche que llovía y hacía gran viento y no había luna, y llevando por caudillos a los mismos que fueron inventores de este hecho, pasaron primeramente el foso, que estaba de su parte, y llegaron al pie del muro sin ser sentidos por los enemigos porque la oscuridad de la noche los guardaba de ser vistos, y el ruido del viento y de la lluvia de ser oídos; de esta manera iban marchando adelante, apartados uno de otro para que las armas no sonasen al chocar, y todos armados a la ligera y calzado sólo el pie izquierdo para no resbalar en el barro. Arrimadas las escalas a las almenas, entre las torres, por la parte donde advirtieron que no había nadie, los que llevaban las escalas subieron los primeros, y después otros doce armados solamente de corazas y una daga en la mano. De los cuales doce, el primero y principal fue Ammeas, hijo de Corebo. Seis de los doce que iban tras él subieron hasta encima de las dos torres, entre las cuales estaban las almenas, frente adonde tenían puestas las escalas. Tras estos doce subieron otros armados como los de arriba, y además de estas armas, llevaban sus dardos y azagayas atados a las espaldas para que no les estorbasen al subir. Algunos otros llevaban los escudos para darlos a sus compañeros cuando viniesen a las manos con los enemigos. Cuando habían subido ya muchos, los centinelas que velaban dentro de las torres los sintieron, porque uno de los platenses a la subida derribó una teja de la almena, y por el golpe que dio, los guardas despertaron y dieron voces, y los del campo se alborotaron, de manera que todos acudieron al muro sin saber lo que ocurría por causa de la noche y del mal tiempo.

Por otra parte, los que habían quedado en Platea salieron y acometieron a los enemigos que guardaban el muro, por un camino desviado de aquel por donde habían salido los primeros, a fin de engañarles; de suerte que todos los peloponenses, turbados, no sabiendo lo que podía ser, no se movían, y los que guardaban las torres no osaban salir, dudosos de lo que harían. Los trescientos que tenían a su cargo socorrer las guardias encendieron ho-gueras hacia la parte de Tebas para anunciar la llegada de los enemigos, pero al verlo los platenses que habían quedado dentro, encendieron también muchas hogueras que tenían dispuestas encima de los muros, para que los ene-migos no pudiesen entender por qué se hacían aquellos fuegos, y también para que por esta vía sus compañeros se pudiesen salvar antes que llegase socorro a las guardias. Entretanto, los primeros que subieron a los muros ganaron las dos torres y mataron a todos los que hallaron dentro y las guardaban, a fin de que ningún enemigo pudiese llegar allí. Después hicieron subir a los otros, y con venablos y piedras lanzaron del muro por abajo y por arriba a los que iban a socorrer las guardias. Con esto, los que no habían aún subido tuvieron espacio para poner más escalas, y los que habían ganado las torres derrocaron las almenas por dentro, para que sus compañeros pudiesen mejor subir. Cuando todos estuvieron sobre el muro, tiraban piedras y otros tiros a los enemigos que acudían a socorrer a los suyos. Todos los que habían de pelear pudieron subir, aunque los postreros con más trabajo. Después descendieron por una de las torres y llegaron al foso de fuera, donde hallaron enfrente a los trescientos hombres de los contrarios, que tenían encargo de socorrer las guardias, y que eran los que habían hecho las hogueras, los cuales podían ser bien vistos, aunque ellos no veían a los contrarios que se acercaban. Por esta causa, los que estaban dentro los rechazaron, hirieron a muchos de ellos y pasaron adelante todo el foso, aunque con dificultad grande, porque el agua estaba medio helada; de manera que había grandes pedazos de hielo, y no los podía el agua sostener a causa del viento solano de Mediodía que la había deshelado y también porque llovía, y con la lluvia había crecido el agua tanto que les llegaba a la cintura. Pasado el foso se cerraron todos, y juntos siguieron por el camino que va hacia Tebas, dejando a mano derecha el templo de Hera que hizo Androcrates. Escogieron esta vía por creer que los peloponenses no pensarían que habían tomado el camino que iba hacia sus enemigos, también porque veían que los peloponenses habían encendido grandes fuegos en el camino que iba para Atenas. Pero después que caminaron seis o siete estadios hacia Tebas, dejaron aquel camino y tomaron el que va a la montaña y a Eritrea y a Isias, y por esta montaña fueron hasta Atenas, contándose entre todos doscientos doce, porque los otros, viendo la dificultad de la hazaña que emprendían, se habían retirado dentro de la ciudad de Platea; excepto uno que fue muerto dentro del foso. Los peloponenses, pasado este ruido, se retiraron a sus alojamientos en el campo; y los de la ciudad no sabían si sus compañeros se habían salvado o no, porque los que se volvieron habían dicho que todos eran muertos. Al ser de día enviaron sus farautes a los enemigos para que les diesen los cuerpos, mas al saber que se habían salvado, quedaron tranquilos. De esta manera, parte de los que estaban cercados en Platea pasaron todos los fuertes y defensas de los enemigos, y se salvaron.

V

Al fin de aquel invierno, los lacedemonios enviaron a Saleto en una nave a Mitilene. Saltó en tierra en el puerto de Pirra, fue a pie hasta cerca del campo, entró secretamente en la ciudad de noche, por un arroyo que pasaba a través del fuerte de los enemigos, del cual iba avisado, y dijo a los gobernadores y a las personas más principales que iba para noticiarles que los lacedemonios y sus confederados habían determinado entrar en breve en tierra de Atenas, y enviarles cuarenta barcos de socorro, y para proveer entretanto, juntamente con ellos, lo que fuese necesario en la ciudad. Oído por los mitilenos este mensaje, desistieron de hacer ningunos conciertos con los atenienses, y en esto se pasó el cuarto año de esta guerra.

Al principio del verano siguiente, los peloponenses, después de enviar a Alcidas, su general de la mar, con cuarenta barcos a socorrer a los mitilenos, ellos y sus confederados entraron de nuevo en tierra de Ática, a fin de que los atenienses, viendo sus acometidas y que los apretaban por dos partes, tuviesen menos medios de enviar ayuda por mar al cerco de Mitilene.

De aquel ejército era caudillo Cleómenes, en nombre y como tutor de Pausanias, hijo de Plistoanacte, su hermano menor de edad, el que a la sazón era rey de los lacedemonios. Y en esta entrada gastaron y destruyeron los frutos que habían crecido en las tierras que talaron los años anteriores. Además asolaron todos los lugares donde nunca habían tocado. Fue aquella entrada más dañosa a los atenienses que ninguna otra de las pasadas, excepto la segunda, porque los enemigos, esperando cada día nueva de que su armada hubiese hecho gran daño en la isla de Lesbos, donde suponían habría llegado, talaban y robaban todo cuanto veían delante. Mas cuando entendieron que su empresa de Lesbos no tuvo el resultado que esperaban, careciendo también de víveres, volvió cada cual a su tierra.

En este tiempo los mitilenos, viendo que el socorro de los peloponenses no llegaba y que les faltaban las provisiones, tuvieron que hacer conciertos con los atenienses. Motivados principalmente por el mismo Saleto, que, no esperando ya socorro de los suyos, mandó tomar las armas a los de la ciudad, que hasta entonces no las habían tomado, con intención de hacerles salir contra los atenienses, y cuando las tomaron no quisieron obedecer a los gobernadores ni a las justicias antes hacían juntas y corrillos a menudo, y acudían a los gobernadores y hombres ricos de la ciudad, diciendo que querían que todo el trigo y los víveres fuesen comunes y se repartiesen por cabezas y, si no hacían esto, entregarían la ciudad a los atenienses. Viendo así las cosas los gobernadores y principales de la ciudad, y temiéndose que el pueblo hiciese tratos con los atenienses sin contar con ellos, como podía muy bien suceder, porque eran los más y los más fuertes, hicieron todos juntamente sus conciertos con los atenienses y con Paques, su caudillo, en esta forma: Que recibirían el ejército de los atenienses dentro de su ciudad y enviarían sus embajadores a Atenas a pedir merced, entregándose a su discreción para que tomasen la satisfacción y enmienda de aquello en que los mitilenos les hu-biesen ofendido, y que entretanto, hasta que llegara la respuesta de Atenas, no fuese lícito a Paques matar ni encarcelar, ni tener prisionero a ningún ciudadano.

No obstante estos conciertos, aquéllos que habían sido autores de la rebelión, cuando vieron que el ejército estaba dentro de las puertas de la ciudad, se acogieron a los templos para salvarse. Pero Paques consiguió sacarles de allí, y los envió a la isla de Ténedo hasta recibir la respuesta de Atenas. Después envió cierto número de barcos contra la ciudad de Antisa, que se rindió, y además ordenó todas las otras cosas que le parecieron ser necesarias para el bien de su ejército.

Las cuarenta naves de los peloponenses que iban en socorro de los mitilenos no anduvieron muy de prisa en torno del Peloponeso, aunque al cabo arribaron a la isla de Delos antes de que los atenienses lo supiesen, y de allí fueron a Claros y a Micón, donde supieron que la ciudad de Mitilene se había rendido a los atenienses. No obstante esto, para informarse mejor de la verdad, llegaron hasta el puerto de Embato, que está en tierra de Eritrea, donde supieron que hacía siete días que se había entregado la ciudad. Celebraron allí consejo para determinar lo que había de hacer, en el cual Teutíaplo, barón eliense, habló de esta manera:

«Alcidas, y los otros capitanes mi compañeros que estáis aquí presentes, caudillos de esta armada por los peloponenses, mi parecer sería que fuésemos derechamente a Mitilene, antes que los atenienses supieran nuestra venida. Porque probablemente hallaremos muchas cosas de los contrarios mal guardadas y a mal recaudo, según suele suceder en ciudad recién tomada, mayormente si vamos por parte de mar, por donde ellos menos sospechan que han de ir los enemigo a acometerles. Nosotros somos más poderosos, y es verosímil que sus soldados estén diseminados en los alojamientos, según acostumbran cuan-do han alcanzado la victoria. Paréceme, pues, que si vamos de noche y los acometemos desapercibidos, con ayuda de los de la ciudad, si hay algunos afectos a nuestro partido sin duda acabaremos nuestro hecho con honra. Y no debemos rehusar el peligro, pues tenemos por cierto y averiguado, que en la guerra no hay sino semejantes novedades, y si el capitán sabe guardarse y espiar, y acometer a los enemigos sobre seguro, muchas veces sale con su empresa».

De esta manera habló Teutíaplo, mas no pudo persuadir a Alcidas. Algunos de los desterrados de Jonia, y otros de Lesbos que había en aquella armada, significaron a Alcidas que si temía ir a Mitilene, debía conquistar algunas de las ciudades de Jonia, o la ciudad de Cumas en Eolia, donde podrían rebelar a los jonios contra los atenienses; porque, a su parecer, no irían a ningún punto donde no fuesen bien recibidos. Y que por esta vía quitarían a los atenienses mucha de la renta que cobraban en aquellas tierras y la pagarían a ellos, teniendo con esto bastante para entretener y pagar el sueldo de toda su armada, si se detenían allí algún tiempo. También le decían que esperaban que la ciudad de Pisutnes se pondría de su parte. Alcidas no aprobó este parecer tampoco, y de esa opinión fueron la mayor parte de aquellos que se hallaron en consejo, creyendo que, pues habían faltado de la empresa de Mitilene, sin esperar más debían volver al Peloponeso, y así lo hicieron.

Partiendo del puerto de Embatón, arribaron a la isla de Mioneso, que pertenece a los teos, donde Alcidas mandó matar muchos prisioneros de los que cogió en aquella navegación, por cuya causa, cuando llegó a Éfeso, acudieron a él los embajadores de los samios de Aneas, y le dijeron que no era conservar la libertad de Grecia, como él decía, matar a los que ni eran enemigos ni habían tomado las armas contra ellos, sino aliados de los atenienses por necesidad, y que si perseveraba en hacer esto, muy pocos de los confederados de los atenienses pasarían al bando de los peloponenses; antes por el contrario, muchos de aquellos que les eran amigos se convertirían en enemigos. Convencido Alcidas por estas razones, soltó a muchos de los prisioneros que tenían aún en su poder, naturales de Quío y de otros lugares, los cuales había cogido sin ninguna dificultad ni resistencia porque, al ver sus naves no huían, antes se paraban delante creyendo fuesen atenienses y no pensando que, dueños éstos del mar, los barcos de los peloponenses se atreverían a ir a Jonia.

Hecho esto, Alcidas partió apresuradamente y casi huyendo de Éfeso, porque le avisaron que estando ancladas sus naves en el puerto de Claros, había sido visto y descubierto por dos que venían de Atenas la Salaminia y la Páralos, y sospechando les siguieran los atenienses se internaron en alta mar con propósito de no acercarse a tierra hasta arribar al Peloponeso.

De esto avisaron a Paques y a los atenienses por muchos conductos, y en especial por un espía que enviaron los de Eritrea, porque no estando las ciudades de Jonia cercadas de muros, tenían gran temor que los peloponenses, pasando lo largo por la costa, aun sin propósito de detenerse, saltaran a tierra por robar los lugares que hallasen en el camino, y también porque la Salaminia y la Páralos afirmaban que habían visto la armada de los enemigos en la isla de Claros. Paques hizo vela para seguir a Alcidas, y le siguió con la mayor diligencia que pudo hasta la isla de Patmos, mas viendo que no podía alcanzarle se volvió, juzgando ventajoso, de no encontrarle en alta mar, no hallarle en otro punto, para no verse forzado a cercarle su campo, hacer su guardia y acometer. A la vuelta pasó por la ciudad de Notión, que es de los colofonios, porque itamanes y otros bárbaros, aprovechando las contiendas entre los ciudadanos, habían ocupado la fortaleza de la ciudad, que era a manera de un burgo o ciudadela apartada de los muros, y después, a la sazón que los peloponenses entraron la postrera vez en Ática, se movió gran discordia entre los nuevos moradores y los antiguos. Los que habitaban la ciudad se habían fortificado en los muros entre ésta y el burgo, y teniendo consigo algunos soldados bárbaros que la ciudad de Pisutnes y los arcadios les habían enviado, convinieron con los que estaban en el burgo o ciudadela, que eran del partido de los medos, en ejercer todos el mando y gobierno de la ciudad, y los que no quisieron ser de su bando, salieron huyendo y pidieron a Paques socorro.

Al llegar éste mandó llamar a Hipias, que era capitán de los del castillo. Acudió este bajo promesa de que si no querían hacer lo que Paques les mandase, le enviarían sano y salvo hasta dentro de la ciudad; pero al llegar fue detenido y mandó Paques marchar su gente hacia el fuerte donde estaban los arcadios y los bárbaros, que no sospechaban mal ninguno, tomándolo por asalto y matando a todos. En seguida hizo llevar a Hipias hasta la ciudad, sin hacerle mal ninguno, según se lo había prometido, mas cuando estuvo dentro, ordenó matarle a flechazos, y entregó la ciudad a los colofonios, lanzando fuera a los que habían seguido el partido de los medos. Hecho esto, los atenienses que habían sido fundadores de aquella ciudad reunieron a los colofonios que pudieron hallar de los de su bando, y los enviaron a habitar en ella, conforme sus leyes y estatutos.

Partido Paques de Notión volvió a Mitilene, sometió a la obediencia de los atenienses las ciudades de Pirra y de Ereso, y halló a Saleto, capitán lacedemonio, que se había escondido en Mitilene, enviándole preso a Atenas, juntamente con los mitilenos que el mismo Paques enviara a Ténedos, y todos los que pudo entender que habían sido autores de esta rebelión. Tras esto envió la mayor parte de la armada, y con lo restante de ella quedó allí para proveer las cosas necesarias tocante a la ciudad de Mitilene y a toda la isla de Lesbos. Llegados los prisioneros que Paques envió a Atenas, los atenienses mandaron matar a Saleto, que les había prometido hacer muchas cosas en su servicio, y entre otras, que los peloponenses levantasen el cerco de Platea. Respecto de los demás prisioneros, decretaron con ira matar, no solamente a ellos, sino también a todos los mitilenos excepto las mujeres y los muchachos de catorce años abajo, que debían quedar esclavos. Este decreto fue acordado así por juzgar el crimen de los mitilenos muy atroz y sin remisión, a causa de que se habían rebelado sin maltratarles ni como súbditos ni como vasallos. Y el mayor despecho que tenían los atenienses era ver que las naves de los peloponenses se atrevieran a ir en socorro de los mitilenos y cruzar la mar de Jonia con gran peligro suyo, lo cual era señal de que la rebelión de los mitilenos era forjada y fabricada por mano de aquéllos.

Enviaron un barco para notificar a Paques este decreto del Senado de Atenas, y mandarle que lo ejecutase; pero al día siguiente, pensando más sobre ello, casi se arrepintieron de lo que habían acordado, considerando cruel el decreto y pareciéndoles cosa enorme y fea mandar matar a todos los de un pueblo, sin diferenciar de los otros los que habían sido autores y causa del mal. Sabido esto por los embajadores de los mitilenos y por los atenienses que los favorecían, gobernadores y senadores y personas principales de la ciudad, y con grandes lloros lograron que volvieran a poner la cosa en consulta, atendiendo a que la mayor parte del pueblo de Atenas lo deseaba. Mandóse reunir el Consejo y Senado, donde hubo diferentes pareceres, entre los cuales fue uno el de Cleonte, hijo de Cleéneto, que había sido de opinión el día de antes que debían matar a todos los mitilenos, hombre severo y áspero, y que tenía gran autoridad entre el pueblo, el cual pronunció el siguiente discurso:

VI

«Muchas veces he conocido que el régimen popular y gobierno del pueblo no es bastante para saber regir y mandar a otros; y ahora lo conozco más que nunca, parando mientes en este vuestro arrepentimiento y mudanza de parecer en lo que toca al hecho de los mitilenos. Que porque vosotros tratáis de buena fe unos con otros, pensáis que los compañeros y aliados tienen esta misma condición, y no sentís que los errores que hacéis, o persuadidos por sus razones o por sobrada misericordia y compasión, os traen peligro manifiesto, y que con toda vuestra blandura no alcanzáis de ellos más agradecimiento. No consideráis que el imperio que ahora tenéis es verdadera tiranía, y que aquellos que os obedecen lo ha-cen mal de su grado, pensando en cómo os tramarán asechanzas y harán daño. No serán más obedientes porque les perdonéis las culpas, errores y delitos que han cometido contra vosotros, que vuestras fuerzas y el temor que os tienen los hacen sumisos, no la misericordia que usáis con ellos.

»Y lo peor de todo que veo en estos negocios, es que no hay constancia ni firmeza alguna en las cosas ya una vez acordadas y determinadas, sin fijaros en que hay mejor gobierno en aquella ciudad que usa de sus leyes constantes y no revocables, aunque sean malas, que no en aquellas que, teniéndolas buenas, firmes y establecidas, no las guarda inviolablemente, y en que vale más ignorancia con gravedad y serenidad, que no ciencia con temeridad e inconstancia. Por ello, los hombres algo rudos y tardíos de ingenio y de entendimiento, en su mayoría gobiernan mejor la república para el bien y provecho co-mún de todos, que aquéllos que se juzgan por más hábiles y agudos, pues éstos tales, vivos y despiertos, siempre quieren parecer más sabios que las mismas leyes, y mostrar con bellas razones que saben más que los otros, conociendo que en algunas otras cosas podrán ostentar tanto la excelencia de su ingenio, como en aquellas que son de mucha importancia, de donde muchas veces suceden muy grandes males e inconvenientes a las ciudades. Por el contrario, aquellos que no confían tanto en su saber, ni quieren ser más sabios que la ley, conociéndose que no son muy pulidos en sus razones para responder ni rebatir los argumentos de los elocuentes que hablan por arte de retórica, estudian más la materia para juzgar por razón y equidad y venir al punto de la cosa, que no para contener y disputar con argumentos y discursos. De donde vemos que a menudo les suceden mejor sus cosas.

»Así nos conviene ahora obrar, varones atenienses, y no, confiados en nuestra elocuencia y agudeza, persuadir al pueblo de lo que entendemos ser contrario a la verdad y a la razón. Mi parecer en este caso es el mismo de ayer, y me maravillo mucho de aquellos que han querido volver a poner este negocio de los mitilenos en consulta, y por este medio dejar perder y pasar el tiempo en provecho de los que os han ofendido, porque, dilatando el castigo el que ha recibido la ofensa, afloja su ira y no se halla tan áspero para la venganza, mas cuando se ejecuta la pena pronto y la injuria es reciente, toma mucho mejor el castigo. También me maravillo de que haya hombre de contraria opinión de lo que está acordado, y quiera mostrar con razones que las injurias y ofensas de los mitilenos no sean útiles y provechosas, y que esto que es bien de nuestra parte, redunde en mal y daño de los aliados. Porque ciertamente, quien quiera que sea el que esto defienda, evidentemente da a entender, o que por gran confianza en su ingenio y elocuencia hará creer a los otros que no entienden las cosas claras por sí mismas, o que, corrompido por dádivas y dinero, procura engañarnos con elocuentes razones.

»Con estas contiendas y dilaciones, la ciudad obra en provecho de los otros y en daño y peligro de sí misma, de lo cual vosotros tenéis la culpa por haber malamente introducido estas disputas y alteraciones, acostumbrándoos a ser miradores de las palabras y oidores de las obras, creyendo que las cosas han de ocurrir según os persuade el que sabe mejor hablar, y teniendo por más cierto lo que oís decir que lo que veis por obra, pues os dejáis vencer por palabras artificiosas. Sois, pues, muy fáciles para dejaros engañar por nuevas razones, y muy difíciles para ejecutar lo que una vez ha sido aprobado y determinado. Sujetos a vanidades tomáis hastío de vuestras costumbres antiguas y loables, y por este medio cada cual procura y trabaja solamente por ser elocuente y saber hablar bien. Los que no alcanzan esta elocuencia quieren seguir a los que la tienen para mostrar que no entienden las cosas menos que ellos. Además, si hay quien diga alguna razón sutil y aguda, os apresuráis a elogiarle y decir que ya la habíais pensado antes que él la dijese, siendo en lo demás tardíos y perezosos para proveer en las cosas venideras de que os hablan. Buscáis cosas muy ajenas de aquellas con que podéis vivir y pasar la vida, y no entendéis las que traéis entre manos, dejándoos engañar por el deleite de lo que oís, como los que quieren más estar sentados viendo a sofistas y parleros, que oír a los que consultan las cosas concernientes al bien y provecho de la República.

»Yo procuraré apartaros de este error mostrándoos claramente, que sólo la ciudad de Mitilene ha sido la que os ha hecho singular ofensa, porque si alguna, por no poder soportar vuestro mando, o por fuerza de los enemigos, se rebela, soy de parecer que sea perdonada; pero si los que tienen una isla y una ciudad muy fuerte, sin temor a nada, como no sea por mar, y que se puede defender bien, poseyendo buen número de barcos, isla y ciudad que no tratamos como a nuestros súbditos, sino que las dejamos vivir con arreglo a sus leyes; cuyos habitantes son honrados por nosotros más que todos los otros confederados, han hecho lo que hicieron, bien se puede juzgar que nos han querido tramar asechanzas y traición, y decir de ellos que nos han movido guerra, no que se han rebelado contra nosotros; pues se dice que se rebelan los forzados por alguna violencia.

»Lo más abominable de todo es que no les bastaba hacernos la guerra con sus propias fuerzas, sino que han procurado destruirnos por medio de nuestros mortales enemigos, sin temor a las calamidades que sufrieron sus vecinos por rebelarse contra nosotros cuando los sometimos otra vez a la obediencia. Su osadía al emprender esta guerra declara que han tenido más esperanza que fuerzas, queriendo anteponer la fuerza a la justicia y a la razón. Sin injuria nuestra han querido tomar las armas contra nosotros, no por otra causa, sino por la esperanza de vencernos, lo cual sucede muchas veces en las ciudades que en breve tiempo alcanzan prosperidad y riqueza, las que convierten en soberbia y orgullo. Porque la felicidad y prosperidad que adquieren los hombres mediante razón y discreción, y según el curso de las cosas, es más firme y estable que la que proviene de fortuna y sin pensarla ni esperarla, y aun estoy por decir que es más difícil a los hombres saberse guardar y conservar en la prosperidad, que defenderse y ampararse en las adversidades.

»Fuera, por tanto, cosa conveniente a los mitilenos que no les honrásemos al principio más que a los otros aliados y confederados, porque no hubieran llegado a tanta soberbia y desvergüenza; pues los hombres suelen menospreciar a aquellos a quien son obligados, y tener en más admiración a los que no lo son. Deben ser, por tanto, castigados todos según lo merece su delito, y no absolvamos a todo el pueblo echando la culpa a pocos de ellos, pues todos, de común acuerdo, tomaron las armas contra nosotros, que si tan sólo algunos les quisieran obligar a hacerlo, pudieran excusarse y huir acogiéndose a nosotros; y si así lo hubieran hecho, pudieran ahora con justa causa volver a su ciudad; mas si por consejo de pocos tuvieron por mejor exponerse a peligro y probar fortuna, todos deben considerarse rebelados.

»Debéis considerar por lo que toca a los otros aliados, que si no castigamos con mayor pena a los que voluntariamente se rebelan que a los que lo hacen forzados por los enemigos, no habrá ciudad, ni villa en adelante que por la menor ocasión del mundo no se atreva a hacer lo mismo, sabiendo de cierto que si les sucede bien la cosa cobrarán libertad, y si mal, quedarán libres a poca costa, sin padecer cosa intolerable, exponiéndonos así a perder las haciendas y las personas en todas las ciudades que poseemos. Porque aunque recobremos la ciudad que se nos hubiese rebelado, perdemos la renta de ella por largo tiempo, mediante lo cual se entretiene nuestras fuerza y se mantiene nuestro poder, y si no la podemos recobrar, sus moradores aumentarán el número de nuestros enemigos; de modo que el tiempo que habíamos de gastar en hacer guerra a los peloponenses, será menester emplearlo en reducir a obediencia a nuestros súbditos y aliados.

»No conviene en manera alguna darles esperanza de que podrán alcanzar perdón de nosotros por buenas razones, ni menos por dinero, so color de decir que erraron por flaqueza humana, pues nos han injuriado a sabiendas y no forzados, y el error es digno de perdón y misericordia cuando no se hace con voluntad determinada.

»Por estas razones al principio me opuse al perdón, y ahora también lo contradigo, diciendo que no revoquéis lo que ya tenéis determinado, ni queráis errar en tres cosas que todas ellas son muy perjudiciales para la república, es a saber: la misericordia, dulzura de palabras y facilidad. La misericordia debemos usarla con los que la hacen, no con los que no la tienen y de propia voluntad se prestaron a ser vuestros perpetuos enemigos; los retóricos, que presumen deleitar y persuadir con dulces palabras, tendrán ocasión de mostrar y ostentar su elocuencia en otras materias de menos importancia, y no en aquéllas en que la ciudad, por un pequeño deleite en razonar con elocuencia, recibe gran daño; y la facilidad debemos tenerla con los que esperamos sean buenos y obedientes en adelante, y no con los que después de perdonados quedarán no menos enemigos nuestros que antes lo eran.

»Por abreviar razones digo, que si me queréis creer, obraréis con los mitilenos según justicia y vuestro provecho; y si no lo hacéis, gratificáis a ellos y condenáis a vosotros. Porque si han tenido justa causa de rebelarse, conviene confesar que los señoreamos injustamente; y aun cuando fuese así, sería también conveniente que los castigásemos contra justicia y razón por nuestro provecho, si queréis ser sus señores, y si no, abandonad el mando que tenéis sobre ellos.

»Pues habéis escapado del peligro, haced como los hombres prudentes y discretos: si queréis perseverar en vuestro señorío, debéis darles la paga según su merecido, y hacerles entender que no tenéis el corazón menos lastimado por vengaros de ellos que antes. Ahora que ha-béis escapado del peligro en que os pusieron con sus tramas y asechanzas, considerad lo que hubiesen hecho con vosotros si fueran vencedores; que los que sin causa ni razón injurian a los otros, meten la mano hasta el codo y procuran destruirlos por completo, sospechando del peligro en que después se verán si caen en manos de sus enemigos. Cualquier hombre que se ve injuriado y ultrajado por otro sin razón, si escapa de las manos de su contrario, toma de él más cruel venganza que tomaría de un mortal enemigo.

»No queráis, pues, ser traidores a vosotros mismos, antes considerando los inconvenientes que pocos días ha os ocurrieron por causa de éstos, y teniéndolos en vuestras manos como deseabais primero, pagadles en la misma moneda. No os mostréis tan blandos y mansos por el estado y seguridad en que están las cosas al presente, que os olvidéis totalmente de las injurias y ultrajes que éstos os han hecho; castigadles según su merecido para dar singular ejemplo a los otros aliados, y para que si alguno se rebelare de aquí en adelante, sepa que le ha de costar la vida. Porque si tienen entendido esto de veras, desecharéis el cuidado de pensar en combatir con vuestros amigos y aliados, en lugar de pelear con vuestros enemigos».

Con esto acabó Cleonte su razonamiento, y tras él se levantó Diodoto, hijo de Éucrates, el que en la consulta del día anterior contradijo a los que opinaban que todos los mitilenos debían ser muertos, y habló de la manera siguiente:

VII

«Ni repruebo el parecer de los que quisieron poner otra vez en consulta este hecho de los mitilenos, ni apruebo el de los que vedan consultar muchas veces las cosas de gran importancia, antes me parece que hay dos cosas muy contrarias a la bondad en la consulta y acuerdo, la presteza y la ira, porque la una hace que las cosas se hagan sin prudencia, y la otra necia y locamente. Quien repugna que las cosas se enseñen por medio de palabras y razones para informarse mejor de la verdad, no tiene saber ni seso, o le va en ello algún interés particular. Porque si piensa que las cosas venideras, que no pueden verse, se enseñan de otra manera que por palabras y razones, no tiene juicio ni entendimiento, y si quiere persuadir de alguna cosa torpe y mala, y porque le parece que no la podrá hacer buena por razones, quiere espantar y asombrar a los que contradicen y a los jueces que lo oyen, gran señal es de que le va interés en ello.

»Pero más son de vituperar aquellos que achacan a los de contrario parecer estar corrompidos por dádivas y dinero; porque si culpan de poco saber al que no pudo persuadir lo que quería en el Senado, sería tenido por ignorante, no por malo ni injusto; pero si le culpan o achacan que fue sobornado, aunque persuada al Senado y sigan su parecer, no por eso dejará de ser sospechoso, y si no persuade lo que quiere está tenido no sólo por ignorante, sino también por malo e injusto. Esto ocasiona daño a la república, porque los hombres no se atreven, por miedo, a aconsejar libremente lo que sienten, contra los que opinan que sería mejor para el bien de la ciudad que no hubiese hombres en ella con entendimiento para saber hablar y razonar, como si por esto los hombres estuviesen menos expuestos a errar, siendo al contrario, porque el buen ciudadano que dice su parecer en público ayuntamiento, no ha de estorbar ni espantar a los otros para que no le puedan contradecir, sino con toda equidad y modestia mostrar por buenas razones que su opinión y parecer es el mejor. Y así, gobernada la ciudad por justicia y por razón, ya que no haga más honra a aquel que dio el mejor consejo, no por eso le ha de quitar ni disminuir la que antes tenía ni, por consiguiente, debe menospreciar al que no alcanzó a dar bueno consejo y mucho menos castigarle. De no hacerlo así, aquel cuyo parecer fuere aprobado no procurará decir ni razonar otra cosa sino lo que pensare que le podrá aprovechar para ganar la gracia y favor del pueblo, aunque no lo entienda así; y aquel cuya opinión no fuere aprobada, por la misma razón trabajará por agradar y complacer al pueblo.

»Nosotros hacemos todo lo contrario, porque si hay alguno de quien se sospeche que fue sobornado con dádivas o promesas, aunque dé muy buen consejo para el bien de la república, todavía por envidia y sospecha de aquella opinión de corruptela, aunque no sea cierta, no le queremos admitir, y todo lo que dice bueno o malo es tenido por sospechoso. De aquí la necesidad de que el que quiere persuadir al vulgo de alguna cosa buena o mala, use de cautelas y mentiras; el que hablare más a su favor, tendrá más crédito aunque mienta, y el que quiera hacer bien a la ciudad con su consejo, cae en sospecha de que procura por vías ocultas su provecho y ganancia.

»Conviene, pues, a los que estamos en este lugar entre tantas sospechas, y hablamos y consultamos de cosas tan grandes y de tanta importancia, que las veamos y proveamos de más lejos que vosotros, que tan solamente las veis y contempláis de cerca, atento que debemos dar razón bastante de lo que nos parece, y vosotros no de lo que oís; que si el que se deja persuadir por otro fuese castigado como el que le habla y persuade, vosotros juzgaríais más cuerdamente, pero si no lográis lo que os proponéis, condenáis el parecer de uno solo que os lo aconsejó, y no el de todos vosotros que lo seguisteis siendo tan delincuentes en esto todos como aquel solo que lo dio y lo dijo.

»No deseo hablar en favor de los mitilenos para contradecir ni acusar a nadie. Si somos cuerdos, no tendremos contienda sobre su crimen, sino solamente sobre aconsejar y consultar en nuestro bien y en nuestro provecho. Porque aunque evidentemente nos conste que ellos han cometido crimen, no por esto aconsejaría que los mandasen matar si no resulta provecho de ello a nuestra ciudad; ni, si merecen perdón, sería de parecer que se les diese, si también de esto no se nos sigue utilidad y provecho.

»Mas porque nuestra consulta se refiere al tiempo venidero, no a lo pasado, y porque Cleonte ha dicho que se requiere, para estorbar las rebeliones en adelante, castigar a los mitilenos con pena de muerte, yo opino todo lo contrario, y digo que será mejor para nosotros hacerlo de otra manera.

»Os ruego que por las razones y atildadas frases que éste ha usado en su razonamiento para induciros a que sigáis su parecer, no queráis rehusar ni desechar las mías, útiles y provechosas. Bien entiendo, que yendo todos sus argumentos enderezados al rigor de la justicia, podrán mover más vuestros corazones, llenos ahora de ira y de enojo, que los míos; mas conviene considerar que no estamos aquí reunidos para contender en juicio lo que requiere la razón y la justicia, sino para tomar consejo y consultar entre nosotros lo que nos será más provechoso.

»En muchas ciudades, como sabéis, hay pena de muerte no solamente para semejantes delitos, pero aun para otros mucho menores, y a pesar de ello siempre hay hombres que se exponen a peligro de esta pena con esperanza de escapar de ella. Ninguno emprendió rebeliones que no pensase salir con ello, ni hubo ciudad que no le pareciese tener mayores fuerzas propias o de sus amigos que otra. Mas al fin es cosa natural a los hombres pecar, así en general como en particular; y no ha habido ley tan rigurosa que lo pudiese vedar ni estorbar por más que se hayan inventado nuevos tormentos y castigos para los delitos, por si el temor podría apartarles de hacer mal.

»No sin causa, al principio para grandes delitos había pequeños castigos, mucho más leves que ahora, los cuales, por la continua transgresión de los hombres, andando el tiempo se han reducido a pena de muerte; y aun con todo esto, no nos apartamos de errar. Es, pues, necesario, o inventar otra pena más dura que la muerte, o pensar que ésta no impedirá pecar a los hombres, porque a unos la pobreza les obliga a que se atrevan, y a otros las riquezas les alientan a ser soberbios y codiciosos de más haberes, mientras otros tienen otras pasiones y ocasiones que los atraen e inducen a pecar. Cada cual es atraído por su inclinación y apetito desordenado, tan poderoso, que apenas lo puede refrenar ni moderar por miedo de daño ni peligro que le amenace.

»Hay, además, otras dos cosas que en gran manera impulsan a los hombres: la esperanza y el amor; el uno les guía, y la otra les acompaña. El amor procura los medios para ejecutar sus pensamientos, y la esperanza les pone delante la prosperidad de la fortuna. Aunque estas dos cosas no se ven de presente, son más poderosas a moverlos que los peligros manifiestos. También hay otra tercera, que sirve y aprovecha en gran manera para mover los afectos y voluntades, es a saber, la fortuna, la cual, luego que nos representa y pone delante alguna ocasión, aunque no sea bastante para movernos, muchas veces atrae a los hombres a grandes peligros, y muchas más a las ciudades, por tratarse en ellas de más grandes cosas y de más importancia, como el conservar su libertad o aumentar su señorío; porque cada cual, unido a los otros ciudadanos, concibe mayor esperanza de sí mismo. En conclusión, es imposible y fuera de razón creer que cuando el hombre está estimulado por una impetuosa inclinación a hacer una cosa, se le pueda apartar de ello por la fuerza de las leyes ni por otra dificultad.

»No conviene, pues, condenar a pena de muerte a los delincuentes en la confianza de que nos causará seguridad para lo venidero, ni por este medio quitar a los que en adelante se rebelaren, la esperanza de la misericordia y la facultad de arrepentirse y purgar su pecado. Para convenceros de esta verdad, suponed que hubiese ahora otra ciudad rebelada contra vosotros y que conociese que no podría resistirnos, aunque teniendo bienes para pagarnos los gastos de recobrarla, y en adelante el tributo que le impusiéremos, si la tomamos por capitulación: pues si sabe que no tiene esperanza de alcanzar misericordia de vosotros, os resistirá con todas sus fuerzas, y determinará sufrir el cerco hasta el fin, antes que entregarse. Pensad ahora si es lo mismo que una ciudad se entregue en seguida de haberse rebelado, o largo tiempo después de rebelada, y qué gastos y daños sufriremos cuando rehusaren ser reducidos a nuestra obediencia, en todo el tiempo que les sitiemos. Tomada y asolada la ciudad rebelde, perderíamos sus tributos, mediante los cuales tenemos fuerzas contra nuestros enemigos.

»Por tanto, no conviene en este caso proceder a la pena y castigo de los delitos como jueces con todo rigor, para que resulte en nuestro daño, sino pensar cómo podremos sacar en lo venidero nuestras rentas y tributos de nuestras ciudades, castigándolas moderadamente y guardándolas y conservándolas con dulzura y buen trato, antes que por el rigor de las leyes. Ahora queremos hacer lo contrario, pues si sojuzgamos algún pueblo que antes fuese libre, y éste, por recobrar su libertad, se rebela contra nosotros, como lo podría hacer con razón, si después le reducimos a nuestra obediencia, juzgareis que conviene castigarle con todo rigor y severidad, yo soy de opinión contraria, es decir, que no debemos castigar duramente las ciudades libres cuando se han rebelado, sino cuidar muy bien de que no se rebelen, tratarlas de suerte que no tengan ocasión de ocurrirles tal pensamiento, y al recobrarlas, imputarles por liviana su culpa.

»Considerad el yerro que cometéis si quisiereis seguir la opinión de Cleonte; porque ahora todos los moradores de vuestras ciudades confederadas están en vuestra amistad, os tienen afición y no se rebelan juntamente con los otros parciales más poderosos; y si alguna se rebela, obligada por fuerza, los otros aborrecen y quieren mal a los que fueron autores y causa de ello; de suerte que vosotros, con la confianza que tenéis en el amor y afición que os tienen los pueblos, vais a la guerra; pero si mandáis matar todos los moradores de Mitilene, que no fueron partícipes de la rebelión, antes cuando pudieron tomar las armas os entregaron la ciudad, seréis tenidos por injustos y malos para con aquellos que han merecido mucho bien de vosotros, y daréis gran placer a los más poderosos, pues no desean otra cosa. Porque si hacen rebelar una ciudad de vuestras confederadas, tendrán todos los del pueblo en su favor, sabiendo de cierto que si caen en vuestras manos, la misma pena sufrirán los delincuentes que los que no lo fueron. Más valdría disimular su yerro, para que sólo ellos de los confederados y aliados que tenemos por amigos y compañeros aparezcan enemigos; y pienso que será más útil y provechoso para conservar nuestro imperio y señorío que suframos esta injuria de grado y a sabiendas, que mandar matar a los que en ninguna manera nos conviene que mueran, aunque lo podamos hacer con justicia.

»No es verdad lo que dice Cleonte, de que el castigo puede ser provechoso. Y pues sabéis que esto es lo mejor, no os fijéis en la misericordia ni en la clemencia, de las cuales tampoco quiero que os dejéis convencer, sino que, por lo que os he aconsejado, me deis crédito. Sólo por el bien de la ciudad guardad estos prisioneros mitilenos que os envió Paques como culpados, y despacio y a vuestro placer juzgad y sentenciad su causa, y a los otros que allí quedan dejadlos morar pacíficamente en su pueblo, que es lo que os será útil y provechoso para lo venidero, infundiendo temor a vuestros enemigos.

»Pensad que cualquier hombre que da buen consejo vale y puede más contra los enemigos que el que por locura e ignorancia hace cosa soberbias y crueles».

Con esto acabó Diodoto su razonamiento.

VIII

Oídos estos dos contrarios pareceres, hubo muchas disputas entre los atenienses, de manera que cuando vinieron a dar sus votos, se hallaron tantos de una parte como de otra; mas al fin venció el parecer de Diodoto, al cual todos siguieron. Inmediatamente enviaron otra galera ligera a Mitilene, sospechando que si no iba con premura para adelantar a la que había partido la noche antes, hallaría la ciudad destruida. Con este miedo, los embajadores mitilenos despacharon la última galera y la fletaron y abastecieron de las provisiones necesarias, prometiendo grandes dones a los marineros si llegaban antes que la primera. Por tal promesa hicieron extrema diligencia, no cesando de remar de día ni de noche, comiendo su pan mojado en vino y aceite, y durmiendo por tanda, los unos cuando remaban los otros, de manera que la galera nunca dejaba de caminar, teniendo la buena fortuna de que ningún viento les fue contrario, de manera que arribaron al puerto casi a la par con la primera galera que llevaba la mala nueva, y que había caminado sin apresuramiento.

Llegó, pues, esta galera poco después que la otra. Paques estaba leyendo el primer mandamiento de los atenienses, y se disponía a ejecutarlo, cuando le entregaron el segundo que impedía la ejecución. Así se libró la ciudad de Mitilene del peligro en que estaba.

Respecto a los demás que Paques había enviado, como muy culpados en aquella rebelión, que serían más de mil, todos fueron condenados a muerte, siguiendo el parecer de Cleonte. Derrocaron los muros de Mitilene y quitáronles todos los navíos que tenían. No impusieron después tributo a los de la isla de Lesbos, sino que repartieron toda la tierra (excepto la ciudad de Metimna) en tres mil suertes, de las cuales dedicaron y ofrecieron trescientas a los templos de los dioses por su décima, y para las restantes enviaron conciudadanos suyos que las poblasen. A los de Lesbos ordenaron que les diesen de tributo por un año dos minas de plata por cada suerte y que labrasen la tierra. También quitaron los atenienses a los mitilenos todas las villas y lugares que tenían en tierra firme, haciéndolas depender de Atenas.

Este fin tuvieron las cosas de la isla de Lesbos.

En el mismo verano, después de recobrada la isla de Lesbos, Nicias, hijo de Nicérato, partió por mar con ejército a la isla de Minoa, que está junto a Mégara, donde había un castillo que los megarenses guardaban para su defensa. Nicias intentó tomarlo para tener allí un punto fuerte que estuviese más cerca que los que tenían en Búdoron y Salamina, y para que cuando los peloponenses saliesen al mar, no se pudieran esconder allí sus galeras, como habían hecho muchas veces los corsarios, ni pasar cosa alguna por mar a los megarenses. Salió Nicias de Nisea y atacó el castillo, batiendo dos torreones que daban al mar; tomados éstos, dejó libre la entrada a las naves para que pudiesen pasar sin peligro entre la isla y la villa de Nisea. También hizo un muro a través del estrecho de tierra firme que venía a dar a la isla por donde podían enviar socorro al castillo. Hechos estos fuertes y reparos en breve tiempo, dejó en aquellos guarnición y volvió con el resto de su ejército.

En este mismo verano, los de Platea, por falta de víveres, no pudieron defenderse más del cerco de los peloponenses y capitularon de esta suerte.

El general de los peloponenses, acercándose a los muros de la ciudad y conociendo que estaban tan escasos de fuerzas que no se podían defender, no los quiso combatir ni tomarlos, porque los lacedemonios le ordenaron que tomara la ciudad por tratos antes que por asalto, si pudiera, a fin de que si se ajustaba algún concierto entre peloponenses y atenienses, y acordaban que las ciudades y villas tomadas por guerra de ambas partes se devolviesen, pudieran excusar la devolución de Platea, so color que no había sido tomada por combate, sino que se había rendido por propia voluntad.

Así, pues, envió un parlamentario a los de Platea para decirles si querían rendirse a merced de los lacedemonios y dejar a su discreción el castigo de los que habían sido culpados, con la condición de que ninguno fuese castigado sin ser primero oído en juicio y sentenciada su causa. Consintieron los de Platea viéndose en tan extrema necesidad que no podían defenderse más, y por este medio los peloponenses se apoderaron de la ciudad y proveyeron a los moradores de víveres para algunos días hasta que llegaron cinco jueces, enviados para determinar el hecho, los cuales, sin formar proceso particular, reunieron a los que estaban dentro de la ciudad y preguntáronles solamente si, después de la guerra comenzada, habían hecho algún beneficio a los lacedemonios y a sus aliados. A esta demanda los de Platea pidieron que les dejasen responder más largo por común acuerdo de todos, lo que otorgaron los jueces. Entonces eligieron a Astímaco, hijo de Asopolao, y a Lacon hijo de Eimcesto, que eran huéspedes y conocidos de los lacedemonios, y saliendo delante, pronunciaron este discurso:

IX

«La gran confianza que teníamos en vosotros, varones lacedemonios, nos hizo entregar nuestra ciudad y nuestras personas en vuestro poder, no esperando el juicio criminal que vemos, sino otro más civil y humano, y que nos someterían a otros jueces, no a vosotros. También esperábamos que nos fuera lícito contender en derecho sobre nuestra causa, pero sospechamos haber sido engañados en ambas esperanzas, porque creemos que este juicio es sobre nuestras vidas y que no venís a juzgarnos con justicia, siendo evidente señal de ello que no precede ninguna acusación a que debamos responder, sino solamente nos demandan que hablemos.

»La pregunta es muy breve, a la cual, si queremos responder con verdad, nuestra respuesta será contraria y perjudicial a nuestra causa; y si respondemos mintiendo, podrán convencernos de falsedad. Viéndonos perplejos, forzoso es que hablemos, aunque nos parece más seguro incurrir en peligro hablando que callando; porque si los que están puestos en tales extremos no dicen aquello que pudieran decir, siempre les queda tristeza en el corazón y les parece que si lo hubieran dicho pudiera ser causa de su salvación.

»Entre todas las dificultades que se nos ofrecen, la más difícil es persuadiros de lo que digamos, porque si no fuésemos conocidos unos de otros, podríamos alegar testimonios de cosas que no supieseis; pero sabéis la verdad de todo, y por esto no tememos que nos acuséis de ser en virtud y bondad inferiores a los otros amigos y confederados vuestros, que hasta en esto bien nos conocemos, sino que sospechamos que por agradar y complacer a otros estamos sentenciados antes del juicio. No obstante, procuraremos mostraros nuestro derecho en las diferencias que tenemos con los tebanos y con vosotros y los otros griegos, trayéndoos a la memoria nuestros beneficios, e intentando, si podemos, persuadiros de la razón.

»Para responder a la pregunta breve que nos hicisteis, de si durante esta guerra hemos hecho algún bien a los lacedemonios o a sus confederados, os respondemos que si nos preguntáis como enemigos, no os hemos ofendido, ya que no os hayamos hecho bien alguno; y si nos preguntáis como amigos, nos parece que habéis errado contra nosotros más que nosotros contra vosotros, pues comenzasteis la guerra sin que quebrantásemos la paz, y cuando la de los medos, nosotros solos de todos los beocios fuimos a acometerles con ayuda de los otros griegos, por defender la libertad de Grecia. Aunque éramos gentes criadas en tierra firme, batallamos por mar junto a Artemisio; y después, cuando pelearon con ellos en nuestra tierra, nos hallamos siempre allí en socorro vuestro y de Pausanias, participando más de lo que permitían nuestras fuerzas en todas las empresas hechas por los griegos en aquellos tiempos, y particularmente en las vuestras, lacedemonios, estando toda vuestra tierra de Esparta en gran aprieto después del terremoto, cuando vuestros ilotas hu-yeron a Itoma, pues os enviamos la tercera parte de nuestro pueblo en vuestro socorro.

»Razón será, por tanto, que os acordéis de las muchas y buenas obras que os hicimos en tiempos pasados; que si después fuimos vuestros enemigos, culpa vuestra es, pues siendo acometidos por los tebanos pedimos y rogamos vuestra ayuda y socorro y nos la negasteis, diciendo que acudiéramos a los atenienses nuestros vecinos, porque vosotros estabais muy lejos. De manera que por guerra, ni habéis recibido de nosotros injuria alguna, ni la esperáis recibir en adelante. Y si no nos quisimos rebelar ni apartar de los atenienses por vuestro mandato, no por esto os ofendimos, porque habiéndonos ellos ayudado contra los tebanos, nuestros enemigos, en lo cual vosotros os mostrasteis tardíos y perezosos, no fuera razón desampararlos, mayormente visto que a grandes ruegos nuestros nos tomaron por compañeros y aliados, recibimos mucho bien de ellos y nos recogieron por sus ciudadanos, por lo que era justo hacer pronto todo lo que nos mandasen. Si vosotros y ellos, siendo caudillos de los vuestros, hicisteis alguna cosa mala en compañía de vuestros aliados y confederados, no se debe imputar a los que os siguieron, sino a los caudillos y capitanes que los guiaron y llevaron a hacerlo.

»Los tebanos, además de muchas injurias anteriores, nos hicieron esta postrera, que, como sabéis, ha sido causa de todos nuestros males, pues que en tiempo de paz y en un día de fiesta solemne, entraron y tomaron nuestra ciudad, y si por esto fueron castigados, tuvieron el pago merecido; que es lícito y permitido por ley común y general, guardada y observada entre todas gentes, matar al que acomete a otro como enemigo. Si por esto nos quisiereis ahora hacer daño, sería contra toda razón y justicia, y mostraríais ser malos jueces si, por agradar a los que son vuestros aliados en esta guerra, juzgaseis a su voluntad, atendiendo a vuestro interés y no a la justicia y a la razón.

»Aunque sólo atendáis a vuestro provecho, pensad que si éstos os son útiles ahora, nosotros lo hemos sido mucho más en lo pasado y no solamente a vosotros, sino también a todos los griegos, estando en mayores peligros; porque al presente tenéis fuerzas y poder para acometer a los otros, pero entonces, cuando el rey bárbaro quería imponer el yugo de servidumbre a toda la Grecia, los tebanos nuestros contrarios fueron con él, siendo, pues, justo contrapesar este nuestro yerro de ahora (si yerro se puede llamar) con el servicio que entonces os hicimos, mayor y de más peso que el yerro cometido.

»Recordad que en aquel tiempo había muy pocos griegos que osasen aventurar sus fuerzas contra el poder del rey Jerjes, y que fueron más alabados los que, acometidos y cercados, no se cuidaron de salvar sus vidas y haciendas, sino que antes quisieron, con grande peligro de sus personas, emprender cosas dignas de memoria, entre los cuales fuimos nosotros los principalmente honrados. Sospechamos al presente morir por hacer lo mismo queriendo seguir a los atenienses con justicia y razón, mejor que a vosotros con cautela y astucia. Conviene formar siempre el mismo juicio de una misma cosa y no poner todo vuestro bien y provecho sino en la fe y lealtad de los amigos y confederados, porque reconociendo siempre la virtud que han mostrado en las cosas pasadas, podréis fiar de ellos en las presentes. Considerad que ahora la mayor parte de la Grecia os tiene y estima por dechado y ejemplo de la bondad, y si dais contra nosotros sentencia inicua (que al fin ha de saberse), en gran manera seréis culpados por habernos juzgado y sentenciado siendo buenos, contra lo que la razón y el derecho requiere, poniendo en vuestros templos los despojos de los que tanto bien han merecido de toda Grecia y os echarán en rostro que por satisfacer el deseo de los tebanos queráis destruir la ciudad de Platea, cuyo nombre, por honra y memoria de la virtud y esfuerzo de sus ciudadanos, vuestros antepasados esculpieron en el trípode y altar del dios Apolo en Delfos.

»Hemos llegado a tanta desventura, que si los medos hubieran vencido fuéramos destruidos, y alcanzando nosotros la victoria contra ellos, los tebanos nuestros grandes enemigos nos vencen por medio de vosotros y nos ponen en dos grandísimos peligros, uno el de morir de hambre si no queríamos entregar la ciudad y otro el de defender ahora nuestras causas en juicio criminal de muerte.

»Nosotros, que fuimos los que más aventajaron la honra de los griegos con todas nuestras fuerzas (y aun más que estas podían soportar), somos ahora desamparados de todos y no hay un solo griego de cuantos allí se hallaron presentes, amigos y aliados nuestros, que nos socorra y ayude en esta desdicha. Y aun vosotros, lacedemonios, que sois nuestra única esperanza, tememos que seáis poco firmes y constantes en este caso.

»Os rogamos, pues, que por honra y reverencia de los dioses que entonces fueron nuestros favorecedores y por memoria de nuestros merecimientos y servicios hechos a todos los griegos, queráis ablandar vuestros corazones, y si por persuasión de los tebanos habéis determinado algo contra nosotros lo revoquéis, no matando por agradarles a quien no debéis matar. Haciendo esto ganaréis crédito y no caeréis en vergüenza ni deshonra por agradar a otro, porque fácil cosa será mandarnos matar, pero muy difícil después borrar la vergüenza e infamia en que incurriréis dando muerte a los que no somos vuestros enemigos, sino amigos que, forzados por pura necesidad, aceptamos la guerra; y en efecto, si libráis nuestras personas del peligro de muerte en que estamos, juzgaréis recta y santamente.

»Considerad que voluntariamente nos rendimos, que venimos humildes con las manos tendidas y que las leyes de Grecia prohíben matar a los que así se presentan; que en todos tiempos os fuimos bienhechores y procuramos merecer todo bien de vosotros, lo cual podéis comprobar por los sepulcros que hay en nuestra tierra de vuestros ciudadanos muertos por los medos, a los que hacemos honras cada año públicamente, no así como quiera, sino con pompa y aparato solemne de vestiduras, ofreciéndoles en sacrificio primicias de todas las cosas mejores que da la tierra, como a hombres que somos de una misma patria, amigos y confederados y algunas veces compañeros de guerra, no portándoos vosotros como tales, sino juzgando rectamente, por mal consejo, nos mandáis matar.

»Recordad también que Pausanias ordenó enterrarlos en esta nuestra tierra como en tierra de amigos y aliados y si nos mandáis matar y dais nuestra tierra a los tebanos, no haréis otra cosa sino privar a vuestros mayores y progenitores de la honra que tienen, dejándolos en tierra de enemigos que los mataron. Además, pondréis en servidumbre la tierra donde los griegos conquistaron su libertad, dejaréis yermos los templos de dioses donde vuestros mayores hicieron sus votos y plegarias, mediante los cuales vencieron a los medos, y quitaréis las primeras aras y altares de los que los fundaron.

»Será ciertamente, varones lacedemonios, cosa indigna de vuestra honra y menos aún conveniente a las leyes y buenas costumbres de Grecia, a la memoria de vuestros progenitores y a nuestros servicios y merecimientos mandarnos matar sin haberos ofendido sólo por el odio que otros nos tienen, siendo por el contrario más digno y conveniente perdonarnos, quebrantar vuestra saña y dejaros vencer de la clemencia y misericordia, poniendo delante de vuestros ojos, no solamente los grandes males que nos haréis, sino también quiénes son aquellos a quienes los hacéis, y que muchas veces tales males ocurren a los que menos los han merecido.

»Os suplicamos, pues, y pedimos por merced, según la necesidad presente lo requiere y para ello invocamos el favor y ayuda de los dioses a quienes sacrificamos en unos mismos altares y a los de toda Grecia, accedáis a nuestros ruegos, no olvidándoos de los juramentos de vuestros padres, por honra de cuyos huesos y sepulcros os rogamos, llamándolos en nuestra ayuda, muertos como están, para que no nos pongáis bajo la sujeción de los tebanos, ni queráis entregar vuestros grandes amigos en manos de aquellos que son crueles enemigos, recordándoos que este día en que nos vemos en extremo peligro, es aquel mismo en que hicimos tantas y tan buenas hazañas con vuestros antepasados.

»Mas porque a los hombres que se ven puestos en el extremo en que al presente nosotros estamos, les parece cosa muy dura dar fin a sus palabras, aunque por necesidad lo han de hacer, porque saben que, acabando de hablar, se les acerca más el peligro de su vida, dando fin a nuestras razones, os decimos solamente que no entregamos nuestra ciudad a los tebanos, pues esto no lo hi-ciéramos aunque supiéramos morir de hambre o de otra peor muerte, sino a vosotros, varones lacedemonios, confiando en vuestra fe. Por esto es justo que, si no logramos nuestra petición, nos restituyáis al estado que teníamos antes, con peligro de todo lo que nos pudiere ocurrir, y de nuevo os amonestamos no permitáis que los de Platea, que siempre fueron muy aficionados a los griegos, y que confiaron en vuestra fe, pasen de vuestra mano a la de los tebanos, sus capitales enemigos, sino que antes seáis autores de nuestra vida y salud, y pues a todos los otros griegos habéis libertado, no queráis destruir y matar sólo a nosotros».

Con esto acabaron los platenses su razonamiento; pero los tebanos, temiendo que los lacedemonios, por su discurso, fuesen movidos a otorgarles algo de su demanda, salieron en medio pidiendo ser ellos también oídos, porque a su parecer habían dado muy larga audiencia a los platenses para responder a la pregunta, y teniendo licencia también ellos para hablar, hicieron el razonamiento siguiente:

X

«No os pidiéramos audiencia para hablar, varones lacedemonios, si éstos hubieran respondido buenamente a la pregunta que les fue hecha y no dirigieran su discurso contra nosotros, acusándonos sin culpa, excusándose fuera de propósito de lo que ninguno los acusaba; y elogiándose con demasía cuando nadie los vituperaba. Nos conviene contradecirles en parte lo que han dicho, y en parte redargüirles de falso, a fin de que no les aproveche su malicia ni nos dañe nuestra paciencia y sufrimiento; y después de oídas ambas partes juzgaréis los hechos como bien os pareciere.

»Bueno es primero que sepáis la causa de nuestras enemistades, que consiste en que habiendo nosotros fundado la ciudad de Platea, la postrera de todas las de Beocia con algunas otras villas que ganamos fuera de nuestra tierra, lanzando de ellas los que antes las tenían, estos solos, desde el principio se desdeñaron de vivir bajo nuestro mando, no queriendo guardar nuestras leyes y ordenanzas, que todos los otros beocios tenían y guardaban; y viéndose obligados a ello se pasaron a los atenienses, con cuya ayuda nos han hecho muchos males, de que a la verdad ellos han recibido su pago y pena por igual.

»A lo que dicen que cuando los medos entraron en Grecia, ellos solos, entre todos los beocios, no quisieron seguir su partido, alabándose por ello en gran manera y denostándonos, confesamos ser verdad que no fueron de parte de los medos, porque tampoco los atenienses fueron de su bando. Mas también decimos, por la misma razón, que cuando los atenienses vinieron contra los griegos, estos solos entre todos los griegos fueron de su parcialidad; y por esto debéis considerar lo que nosotros hicimos entonces y lo que éstos han hecho ahora. Nuestra ciudad en aquel tiempo no era regida por oligarquía, que es gobierno de pocos, ni tampoco por democracia que es el mando de los del pueblo, sino por otra forma de gobierno que es muy odiosa a todas las ciudades y muy cercana a la tiranía; es a saber, por poder absoluto de algunos grandes y particulares, los cuales, esperando enriquecerse si los medos hubieran alcanzado la victoria, obligaron por fuerza a los del pueblo a seguir su partido y metieron a los bárbaros. Aunque a la verdad esto no lo hicieron todos los de la ciudad, por lo que no deben ser vituperados, pues, como decimos, no estaban en libertad.

»Recobrada después y empezando a vivir conforme a nuestras leyes y costumbres antiguas, cuando salieron los medos y entraron los atenienses con armas en Grecia, queriendo someter a su señorío nuestra tierra y ocupando de hecho una parte de ella, a causa de nuestras sediciones y discordias civiles, nosotros, después de la victoria que les ganamos junto a Queronea, libertamos a toda Beocia y ahora estamos resueltos, juntamente con vosotros, a libertar lo restante de Grecia de la servidumbre, contribuyendo para ello con tanto número de gente de a pie y de a caballo y aparatos de guerra cuanto otra ninguna ciudad de los amigos y confederados, y esto baste para purgar el crimen que nos suponen de haber seguido el partido de los medos.

»Demostraremos ahora que vosotros, los platenses, sois los que habéis ofendido e injuriado a los griegos más que todos los otros y, dignos por ello de toda pena. Decís que por vengaros de nosotros os hicisteis aliados de los atenienses; pues deberíais ayudar a los atenienses solos, contra nosotros solos y no contra los otros griegos, que si los atenienses os quisieran obligar a esto, teníais a los lacedemonios que os hubieran defendido y amparado por virtud de la misma alianza que con ellos hicisteis contra los medos, en la cual fundáis toda vuestra argumentación; cuya alianza también fuera bastante para defenderos de nosotros si os quisiéramos ofender y aun para daros toda seguridad.

»Resulta, pues, claro, que voluntariamente y no forzados tomasteis el partido de los atenienses. Y en cuanto a lo que decís, que fuera gran vergüenza desamparar y abandonar a los que os habían hecho bien, mayor vergüenza y afrenta es desamparar a todos los griegos, con quien os habéis juramentado y confederado, que no a los atenienses sólo y a los que libertaban la Grecia, que no a los que la ponían en servidumbre; a los cuales tampoco hicisteis igual servicio, sin afrenta y deshonra vuestra, porque los atenienses, llamados, vinieron en vuestra ayu-da para defenderos de ser ofendidos, según decís, mas vosotros fuisteis a ayudarles para ofender a otros y ciertamente es menor vergüenza no dar las gracias ni hacer servicios iguales en caso semejante, que donde se debe por razón y justicia, quererlo pagar con injusticia y maldad; pues haciendo vosotros lo contrario, está claro y manifiesto que lo que solos entre todos los beocios hicisteis de no querer seguir el partido de los medos, no fue por amor a los griegos, sino porque los atenienses no los seguían, queriendo siempre vosotros hacer lo que éstos hacían, muy contrario a lo que todos los otros griegos querían.

»Ahora venís sin aprensión alguna a pedir que os hagan bien aquellos contra quien fuisteis con todas vuestras fuerzas y poder por agradar a otros; lo cual ni es justo ni razonable; sino que, pues escogisteis antes a los atenienses que a otros, sean ellos ahora los que os ayuden, si pueden. Ni tampoco os conviene aquí alegar la conjuración y confederación que se hizo de todos los griegos en tiempo de los medos para ayudaros y aprovecharla en vuestro favor, pues vosotros los primeros la rompisteis dando ayuda y socorro a los eginetas y a otros de los que no entraron en esta liga. Y esto no lo hicisteis apremiados a ello, como nosotros para seguir el partido de los medos, sino de vuestro grado, sin que nadie os forzase estando en vuestra libertad y viviendo según vuestras leyes, como habéis vivido hasta hoy.

»Ni tampoco hicisteis caso de la última amonestación antes que os pusiesen cerco, para que fueseis neutrales y vivieseis en paz y sosiego.

»Decidnos, pues, quiénes hay de todos los griegos que con más razón deban ser aborrecidos y odiados que vosotros, que quisisteis mostrar vuestro esfuerzo empleándolo en su daño y mengua. Si en algún tiempo fuisteis buenos, como decís, no era por natural inclinación, porque la verdadera de los hombres se conoce en que es constante, como ha sido la vuestra, en tomar este camino inicuo y malo, siguiendo a los atenienses en una querella tan injusta, y esto baste para mostrar que nosotros seguimos el partido de los medos contra nuestra voluntad y que vosotros seguisteis el de los atenienses de buen grado.

»Respecto a lo que decís que os ofendimos invadiendo vuestra ciudad en día de fiesta, contra razón y justicia durante la paz y alianza entre ambas partes, pensamos que vosotros habéis errado y delinquido mucho más que nosotros, porque si al venir a vuestra ciudad la hubiéramos asaltado o destruido las posesiones que tenéis en los campos, pudiera decirse con razón que os habíamos ofendido; pero si algunos de vuestros conciudadanos, de los más ricos y poderosos de la ciudad, deseando apartaros de la alianza y amistad de los extraños y uniros a las leyes y costumbres comunes de los otros beocios, nos vinieron a llamar de su grado, ¿qué injuria os hicimos en ir? Si hay algún delito en esto, antes debe ser imputado a los que guían, que a los guiados. A nuestro parecer, no hay yerro de una parte ni de otra, pues aquéllos que también eran ciudadanos como vosotros y tenían más que perder que vosotros, nos abrieron las puertas y metieron en la ciudad, no como enemigos, sino como amigos, para imponer orden y que los malos no se hiciesen peores, y los buenos fuesen premiados según merecían. Así que más venimos para corregir vuestras costumbres que para destruir vuestras personas, reanudando la primera y pasada amistad y parentesco que teníamos y procurando que no tuvieseis enemistad alguna, y vivieseis en paz y amor con todos los confederados. Bien lo demostramos con los hechos, pues entrados en vuestra ciudad no hicimos acto alguno de enemigos, ni injuriamos a nadie, antes mandamos pregonar públicamente que todos los que quisiesen vivir en libertad, según las leyes y costumbres de Beocia, viniesen hacia nosotros; vinisteis de buena voluntad y hechos los convenios quedasteis en paz y sosiego; mas después que visteis que éramos pocos no nos tratasteis de igual modo, pues aun suponiendo que os ofendimos entrando en vuestra ciudad sin consentimiento de todos los del pueblo, ni nos amonestasteis primero con buenas palabras que saliésemos de ella sin ejecutar novedad alguna, como habíamos hecho primero nosotros, sino que contra el tenor de los conciertos que acabábamos de ajustar, vinisteis con toda furia a dar sobre nosotros. Y no sentimos tanto a los que murieron en el combate a vuestras manos, porque se podría decir que en cierto modo fueron muertos por derecho de guerra, como a los que humildes, con las manos tendidas se os rindieron, los cogisteis vivos prometiéndoles salvar sus vidas, y después los mandasteis matar, cometiendo en breve espacio de tiempo tres grandes injusticias: una, faltar a los convenios hechos; otra, matar a aquellos con quienes los habíais hecho, y la tercera, prometernos falsamente que no los mataríais si no hacíamos daño en vuestras tierras; y con todo esto tenéis atrevimiento de decir que os ofendimos sin razón, y que no merecéis ningún castigo.

»Ciertamente seréis declarados inocentes y absueltos de la pena, si estos jueces quieren juzgar sin justicia; pero si son buenos y rectos, debéis ser bien castigados por causa de todos estos delitos.

»Os recordamos estas cosas, varones lacedemonios, así por vuestro interés como por el nuestro, para que, por lo que toca a vosotros, sepáis que habréis hecho justicia condenando a estos de Platea, y por lo que a nosotros atañe, se conozca que al pedir el castigo de éstos lo demandamos santa y justamente. Ni tampoco os deben mover a compasión las virtudes y glorias que les oís contar de sus antepasados, si algunas hay, pues éstas deberían favorecer a los que son ofendidos; pero a los que hacen alguna mala acción, antes les deben doblar la pena, porque fueron delincuentes sin causa para ello. Ni menos les deben aprovechar sus llantos y lamentaciones miserables para que les tengan compasión, por más que imploren nuestros parientes ya difuntos y giman su soledad y desconsuelo, pues acordaos de nuestros compañeros muertos por ellos cruelmente, cuyos padres, o de muchos de ellos, murieron en la batalla de Queronea cuando os llevaban el socorro de Beocia, y los otros quedan ya viejos y desconsolados en sus casas, demandando la venganza con más justa razón que éstos os piden el perdón, pues son dignos de misericordia los que contra justicia y razón sufren injurias, mal o daño; pero los que por su culpa los padecen, merecedores son de que los otros se alegren de su mal cuando los vean en miserias y desventuras, como ahora están estos platenses, solos y desamparados por su culpa, pues por su voluntad desecharon sus amigos y aliados, los mejores que tenían, y se apartaron de ellos, ofendiéndoles antes por el odio y malquerencia que por razón, sin que les injuriásemos en cosa alguna, de modo que el mayor castigo será inferior al que merecen.

»Y tampoco dicen verdad al suponer que se rindieron voluntariamente, viniendo con las manos alzadas en la batalla, sino que por pacto expreso se sometieron a vuestro juicio. Por tanto, siendo esto así, rogamos y requerimos a vosotros, varones lacedemonios, que cumpláis las leyes de Grecia que éstos malamente han quebrantado, dando a nosotros, sin razón ofendidos, la justa paga y galardón merecido a los servicios que hemos hecho, sin que por las razones de éstos nos sea denegado. Y dad también ejemplo a todos los griegos, de que no paráis mientes tanto en las palabras como en los hechos, porque cuando las obras son buenas no requieren muchas palabras para alabarlas; mas para paliar y dorar un mal hecho, son menester discursos artificiosos.

»Si los que tienen la autoridad de juzgar y sentenciar, como vosotros la tenéis al presente, después de recopiladas todas las dudas, conociesen sumariamente y de plano de la causa, sin más largas y dilaciones, ninguno procuraría forjar lindas frases para excusar los hechos torpes y feos».

De esta manera hablaron los tebanos. Cuando los jueces lacedemonios hubieron oído ambas partes, determinaron perseverar en la pregunta que habían hecho al principio a los de Platea, es a saber: si durante la guerra prestaron algún beneficio a los lacedemonios, porque les parecía que todo el tiempo anterior no se habían movido a hacer mal ninguno, según las leyes y convenciones que Pausanias hiciera con ellos después de la guerra de los medos, hasta tanto que recusaron las condiciones para ser neutrales antes que se les pusiese el cerco, y porque después que los de Platea rechazaron aquellas condiciones, los lacedemonios no quedaban ya obligados por el convenio de Pausanias. Por esta razón los de Platea merecían todo el mal que les viniese de su parte. Les llamaron ante sí, uno en pos de otro, y les preguntaron si habían hecho algún beneficio a los lacedemonios o a sus aliados en aquella guerra, y viendo que no respondían nada a esta pregunta, les mandaron salir del Senado y llevarles a otro lugar, donde todos fueron muertos, siendo de los de Platea más de doscientos, y de los atenienses, que habían venido en su ayuda, más de veinticinco; sus mujeres las llevaron cautivas. La ciudad la entregaron a los megarenses, que habían sido lanzados de ella por las discordias y parcialidades que tenían, y a los otros platenses que ha-bían estado de parte de los lacedemonios, para que la ha-bitasen todos juntos. Mas pasado el año la destruyeron y asolaron hasta los cimientos, y la reedificaron junto al templo de Hera, donde hicieron un palacio de doscientos pies de largo por todas partes, a manera de claustro, con todos sus aposentos arriba y abajo, y le adornaron con la clavazón, vigas, puertas y maderas de las casas que habían derribado, construyeron lechos que consagraron a He-ra, a la que elevaron, además, un templo nuevo de piedra labrada, que tenía cien pies de largo. Todas las tierras del término de la ciudad de Platea las arrendaron por diez años para que las labrasen y cultivasen, parte de ellas a los tebanos, y la mayor parte a los lacedemonios, los cuales las tomaron por agradar a los tebanos, pues, a causa de ellos, habían sido contrarios de los platenses, y también porque pensaban que los mismos tebanos les podían aprovechar mucho en la guerra contra los atenienses.

Este fin tuvo la empresa y cerco de Platea, noventa y tres años después que los platenses hicieron confederación y alianza con los atenienses.

XI

Entretanto, las cuarenta naves que los peloponenses ha-bían enviado en socorro a los de la isla de Lesbos, al saber que la armada de los atenienses venía contra ellos, quisieron retirarse a toda prisa, y los vientos les llevaron a la isla de Creta. No pudiendo seguir su rumbo, fueron a dar a la costa del Peloponeso, donde se encontraron con tres barcos de los leucadios y de los ambraciotas junto al puerto de Cilene, de los que era capitán Brasidas, hijo de Telide, y por consejo tenía a Alcidas, el cual a la sazón llegó allí porque los lacedemonios, viendo que habían errado el tiro en la empresa de Lesbos, determinaron reparar y rehacer su armada y enviarla a Corcira.

Sabiendo que había divisiones en la ciudad y que los atenienses sólo tenían doce naves en aquella parte surtas en el puerto de Naupacto, mandaron a Brasidas y Alcidas que se apoderasen de Corcira antes que pudiese ser socorrida por los atenienses, y esperaban buen éxito por la discordia que había entre los corcirenses.

Causa de estas disensiones fue que los corcirenses, cogidos por los corintios en la batalla naval que se dio junto a Epidamno, fueron puestos en libertad y enviados a sus casas so color de ir a traer su rescate, por el cual habían respondido sus amigos en Corintio, y que montaban a más de ochenta talentos. Mas a la verdad, era para que influyeran con los otros corcirenses, atrayéndolos a la obediencia de los corintios y apartándolos de la alianza con los atenienses. Sucedió que en este mismo tiempo aportaron dos navíos a Corcira, uno de los corintios y otro de los atenienses, y ambos conducían embajadores para tratar con los corcirenses, los cuales dieron audiencia a unos y otros, y al fin respondieron que querían quedar por amigos y confederados de los atenienses, según los pactos y convenios que tenían con ellos, y que también deseaban ser amigos de los lacedemonios, como lo habían sido antes. Esta respuesta fue acordada por consejo de Pitias, varón de grande autoridad y mando en la ciudad, y que pocos días antes se había hecho ciudadano de Atenas. Los ciudadanos que procuraban lo contrario, le llevaron a juicio acusándole de que quería poner la ciudad en dependencia de los atenienses, pero al fin fue absuelto de esta demanda, y después él acusó a cinco de sus adversarios, los más ricos de todos, de que habían cortado y arrancado los maderos del cerco de los templos de Zeus y de Alcinoo, por lo que incurrían en pena de una fiatera por cada palo, que era una multa considerable. Siendo condenados, se acogieron a sagrado hasta que les fuese perdonada o rebajada la pena, aunque Pitias se oponía con todas sus fuerzas y aconsejaba a los ciudadanos la aplicasen con todo rigor. Viéndose tan perseguidos por quien tenía tan gran poder y autoridad en el Senado, y sabiendo que, mientras viviese, todos seguirían el partido de los atenienses, se juntaron con otros muchos y entraron en el Senado con sus dagas debajo de las ropas, y allí mataron a Pitias y a otros senadores y particulares, hasta sesenta, salvándose los demás partidarios de Pitias, que fueron muy pocos, en el barco de los atenienses que aún estaba en el puerto. Después de hacer los conjurados esta mala hazaña, reunieron al pueblo y le dijeron que lo hecho había sido por el bien de la ciudad para que no cayese en servidumbre de los atenienses, y que en lo demás les parecía que debían ser neutrales y responder a ambas partes que no entrasen en su puerto sino en son de paz y como amigos, y sólo con un navío, pues los que entraran con más número, serían reputados por enemigos. Leído y publicado este decreto, el pueblo lo aprobó y confirmó, y enviaron sus mensajeros a los atenienses para darles a entender que les había sido necesario obrar así. También lo hicieron para amonestar a los corcirenses que se habían acogido a ellos, que no procurasen nuevas tramas en daño de la ciudad. Pero al llegar a Atenas estos mensajeros, fueron presos como hombres sediciosos que procuraban novedades, y juntamente con ellos los otros que habían persuadido y sobornado para que fuesen de su bando, y a todos los llevaron a Egina y metieron en prisión.

Entretanto, los grandes y los principales de Corcira, que seguían el partido de los corintios, al llegar el barco de éstos y en él sus embajadores, juntamente con ellos acometieron a sus conciudadanos, y aunque estos se defendieron durante algunas horas, al fin fueron vencidos y obligados a retirarse durante la noche a la fortaleza y más altos y fuertes lugares de la ciudad donde se parapetaron, y después se apoderaron del puerto de Hilaico. Los victoriosos ganaron la plaza del mercado de la ciudad, en torno de la cual los más de ellos tenían sus casas, y también tomaron el puerto que cae a la parte de tierra, a la bajada del mercado. Al día siguiente tuvieron una escaramuza a tiros de dardos y pedradas. Ambas partes enviaron a buscar en los campos a los siervos y esclavos para que viniesen a socorrerles, prometiéndoles la libertad, y ellos escogieron ayudar al pueblo contra los grandes; pero en favor de éstos llegaron ochocientos infantes por la parte de tierra firme, y con ellos volvieron a la batalla por tercera vez, en la cual los de la comunidad vencieron a los grandes por estar en lugar más ventajoso, porque eran muchos más en número y porque las mujeres, que estaban de su parte, les dieron grande ayuda, sosteniendo el furor e ímpetu de los contrarios con mayor esfuerzo y osadía que requería su condición natural, y tirándoles tejas y piedras desde las casas.

Al acercarse la noche, los grandes, que iban de vencida, temiendo que el pueblo, con ímpetu y grita, fuese a ganar el puerto y las naves que tenían en él, y tras esto los matasen a todos, pusieron fuego a las casas que estaban en el mercado y alrededor de él, así a las que eran suyas como de los otros, para estorbar que pudiesen pasar de allí, ocasionando que se quemasen muchos bienes y mercaderías muy ricas y de gran precio. De venir el viento de parte de la ciudad se hubiese quemado toda. Con este fuego cesó el combate aquella noche y estuvieron todos en armas cada cual en guarda de su estancia. Mas la nave de los corintios, sabiendo que el pueblo había alcanzado la victoria, desplegó velas y se fue secretamente, y lo mismo hicieron muchos de los que habían acudido de tierra firme en favor de los grandes, volviéndose a sus casas.

Al día siguiente, Nicóstrato Diítrefes, capitán de los atenienses, arribó al puerto de Corcira con doce barcos y quinientos hombres mesenios que venían de Naupacto en socorro de los del pueblo; y para restablecer la paz y concordia les indujo a que fuesen amigos, y que tan sólo castigaran a diez de los que habían sido la causa de la sedición y alborto, aunque éstos no esperaron la ejecución del juicio, sino que huyeron y se escaparon. En lo demás procuró que todos quedasen en la ciudad como antes, y que de común acuerdo aprobasen la alianza que tenían con los atenienses, es decir, que fuesen amigos de sus amigos, y enemigos de sus enemigos.

Ajustado este convenio, los gobernadores de la ciudad trataron con Nicóstrato que les dejase allí cinco de sus barcos de guerra para impedir que los del bando contrario se rebelasen, y que en las otras naves embarcase todos los que ellos le señalasen de los contrarios y los llevase consigo a fin de que no pudiesen organizar algún motín. Accedió Nicóstrato; mas al hacer la lista de los que habían de ser embarcados, temiendo éstos ser llevados presos a Atenas, se acogieron al templo de Cástor y Polideuces; y por más que Nicóstrato les amonestaba que viniesen con él sin miedo, no les pudo persuadir. Los del pueblo fueron a sus casas y les tomaron las armas que tenían, y aun hubieran muerto algunos de ellos que encontraron en las calles, si Nicóstrato no se lo impidiera. Viendo esto los otros del mismo bando se retiraron al templo de Hera, y serían hasta cuatrocientos, por lo que los del pueblo, sospechando que hiciesen alguna novedad, los aplacaron consiguiendo contentarlos con ir desterrados a una pequeña isla que estaba frente al templo, donde les proveían de víveres y demás cosas necesarias para vivir.

Cuatro o cinco días después que aquellos ciudadanos fueron llevados a la citada isla, los navíos de los peloponenses, que se habían quedado en Cilena, a la vuelta de Jonia, cuyo capitán era Alcidas, y Brasidas su compañero, que serían en número de cincuenta y tres, arribaron al puerto de Sibota, ciudad en la tierra firme, y al amanecer dirigieron el rumbo hacia Corcira. Sabido esto por los de Corcira se alarmaron, así por causa de sus discordias civiles como por la venida de los enemigos a tal tiempo. Por tanto, armaron setenta barcos, y unos tras otros los enviaron al encuentro cargados como estaban con su gente de guerra, aunque los atenienses les rogaron que los dejasen ir delante y que tras ellos viniesen todos juntos. Navegando los corcirenses sin orden ni concierto alguno, cuando comenzaron a acercarse a los peloponenses, dos de sus barcos se vinieron a ellos, y los que estaban en los otros combatían entre sí muy desordenados. Viendo esto los peloponenses, enviaron de pronto veinte barcos contra ellos, y todos los otros fueron a embestir contra los doce de los atenienses, entre los cuales estaban los llamados Páralos y Salaminia. Las naves corcirenses, por el mal orden en que iban, tropezaban unas contra otras, repartidas en muchas bandas, de manera que ellas mismas se dispersaron. Pero los atenienses, temiendo ser cercados por la multitud de barcos de los enemigos, no quisieron atacar el mayor escuadrón de los contrarios, sino que embistieron contra algunas naves y echaron una a fondo. Después se pusieron en caracol, cercando a los enemigos y procurando desconcertarlos y hacerles perder el orden. Viendo esto lo veinte navíos de los peloponenses que habían salido contra los corcirenses, y temiendo que les ocurriese lo que les había sucedido en la pasada batalla de Naupacto, acudieron en socorro de sus compañeros, y todos juntos fueron a dar contra los atenienses, que se retiraron poco a poco. Los corcirenses, por su parte, viendo que los peloponenses apretaban tanto a sus compañeros, no osaron esperar y se pusieron en huida. Después del combate quedaron allí hasta la noche los peloponenses victoriosos. Entonces los corcirenses, temiendo que los enemigos, siendo vencedores, les acometiesen en la ciudad o que se pasasen a ellos los ciudadanos que habían desterrado en la isleta, o hiciesen alguna otra hazaña en perjuicio suyo, embarcaron aquellos ciudadanos llevándolos de nuevo a Corcira, y los metieron dentro del templo de Hera, poniendo en seguida guardas en la ciudad. Pero los peloponenses, aunque vencedores, no osaron ir contra la ciudad, y con trescientos prisioneros que cogieron a los corcirenses se retiraron al puerto de donde habían partido. Tampoco al día siguiente se atrevieron a moverse, aunque la ciudad estaba muy temerosa y perturbada; y Brasidas, su capitán, era de opinión que fuesen a acometerla, empero, Alcidas que tenía el mando, fue de contrario parecer, y por ello desembarcaron en el cabo de Leucimna, desde donde hicieron mucho daño en los términos de Corcira. Por entonces los corcirenses, sospechando la llegada de los enemigos, parlamentaron con los que se habían retirado a los templos y con los otros ciudadanos para convenir la manera de guardar la ciudad y a algunos les persuadieron para que entrasen en las naves, que tenían en número de treinta, las mejores que pudieron reunir para resistir a los enemigos si llegaban.

Los peloponenses, después de robar y arrasar la tierra hasta la hora de mediodía, se reembarcaron y fueron a Leucimna. A la noche siguiente les fue hecha señal con luces de que habían partido sesenta navíos de los atenienses del puerto de Léucade en busca de ellos, como era verdad, porque al saber los atenienses las revueltas que había en Corcira y la llegada de la escuadra de Alcidas, enviaron a Eurimedonte, hijo de Tucles, con sesenta navíos hacia aquellas partes.

Alcidas y los peloponenses se fueron costeando a su tierra con la mayor diligencia que podían, y para no ser sentidos si se engolfaban en alta mar, atravesaron por el Estrecho de Léucade derechamente hacia la otra costa.

Los corcirenses, al saber de cierto la partida de los peloponenses y la llegada de los atenienses, volvieron a meter en su ciudad a los que habían lanzado fuera, y mandaron partir las naves donde habían embarcado su gente de guerra hacia el puerto de Hilaico; y navegando a lo largo de la costa, todos cuantos enemigos encontraron en su viaje los mataron. Después hicieron salir de los barcos a los ciudadanos que habían persuadido para que se embarcasen, y de allí se fueron al templo de Hera, persuadiendo a los que se habían acogido a él, que serían hasta cincuenta, a que vinieran a defender su causa ante la justicia; hiciéronlo así, y todos fueron condenados a muerte. Sabido esto por los que no pudieron ser persuadidos de acudir al juicio y se habían quedado en el templo, se suicidaron, unos ahorcándose de los árboles, otros se mataron entre sí, y otros por modos extraños de darse muerte; de manera que no escapó uno solo.

Además, por espacio de siete días, que Eurimedonte estuvo allí con sus sesenta barcos, los corcirenses mandaron matar a todos los de la ciudad que tenían por enemigos, so color de que habían querido destruir el pueblo. Algunos fueron muertos por causa de enemistades particulares; y otros, por el dinero que les debían, fueron muertos a manos de sus mismos deudores, realizándose en aquella ciudad todas las crueldades e inhumanidades que se acostumbran en semejantes casos, y mucho peores, como matar el padre al hijo, sacar los hombres de los templos para matarlos, y aun asesinarlos dentro de los mismos templos. Algunos murieron tapiados en el templo de Dióniso. Tan cruel fue aquella sedición.

XII

Esta sedición y guerra civil pasó adelante como arriba hemos contado. Y por haber sido la primera de aquellas partes, parecía mayor y más cruel, aunque después reinó casi en todas las ciudades de Grecia, porque la mayor parte de los del pueblo eran del partido de los atenienses, y los grandes y principales seguían el de los lacedemonios. Tales parcialidades y sediciones no las hubo antes de la guerra; mas después de comenzada, no cesaban de llamar en su ayuda los contendientes a los de su bando para hacer mal a los otros, porque los que buscaban novedades tomaban de ello pretexto y ocasión para hacerlo. Esto produjo muy grandes males en las ciudades, y ocurrirán siempre mientras hubiere hombres inclinados a ello, mayores, menores, de varia manera, según que fuesen los casos y mudanzas de las cosas; lo cual no sucede en tiempo de paz, porque entonces los hombres atienden más al bien de la república que al suyo particular, y nadie les obliga a estas enemistades. Mas la guerra, porque acarrea consigo la falta y necesidad de las provisiones y vituallas, y quita la abundancia de todas las cosas necesarias para la vida y mantenimiento cuotidiano, haciéndose señora de todo por fuerza, fácilmente atrae la mala voluntad de muchos, a que sigan el estado y condición del tiempo de presente.

Por estas causas fueron en aquel tiempo turbados los estados y gobiernos de las ciudades de Grecia con sediciones y discordias civiles, pues sabido que en un lugar se había hecho alguna demasía o insolencia por unos, otros se disponían a otra mucho peor, o por hacer alguna cosa de nuevo, o por mostrarse más diligentes e ingeniosos que los primeros, o más osados y atrevidos para vengarse, y todos estos males se excusaban nombrándolos con nuevos e impropios nombres, porque a la temeridad y osadía llamaban magnanimidad y esfuerzo, de manera que los temerarios y atrevidos eran tenidos por amigos y por defensores de los amigos; a la tardanza y madurez llamaban temor honesto, y a la templanza, modestia, cobardía y pusilanimidad encubierta; la ira e indignación arrebatada, nombrábanla osadía varonil; la consulta, prudencia y consejo, pereza y flojedad. El que se mostraba más furioso y arrebatado para emprender la cosa, era tenido por más fiel amigo, y el que la contradecía por sospechoso. El que llevaba a ejecución sus tramas y asechanzas, era reputado por sabio y astuto, y mucho más aquel que prevenía las de su amigo, o conseguía que ninguno se apartase de su bando ni tuviese temor a los contrarios. Finalmente, el más dispuesto para hacer daño a otro era muy elogiado, y mucho más el que para hacerlo inducía a otro que no pensaba en tal cosa.

Esta formación de bandos era mayor entre extraños que entre parientes y deudos, porque aquéllos estaban más dispuestos a cualquier empresa sin excusa alguna, y porque estas juntas y concejos no se hacían por la autoridad de las leyes ni por el bien de la república, sino por codicia y contra todo derecho y razón. La fe y lealtad que se guardaba entre ellos no era por ley divina y religión que tuviesen, sino por mantener este crimen en la república y tener compañeros de su delitos. Si alguno de bando contrario decía una razón buena, no la querían aceptar como tal, ni como de ánimo noble y generoso, si no les parecía que redundaba en su provecho. Más querían vengarse que dejar de ser ultrajados. Si hacían algún concierto con juramento solemne, duraba hasta tanto que una de las partes fuese más poderosa que la otra; pero la primera ocasión la aprovechaba por ser la más segura y porque le parecía gran prudencia vencer al otro por astucia y malicia, y también porque es cosa cierta que antes los malos (cuyo número es infinito) son llamados industriosos que los inocentes y sencillos buenos, y comúnmente los hombres se afrentan de ser tenidos por simples e inocentes, y se glorifican de que les llamen malos y atrevidos.

Todo esto nace de la codicia de honras, que enciende el fuego de las parcialidades, porque los que eran cabeza de bandos en las ciudades daban color honesto a su partido; los que favorecían al común, que llaman democracia, defendían que todos fuesen iguales en la república, y los del partido de los grandes, que llaman aristocracia, decían que era justo que los más buenos y principales rigiesen y fuesen preferidos a los menores. Cada cual, pues, contendía por favorecer a la república de palabra, mas en la obra todo el fin de su debate y contienda era inventar unos males contra otros, por fuerza o por manera de venganza y castigo, no mirando al bien común ni a la justicia, sino al deleite y placer de ver los unos el mal de los otros, ora fuesen injustamente condenados, ora violentamente oprimidos.

Siempre estaban dispuestos a ejecutar en el acto su mala voluntad sin respeto a la religión y acatamiento a los dioses en cosa que hiciesen o contratasen, el que con palabras dulces y fraudulentas podía engañar a otro, era más temido y estimado. Si alguno había que quería ser neutral lo mataban, o porque no querían ser de su bando, o por envidia de verle en reposo y exento de los males que los otros tenían. De manera que por estas sediciones y bandos toda la Grecia sufrió males innumerables, y los buenos y virtuosos, que por la mayor parte suelen ser generosos de ánimo, eran perseguidos, burlados y escarnecidos.

Tenían por cosa excelente prevenir los consejos y empresas de otros con traición y perfidia, y si alguna vez se reconciliaban, ni había seguridad en palabra que daban, ni temor al juramento que hacían, antes por la desconfianza que tenían unos de otros, más miraban por sí para no sufrir mal, que daban fe a las palabras de su contrario. El consejo de los ruines valía más que el de los buenos y cuerdos, por ser más temerario e insensato y decidía para acometer cualquier empresa. Los prudentes y discretos, por la poca cuenta que hacían de los otros, confiando en que por su ingenio y destreza mejor proveerían las cosas de lejos que aquéllos, queriéndolas ejecutar antes por consejo y arte que por fuerza, muchas veces sufrían atropello de los más bajos y viles.

Ejemplos tales de osadía y temeridad se vieron en Corcira, porque los vencedores ejecutaban las cosas más por fuerza e ingenio que por derecho y razón, tomando venganza de los castigos injustos que habían impuesto los grandes a ellos y a sus amigos. Eso mismo hacían los pobres que querían enriquecerse y los que codiciaban los bienes ajenos, pensando alcanzarlos por vías ilícitas, una de las principales causas de estos males. Los que no se movían por avaricia sino por ignorancia, mostraban más ira, pensando que les era lícito todo lo que hacían furiosos y sin freno, porque esta manera de vivir turbulenta y desordenada vencía todas las leyes y fueros, y la naturaleza del hombre, que antes estaba acostumbrada a obedecerlas, daba a entender que las quería violar voluntariamente, pues mostrándose más débil que la ira del vulgo y más poderosa que las leyes, era enemiga de los que tenían bienes y hacienda, prefiriendo la venganza a la justicia, y el robo a la inocencia; y por envidia a los poderosos y deseo de venganza violaba las leyes, en las cuales todos deben esperar su salvación, sin reservarse otro medio para ayudarse en los peligros.

Todos estos males ocurrieron en Corcira antes que en las otras ciudades de Grecia, cuando Eurimedonte estaba allí con su armada. Al ausentarse ésta, los que habían huido de la ciudad, que serían unos quinientos, tomaron los fuertes que estaban en tierra firme, recobraron todas sus tierras e hicieron muchas entradas en la isla, robando y talando la tierra y causando muchos daños, por los que la ciudad sufrió gran falta de víveres. Después enviaron sus embajadores a los lacedemonios y a los corintios, pidiéndoles ayuda para tomar la ciudad, mas viendo que no se las daban, reunieron algunos barcos y soldados extranjeros, hasta seiscientos, con los cuales pasaron a la isla. Al saltar en tierra quemaron todos sus navíos para no tener esperanza de volver, y ocuparon la montaña de Istona, donde se hicieron fuertes dominando en la tierra y haciendo mucho daño a los que estaban en la ciudad.

XIII

Al fin de aquel verano los atenienses enviaron veinte barcos a Sicilia, al mando de Laques, hijo de Melanopo, y de Caréadas, hijo de Eufileto, porque los siracusanos tenían guerra contra los leontinos y estaban confederados en Grecia con todas las ciudades de la tierra de Doria, excepto con los de Caramina, y los dorios tenían alianza con los lacedemonios antes que comenzasen la guerra, aunque no fueron en su compañía. También los locros tenían amistad en Italia, y los leontinos por amigos a los calcidenses y camarinos.

En Italia, los de Reggio, que eran de su nación y deudos, como aliados de los leontinos, pidieron a los atenienses, así por la antigua amistad, como porque eran jonios de nación, que les enviasen de socorro algunas naves para su defensa contra los siracusanos, sus comarcanos, que les querían impedir el comercio por mar y tierra. Los atenienses otorgaron su demanda y enviaron sus barcos so color de la amistad que tenían con ellos, aunque a la verdad, más era para estorbar que viniesen víveres de Sicilia al Peloponeso, y por si podían conquistar Sicilia.

Al llegar la armada de los atenienses a Reggio comenzó la guerra contra los sicilianos en compañía de los de Reggio, pero sobrevino el invierno que la interrumpió.

Al principio del invierno se recrudeció en Atenas la peste, que nunca había cesado del todo sino por intervalos de tiempo; esta vez duró un año, y antes había durado dos sin interrupción; que fue la cosa que más debilitó y quebrantó las fuerzas y poder de los atenienses. En esta postrer epidemia murieron más de cuatro mil y trescientos hombres de armas, y trescientos de a caballo, sin lo restante del pueblo, que fue gente innumerable.

También hubo grandes y repetidos terremotos, así en Atenas como en Eubea y en toda Beocia, pero mucho más en Orcómeno.

En este mismo invierno, los atenienses quedaron en Sicilia con los de Reggio con treinta barcos, atacaron las islas de Eolo, en Sicilia, haciéndolo en invierno porque en verano no hay agua fresca en ellas.

Estas islas las habitan los liparenses, que traen su origen de Cnido, y principalmente moran en una de ellas, llamada Lipara, que no es muy grande, y desde la cual pasan a las otras, que son Didima, Stróngila y Hiera, para cultivarlas. En Hiera creen los moradores que el dios Hefesto tiene sus fraguas, porque de noche ven salir gran fuego y de día gran humo. Todas estas tierras están situadas en la parte de Sicilia y tierra de Mesena y entonces seguían el partido de los siracusanos, por lo que los atenienses y los de Reggio, de consuno, les atacaron; y viendo que no se rendían arrasaron las tierras y se volvieron a Reggio. Este fin tuvo el quinto año de la guerra, que escribió Tucídides.

Al principio del verano siguiente, los peloponenses y sus aliados se reunieron otra vez para entrar en Ática, y llegaron hasta el Estrecho del Peloponeso, al mando de Agies, hijo de Arquidamo, rey de los lacedemonios. Mas al sentir los terremotos diarios se retiraron sin entrar en la tierra. Estos terremotos fueron tan grandes, que en Eubea el mar creció hasta anegar la mayor parte de la ciudad de Orobias, y aunque bajaron las aguas, siempre quedó sumergida parte de ella, ahogándose o peligrando los habitantes que no tuvieron tiempo para subir a lo más alto. Igual inundación hubo en la isla de Atalanta, junto a la tierra de los locros, en la cual se anegó y cayó una parte del castillo que los atenienses tenían, y de dos barcos que había en el puerto, uno dio en tierra de manera que fue destrozado. También la hubo en la ciudad de Pepareto, pero no se anegó nada, sino que el terremoto derrocó una parte de la muralla con el palacio y otras muchas casas.

Las causas de estas inundaciones fueron a mi parecer los temblores de tierra, porque de la parte que tembló más reciamente sacudió y lanzó la mar, la cual, a su retorno, con gran fuerza e ímpetu causaba tales avenidas.

En este mismo verano ocurrieron algunos hechos de guerra en Sicilia, así por parte de los extraños como por los mismos de la tierra, y principalmente por los atenienses y sus aliados. Los más memorables de que tengo noticia fueron éstos: Siendo Cariades, capitán de los atenienses, muerto en batalla por los siracusanos, Laques, que quedaba por capitán de la armada, fue con su gente de guerra derechamente contra la ciudad de Milas en tierra de Mesena, donde había dos capitanías de los mesenios. Estos hicieron una emboscada y salieron contra los atenienses y sus aliados quienes los dispersaron, pusieron en huida y mataron muchos. De este hecho quedaron tan amedrentados los de la ciudad, que viendo venir a los atenienses y sus aliados hacia ella, se rindieron con ciertas condiciones y les dieron rehenes y toda clase de seguridades.

También este verano los atenienses enviaron treinta barcos a la costa del Peloponeso a las órdenes de Demóstenes, hijo de Alcístenes, y de Procles, hijo de Teodoro y otras sesenta contra la isla de Melos, con dos mil combatientes, mandadas por Nicias, hijo de Nicérato, porque los melios negaban obediencia a los atenienses, y no querían contribuir para las guerras. Mas después que les talaron las tierras, los hicieron venir por la fuerza a partido, y desde allí pasaron a Oropo, que está frente a esta isla en tierra firme. Llegados a este puerto, casi de noche, salieron todos armados de sus naves y fueron directamente a la ciudad de Tanagra, que está en Beocia. Por tierra llegó también gran hueste de los atenienses al mando de Hipónico, hijo de Calias, y de Eurimedonte, hijo de Tucles, los cuales, al juntarse con sus compañeros de mar, plantaron su campo delante de la ciudad, donde estuvieron todo aquel día haciendo muchos males en la tierra. Al día siguiente salieron contra ellos los de la ciudad con algún socorro que les había llegado de Tebas, mas los atenienses les hicieron retroceder mal de su grado, mataron muchos y los vencieron, y de las armas y despojos que les tomaron levantaron trofeo en señal de la victoria delante de la ciudad. Después volvieron al punto de salida, los unos a las naves y los otros a la ciudad, y los que iban con Nicias, después de robar la tierra, se embarcaron regresando a sus tierras.

En este mismo tiempo, los lacedemonios fundaron la ciudad de Heraclea, en tierra de Traquinia, y la poblaron con gente de su nación, por lo cual los milieos están divididos en tres pueblos: los paralios, los irieos y los traquinios. Estos traquinios, molestados con guerras por sus vecinos los de Eta, fueron de parecer al principio de llamar a los atenienses en su ayuda; pero no fiándose de ellos completamente, enviaron también a Tisámeno como embajador a los lacedemonios, que igualmente fue en representación de los habitantes de la Dóride, ciudad metropolitana de aquéllos, y acometida por los mismos de los de Eta. Los lacedemonios, oída su embajada, determinaron enviar gente de su nación a que poblasen una ciudad, así para defensa de los traquinos y dorios, como porque les pareció que les vendría muy a propósito para la guerra con los atenienses, a causa de que desde la ciudad de Heraclea hasta Eubea había poco trecho de mar de pasar, y por tanto, podrían sin peligro organizar allí su armada contra los de Eubea, teniendo además muy buena guarida para cuando quisiesen ir a Tracia. Por estas razones procuraron fundar allí aquella ciudad, y primeramente lo consultaron con el Oráculo de Apolo, cuyo templo está en Delfos, el cual les otorgó su demanda. Enviaron sus pobladores, así de sus tierras como de las de sus vecinos y comarcanos, mandando pregonar públicamente que darían licencia a todos los que quisiesen ir a morar en ella, excepto a los jonios y a los aqueos.

Para fundar y poblar esta ciudad dieron el encargo a tres de sus ciudadanos, Leonte, Alcidas y Dagamón, quienes, hecho el repartimiento de la tierra entre los que fueron a poblar, cercaron la ciudad de muralla y ahora se llama Heraclea, que dista de los montes de Termópilas cuarenta estadios, y de la mar medio estadio. Allí comenzaron a construir atarazanas para tener sus naves junto a Termópilas y su estrecho y estar más seguros.

Fundada esta ciudad, los atenienses al principio tuvieron algún temor, viendo que estaba cerca la isla de Eubea, y que desde allí había muy poco mar que atravesar hasta la ciudad de Ceneón, situada en Eubea; pero ningún daño les sobrevino, a causa de que los tesalios, que dominaban la tierra en cuyos términos se había fundado la ciudad, sospechando ser vecinos que podían llegar a ser más poderosos que ellos, comenzaron a molestar a los nuevos pobladores con guerras, obligando al mayor número a abandonar la ciudad que al principio había sido muy poblada por multitud de gentes de todas partes, esperando que sería lugar seguro y firme por fundarlo los lacedemonios y al poco tiempo quedó con escasos moradores. Culpa de esto tuvieron también los caudillos que los lacedemonios enviaron con los nuevos pobladores, por tratarles mal y desalentarlos en lugar de animarlos contra sus enemigos quienes, con esto, les vencieron más pronto y fácilmente.

XIV

En este mismo verano, al tiempo que los atenienses estaban en Melos, treinta de sus naves que recorrían la costa del Peloponeso arribaron junto a Elómeno, en la región de Léucade y allí en una emboscada mataron y prendieron algunos de los hombres de guerra que estaban de guarnición. Después, con toda la armada fueron sobre Léucade, llevando en su compañía a todos los acarnanios, excepto los eniades y zacintos y cefalonios. Con su armada iban también quince naves de los corcirenses, y con tan gran poder robaban y talaban todas las tierras de Léucade, así las que están dentro del estrecho como fuera y hasta el templo de Apolo, que estaba junto a la ciudad. Mas los ciudadanos de Léucade, a pesar de los daños que sufría su tierra, no osaron salir fuera de su ciudad. Viendo esto, los acarnanios pidieron con grande instancia a Demóstenes, capitán de los atenienses, que los sitiara esperando ganar la ciudad fácilmente y verse así libres y seguros en adelante de estos leucadios, que eran sus antiguos amigos. Mas Demóstenes, que a la sazón daba más crédito a los mesenios, fue persuadido por éstos de que dejase la empresa de Léucade y la emprendiera contra los etolios, teniendo para ello tan buena armada y tan gran poder, así porque estos etolios eran enemigos capitales de los de Naupacto, como porque decían que, siendo vencidos, fácilmente someterían después todo lo restante de Epiro al señorío y obediencia de los atenienses. Y aunque los etolios fuesen muchos y buenos guerreros, parecía a los mesenios que podrían ser vencidos y conquistados pronto porque sus ciudades y villas, no cercadas de murallas, estaban muy distantes entre sí, no pudiendo socorrerse fácilmente y porque los moradores se encontraban mal armados y a la ligera.

Eran de parecer que primeramente fuesen atacados los apodotos y tras ellos los ofioneos y los euritanes, que son la mayor parte de los etolios y eran campesinos, salvajes, fieros y bárbaros en sus costumbres y lenguaje, llamándoseles homófagos, que quiere decir comedores de carne cruda de las víctimas ofrecidas en sacrificio. Vencidos éstos, creían que fácilmente sujetarían a todos los demás. Este consejo pareció muy bien a Demóstenes, así por el crédito que daba a los mesenios, como porque creía que, teniendo consigo los epirotas y los etolios, podía muy bien, sin otra armada de los atenienses, ir por tierra a hacer la guerra a los beocios, tomando el camino de los locros-ozolos hasta Citinión, y por la parte de Dóride, que está a la mano siniestra del monte Parnaso, descendiendo de allí a la tierra de los tocenses que confinan con Beocia. Esperaba inducir a estos tocenses a que les diesen paso por su tierra y ayuda, por la antigua amistad que tenían con los atenienses y si no obligarles a hacerlo por fuerza.

Decidido a ejecutar esta empresa, mandó retirar toda su armada que estaba sobre Léucade y se fue por mar hasta Solión contra la voluntad de los acarnanios, a quienes había comunicado su designio, y viendo que no lo aprobaban; antes les pesaba y se enojaban con él porque no había perseverado en el cerco de Léucade, partió sin ellos con lo restante de la armada, donde iban solamente los cefalonios y los mesenios y con trescientos marinos atenienses que tenía en sus naves, pues los quince navíos de los corcirenses se habían apartado ya de la armada. Partió del puerto de Eneón en la Lócride. Estos locros estaban confederados con los ozolos y obligados, por tanto, a servir y ayudar a los atenienses con todas sus fuerzas cuando hiciesen la guerra a las tierras mediterráneas. El socorro les venía muy a propósito para dicha empresa, porque los ozolos eran vecinos de los etolios, se armaban como ellos y sabían la tierra y la forma que tenían de pelear.

Partido Demóstenes con su armada, arribó al puerto y templo de Zeus en Nemea, donde se dice que fue muerto el poeta Hesíodo por lo naturales, de quienes nada temía porque le profetizó el Oráculo que moriría en Nemea, y él entendió la ciudad de Nemea, siendo aquel lugar el templo de Zeus que tenía por sobrenombre Nemea. Demóstenes partió de este lugar al alba con toda su armada para entrar en Etolia, y el primer día tomó la ciudad de Potidania por fuerza; el segundo la de Crosileón, y el tercero la de Tiquión, donde descansó algunos días y de allí envió los efectos que había tomado a la ciudad de Eupalión en Lócride. Proponíase, después de sojuzgar todo lo restante de esta provincia a su vuelta de Naupacto, ir a conquistar los ofioneos si no se entregaban. Mas los etolios, avisados de su venida, determinaron salir al encuentro y al entrar por sus tierras se reunieron los vecinos y comarcanos, y principalmente los ofioneos que habitan al cabo junto al golfo llamado Meliaco, y los bomieos y los colieos.

Mientras estos pueblos se juntaban, los mesenios, perseverando en el parecer que habían dado a Demóstenes de que los etolios serían fácilmente vencidos, le aconsejaron que partiese de allí lo más pronto posible y podría ganar las ciudades y villas de toda aquella tierra antes que los enemigos acabaran de reunirse. Demóstenes siguió este consejo confiado en su buena fortuna, porque hasta entonces ninguna cosa le había salido mal. Sin esperar el socorro de los locros, que le era bien necesario por ser ballesteros experimentados en tirar, y, armados a la ligera, fue sobre Egitión y la tomó sin resistencia porque los habitantes la abandonaron, retirándose a los montes alrededor de la ciudad, situada en un cerro a ochenta estadios distante del mar. Ya todos los etolios habían llegado, alojándose en diversos lugares de las montañas, y todos a una vinieron a dar sobre los atenienses y sus aliados por todas partes con muchos tiros de dardo y de piedra. Cuando éstos revolvían sobre ellos se guarecían en las breñas, y cuando se retiraban los seguían. Duró gran rato esta escaramuza, en la cual los atenienses llevaban la peor parte, así cuando acometían a los contrarios como cuando se defendían de ellos, aunque mientras los suyos tuvieron abundancia de dardos se defendieron muy bien. Los etolios, armados a la ligera, cuando veían ir hacia ellos los flecheros contrarios, se retiraban; pero muerto el capitán de los flecheros, los que quedaban, muy cansados y apremiados por los enemigos, volvieron las espaldas y se pusieron en huída y lo mismo hicieron los atenienses que allí quedaban con sus aliados y compañeros. Huyendo todos sin orden, metíanse entre las peñas, rocas y sitios sin salida, no teniendo quien los guiase, porque el mesenio Cromón, que era su caudillo y guía, había muerto en la batalla. Por esta causa hubo muchos muertos en la retirada, pues los etolios, todos armados a la ligera, los seguían al alcance y los herían y mataban sin peligro, teniéndolos atajados y tomados los pasos, de modo que no sabían por donde huir. Algunos que se habían guarecido en las selvas y bosques, sin caminos y senderos, pensaron salvarse, mas los etolios incendiaron los bosques y fueron todos quemados. No había especie de muerte y de huida que no se viese entonces en el ejército de los atenienses, y con gran dificultad escaparon muy pocos vivos de la batalla, salvándose en Eneón, que está en Lócride, de donde habían partido. Murieron de los aliados gran número y de los atenienses ciento veinte hombres de los mejores guerreros de todo el ejército, entre ellos Procles, uno de los capitanes.

Pasada esta derrota, los atenienses vencidos reconocieron la victoria a los contrarios y recibieron sus muertos para darles sepultura, volviendo a Naupacto y desde allí a Atenas. Demóstenes, su caudillo y capitán, se quedó en los lugares cercanos a Naupacto por temor a los atenienses a causa de esta derrota.

En este mismo tiempo, los atenienses que andaban por la costa de Sicilia navegando, aportaron a Locros, saltaron a tierra y tuvieron un encuentro con los locros, siendo éstos vencidos en un paso que guardaban, tomándoles la villa de Peripoleon, situada junto al río Alece.

XV

Aquel mismo verano, los etolios, cuando supieron la empresa de los atenienses contra ellos, enviaron como embajadores a los lacedemonios y a los corintios a Tólofo, a Boriades y a Tisandro, para pedirles auxilio contra la armada de los atenienses que había llegado a Naupacto. Los lacedemonios les enviaron tres mil hombres de sus aliados, todos muy bien armados, entre los cuales había quinientos soldados de la ciudad de Heraclea, fundada y poblada por ellos. De este ejército fue capitán Euríloco y le dieron por compañeros a Macario y a Menedatio, todos tres espartanos.

Reunida su hueste junto a Delfos, Euríloco envió un heraldo a los locros y a los ozolos pidiéndoles que le enviasen su gente de socorro, porque querían ir desde allí a Naupacto, y también lo hacía por atraer a su devoción a estos locros y ozolos y apartarlos de la amistad con los atenienses como ya había apartado a los de Anfisa, que por odio y temor a los tocenses se habían rendido los primeros y les habían dado rehenes. Esto indujo a todos los otros a rebelarse contra los atenienses, porque estaban muy amedrentados de ver el gran ejército de los lacedemonios. Los primeros fueron sus vecinos de Mionia y comarcanos de los locros por donde su tierra no es accesible, y tras ellos los ipneos, los mesapios, los triteos, los caleos, los tolofonios, los hesios, los eanteos, todos los cuales fueron a esta guerra con los peloponenses.

Algunos no quisieron ir, como los de Olpe y dieron rehenes. Otros no quisieron hacer lo uno ni lo otro, como los hieos, hasta que una villa suya nombrada Polis, fue tomada por fuerza.

Habiendo Euríloco ordenado todas las cosas necesarias para la guerra y enviados los rehenes que tenía de todos a la villa de Citinión en Dóride, dirigióse con su ejército por tierra de los locros para ir a la ciudad de Naupacto y en el camino ganó por fuerza la villa de Eneón, que era de los locros, y la de Eupolión, que no se quiso rendir de grado. Ya que estaba bien adentro en territorio de Naupacto, llegó el socorro de los etolios y todos juntos comenzaron a robar y talar la tierra y las villas y lugares que no estaban cercados. Después fueron contra la ciudad de Molicrión, pueblo de los corintios, aunque seguía el partido de los atenienses, y la tomaron.

Estaba a la sazón en aquella parte de Naupacto Demóstenes, capitán de los atenienses, que, como arriba contamos, se había quedado allí después de la derrota en Etolia por temor a los atenienses. Cuando supo la venida de los enemigos fue derecho a los acarnanios, e hizo tanto con ellos que les persuadió le diesen mil hombres de guerra de ayuda, los cuales metió por mar dentro de la ciudad de Naupacto, no sabiendo cómo podría defenderla por ser muy grande en circuito y tener poca gente de guarnición. Este socorro le dieron los acarnanios de mala gana a causa del enojo que tenían, porque no había querido ir sobre Léucade, como le rogaron antes.

Cuando Euríloco supo que el socorro de los atenienses estaba dentro de la ciudad y que no la podría tomar, partió con su ejército y sin volver al Peloponeso fue derechamente a Eólide, que ahora llamamos Calidón, y a Pleurón y a otros lugares cercanos de la Etolia. Estando allí vinieron a él los mensajeros de los ambraciotas y le avisaron que si quería tomar su consejo podría muy bien con su ayuda ganar la ciudad de Argos y todo lo restante de la tierra de Anfiloquia, y tras esto la región de Acarnania; y que hecho esto, podría fácilmente atraer a la alianza de los lacedemonios toda la tierra de Epiro. Con este motivo y con la esperanza de esta empresa, Euríloco no pasó más adelante en Etolia esperando el socorro de los ambraciotas, y entretanto pasó aquel verano.

A la entrada del invierno los atenienses, que estaban en Sicilia con sus aliados y los que eran de su partido contra los siracusanos, sitiaron a Inesa, en cuyo castillo los siracusanos tenían guarnición, mas viendo que no la podían tomar partieron de allí, y al retirarse salieron los que estaban en el castillo y atacaron la retaguardia de los atenienses desbaratándola y matando a muchos.

Pasado esto, Laques y los otros que estaban en las naves, saltaron a tierra en Lócride, junto al río de Caicino, donde se encontraron con los locros que venían en compañía de Proxeno, hijo de Capatón, y los derrotaron, prendiendo trescientos que despojaron y después soltaron.

En este mismo invierno los atenienses, por mandato del Oráculo, purificaron la isla de Delos, que mucho tiempo antes Pisístrato el tirano había purificado, aunque no toda, sino solamente la parte que se ve del templo; fue toda purificada de esta manera. Primeramente mandaron quitar todos los sepulcros de los que sepultaron en Delos y pregonaron que en adelante ninguno pudiese morir ni nacer en toda la isla y los que estuviesen cercanos a la muerte fuesen llevados a la de Renea. Esta isla de Renea está tan cerca de la de Delos, que Polícrates, el tirano de Samos en aquel tiempo, dominó muchas islas de aquella mar, por ser muy poderoso por mar, y habiendo tomado la de Renea hizo una cadena que atraviesa desde ella hasta la de Delos, consagrando toda la isla al dios Apolo. Después de esta última purificación los atenienses establecieron y dedicaron una fiesta solemne, de cinco en cinco años, en honra del dios Apolo, por ser antigua costumbre celebrar allí grandes fiestas, a las cuales iban los jonios y los moradores de las otras islas cercanas con sus mujeres e hijos (como hacen al presente en Éfeso) y en ellas a contiendas, luchas y otros ejercicios y toda clase de juegos, danzas y músicas, como se ve en los siguientes versos de Homero:

Entonces tú, Apolo, en Delos

te estás a placer y holgando

cuando los jonios saltando

con sus mujeres e hijuelos

vienen en danzas cantando.

Que había certamen de música, yendo a contender los músicos, lo significa cuando alabando el coro y danzas de las mujeres de Delos expresa sus loores en estos versos, donde también hace mención de sí, diciendo que era ciego y que moraba en Quío:

Salvo seáis y con vida

tú, Apolo, y tú, Ártemis,

y a todos en mi partida

saludo de buena gana.

Y mirad, os ruego yo,

si acaso os piden razón

de aquel iucundo varón

que por aquí conversó

y con música alegró

a todos el corazón.

Responded luego a la hora,

porque no caigáis en falta:

Fue un varón ciego que mora

en Quío la áspera y alta.

En estos versos Homero significa que antiguamente había en Delos numerosas reuniones de gentes y que se celebraban allí grandes fiestas, aunque después andando el tiempo los insulares y los atenienses dejaron los coros, danzas y bailes, los sacrificios y las contiendas y juegos y todo cesó por las adversidades y miserias, hasta que los atenienses restablecieron entonces los juegos e instituyeron las carreras de caballos, que no se conocían antes en Delos.

XVI

En este invierno los ambraciotas, con su ejército, salieron al campo, según prometieron a Euríloco, y entrando en los términos de Argos en Anfiloquia con tres mil hombres bien armados, tomaron la villa de Olpas que está situada en un collado y tenía un muro muy fuerte por la parte de mar, en la cual los acarnanios, sus primeros fundadores, tenían su tribunal para los pleitos y causas comunes de la provincia, porque no distaba de la ciudad marítima de Argos más de veinticinco estadios. Sabido esto por los acarnanios, enviaron alguna de su gente para socorrer a Argos y por otra parte se fueron a alojar en un lugar llamado Las Fuentes, en Anfiloquia, para impedir que los peloponenses que venían con Euríloco pudiesen pasar a Ambracia y juntarse con los ambraciotas sin que ellos lo supiesen. También enviaron mensajeros a llamar a Demóstenes, capitán de los atenienses que estaba en Etolia, para ser su caudillo, y a Aristocles, hijo de Timócrates, y a Hierofón, hijo de Atimnesto, que mandaban veinte barcos de los atenienses y navegaban por la costa del Peloponeso, para que viniesen a socorrerlos.

Por su parte, los ambraciotas que estaban en Olpas ordenaron que todos los de su ciudad fueran en su ayuda, porque sospechaban que Euríloco no pudiese pasar con su ejército por Acarnania para unirse a ellos, siéndoles forzoso pelear solos con los enemigos, o retirarse con gran pérdida y daño suyo.

Al saber Euríloco y los peloponenses que con él estaban esta empresa de los ambraciotas, partieron del lugar de Proquión, donde tenía asentado su campo, para juntarse con ellos y dejando el camino de Argos, pasaron por el río Aqueloo, caminando por tierras de Acarnania que nadie defendía, y dejando a mano derecha la ciudad de Estrato, donde había buena guarnición y a la siniestra toda la tierra de Acarnania. Cuando pasaron por Fitia y por los confines de Medeón y después por Limnea, lugares todos de Acarnania, entraron en tierra de Argos, que ya no era amiga de los ambraciotas, y atravesando por el monte Tíamo, que es estéril y yermo, llegaron de noche a la ciudad de Argos. Desde allí pasaron entre la ciudad y la tierra de Acarnania rápidamente sin ser sentidos y al amanecer se unieron a los ambraciotas, fijando todos juntos su campo delante de la ciudad llamada Metrópolis.

Pocos días después, las veinte naves de los atenienses que venían en socorro de los argivos, arribaron al golfo de Ambracia, e inmediatamente Demóstenes, con doscientos mesenios muy bien armados y sesenta arqueros atenienses y con los soldados que venían para guarda de las naves, salieron a campaña hacia Olpas. Por su parte, los acarnanios y algunos de los anfiloquios, porque los demás estaban ocupados contra los ambraciotas, al llegar a Argos se aprestaron para ir contra sus enemigos, pero al saber la llegada de Demóstenes en su ayuda, se unieron con él y le hicieron su caudillo con los otros capitanes de su tierra, sentando el campo junto la villa de Olpas y cerca de los enemigos, de los que sólo les separaba una peña grande y así estuvieron cinco días unos y otros sin hacerse mal ninguno. Al quinto día se aprestaron a la batalla, pero por ser los peloponenses mucho más en número, Demóstenes, temiendo le cercaran, organizó una emboscada en un valle hondo, cubierto de espesuras, de cuatrocientos hombres armados de armas gruesas y a la ligera y mandóles que cuando viesen trabada la batalla saliesen de la celada y viniesen a dar con gran ímpetu sobre los enemigos por la espalda. Los demás los repartió en seis escuadrones en orden para pelear como mejor le pareció, quedando él en el ala derecha con los mesenios y los pocos soldados atenienses que tenía, y a la siniestra puso a los acarnanios según venían armados y con ellos los anfiloquios, todos tiradores y ballesteros.

De la parte contraria, los peloponenses y los ambraciotas estaban mezclados, excepto los mantineos, que venían todos en el ala izquierda y a vanguardia de ella, porque en la extrema izquierda se había puesto Euríloco con los suyos, por tener de frente a Demóstenes. Comenzada la batalla en este orden y cuando todos vinieron a las manos, viendo los cuatrocientos que estaban en emboscada que los peloponenses de la izquierda cercaban y trabajaban por encerrar a los atenienses, dieron sobre ellos por la espalda de tal manera que sus enemigos no pudieron sostener el ímpetu de los contrarios, siendo desbaratados. Al ponerse en huída mostraron el camino a la mayor parte de sus compañeros del ala derecha para que huyesen también, pues al ver aquéllos al escuadrón que guiaba Euríloco, que era el más fuerte, desbaratado, perdieron ánimo para defenderse y los mesenios que iban con Demóstenes procuraron fatigar a sus enemigos. No por esto los ambraciotas, que estaban a la derecha de los peloponenses, se mostraron menos animosos, sino que vencieron a los contrarios, los hicieron huir y fueron a su alcance hasta Argos. Estos ambraciotas son en verdad muy valientes y más belicosos que todos sus vecinos. Al volver a la persecución, viendo a casi todos sus compañeros desbaratados y vencidos y que los enemigos iban contra ellos, se retiraron con gran pérdida y no sin trabajo se salvaron dentro de Olpas. Muchos fueron muertos al retirarse por ir dispersos, excepto los mantineos, que lo hicieron en orden. Duró la batalla hasta la noche, que separó a los contendientes.

Al día siguiente Menedeo, que había sido la noche antes elegido caudillo en lugar de Euríloco y Macario, que murieron en la batalla, se halló muy perplejo, no sabiendo qué hacer, pues por haber sido muy grande la pérdida por su parte, no había manera de poder defender la villa, que estaba cercada por mar y por tierra, ni de retirarse sin gran daño. Acordó, por tanto, parlamentar con Demóstenes y los capitanes de los acarnanios; pedirles sus muertos para sepultarlos y licencia para que la gente de guerra que estaba dentro de la villa pudiese salir y marcharse con su bagaje. Los capitanes atenienses le otorgaron los muertos, hicieron enterrar también los que habían muerto de su parte, que serían hasta trescientos, y levantaron trofeo en señal de victoria; pero la licencia para salir de la villa no se la quisieron otorgar abiertamente, antes lo rehusaron en público a todos, aunque en secreto la dieron a los mantineos, a Menedeo, a todos los capitanes peloponenses y a otros hombres de su nación, procurando por este medio privar a lo ambraciotas de todos los soldados extranjeros que les ayudaban e infamar a los lacedemonios y peloponenses entre todos los griegos como traidores, que hacían conciertos aparte sin comprender en ellos a sus aliados.

Habiendo los de la villa sepultado sus muertos lo mejor que pudieron en aquel apuro, los que tenían licencia para salir trataron secretamente la manera de irse. Entretanto avisaron a Demóstenes y a los acarnanios, que los ambraciotas que habían partido de su ciudad para socorrer a los suyos que estaban en Olpas, según se les mandó, estaban en camino por tierra de Anfiloquia, sin saber la derrota de los suyos, y envió parte de su ejército para que les atajase el paso y ocupase los lugares más fuertes, y las demás fuerzas que quedaron las repartió y puso en orden para socorrer a los primeros y dar de pasada sobre los ambraciotas.

Entretanto, los mantineos y los que habían hecho tratos para marcharse, se salían de la villa pocos a pocos fingiendo que iban a coger hortaliza y leña al campo, y cuando estaban algún tanto alejados daban a correr hacia el campo de los enemigos. Viendo esto los ambraciotas, que asimismo habían salido a coger hierbas y leña, los seguían, también corriendo por alcanzar a sus compañeros. Entonces los soldados acarnanios, que no sabían nada de los conciertos secretos que Demóstenes y sus capitanes habían hecho con los peloponenses, creyendo que todos los que salían de la villa se iban sin licencia empezaron a perseguirlos, y porque ciertos capitanes que allí se hallaban les querían estorbar que los siguiesen, diciendo que aquéllos tenían licencia y salvoconducto para irse, se atrevieron algunos soldados a herirlos, pensando que les mentían y que había traición; pero al fin, sabiendo que los peloponenses tan sólo tenían salvoconducto, los dejaban ir y mataban a los ambraciotas, aunque había grandes cuestiones para diferenciar quién era ambraciota y quién peloponense. En esta revuelta hubo más de doscientos muertos, los otros todos se salvaron con gran dificultad en la cercana villa de los agraos, donde fueron recogidos por Salintio, rey de aquella tierra, que era su amigo.

Los ambraciotas que venían de su ciudad en socorro de éstos llegaron a un lugar llamado Idómena, en el cual había dos collados; tomaron de noche el mayor los que Demóstenes enviara delante sin que los ambraciotas lo supiesen, pues habían ocupado ya el menor, donde se alojaron y estuvieron todo aquel día y la noche siguiente sin sospechar mal alguno. Avisado Demóstenes de su venida, partió del campamento al anochecer con su ejército, llevando la mitad consigo y la otra mitad mandó que marchase por los montes de Anfiloquia, e hizo tal y tan buena diligencia, que al rayar el alba vino a dar sobre los enemigos, que halló dormidos y muy seguros, como hombres que no sabían nada de la pasada derrota. Cuando los ambraciotas sintieron a la gente de Demóstenes, pensaron que eran de los suyos, porque Demóstenes, con astucia para poderlos mejor engañar, había hecho marchar los primeros a los soldados mesenios mandándoles que hablasen en dialecto dorio con los centinelas que hallasen, y así lo hicieron, de modo que los enemigos fuesen de los suyos por la lengua y porque no los podían ver bien, por no ser aún muy de día, hasta tanto que todo el ejército de Demóstenes se reunió y entonces todos a una atacaron a los ambraciotas con tanto ímpetu, que mataron muchos y los demás huyeron, aunque de éstos el mayor número fueron muertos, porque se encontraban con los anfiloquios que tenían tomados los pasos, sabían muy bien la tierra e iban armados a la ligera, de modo que alcanzaban pronto a los ambraciotas, armados con armas pesadas. Los que querían huir por otros caminos y senderos, iban a dar en rocas y peñas altas, donde los enemigos tenían puestas su celadas y allí los cogían y mataban. Algunos de ellos, buscando por donde escapar, llegaron a la orilla del mar que estaba cerca, y perseguidos por sus contrarios, al ver los barcos de los atenienses que iban costeando, se lanzaban al agua y a nado iban hacia ellos; porque, sabiendo que eran de sus contrarios, preferían caer en sus manos y no en poder de los bárbaros o de los anfiloquios, que eran sus enemigos mortales. De esta manera fueron vencidos y desbaratados los ambraciotas y casi todos muertos, excepto algunos pocos que se salvaron dentro de Olpas.

Después de esta derrota, los acarnanios despojaron los muertos, levantaron trofeo en señal de victoria y volvieron a la ciudad de Argos, donde al día siguiente llegó un heraldo de parte de los ambraciotas que se habían refugiado en el territorio de los agraos. Llevaba el encargo de pedirles los cuerpos de los suyos que habían sido muertos en el primer encuentro cuando salieron de Olpas con los peloponenses sin licencia. Viendo este heraldo el campo lleno de muertos, se maravilló de dónde podía ser tanta mortandad, no sabiendo nada del postrer encuentro y creyendo fuesen los cuerpos de otros aliados, hasta que uno de los enemigos, suponiendo que el heraldo iba de parte de los que habían sido derrotados en Idómena, le preguntó por qué se maravillaba y cuántos pensaban que hubiesen muerto de los suyos, el heraldo respondió que cerca de doscientos, a lo que replicó el otro: «¿No ves que en este trofeo hay armas y pertrechos, no solamente de doscientos, sino de más de mil que han sido muertos?» Entonces dijo el heraldo: «¿No son de los que venían en nuestro escuadrón?» Respondió el otro: «Sí, son ciertamente los mismos que ayer fueron vencidos en Idómena.» «¿Cómo puede ser eso?», preguntó el heraldo, «nosotros no peleamos ayer, sino que anteayer fueron muertos éstos a la salida de Olpas, porque iban sin salvoconducto.» «Ciertamente», respondió el otro, «nosotros peleamos aquí ayer contra los que habían salido de la ciudad de Ambracia para socorrer a los que estaban en Olpas.» Oído esto por el heraldo y viendo la gran mortandad de los que habían venido de Ambracia en su ayuda, quedó más espantado y llorando muy atónito por tantos males como les ocurrían, se volvió sin hacer nada ni acordarse de pedir los muertos. Porque a la verdad esta fue una de las mayores pérdidas de gente que hubo en tan pocos días en toda aquella guerra, y no he querido escribir aquí el número de los muertos porque parecerá increíble y más grande que conviene a la importancia de aquella ciudad. Una cosa sabré decir de cierto, que si los acarnanios y anfiloquios hubieran querido creer a Demóstenes y a los atenienses, tomaran entonces la ciudad de Ambracia por fuerza, pero temieron que si los atenienses la poseían por suya serían peores vecinos que los otros.

Después de la victoria repartieron entre sí los despojos, de los cuales los atenienses llevaron la tercera parte y las otras dos las dividieron entre las ciudades confederadas. Los atenienses no gozaron de ellos mucho tiempo, porque a su vuelta por mar se los quitaron en el camino. Los trescientos arneses enteros que se ven colgados en los templos de Ática fueron los que cupieron a Demóstenes por su parte sola, que ofreció después de su entrada, la cual pudo hacer más seguramente y con más honra por causa de esta victoria que no antes por las pérdidas que sufrió en Etolia, según arriba contamos.

Cuando las veinte naves de los atenienses volvieron al puerto de Naupacto y Demóstenes con su ejército vino a Atenas, los acarnanios y los anfiloquios pactaron treguas con los ambraciotas por medio de Salintio, rey de Agreda, para que durasen cien años, y dieron seguridad a los peloponenses que se habían acogido a Agreda mezclados con los ambraciotas, para que volviesen a su tierra. La forma y conciertos de las treguas fueron éstos: que los ambraciotas no fuesen obligados a hacer la guerra contra los peloponenses por los acarnanios, ni los acarnanios por los ambraciotas contra los atenienses, quedando sólo obligados a ayudarse mutuamente para la defensa de su tierra. Que los ambraciotas restituyesen a los anfiloquios las villas y lugares que tenían de ellos y que en adelante no diesen ayuda ni favor alguno a los de Anactarión, que eran enemigos de los acarnanios. Con este convenio dejaron las armas y se apartaron de la guerra.

A los pocos días llegó Jenoclidas, hijo de Euticles, con trescientos hombres que los corintios enviaban en socorro de los ambraciotas, el cual, con gran dificultad, había podido pasar por tierra de Epiro.

Así sucedieron las cosas en Ambracia. En este invierno los atenienses, que andaban por la costa de Sicilia, saltaron en tierra y entraron en los confines de Himera, por la parte de mar, con los sicilianos que venían por los montes, y habiendo hecho allí algunos daños pasaron por las islas de Eolo y volvieron Reggio, donde hallaron a Pitódoro, a quien los atenienses habían enviado para caudillo de aquella armada en lugar de Laques, porque los tripulantes y los sicilianos que estaban con ellos pidieron a los atenienses mayor socorro, a causa de que siendo los siracusanos más poderosos por tierra, les era necesario ser tan fuertes por mar, que pudieran contrarrestar a sus enemigos. Por esto los atenienses determinaron aparejar cuarenta naves para enviar socorro a sus compañeros, pensando que así la guerra acabaría allí más pronto. De esta armada enviaron primero unas pocas naves con Pitódoro para que supiese el estado de las cosas, y después debían enviar a Sófocles, hijo de Sostrátides, con las demás. Llegó Pitódoro, tomó el cargo de Laques y fue por mar al fin del invierno a socorrer a los que estaban en el cerco de Locros, que Laques había tomado antes, mas siendo allí vencido en batalla por los locros, regresó.

En la primavera siguiente salió fuego del monte Etna, que es el mayor de toda Sicilia, según otras muchas veces había salido antes, y quemó alguna parte de la tierra de los catanios, que está situada al pie de este monte. Decían los moradores de la tierra, que en cincuenta años no había salido en tanta abundancia, y que ésta era la tercera vez que aquello sucedía en Sicilia, después que los griegos fueron a habitarla.

Tales cosas ocurrieron en aquel invierno, fin del sexto año de la guerra que escribió Tucídides.

LIBRO CUARTO

I

Llegado el verano, al principio del estío, cuando las mieses comienzan a espigar, diez naves de los siracusanos y otras diez de los locros, tomaron la ciudad de Mesena en Sicilia, por tratos con los habitantes, que los habían llamado en su favor, y porque los siracusanos veían que esta ciudad era muy a propósito a los atenienses para tener entrada en Sicilia, temiendo que por medio de ella cobrasen más fuerzas, y desde allí los acometiesen. Los locros ayudaron a esta empresa para poder combatir por dos partes a los de Reggio, sus enemigos, según lo hicieron poco después, y también porque no pudiesen los atenienses dar por ella socorro a los de Mesena. Impulsáronles también algunos ciudadanos de Reggio, desterrados de su ciudad y acogidos por los locros, porque en Reggio hubo mucho tiempo grandes divisiones que les impidieron defenderse de los locros, que estimando el momento oportuno fueron entonces a acometerles, y después de talar y robar la tierra se retiraron a su provincia por tierra, porque las naves en que fueron habían ido a Mesena a unirse con las otras que habían de estar allí para hacer la guerra.

En esta misma sazón, antes que los trigos estuviesen granados, los peloponenses entraron otra vez en tierra de Atenas, mandados por Agis, hijo de Arquidamo, rey de Lacedemonia, y la robaron y talaron como de costumbre. Por su parte, los atenienses enviaron cuarenta barcos para socorro en Sicilia, a las órdenes de Eurimedonte y de Sófocles, con los otros capitanes que allá estaban, entre ellos Pitódoro, y les mandaron que en el camino de pasada diesen socorro a los corcirenses contra sus desterrados, que se habían acogido a los montes y desde allí les hacían la guerra; y asimismo contra las sesenta naves que los peloponenses enviaron contra los de Corcira, esperando poderla tomar por hambre, a causa de que ya había en ella gran falta de vituallas. También mandaron a Demóstenes, que después de la toma de Acarnania se había quedado en Atenas sin cargo y deseaba tener alguno, que se aprovechara si quería de estas cuarenta naves en la costa del Peloponeso.

Llegó la armada de los atenienses a la costa de Laconia, navegando adelante, por saber que las diez naves de los peloponenses habían ya aportado al golfo de Corcira, y fueron de diversos pareceres sus jefes, porque Eurimedonte y Sófocles opinaban ir derechamente a Corcira, y Demóstenes decía que primero debían ir a tomar a Pilos, y tomada esta villa pasar a Corcira; viendo que los dos capitanes perseveraban en su opinión les mandó que así se hiciese. Estando en este debate, sobrevino una tempestad que les obligó a ir a Pilos. Entonces Demóstenes les mostró que era necesario cercar la villa de muro, diciendo que ésta era la principal causa porque había ido con ellos, siendo cosa fácil de hacer, porque allí había mucha piedra y materiales para acabar pronto la obra, y el sitio del lugar era fuerte, teniendo mucha tierra desierta, porque desde allí a Esparta había más de cuatrocientos estadios. Estaba el lugar de Pilos en tierra de los mesenios, y la llamaban entonces los lacedemonios Corifasión. A estas razones le respondieron que en torno del Peloponeso había otros muchos promontorios y cabos desiertos, los cuales si quería también ocupar sería para gastar en esto todo el dinero de la ciudad de Atenas. Él les replicó que aquel lugar era de más importancia que los otros, porque tenía muy buen puerto, y además los mesenios, sus aliados, que otra vez le habían ocupado, volviendo allí podrían hacer gran mal a los lacedemonios a causa de la comunidad de la lengua, y guardarían el lugar con toda fidelidad.

Viendo Demóstenes que no podía persuadir ni a los soldados en general, ni a los capitanes en particular, con los cuales había debatido la cosa aparte, no habló más de ello. Mientras estaban allí ociosos esperando que amansase la mar, ocurrió a los soldados de su propia voluntad ir a cercar el lugar con muro, y porque no tenían picos y otras herramientas para labrar las piedras, las tomaban como las hallaban, toscas, las ponían unas sobre otras según cuadraba mejor, y las pegaban con tierra y lodo. No teniendo cuezos ni otros instrumentos para llevar la tierra y lodo, la traían encima de las espaldas yendo cabizbajos, y para que mejor se pudiese tener, ponían las manos juntas a la espalda. Usaron, pues, de la mayor industria y diligencia que pudieron por fortificar el lugar por los lados que podía ser tomado antes que le pudiesen enviar socorro, porque por algunas otras partes era inexpugnable.

Sucedió también que los lacedemonios celebraban una fiesta solemne en la ciudad cuando fueron advertidos del caso, por lo cual no hicieron mucha cuenta de ello, pareciéndoles que, terminada la fiesta, cuando fuesen a Pilos, huirían los enemigos, y si se defendían podrían cogerlos sin peligro. Por otra parte les detuvo también la idea de que tenían aún su armada en la costa de Atenas. Los atenienses tuvieron, pues, tiempo para fortificar el lugar por la parte de tierra. Cuando hubieron trabajado seis días en la obra, dejaron allí a Demóstenes con cinco barcos y con los otros navegaron hacia Corcira y Sicilia.

Entretanto los peloponenses, que estaban en la costa de Ática, sabida la toma de Pilos, volvieron de prisa a su tierra, así por parecer a los lacedemonios y a Agis, su rey, que tenían la guerra dentro de casa estando los enemigos en Pilos, como porque habían entrado muy temprano en la tierra de Ática, antes que el trigo estuviese en sazón, y tenían gran falta de vituallas. Además las tempestades y malos tiempos habían sido mientras allí estuvieron más grandes que la estación requería, por lo cual los hombres de guerra estaban muy fatigados. De aquí que si en otros años no habían estado mucho tiempo en aquella tierra, en éste no estuvieron más de quince días.

En esta sazón, Simónides, capitán de los atenienses, reuniendo algunas de sus gentes de guerra de guarnición en Tracia, y gran número de sus aliados extranjeros, tomó por trato secreto la ciudad de Eión, en tierra de Tracia, pueblo de los medos, aunque entonces enemigo. Advertidos de ellos los calcidenses y los beocios fueron en socorro de la ciudad, y le echaron de ella con gran pérdida de su gente.

De regreso de Ática los peloponenses, los espartanos y sus vecinos se juntaron para ir a recobrar el lugar de Pilos, pero los otros peloponenses no fueron tan pronto, porque acababan de llegar de tierra de Atenas. Por edicto se mandó en todo el Peloponeso que cada cual debiese enviar socorro a Pilos, y a las sesenta naves que estaban en torno de Corcira que fuesen a la parte de Pilos, las cuales, pasando por el estrecho de Léucade hicieron tan rápido viaje que arribaron a Pilos antes que las de los atenienses que estaban en Zacinto lo pudiesen sentir, y por la parte de tierra la infantería de los peloponenses estaba ya dispuesta antes de que llegasen estos barcos a Pilos. Demóstenes había despachado dos buques con orden a Eurimedonte y a los otros capitanes atenienses que estaban en Zacinto, de que viniesen a socorrerle, mostrándoles el gran peligro en que estaba, los cuales al recibir la noticia se pusieron en camino para ayudarle.

Antes que los capitanes atenienses llegaran, los peloponenses se prepararon para combatir el lugar por mar y tierra esperando poderle tomar fácilmente, así porque el muro estaba recién hecho, como porque tenía muy poca gente de guarda; pero sospechando que la armada de los atenienses acudiese en socorro, determinaron, si no podían tomar el lugar antes que viniesen, cerrar la entrada del puerto para que las naves atenienses no pudieran entrar, pareciéndoles fácil de hacer, porque frente al cerro donde estaba situada Pilos había una isleta llamada Esfactería, que se extendía a lo largo del puerto, haciéndole más fuerte y seguro y las entradas del mar estrechas, de manera que por parte de la villa donde los atenienses habían hecho los muros no podían entrar más que dos naves de frente, y de la otra parte ocho o nueve. La isla era toda estéril y por esto inhabitable, y casi inaccesible, y tenía quince estadios de contorno. Para impedir la entrada del puerto, pusieron en orden las naves que les parecieron bastantes para ocuparle todas de frente, con las proas fuera del puerto y lo demás hacia dentro. Además, temiendo que los atenienses desembarcaran gente en la isleta, pusieron una parte de la suya en ella, y la otra quedó en tierra firme a fin que los enemigos no pudiesen desembarcar ni en tierra ni en la isla, pues no era posible socorrer el lugar por otro lado, porque el mar no tenía en los demás fondo para abordar seguramente. Creyeron por tanto que sin combate y sin exponerse a peligro tomarían aquella plaza en breve tiempo, mayormente estando mal provista de vituallas y de gente. Ordenaron para defender la isleta desembarcar cierto número de soldados de todas las compañías, renovando la guardia diariamente, y los últimos enviados fueron cuatrocientos veinte mandados por Epitadas hijo de Molobro. Viendo Demóstenes que los peloponenses se disponían a atacar la plaza por mar y tierra con la infantería, se puso en defensa, y primeramente hizo retirar a tierra las naves que quedaron a sus órdenes, las cercó con empalizada y armó los marineros con escudos harto ruines hechos de prisa, la mayor parte de sauce, porque en un lugar desierto como aquel no se podían hallar armas, y las que tenían a la sazón las habían ganado en una nave de corsarios y en otra de los mesenios, que cogieron por acaso con cuarenta hombres de Mesena. Puesta una parte de su gente, armados y desarmados, en guarda de los lugares que le parecían más seguros por ser naturalmente inexpugnables, y la otra, que era la mayor, para defensa de la plaza que había fortificado hacia tierra, les mandó que si la infantería de los contrarios les acometiese se defendieran y los rechazasen, y él, con sesenta soldados de los mejores y mejor armados y algún número de ballesteros, salió fuera de la plaza y se fue por la parte de mar, por donde presumía que los enemigos intentarían desembarcar y pasar por las rocas, peñas y lugares difíciles para batir el muro por donde era más débil, pues no había procurado hacerlo muy fuerte por aquel lado, pensando que nunca los enemigos serían más poderosos que él por mar, y sabiendo también que si tenían ventaja para desembarcar por aquel lado, tomarían la plaza. Salió, pues, con los hombres que arriba dijimos, y poniéndolos en orden de batalla lo mejor que pudo, les arengó de este modo:

«Varones atenienses, y vosotros mis compañeros, en esta afrenta ninguno se atreva, por mostrarse sabio y prudente, a considerar todas las dificultades y peligros en que al presente estamos. Conviene acometer a nuestros enemigos con gran ánimo y osadía para poderlos lanzar y escapar de sus manos, porque en los hechos de necesidad como éste en que nos vemos, no se busca la razón por qué se hace la cosa, sino que conviene aventurarse de pronto y arriesgar las personas. Aunque, a la verdad, yo veo en este caso muchas cosas favorables a nosotros si queremos estar firmes y no dejar el provecho que tenemos entre las manos por temor a la multitud de enemigos, porque pienso que una parte de esta plaza es inaccesible si la queremos defender; pero si la desamparamos, por difícil que sea de ganar, la tomarán.

»Los enemigos serán más duros de combatir si les acometemos cuando estén fuera de sus naves, porque viendo que ya no pueden volver atrás sin gran peligro, pelearán mejor. Mientras estuvieren en sus barcos será más fácil resistirles, y si saltan en tierra, aunque sean muchos, tampoco son de temer, pues la plaza es muy difícil de tomar y el lugar donde les será forzoso pelear muy estrecho y pequeño, por donde, si bajan a tierra, el gran número de gente que traen no les servirá de nada a causa de la estrechura del sitio, y si se quedan en sus naves tendrán que pelear en mar, donde hay muchas dificultades para ellos y podemos contrapesar nuestra falta de gente con estos inconvenientes que ellos tienen.

»Os ruego, pues, que traigáis a vuestra memoria que sois atenienses de nación, y por eso muy ejercitados en las cosas de mar y en desembarcos, y que el que no cede al temor de la mar ni de otro navío que se le acerca, tampoco le moverá de su estancia la fuerza de sus enemigos ni se apartará de la ordenanza. Estad firmes y quedos en estas rocas y peñas que tenéis por parapetos, y defendeos valerosamente de vuestros enemigos para guardar la plaza y con ella vuestras personas».

Animados los atenienses con estas breves razones de Demóstenes, se apercibieron para pelear cada cual por su persona. De la otra parte, los lacedemonios que estaban en tierra empezaron a combatir los muros, y los que venían en las naves, que eran cuarenta y tres, al mando de Tasimédidas, hijo del espartano Cratesicles, acudieron a combatir la estancia donde estaba Demóstenes con sus gentes. Los atenienses se defendieron valerosamente en ambas partes. Por la de mar, los peloponenses venían con pocas naves unas tras otras, porque no podían entrar muchas a la vez, y llegaron al sitio donde estaba Demóstenes con su gente para lanzarlos de allí si podían. Brasidas, que era capitán de una de las naves, viendo la dificultad de llegar para abordar, y que por ello los patrones de los barcos no osarían acercarse a tierra temiendo que se rompiesen los cascos, gritó diciendo: «Gran vergüenza es para vosotros querer salvar los barcos viendo delante a los enemigos cercando y fortaleciendo la tierra con muros», y les mandó que remasen hacia tierra y saliesen de sus navíos a dar sobre los enemigos, y que no les pesase a los confederados aventurarse a perder sus naves por prestar servicio a los lacedemonios que tanto bien les habían hecho, sino que antes abordasen con ellas por cualquier parte que pudiesen, saltaran en tierra y ganasen la plaza. Diciendo estas palabras, Brasidas obligó al patrón de su galera a que remase hacia tierra; mas peleando desde el puente de un navío, fue herido por los atenienses en muchas partes de su cuerpo y cayó muerto en la mar; después las ondas le llevaron a tierra, cogiendo el cadáver los atenienses y colgándole en el trofeo que levantaron por esta victoria.

Los otros lacedemonios hubieran querido saltar en tierra, mas temían el peligro, así por la dificultad del lugar como por la gran defensa que hacían los atenienses, que peleaban sin temor de mal ni daño alguno, y fue tal la fortuna de ambas partes, que los atenienses impedían a los lacedemonios entrar en su tierra, a saber: en la misma de Laconia, y los lacedemonios se esforzaban por descender en su propia tierra, entonces en poder de su enemigos, aunque en aquella sazón los lacedemonios tenían fama de ser los más poderosos y ejercitados en combatir por tierra, y los atenienses en pelear por mar.

Duró este combate todo aquel día y una parte del día siguiente, aunque no fue continuado sino en diversas veces. El tercer día los peloponenses enviaron parte de su armada a Asina para traer leña y materiales, y hacer un bastión frente al muro que habían hecho los atenienses junto al puerto para batirle con aparatos, aunque estaba muy alto, porque se podía combatir por todas partes. Llegó entretanto la armada de los atenienses en número de sesenta naves, con las que fueron de Naupacto en ayuda, y cuatro de Quío, y viendo la isla y la tierra cercada por la infantería de los enemigos, y que sus navíos estaban en el puerto sin hacer señal de salir, dudaron de lo que harían. Al fin determinaron echar áncoras cerca de la desierta isla inmediata, y allí estuvieron aquel día. Al siguiente salieron a alta mar con todas sus naves, puestas en orden de batalla para combatir con los enemigos si quisiesen salir del puerto, o acometerles dentro del puerto si no salían; pero ni salieron, ni les cerraron la entrada del puerto, como determinaron al principio, sino que, permaneciendo en tierra, armaron de gente sus navíos, que estaban a orillas del mar, y se apercibieron para combatir con los que entrasen en el puerto, el cual era harto grande. Viendo esto los atenienses fueron derechamente contra ellos por las dos entradas del puerto, y embistieron a las naves que estaban más adelante en la mar, desbaratándolas y poniéndolas en huida, y porque el lugar era estrecho, destrozaron muchas y tomaron cinco, una con toda la gente que había dentro. Luego dieron tras las otras que se habían retirado hacia tierra, de las cuales destrozaron algunas que estaban desarmadas, y las ataron a las suyas, a la vista de los peloponenses, a quienes pesó en gran manera; y temiendo que los que estaban en la isla fuesen presos, acudieron a socorrerlos, metiéndose a pie, armados como estaban, en la mar, y agarrándose a los navíos contrarios con tan gran corazón, que le parecía a cada cual que todo se perdiese por falta de él, si no iba. Había gran tumulto y alboroto de ambas partes, mudada la forma de pelear contra toda manera acostumbrada en el mar, porque los lacedemonios, por el temor de perder su gente, combatían en torno de las naves como en tierra, y los atenienses, por el deseo de llevar hasta el fin la victoria, peleaban también desde sus navíos del mismo modo. Después de largo combate, con muertos y heridos de ambas partes, se retiraron unos y otros, y los lacedemonios salvaron todas sus naves vacías, excepto las cinco que fueron tomadas al principio. Ya en su campo respectivo, los atenienses otorgaron a los contrarios sus muertos para sepultarlos, y después levantaron trofeo en señal de victoria. Esto hecho, cercaron con su armada toda la isla, donde estaban los cuatrocientos veinte lacedemonios que suponían ya vencidos y cautivos. Por su parte los peloponenses, que de todos lados habían acudido al socorro de Pilos, tenían la villa cercada por tierra.

Cuando las nuevas de esta batalla y pérdida llegaron a Esparta, acordó el Consejo que los gobernadores y oficiales de justicia de la ciudad fuesen al real para ver por sus propios ojos lo ocurrido, y proveer lo que se debía hacer en adelante, según tienen por costumbre hacer cuando les sucede alguna gran pérdida. Visto todo, y considerando que no había medio de socorrer a los que estaban en la isla, y que corrían peligro de ser presos o muertos de hambre o por fuerza de armas, opinaron pedir una tregua a los caudillos de los atenienses, durante la cual pudiesen enviar a Atenas a tratar de paz y concordia, y esperando por este medio recobrar los suyos. La tregua fue acordada por los atenienses con estas condiciones: que los lacedemonios les diesen todas las naves con que habían venido a combatir a Pilos y las que allí se habían juntado de toda la tierra de Lacedemonia; que no hiciesen daño alguno en los muros y reparos que habían hecho en Pilos; que a los lacedemonios se les permitiera llevar por mar todos los días a los que estaban en la isla cercada cierta cantidad de pan y vino y carne, tanto por cada hombre libre y la mitad para los esclavos, a vista de los atenienses, sino que les fuese lícito pasar ningún navío a escondidas; que los atenienses tuviesen sus guardas en torno de la isla, para que ninguno pudiese salir, con tal de no intentar ni innovar cosa alguna contra el campo de los peloponenses por mar ni por tierra, y en caso que de una parte u otra hubiese alguna contravención, por grande o pequeña que fuese, las treguas se entendiesen rotas, debiendo durar lo más hasta que los embajadores lacedemonios volvieran de Atenas, a los cuales los atenienses habían de llevar y traer en uno de sus barcos. Acabada la tregua, los atenienses deberían restituir a los lacedemonios las naves que les habían dado, en la misma forma y manera que las recibiesen. Así se convino la tregua, y para su ejecución los lacedemonios entregaron a los atenienses cerca de sesenta naves, siendo después enviados los embajadores a Atenas, que hablaron en el Senado de la manera siguiente:

II

«Varones atenienses, aquí nos han enviado los lacedemonios para tratar con vosotros sobre aquella su gente de guerra que está cercada, teniendo por cierto que lo que redundare en su provecho en este caso también redundará en vuestra honra. Y para esto no usaremos más largas razones de las que tenemos de costumbre: porque nuestra usanza es no decir muchas palabras cuando no hay gran materia para ello. Pero si el caso lo requiere y el tiempo da lugar, hablamos un poco más largo, a saber, cuando es necesario mostrar por palabras lo que conviene hacer por obra. Os rogamos que si fuéremos un poco largos en hablar, no lo toméis a mala parte, ni menos penséis que por recomendaros buen consejo sobre lo que al presente habéis de consultar, os queremos enseñar lo que debéis hacer, como si os tuviésemos en reputación de hombres tardíos e ignorantes.

»Para venir al hecho, en vuestra mano está sacar gran provecho de esta buena ventura que os ocurre al tener a los nuestros en vuestro poder, porque adquiriréis gran gloria y honra no haciendo lo que hacen muchos, que no tienen experiencia del bien y del mal; porque éstos, cuando les sucede alguna prosperidad de repente, ponen pensamientos en cosas muy altas, esperando que la fortuna les ha de ser siempre favorable. Pero los que muchas veces han experimentado la variedad y mudanza de los casos humanos, pesan más la razón y la justicia y no se fían tanto en las prosperidades repentinas; lo cual es muy conveniente a vuestra ciudad y a la nuestra, por la larga experiencia que tienen de las cosas; y puesto que lo entendéis muy bien, lo veis mejor en el caso presente.

»Nosotros, que ahora tenemos el principal mando y autoridad en toda Grecia, venimos aquí ante vosotros para pediros lo que poco antes estaba en nuestra mano otorgar a nuestra voluntad. Ni tampoco hemos venido en esta desventura por falta de gente de guerra, ni por soberbia de nuestras fuerzas y poder, sino por lo que suele suceder en todos los casos humanos: que nos engañaron nuestros pensamientos, como a todos sucede en las cosas que dependen de la fortuna. Por eso no conviene que por la súbita prosperidad y por acrecentamiento de las fuerzas y poder que tenéis, al presente penséis que os ha de durar para siempre esta fortuna, que todos los hombres sabios y cuerdos tienen por cierto no haber cosa tan incierta como la prosperidad, por lo cual siempre son más constantes, y están más enseñados a sufrir las adversidades.

»Ninguno piense que está en su mano hacer la guerra cuando bien le pareciere, sino cuando la fortuna le guía y se lo permite; y los que no se engríen ni ensoberbecen por prosperidades que les ocurran, yerran pocas veces, porque la mayor felicidad no apaga en ellos el temor y recelo. Si vosotros lo hacéis así, ciertamente os irá bien de ello; y por el contrario, si rechazáis nuestras ofertas y después os sobreviene alguna desgracia, como puede ocurrir cualquier día, no penséis en guardar lo que al presente habéis ganado, pudiendo ahora, si queréis, sin peligro ni daño alguno, dejar perpetua memoria de vuestro poder y de vuestra prudencia, pues veis que los lacedemonios os convidan a conciertos y término de la guerra, ofreciéndoos paz y alianza y toda clase de amistad y benevolencia para lo venidero, en recompensa de las cuales cosas, os demandan tan solamente los suyos que tenéis en la isla, pareciéndoles que esto es útil y provechoso a ambas partes, a vosotros para evitar por este medio el peligro que podría ocurrir si ellos se salvasen por alguna aventura, y si son presos, el de incurrir en perpetua enemistad que no se apagaría tan fácilmente. Porque cuando una de las partes que hace la guerra es obligada por la otra más poderosa, que ha llevado lo mejor de la batalla, a jurar y prometer algún concierto en ventaja del contrario, no es el convenio tan firme y valedero como cuando el victorioso, estando en su mano otorgar el concierto que quisiese al contrario, lo hace más bueno o razonable que esperaba del vencedor el vencido; que quien ve la honra y cortesía que le han hecho, no procurará contravenir a su promesa, como no haría si fuese forzado, antes trabajará por guardar y cumplir lo que prometió y tendrá vergüenza de faltar a ello.

»De esta bondad y cortesía usan los hombres grandes y magnánimos para con los que son más poderosos adversarios, antes que con los que lo son menores o iguales. Por ser cosa natural perdonar fácilmente al que se rinde de buen grado, y perseguir a los rebeldes y obstinados con peligro de nuestras personas, aunque antes no pensáramos hacerlo.

»En cuanto al caso presente, será cosa buena y honrosa para ambas partes hacer una buena paz y amistad, tal cual jamás fue hecha en tiempo alguno, antes que recibamos de vosotros algún mal o injuria sin remedio, que nos fuerce a teneros siempre odio y rencor, así en común como en particular; y antes que perdáis la posibilidad que tenéis ahora de agradarnos en las cosas que os pedimos. Por tanto, mientras que el fin de la guerra está en duda, hagamos conciertos amigables para que vosotros con vuestra gran gloria y vuestra benevolencia perpetua, y nosotros con una pérdida mediana y tolerable, evitemos la vergüenza y deshonra. Escogiendo ahora el camino de la paz en vez de la guerra, pondremos fin a los grandes males y trabajos de toda la Grecia, de los cuales todos echarán la culpa a vosotros, y os harán cargo de ellos si rehusáis nuestra demanda, pues hasta ahora los griegos hacen la guerra sin saber quién ha sido el promovedor de ella, mas cuando fuere hecho este concierto, que por su mayor parte está en vuestra mano, todos darán a vosotros solos las gracias. Sabiendo que está en vuestra mano convertir ahora a los lacedemonios en vuestros amigos y perpetuos aliados, haciéndoles antes bien que mal, mirad cuántos bienes podrán seguir de ello, pues todos los otros griegos, que como sabéis son inferiores a nosotros y a vosotros en dignidad, cuando supieren que otorgáis la paz, la aprobarán y ratificarán, y la habrán por buena».

De esta manera hablaron los lacedemonios pensando que los atenienses tenían codicia de paz si hubieran podido alcanzarla de ellos antes, y por esto aceptarían de buena gana las condiciones de ella y les darían los suyos que estaban cercados dentro de la isla. Pero los atenienses, considerando que, cercados aquéllos, podían hacer más ventajoso convenio con los lacedemonios, querían sacar mejor partido de lo que les ofrecían, mayormente por persuasión de Cleonte, hijo de Cleéneto, que entonces tenía gran autoridad en el pueblo, y era muy querido de todos. Por parecer de éste respondieron a los embajadores que ante todas cosas convenía entregasen los que estaban en la isla con todas sus armas y fuesen traídos presos a Atenas. Y hecho esto, cuando los lacedemonios devolviesen a los atenienses las villas de Nisea, Pegas, y Trecén y toda la tierra de Acaya que no habían perdido por guerra, sino por el postrer convenio con ellos, siendo obligados por la adversidad a dárselas, les podrían dar los suyos con más justa causa, y hacer algún buen concierto a voluntad de ambas partes.

A esta respuesta no contradijeron los lacedemonios en cosa alguna, pero pidieron que se designaran algunas personas notables para discutir con ellas el hecho, y que después se hiciese lo que acordaran en justicia y razón. A esto se opuso Cleonte, diciendo que debían entender, que ni entonces ni antes traían buena causa, pues no querían discutir delante de todo el pueblo sino hablar aparte en presencia de pocos, por lo cual él era de opinión que si tenían alguna cosa que alegar que fuese justa y razonable, la dijesen delante de todos. Los embajadores de los lacedemonios rehusaron hacerlo porque sabían que no les era lícito ni conveniente hablar delante de todo el pueblo, y también porque haciéndolo así, podría ser que, por tener en cuenta la necesidad y el peligro en que estaban los suyos, otorgasen alguna cosa injusta, y sabían muy bien que al llegar a noticia de sus aliados serían culpados, y, por tanto, conociendo que no podían alcanzar de los ateniense cosa buena ni razonable, partieron de Atenas sin concluir nada. Al volver con los suyos espiraron las treguas, y pidiendo los lacedemonios les devolviesen las naves que habían dado al convenirlas con los atenienses, lo rehusaron éstos, diciendo que los lacedemonios habían contravenido al convenio queriendo hacer algunas entradas en los fuertes, y culpándoles de otras cosas fuera de toda razón. Quejáronse los lacedemonios, demostrando que esto era contra la fe que les habían dado los atenienses, pero no pudieron alcanzar cosa buena de ellos, por lo cual, de una parte y de otra se aprestaron a la guerra, determinando emplear todas sus fuerzas y poder en esta empresa de Pilos, donde los atenienses tenían dos naves de guarda ordinaria en torno de la isla, que andaban costeándola de día y de noche, menos cuando hacía gran viento. Además les enviaron otras veinte naves de refresco, de manera que reunieron setenta.

De la otra parte, los peloponenses tenían plantado su campo en tierra firme y hacían sus acometidas a menudo a los fuertes y parapetos del lugar, espiando de continuo para ver si de alguna manera podían salvar a los que estaban en la isla.

III

Mientras que las cosas pasaban en Pilos de la manera que hemos contado, en Sicilia los siracusanos y sus aliados rehicieron su armada con barcos nuevos y con los que los mesenios les habían enviado, y guerreaban desde Mesena contra los de Reggio a instigación de los locros, que por la enemistad con los de Reggio habían ya entrado en sus términos con todas sus fuerzas por tierra, y parecióles a los siracusanos que sería bueno probar fortuna por mar y pelear en ella, porque los atenienses no tenían entonces gran número de naves en Sicilia, aunque era de creer que cuando supiesen que los siracusanos rehacían su armada para sujetar toda la isla, les enviarían más naves de socorro. Parecíales que si lograban la victoria por mar fácilmente, como esperaban, podrían tomar la ciudad de Reggio antes que el socorro de los atenienses llegase. Teniéndola por suya y estando situada sobre un cerro o promontorio a la orilla de la mar en la parte de Italia, y también a Mesena frente a ella, en la isla de Sicilia, podrían fácilmente estorbar que los atenienses pasasen por el estrecho que separa Italia de Sicilia, el cual es llamado Caribdis, y dicen que Odiseo lo pasó cuando volvía de Troya. No sin causa es llamado así, porque corre con gran ímpetu entre el mar de Sicilia y el mar Tirreno.

Los siracusanos se juntaron allí cerca de la noche con su armada y la de sus aliados, que formarían treinta naves, para dar la batalla a los atenienses que tenían suyas diez y seis y otras ocho de los de Reggio, con las cuales pelearon contra ellos de tal manera que ganaron la victoria, y pusieron a los siracusanos en huida salvándose cada cual lo mejor que pudo y acogiéndose a Mesena, sin que hubiese más que un navío de pérdida, porque la noche los separó.

Pasada esta victoria, los locros levantaron su campo que tenían delante de Reggio y volvieron a sus tierras. Mas poco después los siracusanos y sus aliados juntaron su armada y fueron a la costa de Pelorón, en tierra de Mesena, donde tenían su infantería y donde también llegaron los atenienses y los de Reggio, y viendo las naves de los siracusanos vacías las acometieron, mas habiendo embestido con una y echados sus arpones de hierro la perdieron, aunque la gente que estaba dentro se salvó a nado. Cuando los siracusanos que habían entrado en ella la llevaban hacia Mesena, los atenienses volvieron a acometerles para recobrar la nave, pero al fin fueron rechazados y perdieron otra nave. De esta manera los siracusanos, vencidos primero, en la segunda batalla se retiraron con honra al puerto de Mesena sin haber perdido más que los enemigos, y los atenienses se fueron a Camarina avisados de que un ciudadano llamado Arquías y sus secuaces querían entregar la ciudad a los siracusanos por traición. Entretanto, todos los de Mesena salieron por mar y tierra contra la ciudad de Naxos, que está en la región de Calcida y tierra de los mismos mesenios. Al llegar, salieron los de Naxos al encuentro por tierra, pero los rechazaron hasta dentro de las puertas y los siracusanos comenzaron a robar y talar las tierras alrededor de la ciudad, y después la sitiaron.

Al día siguiente, los que estaban en la mar abordaron a la ribera de Acesines, la robaron y talaron. Sabido este mal por los sicilianos que moraban en las montañas, se reunieron y bajaron a tierra de los mesinenses, y de allí fueron a socorrer a los de Naxos, que al verles ir en su ayuda cobraron corazón, y animándose unos a otros, porque eran los leontinos y otros griegos moradores de Sicilia los que les socorrían, volvieron a salir de la ciudad y de repente dieron en los contrarios con gran ímpetu, matando más de mil y los otros se salvaron con gran trabajo, porque los bárbaros y otros naturales de la tierra que salieron a cortarles el paso por los caminos mataron muchos.

Las naves que antes se recogieron a Mesena volvieron cada cual a su tierra, por lo cual los leontinos y sus aliados con los atenienses se esforzaron en poner cerco a Mesena, sabiendo de cierto que estaban muy trabajados los de dentro. Fueron, pues, los atenienses por la mar a sitiar al puerto, y los otros por tierra a sitiar los muros, pero los de Mesena, con una banda de los locros que había quedado de guarnición al mando de Demóstenes, salieron contra los de tierra y los desbarataron matando a muchos. Viendo esto, los atenienses de la armada salieron de sus barcos para socorrerles y cargaron contra los mesinenses, de suerte que los hicieron entrar en la villa huyendo. Dejaron allí su trofeo puesto en señal de victoria y se volvieron a Reggio.

Pasado esto, los griegos que habitan en Sicilia, sin ayuda de los atenienses, emprendieron la guerra unos contra otros.

IV

Teniendo los lacedemonios cercado a Pilos, y estando los suyos sitiados por los atenienses en la isla, según arriba contamos, la armada de los atenienses estaba en gran necesidad de vituallas y de agua dulce, porque había un solo pozo situado en lo alto de la villa y era bien pequeño. Veíanse, pues, obligados a cavar a la orilla del mar en la arena, y sacar de aquélla agua mala como puede suponerse. Además, el lugar donde tenían su campo era muy estrecho, y las naves no estaban seguras en la corriente; por lo que unas recorrían la costa para coger vituallas, y otras se detenían en alta mar echadas sus áncoras. Angustiaba también a los atenienses que la cosa fuera más larga de lo que al principio creían, porque parecíales que los que estaban en la isla, no teniendo vituallas ni agua dulce, no podían estar tanto tiempo como estuvieron por la provisión que hicieron los lacedemonios para socorrerles, los cuales mandaron pregonar por edicto público que a cualquiera que llevase a los que estaban dentro de la isla provisiones de harina, pan, vino, carne u otras vituallas, darían gran suma de dinero, y si fuese siervo o esclavo alcanzaría libertad; a causa de lo cual muchos se arriesgaban a llevarlas, principalmente los esclavos por el deseo que tenían de ser libres, pasando a la isla por todos los medios que podían, los más de ellos de noche y por alta mar, sobre todo cuando el viento soplaba de la mar hacia tierra, pues con él iban más seguros sin ser sentidos de los enemigos que estaban en guarda, por no poder buenamente estar en torno de la isla cuando reinaba aquel viento más próspero y favorable a los que de alta mar iban a la isla, porque los llevaba hacia ella. Los que estaban dentro los recibían con armas, pero todos los que se aventuraron a pasar en tiempo de bonanza fueron presos. También había muchos nadadores que pasaban buceando desde el puerto hasta la isla, y con una cuerda tiraban de unos odres que tenían dentro adormideras molidas con miel y simiente de linaza majada con que socorrieron a los de la isla muchas veces, antes que los atenienses los pudiesen sentir; mas haciéndolo a menudo, fueron descubiertos y pusieron guardas. Cada cual de su parte hacía lo posible, unos para llevar vituallas y los otros para estorbarlo.

En este tiempo, los atenienses que estaban en Atenas, sabiendo que los cercados en Pilos se encontraban en gran apuro, y que los contrarios metidos en la isla a gran pena podían tener vituallas, sospechando que, al llegar el invierno que se acercaba, los suyos tuvieran grandes necesidades estando en lugar desierto, porque en aquel tiempo sería difícil costear el Peloponeso para abastecerles de vituallas, que no era posible por el poco tiempo que quedaba del verano proveerles de todas las cosas que les serían necesarias en abundancia, y que sus naves no tenían puerto ni playa allí donde pudiesen estar seguras; y por otra parte, que cesando la guarda en torno de la isla, los que estaban allí se podrían salvar en los mismos navíos que les llevaban provisiones cuando la mar lo per-mitiera, y sobre todo que los lacedemonios, viéndose con alguna ventaja, no volverían a pedir la paz, estaban bien arrepentidos de no haberla aceptado cuando se la ofrecieron. Sabiendo Cleonte que todos opinaban había sido él solo la causa de estorbarla, dijo que los negocios de la guerra no estaban de la suerte que les daban a entender, y como los que habían dado cuenta de ellos pedían que enviasen otros para saber la verdad, si no lo creían, se acordó que el mismo Cleonte y Teógenes fuesen en persona; pero considerando Cleonte que, en tal caso, veríase forzado o a referir lo mismo que los primeros, o diciendo lo contrario, aparecer mentiroso, persuadió al pueblo, que veía muy inclinado a la guerra, a que enviasen algún socorro de gente más de los que habían determinado enviar antes, diciendo que más valía hacerlo así que gastar tiempo esperando la respuesta de los que fueran a saber la verdad, porque entretanto podría llegar el socorro que enviaban, y dirigiéndose a Nicias, hijo de Nicérato, uno de los caudillos de la armada que estaba en Pilos, enemigo y competidor suyo, dijo que con aquel socorro, si los que mandaban en Pilos eran gente de corazón, podrían fácilmente coger a los que estaban en la isla; y que si él se hallase allí, no dudaría en salir con la empresa. Entonces Nicias, viendo al pueblo descontento de Cleonte, considerando que si la cosa era tan fácil a su parecer no rehusaría ir a la jornada, y también porque el mismo Cleonte le echaba la culpa, le dijo que pues hallaba la empresa tan segura tomase el cargo de ir con el socorro, que de buena gana le daba sus veces para ello. Cleonte, pensando al principio que Nicias no lo decía de veras, sino cuidando que no lo haría aunque lo decía, no curó de rehusarlo; pero viendo que aquél perseveraba en su propósito, se excusó lo mejor que pudo diciendo que él no había sido elegido para aquel cargo, sino Nicias. Cuando el pueblo vio que Nicias no lo decía por fingimiento, sino que de veras quería dejar su cargo a Cleonte, e insistía en que lo aceptase, el vulgo, siempre amigo de novedades, mandó a Cleonte que lo desempeñara, y viendo éste que no podía rehusarlo, pues se había ofrecido a ejercerlo, determinó aceptarlo, gloriándose de que él no temía a los lacedemonios y quería hacer aquella jornada sin tomar hombres de Atenas, sino sólo a los soldados de Lemnos y de Imbros, que a la sazón estaban en la ciudad, todos bien armados, algunos otros armados sólo de lanza y escudo, que habían sido enviados en ayuda de Eno, y con éstos algunos flecheros que tomarían de otra parte hasta el número de cuatrocientos. Con éstos y con los que ya estaban en Pilos se alababa de que dentro de veinte días traería a los lacedemonios que estaban en la isla presos a Atenas, o los mataría. De estas vanaglorias y jactancias comenzaron a reírse los atenienses, y por otra parte se holgaron mucho pensando que ocurriría una de dos cosas: o que por este medio serían libres de la importunidad de Cleonte, que ya les era pesado y enojoso, si faltaba en aquello de que se alababa, según tenía por cierto la mayor parte de ellos, o que, si salía con la empresa, traería los lacedemonios a sus manos.

Estando la cosa así determinada en público ayuntamiento del pueblo, por unanimidad fue nombrado Cleonte capitán de la armada en lugar de Nicias, y Cleonte nombró por su acompañante a Demóstenes, que estaba en el campo con gente, porque había entendido que opinaba acometer a los de la isla, y que también los soldados atenienses, viendo lo mal dispuesto del lugar donde estaban sobre el cerco, y que les parecía estar más cercados que aquellos a quien cercaban, deseaban ya aventurar sus personas para esto. También les daba mayor ánimo que la isla estaba ya descubierta por muchas partes donde habían quemado leña de los montes, pues al principio, cuando la pusieron cerco, era tan espesa la arboleda que impedía caminar por ella, lo cual fue causa de que Demóstenes, cuando le pusieron cerco al principio, temiese entrar, suponiendo que escondidos en el bosque los enemigos podrían hacer mucho daño a los suyos, sin riesgo, por saber los senderos y tener donde ocultarse. Además, por mucha gente que tuviese no podría llegar con toda ella a socorrer de pronto donde fuese menester, porque se lo estorbarían las espesuras. Sobre todas estas razones que movían a Demóstenes les infundía más temor pensar la pérdida que sufrieron en Etolia, ocurrida en parte por causa de las espesuras.

Sucedió que algunos de los que estaban en la isla, saliendo al extremo de ella donde hacían la guardia, encendieron fuego para guisar y levantóse tan gran viento que extendió el fuego, quemándose gran parte del bosque, por lo que Demóstenes paró mientes en que había muchos más contrarios que él pensaba, y viendo que tenían más fácil entrada en la isla a causa de aquel fuego, le pareció buen consejo acometer a los enemigos lo más pronto que pudiese. Preparadas las cosas necesarias para ha-cerlo y llamados en ayuda los compañeros de guerra y los vecinos más cercanos, llególe nueva de que se acercaba Cleonte con el socorro que había pedido a los atenienses, y determinó esperarle.

Cuando Cleonte llegó, conferenciaron y parecióles bien enviar un heraldo a los lacedemonios que cercaban a Pilos, para saber si querían mandar que los que estaban en la isla se rindiesen con sus armas a condición de quedar presos hasta que se determinase sobre todo el hecho de la guerra; pero al saber la respuesta que trajo el heraldo de que los lacedemonios no querían aceptar el partido, descansaron aquel día, y llegada la noche, metieron la mayoría de su gente de guerra en algunos navíos, desembarcando en la isla al alba por dos puntos, por la parte del puerto y por la de alta mar, unos ochocientos. En seguida empezaron a recorrer la tierra hacia donde estaban los centinelas de los enemigos aquella noche, que serían hasta treinta, porque los otros, o la mayor parte de ellos, estaban en un lugar descubierto, casi a media legua, cercado de agua, con Epidatas, su capitán, y otros al cabo de la isla por parte de Pilos. A éstos no podían acometerles por la mar a causa de que la isla por aquel lado estaba muy alta y no se podía subir ni entrar, y de la parte de la villa era mala de entrar por un castillo viejo de piedra tosca que los enemigos guardaban para su defensa y amparo si perdían los otros puntos. Los que iban contra las centinelas los hallaron durmiendo, de manera que antes que se pudiesen armar fueron todos muertos, porque no sospechaban mal ninguno, ni pensaban que desembarcarían por aquel punto, pues aunque oyeron a las naves remar a lo largo de la costa, pensaban que eran los que hacían la guarda de noche, según costumbre.

Pasado esto, cuando fue de día claro, los demás de la armada, que estaban aún metidos en sus barcos que habían abordado a la isla, en número de sesenta naves, saltaron en tierra así los que estaban primero en el cerco como los que trajo Cleonte consigo, excepto los que quedaban en guarda del campo y de las municiones, que serían entre todos ochocientos flecheros y otros tantos de lanzas y escudos armados a la ligera. A todos los puso Demóstenes en orden y los repartió en diversas compañías, una distante de otra, a doscientos hombres por cada compañía, y en alguna parte había menos, según la capacidad del lugar donde estaban. Mandóles que fuesen ganando tierra hacia lo más alto para que llegasen a dar de noche sobre los enemigos y apretarles por todas partes, de suerte que no supiesen donde irse por la multitud de gente que cargara sobre ellos por todos lados. Así se hizo, y cercados los lacedemonios, les acometían por todas partes. De cualquiera que se volvían, eran atacados a retaguardia por los que iban armados a la ligera, que les alcanzaban pronto, y por los flecheros que los herían de lejos con flechas, dardos y piedras tiradas con mano y con honda, de manera que esperándose un poco, caían sobre ellos, porque éstos tienen la costumbre de vencer cuando parece que van huyendo, pues nunca cesan de tirar, y cuando los enemigos se vuelven, revuelven sobre ellos por las espaldas. Este orden guardó Demóstenes en la pelea así al entrar en la isla como después en todos los combates que hubo en ella.

Cuando Epidatas y los que estaban con él, que eran los más en número, vieron que sus guardas y los del primer fuerte habían sido rechazados, y que todo el tropel de los enemigos venía contra ellos, se pusieron en orden de batalla y quisieron marchar contra los atenienses que venían de frente, mas no pudieron venir a las manos ni mostrar su valentía, porque los tiradores y flecheros atenienses y los armados a la ligera que iban por los lados se los estorbaban, por lo cual esperaron a pie firme. Los atenienses armados a la ligera los apretaban, y fingiendo que huían, se defendían y trabajaban por guarecerse entre las peñas y lugares ásperos, de suerte que los lacedemonios, armados de gruesas armas, no los podían seguir. Así pelearon algún tiempo escaramuzando. Después, viendo los atenienses armados a la ligera que los lacedemonios estaban cansados de resistirles tanto tiempo, tomaron más corazón y osadía y se mostraron muchos más en número, porque no hallaban a los lacedemonios tan valientes ni esforzados como pensaban al principio cuando entraron en la isla, pues entonces iban con temor contra ellos por la gran fama de su valentía. Todos a una, con gran ímpetu y con grandes voces y alaridos, dieron sobre ellos tirándoles flechas, piedras y otros tiros, lo que cada cual tenía a mano. La grita y esta manera nueva de combatir, dejó a los lacedemonios, que no estaban acostumbrados, atónitos y espantados. Por otra parte, el polvo de la ceniza que salía de los lugares donde habían encendido fuego era tan grande en el aire, que no se podían ver, ni por este medio evitar los tiros contra ellos, quedando muy perplejos porque sus celadas y morriones de hierro no los guardaban del tiro, y sus lanzas estaban rotas por las piedras y otros tiros que les tiraban los contrarios. Además, estando cercados y acometidos por todas partes, no podían ver a los que les atacaban, ni oír lo que les mandaban sus capitanes por la gran grita de los enemigos, ni sabían qué hacer ni veían manera para salvarse. Finalmente, estando ya la mayor parte de ellos heridos, se retiraron todos hacia un castillo al término de la isla, donde había una parte de los suyos. Viendo esto los atenienses armados a la ligera, los apretaron más osadamente con gran grita y con muchos tiros, y a todos aquellos que veían apartados del escuadrón los mataban, aunque una gran parte de los lacedemonios se salvaron por las espesuras y se unieron a los que estaban en guarda del castillo, y todos se aprestaron para defenderlo por la parte que los pudiesen acometer. Los atenienses los seguían de más cerca, y viendo que no podían sitiar el lugar por todos los lados por la dificultad del terreno, se pusieron en un lugar más alto, de donde, a fuerza de tiros y por cuantos medios pudieron, procuraron lanzarlos del castillo donde se defendían obstinadamente, y de esta manera duró el combate la mayor parte del día por lo cual todos, así de una parte como de la otra, estaban muy trabajados por el sol, la sed y el cansancio.

Estando las cosas en estos términos, y viendo el capitán de los mesenios que no llevaban camino de terminar, vino a Cleonte y a Demóstenes, y díjoles que en balde trabajaban para coger a los enemigos por aquella vía; pero que si le daban algunos hombres de a pie armados a la ligera y algunos flecheros, procuraría cogerlos descuidados por la espaldas, entrando por donde mejor pudiese. Diéronselos, y los llevó lo más encubiertamente que pudo por las rocas, peñas y otros lugares apartados, rodeando la isla tanto que vino a un lugar donde no había guarda ni defensa alguna ni les parecía a los lacedemonios que la habían menester, por ser inaccesible, y con gran trabajo subió hasta la cumbre. Cuando los lacedemonios se vieron asaltados por la espalda, espantáronse y casi perdieron la esperanza de poder salvarse, y los atenienses, que los acometían de frente, se alegraron como quien está seguro de la victoria.

Los lacedemonios se hallaron cercados, ni más ni menos que como los que peleaban contra los persas en las Termópilas, si se puede hacer comparación de cosas grandes a pequeñas, pues así como aquéllos fueron atajados por todas partes por las sendas estrechas de la montaña, y al fin muertos todos por los persas, así también éstos, siendo acosados por todos lados y heridos, no se podían defender; y viendo que peleaban tan pocos contra tantos enemigos, y que estaban desfallecidos y cansados, y casi muertos de hambre y de sed, no curaban de resistir, sino que abandonaban muros y defensas, ganando los atenienses todas las entradas del lugar. Observaron Cleonte y Demóstenes que, mientras menos se defendían los enemigos morían más, y con el deseo de llevarlos prisioneros a Atenas si se querían entregar, mandaron retirar a los suyos y pregonar que se rindieran. Muchos lacedemonios lanzaron sus escudos a tierra y sacudieron las manos, lo cual era señal que aceptaban el partido, habiendo tregua por corto tiempo, durante la cual conferenciaron Cleonte y Demóstenes de parte de los atenienses, y Estifón, hijo de Fóraque, de la de los lacedemonios, porque Epidatas había muerto en la batalla, y el Hipagreto, que le sucedió en el mando, estaba herido y en tierra entre los muertos, aunque vivo aún. Los representantes de los lacedemonios dijeron a Cleonte y Demóstenes que antes de aceptar el partido, querían saber el parecer de sus caudillos, que estaban en tierra firme; y viendo que los atenienses no se lo querían otorgar, llamaron en alta voz a los heraldos de aquéllos hasta tres veces; al fin vino uno de los heraldos en una barca, y les dijo de parte de los jefes que aceptasen las condiciones que les pareciesen honrosas; y consultado sobre esto entre sí, se rindieron con sus armas a merced de los enemigos.

Así estuvieron toda aquella noche y el día siguiente, guardados como prisioneros, y al otro día por la mañana los atenienses levantaron trofeo en señal de victoria en la misma isla, repartieron los prisioneros en cuadrillas y les dieron en guarda a los trierarcas. Pasado esto, se prepararon para volver a Atenas y otorgaron a los lacedemonios los muertos para sepultarlos. De cuatrocientos veinte que había en la isla, se hallaron prisioneros doscientos ochenta, entre ellos ciento veinte de Esparta; los demás fueron muertos por los atenienses, no siendo muchos porque no se luchó cuerpo a cuerpo.

El tiempo que los lacedemonios estuvieron en la isla cercados desde la primera batalla naval hasta la postrera, fue setenta y dos días, de los cuales tuvieron vituallas durante los veinte que los embajadores fueron y vinieron de Atenas por el convenio hecho; el tiempo restante se mantuvieron con lo que les traían por mar escondidamente, y aun después de la última batalla se halló en su campo trigo y otras provisiones, porque Epidatas, su capitán, se las repartía muy bien según que la necesidad obligaba. De esta manera se separaron los atenienses y los lacedemonios de Pilos, y volvieron cada cual a su casa, y así se cumplió la promesa que arriba dijimos había hecho Cleonte a los ateniense al tiempo de su partida, aunque loca y presuntuosa, porque llevó los enemigos prisioneros dentro de los veinte días según había prometido.

Esta fue la primera cosa que sucedió en aquella guerra contra el parecer de todos los griegos, porque no esperaban que los lacedemonios, por hambre, ni sed, ni otra necesidad que les ocurriese, se rindieran y entregaran las armas, sino que pelearían hasta la muerte; y si los que se rindieron hubieran igualado en esfuerzo a los que murieron peleando, no se entregaran de aquella manera a los enemigos. De aquí que después que los prisioneros fueron llevados a Atenas, preguntando uno de ellos a manera de escarnio, por un ateniense, si sus compañeros muertos en la batalla eran valientes, le respondió de esta manera: «Mucho sería de estimar un dardo que supiese diferenciar los buenos de los ruines», queriendo decir que sus compañeros habían sido muertos por pedradas y flechas que les tiraban de lejos, y no a las manos, por lo que no se podía juzgar si murieron o no como bravos.

Los atenienses mandaron guardar a los prisioneros hasta hacer algún convenio con los peloponenses, y si entretanto entraban en su tierra, matarlos.

En cuanto a lo demás, los atenienses dejaron guarnición en Pilos, y aun sin esto los mesenios enviaron desde el puerto de Naupacto algunos de los suyos que les parecieron más convenientes para estar allí, porque en otro tiempo el lugar de Pilos solía ser tierra de Mesenia, y los que la habitaban eran corsarios y ladrones que robaban la costa de Laconia, y hacían muchos males, valiéndose de que todos hablaban la misma lengua.

Esta guerra amedrentó a los lacedemonios, por no estar acostumbrados a hacerla de aquel modo, y porque los ilotas se pasaban a los enemigos. En vista de ello, enviaron secretamente embajadores a los atenienses para saber si podrían recobrar a Pilos y a sus prisioneros; pero los atenienses, que tenían los pensamientos más altos y codiciaban mucho más después de muchas idas y venidas, los despidieron sin concluir nada. Este fin tuvieron las cosas de Pilos.

V

Pasadas estas cosas, y en el mismo verano, los atenienses fueron a hacer la guerra de Corinto con ochenta naves y dos mil hombres de a pie, todos atenienses, y en otros barcos bajos para llevar caballos fueron doscientos hombres de caballería; también iban en su compañía para ayudarles en esta empresa, los de Mileto, Andros y los caristios, y por general Nicias, hijo de Nicérato, con otros dos compañeros. Navegando a lo largo de la tierra entre Queronea y Rito, al alba del día se hallaron frente a un pequeño cerro llamado Soligea, desde donde antiguamente los dorios guerrearon contra los etolios, que estaban dentro de la ciudad de Corinto, y hoy día hay en él un castillo que tiene el mismo nombre del cerro. Dista de la orilla del mar por donde pasan las naves, cerca de doce estadios, de la ciudad unos sesenta, y del estrecho llamado Istmo, veinte. En este cerro los corintios, avisados de la llegada de los atenienses, reunieron todo su ejército, excepto los que habitan fuera del estrecho en la tierra firme, de los cuales quinientos habían ido a Ambracia y a Léucade para guardarlas. Pero como los atenienses pasasen de noche delante de ellos sin ser oídos ni vistos, cuando entendieron por la señal de los que estaban en las atalayas que habían pasado de Soligea y saltado en tierra, distribuyeron su ejército en dos cuerpos: el uno se situó en Queronea para socorrer la villa de Cromión si los atenienses la atacaban, y el otro fue a socorrer a los moradores de la costa donde los atenienses desembarcaron.

Habían los corintios nombrado para esta guerra dos capitanes, uno llamado Bato, el cual con una parte del ejército se metió dentro del castillo de Soligea, que no era muy fuerte de muros para defenderla, y el otro, llamado Licofrón, salió a combatir a los atenienses que habían saltado en tierra, y encontró la extrema derecha de su ejército, en la cual iban los caristios a retaguardia, acometiéndoles valerosamente y trabando una pelea muy ruda, donde todos venían a las manos, mas al fin los corintios fueron rechazados hasta la montaña donde había algunos parapetos de murallas derrocadas. Haciéndose fuertes en este lugar, que era muy ventajoso para ellos, hicieron retirarse a los enemigos a fuerza de pedradas.

Cuando vieron los corintios a los enemigos en retirada, cobraron ánimo, y salieron otra vez contra ellos, empeñándose de nuevo la batalla, más encarnizada que la primera vez. Estando en lo más recio de ella, vino en socorro de los corintios una compañía, y con su ayuda rechazaron a los atenienses hasta la mar, donde se juntaron todos los de Atenas y volvieron a rechazar a los corintios. Entretanto, la otra gente de guerra peleaba sin cesar unos contra otros. A saber, el ala derecha de los corintios, en la cual estaba Licofrón, contra la de los atenienses, temiendo que ésta atacase el castillo de Soligea, y así duró la batalla largo tiempo, sin que se conociese ventaja de una ni de otra parte; mas al fin los de a caballo que acudieron en ayuda de los atenienses dieron sobre los corintios y los dispersaron, retirándose éstos a un cerro, donde, no siendo perseguidos, se desarmaron y reposaron. En este encuentro murieron muchos corintios, y entre otros Licofrón, su capitán, los otros todos se retiraron al cerro y allí se hicieron fuertes, no cuidando los enemigos de seguirles y retirándose a despojar los muertos. Después levantaron trofeo en señal de victoria.

Los corintios que se habían quedado en Queronea no podían ver nada de esta batalla, porque el monte Oneón, que estaba en medio, lo impedía; más viendo la polvareda muy espesa, y conociendo por esta señal que había batalla, vinieron con gran diligencia en socorro de los suyos, y juntamente con ellos los viejos que habían quedado en la ciudad. Advirtieron los atenienses que iban contra ellos, y creyendo que eran los vecinos y comarcanos de los corintios, de tierra de peloponenses que acudían en su socorro, se acogieron a los barcos con los despojos de los enemigos y los cuerpos de los suyos que perecieron en la batalla, excepto dos que no pudieron hallar ni reconocer, los cuales recobraron después por convenio con los corintios. Embarcados, partieron hacia las islas más cercanas, y hallóse que habían muerto en aquella jornada de los corintios doscientos veinte, y de los atenienses cerca de cincuenta.

Los atenienses fueron después a Cromión, que es de tierra de los corintios, y está apartada de Corinto ciento veinte estadios, y allí estuvieron una noche y un día saqueándola. Desde Cromión vinieron a Epidauro, y de allí tomaron su derrota para Metana, que está entre Epidauro y Trecén, ganando el estrecho de Queronea donde está situada Metana, que fortificaron y guarnecieron con su gente, la cual después de algún tiempo hizo muchos robos en tierra de Trecén, Halieo y Epidauro. Hecho esto, los atenienses volvieron a su tierra.

VI

Al mismo tiempo que pasaban estas cosas, Eurimedonte y Sófocles, capitanes de los atenienses, partieron con su armada para ir a Sicilia y descendieron en tierra de Corcira. Estando allí salieron al campo juntamente con los ciudadanos contra los desterrados que, habiéndose hecho fuertes en el monte de Istona, ocuparon todas las inmediaciones de la ciudad y hacían gran daño a los que estaban dentro. Acometiéndoles, les ganaron los parapetos que habían hecho, obligándoles a huir y a retirarse a un lugar más alto de la montaña, donde, puestos en gran aprieto, se rindieron con condición de entregar todos los extranjeros que habían ido en su ayuda a la voluntad de los atenienses y corcirenses y que los naturales de la ciudad estuviesen en guarda hasta tanto que los atenienses conociesen de su causa y determinasen lo que querían hacer de ellos, y si entretanto se hallase que un solo hom-bre de ellos contraviniera a este convenio o quisiese huir, dejara de aplicarse a todos en general. En cumplimiento de este contrato fueron llevados a la isla de Ptiquia; pero sospechando los principales de Corcira que los atenienses por piedad no los mandasen matar como ellos deseaban, inventaron este engaño. Primeramente enviaron a la isla algunos amigos de los desterrados que allí estaban, los cuales les hicieron entender que los atenienses tenían determinado entregarlos a los corcirenses, por lo cual harían bien en procurar salvarse prometiéndoles navíos para ello. Con este consejo acordaron escaparse y, embarcados ya, fueron presos por los mismos corcirenses.

Roto de esta manera el contrato arriba dicho, los capitanes atenienses entregaron los presos a la voluntad de los corcirenses, aunque primero fueron advertidos del engaño; mas lo hicieron, porque debiendo partir de allí para Sicilia, pesábales que otras personas tuviesen la honra de llevar a Atenas a los que ellos habían vencido. Puestos los prisioneros en manos de los de la ciudad de Corcira, fueron todos metidos en un gran edificio y después los mandaron sacar fuera de veinte en veinte atados y pasar por medio de dos hileras de hombres armados. Al pasar por la calle, antes que llegasen donde estaban los hombres armados, los que tenían algún odio particular contra alguno de ellos, le picaban y punzaban y asimismo los verdugos que los llevaban los herían cuando no se apresuraban; finalmente, al llegar adonde estaban los armados puestos en orden, fueron muertos y hechos piezas por éstos, y de esta manera en tres veces, de veinte en veinte, mataron sesenta antes que los otros que quedaban dentro de la prisión en el edificio supiesen nada, porque pensaban que les mandaban salir de allí para llevarlos a otra prisión; pero al avisarles lo que sucedía comenzaron a dar gritos y a llamar a los atenienses, diciendo que querían ser muertos por éstos si así era su voluntad y que no dejarían a otras personas entrar en la prisión donde estaban mientras tuviesen aliento. Viendo esto los corcirenses, no quisieron romper la puerta de la prisión, sino que subieron encima del edificio y quitaron la techumbre por todas partes y después, con tejas y piedras, tiraban a los que estaban dentro y los mataban, a pesar que los prisioneros se escondían lo más que podían y muchos se mataban con sus propias manos, unos con las flechas que les tiraban sus contrarios metiéndoselas por la garganta y los otros ahogándose con los lienzos de sus lechos y con las cuerdas que hacían de sus vestidos, de suerte que entre aquel día y la noche siguiente fueron todos muertos

Al otro día por la mañana llevaron sus cuerpos en carretas fuera de la ciudad, y todas sus mujeres que se hallaban con ellos dentro de la prisión fueron hechas siervas y esclavas. Así acabaron los desterrados por haberse rebelado en la ciudad de Corcira, y tuvieron fin aquellos bandos y rebeliones habidas por causa de esta guerra de que al presente hablamos, porque de las rebeliones anteriores no quedaba raíz ninguna de que se pudiese tener sospecha por entonces.

VII

Después de estas cosas, los atenienses arribaron en Sicilia con su armada, y, unidos a sus aliados, comenzaron la guerra contra sus enemigos comunes. En este mismo verano, los atenienses y los acarnanios que estaban en Nau-pacto tomaron por traición la ciudad de Anactorión situada a la entrada del golfo de Ambracia, que es de los corintios, la cual habitaron después los acarnanios, expulsando a todos los corintios que en ella moraban. Y en esto pasó el verano.

Al principio del invierno, Arístides, hijo de Arquipo, uno de los capitanes de la armada de los atenienses enviada a cobrar de los aliados la suma de dinero que había de dar para ayuda de la guerra, encontró en el mar un barco junto al puerto de Eión, en la costa de Estrimón y en él venía un persa que el rey Artajerjes enviaba a los lacedemonios, llamado por nombre Artafernes, al que prendió con las cartas que traía y llevándole a Atenas, donde fueron éstas traducidas de lengua persa al griego. Entre otras cosas, contenían que el rey se maravillaba mucho de los lacedemonios y no sabía la causa porque le habían enviado varios mensajes discordantes, y que si le querían hablar claramente, le enviasen personas con Artafernes, su embajador, que le diesen a entender su voluntad.

Algunos días después los atenienses enviaron a Artafernes a Éfeso con embajadores para el rey Artajerjes, su señor; pero al llegar tuvieron nueva de la muerte de este rey y volvieron a Atenas.

En este mismo invierno, los de Quío fueron obligados por los atenienses a derrocar un muro que habían hecho de nuevo en torno de su ciudad, por sospechar éstos que quisiesen tramar algunas novedades o revueltas, aunque los de Quío se disculpaban buenamente, ofreciéndoles dar seguridad bastante de que no innovarían cosa alguna contra los atenienses. Pasó el invierno, que fue el fin del séptimo año de la guerra que escribió Tucídides.

Al comienzo del verano siguiente, cerca de la nueva luna, hubo eclipse de sol y en este mismo mes en toda Grecia un gran temblor de tierra. Los desterrados de Mitilene y de la isla de Lesbos, con gran número de gente de la tierra firme donde se habían acogido y de los del Peloponeso, tomaron por fuerza la ciudad de Reteón, aunque pocos días después la devolvieron, sin hacer en ella daño, por 2.000 estateras de moneda focea que les dieron; de allí se fueron a la ciudad de Antandro, la cual tomaron por traición, valiéndose de algunos que estaban dentro e intentaban libertar las otras ciudades llamadas acteas, que en otro tiempo habían sido habitadas por los mitilenos y a la sazón las poseían los atenienses. La causa principal de querer tomar la ciudad de Antandro era porque les parecía muy a propósito para hacer naves, a causa de la mucha madera que en ella hay, y en la isla de Ida que está cercana, y también porque desde allí podían hacer la guerra muy sin peligro a los de la próxima isla de Lesbos y asimismo tomar y destruir los lugares de los eolos, que estaban en tierra firme.

En este mismo verano los atenienses enviaron sesenta naves y en ellas dos mil hombres de a pie y algunos de a caballo y los aliados milesios y de otros pueblos, a las órdenes de Nicias, hijo de Nicérato, de Nicóstrato, hijo de Diítrefes, y de Antocles, hijo de Tolmeo, para hacer la guerra a los de Citera. Es Citera una isla frente a Laconia, de la parte de Malea, habitada por lacedemonios, los cuales enviaban allí cada año sus gobernadores y tenían en ella gente de guarnición para guardarla, pues la apreciaban mucho por ser feria y mercado para las mercaderías que venían por mar de Egipto y de Libia, y también porque impedía robar la costa de Laconia, por su situación entre el mar de Sicilia y el de Creta.

Al arribar los atenienses a esta isla con diez naves y dos mil milesios, tomaron una ciudad a la orilla del mar, llamada Escandea. La armada restante fue por la costa hacia donde está la ciudad de Malea y se dirigió a una ciudad principal, que está junto al mar, llamada Citera, donde halló a los citerenses todos en armas esperándoles fuera de la población. Acometiéronles, y después de defenderse gran rato, les hicieron retirarse a la parte más alta de la ciudad, rindiéndose en seguida a Nicias y a los otros capitanes atenienses, con condición de que les salvasen las vidas. Antes de entregarse, algunos conferenciaron con Nicias para ordenar las cosas que habían de hacer a fin de que el convenio se ejecutase más pronto y seguramente.

Ganada la ciudad, los atenienses trasladaron todos los griegos a habitar en otra parte, porque eran lacedemonios y también porque la isla estaba frente a la costa de Laconia.

Después de tomar la ciudad de Escandea, que es puerto de mar, y de poner guarnición en Citera, navegaron hacia Asina y Helos y otros lugares marítimos, donde saltaron en tierra e hicieron mucho daño durante siete días.

Los lacedemonios, viendo que los atenienses tenían a Citera y temiendo les acometiesen desde allí, no quisieron enviar gruesa armada a parte alguna contra sus enemigos, sino que repartieron su gente de guerra en diversos lugares de su tierra que les pareció tener más necesidad de defensa y también porque algunos de éstos no se rebelasen considerando la gran pérdida de su gente en la isla junto a Pilos, la pérdida de Pilos y de Citera y la guerra que les habían movido por todas partes, cogiéndoles desprovistos. Para esto tomaron a sueldo, contra su costumbre, trescientos hombres de a caballo y cierto número de flecheros, y si en algún tiempo fueron perezosos en hacer la guerra, entonces lo fueron mucho más, excepto en aprestos marítimos, mayormente teniendo que guerrear con los atenienses, que ninguna cosa les parecía difícil sino lo que no querían emprender. Tenían además en cuenta muchos sucesos que les habían sido contrarios por desgracia y contra toda razón, temiendo sufrir alguna otra desventura como la de Pilos. Por esto no osaban acometer ninguna empresa, creyendo que la fortuna les era totalmente contraria y que todas aquellas les serían desdichadas, idea producida por no estar acostumbrados a sufrir adversa fortuna. Dejaban, pues, a los atenienses robar y destruir los lugares marítimos de sus tierras, sin moverse ni enviar socorro, dejando la defensa a los que habían puesto de guarnición y juzgándose por más débiles y flacos que los atenienses, así en gente de guerra como en el arte y práctica de la mar. Pero una compañía de su gente que estaba de guarnición en Cotirta y en Afrodisia, viendo una banda de los enemigos armados a la ligera desordenados, dieron contra ella y mataron algunos, aunque después fueron éstos socorridos por soldados de armas gruesas y cogieron bastantes de los contrarios, quitándoles las armas.

Los atenienses, después de levantar trofeo en señal de victoria en Citera, navegaron para Epidauro y Limera, y destruyeron y robaron los lugares de la costa de los epidauros. De allí partieron a Tirea, en la región llamada Cinuria, que divide la tierra de Laconia de la de Argos. A Tirea la dieron a poblar y cultivar los lacedemonios a los eginetas echados de su tierra, así por los beneficios que habían recibido de ellos cuando los terremotos, como también porque, siendo súbditos de los atenienses, siempre tuvieron el partido de los lacedemonios.

Al saber los eginetas que los atenienses habían arribado a su puerto, desampararon el muro que habían he-cho por parte de la mar y retiráronse a lo alto de la villa, que dista cerca de diez estadios, y con ellos una compañía de lacedemonios que les habían enviado para guarda de la ciudad y para que les ayudasen a hacer aquel muro. Esta compañía nunca quiso entrar en la ciudad, aunque se lo rogaron mucho los eginetas, por parecerle que correría gran peligro si se encerraba en ella. Viendo que no eran bastantes para resistir a los enemigos, se retiraron a los lugares más altos y allí estuvieron. Al poco rato los atenienses fueron con todo su poder a entrar en la ciudad de Tirea, la tomaron sin resistencia y la saquearon y quemaron, prendiendo a todos los eginetas que hallaron vivos, entre ellos a Tántalo, hijo de Patrocles, que los lacedemonios habían enviado por gobernador, aunque estaba muy mal herido, y los metieron en sus naves para llevarlos a Atenas. También llevaron con ellos algunos prisioneros que habían hecho en Citera, los cuales después fueron desterrados a las islas. A los ciudadanos que quedaron en Citera les impusieron un tributo de cuatro talentos por año; pero a los eginetas, por el odio antiguo que los atenienses les tenían, los mandaron matar a todos, y a Tántalo le pusieron en prisión con los otros lacedemonios cogidos en la isla.

VIII

En este mismo verano, en Sicilia fueron hechas treguas primeramente entre los habitantes de Camarina y los de Gela, y poco después todas las ciudades de la isla enviaron embajadores para hacer convenios, y después de muchos y contrarios pareceres, porque cada uno defendía su interés particular, quejándose de los agravios que había recibido de los otros, levantóse Hermócrates, hijo de Hermón, siracusano, que era el que más les aconsejaba lo que convenía al bien de todos, y les hizo este razonamiento:

«Varones sicilianos: Yo soy natural de una ciudad de Sicilia, que ni es de las menores ni de las más trabajadas por guerras; por ello, lo que os quiero decir no es porque deba tener más miedo a la guerra que los otros, sino para representaros lo que me parece cumple al bien de toda esta tierra. Mostrar cuán triste cosa es la guerra y los males que acarrea consigo, no es fácil expresarlo con palabras, por muy largo razonamiento que se hiciese. Ninguno por ignorancia o falta de entendimiento es obligado a emprenderla, ni tampoco veo que haya quien renuncie a hacerla si piensa ganar en ella, por temor del mal que le pueda venir. Mas sucede muchas veces a los que la emprenden parecerles alcanzar más provecho que daño, y los que más consideran los peligros e inconvenientes quieren mejor aventurarse que perder cosa alguna de los bienes que poseen. Como ni unos ni otros pueden alcanzar lo que desean sino con el tiempo, me parece que las amonestaciones para la paz son útiles y provechosas a todos y más a nosotros en este momento si somos cuerdos, que si antes de ahora cada cual ha emprendido la guerra por procurar su provecho, ahora, que todos estamos metidos y revueltos en guerras civiles, debemos intentar volver a la paz, y si por esta vía no pudiere cobrar cada cual lo suyo, emprenderemos de nuevo la guerra si bien nos pareciere. Bueno es que entendamos, si somos cuerdos, que este concurso no se hace por conocer y determinar nuestras cuestiones particulares, sino para consultar en común si podremos entregar toda Sicilia a los atenienses, los cuales, a mi parecer, nos traman asechanzas y procuran sujetarnos a todos. Pensad que ellos mismos son, con su conducta, mejores consejeros de nuestra paz y amistad que mis palabras y amonestaciones, porque tienen ejército más poderoso que todos los otros griegos, el cual pasa a su salvo por mar en muy pocas naves cuando saben nuestras faltas, que están esperando y acechando continuamente y aunque vienen so color de amistad y alianza, son en verdad nuestros enemigos y sólo atienden a su interés y provecho.

»Si escogemos la guerra en vez de la paz, y llamamos en nuestra ayuda a esos atenienses, que aun no siendo llamados vienen a hacernos la guerra, cuando nos vieren trabajados con disensiones civiles y gastadas nuestras haciendas, pensarán que todos estos males redundan en provecho y aumento de su señorío, y estimándonos débiles, vendrán con más fuerzas a ponernos bajo su mando. Por ello, si somos cautos, mejor será a todos nosotros llamarlos amigos y confederados para invadir las tierras ajenas que para destruir las nuestras, sufriendo los peligros y daños consiguientes.

»Debemos considerar que las sediciones y diferencias de las ciudades de Sicilia, no solamente son dañosas para las mismas ciudades, sino también para Sicilia y para todos nosotros los moradores de ella, porque mientras pelean unas con otras, nos traman asechanzas nuestros enemigos. Teniendo todo esto en cuenta, debemos reconciliarnos y todos trabajar por salvar y libertar nuestra tierra de Sicilia, sin pensar en que algunos de nosotros son descendientes de los dorios, enemigos de los atenienses y que los calcideos, por el antiguo parentesco que tienen con los jonios, les son buenos amigos; porque los atenienses no emprendieron esta guerra por amistad con alguna parcialidad de nuestro bando, sino sólo por la codicia de nuestros bienes y haciendas. Bien se conoce en lo pronto que han acudido en ayuda de los que entre nosotros somos calcideos de nación, aunque nunca recibieron beneficios de ellos ni con ellos tuvieron amistad. No censuro a los atenienses porque procuran aumentar su señorío, mas son dignos de vituperio los que están prontos a obedecer y someterse a ellos, porque tan natural es querer mandar a los que se quieren someter como guardarse y recatarse de los que le quieren acometer. Ninguno de nosotros desconoce esto, y el que no crea que el temor común determinará común remedio, se engaña en gran manera. Puestos todos de acuerdo, fácilmente quedaremos libres de este temor, pues los atenienses no nos acometen desde su tierra, sino desde la nuestra, es decir, desde la tierra de los que los llaman en su ayuda. Por esta razón, me parece que no podremos apagar una guerra con otra guerra, sino con una paz general y común, todas nuestras discordias y diferencias sin dificultad alguna; y llamados por nosotros con justa causa, viniendo con mala intención, se volverán sir hacer nada.

»Cuanto os digo respecto a lo atenienses, todos los que os quisieren aconsejar bien lo hallarán bueno; y en lo que toca a la paz, la cual todos los hombres sensatos estiman por la mejor cosa del mundo, ¿por qué razón no la estableceremos entre nosotros? A todos nos conviene la tranquilidad; usar de nuestros bienes en sosiego y gozar de la paz sin daño ni peligro de nuestras honras y dignidades y de los otros bienes que se pueden nombrar y contar en largo razonamiento en lugar de los males que, por el contrario, podríamos tener con la guerra.

»Considerando, pues, varones sicilianos, todas estas cosas, no menospreciéis mis palabras, sino que amonestados por ellas cada cual procure mirar por su salud, y si alguno hay que espera alcanzar cosa alguna por la guerra, con razón o sin ella, mire bien no se engañe, pues sabido es que muchos, cuidando vengar sus particulares injurias, o esperando aumentar sus bienes y haciendas confiados en sus fuerzas, les sucedió todo al contrario, perdiendo unos la vida y otros la hacienda. Ni la venganza consigue siempre su objeto, aunque se haga con justa causa, ni las fuerzas y la esperanza son estables ni seguras, antes muchas veces la temeridad y locura tiene mejor efecto que la razón y aunque sea cosa en que las gentes las más veces se engañen, todavía cuando sale bien la juzgan por muy buena. Pero cuando tienen tanto temor los que acometen como los acometidos, cada cual se recata más y es lo que debemos hacer al presente, tanto por miedo a las cosas por venir, que pueden ser inciertas, como por el temor a los atenienses, que nos parecen terribles y espantosos, mirando por nuestras cosas para el tiempo venidero. Suponiendo cada cual de nosotros que lo que había pensado hacer se lo impiden estos dos inconvenientes, procuremos despedir a los enemigos de nuestra tierra. Para hacer mejor esto, ante todo debemos concluir entre nosotros una paz perpetua, o a lo menos unas treguas muy largas, remitiendo nuestras discordias y diferencias a otro tiempo.

»Tened por cierto, si queréis dar crédito a mis razones, que cada cual de nosotros, por esta vía, poseerá su ciudad en libertad, mediante lo cual estará en nuestra mano dar a quien nos haga bien o mal el pago merecido. Si no me quisiereis creer y sí escuchar a los extraños, los victoriosos se verán obligados a ser amigos de sus mayores enemigos y contrarios de aquéllos que en manera alguna deberían serlo.

»Como os dije al principio, soy natural de la ciudad más grande y más poderosa de Sicilia y que antes hace la guerra para acometer a otras que para defenderse, soy el que os aconseja que nos pongamos todos de acuerdo, temiendo los peligros venideros; que no procuremos hacer mal cada cual a su adversario, porque lo hacemos mayor a nosotros mismos y que no seamos tan locos por nuestras diferencias particulares que pensemos ser señores de nuestro propio parecer y de la fortuna, a la cual no podemos mandar, sino que la venzamos con la razón. Ha-gamos esto nosotros mismos sin esperar sufrir a los enemigos, porque no es vergüenza a un doriense ser vencido por otro dorio, ni un calcideo por otro calcideo, pues todos somos vecinos y comarcanos, habitantes de una mis-ma tierra y de una misma isla, y todos sicilianos haremos la guerra cuando fuere menester y nos concertaremos cuando nos convenga, y si somos cuerdos, de consuno echaremos a los extraños de nuestra tierra. Cuando fuéremos injuriados en particular nos defenderemos en general, pues a todos nos amenaza el peligro y en adelante nos cuidaremos de llamar aliados extraños para que vengan a reconciliarnos, ni a arreglar nuestras diferencias. Obrando así, haremos dos grandes bienes a Sicilia: uno de presente y otro venidero, librándola ahora de los atenienses y de la guerra civil, y poseyéndola en lo porvenir libre y menos sujeta a las tramas, asechanzas y traiciones que está ahora.».

De esta manera habló Hermócrates, por cuyas razones, persuadidos los sicilianos, hicieron concierto de paz entre sí con condición de que cada cual conservase lo que poseía entonces, excepto la ciudad de Morgantina, que acordaron fuese restituida por los siracusanos a los habitantes de Camarina, dándoles cierta suma de dinero por ello.

Hecho esto, los sicilianos aliados de los atenienses, que les habían llamado en su ayuda, declararon a los capitanes de éstos que habían ajustado la paz y los atenienses volvieron a Atenas.

Pesó tanto a los atenienses este suceso, que castigaron a los capitanes, desterrando a Pitódoro y a Sófocles, y condenando a Eurimedonte que pagase cierta cantidad, por sospecha de que, por su culpa, no dominaron toda la isla de Sicilia, y que por dádivas habían sido sobornados e inducidos a volverse. Tanto confiaban entonces los atenienses en su próspera fortuna, que ninguna cosa tenían por imposible, antes creían poder realizar las cosas difíciles como las fáciles con pequeña armada como con grande. Esta presunción y arrogancia las causaba el buen éxito en muchas cosas sin motivo ni razón que lo justificasen.

IX

En este verano los megarenses, fatigados de la guerra con los atenienses, que todos los años hacían correrías en su tierra, como también de los robos y tropelías de algunos de sus conciudadanos echados de la ciudad por sus sediciones y refugiados en Pegas, acordaron llamar a los emigrados para evitar que la ciudad se perdiese por sus bandos, y viendo los amigos de los desterrados que la cosa se dilataba y enfriaba, hicieron nueva instancia para que se conferenciase con aquéllos. Entonces los gobernadores y personas principales de la ciudad, considerando que el pueblo no estaba para poder sufrir más largo tiempo los males y daños de estos bandos y sediciones, trataron con los capitanes atenienses, que eran Hipócrates, hijo de Arifrón, y Demóstenes, hijo de Alcítenes, para entregarles la ciudad, pensando que les sería menos perjudicial esto que recibir dentro de ella a los desterrados. Acordaron con los capitanes que primeramente tomasen la gran muralla que llega desde la ciudad hasta Nisea donde está su puerto, muralla de ocho estadios de largo, para estorbar desde allí el paso a los peloponenses que vinieran en socorro desde el punto donde tenían guarnición con este objeto, y tras esto que ganasen la fortaleza que está en lo alto de Mégara en un cerro, lo cual les parecía bien fácil de hacer.

Así acordado, prepararon las cosas necesarias de una parte y de la otra para ponerlo en ejecución, y los atenienses fueron aquella noche a una isla cercana a la ciudad, nombrada Minoa, con seiscientos hombres bien armados al mando de Hipócrates, y de allí a un foso junto al cual estaba un horno donde cocían ladrillo para reparar los muros de la villa. De la otra parte, Demóstenes se había emboscado junto al templo de Enialio, que está más cerca de la ciudad, con los soldados platenses armados a la ligera y otros aventureros, sin que persona lo supiese excepto los participantes del trato, y antes que fuese de día salieron los platenses de su emboscada para ejecutar su empresa al abrir las puertas de la ciudad, lo cual tenían concertado mucho tiempo antes con los ciudadanos que tramaban la traición. Los ciudadanos tenían costumbre, como gente que vivía de robos y latrocinios, sacar de noche, con consentimiento de los guardas de aquella muralla, un barco encima de un carro, el cual echaban en el agua del foso de la muralla y desde allí salía al mar. Antes que amaneciese y después de robar en la mar durante la noche lo que habían podido, volvían a meter el barco por la misma puerta. Hacían esto a fin de que los atenienses que tenían guarnición en la isla de Minoa no supieran los latrocinios, por no ver ningún navío en su puerto. Puesto el barco encima del carro y estando la puerta abierta, según acostumbraban cuando le metían, los atenienses salieron de su celada para apoderarse de la puerta antes que pudiesen volverla a cerrar, según había sido acordado con los de la villa cómplices en la traición, y prendieron o mataron a los que guardaban la puerta. Los platenses y los aventureros que estaban con Demóstenes fueron los primeros en ganarla y entraron por la parte donde al presente se ve puesto un trofeo en señal de victoria, echando de allí a la guarnición de los peloponenses que, oyendo el ruido, había llegado en socorro. Entretanto acudieron los atenienses, muy bien armados, siendo admitidos por los platenses sus compañeros. A la entrada, los peloponenses les resistieron con todo su poder desde lo alto en los muros, aunque por ser menos en número murieron muchos y los demás se retiraron temiendo ser presos, porque aun no era bien de día y también porque veían que algunos de la ciudad peleaban contra ellos, los participantes en la traición, y pensaban que todos los ciudadanos estaban con sus enemigos; pero más de veras lo creyeron por lo que hizo el heraldo de los atenienses de propio impulso, y fue pregonar que a todos los megarenses que se quisiesen rendir a los atenienses y dejaran las armas, les salvarían las vidas y no recibirían daño alguno en sus haciendas. Al oír los peloponenses este pregón se retiraron todos, huyendo a Nisea por suponer que los ciudadanos, como los atenienses, iban contra ellos.

Al poco rato, cerca del alba, tomada la muralla que llega hasta el puerto, hubo gran tumulto en la ciudad, porque los comprometidos en la traición decían que convenía abrir las puertas y atacar a los atenienses, en lo cual estaba de acuerdo el pueblo. La intención de los conspiradores era que los atenienses entrasen cuando las puertas fuesen abiertas, porque así lo habían acordado, y a fin de ser conocidos entre los otros y que a la entrada no se les hiciese mal ninguno, habían concertado que por señal se untarían con aceite. Parecíales muy provechoso abrir las puertas, porque se hallaban juntos cuatro mil hombres de a pie muy bien armados y seiscientos caballos atenienses que habían venido la noche antes y estaban preparados para entrar. Cuando los untados con aceite acudieron a las puertas para hacerlas abrir, uno de ellos descubrió la traición a los que nada sabían, produciéndose con esto gran tumulto, juntándose allí de todas partes de la ciudad y opinando que no se abriesen las puertas, porque tampoco otras veces lo habían hecho cuando los atenienses se presentaron delante de la ciudad, aunque entonces los ciudadanos eran más poderosos; porque no debían poner la ciudad en un peligro tan manifiesto, y que si algunos querían hacer lo contrario debían desde luego pelear contra aquellos. Decían esto sin aparentar que supiesen la traición, sino como aviso y buen consejo para evitar los daños y peligros venideros. Los que así opinaban, que eran los más, se apoderaron de las puertas e impidieron abrirlas, y por consiguiente, que los traidores ejecutaran su traición.

Viendo los atenienses que no les abrían las puertas, pensaron que debía haber algún impedimento, y conociendo que eran muy pocos para cercar la ciudad fueron contra el lugar de Nisea y le cercaron de muralla y baluarte, porque les parecía que, si podían tomarlo antes de ser socorrido, fácilmente después tomarían la ciudad de Mégara por tratos. Con este propósito hicieron venir a toda prisa maestros y obreros de Atenas, y hierro y otros materiales necesarios para la obra, y en muy poco tiempo acabaron el muro comenzándole desde la punta del que habían tomado de la parte de Mégara, y desde allí le continuaron por los dos lados de Nisea hasta dentro la mar, cercándole de foso, porque cuando unos trabajaban en el muro, otros lo hacían en los fosos. Tomaban la piedra, el ladrillo y la madera para la obra de los arrabales, cortando los árboles del rededor, y donde había falta de materiales lo henchían de tierra con estacas de madera. De las casas que estaban fuera de la villa, quitadas las techumbres, se servían como de torres y almenas. Toda esta obra la hicieron en dos días.

Viendo esto los que estaban dentro de Nisea, y también que carecían de vituallas para sostener el cerco, por-que las provisiones se las llevaban de la ciudad diariamente, considerando también que no tenían esperanza alguna de ser socorridos pronto por los peloponenses, y pensando además que todos los megarenses estaban contra ellos, capitularon con los atenienses, entregándoles las armas, yéndose con cierta suma de dinero cada uno y quedando a merced de aquéllos los lacedemonios y otros extranjeros que se hallaban dentro del lugar. De esta manera partieron los de Nisea y los atenienses, habiendo ganado el lugar y roto el muro largo que lo unía a la ciudad de Mégara, se prepararon a sitiar a ésta.

Sucedió entonces que Brasidas, hijo del lacedemonio Telide, estaba hacia Corinto y Sición reuniendo gente de Tracia, el cual, sabida la toma de los muros de Mégara y sospechando que los lacedemonios de Nisea se viesen en peligro, envió un mensaje a los beocios con toda diligencia y les mandó que de inmediato se le unieran con toda la gente que pudiesen en Tripodisco, lugar de tierra de Mégara junto al monte de Gerania. A este lugar llegó él con dos mil setecientos hoplitas de Corinto, cuatrocientos de Fliunte y seiscientos de Sición, sin contar los hombres que ya se habían concentrado. Cuando lo supo en Tripodisco, antes de que los enemigos fuesen avisados de su estancia, porque había llegado de noche, partió con cuatrocientos hombres de guerra, los mejores de su ejército, derechamente a la ciudad de Mégara, fingiendo que quería tomar el lugar de Nisea; pero su principal intento era entrar en Mégara, si podía, y fortificarla. Al llegar a las puertas de la ciudad rogó a los megarenses que le dejaran entrar, dándoles esperanza de cobrar en seguida a Nisea, pero los dos bandos de los ciudadanos temían su venida, uno por sospechar que volviera a meter a los desterrados expulsando a ellos; y los amigos de los desterrados por temor de que los otros, para impedirlo, se armasen contra ellos, y aprovechando sus diferencias los atenienses que estaban cerca, tomasen la ciudad. Todos opinaron no recibir en la ciudad a Brasidas, sino esperar a ver quién alcanzaba la victoria, los atenienses o los peloponenses; porque los parciales de cada parte se querían declarar por el vencedor.

Como Brasidas viese que no había medio de entrar en la ciudad, se retiró uniéndose a lo restante de su ejército, y el mismo día, antes de que amaneciese, se le unieron los beocios, quienes antes de recibir las cartas de Brasidas, sabida la llegada de los atenienses, habían salido con todo su poder a socorrer a los megarenses, porque tenían el peligro de éstos por común a todos, y cuando, en tierra de Platea, recibieron la carta de Brasidas, estuvieron más seguros y así enviaron mil doscientos hombres de a pie y seiscientos de a caballo de socorro a Brasidas; los demás volvieron cada cual a su casa. Brasidas reunió con ellos cerca de seis mil hombres.

Los atenienses estaban puestos en orden de batalla junto a Nisea, excepto los soldados armados a la ligera, que dispersos en los campos fueron acometidos y desbaratados por los jinetes beocios, persiguiéndoles hasta la orilla de la mar, antes que los atenienses supiesen la llegada de los beocios, porque jamás hasta entonces habían ido en socorro de los megarenses, y no sospecharon que fuesen.

Cuando los vieron salieron contra ellos y se trabó una batalla, que duró gran rato entre los de a caballo sin que se pudiese juzgar quién llevaba lo mejor de ella, aunque de la parte de los beocios fue muerto el capitán y algunos otros que se atrevieron a llegar hasta los muros de Nisea. Por esto los atenienses, después de devolverles los muertos para sepultarlos, levantaron trofeo en señal de victoria, aunque ésta quedó indecisa, retirándose los beocios a su campo y los ateniense a Nisea. Pasado esto, Brasidas escogió un lugar muy a su propósito junto a la mar y cerca de Mégara y allí asentó su campo, esperando que los atenienses le acometieran, porque le parecía que los de la ciudad estaban a la mira de quién llevaba lo mejor, y que estando allí tan cerca podrían pelear desde su campo sin acometer a los enemigos ni ponerse en peligro, y de esta suerte ganar la victoria. Respecto a los de Mégara, parecíale haber hecho demasiado, porque, de no llegar tan oportunamente, los ciudadanos no se hubieran atrevido a combatir a los atenienses, perdiendo la ciudad. Mas viendo el socorro que les había llegado y que lo atenienses no se atrevían a acometer, parecía a Brasidas que los megarenses recibirían a él y a su ejército dentro de la ciudad, y que sin derramamiento de sangre y sin peligro conseguiría el objeto a que había venido, según después aconteció, porque los atenienses, puestos en orden de batalla, permanecieron junto a los muros con la misma intención que los peloponenses de no pelear sin que les acometieran, creyendo que tenían más razón ellos que los otros para no comenzar la batalla, por haber ganado muchas victorias antes, y que si aventuraban ésta y la perdían, siendo muchos menos en número que los enemigos, sucedería, o que tomasen éstos la ciudad, o que los vencidos perdiesen la mayor parte de su ejército. También tenían por cierto que los peloponenses comenzarían la batalla, porque eran de diversas ciudades y diferentes en opiniones, no teniendo la paciencia de esperar como ellos, que eran todos atenienses. Habiendo esperado algún tiempo unos y otros, se retiraron todos, los atenienses a Nisea, y los peloponenses al lugar de donde habían partido. Viendo entonces los megarenses que eran amigos de los desterrados, que los atenienses no osaban acometer a los lacedemonios, cobraron ánimo y, con los principales de la ciudad, abrieron las puertas a Brasidas como vencedor, conferenciando con él, por lo cual los del bando contrario concibieron gran temor.

Poco tiempo después, la gente de guerra que había acudido en socorro de Brasidas, por su orden, volvieron cada cual a su tierra, y él se fue a Corinto y también los atenienses a su patria.

Los megarenses que habían sido de la conjuración para hacer venir a los atenienses, al ver que se iban y que estaban descubiertos, partieron secretamente de la ciudad, y los del bando contrario llamaron a los que estaban desterrados en Pegas, con juramento de que no conservarían memoria de las injurias pasadas, sino que todos de acuerdo mirarían por el bien de la ciudad. Pero poco tiempo después, siendo éstos elegidos gobernadores y jueces, cuando revistaron al pueblo, reconociendo las armas de los que habían sido principales parciales de los atenienses, prendieron hasta el número de ciento, y los mandaron matar por juicio del pueblo, al cual indujeron a que los condenase a muerte. De esta suerte el gobierno de la ciudad fue convertido en oligarquía, que es mando de pocos ciudadanos con el favor del pueblo, el cual estado, aunque producto de sediciones, duró mucho tiempo.

X

En este verano, habiendo los mitilenos determinado fortificar la ciudad de Antandro, dos de los tres capitanes que los atenienses enviaron para cobrar el tributo de las tierras en señorío, Demódoco y Arístides, que a la sazón se hallaban en el Helesponto, en ausencia de Lámaco, que era el tercero, el cual había partido hacia la costa del Ponto con diez navíos, celebraron consejo y parecióles que era cosa de peligro permitir a los mitilenos fortalecer a Antandro, por temer les ocurriese lo mismo que en Samos, donde los desterrados de la ciudad se habían reunido, y con ayuda de los peloponenses que les enviaron gente de mar, hacían grandes daños a los de la ciudad y muchos beneficios a los lacedemonios. Los dos capitanes partieron con su armada y gente de guerra derechamente contra Antandro, y habiendo trabado pelea con los de esta ciudad, que salieron contra ellos, los vencieron y tomaron la plaza,

Poco tiempo después, Lámaco, que partió para la costa de Ponto, entrando con su armada en el río Calete, que pasa por la tierra de los heraclenses, por súbita crecida del río que ocasionó una tempestad en las montañas, perdió todas sus naves y volvió con su gente de guerra por tierra, atravesando la región de Bitinia y de Tracia, situada en la parte del mar en Asia, hasta la ciudad de Calcedonia, a la boca del mar de Ponto, que pertenece a los megarenses.

En este verano Demóstenes, capitán de los atenienses, al partir de Mégara, fue con cuarenta naves a Naupacto para dar fin a la empresa que él e Hipócrates habían determinado hacer, juntamente con algunos beocios, que era reducir el estado y gobernación de Beocia a señorío, que es mando y gobierno de los del pueblo, como era el de Atenas, de lo cual fue principal autor Pteodoro, un ciudadano de Tebas, desterrado, y propuso ejecutarlo de esta manera:

Los beocios entregarían por traición a los atenienses una villa llamada Sifas, en término de Tespia, en el golfo de Crisa, y otros les habían de entregar la villa nombrada Queronea, tributaria de los orcomenios, con ayuda de los desterrados de la ciudad de Orcómeno, que tenían a sueldo algunos hombres de guerra peloponenses. Queronea está situada en los confines de Beocia, frente a Fanoteo, en la región de Fócide habitada en parte por focios. Los atenienses debían tomar el templo de Apolo en Delos, en tierra de Tanagra, a la parte de Eubea. Todas estas empresas se habían de ejecutar en un día señalado para que los beocios, al saber la toma de las villas y ciudades, y temiendo por su seguridad, no acudieran a socorrer a los de Delos, pareciéndoles a los atenienses que si podían cercar el templo de Delos con fuerte muro, fácilmente pondrían en peligro todo el Estado de Asia, y si no lo conseguían, a lo menos con el tiempo, teniendo gente de guarnición en las villas y lugares, recorrerían y robarían la tierra. Además, teniendo reunidos a los desterrados y otros naturales de aquella comarca, podrían enviar mayor socorro a los que allí se acogiesen; y no contando los beocios con armada bastante para defenderse y resistirles, les dominarían.

La empresa se había de poner en ejecución de este modo: Hipócrates, con infantería, debía salir de Atenas en un día señalado y entrar por tierra de Beocia, y Demóstenes, que había ido a Naupacto con cuarenta naves para reclutar gente en Acarnania y otros lugares comarcanos, volvería en el día señalado a Sifas, tomándola por la traición convenida. Demóstenes reunió gran ejército, así de los eniades como de los otros acarnanios, y aliados de los atenienses que habían acudido de todas partes, y con él fue a Salinto y Agrea, donde esperaba más gente, disponiendo las cosas necesarias para su empresa de Sifas el día señalado.

Entretanto, Brasidas, capitán de los lacedemonios, que había partido con mil y quinientos hombres de a pie para poner orden en las cosas de Tracia, al llegar a Heraclea, en la región de Traquinia, pidió a sus amigos y confederados que tenía en Tesalia que le acompañasen en aquel camino para pasar seguro. Acudieron a su llamamiento Panero de Doria, Hipolóquidas de Torilo y Estrófavo de Cálcide y algunos otros tesalios, encontrándole en Melitia, en tierra de Acaya, y le acompañaron. También se halló con ellos Nicónidas de Larisa, pariente de Perdicas, rey de Macedonia, para auxiliarle, que de otra suerte fuera imposible a Brasidas pasar por Tesalia más que en ningún otro tiempo, aunque siempre era peligroso el paso, tanto más yendo en armas, y alarmando a los de la tierra, que estaban sospechosos, y seguían el partido de los atenienses. Si Brasidas no fuera acompañado por los principales de esta tierra que tienen por costumbre gobernar los pueblos más por fuerza y rigor que por justicia y autoridad, nunca hubiera podido pasar; y aun con todo esto, se vio en harto trabajo con ellos, porque los que seguían el partido de los atenienses se pusieron delante, junto al río de Enipeo, para estorbarle el paso, diciendo que les ultrajaba queriendo pasar sin licencia y salvoconducto; a lo cual, los señores de la tierra que le acompañaban les respondían que ni Brasidas ni su gente querían pasar por fuerza y contra su voluntad; sino que habiendo llegado de pronto a donde ellos estaban con sus amigos, le debían dejar pasar, y también el mismo Brasidas les dijo que él era su amigo, que pasaba por su tierra no por ofenderles, sino para ir contra los atenienses enemigos de los lacedemonios; que no sabía por qué entre los tesalios y lacedemonios debiese haber enemistad alguna que impidiera a los unos pasar por tierra de los otros; que ni quería ni podría pasar contra su voluntad, pero que les rogaba no se lo quisiesen estorbar; y al oír estas palabras le dejaron el paso. Los que le acompañaban le aconsejaron que pasase lo más pronto posible por la tierra que le quedaba que andar, sin pararse en parte alguna, a fin de no dar tiempo a los otros vecinos de la tierra para juntarse y crearle algún obstáculo. Así lo hizo, de suerte que el mismo día que partió de Melita fue hasta Farsalos, y alojó su ejército junto a la ribera de Apidano. Desde allí fue a Facio, y después a Perrebia. En este lugar le dejaron los que le habían acompañado y se despidieron de él. Los perrebios, que son del señorío de los tesalios, le acompañaron hasta Dión, villa inmediata al monte Olimpo en Macedonia, a la parte de Tracia, sujeta al rey Perdicas.

De esta manera pasó Brasidas la tierra de Tracia, antes que ninguno se pudiese preparar para estorbarle el paso, y se unió al rey Perdicas que estaba en Calcídica, el cual y los otros tracios se habían apartado de los atenienses porque los veían prósperos y pujantes por mar y por tierra, pero temiendo ser acometidos por ellos habían pedido socorro a los peloponenses, y principalmente lo pidieron los calcideos porque temían fueran primero contra ellos, y también porque entendían que las otras ciudades comarcanas que no se habían rebelado a los atenienses les eran hostiles, a causa de haberse ellos rebelado.

Perdicas no se había declarado entonces del todo enemigo de los atenienses, pero sospechaba de ellos por sus pasadas enemistades, y por esta causa demandaba ayuda a los lacedemonios contra ellos, y también contra Arrabeo, rey de los lincestas, que deseaba sujetar.

También hubo otro motivo para que saliera el ejército del Peloponeso, y fue que, considerando los lacedemonios los desastres y desventuras que les habían ocurrido, y que los atenienses continuaban la guerra a menudo contra ellos en su tierra, les pareció que no había mejor recurso para apartarlos de estas empresas que hacer alguna contra sus amigos y confederados, sobre todo habiendo muchos que se ofrecían a pagar los gastos de la expedición, y otros que sólo esperaban la llegada de los lacedemonios para rebelarse contra los atenienses. Además, les impulsaba en gran manera el temor de que por la pérdida en la jornada de Pilos sus ilotas o esclavos se rebelasen, y para más seguridad, so color de la guerra, querían sacarlos fuera de su tierra por ser muchos y mancebos. Sospechando de ellos, mandaron pregonar que los más valientes fuesen escogidos, y les diesen esperanza de libertad, queriendo conocer sus intenciones. Fueron escogidos hasta dos mil y llevados en procesión coronados de flores a los templos, según es costumbre hacer con aquellos a quien quieren dar libertad, y poco después quitaron las vidas a todos, sin saber cómo ni de qué manera fueron muertos.

Por este mismo temor dieron a Brasidas setecientos ilotas y todos los soldados que habían sacado a sueldo del Peloponeso. El mismo Brasidas tenía ambición de hacer la campaña, y este fue el motivo principal de enviarle, como también porque los calcideos lo deseaban mucho, pues tenía fama entre todos los de Esparta de ser hombre sabio, diligente y solícito. En esta empresa adquirió gran prestigio, porque en todas las partes por donde andaba se mostró tan sabio, justiciero y político en todas sus cosas, que muchas villas y ciudades se le entregaron voluntariamente, y algunas otras tomó por su habilidad y destreza, y por traición. Los lacedemonios consiguieron lo que esperaban, a saber, recobrar muchas de sus tierras, y rebelar otras de los atenienses, manteniendo por algún tiempo la guerra fuera del Peloponeso. También después, en la guerra entre atenienses y peloponenses en Sicilia, su virtud y esfuerzo fue tan conocido y estimado, así por experiencia como por relación verdadera de otros, que muchos de ellos que seguían el partido de los atenienses deseaban dejarlo y tomar el de los peloponenses, porque viendo la rectitud y bondad que resplandecían en él, presumían que todos los demás lacedemonios le eran semejantes.

Volviendo a lo que decíamos, cuando los atenienses supieron la llegada de Brasidas a Tracia, declararon ene-migo al rey Perdicas, porque tenían por cierto que había sido el instigador de la expedición, y en adelante cuidaron más de guardar las tierras de sus confederados.

Al recibir Perdicas el socorro de los peloponenses, con Brasidas los llevó juntamente con su ejército a hacer guerra contra Arrabeo hijo de Brómero, rey de los macedonios lincestas, que era vecino y muy grande enemigo suyo, queriendo conquistar el reino y echarle de él si pudiese; pero al llegar a los confines de su tierra, Brasidas le dijo que antes que comenzase la guerra quería hablarle para saber si por buenas razones le atraía a la amistad de los lacedemonios, porque el mismo Arrabeo, por un he-raldo, le había declarado que de las diferencias entre él y Perdicas quería tomarle por mediador, y atenerse a su árbitro y sentencia. También le movió a esto que los calcideos, que deseaba llevar consigo Brasidas para sus negocios propios, le amonestaban no se ocupase en una guerra tan larga y difícil por dar gusto a Perdicas, mayormente sabiendo que los mensajeros que éste envió a Lacedemonia a pedir socorro habían prometido de su parte hacer que muchos de sus vecinos se aliaran a los lacedemonios. Por todo esto Brasidas con justa causa le rogaba que tuviese por mejor arreglar aquellas diferencias particulares para el bien público de los lacedemonios y el suyo.

A Perdicas no le pareció bien, diciendo que no había llamado a Brasidas para que fuese juez de sus causas y diferencias, sino para que le ayudase a destruir a sus enemigos, los que él le señalase, y que Brasidas le hacía gran perjuicio queriendo favorecer a Arrabeo contra él, pues él pagaba la mitad de los gastos de aquella guerra. No obstante, Brasidas, contra la voluntad de Perdicas, habló con Arrabeo y le persuadió con buenas razones a que se retirara con su ejército, por lo cual Perdicas, en adelante, en lugar de pagar la mitad de los gastos del ejército, pagó sólo la tercera parte, teniendo por cierto que Brasidas le había ofendido en lo de Arrabeo.

XI

Después de esto, en el mismo verano antes de las vendimias, Brasidas, con los calcideos que tenía consigo, fue a hacer guerra contra los de la ciudad de Acanto, colonia y pueblo de los andrios, cuyos ciudadanos tenían grandes bandos y estaban en gran porfía de si le recibirían o no en la ciudad, los del partido de los calcideos de una parte, y los del pueblo de otra. Mas por estar los frutos aún por coger en los campos y por temor de que fuesen destruidos, los del pueblo, a persuasión de Brasidas, consintieron que entrase en la ciudad solo y hablase lo que quisiese, y que después de oírlo determinarían lo que bien les pareciese. Entró, fue al Senado, donde los del pueblo estaban en ayuntamiento, y pronunció delante de todos un discurso muy bueno, como él sabía hacerlo, por ser lacedemonio sabio y prudente, hablando de esta manera:

«Varones acantinos, la causa de que yo con este ejército que veis hayamos sido aquí enviados por los lacedemonios, es la misma que desde el principio dijimos cuando declaramos la guerra a los atenienses, a saber, librar la Grecia de la servidumbre de éstos. Si venimos engañados con la esperanza de poderlos vencer más pronto sin que vosotros os expongáis a peligro, no se nos debe culpar, pues hasta ahora no habéis recibido daño alguno por nuestra tardanza, y venimos ahora cuando podemos para, juntamente con vosotros, destruir a los atenienses con todas nuestras fuerzas y poder. Pero me asusta ver que me cerréis las puertas donde yo, por el contrario, pensaba ser recibido con alegría, y que en gran manera desearíais mi venida, pues nosotros los lacedemonios, pensando por las cosas pasadas que hemos hecho por vosotros, venir aquí como amigos verdaderos, y que deseaban nuestra venida, tomamos esta jornada sin temor a los trabajos y peligros que arrostrábamos pasando por tan largos caminos y tierras extrañas, solamente por mostraros la buena voluntad que os tenemos.

»Si tenéis otro pensamiento contra nosotros, y queréis resistir a los que procuran vuestra libertad y la de toda Grecia, haréislo malamente, así porque impediréis vuestra propia libertad como porque daréis mal ejemplo a los otros para que no nos quieran acoger en sus tierras, y sería poco honroso a los de esta ciudad, tenidos por hombres sabios y prudentes, que viniendo yo a ellos primero que a otros, no quieran recibirme. No puedo imaginar que tengáis motivo o razón para hacerlo si no es por sospechas de que la libertad que yo os procuro es fingida y falsa, o que nosotros los lacedemonios no somos bastante poderosos para defenderos contra los atenienses si os atacan. De esto, a mi ver no debéis tener ningún temor, pues cuando yo vine en socorro de Nisea con este ejército, no osaron pelear contra mí, ni es verosímil que puedan enviar ahora aquí tan gran ejército por tierra como entonces enviaron allí por mar. En cuanto al otro punto, yo os aseguro que no fui aquí enviado de parte de los lacedemonios para hacer daño a Grecia sino para darle libertad, habiendo primeramente hecho juramento solemne en manos de los cónsules y gobernadores de los lacedemonios de dejar vivir en libertad y seguir sus leyes a todos aquellos que pudiese atraer a nuestra amistad y alianza. Por tanto, debéis saber que no vine aquí para atraeros por fuerza o engaño a nuestra parte y devoción, sino antes por el contrario, para sacaros de la servidumbre de los atenienses y ser nuestros compañeros en esta guerra contra ellos. Debéis tener, por tanto, confianza en mí, y fiar en lo que digo de que sólo para defenderos vine con todo el poder que veis.

»Si alguien pone dificultad en esto, temiendo que quiera dar el gobierno de la villa a alguno de vosotros, quiero que tenga más confianza y seguridad que los demás, porque os certifico que no he venido a provocar sedición o discordia, y me parecería no poneros en verdadera libertad, si trocando vuestra antigua forma y costumbre de vivir, quisiese sujetar el pueblo a la dominación de algunos particulares, o éstos a la sujeción del pueblo, pues sé muy bien que tal mando os sería más odioso que el de los extraños. Ni a nosotros los lacedemonios se debería agradecer el trabajo que tomáramos por vosotros, antes en lugar de la honra y gloria que esperábamos, seríamos acreedores de vituperio, y nos podrían culpar del mismo vicio de tiranía que imputamos a los atenienses, siendo más digno de reprensión en nosotros que en ellos, por lo que nos preciamos de la virtud de no emplear fraude ni engaño como ellos usan. Porque si el vicio del engaño es cosa fea y torpe en todos los hombres, mucho más lo es en los que tienen mayor dignidad y mucho más reprensible que la violencia, pues ésta se hace por virtud del poder que la fortuna da a unos sobre otros, y el engaño procede de pura malicia y sinrazón, debiendo evitarlo los que tratamos grandes negocios.

»Tampoco quiero que fiéis tanto en mis juramentos como en lo que está a vuestra vista, y que las obras correspondan a las palabras según pide la razón, y os dije al principio. Mas si, habiendo oído este discurso mío, os excusáis diciendo que no podéis hacer lo que pedimos y que nos pedís como amigos que partamos de vuestra tierra sin haceros daño, pretendiendo que no gozaréis sin perjuicio esta libertad que se debe ofrecer a los que la puedan ejercitar sin riesgo, y que ninguno ha de ser obligado a tomarla por fuerza y contra su voluntad, yo declaro delante de los dioses patrones de esta ciudad, que, habiendo venido por vuestro bien, no he podido aprovechar nada con vosotros por buenas razones; que procuraré, destruyendo vuestras tierras, obligaros a ello por fuerza, teniendo por cierto que lo hago con buena y justa causa, por dos razones: la primera, por el bien de los lacedemonios, para que no reciban, por amor a vosotros, si os dejan en el estado presente, el perjuicio del dinero que dais a los atenienses sus contrarios; y la segunda, por el bien universal de todos los griegos, a fin de que, por vosotros solos, no sean impedidos de recobrar su libertad, que si no fuese por esto, bien sabemos que no deberíamos obligar a nadie a gozar de libertad. No pretendemos dominio sobre vosotros sino solamente libraros del yugo de los atenienses. Os ofenderíamos si restituyendo a los otros en su derecho y libertad, os dejásemos solos obstinados en el mal. Por tanto, varones acantinos, tomad buen consejo en vuestros negocios y mostrad a los otros griegos el camino de recobrar su libertad ganando la gloria y honra perpetua de haber sido los primeros y principales para ello, como para evitar el daño que sufrirán vuestras haciendas, y también para dar a esa vuestra ciudad renombre glorioso como es el de independiente y libre».

Después que Brasidas pronunció este discurso al pueblo, todos los acantinos discutieron largamente sobre la materia, y al fin dieron sus votos secretos, siendo la mayor parte de opinión que se debían apartar de la alianza con los atenienses, así por las razones y persuasiones de Brasidas, como por temor de perder los bienes y ha-ciendas que tenían en los campos. Habiendo recibido primeramente juramento a Brasidas de que tenía comisión de los lacedemonios de poner en libertad a todos los que se le rindiesen y dejarles vivir conforme a sus leyes y costumbres, admitieron a él y a su ejército dentro de la ciudad, y lo mismo hicieron pocos días después los de Estagira, que es otra ciudad de los andrios.

Estas cosas fueron hechas en aquel verano.

XII

Al principio del invierno siguiente, Hipócrates y Demóstenes, capitanes de los atenienses, acordaron seguir su empresa contra los beocios, yendo Demóstenes con su armada al puerto de Sifas, e Hipócrates con el ejército de Delión, según antes dijimos. Por error de cuenta en los días no llegaron el señalado a estos lugares, arribando Demóstenes a Sifas el primero con muchas naves de los acarnanios y otros aliados. Descubrió su empresa un focio de Fanoteo, llamado Nicómaco, que dio aviso a los lacedemonios, y éstos advirtieron a los beocios, todos los cuales se pusieron en armas, y antes que Hipócrates hi-ciese daño alguno en la tierra, acudieron al socorro de Sifas y Queronea. Viendo los moradores de las ciudades que habían hecho los tratos con los atenienses que la conspiración estaba descubierta, no se atrevieron a innovar cosa alguna.

Después que los beocios volvieron a sus casas, Hipócrates armó a todos los ciudadanos y moradores de Atenas y a los extranjeros que en ella había; fue directamente a Delos y puso cerco al templo de Apolo de esta manera. Primeramente hizo un gran foso en torno del circuito del templo, y un baluarte de tierra a manera de muro, plantando en él muchas estacas; además del muro construyó reparos alrededor, de ladrillo y piedra, que tomaban de las casas más cercanas. Bajo de los reparos hicieron sus torres y bastiones, de modo que no quedó nada del templo sin cercar, porque no había otro edificio alguno en torno de él, pues un claustro que antiguamente allí estaba se arruinó poco tiempo antes. El cerco lo hicieron en dos días y medio, no tardando en llegar más de tres días.

Hecho esto, el ejército se retiró ocho estadios más adentro de la tierra, como si volviera al punto de partida; los soldados armados a la ligera, que eran muchos, salieron del campamento, y todos los otros se desarmaron y estuvieron reposando en los lugares cercanos. Demóstenes con alguna gente de guerra se quedó en Delos para guardar los parapetos y acabar lo que quedaba de la obra.

En estos mismos días los beocios se juntaron en Tanagra, y dudaban si acometerían o no a los atenienses, porque de once gobernadores de la tierra que eran, diez decían que no lo debían hacer, a causa de que los atenienses aún no habían entrado en Beocia, pues el lugar donde descansaban desarmados estaba en los confines de Oropia. Pero el tebano Pagondas, uno de los gobernadores, y Ariántidas, hijo de Lisímaco, que era el principal de aquel ayuntamiento y caudillo de toda la gente de guerra, fueron de contraria opinión, sobre todo Pagondas, el cual, juzgando que era mejor probar fortuna combatiendo que esperar, arengó a todas las compañías de los beocios para que no dejasen las armas, sino que fuesen contra los atenienses y les presentaran batalla, pronunciando al efecto el siguiente discurso:

«Varones beocios, no me parece conveniente a ninguno de los que tenéis mando y gobierno pensar de veras que no debamos pelear con los atenienses si no los hallamos dentro de nuestra tierra, porque habiendo hecho sus fuertes y preparado sus municiones y reparos en Beocia, y partiendo de los lugares cercanos con intención de asolarla, no hay duda de que les debemos tener por enemigos en cualquier parte que los hallemos, pues de cualquiera que vengan declaran serlo ellos nuestros en las obras que realizan.

»Si alguno de vosotros ha opinado antes que no debemos pelear contra ellos, mude de opinión, pues se debe guardar igual respeto a los que tienen lo suyo y quieren ocupar lo ajeno, por codicia de tener más, como a los que quieren acometer a otros y les toman su tierra; y si habéis aprendido de vuestros mayores a lanzar a los enemigos de vuestra tierra de cerca o de lejos, mejor lo debéis hacer ahora contra los atenienses, que son vuestros vecinos por ser iguales a ellos, que contra los más lejanos. Que si estos atenienses procuran y trabajan por sujetar a servidumbre aun a los que están lejos de ellos, razón tenemos para exponernos a todo peligro hasta el último extremo contra los que son nuestros enemigos tan cercanos, poniendo ante los ojos el ejemplo de los eubeenses y de una parte de la Grecia, viendo cómo a todos éstos han sujetado, y considerando que si los otros vecinos contienden sobre los límites y términos, para nosotros, si somos vencidos, no habrá término ni lindero alguno en toda nuestra tierra, que si entran en ella por fuerza hay peligro de que toda la ocupen mejor que la de los otros vecinos, por ser más cercanos. La costumbre de los que confiados en sus fuerzas hacen guerra a sus vecinos como al presente los atenienses, es acometer antes a los que están en reposo y sólo procuran defender su tierra, que a los que son bastantes para oponérseles cuando les quieren atacar, y también si ven ocasión para ello comenzar la guerra, según lo sabemos por experiencia, porque después que los vencimos en la jornada de Queronea, cuando ocupaban nuestro país por nuestra sediciones y discordias, siempre hemos poseído esta tierra de Beocia segura y en paz. De ello debemos tener memoria los que somos de aquel tiempo; siendo ahora como entonces, y los más jóvenes, hijos y descendientes de aquellos varones buenos y esforzados, procurar corresponder a sus virtudes y no dejar perder la gloria y honra que ganaron sus antepasados.

»Tengamos además confianza en que nos será propicio el dios cuyo templo con gran desacato han cercado, y consideremos que los sacrificios hechos nos dan esperanza cierta de victoria. Trabajemos, pues, para demostrar a los atenienses que si han ganado por fuerza alguna cosa de las que codiciaban, fue contra gente que no sabía ni podía defenderse; mas cuando emprendieron algo contra los que están acostumbrados por su virtud y esfuerzo a defender su tierra y libertad, y a no querer quitar injustamente la libertad a los otros, no lo han logrado sin pelear.»

Con estas razones persuadió Pagondas a los beocios para que fuesen contra los atenienses, y en seguida levantó su campo yendo en su busca, aunque era avanzado el día, y asentó el real cerca del campo enemigo junto a un pequeño cerro que estaba en medio e impedía se vieran unos a otros; allí puso su gente en orden de batalla para combatir a los atenienses.

Volvamos a Hipócrates que había quedado en Delos y que, avisado de que los beocios habían salido con gran ímpetu del pueblo, mandó a los suyos que saliesen al campo, se armasen y tuviesen todo dispuesto. Poco después llegó él con toda su gente, excepto trescientos hombres de armas que dejó en Delos para guarda de los reparos y para que acudiesen en socorro del otro ejército, si fuese menester, al tiempo de la batalla.

Los beocios enviaron delante algunos corredores para perturbar el orden de los atenienses, subieron a lo alto de la montaña y pusiéronse a vista de todos ellos, apercibidos al combate. Eran en junto siete mil hoplitas bien armados de gruesas armas, más de diez mil armados a la ligera y cerca de mil quinientos de a caballo. Tenían ordenadas sus tropas de esta manera: la infantería, a saber, los tebanos y sus aliados en la derecha, en medio estaban las gentes de Haliarto, Coronea, Copais y otros ribereños del lago. Los soldados de Tespias, Tanagra y Orcómeno ocupaban la izquierda, y en ambos extremos los de a caballo de los soldados armados a la ligera con lanza y escudo, en cada ala veinticinco, y los restantes, según se hallaron por suerte.

Los atenienses tenían puesta su gente en este orden: los hombres de a pie, bien armados, en lo cual eran iguales a los enemigos, hicieron un escuadrón espeso de ocho hombres por hileras, y con ellos venían los de a caballo, pues soldados armados a la ligera no los tenían por entonces ni en su ejército ni en la ciudad; porque los que al principio fueron con ellos en esta empresa, que eran mucho más en número que los contrarios, aunque gran parte sin armas, por ser los más labradores cogidos en el campo y extranjeros, volvieron pronto a sus casas y no se hallaron en el campo sino muy pocos.

Puestos todos en orden de batalla de ambas partes y esperando la señal para el ataque, Hipócrates, capitán de los atenienses que llegó en aquel momento, arengó a los suyos de esta manera:

«Varones atenienses, para hombres esforzados y ani-mosos como vosotros, no hay necesidad de largo discurso, sino que bastan pocas palabras, más por traeros a la memoria quién sois, que por mandaros lo que habéis de hacer. No imaginéis que con causa injusta venís a poneros en peligro en tierra ajena; porque la guerra que ha-cemos en ésta es por seguridad de la nuestra, y si somos vencedores, no volverán jamás los peloponenses a acometernos en nuestro territorio, viéndose sin caballería, de que siempre los proveen estos beocios. Así, pues, ganando con una batalla esta tierra, libraréis la vuestra de males y daños en adelante. Entrad con esforzado ánimo en la batalla como es digno y conveniente a la patria que cada cual de vosotros se gloría y alaba de que sea la señora de toda Grecia, imitando la virtud y el valor de vuestros antepasados que antaño desafiaron con Mirónides a estos mismos enemigos en Enófita y se apoderaron de Beocia.»

Con estas razones iba Hipócrates amonestando a su gente, rodeándolos conforme iban puestos en orden y apercibidos para pelear, hasta que llegó en medio de ellos.

Los beocios, por orden de Pagondas, dieron la señal para comenzar la batalla tocando sus trompetas y clarines, y en tropel descendieron todos de la montaña con grande ímpetu. Al ver el ataque Hipócrates, hizo también marchar a los suyos y que les saliesen delante a buen trote, siendo los primeros en el encuentro. Y aunque los postreros no pudieron llegar tan pronto a herir, fueron tan trabajados como los otros por causa de los arroyos que tenían que pasar. Trabada la batalla, todos peleaban fuertemente, defendiéndose a pie quedo, amparados con sus escudos y rodelas; la izquierda de los beocios fue rota y dispersada por los atenienses, hasta los del centro pasaron adelante para batir a los tespios que estaban enfrente de ellos, y del primer encuentro mataron muchos. Quedaron todos cerrados en un escuadrón, unos contra otros, hiriendo y matando a los tespios, que se defendían valerosamente. En este encuentro resultaron muchos atenienses muertos por sus mismos compañeros, porque, queriendo cercar y atajar a los enemigos, se metían en medio de ellos y se mezclaban los unos con los otros, de manera que no se podían conocer. La izquierda de los beocios fue, pues, vencida y desbaratada por los atenienses, y los que se salvaron se acogieron a la derecha, en la cual venían los tebanos que peleaban valerosamente, de tal manera, que rompieron a los atenienses dispersándolos y siguiéndoles al alcance por algún rato. En esta situación, aconteció que dos compañías de gente de a caballo que Pagondas había enviado en ayuda de la izquierda, cargaron, cubiertas por un cerro, con gran furia, y cuando llegaron a vista de los atenienses que seguían al alcance de los fugitivos, creyendo éstos que aquel era nuevo socorro que acudía a los beocios, cobraron tanto miedo que se pusieron en huida, y lo mismo hicieron los otros atenienses, así de una parte como de la otra, unos hacia la mar por la parte de Delos, otros hacia tierra de Oropo, otros hacia el monte Parnete y otros a diversos lugares donde esperaban poderse salvar. Muchos de ellos fueron muertos por los beocios, sobre todo por los de a caballo, así de la gente de la tierra como de los locros, que al tiempo de la batalla acudieron en su ayuda hasta que llegó la noche que los separó, siendo ésta causa de que se salvaran muchos.

Al día siguiente, los que llegaron a Oropo y Delos dejaron allí gente de guarnición, y volvieron por mar a sus casas.

Los beocios, por memoria de esta victoria, levantaron un trofeo en el mismo lugar donde había sido la batalla. Después enterraron sus muertos, despojaron a los enemigos, y, dejando allí alguna gente de guarda, partieron para Tanagra, donde dispusieron las cosas necesarias para ir en busca de los atenienses que estaban en Delos, a los cuales enviaron primero un heraldo, quien encontrando en el camino al de los atenienses, que iba a pedir sus muertos, le dijo que no pasase adelante y fuera con él, porque no harían nada de lo que iba a pedir hasta que él volviera, y así lo hizo. Al llegar el heraldo de los beocios donde estaban los atenienses, díjoles el mensaje que traía, que era asegurarles que habían obrado injustamente y traspasado las leyes humanas de los griegos, por las cuales está prohibido a todos los que entran en la tierra de otros tocar los templos; que no obstante esto, los atenienses habían cercado el templo de Delos, y metido dentro su gente de guerra, violándolo y haciendo en él todas las profanaciones que se acostumbraban a hacer fuera de él; que habían tomado el agua consagrada, no siendo lícito tocarla a otros que a los sacerdotes para los sacrificios, y la empleaban y se servían de ella para otros usos, por lo cual les requerían, así de parte del dios Apolo como de la suya, llamando e invocando para esto todos los dioses que tienen en guarda aquel lugar, y principalmente tomando al dios Apolo por testigo, que partiesen de aquel sitio con todo su bagaje.

Los atenienses dijeron a esto que darían la respuesta a los beocios por medio del heraldo que les enviarían. Éste les respondió de su parte que no habían hecho cosa ilícita ni profana en el templo, ni la harían en adelante, si no fuesen obligados a ello, porque no habían ido con tal intención sino para hacer guerra contra los que quisiesen ofender al templo, lo que les era lícito por las leyes de Grecia conforme a las cuales es permitido que los que tienen el mando y señorío de alguna tierra, sea grande o pequeña, tengan asimismo en su poder los templos para hacer continuar los sacrificios y ceremonias acostumbradas en cuanto fuere posible; y que siguiendo estas leyes, los mismos beocios y los otros griegos cuando han ganado alguna tierra o lugar por guerra, y echando de ella a los moradores, tienen los templos que antes eran de los habitantes por suyos propios; por tanto, los atenienses ejercerían este derecho en aquella tierra que deseaban poseer como suya. En cuanto a lo del agua del templo, dijeron que si la habían tomado, no fue por desacato a la religión, sino que, yendo allí para vengarse de los que les habían talado su tierra, fueron obligados por necesidad a tomar el agua para los usos necesarios, y que, por derecho de guerra, a los que se ven en algún apuro es justo y conveniente que Dios les perdone lo que hacen, porque en tal caso hay recurso a los dioses y a sus aras para alcanzar perdón de los yerros que no se cometen voluntariamente, y son estimados por malos y pecadores a los dioses los que yerran y pecan por su voluntad y a sabiendas, no los que hacen alguna cosa por necesidad. Decían también que eran mucho más impíos y malos para con los dioses los que por dar los cuerpos de los muertos quieren adquirir los templos, que los que forzados contra su voluntad toman de éstos las cosas necesarias para sus usos, siendo lícito tomarlas. Asimismo, les declararon que no partirían de la tierra de Beocia porque pretendían estar donde estaban con buen derecho, y no por fuerza; por tanto, pedían mandasen darles sus muertos, según su derecho y costumbre de Grecia.

A esta demanda respondieron los beocios que si los atenienses entendían estar en tierra de Beocia, partiesen en paz de ella con todas sus cosas; y si pretendían estar en su propia tierra, ellos sabían bien lo que habían de hacer, pues la tierra de Oropo, donde habían sido muertos, era de la jurisdicción de los atenienses, por lo cual, no teniendo los beocios sus muertos contra su voluntad, no estaban obligados a devolvérselos; antes era más razonable que partiesen de su tierra, y entonces les darían lo que demandaban. Con esta respuesta partió el heraldo de los atenienses, sin convenir cosa alguna.

Poco después los beocios mandaron ir del seno de Melide algunos tiradores y honderos con dos mil infantes muy buenos, que los corintios les habían enviado después de la batalla, y alguna otra gente de socorro de los peloponenses, que era la que había vuelto de Nisea con los megarenses. Con este ejército partieron de allí y asentaron su campo delante de Delos, donde trabajaron por combatir los fuertes y reparos de los atenienses con diversos ingenios y artefactos de guerra y, entre otros, con uno que fue causa de la toma de Delos, el cual estaba hecho de esta manera.

Aserraron por la mitad a lo largo una viga, la acanalaron por dentro de manera que, juntas, formaban hueco como flauta; de uno de los extremos salía un hierro hueco y vuelto hacia abajo como pico, y de éste estaba colgado de unas cadenas un caldero de cobre lleno de brasas, de pez y de azufre. Llevando sobre ruedas esta máquina, la juntaron con el muro por la parte que casi todo estaba formado con madera y sarmientos. Puesta allí, y soplando con grandes fuelles, por el agujero del otro extremo de la viga pasó el aire por el hueco, y volviendo por el pico de hierro soplaba en el caldero, de manera que la llama grande que salía de él incendió el muro de tal modo, que no pudiendo estar en él los que le defendían, huyeron, y tomadas las defensas, entraron los beocios en la ciudad, prendieron cerca de doscientos de los que la defendían y mataron a muchos; los demás se salvaron acogiéndose a las nave que estaban en el puerto. Así recobraron el templo de Delos diez y siete días después de la batalla. Poco tiempo después volvió el heraldo de los atenienses, que no sabía nada de esta presa, para pedirles a los beocios los muertos, y se los dieron, sin hablarle más de lo que le habían dicho la primera vez.

Fueron los que hallaron muertos, así en la batalla como en la toma de Delos de parte de los beocios cerca de quinientos y, de la de los atenienses cerca de mil, y entre otros Hipócrates, uno de sus capitanes, sin los soldados armados a la ligera y la gente de servicio de campo, que murieron en gran número. Después de esta batalla, Demóstenes, que había partido por mar para tomar Sifas, viendo que no podía salir con la empresa, sacó de sus naves hasta cuatrocientos hombres, así de los agrios y acarnanios como de los atenienses que tenía consigo, y con ellos arribó a tierra de Escione; mas antes que pudiesen desembarcar todos, los esciones, que se habían reunido para defender su patria, les acometieron y dispersaron e hicieron huir hasta meterlos dentro de sus naves, matando y prendiendo a muchos.

XIII

Al tiempo que pasaron estas cosas en Delos, Sitalces, rey de los odrisios, murió en una batalla contra los tribalos, a quienes había declarado la guerra, y le sucedió Seutes, hijo de Esparadoco, su hermano, tanto en el reino de los odrisios como en las otras tierras y señoríos que tenían en la región de Tracia.

En ese mismo invierno, Brasidas, con los aliados y los lacedemonios que tenía en Tracia, declaró la guerra a los de la ciudad de Anfípolis, situada en la ribera del río de Estrimonia, porque era colonia de los atenienses, la cual, antes que la poblasen, fue habitada por el mileto Aristágoras cuando vino huyendo de la persecución del rey Darío. Después fue echado de ella por los edones, y los atenienses, treinta y dos años más tarde, enviaron diez mil hombres de guerra, así de los suyos como de otros que llegaron de todas partes, los cuales fueron vencidos y dispersados por los tracios junto al lugar de Drabesco. Veintinueve años después los atenienses enviaron de nuevo su gente de guerra al mando de Hagnón, hijo de Nicias, y expulsaron a los edones, fundando la ciudad como está al presente. Llamábase antes los Nueve Caminos. El punto de partida de los atenienses con Hagnón, fue una villa que tenían en la boca del río Gión, en la cual hacían su feria y mercado. Llamáronla Anfípolis por estar cercada por dos partes de aquel río de Estrimonia, e hicieron una muralla que llegaba desde un brazo del río al otro, puesta en un lugar alto, donde tiene muy linda vista a la mar y a la tierra.

Estando Brasidas en el lugar de Arnas, ciudad de Calcídica, partió con todo su ejército y llegó a la puesta del sol a Aulón y a Bromisco por la parte en que el lago de Bolba entra en la mar, y después de cenar se puso en camino, aunque la noche era muy oscura y nevaba, caminando de manera que llegó delante de la ciudad sin que lo supieran los que estaban dentro, excepto algunos de aquellos con quien él tenía inteligencias, que eran los argilios, naturales de Andros, que habían ido a morar allí, y de otros que fueron inducidos, así por Perdicas como por los calcideos; pero los principales en estas inteligencias eran los argilios, enemigos siempre de los atenienses, y por tanto deseosos de que los peloponenses tomaran la ciudad. Tramada por éstos la traición con Brasidas, con el consentimiento de los que por entonces tenían el gobierno de la ciudad, le franquearon la entrada, y aquella misma noche, rebelándose a los atenienses, se unieron al ejército de Brasidas junto al puente que está sobre el río a muy poco trecho de la ciudad, la cual no estaba por entonces cercada de muralla como está ahora, y aunque había algunos soldados de guardia en el puente, por ser de noche, por el mal tiempo y por su rápida llegada, los rechazó fácilmente, ganó el puente y prendió a los ciudadanos que moraban en el arrabal, excepto unos pocos que, huyendo, se salvaron metiéndose en la ciudad. Su entrada alarmó a los ciudadanos, porque sospechaban unos de otros; y dicen que si Brasidas intentara tomar la ciudad, antes de dejar a su gente que se entretuviese en robar los arrabales, la tomara sin duda alguna.

Pero mientras los suyos se ocuparon en robar, los de la ciudad se aseguraron y pusieron en resistencia, de manera que Brasidas no osó proseguir su empresa, mayormente viendo que sus parciales no se alzaban por él en la ciudad ni lo podían hacer, porque los ciudadanos, que se hallaron en mayor número, impidieron que las puertas fuesen abiertas, y por consejo de Eucles, capitán de los atenienses, enviaron con toda diligencia a llamar a Tucídides, hijo de Oloro, el mismo que escribió esta historia, el cual a la sazón gobernaba por los atenienses en la isla de Tasos, colonia de Paros, distante de Anfípolis un día de camino, para que les socorriese. Sabido por Tucídides se preparó a escape, y con siete naves que por ventura estaban en el puerto, partió con intención de socorrer a Anfípolis, si no había sido tomada, y si lo había sido tomar a Eión.

Entretanto, Brasidas, que temía el socorro que fuera de Tasos por mar, y sospechaba que Tucídides, que tenía en aquel paraje a su cargo las minas de donde sacaban el oro y la plata para la moneda, por cuya causa tenía gran autoridad y amistad con los principales de la tierra, reuniese mucha gente, determinó hacer lo posible por ganar la ciudad por tratos y conciertos antes que los ciudadanos pudiesen recibir este socorro; por tanto, mandó pregonar a son de trompeta que todos los que estaban en la ciudad, fuesen ciudadanos o atenienses, permanecerían si quisiesen en su estado y libertad como antes, ni más ni menos que los del Peloponeso, y, los que no lo quisieran, pudiesen salir con sus haciendas en el término de cinco días. Oído este pregón, los más de los principales ciudadanos mudaron de parecer, entendiendo que por tal medio venían a estar en libertad, porque entonces gobernaban los atenienses la menor parte de la ciudad. Lo mismo pensaron los ciudadanos cuyos parientes y amigos fueron presos en los arrabales, que eran en gran número, temiendo que si esto no se aceptaba, sus parientes y amigos serían maltratados. También los atenienses, viendo que sin peligro podían salir con su bagaje, y que no esperaban socorro en breve, y todos los demás del pueblo, porque por este concierto quedaban fuera de peligro y se ponían en libertad de común acuerdo, aceptaron el partido a persuasión de los que tenían inteligencias con Brasidas, no pudiéndose recabar otra cosa de ellos, por más que el gobernador que entonces había allí por los atenienses les quisiese persuadir de lo contrario; de esta manera se entregó la ciudad a Brasidas.

En la noche de aquel día arribó Tucídides con sus naves a Eión, estando ya Brasidas dentro de Anfípolis, el cual hubiera ganado también la villa de Eión si la noche no sobreviniera, y aun también la tomara al amanecer del día siguiente si no hubiese llegado aquel socorro de las naves. Tucídides ordenó las cosas necesarias para defender la villa si Brasidas quisiese entrar, y también para poder acoger los de tierra firme que quisieran juntarse con él. De aquí provino que Brasidas, que había llegado a la costa con buen número de naves junto a Eión, ha-biéndose esforzado por ganar un cerro que está a la boca del río junto a la villa, para poder después tomarla por la parte de tierra, fue rechazado por mar y tierra y obligado a volver a Anfípolis para ordenar las cosas necesarias en la ciudad.

Poco tiempo después se le rindió la ciudad de Mircino, que está en tierra de los edones, porque Pitaco, rey de los edones, murió a manos de su mujer y de los hijos de Goaxis. A los pocos días se le rindieron Galepso y Esima, dos pueblos de Tasos, por intercesión de Perdicas, que llegó a la ciudad poco después de tomada.

Cuando los atenienses supieron la pérdida de la ciudad de Anfípolis se apesadumbraron mucho, porque les era muy útil, así por razón del dinero que sacaban de ella y de la madera que allí cortaban para hacer naves, como también porque, teniendo los lacedemonios el paso para ir contra los aliados de los atenienses hasta el río de Estrimón, llevados por los tesalios, que eran de su partido, no podían pasar el río a vado, porque era muy hondo, ni tampoco con barcas, porque los atenienses vigilaban el río; pero habiendo los lacedemonios ganado la ciudad, y por consiguiente, el puente del río, les era fácil atravesarlo, por lo cual los atenienses temían que sus amigos y aliados se pasasen a los lacedemonios, tanto más que Brasidas, no sólo se mostraba en todas sus cosas cortés y afable, sino que publicaba en todas partes que había ido para poner a toda la Grecia en libertad, por lo cual las otras ciudades y villas del partido de los atenienses, sabido el buen tratamiento que Brasidas hacía a los de Anfípolis y que ofrecía libertad, estaban inclinadas a apartarse de la obediencia de los atenienses, enviándole secretamente embajadores y mensajeros para hacer conciertos y tratos con él, procurando cada cual ser el primero, y pensando que nada debían temer de los atenienses, porque hacía largo tiempo que no tenían guarnición en aquellas partes y no sospechaban que su poder fuese tan grande como después conocieron por experiencia, y también porque estos tracios son gente que acostumbra a guiar sus cosas más por afición desordenada que por prudencia y razón, ponen toda su esperanza en lo que desean sin motivo alguno y lo que no quieren lo reprueban so color de razón. También fundaban su intento en la derrota que los atenienses habían sufrido en Beocia, pareciéndoles que no podrían tan pronto enviar gente de socorro a aquellas partes; pero mucho más les movían las persuasiones de Brasidas, quien les daba a entender que los atenienses no habían osado pelear con él junto Nisea, aunque no tenía entonces mayor ejército que el que ahora mandaba. Por estas razones y otras semejantes estaban muy alegres de verse en libertad bajo la protección y amparo de los lacedemonios, que por haber llegado entonces a hacer la guerra en aquella región, resolvieron seguirles y ayudarles con todo su poder.

Sabido esto por los atenienses, y considerando el peligro en que allí estaban sus cosas, enviaron apresuradamente socorro a aquellas partes para defensa y guarda de sus tierras, aunque era en tiempo de invierno. También Brasidas había escrito a los lacedemonios que le enviasen gente de socorro, y que entretanto mandaría hacer el mayor número de barcos que pudiese en el río Estrimón; pero los lacedemonios no le enviaron socorro alguno por la discordia que sobre este punto había entre los principales de la ciudad, y porque los del pueblo en general deseaban recobrar los prisioneros en Pilos y hacer treguas o paz antes que continuar la guerra.

XIV

En este invierno, los megarenses volvieron a tomar el largo muro que los atenienses les habían ganado primero y les derribaron.

Brasidas, después de la toma de Anfípolis, partió con su ejército hacia una villa llamada Acta, que está en una montaña nombrada Atos, y en la que comienza el canal Real. La montaña se prolonga hasta el mar Egeo, a la costa del cual están asentadas muchas ciudades, como son Sana, colonia de Andros, y situada junto al Canal, en la parte de la mar, enfrente de Eubea, Tiso, Cleonas, Acrotoos, Olofixo y Dión, habitadas por gentes de diversas naciones, bárbaros que usan dos lenguas, y en parte de calcideos, más principalmente de pelasgos y tirsenos que antes habitaron en Lemnos y en Atenas, y también de bisaltas, crestones y edones que moran en algunos lugares de aquella región. Todas estas ciudades se rindieron a Brasidas. Porque Sana y Dión le hicieron resistencia, robó y taló su tierra, y viendo que no las podía sujetar, partió de allí y fue derechamente contra la ciudad de Torona, en tierra de Calcídica, que tenía el partido de los atenienses; esto hizo a solicitud de algunos ciudadanos con quien tenía inteligencias, y que le habían prometido facilitarle la entrada. Caminó toda la noche, de manera que antes que amaneciese llegó al templo de Cástor y Polideuces, que dista de la ciudad cerca de tres estadios, sin que ningún ateniense de los que estaban dentro para guarda de ella lo pudiese sentir, ni menos los ciudadanos, excepto los que estaban en la conspiración, de los cuales, algunos, seguros de su venida, metieron en la ciudad siete soldados de los suyos, que no llevaban otras armas sino sus espadas; estos siete no temieron entrar sin sus compañeros, que serían hasta veinte, a quien Brasidas había encargado este hecho bajo el mando de Olinto Lisístrato. Metidos estos siete soldados en la ciudad por la muralla que está hacia la mar, subieron de pronto a una alta torre asentada sobre un collado, mataron a los que estaban para guarda de ella, y rompieron un postigo situado a la parte de Canastrón.

Entretanto, Brasidas, con su ejército, se iba acercando más a la ciudad, y para esperar el éxito de esta sorpresa envió delante cien soldados muy bien armados que estuviesen dispuestos a entrar tan pronto como viesen alguna de las puertas de la ciudad abierta, y la señal que los de dentro les habían de dar. Llegaron éstos secretamente hasta cerca de los muros, y entretanto los conspiradores de la ciudad se prepararon para, con los siete soldados, poder ganarla y que les abriesen una puerta del mercado, rompiendo las troncas. Oyendo esto los cien soldados que estaban cerca, mandaron a algunos de ellos dar una vuelta a las murallas, y metiéronlos dentro por el postigo que primero fue roto a fin de que los que no sabían nada de esta empresa, viéndose acometer súbitamente por delante y por las espaldas, fuesen más turbados, y después hicieron la señal de fuego que habían concertado con Brasidas, metiendo los que quedaban de los cien soldados por la puerta del mercado.

Cuando Brasidas vio la señal, caminó con lo restante de su ejército lo más apresuradamente que pudo hacia la ciudad, haciendo gran ruido para espantar más a los habitantes, entrando unos por las puertas que hallaron abiertas y subiendo otros por los andamios apoyados al muro, por una parte que estaba arruinado y en reparación. Cuando estuvieron todos dentro, Brasidas se dirigió a lo más alto de la ciudad, y de allí por todas las plazas y calles a fin de apoderarse de toda ella.

Viendo esto los ciudadanos que no conspiraban, procuraron salvarse lo mejor que podían, más los participantes en las inteligencias se unieron a los lacedemonios. De los atenienses que estaban en el mercado por guarda de la ciudad, que serían cincuenta soldados, unos fueron muertos estando durmiendo; otros, oyendo el ruido, se salvaron por tierra, y otros dentro de dos naves que estaban en el puerto para guarda de él, huyendo a Lecito, donde había otra guarnición de atenienses, y de pasada tomaron el castillo de una ciudad marítima que estaba en un seno del istmo o estrecho. Con ellos partieron muchos ciudadanos de Torona, los que eran más afectos a los atenienses.

Amaneció estando toda la ciudad por Brasidas, quien mandó pregonar a son de trompeta que todos los que se habían retirado con los atenienses pudiesen volver seguros, recobrar sus bienes y haciendas, y usar y gozar del derecho de ciudadanos como antes. Por otra parte, mandó a los atenienses que estaban en Lecito que saliesen, porque aquella villa pertenecía a los calcideos, permitiéndoles salir salvos con su bagaje. Pero respondieron que no saldrían, y demandaron a Brasidas un día de término para sacar sus muertos, el cual les otorgó dos, durante los cuales fortificó sus fuerzas y también los atenienses las suyas. Además, mandó reunir los ciudadanos de Torona, y les dijo casi lo mismo que a los de Acanto, a saber: que no era razón que los que habían tenido con él conciertos para meterle en la ciudad, fuesen reputados por malos ni traidores, pues que no lo habían hecho por dádivas ni dineros, ni por poner la ciudad en servidumbre sino en libertad, y por el bien y procomún de todos los ciudadanos, y asimismo que no era razón que los que no habían sido participantes de estos tratos y conciertos, fuesen por eso privados de sus bienes y haciendas, porque no había ido allí para destruir la ciudad ni perjudicar a ningún ciudadano, sino por librarles de servidumbre, y por ello había mandado decir a los que se fueron con los atenienses que podían volver a gozar como antes de sus haberes, para que todos supiesen que la amistad de los lacedemonios, cuando la probaran, no era de peor condición que la de los atenienses, y se aficionaran a seguir su partido, hallándolo por experiencia más justo y conforme a razón. Y que si al principio tenían algún temor por no haber aún experimentado la naturaleza y condiciones de los lacedemonios, ahora les rogaba fuesen en adelante sus amigos y confederados buenos y leales, porque si, después de esta amonestación, cometían alguna falta o yerro, serían culpables y dignos de castigo, lo cual no habían sido hasta entonces, sino aquellos que por fuerza les tenían en sujeción por ser más poderosos que ellos, y que si hasta la hora presente habían sido adversarios de los lacedemonios, la razón obligaba a perdonarles.

Con estas y otras palabras semejantes amonestó Brasidas a los toronenses, y cuando los dos días de las treguas pasaron, fue contra Lecito, creyendo tomarla por asalto, porque los muros eran muy flacos y en alguna parte labrados de madera; mas los atenienses se defendieron valientemente el primer día e hicieron retirar a los lacedemonios. Al siguiente, Brasidas mandó acercar un aparato para lanzar fuego dentro de la villa, cerca del muro que era de madera, y viendo esto los atenienses construyeron en seguida una torre de madera sobre el muro frente al aparato, y pusieron en ella muchos toneles llenos de agua con instrumentos para echarla, y también muchas piedras, mas por el gran número de gente que subía a la torre cayó súbitamente a tierra, y del ruido que hizo al caer, los atenienses que estaban cerca tuvieron más pesar que espanto; pero los que estaban más lejos, creyendo que la villa fuese ya tomada, huyeron hacia la mar para meterse en los navíos anclados en el puerto. Entonces Brasidas, viendo que habían desamparado el muro, les combatió por aquella parte y tomó la ciudad sin gran dificultad, matando a todos los que salieron al encuentro, aunque una parte de los atenienses se salvó dentro de los navíos y fueron a Palene.

Brasidas había mandado pregonar, antes del asalto a son de trompeta, que daría treinta minas de plata al primero que subiese al muro. Mas conociendo que la ciudad había sido tomada antes por gracia divina que por fuerzas humanas, ofreció aquella suma al templo de la diosa Palas, que estaba en aquella ciudad, y con este dinero fue reparado el templo destruido cuando se tomó la villa, con los edificios que después Brasidas reedificó. Lo restante de aquel invierno lo ocupó en fortificar las plazas que tenía y guardarlas de los enemigos.

Con el invierno, terminó el octavo año de esta guerra.

XV

A la primavera los atenienses hicieron tregua con los lacedemonios por un año, pensando que durante este tiempo Brasidas no curaría de tener tratos ni inteligencias con los aliados de sus tierras para que se les revelasen, y entretanto ellos las fortificarían, y también que en este plazo podrían tratar de una paz final si les fuera conveniente.

Los lacedemonios tenían por cierto que los atenienses temiesen los inconvenientes arriba dichos, como era verdad, y que teniendo por medio de la tregua reposo y descanso de los trabajos pasados, serían más inclinados a la paz. Los de Atenas devolvieron los prisioneros que era lo que más deseaban los lacedemonios, y esperaban poder alcanzar haciendo la tregua durante el tiempo que Brasidas andaba próspero, porque mientras él continuaba la guerra y prevalecía sobre sus enemigos, no esperaban que los suyos reposasen. La tregua fue concluida en esta forma. Los atenienses presentaron por escrito los artículos que demandaban, y los lacedemonios respondieron a ellos de la manera siguiente:

«Primeramente, en cuanto al templo y Oráculo del dios Apolo, en Pitio, demandamos sea lícito a todos los que quisieren de una y otra parte ir a él sin fraude ni temor alguno para pedir consejo al Oráculo en la manera acostumbrada».

Este artículo fue aprobado por los lacedemonios y por los diputados de sus aliados que allí se hallaron, los cuales prometieron hacer su deber para que los beocios y los focios le aprobasen, y que para ello les enviarían mensajeros.

«Tocante al dinero del templo de Apolo que fue robado, queremos que se proceda contra los culpados por rigor de justicia para castigarlos según su merecido y como se acostumbra a hacer en tal caso, y que nosotros y vosotros y todos aquellos que quisiesen ser comprendidos en la tregua guardarán las ordenanzas y costumbres antiguas respecto a este artículo».

A esto respondieron los lacedemonios y sus aliados, que si la paz se hace, cada una de las partes se deba contentar con su tierra según que la posee al presente, a saber: que los términos y límites de los lacedemonios sean en los confines de Corifasión, entre Búrrade y Tomeo, y los de los atenienses en Citera, sin inmiscuirse ninguno de ellos en las alianzas de los otros.

«Item, que los de Nisea y Minoa no pasasen por el camino que va desde Pilos hasta el templo de Posidón, y desde el templo hasta el puente que va a Minoa, por cuyo camino tampoco los megarenses puedan pasar, ni menos los que están en la isla que los atenienses nuevamente han tomado.

»Item, que los unos no tengan comercio alguno de mercaderías ni otra cosa con los otros.

»Item, que los atenienses puedan usar y gozar de todo lo que poseen al presente en la ciudad de Trecén, y todas otras tierras que les quedaron por contrato a su voluntad.

»Item, que puedan ir por mar a sus tierras y a las de sus amigos y aliados a su voluntad, y que los lacedemonios no puedan navegar con naves largas a vela, sino con barcos a remo de porte de 500 talentos.

»Item, que todos los embajadores puedan ir sin impedimento ni estorbo alguno con la compañía que quisieren, así por los dominios de los peloponenses como por los de los atenienses, por mar como por tierra, para tratar de conciertos.

»Item, que no pueda ser recibido ni acogido ningún tránsfuga, siervo o libre, que se pasara de una parte a la otra.

»Item, que las diferencias que ocurriesen durante la tregua se sometan a juicio como antes de la guerra, terminando por sentencia y no por guerra».

Respondieron los lacedemonios y sus aliados que otorgaban y aprobaban todos estos artículos.

«Item, si viereis que hay alguna cosa más justa o mejor que lo que arriba es dicho, cuando volváis a Lacedemonia debáis advertírnoslo, porque los atenienses no rehusarán hacer todo lo que fuere justo y razonable».

A esto respondieron los lacedemonios y sus aliados que los embajadores que fuesen allá tendrían poder para tratar de esta materia con el cargo y autoridad que los atenienses para ello les dieren.

«Item, que estas treguas durarán un año. La firma era: Acordado por el pueblo, presidiendo la tribu acramántide; por escribano Fenipo; Nicíades asistente; Laques relator de estas treguas, las cuales sean en buen hora para el bien y pro de los atenienses, según que los lacedemonios las otorgaran, y prometen las partes guardarlas por espacio de un año entero, que comenzará a correr desde hoy, día de la fecha, a 14 del mes Elafebolión; que durante estas treguas los embajadores puedan ir y venir de una parte a la otra, y hablar y tratar medios para dar fin a la guerra; que los jueces y sus lugartenientes a su requerimiento puedan juntar el Senado y los del pueblo para este efecto, y que los atenienses sean los primeros que envíen embajadores para tratar de este asunto, y a su vuelta lleven la aprobación y ratificación del pueblo de Atenas, obligándose a guardar y cumplir la tregua durante este año».

Fue tratado y acordado entre los atenienses y lacedemonios y sus aliados, y después aprobado y ratificado en Lacedemonia a doce días del mes Gerastio. Autores y componedores de estas treguas fueron: de parte de los lacedemonios, Tauro, hijo de Equetímidas; Ateneo, hijo de Periclidas, y Filócridas, hijo de Erixíladas; de la de los corintios, Eneas, hijo de Ocito, y Eufámidas, hijo de Aristónimo; de la de los sicionios, Damotino, hijo de Náucrates, y Onásimo, hijo de Menécrates; de la de los de Mégara, Nicaso, hijo de Céfalo, y Menécrates, hijo de Anfidoro; de la de los atenienses, Nicostrato, hijo de Diítrefes, que era juez; Nicias, hijo de Nicérato, y Autocles, hijo de Tolmeo. Así se ajustaron estas treguas, durante las cuales hubo muchas negociaciones por ambas partes para la paz.

XVI

En estos días, mientras se trataba de la tregua y se ratificaba el convenio, la ciudad de Escione, asentada cerca de Palene, se rebeló a los atenienses y se entregó a Brasidas, so color de que los siciones decían ser de Palene, naturales de la tierra del Peloponeso, y que sus antepasados, cuando volvieron de la guerra de Troya por mar, una tempestad les arrojó a aquellas partes y allí pararon y habitaron la tierra. Al saber Brasidas su rebelión, partió hacia ellos de noche, en un barco ligero, mandando ir por delante una nave grande, a fin de que si encontraba algún navío de guerra de enemigos más poderoso que el suyo, la nave grande le pudiese socorrer, y si se encontraba con alguna que no fuese mayor que ésta, probablemente acometería antes al barco grande que al pequeño, y durante el combate él se salvaría en el barco pequeño. Con este propósito arribó a Escione, sin encontrar ningún barco y, al llegar, reunió a los del pueblo y hablóles en la misma forma y sustancia que lo había hecho a los de Acanto y de Torona, elogiándoles mucho más que a los otros; porque aunque los atenienses hubiesen tomado a la sazón la ciudad de Palene y el estrecho del Peloponeso, y tuviesen la de Potidea y los siciones fuesen isleños, tenían, sin embargo, propósitos de ponerse en libertad y fuera de la servidumbre de los atenienses por su propias fuerzas, y sin esperar que la necesidad les diese a conocer su propio bien; por cuya osadía y magnanimidad les juzgaba hombres buenos, esforzados y suficientes para emprender otro mayor hecho que aquél, si ocurriese. Manifestó esperanzas de que serían siempre buenos y leales amigos de los lacedemonios, y siempre honrados y apreciados por éstos.

Con estas palabras y otras semejantes, alentados los de Escione cobraron más ánimo, de tal manera, que todos de un acuerdo, así los que al principio les parecía la cosa mal, como los que la hallaban buena, determinaron soportar la guerra contra los atenienses en caso que se las hicieran; y además de otras muchas honras que hicieron a Brasidas, le pusieron una corona de oro en la cabeza como a libertador de Grecia, y como a hombre privado y su amigo y bienhechor, le dieron una guirnalda de flores, y le visitaban en su residencia, cual hacen con los vencedores en alguna batalla.

Brasidas no paró mucho allí; dejándoles pequeña guarnición, volvió al punto de donde había partido, y a los pocos días fue con más grueso ejército, con intención de ganar si podía, con la ayuda de los siciones, las ciudades de Menda y Potidea antes que los atenienses fueran a socorrerlas, como sospechaba que harían. Mas habiendo ya comenzado los tratos e inteligencias para ello, antes de ponerlas en ejecución, llegaron a él en una galera, Aristónimo de parte de los atenienses, y Ateneo de la de los lacedemonios, que le notificaron la tregua, por lo cual Brasidas volvió a Torona, y los embajadores con él, y en este lugar le declararon más cumplidamente el tenor del tratado de las treguas, que fue aceptado y aprobado por todos los aliados y confederados que moraban en la Tracia. Aristónimo, aunque aprobase el contrato en todo y por todo, decía que los de Escione no estaban comprendidos en él, porque se habían rebelado después de la fecha de las treguas, lo cual contradecía Brasidas, queriendo sostener que lo hicieron antes y, en efecto, dijo que no devolvería aquella ciudad, quedando la cuestión en suspenso. Cuando Aristónimo volvió a Atenas y dijo todo lo ocurrido, los atenienses fueron de opinión de comenzar la guerra contra los siciones, y para ello dispusieron las cosas necesarias. Sabido esto por los lacedemonios, enviáronles un embajador para demostrarles que faltaban a las treguas, y que sin razón querían recobrar la ciudad de Escione, por lo que les decía Brasidas, su capitán, y que si atacaban a la ciudad, los lacedemonios y sus aliados la defenderían; pero si querían someter la cuestión a juicio, lo aceptarían satisfechos. A esto respondieron los atenienses que no querían aventurar su estado en contienda de juicio, y que estaban resueltos a ir contra los siciones lo más pronto que pudiesen, sabiendo que si los de las islas se querían rebelar, los lacedemonios no les podrían socorrer por tierra; y a la verdad, los atenienses tenían razón en este asunto, porque era cierto que la rebelión de los siciones había sido dos días después de la conclusión del tratado de treguas; por lo tanto, la mayoría del pueblo fue de opinión, siguiendo el parecer de Cleonte, de decretar la toma de la ciudad de Escione y matar a los habitantes, preparándose todos para ejecutarlo.

Entretanto, la ciudad de Menda se rebeló también a los atenienses. Esta ciudad está en tierra de Palene, habitada y fundada por los eretrienses, la cual Brasidas recibió también en amistad como las otras, persuadiéndose que lo podía hacer con buen derecho, aunque se hubiese rebelado durante el término de la tregua, pues los atenienses faltaban a ella.

La razón porque los de Menda se animaron a rebelarse, fue porque conocían la voluntad de Brasidas, tomando por ejemplo y experiencia a los siciones, a quienes no había querido desamparar, y considerando que los que habían tramado aquella rebelión, pocos en número al empezar a realizarla, habían ganado la voluntad de los más, aunque no pensaban poderlo hacer. Sabedores los atenienses de esta rebelión, se enfurecieron mucho más y preparáronse para ir a destruir ambas ciudades rebeldes; pero mientras tanto, Brasidas mandó sacar las mujeres y los niños de las ciudades y los hizo pasar a la de Olinto, en tierra de Calcídica, dejando para guarda de las ciudades quinientos soldados peloponenses y otros tantos calcideos, todos bien armados, al mando de Polidámidas, los cuales, esperando a los atenienses, trabajaban en fortificar las dos ciudades lo mejor que pudiesen.

XVII

Entretanto, Brasidas y Perdicas partieron a la guerra contra Arrabeo a tierra de Lincestro; Perdicas con un ejército de macedonios y otros griegos que habitan aquella tierra, y Brasidas con los demás peloponenses que tenía consigo, algunos calcideos y acantos, y otros de las ciudades confederadas; de manera que de gente de a pie tenían todos hasta tres mil hombres y de a caballo, entre macedonios y calcideos, cerca de mil, sin un gran número de bárbaros que les seguían.

Al llegar a los dominios de Arrabeo y saber que los lincestas habían establecido su campamento, hicieron ellos lo mismo y plantaron su campo enfrente de los contrarios, cada cual en un cerro. La infantería estaba en lo alto y la caballería en lo llano, y los caballos salieron primero a escaramuzar en un raso que estaba entre los dos cerros, comenzando el combate. Sin tardar, Brasidas y Perdicas hicieron bajar su infantería a que se uniera a la caballería para combatir a los enemigos. Viendo esto los lincestas, hicieron lo mismo y se trabó una empeñada lucha que duró gran rato, mas los lincestas fueron al fin batidos y se pusieron en huída. Muchos murieron en el combate y todos los demás se acogieron a la montaña.

Brasidas y Perdicas levantaron después trofeo en señal de victoria, y estuvieron en el campo dos o tres días esperando a los ilirios que Perdicas había cogido a sueldo para que le ayudasen. Transcurrido este término, Perdicas quería que caminasen adelante para tomar las ciudades y villas de Arrabeo; mas Brasidas, que sospechaba que la armada de los atenienses llegara entretanto y venciese a los de Menda, y viendo asimismo que los ilirios tardaban en llegar, opinó volverse. Estando en esta diferencia, tuvieron nuevas de que los ilirios les habían burlado, pasando al servicio de Arrabeo; por lo cual, temiendo su llegada porque era gente belicosa, opinaron ambos volver atrás, aunque no de acuerdo en el camino que habían de tomar; de manera que, venida la noche, se apartaron uno de otro sin resolver lo que debían de hacer. Perdicas se retiró a su campo, que estaba un poco apartado del real de Brasidas. En la noche siguiente, los macedonios y los bárbaros que estaban en el campo de Perdicas, por temor a la llegada de los ilirios, cuya fama de valientes era mucho mayor que la cosa, según suele suceder en los grandes ejércitos, partieron del campo sin pedir licencia y ocultamente, volviendo a sus casas. Aunque Perdicas al principio no supo nada de su propósito, después de determinado fueron a él y le obligaron a que partiese con ellos antes de verse con Brasidas, que tenía el campo bien lejos del suyo. Cuando Brasidas, al día siguiente por la mañana, supo que los macedonios se habían ido y que los ilirios y los de Arrabeo iban con su ejército contra él, ordenó el suyo en forma de escuadrón cuadrado, encerró a los soldados armados a la ligera en medio del escuadrón y así les mandó caminar con intención de irse retirando, y él, con trescientos infantes, los más mozos y valientes de todos, se quedó en la retaguardia para sostener el ímpetu de los corredores del campo enemigo que fuesen a dar sobre él, entretenerlos y ganar tiempo mientras la otra banda de su ejército caminaba adelante con determinación de retirarse a la postre todos; y antes que los enemigos llegasen, habló a los suyos para animarles con este breve razonamiento:

«Varones peloponenses: Si no sospechase que estáis temerosos de ver que nuestros compañeros de guerra nos han dejado solos y desamparados, y que los bárbaros, nuestros enemigos, vienen contra nosotros en gran multitud, no curaría de amonestaros y de enseñar lo que os cumple hacer, como lo hago al presente; mas porque veo que por estas dos cosas, que son grandes e importantes, estáis algo turbados, os diré brevemente lo que me parece en este caso, y es que, ante todas las cosas, os conviene mostraros valientes y animosos, no confiando tanto en la ayuda de vuestros amigos y aliados cuanto en vuestra sola virtud y esfuerzo. Y no os espante la multitud de los enemigos, pues sois nacidos y criados en una ciudad donde pocos mandan a muchos y no muchos a pocos, y el mando y autoridad lo han adquirido venciendo muchas veces en la guerra. En cuanto a estos bárbaros, que teméis por no haberlos experimentado, sabed que no son tan terribles como pensáis, lo cual podéis muy bien conocer por la prueba que hicisteis en aquellos contra quien habéis combatido en favor de los macedonios y también por la fama que comúnmente hay de ellos, y por lo que yo puedo entender por conjeturas.

»Los que piensan que aquellos contra quienes van son más fuertes y mejores guerreros que ellos, cuando conocen la verdad por experiencia, van con mayor ánimo y osadía contra ellos; por consiguiente, si los enemigos tienen alguna virtud o esfuerzo encubierto de que no seamos advertidos, les acometeremos más fuertemente y con más osadía, pero los que vienen contra nosotros podrían poner temor a gente que no los conociese, por ser tan gran multitud espantosa de ver y más horrible de oír por el ruido que hacen y los alaridos que dan y el menear y sacudir las armas, que todas son maneras de amenazas. Mas cuando vienen a combatir contra gente que no se espanta de esto no se muestran tales como parecen, pues no tienen por afrenta huir cuando se ven en aprieto como nosotros, ni saben guardar la ordenanza. Tienen por tanta honra huir como acometer, por lo cual no se debe estimar en nada su osadía, que quien tiene en su mano combatir o evitar el combate, siempre halla alguna buena excusa para salvarse. Si estos bárbaros creen más seguro espantarnos de lejos con sus voces y alaridos sin exponerse a peligro de batalla, que venir con nosotros a las manos, porque de otra suerte antes vendrían al combate que hacer todas esas amenazas, juzgad el temor que se les puede tener, grande de ver y oír, pero muy pequeño al pelear. Si sostenéis su ímpetu cuando acometan y os retiráis paso a paso en buen orden, muy pronto estaréis a salvo en lugar seguro y conoceréis por experiencia, para lo venidero, que la natural condición de estos bárbaros es dar de lejos grandes alaridos y amenazar, pero que mostrando osadía los que están dispuestos a recibirlos cuando se les acercan y combaten a la par, muestran su valentía en los pies más que en las manos, procurando huir lo más que pueden para salvarse.»

Cuando Brasidas arengó a su gente con este breve razonamiento, les mandó caminar puestos en orden de batalla y retirándose poco a poco. Viendo esto los bárbaros, les siguieron a toda prisa haciendo gran ruido y con grandes alaridos según su costumbre, pensando que huirían sus contrarios por este medio y esperando atacarles en el camino y dispersarlos. Mas cuando vieron que a sus corredores que iban a escaramuzar delante de cualquier parte del ejército, los griegos les hacían buena resistencia y que Brasidas con la banda de soldados escogidos sostenía el ímpetu de los otros que cargaban sobre ellos, se asustaron grandemente. Habiendo los griegos resistido el primer ímpetu rechazaron más fácilmente los otros, y cuando los bárbaros cesaban de acometerles iban retirándose poco a poco hacia la montaña, de tal manera, que cuando Brasidas y los que venían con él llegaron a lo llano, la banda de los bárbaros encargada de seguirles se halló atrás bien lejos de ellos, porque los otros bárbaros iban en persecución de los macedonios rezagados del ejército de Perdicas que huía y a todos los que alcanzaban fuera del tropel los mataban sin ninguna misericordia.

Entonces Brasidas, viendo que no se podían salvar sino por un paso estrecho que estaba a la entrada de la tierra de Arrabeo entre dos cerros, determinó tomarlo y los bárbaros acudieron a ocupar la entrada pensando atajarle y encerrarle allí. Mas como Brasidas comprendiese su designio, mandó a los trescientos soldados que con él estaban, que lo más pronto que pudiesen sin guardar orden, fuesen hacia uno de los cerros, el que le pareció más fuerte, y procurasen tomarlo antes que los enemigos se pudiesen reunir allí en mayor número y señorearse de él. Hiciéronlo así los soldados tan valerosamente y tan pronto, que al llegar lanzaron de él a los bárbaros que habían ya ganado la cumbre, y por este medio el resto del ejército de Brasidas pudo fácilmente ganar el paso, porque los bárbaros, viendo huir a los suyos arrojados del cerro y también que los griegos habían ya ganado el paso para salvarse, no cuidaron de seguirles más adelante.

Aquel mismo día llegó Brasidas a la ciudad de Arnisa, que era del señorío de Perdicas, y los de su ejército por despecho e ira que tenían de que los macedonios de Perdicas fueron los primeros en partir desamparándoles, al encontrar alguna yunta de bueyes o carruaje dejado en el camino, como sucede cuando se va huyendo, mayormente si es de noche, los desuncían y los mataban y tomaban lo que les parecía del bagaje.

Perdicas pudo conocer en ello que Brasidas le era enemigo, y desde entonces mudó la voluntad y afición que tenía a los lacedemonios, aunque no lo mostró del todo por temor a los atenienses, y en adelante procuró, por todos los medios que pudo, tratar con éstos y apartarse de la amistad de los peloponenses.

XVIII

Al volver Brasidas de Macedonia a Torona halló que los atenienses habían ya tomado la ciudad de Menda, y considerando que no tenía fuerzas para defender a Palene si los enemigos la combatían, quedó en Torona para guardar de ella, porque durante el tiempo que estuvo con Perdicas los atenienses habían salido para ir en ayuda de los lincestas contra Menda y Escione. Iban con cincuenta naves muy bien dispuestas, entre ellas diez de Quío, y llevaban mil hombres bien armados de su tierra, seiscientos flecheros de Tracia, otros mil soldados extranjeros y algún número de soldados armados a la ligera, siendo capitanes Nicias, hijo de Nicéstrato y Nicostrato, hijo de Diítrifes.

Partidos de Potidea, cuando llegaron cerca del templo de Posidón tomaron la vuelta de Menda. Los de la ciudad al saberlo salieron armados al campo con trescientos hombres de Escione y la gente de guarnición de los peloponenses, que serían en todos hasta setecientos, al mando de Polidámidas, y asentaron su campo sobre una montaña que les parecía lugar bien seguro. Aunque Nicias con ciento veinte soldados de Metona, sesenta atenienses de los más escogidos y todos los flecheros hizo lo posible para desalojarlos, pensando subir por algunos senderos de la montaña, fue tan maltratado a golpes que tuvo que retirarse, y Nicostrato, que también quiso subir por otra parte con el resto del ejército, fue puesto en tanto desorden que poco faltó para ser vencido y deshecho aquel día todo el ejército de los atenienses. Viendo que no habían podido rechazar a los de Menda se retiraron a su campamento que tenían delante de la ciudad, y los de Menda se refugiaron durante la noche en la ciudad.

Al día siguiente los atenienses fueron a correr la tierra de Escione, robaron todos los lugares y destruyeron los catales que había en el campo en torno de la ciudad mientras duró el día, sin que los de dentro osasen salir porque había alguna discordia entre ellos.

A la noche siguiente, los trescientos hombres de Escione que estaban dentro de Menda volvieron a sus casas. Venido el día, Nicias, con la mitad de su ejército, volvió a recorrer la tierra de Escione y Nicostrato, con lo restante, se alojó ante las puertas de la ciudad. Polidámidas reunió a los ciudadanos y cierto número de soldados peloponenses; arengó su gente de guerra y la puso en orden de batalla para salir contra los atenienses, mas uno de los de la ciudad le contradijo, diciendo que no había necesidad de salir ni combatir con ellos, lo cual excitó la ira de Polidámidas, que le hirió malamente. Viendo esto, los de la ciudad no lo pudieron sufrir más y tomaron las armas contra los peloponenses y contra los que estaban con ellos, y éstos, viendo la furia de los ciudadanos, empezaron a huir, así por temor de aquellos como de los atenienses, a quienes abrieron las puertas. Dudando los peloponenses que fuese por trato entre ellos, se retiraron los que pudieron al castillo de que se habían apoderado antes. Los atenienses entraron en la ciudad, porque Nicias había ya vuelto de su correría, y la saquearon, pretendiendo que no les habían abierto las puertas por común acuerdo y determinación de todos, sino por acaso de fortuna, o por inteligencias particulares, y aun con todo esto tuvieron los capitanes harto que hacer en impedir a los soldados que matasen a todos los que hallaban dentro. Apaciguado este ruido, los capitanes mandaron a los ciudadanos que volvieran a tomar el gobierno de la villa según antes lo tenían y que hiciesen justicia de los que habían sido causa de la rebelión.

Pasado esto, fueron a cercar a los que se habían acogido al castillo, y para ello hicieron unos muros que llegaban hasta la mar por todos lados, poniendo allí su gente de guarda para que no pudiesen salir, y después partieron con el resto del ejército hacia Escione, pero los de la ciudad les salieron al encuentro con los soldados peloponenses que tenían consigo y se alojaron sobre un cerro cerca de la muralla, porque sin tomar éste no podían buenamente poner cerco a Escione. Los atenienses les acometieron tan denodadamente que hicieron desalojar el cerro, y por esto levantaron trofeo allí en señal de victoria, después reconocieron la ciudad por todas partes con determinación de cercarla, pero estando ocupados en la obra, los peloponenses sitiados en el castillo de Menda salieron de él de noche y a pesar de los que les tenían cercados, pasaron por la parte de la mar y los más vinieron por medio del campo de los atenienses, de tal manera que se metieron en Escione. Entretanto, Perdicas, por despecho contra Brasidas, hizo tratos de paz con los capitanes atenienses, según tenía determinado desde la hora en que Brasidas partió del país de los lincestas y con una banda de tesalios que tenía consigo, de la que se había servido en la guerra pasada, porque Nicias, capitán de los atenienses, le rogó que al declararse amigo de éstos les hiciese algún servicio señalado, intentó vedar a los peloponenses la entrada en su tierra y rehusó dar paso a Iscágoras, capitán lacedemonio que traía el ejército de los peloponenses por tierra para unirse a Brasidas. Además le vedó que cogiese a sueldo ningún soldado tesalio; no obstante esto, Iscágoras, Aminias y Aristeo, enviados por los lacedemonios a Brasidas para saber el estado en que estaban sus cosas, pasaron por Tesalia y se unieron a éste con toda la gente que traían, y aunque por ordenanzas de la ciudad estaba prohibido que los que tienen cargo de guardar alguna plaza no la encomienden a otra persona, dieron la guarda de Anfípolis a Cleáridas, hijo de Cleónimo, y la de Torona a Pasitélidas, hijo de Hegesandro.

En aquel verano los tebanos derribaron el muro de Tespias, acriminándoles que tenían tratos e inteligencia con los atenienses, y aunque mucho tiempo antes lo tenían determinado, entonces les fue más fácil hacerlo, porque en la batalla que habían tenido contra los atenienses murieron casi todos los jóvenes de Tespias.

En el mismo verano se quemó el templo de la diosa Hera, en la ciudad de Argos, por culpa de Crisis, su sacerdotisa, la cual, yendo a encender una lámpara que estaba junto a la corona de la diosa, se adormeció de tal manera, que antes que recordase fue todo abrasado; por razón de lo cual, temiendo que los argivos le hiciesen algún mal, huyó de noche a Fliunte, y los argivos, siguiendo sus leyes y ordenanzas, la privaron del cargo, poniendo en su lugar otra sacerdotisa llamada Faínide, aunque Crisis había presidido en aquel templo los ocho años y medio que duraba la guerra.

Al terminar el verano, habiendo los atenienses cercado a Escione de muros por todas partes, pusieron buena guarnición en ellos y volvieron a Atenas.

El invierno siguiente pasó en paz entre atenienses y lacedemonios por causa de las treguas, mas los de Mantinea y Tegea, teniendo cada cual sus amigos y aliados en su ayuda, libraron empeñada batalla junto a Laodoción, en tierra de Oréstide, siendo la victoria incierta, porque el ala derecha de los de la una parte y de la otra fue desbaratada y puesta en fuga, por lo cual ambas partes levantaron trofeo en señal de victoria y enviaron a ofrecer los despojos que habían ganado al templo de Delfos. Hubo muchos muertos de unos y otros, y antes que se pudiese conocer quien llevaba la mejor parte, los separó la noche, quedando los de Tegea en el campo y levantando trofeo en el mismo lugar y retirándose los de Mantinea a Bucolión, levantando también su trofeo frente del de sus contrarios.

Al fin del invierno, Brasidas intentó tomar por traición la ciudad de Potidea, teniendo algunas inteligencias con los de dentro, y llegando de noche hasta la muralla preparó sus escalas para subir antes que los ciudadanos lo pudiesen oír, porque sus espías le dijeron que cuando se mudasen los centinelas, al que le cabía la guarda frente a la muralla partiría de allí para ir a otro lado, lo cual había de entender Brasidas por el sonido de una campanilla que tocaría el que estaba en guarda al mudar los centinelas. Así se hizo antes de llegar el nuevo centinela y fueron puestas las escalas, mas en el momento de escalar les oyeron los de dentro, viéndose forzados a retirarse con sus tropas aquella misma noche.

Esto ocurrió el invierno de aquel año, que fue el noveno de la guerra que escribió Tucídides.

LIBRO QUINTO

I

En el verano siguiente, fin del primer año de las treguas, que se cumplieron el día de la fiesta de Pitia, los atenienses echaron de la isla de Delos a los moradores, porque les pareció por alguna causa antigua que no vivían dignamente y que no restaba por hacer más que aquello para cumplir y acabar la purificación de dicha isla, según lo antes referido, pues habiendo quitado las sepulturas y monumentos de los muertos, convenía también lanzar de allí a los vivos que hacían mala vida, para aplacar del todo la ira de los dioses.

Los expulsados de la isla se fueron todos a la ciudad de Atramitión, en tierra de Asia, a donde Farnaces les daba lugar para que habitasen conforme iban llegando.

Terminadas las treguas, Cleonte partió para Tracia con treinta navíos, en los cuales había mil doscientos infantes atenienses, todos muy bien armados, y trescientos de a caballo, con otro gran número de aliados que llevaba consigo por consentimiento de los atenienses, a quienes Cleonte había inducido para esto. Al llegar delante de Escione, que estaba todavía cercada, Cleonte tomó alguna gente de la guarnición del cerco y se fue con ella al puerto de Cefo, que no está muy lejos de la ciudad de Torona, donde entendiendo por relación de algunos fugitivos que Brasidas no estaba allí y que la gente de guerra que había dejado en guarda no era bastante para resistir a sus fuerzas y poder, salió de sus naves y fue por tierra con su ejército hacia la ciudad, habiendo primeramente dejado diez barcos para que cerrasen y tomasen la entrada del puerto. Dirigióse contra los muros y reparos nuevos que Brasidas había hecho por meter los arrabales dentro de la ciudad, y para que fuese todo un fuerte, había derribado los muros viejos que estaban entre la ciudad y los arrabales. Llegaron los atenienses de pronto a combatir aquellos muros, donde Pasitélidas, que había quedado por capitán para guarda y defensa de la ciudad, resistió lo mejor que pudo con la poca gente que tenía; mas viendo que no era bastante para poder defenderse, y temiendo que la gente que quedaba en las naves alrededor del puerto entrase en la ciudad por la parte de mar, que estaba desprovista de tropas, y le atacase por la espalda, se retiró con la mayor diligencia que pudo al burgo viejo de la ciudad. La gente de las naves que había saltado a tierra en el puerto ganó la entrada de la ciudad por aquella parte, y los que combatían los muros nuevos, viendo esto, les siguieron a todo empuje y entraron todos mezclados unos tras otros dentro del burgo viejo por algunos portillos de la muralla vieja que había sido derribada, matando en aquella entrada gran número de lacedemonios y de los ciudadanos que les salían al encuentro defendiéndose. Algunos cayeron prisioneros, entre ellos Pasitélidas, su capitán.

Sabedor Brasidas de la llegada de los atenienses, venía a socorrer a los de Torona a toda prisa; mas como en el camino tuviese nueva de la toma de la ciudad, se volvió, faltándole sólo para llegar a tiempo caminar unos cuarenta estadios.

Los atenienses, después de tomar la plaza, levantaron dos trofeos en señal de victoria, uno en el puerto y otro en la ciudad, y tomaron cautivos las mujeres, niños y hombres, así lacedemonios como toronenses, y otros calcideos, enviándolos todos a Atenas. Serían unos setecientos, de los cuales los lacedemonios fueron después libertados por concierto de las treguas, y los otros dados a los olintios en canje por otros tantos atenienses que estaban prisioneros.

Durante este tiempo, los beocios tomaron por traición el muro de Panactón, que está en los confines de Atenas. Cleonte, habiendo dejado buena guarnición dentro de Torona, partió por mar a la villa de Atos, cercana de la ciudad de Anfípolis, y Féace, hijo de Erasístrato, elegido por embajador de los atenienses con otros dos acompañantes, salió para Italia y Sicilia con dos naves solamente. La causa de enviarle fue ésta:

Después que los atenienses salieron de Sicilia por la concordia y unión que los sicilianos habían hecho entre sí, los leontinos habían metido en su ciudad gran número de gente por ciudadanos, a causa de lo cual, viéndose el pueblo muy crecido y aumentado de gente, determinó repartir las tierras de la ciudad por cabezas, lo cual, visto por los principales y más ricos, expulsaron la mayor parte de los del pueblo fuera de la ciudad. Estos expulsados fueron a unas partes y a otras, y dejaron la ciudad casi sola y desierta. Poco después se establecieron en Siracusa, donde los recibieron como a ciudadanos; mas posteriormente, algunos de ellos a quienes pesaba estar allí, determinaron volver a su tierra, y al llegar a ella tomaron por asalto una parte de la ciudad llamada Foceis, y otro lugar fuera, en término de ella, nombrado Bricinias, que era bien fuerte, a donde muchos de aquellos desterrados acudieron para juntarse con ellos, defendiéndose dentro de los muros de aquel lugar lo mejor que podían contra los de la ciudad.

Advertidos los atenienses de esto, enviaron a Féace, como arriba dijimos, con encargo de que tratase con sus aliados y confederados y los otros de la tierra, persuadirles, si fuese posible, de que se unieran para contrastar el poder de los siracusanos, cada día mayor, y socorrer y ayudar a los leontinos.

Al llegar Féace a Sicilia, con sus buenas razones ganó la voluntad de los camarinos y los acragantinos; mas cuando se presentó a los de Gela, hallando las cosas en contraria disposición de lo que pensaba, no pasó más adelante, conociendo que no hacían nada por él, y se volvió navegando a lo largo de la isla de Sicilia, hablando de pasada con los de Catania y de Bricinias para amonestarles que siempre estuviesen firmes y constantes en la amistad a los atenienses.

Al ir, como al volver, trató con algunas ciudades de Italia para que no se confederasen e hiciesen alianza con los atenienses. Pasando por la costa de Sicilia, a la vuelta a su tierra, encontró en la mar algunos ciudadanos de Locros procedentes de Mesena, de donde fueron lanzados por los de Mesena, después de vivir algún tiempo en la ciudad. A causa de una sedición y revuelta que hubo en ella, poco tiempo después de la concordia hecha entre los sicilianos, el bando que se vio más débil y con menos fuerzas llamó a los locros en su ayuda. Estos enviaron gran número de sus ciudadanos, y por este medio se hicieron señores de Mesena por algún tiempo, con la ayuda de los que les habían llamado. Mas al fin fueron echados de la ciudad, y volvían a sus casas cuando Féace les encontró, el cual no les molestó, aunque pudiera, porque de pasada había hecho alianza con los de la ciudad de Locros en nombre de los atenienses, y a pesar de que en la concordia hecha entre los sicilianos, estos locros habían rehusado la alianza de los atenienses. Aun entonces no la aceptaran si no fuera por la guerra que a la sazón tenían contra los de Iponión y Medmas, sus vecinos y comarcanos.

Pasado esto, a los pocos días Féace llegó a Atenas.

II

Partió Cleonte de Torona y dirigióse contra la ciudad de Anfípolis. De pasada, al salir del puerto de Eón, tomó por asalto la villa de Estagira, en tierra de Andria, intentando además tomar Galepso, en tierra de Tasos, mas no lo pudo conseguir y volvió a Eón.

Estando allí, envió a decir a Perdicas que, conforme a la alianza que había hecho nuevamente con los atenienses, viniese luego hacia él con todo su poder, y asimismo avisó a Poles, rey de los odamantos, que tenía un grueso ejército de soldados en Tracia, para que viniesen en su ayuda, esperando la llegada de estos reyes en aquel lugar de Eón.

Al saber todo esto Brasidas, partió con su ejército y se alojó junto a la villa de Cerdilión, que está en un lugar alto y fuerte, en tierra de los argilios, de la otra parte del río, no muy lejos de Anfípolis, porque de este lugar se podía muy bien ver lo que hacían sus enemigos, y ellos también lo que él hacía.

Cleonte, como Brasidas lo había pensado, caminó con todo su campo derechamente hacia la ciudad de Anfípolis, haciendo muy poco caso de Brasidas, porque no tenía más de mil y quinientos soldados tracios, y juntamente con ellos los edones, todos muy bien armados, y algunos de a caballo, entre mircinios y calcideos, sin los mil que había enviado dentro de Anfípolis, que podían ser en todos hasta dos mil hombres de a pie y trescientos de a caballo, de los cuales tomó mil y quinientos, y con ellos subió a Cerdilión; los otros los envió dentro de Anfípolis para socorro de Cleárides.

Volviendo a Cleonte, digo que estuvo quieto, sin osar emprender ningún hecho, hasta tanto que fue forzado a salir por las mañas que después Brasidas tuvo. A los de Cleonte no les gustaba estar allí esperando tanto tiempo sin pelear, teniendo a Cleonte por hombre negligente y cobarde, y que sabía muy poco de las cosas de guerra en comparación de Brasidas, que le estimaban por hombre osado y buen capitán. Añadíase que los más de los atenienses habían ido con Cleonte a esta empresa de mala gana y contra su voluntad, por todo lo cual, oyendo éste la murmuración de los suyos, y porque no se enojasen perdiendo más tiempo allí, determinó sacarlos de aquel lugar, donde estaban todos puestos en un escuadrón, como habían estado en Pilos, esperando que les sucedería la cosa tan bien como allí; porque no podía pensar que los enemigos osarían venir a combatir contra él, antes decía que quería salir de su campo y subir a reconocer el lugar donde estaban aquéllos.

También quiso aguardar mayor socorro, no tanto por la esperanza de la victoria si se veía forzado a combatir, como por cercar la ciudad y tomarla. Al llegar con todo su ejército, que era muy pujante, bien cerca de Anfípolis, se alojó sobre un cerro de donde podía ver la tierra en derredor; y mirando el asiento de la ciudad muy atento, mayormente por la parte de Tracia, donde el río de Estrimón se estrecha, halló que le venía muy a propósito este lugar, por parecerle que se podría retirar cuando quisiese sin combate.

Por otra parte, no veía persona alguna dentro de la ciudad, ni que entrase o saliese por las puertas, las cuales estaban todas cerradas, y pesábale en gran manera no haber traído consigo todos sus aparatos y pertrechos de guerra para batir los muros, pareciéndole que, de tenerlos allí, la hubiera tomado fácilmente.

Cuando Brasidas entendió que los atenienses habían levantado su campo, también desalojó a Cerdilión y entró con toda su gente dentro de Anfípolis, sin hacer alarde alguno de querer salir ni combatir con los atenienses, porque no se hallaba tan poderoso como los enemigos para hacerlo, no tanto por el número de gente (porque en esto casi eran iguales) cuanto por los otros aprestos de guerra, en que era inferior a sus contrarios, y aun por la calidad de las tropas, porque en el campo de los atenienses estaba la flor de su gente de guerra y todas las fuerzas de los lemnios y de los parios. Determinó, pues, usar de arte y maña para acometerles; porque presentar a los enemigos su ejército, aunque fuese en número bastante y bien armado, le parecía no serle provechoso, y que antes serviría para dar ánimo a los enemigos y para que los despreciasen y tuviesen en poco. Así, pues, dejando para guarda y defensa de la ciudad con ciento cincuenta soldados a Cleárides, él, con lo demás de su ejército, determinó acometer a los atenienses antes que partiesen de allí, pensando que serían más fáciles de desbaratar estando faltos del socorro que esperaban por momentos, que aguardar a que éste llegará. Antes de poner en ejecución su empresa, quiso declarárselo a sus soldados y amonestarles que hiciesen todos su deber. Mandó, pues, reunirlos y les dirigió la siguiente arenga:

«Varones peloponenses: Porque venimos de una tierra de donde los naturales por su ánimo generoso siempre han vivido en libertad, y por la costumbre que aquellos de vosotros que sois dorios de nación tenéis de combatir contra los jonios de origen, a quienes siempre habéis estimado por inferiores y para menos que vosotros, no es menester que os haga largo razonamiento, sino sólo que os declare la manera que tengo pensada para salir y acometer a mis enemigos: porque viendo que quiero probar mi fortuna con poco número de gente sin llevar todo nuestro poder, no tengáis menos corazón, pensando que por esto sois más débiles y flacos. Según puedo conjeturar, estos nuestros enemigos que ahora nos tienen en poco, pensando que no osaremos salir a combatir contra ellos, se han puesto en lo alto para reconocer la tierra y allí están muy seguros sin ningún orden ni concierto.

»Sucede muchas veces, que el que entiende y para mientes con atención en los yerros y faltas de sus enemigos, y se determina de acometerles con ánimo y osadía, no solamente en batalla campal sino también en encuentro cuando quiera que vea la suya, llega al cabo con su empresa para su honra y provecho. Porque las empresas y hazañas que se hacen en guerra con astucia para dañar a los enemigos y hacer bien y provecho a sus amigos dan gran honra y gloria a los capitanes que las emprenden. Por tanto, mientras están así desordenados y sin sospechar mal alguno, antes que levanten su campo del lugar donde están, pues me parece que tienen más voluntad de desalojarlo que de esperar allí, he determinado dar sobre ellos con la gente que tengo, mientras dudan de lo que harán y antes que puedan resolverlo, entrando, si pudiere, hasta en medio de su campo.

»Tú, Cleárides, cuando vieres que yo estoy sobre ellos, y entendieses que les he puesto temor y espanto, abrirás la puerta de la ciudad y saldrás súbitamente de la otra parte con la gente que tienes, así ciudadanos como extranjeros, y vendrás con la mayor diligencia que pudieras a meterte en medio, porque me parece que haciendo esto, los pondrás en gran alboroto y turbación, pues ya sabes que los que sobrevienen de nuevo en un encuentro ponen más temor a los contrarios que aquellos con quienes están peleando.

»Muéstrate, pues, Cleárides, hombre de valor y verdaderamente espartano, y vosotros nuestros aliados, seguidle animosamente y pensad que el pelear bien consiste sólo en tener buen corazón, vergüenza y honra, y obedecer a sus capitanes; que el día de hoy, si os mostráis valientes y esforzados, adquiriréis libertad para siempre y seréis en adelante con más razón llamados compañeros y aliados de los lacedemonios. Obrando de otro modo, si os podéis escapar de ser todos muertos y vuestra ciudad destruida, a bien librar quedaréis en más dura servidumbre que estabais antes, y seréis causa de estorbar a los otros griegos el conseguir su libertad.

»Sabiendo, pues, cuánto nos importa esta batalla, procurad señalaros en ella por buenos y esforzados, que en lo demás que a mí toca, yo mostraré por la obra que sé pelear de cerca tan bien como amonestar a los otros de lejos».

Después que Brasidas hubo animado a los suyos con este razonamiento, puso en orden los que habían de salir con él, y asimismo los que después habían de salir con Cleárides por la puerta de Tracia según queda dicho. Mas por haber sido visto de los enemigos a la bajada de Cerdilión, y también después, estando dentro de la ciudad, sobre todo cuando estaba haciendo sacrificios en el templo de la diosa Palas, situado fuera de la ciudad y cerca de la muralla, dieron aviso a Cleonte que había salido a reconocer la tierra en torno de la ciudad. Fácil les era averiguar lo que pasaba, así porque veían claramente a los de dentro de la ciudad que se ponían en armas, como también que salía por las puertas tropel de gente de a caballo y de a pie, lo cual espantó mucho a Cleonte, que apresuradamente bajó del lugar donde se encontraba para saber si eran ciertas sus sospechas.

Cuando conoció la verdad, habiendo determinado no combatir hasta que llegara el socorro que esperaba, y considerando que si se retiraba por la parte que primero había pensado le verían claramente, hizo señal para retirarse por otro lado, y mandó a los suyos que comenzasen la marcha primero por la izquierda, porque por otra parte no era posible, dirigiéndose hacia la villa de Eón; mas viendo que los del ala izquierda caminaban muy despacio, hizo volver a los de la derecha hacia aquella parte, dejando por esta vía el escuadrón de en medio descubierto, y él mismo iba animando a los suyos para retirarse a toda prisa.

Entonces Brasidas conoció que ya era tiempo de salir, y viendo que se marchaban los enemigos, dijo a los suyos: «Esta gente no nos aguardará, porque bien veo cómo sus lanzas y celadas se menean, y nunca jamás hicieron estos hombres que tuviesen gana de combatir, por tanto, abrid las puertas y salgamos todos con buen ánimo a dar sobre ellos con toda diligencia».

Abiertas las puertas por la parte que Brasidas había ordenado, así las de la ciudad como las de los reparos y las del muro largo, salió con su gente a buen trote por la senda estrecha donde ahora se ve un trofeo puesto, y dio en medio del escuadrón de los enemigos, que halló confusos por el desorden que tenían y espantado por la osadía de sus enemigos; inmediatamente volvieron las espaldas y se pusieron en fuga.

Al poco rato salió Cleárides por la puerta de Tracia como le habían mandado, y vino por la otra parte a dar sobre los enemigos. Los atenienses, viéndose acometer súbitamente por donde no pensaban y atajados de todas partes, se asustaron más que antes, de tal manera que los de la ala izquierda que habían tomado el camino de Eón diéronse a huir en desorden

En este medio, Brasidas, que había entrado por el ala derecha de los enemigos, fue gravemente herido cayendo a tierra, mas antes que los atenienses lo advirtiesen fue levantado por los suyos que estaban cerca, y aunque los soldados de la ala derecha de los ateniense se afirmaron más que los otros en su plaza, Cleonte, viendo que no era tiempo de esperar más dio a huir, y cuando iba huyendo lo encontró un soldado mircinio que le mató. Mas no por eso los que con él estaban dejaron de defenderse contra Cleárides a la subida del cerro, y allí pelearon muy valientemente hasta tanto que los de a caballo y los de a pie armados a la ligera, así mircinios como calcideos, sobrevinieron, y a fuerza de venablos obligaron a que abandonaran su puesto y se pusiesen en huida.

De esta suerte todo el ejército de los atenienses fue desbaratado, huyendo unos por una parte y los otros por otra, cada cual como podía hacia la montaña, y los que de ellos se pudieron salvar acogiéronse a Eón.

Después que Brasidas fue llevado herido a la ciudad, antes de perder la vida supo que había alcanzado la victoria, y al poco rato falleció. Cleárides siguió al alcance de los enemigos cuanto pudo con lo restante del ejército, y después se volvió al lugar donde había sido la batalla.

Cuando hubo despojado los muertos, levantó un trofeo en el mismo lugar en señal de victoria.

Pasado esto, todos acompañaron al cuerpo de Brasidas armados, y le sepultaron dentro de la ciudad delante del actual mercado, donde los de Anfípolis le hicieron sepulcro muy suntuoso y un templo como a héroe, dedicándole sacrificios y otras fiestas, y honras anuales, dándole el título y nombre de fundador y poblador de la ciudad, y todas las memorias que se hallaron en escrito, pintura o talla de Hagnón, su primer fundador, las quitaron y rayaron, teniendo y reputando a Brasidas por fundador y autor de su libertad. Hacían esto por agradar más a los lacedemonios por el temor que tenían a los atenienses, y también porque les parecía más provechoso para ellos hacer a Brasidas aquellas honras que no a Hagnón, a causa de la enemistad que naturalmente tenían con los atenienses, a los cuales, no obstante esto, les dieron sus muertos, que se hallaron hasta seiscientos, aunque de la parte de los lacedemonios no hubo más de siete, porque ésta no había sido primeramente batalla, sino un encuentro o batida donde no hubo mucha resistencia.

Recobrados los muertos, los atenienses volvieron por mar a Atenas, y Cleárides con su gente se quedó en la ciudad de Anfípolis para ordenar el gobierno de ella.

Esta derrota fue en el fin del verano, a tiempo que los lacedemonios Ranfias y Antocáridas iban con un refuerzo de novecientos hombres de guerra a tierra de Tracia para rehacer el ejército de los peloponenses. Cuando llegaron a la ciudad de Heraclea, en tierra de Traquinia, estando allí ordenando las cosas necesarias para aquella ciudad, tuvieron noticia de lo ocurrido.

III

Al comienzo del invierno, la gente de guerra que mandaba Ranfias llegó hasta el monte Perión, que está en Tesalia, mas los de la tierra le prohibieron el paso, por cuya causa, y también porque supieron la muerte de Brasidas, a quien llevaba aquellas tropas, volvieron a sus casas, porque les parecía que no era tiempo de comenzar la guerra, visto que los atenienses se habían retirado y que ellos dos, Ranfias y Autocáridas, carecían de recursos para dar fin a la empresa de Brasidas.

Por otra parte, sabían muy bien que a su partida de Esparta los lacedemonios estaban más inclinados a la paz que a la guerra, y a excepción del combate de Anfípolis y la vuelta de Ranfias de Tesalia, no hubo hecho alguno de guerra entre atenienses y lacedemonios, porque de una y otra parte se deseaba más la paz que la guerra; los atenienses, por la pérdida que habían sufrido primeramente en Delos, y poco después en Anfípolis, por razón de lo cual no estimaban sus fuerzas por tan grandes como al principio cuando les hablaron sobre concierto de paz, que ellos rehusaron entonces, confiados muchos en su prosperidad, y también temían en gran manera que sus aliados, viendo declinar su fortuna se les rebelasen, estando muy arrepentidos de no haber aceptado la paz que les demandaban después de la victoria que alcanzaron en Pilos. Los lacedemonios, por su parte, la deseaban porque les había resultado la guerra muy distinta de lo que pensaron al principio, pues creían que talando la tierra de los atenienses en poco tiempo los desharían; también por la pérdida de Pilos, que fue la mayor que los de Esparta tuvieron hasta entonces, y porque los enemigos, que estaban dentro de Pilos y de Citera, no cesaban de recorrer y robar las tierras que los lacedemonios tenían allí cercanas. Además, sus ilotas y esclavos se pasaban a menudo a los atenienses, y continuamente tenían temor que los otros que quedaban hiciesen lo mismo por consejo de los que primero habían huido.

También había otra causa y razón más eficaz, y era que la tregua que los lacedemonios habían hecho por treinta años con los argivos espiraba en breve, la cual tregua los lacedemonios no querían continuar si los argivos no les devolvían la villa de Cinuria, y no se hallaban bastante poderosos para hacer la guerra contra los atenienses y los argivos a un tiempo, tanto más sospechando que algunas de las ciudades del partido de éstos en tierra de Peloponeso se declarasen por ellos, como sucedió después.

Por estas razones, ambas partes deseaban la paz, mayormente los lacedemonios, para recobrar sus prisioneros en Pilos, los cuales eran todos naturales de Esparta, parientes y amigos de los principales de Lacedemonia, y por cuya libertad procuraron la paz desde que fueron presos, aunque los atenienses, engreídos con la prosperidad de su fortuna, entonces no la habían querido aceptar, esperando hacer mayores cosas antes que la guerra tuviese fin. Pero después que los atenienses fueron derrotados en Delos, pensando los lacedemonios que entonces serían más tratables y humanos, habían acordado las treguas por un año, para que durante éste pudiesen tratar de la paz o de más larga tregua.

Sobrevino al poco tiempo la derrota de Anfípolis, que les ayudaba en gran manera al logro de sus deseos, sobre todo porque Brasidas y Cleonte habían muerto en ella, y éstos eran los principales que estorbaban la paz de ambas partes; Brasidas por la buena fortuna que tenía en la guerra, de la cual esperaba siempre gloria y honra, y Cleonte porque le parecía que sus yerros y faltas serían más notorias y manifiestas en tiempo de paz que en el de guerra, y que no se daría tanta fe y crédito a sus invenciones y ruines pareceres habiendo paz.

Faltando estos dos quedaban otras dos personas, las más principales de las dos ciudades, que tenían gran deseo y codicia de la paz, esperando que por medio de ella alcanzarían el mando principal en las dos ciudades. El uno era Plistoanacte, hijo de Pausanias, rey de Lacedemonia, y el otro Nicias, hijo de Nicérato, que por entonces era el mejor caudillo que los atenienses tenían, y que había realizado en la guerra famosos hechos. A éste le parecía que era mejor hacer la paz mientras que los atenienses estaban en prosperidad y antes que perdiesen su buena fortuna por algún azar de guerra, y también porque los ciudadanos, y él mismo con ellos, tuviesen en adelante sosiego y reposo, y él pudiese dejar la buena fama después de su muerte de no haber hecho ni aconsejado jamás cosa alguna por donde a la ciudad le sobreviniese mal, lo cual podía no sucederle si lo fiaba todo a la aventura de la guerra, cuyos males y daños se evitan por la paz.

El lacedemonio Plistoanacte también deseaba la paz, a causa de tenérsele por sospechoso desde el comienzo de la guerra, acusándole de que se había retirado con el ejército de los peloponenses de tierra de los atenienses. Además le culpaban de todos los males y daños que después de su retirada habían venido a los lacedemonios, y de que él y Aristocles, su hermano, habían sobornado a la sacerdotisa del templo de Apolo en Delfos que daba los oráculos y respuestas de Apolo, de manera que a nombre del dios, y como inspirada por él, había respondido a los nuncios que los lacedemonios enviaron diversas veces al templo para saber el consejo de Apolo tocante a la guerra el oráculo siguiente:

«Los descendientes de Zeus tornarán su generación de tierra ajena a la suya propia, si no quieren arar la tierra con reja de plata».

Hizo esto Plistoanacte porque los lacedemonios le desterraron a Liceón por la sospecha de que se dejó corromper por dinero, para retirarse con el ejército de tierra de Atenas, en el cual lugar del Liceón vivió mucho tiempo, y por esta respuesta del Oráculo le alzaron al destierro, y fue recibido en la ciudad con las honras que acostumbran para los reyes cuando entran con pompa. Para hacer olvidar estas sospechas deseaba la paz, pareciéndole que cesando los inconvenientes de la guerra, no tendrían ocasión de imputarle aquella culpa, mayormente después que los ciudadanos hubiesen recobrado sus prisioneros. Además, mientras durase la lucha duraría la murmuración, pues como sucede siempre, cuando el pueblo ve los males y daños de la guerra, murmura contra los principales actores de ella.

Duraron los tratos para la paz todo el invierno, y al fin de él los lacedemonios hicieron alarde de querer construir una grande armada y enviaron a todas las ciudades confederadas aviso para que se aprestasen a la guerra para la primavera, pensando que así infundirían más temor a los atenienses, y les darían motivo para querer la paz. Por tales medios, después de muchos tratos y discusiones, fue ajustada entre ellos, con condición de que cada cual de las partes devolviera lo que había tomado a la otra, excepto Nisea, que quedaría en poder de los atenienses, porque pidiendo Platea, los tebanos decían que no la habían tomado por fuerza, sino que los ciudadanos se la habían entregado voluntariamente, y los atenienses dijeron lo mismo de Nisea.

Estando juntos todos los confederados para este efecto, les alegró que la paz se concluyese y que en ella quedara establecido que la ciudad de Platea fuera de los tebanos, y la de Nisea de los atenienses. Los beocios, los corintios, los eleos y los megarenses no quisieron aceptar esta paz, no obstante, por común decreto fue acordada y jurada por los embajadores de Atenas en Esparta, y después confirmada por las ciudades confederadas de una y otra parte en la forma y manera siguiente:

Primeramente, en cuanto a los templos públicos, que sea lícito a cada cual de las partes ir y venir a su voluntad sin ningún estorbo ni impedimento algunos, y hacer sus sacrificios, demandas, peticiones y consultas acostumbradas, y que para esto puedan enviar su nuncios y consejeros así por mar como por tierra.

Item, en cuanto al templo de Apolo en Delfos, que los que lo tienen a su cargo puedan usar y gozar de sus leyes, privilegios, costumbres, tierras, rentas y provechos, según costumbre.

Item, que esta paz sea firme y segura sin dolo, fraude, ni engaño entre los atenienses y los lacedemonios, sus amigos, aliados y confederados por espacio de cincuenta años; que si en este tiempo se suscitaran entre ellos algunas cuestiones, se deba decidir y determinar por derecho y justicia y no por armas, y que así será jurado por juramento solemne de una parte y de otra; pero con la condición de que los lacedemonios y sus confederados restituirán a los atenienses la ciudad de Anfípolis, y que los moradores de esta y de las otras ciudades, villas y lugares que fueren restituidas a los atenienses puedan y les sea lícito, si quisieren, irse y trasladar el domicilio adonde bien les pareciese con sus casas, bienes y haciendas, y que las ciudades que Arístides hizo tributarias sean libres y francas en adelante.

Item, que no sea lícito a los atenienses y sus aliados ir ni enviar gente de armas para hacerles mal a estas ciudades que les serán devueltas mientras les pagaren su tributo acostumbrado. Estas ciudades son las siguientes: Argilo, Estagira, Acanto, Estolo, Olinto y Espartolo, las cuales quedarán neutrales, sin estar aliadas ni confederadas a los atenienses ni a los lacedemonios, excepto si los atenienses las pueden inducir por buenos medios y maneras, sin fuerza ni rigor, a que sean sus aliadas, pues, en tal caso, les será lícito.

Item, que los habitantes de Meciberna, Sana y Singo puedan morar en sus ciudades, según y de la misma manera que los olintios y los acantios.

Item, que los lacedemonios restituyan a los atenienses la ciudad de Panactón, y los atenienses a los lacedemonios las villas de Corifasión, Citera, Metona, Pteleón, Atalanta, y todos los prisioneros que de ellos tienen, así en la ciudad de Atenas como en otras partes en su tierra y poder. Asimismo, los que tienen sitiados en Escione, lacedemonios u otros peloponenses, o de sus amigos y confederados de cualquier parte y lugar que sean, y generalmente todos los que Brasidas envió a dichas plazas. Además, si estuviere algún lacedemonio u otra cualquier persona de sus aliados en prisión por cualquier causa que sea en la ciudad de Atenas o en otro cualquier lugar de su señorío, sea puesto en libertad, haciendo los lacedemonios y sus confederados lo mismo en favor de los atenienses y sus aliados. En cuanto a las ciudades de Escione, Torona y Sermila, y cualquier otra que los atenienses tuvieran en su poder, éstos determinarán lo que se hubiere de proveer y les mandarán hacer el juramento a los lacedemonios y a las otras ciudades confederadas. Que ambas partes harán el juramento acostumbrado la una a la otra, el mayor y más fuerte que se puede hacer en tal caso, en el cual se contenga, en efecto, que guardarán los tratados y capítulos de paz arriba dichos justa y debidamente, y que este juramento se deba renovar todos los años, y sea consignado por escrito y esculpido en una piedra y puesto en Olimpia, en Pitia, en el Estrecho, en la ciudad de Atenas y en la de Lacedemonia en el lugar llamado Amiclas.

Item, si alguna otra cosa ocurriese además de esto que sea justa y razonable a ambas partes, se pueda añadir, mudar y quitar por los atenienses y por los lacede-monios.

Fue acordado y aceptado este tratado de paz en Es-parta, siendo eforato de Plístolas y presidente de la ciudad de Lacedemonia, a 26 días del mes de Artemisio, y en Atenas fue aceptado y aprobado, siendo presidente Alceo, a 15 días del mes de Elafebolión, y otorgáronle y juráronle por parte de los lacedemonios Plistoanacte, Agis, Plístolas, Damageto, Quiónide, Metágenes, Acan-to, Dáito, Iscágoras, Filocáridas, Zeúxidas, Antipo, Telide, Alcínadas, Empedias, Minas y Láfilo; y de parte de los atenienses, Lampón, Istmiónico, Nicias, Laques, Eutidemo, Procles, Pitódoro, Hagnón, Mirtilo, Trasicles, Teágenes, Aristócrates, Yolcio, Timócrates, León, Láma-co y Demóstenes.

Este tratado fue hecho y jurado al fin del invierno y al comienzo de la primavera, diez años y algunos días después del principio de la guerra, que fue la primera entrada que hicieron los peloponenses y sus confederados en tierra de Atenas. La cual guerra me parece por mejor señal para mayor acierto distinguida por los tiempos del año, a saber: el invierno y el verano, que no por los nombres de los cónsules y gobernadores de las ciudades principales, que cambian con frecuencia.

Conforme a este tratado de paz, los lacedemonios entregaron de inmediato los prisioneros que tenían en su poder, porque les cupo por suerte ser los primeros que entregasen, y tras esto enviaron sus embajadores Iscágoras y Minas a Filocáridas, su capitán, para mandarle que entregase la ciudad de Anfípolis a los atenienses.

También los enviaron a las otras ciudades confederadas para que confirmasen y pusiesen por ejecución el tratado arriba dicho, y muchas rehusaron hacerlo, pretendiendo que no les era favorable el contrato.

Asimismo, Cleárides rehusó entregar la ciudad de Anfípolis por agradar a los calcideos, diciendo que no lo podía hacer sin voluntad de éstos; pero partió con los dos embajadores a Lacedemonia para defenderse si le quisieran calumniar diciendo que no había obedecido el mandato de los lacedemonios y también para probar si podría enmendar el tratado en este artículo; mas sabiendo que estaba concluido y acordado, volvió a la ciudad de Anfípolis por orden de los lacedemonios, que también le mandaron expresamente entregase la ciudad a los atenienses, o que, si los ciudadanos dificultaban esto, saliese él con todos los peloponenses que estaban dentro.

Las otras ciudades confederadas enviaron sus embajadores a los lacedemonios para mostrarles que este tratado de paz les era muy perjudicial y que no le querían guardar ni cumplir si no lo enmendaban en algunos artículos. Después que los lacedemonios les oyeron, no quisieron enmendar nada de lo que habían hecho y concluido, mandándoles retirarse.

Poco tiempo después hicieron alianza con los atenienses, y aunque los argivos habían rehusado entrar en la alianza con ellos, nada les importó, porque les parecía que sin los atenienses no les podrían hacer mucho mal y que la mayor parte de los peloponenses querían más la paz, por el sosiego y reposo, que la guerra. Después de algunas negociaciones sobre la alianza en la ciudad de Esparta con los embajadores de los atenienses, fue ajustada del siguiente modo:

Los lacedemonios serán compañeros y aliados de los atenienses por cincuenta años en esta forma:

Si algunos enemigos entraren en tierra de los lacedemonios para hacerles daño, los atenienses ayudarán a éstos con todo su poder en todo y por todo lo que pudieren, y si los tales enemigos asolaran su tierra, serán tenidos por enemigos comunes de atenienses y lacedemonios y les harán la guerra juntamente, o la dejarán pactando la paz de consuno.

Todas las cosas arriba dichas se harán bien y debidamente sin fraude ni engaño; y lo mismo harán los lacedemonios con los atenienses, si algunos extraños entraran en su tierra.

Si los ilotas o siervos de los lacedemonios se levantaran contra ellos, los atenienses estarán obligados a ayudarles con todo su poder.

Esta alianza fue otorgada y jurada por las mismas personas que juraron la paz de ambas partes y se había de renovar todos los años el juramento como el de la paz escrita y esculpir el tratado en dos piedras que se pusieran una en la ciudad de Esparta, junto al templo de Apolo en la plaza llamada Amiclas, y la otra en la de Atenas, junto al templo de Atenea. Además fue acordado, que si durante esta alianza pareciese bien a ambas partes añadir o quitar o mudar cosa alguna, lo pudieran hacer por común acuerdo.

Esta alianza la juraron de parte de los lacedemonios: Plistoanacte, Agis, Plístolas, Iscágoras, Filocáridas, Zeúxidas, Antipo, Alcínadas, Telide, Empedis, Minas y Láfilo. Y de parte de los atenienses: Lampón, Istmiónico, Laques, Nicias, Eutidemo, Procles, Pitódoro, Hagnón, Mirtilo, Trasicles, Teágenes, Aristócrates, Yolcio, Timó-crates, León, Lámaco y Demóstenes.

La alianza fue hecha poco después del tratado de paz y de entregar los atenienses los prisioneros que hicieron en la isla frente a Pilos al principio del verano, que fue el fin del décimo año, después que comenzó la guerra que escribimos.

IV

Hecha esta paz entre los lacedemonios y los atenienses, después de durar la guerra diez años, como antes se ha dicho, solamente fue observada entre las ciudades que la quisieron admitir, porque los corintios y algunas otras ciudades del Peloponeso no la aceptaron y poco después se movió revuelta entre los lacedemonios y los otros confederados.

Andando el tiempo, los lacedemonios fueron tenidos por sospechosos a los atenienses, principalmente por razón de algunos artículos de la alianza no ejecutados como debían serlo, aunque todavía se guardaron de entrar los unos en tierra de los otros como enemigos por espacio de seis años y diez meses. Mas después se hicieron grandes daños los unos a los otros en diversas ocasiones sin romper del todo la alianza, antes la entretenían con treguas, las cuales fueron guardadas mal por espacio de diez años, y pasados éstos viéronse forzados a acudir a la guerra descubierta.

Esta guerra la escribió Tucídides ordenadamente, según fue hecha de año en año, así en invierno como en verano, hasta tanto que los lacedemonios y sus aliados asolaron y destruyeron el imperio y señorío de los atenienses, tomaron los muros largos de la ciudad de Atenas y a Pireo, y duró, comprendido el primero y segundo período, veintisiete años, del cual espacio de tiempo no se puede con razón quitar ni descontar el tiempo que duró el tratado de paz, porque el que para mientes en lo ocurrido, no podrá juzgar que esta paz tuviese algún efecto, visto que no fue guardada ni ejecutada por ninguna de las partes en las cosas que señaladamente fueron articuladas, contraviniendo unos y otros al tratado con la guerra he-cha en Mantinea y en Epidauro, y de otras muchas maneras.

También en Tracia los que habían sido aliados fueron después enemigos. Y los beocios hacían treguas de diez días solamente, por lo cual el que contara bien los diez años que duró la primera guerra, el tiempo que pasó en treguas y lo que duró la segunda guerra, hallará la cuenta de los años tal cual yo he dicho y algunos días más.

Este espacio de tiempo fue profetizado por los oráculos y respuestas de los dioses; porque me acuerdo haber oído decir a menudo públicamente a muchas personas, que aquella guerra había de durar tres novenos años. En todo este tiempo viví sano de mi cuerpo y entendimiento y procuré saber y entender todo lo que se hizo, aunque estuve en destierro durante diez años, después que fui enviado por capitán de la armada a Anfípolis. Habiendo, pues, estado presente a las cosas que se hicieron de una y otra parte en el tiempo que seguí la guerra, no tuve menos conocimiento de ellas en el que estuve desterrado en tierra del Peloponeso; antes tuve mejor ocasión de saber, entender y escribir la verdad.

Referiré, por tanto, las cuestiones y diferencias que sobrevinieron pasados los diez años; asimismo el rompimiento de las treguas, y finalmente todo lo que se hizo en esta guerra hasta su terminación.

Volviendo a la historia, digo que después de hecha la paz por cincuenta años y la liga y alianza entre los atenienses y los lacedemonios, y que los embajadores de las ciudades del Peloponeso que habían ido a Lacedemonia volvieron a sus casas sin convenir nada, los corintios gestionaron aliarse con los argivos y al principio hicieron hablar a algunos de los principales de la ciudad de Argos, mostrándoles que, pues los lacedemonios habían hecho alianza con los atenienses, sus mortales enemigos, no por guardar y conservar la libertad común de los peloponenses, sino por ponerlos en servidumbre, convenía que los argivos procurasen guardar la libertad común y persuadir a todas las ciudades de Grecia que quisiesen vivir en libertad y según sus leyes y costumbres antiguas, que hi-ciesen alianza con ellos para darse ayuda los unos a los otros cuando fuese menester, y que eligiesen caudillos a capitanes que tuviesen mando y autoridad de proveer en todas cosas, a fin de que las empresas fuesen secretas y que los pueblos mismos no tuviesen noticia de algunas cosas que, presumían, no habían de consentir, porque, según decían estos corintios que seguían las negociaciones, habría muchos particulares que por odio a los lacedemonios se aliaran con los mismos argivos. Tales razonamientos hicieron los corintios a los principales gobernadores de Argos, y éstos los refirieron al pueblo, acordando por común decreto que eligiesen doce personas a quienes se diese pleno poder y facultad de contratar y concluir amistad y alianza en nombre de los argivos con todas las ciudades libres de Grecia, excepto con los lacedemonios y los atenienses, con los cuales no pudiesen tratar nada sin comunicarlo primeramente al pueblo; hi-cieron esto los argivos, así porque veían que se les acercaba la guerra con los lacedemonios, como por el poco tiempo que restaba para que espirasen las treguas, también porque esperaban por esta vía hacerse señores del Peloponeso, a causa que el mando y señorío de los lacedemonios era ya odioso y desagradable a la mayor parte de los peloponenses y comenzaban a despreciarlos y tener en poco por las derrotas, pérdidas y daños que habían sufrido en la guerra.

Por otra parte, los argivos eran entonces entre todos los griegos los más ricos, a causa de que, como no se habían mezclado en las guerras precedentes por tener amistad y alianza con ambas partes, durante la guerra entre los otros se habían enriquecido en gran manera. Procuraban, pues, por estos medios atraer a su amistad y alianza a todos los griegos que se quisiesen confederar con ellos, entre los cuales, los primeros que se aliaron fueron los mantineos y sus adherentes, porque durante la guerra entre los atenienses y los lacedemonios habían tomado una parte de tierra de Arcadia, sujeta a los lacedemonios, y se la habían apropiado sospechando que tendrían memoria para vengar la citada injuria cuando viesen oportunidad, aunque por entonces no lo aparentasen. Antes, pues, de que les viniese este peligro quisieron aliarse con los argivos, considerando que Argos era una grande y poderosa ciudad, muy poblada y muy rica, y por eso bastante y suficiente para poder resistir a los lacedemonios, y también porque era gobernada por señorío y estado popular, como la suya de Mantinea.

A ejemplo de estos mantineos, otras muchas ciudades del Peloponeso hicieron lo mismo, pareciéndoles que los mantineos no habían hecho esto sin gran motivo y sin saber y conocer alguna cosa más que ellos no sabían. También lo hacían por despecho de los lacedemonios, a los cuales tenían gran odio por muchas causas, y la principal era que en un artículo del tratado de paz hecho entre atenienses y lacedemonios, estaba dicho y confirmado por juramento que si en el tratado se hallase cosa alguna que les pareciese se debía quitar o mudar, los de las dos ciudades, a saber, de Atenas y Lacedemonia, lo pudiesen hacer, sin que este artículo hiciese mención alguna de las otras ciudades confederadas del Peloponeso, cosa que puso en gran sospecha a todos los peloponenses, de que estas dos ciudades se hubiesen concertado para sujetar a todas las demás, pues parecíales que era cosa justa, si los tenían por sus compañeros y aliados, comprender en aquel artículo también las otras ciudades del Peloponeso y no solamente las dos. Esta fue la causa principal que les movió a hacer alianza con los argivos.

Los lacedemonios, entendiendo que poco a poco las ciudades del Peloponeso se confederaban con los argivos y que los corintios habían sido autores y promovedores de esto, les enviaron algunos embajadores, haciéndoles saber que si se apartaban de su amistad y alianza por juntarse a los argivos, contravendrían su juramento y obrarían contra toda razón no queriendo aprobar y confirmar el tratado de paz hecho con los atenienses, atento que la mayor parte de las otras ciudades confederadas lo habían aprobado y que en el contrato de sus alianzas se contenía que lo que fuese hecho por la mayor parte de ellos fuese tenido y guardado por todos los otros, si no había algún impedimento justo por parte de los dioses o héroes.

Antes de responder a esta demanda, los corintios reunieron todos sus aliados, es a saber, a aquellos que no habían aún aceptado el tratado de paz por común acuerdo con los lacedemonios, para inducirles a entrar en la liga y confederarse contra ellos, alegando algunas cosas en que los lacedemonios les habían hecho agravio al otorgar aquel tratado de paz, mayormente porque en él no estaba puesto que los atenienses les restituyeran las villas de Solión, Anactorión y algunos otros lugares que pretendían haberles tomado, y también porque no estaban determinados los corintios a desamparar a los de Tracia, que por su amonestación y persuasión se habían rebelado contra los atenienses, a los cuales habían prometido particularmente por juramento, que no les abandonarían así al comienzo, cuando se rebelaron con los de Potidea, como después otras muchas veces, por lo cual no se tenían por quebrantadores de la alianza que hicieron antes con los lacedemonios, si ahora no querían aceptar el tratado de paz que éstos habían hecho con los atenienses, visto que no lo podían hacer sin quedar por perjuros para con los tracios. Además, en un artículo de su tratado de alianza se decía que la parte menor hubiese de aceptar lo que hiciese la mayor, si no hubiera algún estorbo o impedimento de los dioses, lo cual reputaban que ocurría en este caso, pues contraviniendo a su juramento ofendían a los dioses, por los cuales ellos habían jurado. Así respondían respecto a este artículo.

En cuanto a la liga y alianza con los argivos, que habiendo consultado éstos con sus amigos y aliados harían todo aquello que fuese justo y razonable.

Después que los embajadores de los lacedemonios fueron despedidos con esta respuesta, los corintios mandaron venir ante ellos, en su Senado, a los embajadores de los argivos que ya estaban en la ciudad antes que los otros partiesen, y les dijeron que no curasen de diferir más la alianza con ellos, sino que fueran al primer consejo y la concluyesen.

Pendiente esto, llegaron allí unos embajadores de Élide, los cuales primeramente hicieron alianza con los corintios, y de allí, por su orden, fueron a Argos, donde hicieron lo mismo, porque también estaban muy descontentos de los lacedemonios, a causa de que antes de la guerra con los atenienses, siendo los de Lepreón ofendidos por algunos de los arcadios, se acogieron a los eleos y les prometieron que si les socorrían en aquella guerra, después de acabada, cuando fueran expulsados de su tierra los arcadios, les darían la mitad de los frutos que cogiesen. Verificada la expulsión, los eleos se convinieron y acordaron con los lepreotas que tenían tierra a labrar, que les pagasen cada año un talento de oro todos juntos, el cual se ofreciese al templo de Zeus en Olimpia, y este tributo pagaron sin contradicción algunos años, hasta la guerra de los atenienses y peloponenses, mas después rehusaron hacerla, tomando por excusa las cargas y tributos que sostenían por razón de la guerra. Y porque los eleos les querían obligar a que lo pagasen, los lepreotas acudieron a los lacedemonios, a quienes también los eleos sometieron por entonces la cuestión para que la decidieran, pero después, sospechando que juzgasen contra ellos, no quisieron proseguir la causa ante aquéllos, sino que fueron a talar la tierra de los lepreotas. No obstante esto, los lacedemonios pronunciaron su sentencia, por la cual declararon que los lepreotas no estaban obligados en cosa alguna a los eleos, que sin razón habían talado su tierra.

Viendo los lacedemonios que los eleos no querían pasar por su juicio y sentencia, enviaron su gente de guerra en socorro de los lepreotas, por lo cual los eleos pretendían que los lacedemonios habían contravenido al tratado de alianza hecho entre ellos y los otros peloponenses, en el que se establecía que las tierras que cada cual de las ciudades poseía al comienzo de la guerra les debiesen quedar, diciendo que los lacedemonios habían atraído a ellos la ciudad de los lepreotas que les era tributaria.

Esta fue la ocasión y pretexto para hacer la alianza con los argivos, y poco después la hicieron los corintios y los calcideos que habitan en Tracia. Los beocios y megarenses estuvieron a punto de hacer lo mismo, pretendiendo que habían sido menospreciados por los lacedemonios, pero se detuvieron considerando que la manera de vivir de los argivos, que era señorío y mando del pueblo, no era tan conveniente para ellos como la de los lacedemonios que se gobernaban por un cierto número de personas, a saber, por un consejo y senado que tenía el mando y autoridad sobre todos.

V

Durante este verano, los atenienses se apoderaron de la ciudad de Escione por fuerza, mataron todos los hombres jóvenes, cautivaron a los niños y a las mujeres y dieron todas las tierras de los esciones a los platenses, sus aliados, para que las labrasen y se aprovecharan de ellas.

También hicieron regresar a Delos a los ciudadanos que habían sido echados de allí, atendiendo así a los males y daños que habían sufrido por la guerra, como a los oráculos de los dioses que se lo amonestaban. Los foceos y los locros comenzaron la guerra entre sí, y los corintios y los argivos, que ya estaban aliados y confederados, fueron a la ciudad de Tegea con esperanza de poder apartarla de la alianza de los lacedemonios, y por medio de ésta, porque tenía gran término y jurisdicción, atraer así a todas las demás del Peloponeso. Mas viendo los corintios que los tegeatas no se querían separar de los lacedemonios por queja alguna que hubiesen tenido antes con ellos, perdieron la esperanza de que ningunos otros quisieran unirse a ellos en amistad, rehusándolo los de Tegea. No por eso dejaron de solicitar a los beocios para que se aliasen y confederasen con ellos y con los argivos, y para que en adelante se rigiesen y gobernasen todos por común acuerdo, porque los beocios habían hecho la tregua de diez días con los atenienses. Después de la conclusión de la paz de cincuenta años arriba dicha, les demandaban que enviasen sus embajadores con ellos a los atenienses para que fuesen comprendidos en la misma tregua, y si no lo querían hacer, los beocios renunciasen del todo a esta tregua y en adelante no hiciesen ningún tratado de paz y de tregua sin los corintios.

A esto respondieron los beocios, respecto a la alianza, que ellos entenderían en ella, y en cuanto a lo demás enviaron sus embajadores con los de los corintios a Atenas y demandaron a los atenienses que comprendieran a los corintios en la tregua de diez días, pero los atenienses respondieron a todos, que si los corintios estaban aliados con los lacedemonios les bastaba aquella alianza para con ellos y no habían menester otra cosa.

Oída esta respuesta, los corintios procuraron con gran instancia que los beocios renunciasen a la tregua de diez días, pero éstos no lo quisieron hacer; visto lo cual los atenienses quedaron satisfechos de hacer tregua con los corintios sin alguna otra alianza.

En este verano los lacedemonios, con su ejército al mando de Plistoanacte, su rey, salieron contra los parrasios, que viven en tierra de Arcadia y son súbditos de los mantineos. Fueron los lacedemonios llamados a esta empresa por algunos de los ciudadanos parrasios a causa de los bandos y sediciones que había entre ellos, y también iban con intención de derrocar los muros que los mantineos hicieron en la villa de Cipsela, donde habían puesto guarnición, villa asentada en los términos de los parrasios en la región de Esciritide en tierra de Lacedemonia.

Al llegar los lacedemonios a tierra de los parrasios comenzaron a robar y talar, y viendo esto los mantineos dejaron la guarda de su ciudad a los argivos y con todo su poder acudieron a socorrer a sus súbditos, mas viendo que no podían defender los muros de Cipsela y guardar la ciudad de los parrasios juntamente, determinaron volverse.

Los lacedemonios pusieron a los parrasios que les llamaron en su ayuda en libertad, derrocaron aquellos muros y regresaron a sus casas. Después del regreso, llegó también la gente de guerra que había ido con Brasidas a Tracia y que Cleárides trajo por mar cuando quedó ajustada la paz. Declaróse por decreto que todos los ilotas y esclavos que se habían hallado en aquella guerra con Brasidas quedasen libres y francos, y pudieran vivir donde quisieran. Al poco tiempo enviaron a todos éstos, con algunos otros ciudadanos, a habitar la villa de Lepreón, que está en término de los eleos, en tierra de Lacedemonia, porque ya los lacedemonios tenían guerra con los eleos.

Por otro decreto, los lacedemonios desautorizaron y declararon infames a los que cayeron prisioneros de los atenienses en la isla frente a Pilos, por haberse entregado con armas a los enemigos, y entre los que así se rindieron había algunos que ya estaban elegidos para los cargos públicos de la ciudad. Hicieron esto los lacedemonios, porque siendo aquéllos reputados y tenidos por infames, no emprendiesen alguna novedad en la república si llegaban a tener algún cargo de autoridad y mando en ella. De ésta suerte, los declararon inhábiles para adquirir honras y oficios ni tratar ni contratar, aunque poco tiempo después les habilitaron.

En este mismo verano los dieos tomaron la ciudad de Tiso, en tierra de Atos, confederada con Atenas.

Durante toda esta estación, atenienses y peloponenses comerciaron entre sí, aunque siempre se tenían por sospechosos desde el principio del tratado de paz, porque no habían restituido de una parte ni de otra lo que fue acordado en él. Los lacedemonios, que eran los primeros que debían restituir, no habían devuelto a los atenienses la ciudad de Anfípolis ni las otras plazas, ni habían obligado a sus confederados en tierra de Tracia a que aceptasen el tratado de paz, ni tampoco a los beocios y los corintios, aunque decían siempre que si los tales confederados no querían aceptar el tratado de paz, se unirían a los atenienses para forzarles a ellos, y para esto habían señalado un día sin poner nada por escrito ni obligación, dentro del cual, los que no hubiesen ratificado y aprobado aquel tratado de paz, fuesen tenidos y reputados por enemigos de los atenienses y de los lacedemonios.

Viendo los atenienses que los lacedemonios no cumplían nada de lo que habían prometido y capitulado, opinaban que no querían mantener la paz, y por esto también dilataban la devolución de Pilos, arrepintiéndose de haber entregado los prisioneros y reteniendo en su poder las otras villas y plazas que habían de restituir por virtud del contrato, hasta tanto que los lacedemonios hubiesen cumplido su compromiso, los cuales se excusaban diciendo que ya habían hecho lo que podían, devolviendo los prisioneros que tenían y mandado salir de Tracia su gente de guerra, pero que la devolución de Anfípolis no estaba en su mano; y en lo demás, que ellos trabajarían por hacer que los beocios y los corintios entrasen en el contrato y la ciudad de Panactón fuese restituida a los atenienses, como también todos los atenienses que se hallasen prisioneros en Beocia. En cambio pedían a los atenienses que les devolvieran la ciudad de Pilos, o a lo menos si no la querían entregar, que sacasen de ella a los mesenios y los esclavos que tenían dentro, como ellos habían sacado la gente de guerra que estaba en Tracia, y que pusiesen en guarda de la ciudad, si quisiesen, de los suyos propios.

De esta manera pasaron todo aquel verano las cosas en tranquilidad, tratando y comunicando los unos con los otros.

VI

En el invierno siguiente fueron mudados los éforos o gobernadores de la ciudad de Esparta, en cuyo tiempo fue concluido el tratado de paz. En su lugar eligieron otros que eran contrarios a la paz y se hizo un ayuntamiento en Lacedemonia donde se hallaron presentes los embajadores de las ciudades confederadas a los peloponenses y de los atenienses, los corintios y los beocios. En este ayuntamiento fueron debatidas muchas cosas de todas partes, mas al fin terminó sin tomar resolución alguna.

Vueltos cada cual a su casa, Cleóbulo y Jenares, que eran los dos éforos nuevamente elegidos que presidían por entonces en Lacedemonia y deseaban el rompimiento de la paz, tuvieron negociaciones privadas con los beocios y los corintios, amonestándoles que atendiesen al estado general de las cosas, y al que ellos estaban por entonces, sobre todo a los beocios, que así como habían sido los primeros en hacer alianza con los argivos, quisieran de nuevo confederarse con los lacedemonios, mostrándoles que por este medio no estarían obligados a tener alianza con los atenienses y que antes de las enemistades que esperaban y de que se rompiesen las treguas, siempre los lacedemonios habían deseado más la alianza y amistad de los argivos que la de los atenienses, porque siempre habían desconfiado de éstos y por eso querían ahora asegurarse, sabiendo que la alianza de los argivos les venía muy a propósito a los lacedemonios para hacer la guerra fuera del Peloponeso. Por tanto, rogaban a los beocios que dejasen de buen grado a los lacedemonios la ciudad de Panactón para que, restituida esta ciudad, ellos pudiesen recobrar a Pilos si fuese posible y por este medio comenzar la guerra de nuevo contra los atenienses con más seguridad.

Dichas tales cosas a los embajadores de los beocios y de los corintios por los éforos y algunos otros lacedemonios amigos suyos, para que hiciesen relación de ellas a sus repúblicas, partieron. Antes de llegar a sus ciudades encontraron en el camino dos gobernadores de Argos y hablaron mucho con ellos, para saber si sería posible que los beocios quisieran entrar en su alianza, como habían hecho los corintios, los mantineos y los eleos, diciéndoles que si esto se hacía, les parecía que serían bastantes para declarar la guerra a los atenienses, o a lo menos, por medio de los beocios y los otros confederados llegar a algún buen concierto con ellos. Estas noticias fueron muy agradables a los beocios, porque les parecía que concordaban con lo que sus amigos los lacedemonios les habían encargado y que los argivos otorgaban lo que los otros deseaban, determinando entre ellos enviar embajadores a tierra de Beocia para este efecto, y con esto se despidieron unos de otros. Llegados los beocios a su tierra, relataron a los gobernadores de su ciudad todo lo que habían escuchado de los lacedemonios y lo que había pasado con los argivos en el camino, lo cual celebraron los gobernadores, porque la amistad de los unos y de los otros les venía bien, y porque ambas partes, sin previo acuerdo, se mostraban propicias al mismo fin.

Pocos días después vinieron embajadores de los argivos, a los cuales, después de oídos, les respondieron que dentro de algunos días enviarían a ellos sus embajadores para tratar de la alianza.

Durante este tiempo se reunieron los beocios, los corintios, los megarenses y los embajadores de los de Tracia, y acordaron y concluyeron entre ellos una liga y alianza para ayudarse y socorrerse unos a otros, contra todos aquellos que les quisiesen ofender, y que no pudiesen hacer guerra, ni paz ni otro tratado con persona alguna una parte sin la otra. También fue estipulado que los beocios y megarenses, que ya estaban aliados, hiciesen alianza en las mismas condiciones con los argivos; mas antes que los gobernadores de Beocia concluyesen la cosa, dieron cuenta de ella a los cuatro consejos de la tierra que tienen el universal mando y autoridad principal, rogándoles que quisiesen consentir en esta alianza con aquellas ciudades y con todos los otros que querían juntarse con ellos, mostrándoles que esto era en su utilidad y provecho. Los consejos no quisieron otorgarlo temiendo que fuese contrario a los lacedemonios, si se aliaban con los corintios que se habían rebelado y apartado de ellos, porque los gobernadores no les habían advertido de sus explicaciones con los éforos, Cleóbulo, y Jenares, y los amigos lacedemonios, que era en substancia, que primero debiesen hacer alianza con los argivos y corintios, y que después la harían con los lacedemonios, porque les pareció a los gobernadores que sin declarar esto a los cuatro consejos, harían lo que ellos les aconsejaban. Mas viendo que la cosa ocurría de muy distinta manera que pensaban los corintios y los embajadores de Tracia, regresaron sin concluir nada, y los gobernadores de los beocios, que ha-bían determinado, si podían, persuadir primero al pueblo, e intentar después la alianza con los argivos, viendo que no lo podían alcanzar de los cuatro consejos, no procuraron hablar más de ello, ni los argivos, que habían de enviar allí su embajador, tampoco le enviaron. De esta manera la cosa quedó por hacer por descuido y negligencia, y por falta de solicitud.

En este invierno los olintios tomaron por asalto la villa de Meciberna, donde los atenienses tenían guarnición, y la robaron y saquearon.

Pasado esto, hubo muchas negociaciones entre atenienses y lacedemonios tocante a la guarda y observancia de los tratados de paz, mayormente sobre restituir los lugares de una parte y de otra, esperando los lacedemonios, que si restituían a Panactón a los atenienses, también éstos les devolverían a Pilos, y para ello enviaron su embajador los lacedemonios a los beocios, rogándoles que dejasen a los atenienses la ciudad de Panactón, dándoles los prisioneros que tenían suyos, a lo cual los beocios les respondieron que no lo harían en ningún caso, si los lacedemonios no hacían alianza particular con ellos como lo habían hecho con los atenienses. Sobre esto, los lacedemonios, aunque conocían que era contrario a la alianza hecha con los atenienses, en la cual estaba capitulado que los unos no pudiesen hacer paz ni guerra sin los otros, por el deseo que tenían de adquirir de los beocios a Panactón, esperando por medio de ella recobrar a Pilos, y también por la mayor inclinación que tenían los éforos que gobernaban entonces a los beocios que a los atenienses, a fin de romper la paz, acordaron e hicieron aquella alianza en fin del invierno. Después de hecha, al comienzo de la primavera, que fue el onceavo año de la guerra, los beocios derribaron y asolaron del todo la ciudad de Panactón.

Los argivos, viendo que los beocios no habían enviado sus embajadores para hacer alianza según les prometieron, y que habían derrocado hasta los cimientos a Panactón y hecho alianza particular con los lacedemonios, tuvieron gran temor de quedarse solos en guerra con los lacedemonios, y que las otras ciudades de Grecia se confederasen todas con éstos, porque pensaban que lo que habían hecho los beocios en Panactón fuese con consejo y consentimiento de los lacedemonios, y aun de los atenienses, y que todos estaban de acuerdo. Con los atenienses no tenían los argivos propósito de contratar más, porque lo que habían contratado antes era con idea de que la alianza entre ellos y los lacedemonios no sería durable. Estando, pues, muy perplejos al verse obligados a sostener la guerra con los lacedemonios y los atenienses, y aun contra los tegeatas y los beocios porque habían rehusado el tratado y concierto con los lacedemonios, codiciando el imperio y señorío de todo el Peloponeso, enviaron por embajadores a los lacedemonios a Eustrofo y a Esón, que tenían por grandes amigos y muy agradables a los lacedemonios, para que tratasen la alianza, pareciéndoles que si estaban confederados con los lacedemonios, a cualquier parte que se inclinase la cosa, estarían seguros según el estado del tiempo presente. Al llegar los embajadores a Lacedemonia, declararon su misión ante el Senado, demandándole la paz y alianza, y para poder mejor tratarla, requirieron que las diferencias que tenían con los lacedemonios sobre la villa de Cinuria, que está en los términos de los argivos, inmediata a sus dos ciudades Tirea y Antena, pero poblada de lacedemonios, se remitiesen a alguna ciudad neutral o algún juez señalado por las partes, en el que ambas confiasen. Los lacedemonios les respondieron que no era menester ha-blar más sobre esto, y que si los argivos querían, estaban ellos dispuestos a hacer un nuevo tratado según y de la misma forma y manera que había sido el precedente. A esto los argivos mostraron alguna contradicción, diciendo que harían tratado igual al pasado, con la condición de que fuese lícito a cada cual de las partes, no obstante el tratado, hacer la guerra a la otra cuando bien le pareciese a causa de la villa de Cinuria, no estando la otra parte impedida por epidemia o por otra guerra, como en otra ocasión convinieron entre ellos, a la sazón que libraron una batalla, de la cual ambas partes pretendían haber alcanzado la victoria. Además, que la guerra no debiese pasar más adelante de los límites de la ciudad de Argos o Lacedemonia, y de sus términos.

Esta demanda pareció al principio a los lacedemonios muy loca y desvariada; pero al fin la otorgaron, porque deseaban la amistad de los argivos. Pero antes de convenir nada, aunque los embajadores tuviesen pleno poder, quisieron que regresaran a Argos y propusiesen el contrato al pueblo para saber si lo aprobaba; y siendo así, que volvieran en un día señalado para jurar el contrato. Convenido esto, partieron de Lacedemonia los embajadores.

Mientras en Argos se ocupaban de este asunto, los embajadores que los lacedemonios habían enviado a los beocios para recobrar a Panactón y los prisioneros atenienses, a saber, Andrómenes, Fédimo y Antiménides, hallaron que Panactón había sido asolada por los beocios, porque decían que existía un contrato antiguo entre ellos y los atenienses, confirmado con juramento, en el cual se decía que ni unos ni otros debían habitar en aquel lugar. Respecto a los prisioneros, les devolvieron los que tenían de los atenienses, a quienes los embajadores se los enviaron; y tocante a Panactón, les dijeron que no tenían por qué temer que ningún enemigo suyo habitase en ella, pues estaba derribada, pensando que por este medio quedarían libres de la promesa de devolverla.

No satisfizo esto a los atenienses; antes respondieron que no era cumplir lo prometido devolverles la ciudad destruida y asolada, y en lo demás haber hecho alianza con los beocios, contra lo que terminantemente había sido acordado entre ellos de que debiesen obligar a todas las ciudades confederadas que lo rehusaran a aceptar y ratificar el tratado de paz. Por razón de estas cosas y otras muchas, usaron con los embajadores de palabras muy duras y les despidieron sin otra conclusión.

Estando los atenienses y los lacedemonios en estas diferencias, aquellos a quienes la paz no agradaba en Atenas buscaban todos los medios que podían para romperla lo más pronto posible con ocasión de esto; y entre otros, era una Alcibíades, hijo de Clinias, el cual, aunque mozo, por la nobleza y antigüedad de sus progenitores (que habían sido muy nombrados y señalados), era muy honrado y amado del pueblo, y tenía gran autoridad en la ciudad. Éste aconsejaba al pueblo que hiciese alianza con los argivos, así porque le parecía serles útil y provechosa, como también porque por la altivez de su corazón se afrentaba que la paz fuese hecha con los lacedemonios por Nicias y Laques, sin hacer caso ni estima de él porque era joven, y tanto más se consideraba injuriado, cuanto que había renovado con ellos la amistad que su abuelo repudió. Por despecho de todo esto, se declaró entonces contra el tratado de paz, y dijo públicamente que no había seguridad ni firmeza en los lacedemonios, y que el tratado de paz hecho con ellos era sólo por apartar a los argivos de su amistad, y después declararles la guerra.

Viendo que el pueblo estaba inclinado contra los lacedemonios, envió secretamente a decir a los argivos que era el momento oportuno para conseguir la alianza y amistad, porque los atenienses la deseaban, y que viniesen sin dilación y trajesen los procuradores de los eleos y de los mantineos para ajustarla, prometiéndoles que les ayudarían con todo su poder.

Los argivos, teniendo aviso de esto, y entendiendo que los beocios no habían hecho alianza con los atenienses, y también que los atenienses estaban en gran discordia con los lacedemonios, prescindieron de las negociaciones de sus embajadores que trataban la paz y alianza con los lacedemonios, y entendieron hacerla con los atenienses, la cual tenían por mejor y más útil y provechosa para ellos que la otra, porque los atenienses habían sido siempre, desde los tiempos antiguos, sus amigos, y se gobernaban por señorío y estado popular como ellos, y porque les podían dar gran favor y ayuda por mar si tenían guerra, siendo como eran en el mar los más poderosos.

Inmediatamente enviaron sus embajadores con los de los eleos y mantineos a Atenas para tratar y concluir la alianza. Al mismo tiempo llegaron a Atenas los embajadores de los lacedemonios, que eran Filocárides, León y Eudio, que, según parece, eran los más aficionados a los atenienses y a la paz, los cuales fueron enviados así por la sospecha que tuvieron los lacedemonios de que los atenienses hiciesen alianza con los argivos en daño de ellos, como también para demandar que les devolvieran a Pilos en cambio de Panactón, y también para excusarse de la alianza que habían hecho con los beocios, y para mostrarles que no la habían hecho con mala intención ni en perjuicio de los atenienses.

Todas estas cosas fueron propuestas por los embajadores lacedemonios ante el Senado de Atenas, y además declararon que tenían pleno poder para tratar y convenir sobre todas las diferencias pasadas.

Viendo esto Alcibíades, y temiendo que si estas cosas fuesen publicadas y declaradas al pueblo le inducirían a consentir con ellos, y por tanto a rehusar la alianza de los argivos, usó de la astucia e ingenio para estorbarlo, ha-blando secretamente con los embajadores y diciéndoles que en manera alguna declarasen al pueblo que tenían poder bastante para entender en todas las diferencias, prometiéndoles que, si lo hacían así, pondría a Pilos en sus manos; que él tenía para ello los medios y autoridad, y sabía cómo persuadir al pueblo, como los había tenido antes para hacer que se opusiera a las demandas de los otros embajadores de los lacedemonios. Además les prometió que compondría todas las otras diferencias que tenían, haciendo esto por apartarlos de la conversación con Nicias, y también para por este medio calumniar a los embajadores, insinuar entre el pueblo que no había en ellos verdad ni lealtad, e inducirle a que hiciese alianza con los argivos, los mantineos y los eleos, según sucedió, porque cuando los embajadores se presentaron delante de todo el pueblo, siendo preguntados si tenían pleno poder para entender y tratar sobre todas las diferencias, respondieron que no, lo cual era contrario totalmente a lo que habían dicho primero delante del Senado. Tanto enojó esto a los atenienses, que no les quisieron dar más audiencia, poniéndose de acuerdo con Alcibíades, que comenzó a vociferar más reproches que nunca contra los lacedemonios.

A persuasión suya mandaron entrar los argivos y los otros aliados que habían venido en su compañía para ajustar y convenir la confederación y alianza con ellos, mas antes que la cosa fuese efectuada del todo tembló la tierra, por lo cual fue dejada la consulta para un día después.

Al día siguiente, de mañana, Nicias viose engañado por Alcibíades no menos que los embajadores de los lacedemonios que fueron inducidos por él a negar al pueblo lo que primero habían dicho en el Senado. Mas no por eso dejó Nicias de insistir de nuevo en el ayuntamiento, y mostrarles que la alianza debía hacerse y renovar la amistad con los lacedemonios, y que para esto debían enviar embajadores a Lacedemonia para saber más ampliamente su voluntad e intención, y entretanto diferir la alianza con los argivos, mostrándoles que era honra suya evitar la guerra y la vergüenza de los lacedemonios, y pues las cosas de los atenienses estaban en buen estado, que se supiesen guardar y conservar, pues los lacedemonios, que habían quedado con pérdida, tenían más motivo para desear la fortuna de la guerra que no ellos. Finalmente, tanto les persuadió Nicias, que acordaron los atenienses enviar sus embajadores a Lacedemonia, y entre ellos fue nombrado el mismo Nicias, a los cuales ordenaron que dijesen a los lacedemonios que si querían tratar con verdad y mantener la paz y alianza, devolvieran a los atenienses la ciudad de Panactón reedificada, y en lo demás dejasen a Anfípolis y se apartasen de la alianza de los beocios si no querían entrar en el tratado de paz con las mismas condiciones que en él había sido dicho y declarado, a saber: que cualquiera de las partes no pudiese hacer tratos con ciudad alguna sin que en ellos entrase la otra. Declararon además que si querían contravenir el tratado de paz y alianza haciendo lo contrario de lo que primero habían capitulado, supiesen que los atenienses tenían ya concluida la alianza con los argivos que quedaban en Atenas, esperando la resolución de esta embajada, y juntamente con éstas enviaron otras muchas quejas y agravios contra los lacedemonios por no haber guardado ni cumplido el tratado de paz, todas las cuales fueron dadas por instrucción a los embajadores atenienses para que se las expresaran a los lacedemonios.

Cuando los embajadores llegaron a Lacedemonia y expusieron su demanda en el Senado a los lacedemonios, y en el último término les notificaron que si no querían dejar la alianza con los beocios (en el caso que éstos no quisiesen aceptar el tratado de paz como hemos dicho), los atenienses concluirían la alianza con los argivos y los otros aliados suyos, los lacedemonios, por consejo del éforo Jenares, y los de su bando respondieron que no se apartarían de la alianza de los beocios en manera alguna, aunque siendo requeridos por Nicias que jurasen de nuevo guardar el tratado de paz y amistad que habían hecho antes entre sí; lo juraron de buen grado.

Hizo esto Nicias temiendo que si volvía a Atenas sin efectuar algo de lo que llevaba a cargo, después le calumniarían por haber sido autor del tratado de alianza con los lacedemonios, según después sucedió. Cuando Nicias regresó de su embajada y los atenienses entendieron por su relación la respuesta de los lacedemonios, y que no había efectuado nada con ellos, consideráronse muy injuriados, y por consejo y persuasión de Alcibíades concluyeron la alianza con los argivos que estaban en Atenas, el tenor de la cual es el siguiente:

Queda hecha confederación y alianza por espacio de cien años por parte de los atenienses con los argivos, los mantineos y los eleos, así para ellos como para sus amigos y compañeros a quienes presiden una parte y otra sin fraude, ni dolo, ni engaño, así por mar como por tierra, a saber: que una parte no pueda mover la guerra, ni hacer mal ni daño a la otra, ni a sus aliados, ni súbditos bajo cualquier causa, ocasión o motivo que sea.

Además, que si algunos enemigos durante este tiempo entraren en tierras de los atenienses, los argivos, mantineos y eleos estarán obligados a socorrerles con todas sus fuerzas y poder, tan pronto como fuesen requeridos por los atenienses. Y si sucediese que los enemigos hu-bieran ya salido de tierra de los atenienses, los argivos, mantineos y eleos los deban tener y reputar por sus enemigos ni más ni menos que los tendrán los atenienses.

Que no sea lícito a ninguna de estas ciudades aliadas y confederadas hacer tratado o concordia con los enemigos comunes sin el consentimiento de las otras, y lo mismo harán los atenienses para con los argivos, mantineos y eleos cuando los enemigos entrasen en su tierra.

Que ninguna de estas ciudades permitirá ni dará licencia para pasar por su tierra ni por la de sus amigos y aliados a quien presiden, ni por mar ninguna gente de armas para hacer guerra si no fuere con acuerdo y deliberación de las cuatro ciudades. Y si alguna de estas ciudades demandare socorro y ayuda de gente a las otras, la ciudad que pidiere el socorro sea obligada a proveer y abastecer de vituallas a su costa por espacio de treinta días, contados desde el primer día que el tal socorro llegare a la ciudad que le demanda. Pero si la ciudad hubiese menester el socorro por más tiempo, quedará obligada a dar sueldo a los tales soldados, a saber: tres óbolos de plata cada día por cada hombre de a pie, y a los de a caballo una dracma. La ciudad tendrá mando y autoridad sobre estos hombres de guerra, y ellos estarán obligados a obedecerla, mientras estuvieren en ella. Mas si en nombre de todas cuatro ciudades se formase ejército o armada, tenga caudillo y capitán de parte de todas cuatro.

Este tratado de alianza deberán jurarlo los atenienses al presente, en nombre suyo y de sus aliados confederados, y después se jurará en cada una de las otras tres ciudades y de sus aliados en la más estrecha forma que pueda ser, según su costumbre religiosa, después de hechos los sacrificios correspondientes por estas palabras:

«Juro mantener esta confederación y alianza según la forma y tenor del tratado acordado y otorgado sobre ella, justa, leal y sencillamente, y no ir ni venir en contrario con cualquier pretexto, arte ni maquinación que sea.» Este juramento será hecho en Atenas por los senadores y los tribunos, y después confirmado por ellos. Y en la ciu-dad de Argos, por el Senado y los ochenta varones del consejo. En Mantinea, por la justicia y gobernadores, y confirmado por los adivinos y caudillos de la guerra. En Elea o Élide, por los oficiales tesoreros y sesenta varones del gran consejo, y será confirmado por los conservadores de las leyes. El juramento será renovado todos los años, primero por los atenienses, los cuales irán para este efecto a las otras tres ciudades treinta días antes de las fiestas olímpicas, y después los representantes de las otras tres ciudades irán a Atenas para hacer lo mismo diez días antes de la gran fiesta llamada Panateneas.

Será escrito el presente tratado con su juramento y esculpido en una piedra que se ponga en lugar público, a saber: en Atenas, en el más eminente lugar de la ciudad; en Argos, junto al mercado en el temple de Apolo; y en Mantinea y en Elea, en el mercado junto al templo de Zeus. El nombre de estas cuatro ciudades será puesto en las próximas fiestas olímpicas en una tabla de bronce, y podrán estas ciudades por común acuerdo añadir a este tratado lo que bien les pareciere en adelante.

De esta manera fue ajustada la liga y confederación entre estas cuatro ciudades sin que se hiciese mención alguna que por esta alianza se apartaban del tratado de paz y alianza hecha entre los atenienses y los lacedemonios.

VII

Esta alianza y confederación no fue agradable a los corintios, y siendo requeridos por los argivos, sus aliados, para que la ratificasen y jurasen, rehusaron hacerlo diciendo que les bastaba la que habían hecho antes con los mismos argivos, mantineos y eleos, por la cual prometieron no hacer guerra ni paz una ciudad sin la otra, y ayudar para defenderse la una a la otra, sin pasar más adelante, y obligarse a dar ayuda y socorro para ofender y acometer a otros. De esta suerte los corintios se apartaron de aquella alianza y tomaron nueva amistad e inteligencia con los lacedemonios.

Todas estas cosas fueron hechas en aquel verano que fue cuando, en las fiestas olímpicas, el arcadio Andróstenes ganó el premio y joya en los juegos y contiendas de ellas.

En aquellas fiestas los eleos prohibieron a los lacedemonios hacer sacrificios en el templo de Zeus, y tomar parte en los juegos y contiendas si no pagaban la multa a que habían sido condenados por ellos, según las leyes y estatutos de Olimpia, pues decían que los lacedemonios enviaron tropas contra la ciudadela de Firco, y dentro de la ciudad de Lepreón durante la tregua hecha en Olimpia, y contra el tenor de ella. La multa montaba a dos mil minas de plata, a saber: por cada hombre armado, que eran mil, dos minas, según se contenía en el contrato.

A esto, los lacedemonios respondían que habían sido injustamente condenados; porque cuando enviaron su gente a Lepreón, la tregua no estaba aún publicada. Mas los eleos replicaban que no la podían ignorar, porque ya andaba entre sus manos, y ellos mismos habían sido los primeros que la habían notificado a los eleos. No obstante esto, contraviniendo a ella, habían emprendido aquel hecho de guerra contra ellos sin razón y sin que los eleos hubiesen innovado cosa alguna en su perjuicio.

A esto argüían los lacedemonios que si así era, y si los eleos entendían, cuando fueron a notificar aquella tregua a los lacedemonios, que ya habían contravenido a ella, no era necesario que se la notificasen, como habían hecho después del tiempo en que pretendían haber realizado los lacedemonios la empresa de guerra contra ellos, y que no se podría asegurar que los lacedemonios hubiesen innovado ni intentado cosa alguna después de la notificación.

Los eleos perseveraron en su opinión, no obstante esta respuesta de los lacedemonios, y para más justificación suya les ofrecieron que si les querían devolver a Lepreón les perdonarían una parte de la multa que se les había de aplicar, y la otra, destinada al templo de Apolo, la pagaría por ellos; condición que no quisieron aceptar los lacedemonios.

Viendo esto, los eleos les hicieron otra oferta, a saber: que pues que no querían restituirles a Lepreón, a fin de que no quedasen los lacedemonios excluidos en aquellas fiestas, jurasen en las aras del templo de Zeus delante de todos los griegos pagar aquella multa andando el tiempo, si no lo podían hacer entonces; pero los lacedemonios tampoco quisieron aceptar este partido, por razón de lo cual fueron excluidos de sacrificar y de estar presentes a los juegos de aquellas fiestas, viéndose obligados a hacer sus sacrificios en su misma ciudad. A estos juegos acudieron todos los otros griegos, excepto los de Lepreón.

Los eleos, temiendo que los lacedemonios viniesen al templo y quisieran sacrificar por fuerza, mandaron poner cierto número de su gente en armas para que estuviese allí en guarda junto al templo, y con éstos fueron enviados de Argos y de Mantinea dos mil hombres armados, mil de cada ciudad, y además, los atenienses enviaron su gente de a caballo que tenían en Argos, esperando el día de las fiestas. Todos ellos tuvieron gran miedo de ser acometidos por los lacedemonios, mayormente después que un lacedemonio llamado Licas, hijo de Arcesilao, fue castigado con varas por los ministros de justicia en el lugar de las carreras, por razón de que, habiendo sido atribuido su carro a los beocios porque había salido a correr en la carrera con los otros carros, lo cual no le era lícito, pues estaban prohibidos a los lacedemonios aquellos juegos y contiendas; como se ha dicho, este Licas, en menosprecio de la justicia, para dar a entender a todos que aquel carro era suyo, puso una corona de vencedor a su carretero en el mismo lugar de las carreras públicamente. Todos sospecharon que aquél no hubiera osado hacer tal cosa si no esperase ayuda de los lacedemonios, pero éstos no se movieron por entonces de su lugar, y así pasó aquel día de la fiesta.

Acabadas las fiestas, los argivos y sus aliados fueron a Corinto a rogar a los corintios les enviasen personas con poderes para tratar una alianza con ellos. Allí se hallaron también presentes los embajadores de los lacedemonios, y tuvieron muchas conferencias acerca de esto, mas al fin, cuando oyeron el temblor de tierra, todos los que estaban allí reunidos para negociar se separaron unos de otros sin tomar acuerdo alguno, y se fue cada cual a su ciudad.

Ninguna otra cosa se hizo aquel verano.

Al empezar del invierno siguiente, los habitantes de Heraclea de Traquinia libraron una batalla contra los eniades, los dólopes y los melieos y algunos otros pueblos de Tesalia, sus comarcanos y enemigos, porque aquella ciudad había sido fundada y poblada contra ellos, y por esto, desde su fundación, nunca habían cesado de tramar y maquinar por destruirla. De esta batalla los heraclienses llevaron lo peor, muriendo muchos de los suyos, y entre otros el lacedemonio Jenares, hijo de Cnidis, que era su general; y con esto pasó el invierno, que fue el duodécimo año de la guerra.

Al principio del verano, los beocios tomaron la ciudad de Heraclea y echaron de ella al lacedemonio Agesípidas, que la gobernaba, diciendo que lo hacía mal y que sospechaban que estando los lacedemonios ocupados en guerra en el Peloponeso los atenienses la tomasen. Esta acción produjo en los lacedemonios gran rencor contra ellos.

En este mismo verano Alcibíades, capitán de los atenienses, con la ayuda de los argivos y de otros aliados fue al Peloponeso, y llevando consigo muy pocos soldados atenienses y algunos flecheros y confederados, los que halló más dispuestos, atravesó tierra del Peloponeso, dando orden en las cosas necesarias; y entre otras, aconsejó a los de Patras que derrocasen el muro desde la villa hasta la mar, pensando hacer otro sobre el cerro que está de la parte de Acaya, mas los corintios y los sicionios, que entendieron que esto se hacía contra ellos, los estorbaron.

En el mismo verano hubo una gran guerra entre los epidauros y los argivos, por motivo de que los epidauros no habían enviado las ofrendas al templo de Apolo Piteo, como estaban obligados; el cual templo caía en la jurisdicción de los argivos, mas en realidad de verdad, era porque los argivos, y Alcibíades con ellos, buscaban alguna ocasión para ocupar la ciudad de Epidauro si pudiesen, así por estar más seguros contra los corintios, como también porque desde el puerto de Egina podían atravesar más fácil y más derechamente que desde Atenas, rodeando por el cabo de Escileón. Con este achaque se aparejaban los argivos para ir a cobrar la ofrenda de los epidauros por fuerza de armas.

En este tiempo, los lacedemonios salieron al campo con todo su poder y se juntaron en Leuctra, que es una villa de su tierra, al mando de Agis, hijo de Arquidamo, su rey, el cual los quería llevar contra los de Liceo sin descubrir su intención a persona alguna; mas habiendo hecho sus sacrificios para aquel viaje, y no siéndoles favorables, se volvieron a sus casas, tomando primero el acuerdo de reunirse de nuevo el mes siguiente, que era el de junio.

Después de partir, los argivos salieron con todas sus fuerzas contra ellos cerca del fin de mayo, y caminaron todo un día hasta entrar en tierra de Epidauro, y la robaron y destruyeron. Viendo esto los epidauros, enviaron aviso a los lacedemonios y a los otros aliados suyos para que les diesen socorro y ayuda, mas los unos se excusaron diciendo que el mes señalado para reunirse no había aún llegado, y los otros fueron hasta los confines de Epidauro, y allí se detuvieron sin pasar más adelante.

Mientras los argivos estaban en tierra de Epidauro, llegaron a Mantinea los embajadores de las otras ciudades aliadas suyas, y a instancia de los atenienses; y después que estuvieron todos juntos, el corintio Eufamidas dijo que las obras no eran semejantes a las palabras, porque hablaban y trataban de paz y, entretanto, los epidauros y sus aliados se habían juntado y puesto en armas para ir contra los argivos. Por tanto, que la razón demandaba que la gente de guerra se retirase de una parte y de otra; y hecho así se empezara a tratar de paz. En esto consintieron los embajadores de los atenienses, y mandaron retirar la gente que había entrado en tierra de los epidauros, y después volvieron a reunirse todos para tratar de la paz, mas al fin partieron sin tomar resolución, y los argivos volvieron de nuevo a hacer correrías en la tierra de Epidauro.

Por este mismo tiempo los lacedemonios sacaron su gente para ir contra los carios; mas como los sacrificios no se les mostrasen favorables para esta jornada, regresaron.

Los argivos, después que hubieron quemado y destruido gran parte de la tierra de los epidauros, volvieron a la suya, y con ellos Alcibíades, que había ido de Atenas en su ayuda con mil hombres de guerra en busca de los lacedemonios que salieron al campo, mas cuando supo que se habían retirado también, él regresó con su gente; y en esto pasó aquel verano.

Al principio del invierno, los lacedemonios enviaron secretamente, y sin que lo supiesen los atenienses, por mar trescientos hombres de pelea en socorro de los epidauros, al mando de Agesípidas, y por ello los argivos enviaron mensajeros a los atenienses quejándose de ellos, porque en su alianza estaba convenido que ninguna de las ciudades confederadas permitiría pasar por sus tierras ni por sus mares enemigos de los otros armados, y no obstante esto, habían dejado pasar por su mar la gente de los lacedemonios para socorrer a Epidauro, por lo cual era justo y razonable que los atenienses pasasen en sus naves a los mesenios y a sus esclavos, y los llevasen a Pilos, pues de lo contrario, les harían gran ofensa.

Vista la querella de los argivos, los atenienses, por consejo de Alcibíades, mandaron esculpir en la columna Laconia un rótulo que decía cómo los lacedemonios ha-bían contravenido el tratado de paz y quebrantado su juramento; y con este motivo embarcaron los esclavos de los argivos en el puerto de Cranios y los pasaron a tierra de Pilos, para que la robasen y destruyesen; sin que se hiciese otra cosa en este invierno, durante el cual los argivos tuvieron guerra con los epidauros, mas no hubo batalla reñida entre ellos, sino tan solamente entradas, escaramuzas y combates.

Al fin del invierno, los argivos fueron de noche secretamente con sus escalas para tomar por asalto la ciudad de Epidauro, pensando que no había gente de defensa dentro y que todos estaban en campaña, pero la hallaron bien provista y se volvieron sin hacer lo que pretendían.

En esto pasó el invierno, que fue el fin del trigésimo año de la guerra.

VIII

Al verano siguiente, los lacedemonios, viendo que los epidauros sus aliados estaban metidos en guerras y que muchos lugares del Peloponeso se habían apartado de su amistad y otros estaban a punto de hacerlo, y si no proveían remedio en todo esto, sus cosas irían de mal en peor, se pusieron todos en armas, y sus ilotas y esclavos con ellos al mando de Agis, hijo de Arquidamo, su rey, para ir contra los de Argos, llamando también en su campaña a los tegeatas y todos los otros arcadios que eran aliados suyos, y a los confederados del Peloponeso, y de otras partes les mandaron que viniesen a Fliunte, como así lo hicieron. Fueron también los beocios con cinco mil infantes bien armados, y otros tantos armados a la ligera, y quinientos hombres de a caballo; los corintios con dos mil hombres bien armados, y de las otras villas enviaron también gente de guerra según la posibilidad de cada uno. También los fliuntios, porque la hueste se reunía en su tierra, enviaron toda la más gente de guerra que pudieron tomar a sueldo.

Advertidos los argivos de este aparato de guerra de los lacedemonios, y que venían derechamente a Fliunte para reunirse allí con los otros aliados, les salieron delante con todo su poder, llevando en su compañía a los mantineos con sus aliados, y tres mil eleos bien armados, y les alcanzaron cerca de Metridrión, villa en tierra de Arcadia, donde unos y otros procuraron ganar un cerro para asentar allí su campo.

Los argivos se apercibían para darles la batalla antes que los lacedemonios pudieran unirse con sus compañeros que estaban en Fliunte, mas Agis, a la media noche, partió de allí para ir derechamente a Fliunte. Al saberlo los argivos, se pusieron en marcha al día siguiente por la mañana y fueron derechamente a Argos, y de allí salieron al camino que va a Nemea, por donde esperaban que los lacedemonios habían de pasar. Pero Agis, sospechando esto mismo, había tomado otro camino más áspero y difícil, llevando consigo a los lacedemonios, los arcadios y los epidauros, y por este camino fue a descender a tierra de los argivos por el otro lado.

Los corintios, los pelenenses y los fliuntios por otra parte salieron a este camino. A los beocios, megarenses y escionios se les mandó que descendiesen por el mismo camino que va a Nemea, por donde los argivos habían ido, a fin de que, si éstos querían bajar y descender a lo llano para encontrarse con los lacedemonios que venían por la parte baja, cargasen sobre ellos por la espalda con su gente de a caballo.

Estando las huestes así ordenadas, Agis entró por un llano en tierra de los argivos y tomó la villa de Saminto y otros lugares pequeños inmediatos a ella. Viendo esto los argivos, salieron de Nemea al amanecer para socorrer su tierra; y como encontrasen en el camino a los corintios y los fliuntios, tuvieron una pelea donde mataron algunos de ellos, aunque fueron muertos otros tantos de los suyos por los contrarios.

Por la otra parte, los beocios, megarenses y escionios, siguieron el camino que les mandaron, y fueron directamente a Nemea, de donde los argivos habían ya partido, bajando al llano. Cuando llegaron a Nemea y entendieron que los enemigos estaban allí cerca y que les robaban y talaban la tierra, pusieron su gente en orden de batalla para combatir con ellos, los cuales hicieron otro tanto por su parte. Pero los argivos se hallaron cercados por todos lados; por el llano estaban los lacedemonios y sus compañeros que tenían su campo situado entre ellos y la ciudad, por la parte del cerro de los corintios, fliuntios y palenenses, y por la de Nemea de los beocios, escionios y megarenses.

No tenían los argivos gente alguna de a caballo, porque los atenienses, que debían traerla, no habían aún llegado, ni tampoco pensaron en verse en tanto aprieto, ni que hubiese tantos enemigos contra ellos, antes esperaban que estando en su tierra y a la vista de su ciudad, alcanzarían una gloriosa victoria contra los lacedemonios.

Encontrándose los dos ejércitos a punto de combatir, salieron dos de los argivos: Trasilio, que era uno de los cinco capitanes, y Alcifrón, que tenía gran conocimiento con los lacedemonios, y se pusieron al habla con Agis, para estorbar que se diese batalla, ofreciendo de parte de los argivos, que si los lacedemonios tenían alguna pretensión contra ellos estarían a derecho y pagarían lo juzgado, con tal de que los lacedemonios hiciesen lo mismo por su parte, y que hechas estas treguas harían la paz más adelante si bien les pareciese. Estos ofrecimientos los hicieron los dos argivos de propia autoridad, sin saberlo ni consentirlo los otros. Agis les respondió que lo otorgaba, sin llamar para ello persona alguna, excepto uno de los contadores que le fue dado por compañero de aquella guerra, y así entre ellos cuatro acordaron cuatro meses de tregua, dentro de los cuales se habían de tratar las cosas arriba dichas.

Hecho esto, Agis retiró su gente de guerra y se volvió sin hablar palabra a ninguna persona de los aliados, ni tampoco de los lacedemonios, todos los cuales siguieron en pos de él porque era caudillo de todo el ejército, y por guardar la ley y disciplina militar. Mas no obstante, blasfemaban contra él y le culpaban en gran manera, porque teniendo tan buena ocasión para la victoria, por estar sus enemigos cercados por todas partes, así de los de a pie como de los de a caballo, habían partido de allí sin hacer cosa alguna digna de tan hermoso ejército como traía, que era uno de los mejores y más lucidos que los griegos reunieron en todo el tiempo de aquella guerra.

Todos se retiraron a Nemea, donde descansaron algunos días, y estando en este lugar hacían sus cálculos los capitanes y jefes, diciendo que eran bastante poderosos, no solamente para vencer y desbaratar a los argivos y sus aliados, sino también a otros tantos si vinieran, por lo cual todos volvieron cada cual a su tierra muy airados contra Agis.

También los argivos se indignaron contra los dos de su parte que habían hecho aquellos conciertos, diciendo que nunca los lacedemonios habían tenido tan buena ocasión de retirarse tan seguros, porque les parecía que teniendo ellos tan grueso ejército, así de los suyos como de sus aliados, y estando a vista de su ciudad, muy fácilmente pudieran haber desbaratado a los lacedemonios.

Partidos de allí los argivos, se fueron todos al lugar de Caradro, donde antes que entrar en la ciudad y despojarse de las armas, celebraron consejo sobre los asuntos militares y las cuestiones de guerra. Allí fue sentenciado, entre otras cosas, que Trasilio fuese apedreado, y aunque se salvó acogiéndose al templo, su dinero y bienes fueron confiscados.

Mientras allí estaban llegaron mil hombres de a pie y quinientos de a caballo que Laques y Nicostrato traían de Atenas para ayudar a los argivos, a los cuales mandaron volver los argivos, diciendo que no querían violar las treguas hechas con los lacedemonios, de cualquier manera que fuesen. Y aunque los capitanes atenienses les pidieron hablar con los del pueblo de Argos, los capitanes argivos se los estorbaban, hasta que, a ruego de mantineos y eleos, lo alcanzaron.

Admitidos los capitanes atenienses en la ciudad, ante el pueblo de Argos y de los aliados que allí estaban, Alcibíades, que era caudillo de los atenienses, expuso sus razones, diciendo que ellos no habían podido hacer treguas ni otros tratados de paz con los enemigos sin su consentimiento, y pues había llegado allí con su ejército dentro del término prometido, debían empezar nuevamente la guerra; y de tal manera les persuadió con sus razones, que todos, de común acuerdo y propósito, partieron para ir contra la ciudad de Orcómeno, que está en tierra de Arcadia, excepto los argivos, los cuales, aunque fueron de esta opinión, se quedaron por entonces y a los pocos días siguieron a los otros, poniendo todos juntos cerco a Orcómeno y haciendo todo lo posible para tomarla, así con máquinas y otros ingenios de guerra como de otra manera, pues tenían gran deseo de tomar aquella ciudad por muchas causas que a ello les movieron, y la principal era porque los lacedemonios habían metido dentro de ella todos los rehenes tomados a los arcadios.

Los orcomenios, temiendo ser tomados y saqueados antes que les pudiese llegar el socorro, porque sus muros no eran fuertes y los enemigos muchos, hicieron tratos con ellos convirtiéndose en aliados suyos, dándoles los rehenes que los lacedemonios habían dejado dentro de la ciudad, y en cambio de ellos dieron otros a los mantineos.

Después que los atenienses y sus aliados hubieron ganado a Orcómeno, celebraron consejo sobre su partida y a dónde deberían ir, porque los eleos querían que fuesen a Lepreón y los mantineos a Tegea, de cuya opinión fueron los atenienses y los argivos, por lo cual los eleos se despidieron de ellos y volvieron a su tierra. Todos los otros quedaron en Mantinea y se disponían a ir a conquistar a Tegea, donde tenían inteligencias con algunos de la ciudad que les habían prometido darles entrada.

Cuando los lacedemonios volvieron de Argos a causa de las treguas por cuatro meses, blasfemaban por ella contra Agis por no haber tomado la ciudad de Argos, habiendo tenido la mejor ocasión y medio para ello que jamás lograron ni podrían tener en adelante, porque les parecía que sería muy difícil poder reunir otra vez tan grande ejército de aliados y confederados como entonces tuvieron allí. Mas cuando llegó la nueva de la toma de Orcómeno, fueron mucho más airados contra Agis, hasta el punto que determinaron derribarle la casa, lo que antes nunca se había hecho en la ciudad, y le condenaron a cien mil dracmas; tan grande era la ira y saña que tenían contra él, aunque Agis se excusaba y les hizo muchas ofertas, prometiéndoles recompensar aquella falta con algún otro señalado servicio si le querían dejar el cargo de capitán sin poner en ejecución lo que habían determinado contra él. Con eso se contentaron los lacedemonios por entonces, dejándole el cargo y no haciéndole mal ninguno, aunque desde aquel suceso hicieron una ley nueva, por la cual crearon diez consejeros naturales de Esparta que le asistiesen, sin los cuales no le era lícito sacar ejército fuera de la ciudad, ni menos hacer paz ni tregua ni otros conciertos con enemigos.

IX

Durante este tiempo llegó a Lacedemonia un mensajero de Tegea con nuevas de parte de los de la ciudad, que si no les socorrían pronto, les sería forzoso entregarse a los argivos y a sus aliados. Esta noticia alarmó mucho a los lacedemonios y se pusieron en armas, así los libres como los esclavos, con la mayor diligencia que pudieron, partiendo para la villa de Orestias. Además enviaron orden a los de Menalia y a sus aliados arcadios que por el más corto camino que hallasen vinieran derechamente hacia Tegea.

Al llegar a Orestias, y antes de salir de allí, enviaron la quinta parte de su ejército a su tierra para guarda de la ciudad, en los cuales entraban los viejos y los niños, y todos los otros caminaron derechamente a Tegea. Llegaron allí, y tras ellos los arcadios, ordenando a los corintios, los beocios, los foceos y los locros que fueran a juntarse con ellos a Mantinea lo más pronto que pudiesen. Algunos de estos aliados estaban bastante cerca para poder llegar en seguida; pero teniendo forzosamente que pasar por tierra de enemigos, les fue necesario esperar a los otros, aunque hacían todo lo posible para atravesar.

Los lacedemonios, con los arcadios que tenían consigo, entraron en tierra de Mantinea, donde hicieron todo el mal que pudieron y asentaron su campo delante del templo de Heracles. Los argivos y sus aliados, advertidos de esto, situaron su campo en un lugar alto, muy fuerte y muy difícil de entrar, y allí se prepararon para la batalla contra lo lacedemonios, los cuales también se ponían en orden para pelear.

Cuando los lacedemonios llegaron a tiro de dardo de los enemigos, uno de los más ancianos del ejército, viendo que ya iban resueltos a acometer a los enemigos en su fuerte posición, dio voces diciendo: «Agis, quieres remediar un mal con otro mayor», dando a entender por estas palabras que Agis, pensando enmendar el yerro que había hecho delante de Argos, quería aventurar aquella batalla en malas condiciones. Entonces Agis, oyendo esto vaciló, o por el temor que tuvo de ser cogido en medio si acometería a los enemigos en sus parapetos, o por parecerle otra cosa más a propósito, y mandó retirar su gente de pronto sin que pelease. Cuando volvió a tierra de Tegea, procuró quitarles el agua del río que pasaba por allí en tierra de Mantinea, por razón del cual río los tegeatas y los mantineos tenían cuestiones y diferencias a menudo, porque destruía las tierras por donde pasaba. Hizo esto Agis para obligar a los argivos y sus aliados a que bajasen de aquel lugar fuerte que ocupaban, por la necesidad del agua, y sacarlos a lo llano, a fin de combatir con ellos en sitio ventajoso, y empleó todo aquel día en quitarles el agua.

A los argivos y sus aliados asustó primero ver que los lacedemonios habían partido súbitamente, no pudiendo imaginar la causa de su retirada; más después, viendo que no los habían seguido echaban la culpa a sus capitanes, diciendo que los habían dejado ir una vez por sus conciertos, pudiéndoles desbaratar cuando estaban delante de Argos, y que ahora que habían huido no les quisieron seguir a su alcance, escapándose por esto a su placer y estando en salvo mientras ellos eran engañados y vendidos por la traición de sus capitanes. Asustó a éstos dicha murmuración, temiendo que parase en algún motín, y por ello partieron del fuerte de donde estaban con toda su gente, bajando a la llanura con propósito de seguir a sus enemigos; y al día siguiente caminaron en orden de batalla, resueltos a combatir con ellos si los podían alcanzar.

Los lacedemonios, que habían vuelto del río a su primer alojamiento junto al templo de Heracles, viendo venir a los enemigos contra ellos, se asustaron como nunca, porque la cosa era tan súbita, que apenas les daba tiempo para ponerse en orden de batalla. Pero cobraron ánimo, y de pronto se pusieron en orden para pelear por mandato de Agis, su rey, el cual, conforme a sus leyes, tenía toda la autoridad necesaria para mandar a los caudillos del ejército que eran los más principales después de él, y éstos mandaban a los jefes, y los jefes a los capitanes, y los capitanes a los cabos de escuadras, porque así están ordenados, por lo cual la mayor parte de la gente que forma su ejército tienen cargo los unos sobre los otros, y por esta vía hay muchos que cuidan de los negocios de la milicia.

Esta vez se hallaron en la extrema izquierda los esciritas, según la costumbre antigua de los lacedemonios, y con ellos los soldados que habían estado en Tracia con Brasidas, y los que habían sido nuevamente libertados de servidumbre, y tras éstos venían los otros lacedemonios por sus bandas según su orden, y junto a ellos los arcadios. En la derecha estaban los menalios, los tegeatas, y algunos lacedemonios, aunque pocos, puestos en el extremo de la línea de batalla. A los lados iba la gente de a caballo.

De la parte de los argivos, a la extrema derecha estaban los mantineos, por hacerse la guerra en su tierra, y junto a ellos los arcadios que eran de su parcialidad, y mil soldados viejos y escogidos, a quienes los argivos daban sueldo porque eran muy experimentados en la guerra. Tras éstos, venían todos los otros argivos, y sucesivamente los cleonenses y los orneatas, y a la extrema izquierda estaban los atenienses con su gente de a caballo. De esta manera iban ordenados los batallones de los dos ejércitos, y aunque los lacedemonios mostraban mucha gente, no puedo determinar realmente el número de combatientes de una parte ni de ambas, porque los lacedemonios hacían sus cosas muy secretas y con gran silencio, ni menos el de sus contrarios, porque sé que los engrandecen hasta lo increíble. Puede, sin embargo, calcularse el número de la gente de los lacedemonios porque es cierto y averiguado que pelearon siete bandas de los suyos sin los esciritas, que eran quinientos, y en cada una de estas bandas había cinco capitanes, y en cada capitanía dos escuadras, y en cada escuadra cuatro hombres de frente, y más dentro había más o menos, según la voluntad de los capitanes. Cada hilera comúnmente tenía hacia dentro ocho hombres, y el frente de todas las escuadras estaba junto y cerrado a lo largo, de manera que había cuatrocientos y cuarenta y ocho hombres en cada ala sin los esciritas.

Después que todos estuvieron a punto en orden de batalla, así de una parte como de la otra, cada capitán animaba a sus soldados lo mejor que sabía. Los mantineos decían a los suyos que mirasen que la contienda era sobre perder su patria, señorío y libertad y caer en servidumbre. Los argivos representaban a los suyos que la cuestión era sobre guardar y conservar su señorío, igual al de las otras ciudades del Peloponeso; y también sobre vengar las injurias que sus enemigos vecinos y comarcanos les habían hecho a menudo. Los atenienses decían a sus conciudadanos que mirasen que en aquella batalla les iba la honra, y pues que peleaban en compañía de tan gran número de aliados mostrasen que no eran más ruines guerreros que los otros, y también que si esta vez podían vencer y desbaratar a los lacedemonios en tierra del Peloponeso, su estado y señorío sería en adelante más seguro, porque no habría pueblo que osase venir a acometerles en su tierra. Estas y otras semejantes arengas y amonestaciones hacían los argivos y sus aliados.

Los lacedemonios, porque se tenían por hombres seguros y experimentados en la guerra, no tuvieron necesidad de grandes amonestaciones, porque la memoria y recuerdo de sus grandes hechos les daba más osadía que ninguna arenga de frases elocuentes.

Hecho esto comenzaron a moverse los unos contra los otros, a saber: los argivos y sus aliados con gran ímpetu y furor, y los lacedemonios, paso a paso, al son de las flautas, de que había gran número en sus escuadrones, porque acostumbran a llevar muchas, no por religión ni por devoción, como hacen otros, sino para poder ir con mejor orden y compás al son de ellas, y también porque no se desmanden o pongan en desorden en el encuentro con los enemigos, según suele suceder a menudo cuando los grandes ejércitos se encuentran uno con otro.

Antes de afrontar unos con otros, Agis, rey de los lacedemonios, tuvo aviso de hacer una cosa para evitar lo que suele siempre ocurrir cuando se encuentran dos ejércitos, porque los que están en la punta derecha de la una parte y de la otra, cuando llegan a encontrar a los enemigos que vienen de frente por la extrema izquierda, extiéndense a lo largo para cercarlos y cerrar, y temiendo cada cual quedar descubierto del costado derecho, que no le cubre con el escudo, ampárase del escudo del que está a la mano derecha, pareciéndoles que cuando más cerrados y espesos se encuentren estarán más cubiertos y seguros. El que está al principio de la punta derecha muestra a los otros el camino para que hagan esto, porque no tiene ninguno a la mano derecha que le pueda amparar, y procura lo más que puede hurtar el cuerpo a los enemigos de la parte que está descubierta, y por ello trabaja lo posible por traspasar la punta del ala de los contrarios que está frente a él, y cercarle y encerrarle por no ser acometido por la parte que tiene descubierta, y los otros todos les siguen por el mismo temor.

Siendo los mantineos, que estaban a la extrema derecha de su ejército, muchos más en número que los esciritas, que les acometían de frente, y también los lacedemonios y los tegeatas, que tenía la punta derecha de su parte, más numerosos que los atenienses que iban en la izquierda de los contrarios, temió Agis que la punta siniestra de los suyos fuese maltratada por los mantineos, e hizo señal a los esciritas y a los brasidianos o soldados de Brasidas que se retirasen y uniesen contra los mantineos, y al mismo tiempo mandó a dos jefes que estaban en la punta derecha, llamados Hiponoidas y Aristocles, que partiesen del lugar donde estaban con sus compañías y reforzasen de pronto a los esciritas y brasidianos, pensando que por este medio la punta derecha de los suyos quedaría bien provista de gente, y la siniestra estaría más fortificada para resistir a los mantineos. Pero los dos jefes no quisieron cumplir la orden, así porque ya estaban casi a las manos con los enemigos, como también porque el tiempo era breve para hacer lo que se les mandaba, y por esta desobediencia fueron después desterrados de Esparta como cobardes y negligentes. Como los esciritas y soldados brasidianos estaban ya retirados de su posición, cumpliendo el mandato del rey Agis, viendo éste que las otras dos bandas de los dos jefes no les sustituían en su lugar, mandó de nuevo a éstos que volvieran a su primera estancia, mas no les fue posible, ni menos a los que antes estaban junto a ellos recibirlos, porque ya tenían todos orden cerrado y se encontraban junto a los enemigos; y aunque los lacedemonios en todos los hechos de guerra suelen ser mejores guerreros y más experimentados que los otros, no lo mostraron aquí, porque cuando vinieron a las manos, los mantineos, que tenían la extrema derecha, rompieron a los esciritas y a los brasidianos y sus aliados y los pusieron en huida, y los mil soldados viejos escogidos de los argivos cargaron sobre el ala izquierda de los lacedemonios, desamparada de las dos bandas que no se pudieron unir a ella, y la desbarataron y obligaron a huir, siguiéndola hasta el bagaje que estaba allí cerca, donde mataron algunos de los más viejos que estaban en guarda del bagaje, y en esta parte los lacedemonios fueron vencidos.

Mas en el centro de la batalla, adonde estaba el rey Agis, y con él trescientos hombres escogidos, que llaman los caballeros, la cosa sucedió muy al contrario, porque éstos dieron sobre los principales de los argivos y sobre aquellos soldados que llaman las cinco compañías, y asimismo sobre las de Cleones, Ornes y las de Ayenas que estaban en sus escuadrones, con tanto ánimo, que les hicieron perder sus posiciones y los más de ellos, sin ponerse en defensa, viendo el denuedo que traían los lacedemonios, salieron huyendo. Los lacedemonios los siguieron, y en este rebato fueron muertos y hollados muchos de ellos. De esta manera los argivos y sus aliados quedaron todos rotos y desbaratados por dos partes, y los atenienses que estaban en el ala izquierda se vieron en gran aprieto, porque los lacedemonios y los tegeatas de la extrema derecha los cercaban de la una parte, y de la otra sus aliados eran vencidos y dispersados; de suerte que de no acudir los suyos de a caballo en su socorro, todos los atenienses fueran dispersados.

En este momento, avisado Agis de que los suyos que estaban a la izquierda de su ejército, frente a los mantineos y a los mil soldados viejos de los argivos, estaban en gran aprieto, mandó a todos los suyos que fuesen a socorrer, y lo hicieron así, teniendo los atenienses tiempo para salvarse con los otros argivos que habían sido desbaratados. Los mantineos y los mil soldados argivos, viéndose acosados por todos sus contrarios, no tuvieron corazón para seguir adelante, estando los suyos rotos y dispersos y perseguidos por los lacedemonios que iban tras ellos al alcance, por lo cual también volvieron las espaldas y dieron a huir, muriendo muchos mantineos, aunque los más de los mil soldados argivos se salvaron, porque se iban retirando paso a paso sin desordenarse, y también porque la costumbre de los lacedemonios es pelear fuertemente y con perseverancia mientras dura la batalla hasta vencer a sus contrarios; mas después que los ven huir, vueltas las espaldas, no curan de perseguirlos gran trecho.

Así concluyó esta batalla, que fue de las mayores y más reñidas que tuvieron los griegos hasta entonces unos con otros, porque la libraban las más poderosas y nombradas ciudades.

Después de la victoria, los lacedemonios despojaron los muertos de sus armas, con las cuales levantaron trofeo en señal de victoria, y en seguida de sus vestiduras, y dieron los cuerpos a los enemigos que los pidieron para sepultarlos. Los suyos que allí perecieron mandaron llevarlos a la ciudad de Tegea, donde les hicieron enterrar muy honradamente.

El número de los que murieron en esta batalla, fue éste: de los de Argos, Cleones y Ornes, cerca de setecientos, de los mantineos doscientos, y otros tantos de los atenienses y de los eginetas, entre los cuales murieron los capitanes de lo atenienses y argivos. De la parte de los lacedemonios no hubo tanto que se pueda hacer gran mención, ni tampoco se sabe de cierto el número de ellos, afirmándose comúnmente que murieron cerca de trescientos. Debió acudir para esta batalla Plistoanacte, que era el otro rey de Lacedemonia, el cual había salido con los ancianos y los mancebos para ayudar a los otros; más cuando llegó a la ciudad de Tegea, al saber la nueva de la victoria, se volvió desde allí, mandó a los corintios y a los otros aliados que habitan fuera del Estrecho del Peloponeso que venían en socorro de los lacedemonios que regresaran a sus tierras, y también despidió algunos soldados extranjeros que traía consigo. Después hizo celebrar sus fiestas en loor del dios Apolo, llamadas Carneos, y de tal manera la deshonra e infamia que habían recibido los atenienses, así en la isla frente a Pilos, como en otras partes, donde fueron tenidos y reputados por ruines y cobardes, la vengaron con esta sola victoria, donde mostraron claramente que aquello que les había ocurrido antes fue por caso y fortuna de guerra; pero que su virtud y esfuerzo era y permanecía siempre tal cual había sido antes.

Sucedió que un día antes de la batalla, los epidauros, creyendo que todos los argivos habían ido a esta guerra y la ciudad quedaba sola y vacía de gente, vinieron con todo su poder a tierra de los argivos y mataron algunos de aquellos que habían quedado en guarda y que les salieron al encuentro. Pero tres mil eleos que venían en socorro de los mantineos y mil atenienses que llegaron asimismo en su socorro, juntamente con aquellos que se habían escapado de la batalla de los lacedemonios, fueron contra los de Epidauro, mientras que los lacedemonios celebraban sus fiestas de Carneos, combatieron la ciudad y la tomaron e hicieron en ella un fuerte, y los atenienses en el terreno que les cupo reedificaron el templo de Hera que estaba fuera de la ciudad, y dejando allí gente de guarnición en el fuerte que hicieron, regresaron a sus tierras.

Esto ocurrió aquel verano.

X

Al empezar el invierno siguiente, habiendo los lacedemonios celebrado sus fiestas de Carneos, salieron al campo y fueron a Tegea. Estando en aquel lugar, enviaron mensajeros a los argivos para tratar de la paz.

Había en la ciudad de Argos muchos que tenían parentesco con los lacedemonios, los cuales en gran manera deseaban quitar el gobierno democrático existente, reduciéndole a pocos gobernadores con Senado y cónsules, y después de perdida aquella jornada hallaron muchos más de esta opinión. Para poderlo realizar, querían ante todas cosas ajustar la paz con los lacedemonios, y hecha ésta, pactar alianza. Por este medio esperaban atraer al pueblo a su opinión.

Los lacedemonios, para tratar la paz, enviaron a Licas, hijo de Arcesilao, que tenía casa en Argos, al cual dieron encargo que demandase dos cosas tan solamente a los argivos, a saber: si querían hacer guerra, de qué manera la querían hacer; y si querían paz, de qué suerte la querían. Sobre lo cual hubo grandes discusiones de ambas partes, porque se halló allí a la sazón Alcibíades de parte de los atenienses, que procuraba estorbar la paz con todas sus fuerzas. Mas al fin los que eran del partido de los lacedemonios convencieron e indujeron al pueblo a tomar y aceptar la paz en la manera siguiente:

«Ha parecido al consejo, justicia y gobernadores de los lacedemonios hacer la paz con los argivos en esta forma: Primeramente, los argivos quedan obligados a devolver a los orcomenios sus hijos que tienen en su poder, a los menelaos sus ciudadanos y a los lacedemonios los suyos que detienen dentro de Mantinea. Además mandarán salir su gente de guerra que tienen de guarnición dentro de Epidauro, y derrocarán el muro que allí han hecho, y si los atenienses, como consecuencia, no mandaran también salir los suyos que allí están en guarda, que sean tenidos y reputados por enemigos así de los lacedemonios como de los argivos. De igual modo, si los lacedemonios tienen en su poder algún hijo de los argivos o de sus aliados los devolverán, jurando hacerlo así unos y otros.

»Todas las ciudades y villas que están dentro del Peloponeso, grandes o pequeñas, serán en adelante francas y libres, y en su libertad y franquicia vivirán según sus leyes y costumbres antiguas, y si algunos enemigos quisieren entrar en armas dentro de la tierra del Peloponeso contra alguna de estas ciudades, las otras le darán socorro y ayuda según su parecer y consejo, todas de común acuerdo.

»Los aliados de los lacedemonios que habitan fuera del Peloponeso permanecerán en el mismo ser y estado que los confederados de los argivos y lacedemonios, cada uno en su término y jurisdicción.

»Cuando fuere pedido socorro por alguno de los aliados de ambas partes y se unieran a ellos para dárselo, después de mostradas las presentes capitulaciones, podrán pelear juntamente con ellos y ayudarles o regresar a sus casas como los aliados quisieren.»

Estos artículos fueron aceptados por los argivos, y tras esto, los lacedemonios que estaban sobre Tegea partieron de allí y volvieron a su tierra.

Pocos días después, estando allí presentes los mismos que habían tratado la paz, yendo y viniendo a menudo los unos con los otros, fue acordado entre ellos que los argivos hiciesen alianza con los lacedemonios, apartándose de aquella que primero habían hecho con los atenienses, los mantineos y los eleos, y la ajustaron del modo, siguiente:

«Ha parecido a los lacedemonios y a los argivos hacer alianza y confederación entre ellos por cincuenta años de esta manera:

»Primeramente, ambas partes estarán a derecho y justicia según sus leyes y costumbres antiguas.

»Item, las otras ciudades que están en el Peloponeso francas y libres y que viven en libertad, podrán entrar en esta alianza y tener y poseer su tierra y jurisdicciones y señorío según han acostumbrado.

»Item, que todas las otras ciudades confederadas con los lacedemonios que habitan fuera del Peloponeso serán de la misma forma y condición que los lacedemonios, y asimismo los aliados de los argivos de la suerte y condición de los argivos, teniendo y gozando igualmente de sus términos y jurisdicción.

»Item, que siendo necesario enviar socorro o ayuda alguna de las tales ciudades confederadas, los lacedemonios y argivos juntamente proveerán sobre esto lo que les pareciere justo y razonable, lo cual se entiende cuando alguna de estas ciudades tuviere cuestión o diferencia con otras que no sean de esta alianza por razón de sus términos u otro motivo. Pero si alguna de tales ciudades confederadas tuviere diferencias con otra, las someterá al arbitraje de una de las otras ciudades que fuere de confianza a ambas partes para juzgarlas y determinar amigablemente, según sus leyes y costumbres.»

De esta manera fue hecha la alianza entre los lacedemonios y los argivos, por medio de la cual todas las cuestiones que había entre estas dos ciudades cesaron y se extinguieron.

También acordaron no recibir embajada ni mensaje de los atenienses en una ciudad ni en otra sin que primeramente sacasen la gente de guerra que tenían en el Peloponeso y derrocasen los muros que habían hecho en Epidauro, prometiéndose no hacer paz ni guerra sino de común acuerdo.

Tenían los lacedemonios y argivos en proyecto muchas cosas, mas principalmente querían hacer una expedición a tierra de Tracia, y con tal motivo enviaron sus embajadores a Perdicas, rey de Macedonia, para atraerle a su devoción y alianza; mas el rey no quiso, por lo pronto, comprometerse a ello ni apartarse de la amistad de los atenienses, aunque tenía gran respeto a los argivos por ser natural de Argos, y por esto pedía tiempo para decidirse.

Los lacedemonios y argivos revocaron el juramento que habían hecho con los calcideos e hicieron otro nuevo, y pasado esto, enviaron sus embajadores a los atenienses para pedirles que derrocaran el muro que habían hecho en Epidauro.

Los atenienses, considerando que la gente de guarnición que habían dejado en Epidauro era muy poca en comparación de la que reunían los aliados para la defensa de la comarca, enviaron a su capitán Demóstenes para que sacase de allí las tropas de guarnición. Demóstenes, al llegar a Epidauro, fingió que quería hacer unos juegos y fiestas fuera de la ciudad, y con esto hizo salir la gente de todos los otros que allí estaban de guarnición. Cuando todos salieron cerróles las puertas, y después se juntó con los de la villa, renovó con ellos la alianza que tenían con los atenienses y les dejó el muro objeto de la cuestión.

Hecha la alianza entre los lacedemonios y los argivos, al principio los mantineos rehusaron entrar en ella; mas viendo que eran muy flacas sus fuerzas contra los argivos, a los pocos días hicieron tratos y conciertos con los lacedemonios y les dejaron libres las villas y ciudades que les tenían usurpadas.

Hecho esto, los lacedemonios y los argivos enviaron cada cual de ellos mil hombres de guerra a Escione, y quitando al pueblo el gobierno de la ciudad y dándolo a ciertos ciudadanos que nombraron senadores, lo cual hi-cieron primero los lacedemonios, y luego tras ellos lo mismo los de Argos en su ciudad, para que la república se gobernase por consejo y Senado, de la misma manera que la ciudad de Lacedemonia.

Todas estas cosas se hicieron al fin del invierno, cerca de la primavera, que fue el año catorce de la guerra.

En el verano siguiente los de Epitedia, que habitan en tierra de Atos, se rebelaron contra los atenienses, y aliándose con los calcideos y los lacedemonios, pusieron en buen orden todas las cosas de Acaya que no estaban a su gusto.

En este mismo tiempo, los del pueblo y comunidad de Argos que habían ya conspirado para volver a tomar el gobierno de la república, aguardaron el momento en que los lacedemonios se estaban ejercitando todos desnudos en sus juegos, según lo tienen por costumbre, y levantándose contra los gobernadores de la ciudad y personas principales, les acometieron con armas y mataron algunos de ellos y a otros echaron fuera de la ciudad, los cuales, antes de salir, enviaron a pedir a los lacedemonios socorro y ayuda, pero éstos tardaron mucho en llegar por estar ocupados en sus juegos. Cuando los dejaron y salieron al campo a socorrer los gobernadores, al llegar a Tegea supieron que estos habían ya salido, y regresando a su tierra, acabaron sus juegos.

Después fueron embajadores, así de parte de los que habían sido echados de la ciudad como de la comunidad que gobernaba la república, los cuales fueron oídos por los lacedemonios en presencia de sus aliados, y después de grandes controversias entre ellos, declararon que sin causa ni motivo los gobernadores habían sido echados de la ciudad, acordando ir contra la comunidad en favor de los gobernadores y por fuerza de armas restablecerlos en sus cargos.

Como este acuerdo se dilatase de poner en ejecución por algunos días, los de la comunidad, temiendo ser asaltados por los lacedemonios, se confederaron de nuevo con los atenienses pensando que por tal medio éstos les ampararían y defenderían. Así hecho, mandaron rehacer y fortificar la muralla que va desde la ciudad hasta la mar, a fin de que si les tomaban el paso para meter vituallas por parte de mar, las pudiesen meter por tierra. Esta obra hicieron teniendo inteligencias con algunas ciudades del Peloponeso, con tan gran diligencia, que no hubo hombre ni mujer, viejo ni mozo, grande ni pequeño que no emplease su persona en este trabajo, y también los atenienses les enviaron sus maestros y obreros y carpinteros, de manera que los muros fueron acabados al fin del verano.

Viendo esto los lacedemonios, mandaron reunir todos sus aliados, excepto los corintios, y al comienzo del invierno fueron a hacerles la guerra al mando de Agis, su rey; y aunque tenían algunas inteligencias con los de la ciudad de Argos, como por entonces no les eran útiles, determinaron tomar la muralla nueva, que aun no estaba del todo acabada, por fuerza de armas, y la derribaron. Después tomaron por combate y asalto un lugar que estaba en tierra de Argos, llamado Hisias, y lo saquearon y mataron a todos los hombres de edad madura que hallaron dentro, regresando después a sus tierras.

Pasado esto, los argivos salieron de la ciudad con todo su poder contra los eleos y les tomaron toda la tierra por haber acogido a los gobernadores que ellos echaron de la ciudad de Argos, aunque algunos de éstos tenían casas y heredades en la tierra.

En el mismo invierno, los atenienses hicieron la guerra al rey Perdicas en Macedonia, so color que había conspirado contra ellos en favor de los lacedemonios y de los argivos, y que cuando los atenienses aparejaron su armada para enviarla a tierra de Tracia contra los calcideos y los de Anfípolis al mando de Nicias, Perdicas había disimulado con ellos, de manera que aquella empresa no pudo tener efecto, por lo cual le declararon su enemigo.

Estos sucesos ocurrieron aquel invierno, que fue el fin del decimoquinto año de esta guerra.

Al principio del verano siguiente, Alcibíades, con veinte naves, pasó a Argos, y al llegar allí entró en la ciudad y prendió a trescientos ciudadanos que tenía por sospechosos de seguir el partido de los lacedemonios, enviándoles desterrados a las islas que los atenienses poseen en aquellas partes.

XI

En este mismo tiempo los atenienses enviaron otra armada de treinta barcos contra los de la isla de Melos, en la cual iban mil doscientos hombres de guerra muy bien armados y trescientos flecheros y veinte caballos ligeros.

En esta armada había naves de Quío, y dos de las de Lebos, sin el socorro de los otros aliados, y de las mismas islas, que serían mil y quinientos hombres.

Fueron estos melios poblados por los lacedemonios y por eso recusaban de ser súbditos a los atenienses como todas las otras islas de aquella mar, aunque al principio no se habían declarado contra ellos; más porque los atenienses los querían obligar a que se unieran a ellos, les quemaban y talaban las tierras, tratándoles como a enemigos y declarándoles la guerra.

Al llegar la armada de los atenienses a la isla de Melos, Cleomedes hijo de Licomedes, y Tisias, hijo de Tisímaco, que eran los jefes de la armada, antes que hiciesen mal ni daño alguno a los de la isla, enviaron embajadores a los de la ciudad para que parlamentasen con ellos, los cuales fueron oídos aunque no delante de todo el pueblo, sino solamente de los cónsules y senadores.

Los embajadores expusieron sus razones en el Senado sobre lo que les mandaron los capitanes, y los de Melos respondieron a ellas y fue debatida la materia entre ellos por vía de preguntas y respuestas de la manera siguiente.

Los Atenienses.—Varones melios, porque tenemos entendido que no habéis querido que hablemos delante de todo el pueblo sino solamente aquí en este ayuntamiento aparte, pues sospecháis que aunque nuestras razones sean buenas y verdaderas, si las proponemos de una vez todas juntas delante de todo el pueblo, acaso éste, engañado por ellas, será inducido a cometer algún yerro a causa de no haber discutido antes la materia punto por punto y altercado sobre ella, será necesario que vosotros hagáis lo mismo, a saber: que no digáis todas vuestras razones de una vez, sino por sus puntos. Según viereis que nosotros decimos alguna cosa que no os parezca conveniente ni ajustada a razón, vosotros responderéis a ella y diréis libremente vuestro parecer. Ante todas cosas decidnos si esta manera de hablar por pregunta y respuesta que os proponemos, os agrada o no.

Los Melios.—Ciertamente, varones atenienses, esta manera de discutir los asuntos a placer y despacio no es de vituperar, pero hay una cosa del todo contraria y repugnante a esto: y es que nos parece que vosotros no venís para hablarnos de la guerra venidera, sino de la presente, que está ya dispuesta y preparada, y la traéis, como dicen, en las manos. Por tanto, bien vemos que vosotros queréis ser los jueces de esta discusión, y el final de ella será tal, que si os convencemos por derecho y por razón, no otorgando las cosas a vuestra voluntad, comenzaréis la guerra, y si consentimos en lo que vosotros queréis quedaremos por vuestros súbditos y en vez de libres, cautivos y en servidumbre.

Atenienses.—A la verdad, si os habéis aquí reunido para discutir sobre cosas que podrían ocurrir, o sobre otra materia que no hace al caso, antes que para entender de lo que toca al bien y pro de vuestra república, según el estado en que ahora se encuentra, no es menester que pasemos adelante, pero si venís para tratar de esto que os atañe, hablaremos y discutiremos.

Melios.—Justo es y conveniente a toda razón, y por tanto debemos sufrirlo, que los que están en el estado que nosotros al presente hablen mucho y cambien muchas razones respecto a muchas cosas, atento que en este ayuntamiento la cuestión es sobre nuestras vidas y honras, por lo cual, si os parece, nuestra conversación será como vosotros habéis propuesto.

Atenienses.—Conviniendo, pues, hablar de esta suerte, no queremos usar con vosotros de frases artificiosas ni de términos extraños, como si por derecho y razón nos perteneciese el mando y señorío sobre vosotros, por causa de la victoria que en los tiempos pasados alcanzamos contra los medos, ni tampoco será menester hacer largo razonamiento para mostraros que tenemos justa causa de comenzar la guerra contra vosotros por injurias que de vosotros hayamos recibido. Tampoco hay necesidad de que aleguéis que fuisteis poblados por los lacedemonios, ni que no nos habéis ofendido en cosa alguna, pensando así persuadirnos de que desistamos de nuestra demanda, sino que conviene tratar aquí de lo que se debe y puede hacer, según vosotros y nosotros entendemos, el negocio que al presente tenemos entre manos y considerar que entre personas de entendimiento las cosas justas y razonables se debaten por derecho y razón, cuando la necesidad no obliga a una parte más que a la otra; pero cuando los más flacos contienden sobre aquellas cosas que los más fuertes y poderosos les piden y demandan, conviene ponerse de acuerdo con éstos para conseguir el menor mal y daño posible.

Melios.—Puesto que queréis que, sin tratar de lo que fuere conforme a derecho y razón, se hable de hacer lo mejor que pueda practicarse en nuestro provecho, según el estado de las cosas presentes, justo y razonable es, no pudiendo hacer otra cosa, que conservemos aquello en que consiste nuestro bien común, que es nuestra libertad; y por consiguiente, al que continuamente está en peligro, le será conveniente y honroso que el consejo que da a otro, a saber, que se deba contentar con lo que puede ganar y aventajar por industria y diligencia conforme al tiempo, ese mismo consejo lo tome para sí. A lo cual vosotros, atenienses, debéis tener más miramientos que otros, porque siendo más grandes y poderosos que los otros, si os sucediera peligro o adversidad semejante, tanto más grande sería vuestra caída; y de mayor ejemplo para los demás el castigo.

Atenienses.—Nosotros no tememos la caída de nuestro estado y señorío, porque aquellos que acostumbran a mandar a otros, como los lacedemonios, nunca son crueles contra los vencidos, como lo son los que están acostumbrados de ser súbditos de otros, si acaso consiguen triunfar de aquellos a quienes antes obedecían. Mas este peligro que decís lo tomamos sobre nosotros, quedando a nuestro riesgo y fortuna, pues no tenemos ahora guerra con los lacedemonios. Hablemos de lo que toca a la dignidad de nuestro señorío y a vuestro bien y provecho particular, y de vuestra ciudad y república. En cuanto a esto, os diremos claramente nuestra voluntad e intención, y es que queremos de todos modos tener mando y señorío sobre vosotros, porque será tan útil y provechoso para vosotros como para nosotros mismos.

Melios.—¿Cómo puede ser tan provechoso para nosotros ser vuestros súbditos, como para vosotros ser nuestros señores?

Atenienses.—Os es ciertamente provechoso, porque más vale que seáis súbditos que sufrir todos los males y daños que os pueden venir a causa de la guerra; y nuestro provecho consiste en que nos conviene más man-daros y teneros por súbditos que mataros y destruiros.

Melios.—Veamos si podemos ser neutrales sin unir-nos a una parte ni a otra, y que nos tengáis por amigos en lugar de enemigos. ¿No os satisfará esto?

Atenienses.—En manera alguna, que más daño nuestro sería teneros por amigos que por enemigos, porque si tomamos vuestra amistad por temor, sería dar grandísima señal de nuestra flaqueza y poder, por lo cual los otros súbditos nuestros a quien mandamos, nos tendrían en menos de aquí en adelante.

Melios.—¿Luego todos vuestros súbditos desean que los que no tienen que ver con vosotros sean vuestros súbditos como ellos, y también que vuestras poblaciones, si hay algunas que se os hayan rebelado, caigan de nuevo bajo vuestras manos?

Atenienses.—¿Por qué no tendrían este deseo puesto que los unos ni los otros no se han apartado de nuestra devoción y obediencia, por derecho ni razón, sino sólo cuando se han visto poderosos para podernos resistir, y creyendo que nosotros, por temor, no nos atreveríamos a acometerles? Además, cuando os sojuzguemos, tendremos más número de súbditos, y nuestro señorío será más pujante y más seguro, porque vosotros sois isleños, y tenidos por más poderosos en mar que cualquiera de las otras islas, por lo cual, no conviene que se diga podéis resistirnos, siendo como somos los que dominan la mar.

Melios.—Y vosotros, decid, ¿no ponéis todo vuestro cuidado y seguridad en vuestras fuerzas de mar? Puesto que nos aconsejáis dejemos aparte el derecho y la razón por seguir vuestra intención y provecho, os mostraremos que lo que pedimos para nuestro provecho redundará también en el vuestro, pues se os alcanza muy bien que queriendo sujetarnos sin causa alguna, haréis a todos los otros griegos, que son neutrales, vuestros enemigos; porque viendo lo que habréis hecho con nosotros, sospecharán que después hagáis lo mismo con ellos. De esta suerte ganáis más enemigos, y forzáis a que lo sean también aquellos que no tenían voluntad de serlo.

Atenienses.—No tememos tal cosa por considerar menos ásperos y duros a los que viven gozando de su libertad en tierra firme, en cualquier parte que sea, que a los isleños que cual vosotros no sean súbditos de nadie, y también a los que están sujetos y obedientes por fuerza cuando tienen mala voluntad; porque aquellos que viven en libertad son más negligentes y descuidados en guardarse, pero los sujetos a otro poder por sus desordenadas pasiones, muchas veces por pequeño motivo se exponen ellos y exponen a sus señores a grandes peligros.

Melios.—Pues si vosotros, por aumentar vuestro señorío, y los que están en sujeción por eximirse y libertarse de servidumbre se exponen a tantos peligros, gran vergüenza y cobardía nuestra será, si estando en libertad, como estamos, la dejásemos perder y no hiciésemos todo lo posible antes de caer en servidumbre.

Atenienses.—No es lo mismo en este caso, ni tampoco obraréis cuerdamente si os guiáis por tal consejo, porque vuestras fuerzas no son iguales a las nuestras, y no debe avergonzaros reconocernos la ventaja. Por tanto, lo mejor será mirar por vuestra vida y salud, que no querer resistir, siendo débiles, a los más fuertes y poderosos.

Melios.—Es verdad, pero también sabemos que la fortuna en la guerra muchas veces es común a los débiles y a los fuertes, y que no todas favorece a los que son más en número. Por otra parte, entendemos que el que se somete a otro no tiene ya esperanza de libertarse, pero el que se pone en defensa, la tiene siempre.

Atenienses.—La esperanza es consuelo de los que se ven en peligro, aunque algunas veces trae daño a los que tienen causa justa; porque tenerla, y bien grande, no los echa a perder por completo, como hace con aquellos que todo lo fían en esto de esperar, lo cual es peligroso, pues la esperanza, a los que se han confiado en ella en demasía, no les deja después vía ni manera por donde poderse salvar. Por lo cual vosotros, pues, os conocéis débiles y flacos, y veis el peligro en que estáis, os debéis guardar de él y no hacer como otros muchos, que, teniendo primero ocasión de salvarse, después que se ven sin esperanza cierta, acuden a lo incierto, como son visiones, pronósticos, adivinaciones, oráculos y otras semejantes ilusiones, que con vana esperanza llevan los hombres a perdición.

Melios.—Bien conocemos claramente lo mismo que vosotros sabéis, que sería cosa muy difícil resistir a vuestras fuerzas y poder, que sin comparación son mucho mayores que las nuestras, y que la cosa no sería igual; confiamos, sin embargo, en la fortuna y en el favor divino, considerando nuestra inocencia frente a la injusticia de los otros. Y aun cuando no seamos bastantes para resistiros, esperamos el socorro y ayuda de los lacedemonios, nuestros aliados y confederados, los cuales por necesidad habrán de ayudarnos y socorrernos, cuando no hubiese otra causa, a lo menos por lo que toca a su honra, por cuanto somos población de ellos, y son nuestros parientes y deudos. Por estas consideraciones comprenderéis que con gran razón hemos tenido atrevimiento y osadía para hacer lo que hacemos hasta ahora.

Atenienses.—Tampoco nosotros desconfiamos de la bondad y benignidad divina, ni pensamos que nos ha de faltar, porque lo que hacemos es justo para con los dioses y conforme a la opinión y parecer de los hombres, según usan los unos con los otros; porque en cuanto toca a los dioses, tenemos y creemos todo aquello que los otros hombres tienen y creen comúnmente de ellos; y en cuanto a los hombres, bien sabemos que naturalmente, por necesidad, el que vence a otro le ha de mandar y ser su señor, y esta ley no la hicimos nosotros, ni fuimos los primeros que usaron de ella, antes la tomamos al ver que los otros la tenían y usaban, y así la dejaremos perpetuamente a nuestros herederos y descendientes. Seguros estamos de que si vosotros y los otros todos tuvieseis el mismo poder y facultad que nosotros, haríais lo mismo. Por tanto, respecto a los dioses, no tememos ser vencidos por otros, y con mucha razón; y en cuanto a lo que decís de los lacedemonios y de la confianza que tenéis en que por su honra os vendrán a ayudar, bien librados estáis, si en esto sólo os tenéis por bienaventurados, como hombres de escasa experiencia del mal; mas ninguna envidia os tenemos por esta vuestra necedad y locura. Sabed de cierto que los lacedemonios entre sí mismos, y en las cosas que conciernen a sus leyes y costumbres, muchas veces usan de virtud y bondad, mas de la manera que se han portado con los otros, os podríamos dar muchos ejemplos: En suma os diremos por verdad lo que de ellos sabemos, que es gente que sólo tiene por bueno y honesto lo que le es agradable y apacible, y por justo lo que le es útil y provechoso; por lo cual, atenerse a sus pensamientos, que son varios y sin razón en cosa tan importante como ésta en que os van la vida y las honras, no sería cordura vuestra.

Melios.—Decid lo que quisiereis, que nosotros cree-mos en ellos y tenemos por cierto que, aun cuando no les moviese la honra, a lo menos por su interés y provecho particular no desampararían esta ciudad poblada por ellos, viendo que por esta vía se mostrarían traidores y desleales a los otros griegos sus aliados y confederados, y esto redundaría en utilidad y provecho de sus enemigos.

Atenienses.—Luego vosotros confesáis que no hay cosa provechosa si no es segura, y asimismo que no se ha de emprender cosa alguna por el provecho particular si no hay seguridad, y que por la honra y justicia se han de exponer los hombres al peligro, lo cual los lacedemonios hacen menos que otros algunos.

Melios.—Verdaderamente pensamos que se aventurarán y expondrán a peligro por nosotros, pues tienen motivo para hacerlo más que otros algunos, por ser nosotros más vecinos y cercanos al Peloponeso, lo que les permite ayudarse mejor de nosotros en sus haciendas, y podrán más seguramente confiar en nosotros por el deudo y parentesco que con ellos tenemos, pues somos naturales y descendientes de ellos.

Atenienses.—Así es como decís, mas la efectividad del socorro no consiste de parte de los que le han de dar en la confianza y benevolencia que tienen a los que lo piden, sino en la obra, considerando si son bastantes sus fuerzas para podérselo dar. En esto los lacedemonios tienen más miramiento que otros, porque desconfiados de sus propias fuerzas, buscan y procuran las de sus aliados para acometer a sus vecinos, por lo cual no es de creer que conociendo que somos más poderosos que ellos por mar, quieran aventurarse ahora a pasar a esta isla a socorreros.

Melios.—Aunque eso sea, los lacedemonios tienen otros muchos hombres de guerra, sin ellos, que pueden enviar, y la mar de Creta es tan ancha que será más difícil a los que la dominan poder encontrar a quienes quieran venir por ella a esta parte, que no a los que vinieren ocultarse a sus perseguidores. Aun cuando esta razón no les moviese a venir, podrán entrar en vuestras tierras y en las de vuestros aliados, es decir, en la de aquellos contra quienes no fue Brasidas, y por esta vía os darán ocasión para que penséis más en defender vuestras propias tierras que en ocupar las que no os pertenecen.

Atenienses.—Vosotros experimentáis a vuestra costa, si os dejáis engañar en estas cosas, lo que sabéis bien por experiencia de otros; que los atenienses nunca levantaron cerco que tuviesen puesto delante de algún lugar o plaza fuerte por temor. Vemos que todo cuanto habéis dicho en nada atañe a lo que toca a vuestra salvación. Esto sólo había de ser lo que entendiesen y debiesen procurar los que están en vuestra apurada situación. Porque todo lo que alegáis con tanta instancia sirve para lo venidero, y tenéis muy breve espacio de tiempo para defenderos y libraros de las manos de los que están ya dispuestos y preparados para destruiros. Parécenos, pues, que os mostraréis bien faltos de juicio y entendimiento si no pensáis entre vosotros algún buen medio mejor que el de ponderar la vergüenza que podréis sufrir en adelante, lo cual varias veces ha sido muy dañoso en los grandes peligros; y muchos ha habido que considerando el mal que les podría ocurrir si se rindiesen, han aborrecido el nombre de servidumbre que tenían por deshonroso, prefiriendo el de vencidos por considerarlo más honroso. Así, por su poco saber, han caído en males y miserias incurables, sufriendo mayor vergüenza por su necedad y locura, que hubieran sufrido por su fortuna adversa si la quisieran tomar con paciencia. Si sois cuerdos, parad mientes en esto, y no tengáis reparo en someteros y dar la ventaja a gente tan poderosa como son los atenienses, que no os demandan sino cosas justas y razonables, a saber: que seáis sus amigos y aliados, pagándoles vuestro tributo. Y, pues, os dan a escoger la paz o la guerra, que la una os pone en peligro, y la otra en seguridad, no queráis por vanidad y porfía escoger lo peor, que así como es cordura, y por tal se tiene comúnmente no quererse someter a su igual, cuando el hombre se puede honestamente defender, así también es locura querer resistir a los que conocidamente son más fuertes y poderosos, los cuales muchas veces usan de humanidad y clemencia con los más débiles y flacos. Apartaos, pues, un poco de nosotros, y considerad bien que esta vez consultáis la salud o perdición de vuestra patria, que no hay otro término, y que con la determinación que toméis, la haréis dichosa o desdichada.

Dicho esto, se salieron los atenienses fuera; los melios también se apartaron a otro lugar, y después de consultar entre sí gran rato, determinaron rechazar la demanda de los atenienses, respondiéndoles de esta manera:

Melios.—Varones atenienses, no cambiamos de parecer, ni jamás desearemos perder en breve espacio de tiempo la libertad que hemos tenido y conservado de setecientos años a esta parte que hace ésta nuestra ciudad fundada; antes con la buena fortuna que nos ha favorecido siempre hasta el día de hoy, y con la ayuda de nuestros amigos los lacedemonios, estamos resueltos a guardar y conservar nuestra ciudad en libertad. Empero, todavía os rogamos os contentéis con que seamos vuestros amigos, sin ser enemigos de otros, y que de tal manera hagáis vuestros tratos y conciertos con nosotros para el bien y provecho de ambas partes, saliendo de nuestras tierras y dejándonos libres y en paz.

Cuando los melios hubieron hablado de esta manera, los atenienses, que se habían retirado aparte mientras ellos discutieron, respondiéronles de esta otra:

Atenienses.—Ya vemos que sólo vosotros estimáis, por vuestro propio parecer y mal consejo, las cosas venideras por más ciertas que las presentes que tenéis a la vista, y os parece que lo que está en mano y determinación de otro lo tenéis ya en vuestro poder como si estuviese hecho. Os ocurrirá, pues, que la gran confianza que tenéis en los lacedemonios y en la fortuna, fundando todas vuestras cosas en esperanzas vanas, será causa de vuestra pérdida y ruina.

Esto dicho, los atenienses volvieron a su campo sin haber convenido nada; por lo cual los caudillos y capitanes del ejército, viendo que no había esperanza de ganar la villa por tratos, se prepararon a tomarla por combate y fuerza de armas, repartiendo las compañías en alojamientos de lugares cercanos, poniendo a la ciudad de Melia cerco de muro por todas partes y dejando guarnición, así de los atenienses como de sus aliados, por mar y por tierra. Hecho esto, la mayor parte del ejército se retiró, y los que quedaron entendían en combatir la ciudad para tomarla.

En este tiempo, habiendo los argivos entrado en tierra de Fliunte, fueron descubiertos por éstos y salieron contra ellos, peleando de manera que mataron ochenta.

Por otra parte, los atenienses, que estaban en Pilos, hicieron una entrada en tierra de Lacedemonia y llevaron gran presa, aunque no por esto los lacedemonios tuvieron las treguas por rotas ni quisieron comenzar la guerra, sino que solamente publicaron un decreto, por el cual permitían a los suyos que pudieran recorrer y robar la tierra de los atenienses. No había ciudad de todas las del Peloponeso que hiciese guerra abierta contra los atenienses, a excepción de los corintios que la hacían por algunas diferencias particulares que tenían con ellos.

En cuanto a los de Melia, estando puesto el cerco a la ciudad, los de dentro salieron una noche contra los que estaban en el sitio por la parte del mercado, y tomaron el muro que habían hecho hacia aquel lado, matando muchos de los que estaban de guarda en él. Además les cogieron gran cantidad de trigo y otras provisiones que metieron dentro de la ciudad, encerrándose en ella sin hacer otra cosa memorable este verano. Por causa de este suceso, los atenienses procuraron en adelante poner mejores guardas de noche.

Tales fueron los sucesos de este verano.

Al comienzo del invierno siguiente, los lacedemonios estaban resueltos a entrar en tierra de los argivos para favorecer a los expatriados; mas hechos sus sacrificios para ello, como no se les mostrasen favorables, regresaron a sus casas. Algunos de los argivos que esperaban su venida fueron presos como sospechosos por los otros ciudadanos, y otros de propia voluntad se ausentaron de la ciudad, temiendo ser presos.

En este tiempo los melios salieron otra vez de la ciudad, fueron sobre el muro que los atenienses habían he-cho en aquella parte, y lo tomaron, porque había poca gente de guarda.

Sabido esto por los atenienses, enviaron nuevo socorro al mando de Filócrates, hijo de Demeas, el cual tenía a punto sus ingenios y pertrechos para batir los muros de la ciudad, pero los sitiados, por causa de algunos motines y traiciones que había entre ellos, se entregaron a merced de los atenienses, los cuales mandaron matar a todos los jóvenes de catorce años arriba, y las mujeres y niños quedaron esclavos, llevándolos a Atenas. Dejaron en la ciudad guarnición, hasta que después enviaron quinientos moradores con sus familias para poblarla con gente suya.

LIBRO SEXTO

I

En este invierno los atenienses determinaron enviar otra vez a Sicilia una armada mucho mayor que la que Laques y Eurimedonte condujeron antes con intención de sojuzgarla, no sabiendo la mayor parte de ellos la extensión de la isla y la multitud de pueblos que la habitaban, así griegos como bárbaros, y por tanto que emprendían una nueva guerra no menor que la de los peloponenses, porque aquella isla tiene de circuito tanto cuanto una nave gruesa puede navegar en ocho días, y aunque es tan grande, no está separada de la tierra firme más que unos veinte estadios.

Al principio fue habitada Sicilia por muchas y diversas naciones, siendo los primeros los cíclopes y los lestrigones, que tuvieron solamente una parte de ella. No sé decir qué nación era ésta ni de donde fueron, ni adonde pararon, ni sé otra cosa más que lo que los poetas dicen, y los que de éstos tienen noticias. Después fueron los sicanos los primeros que la habitaron, los cuales dicen haber sido los primitivos moradores y que nacieron en aquella tierra; mas se ve claramente lo contrario, siendo en su origen íberos, llamados sicanos, del nombre de un río que está en Iberia llamado Sicano, y que echados de su tierra por los ligures se acogieron a Sicilia, la cual, por el nombre de ellos, llamaron Sicania, pues antes se llamaba Trinacria, y aún al presente, los de aquella nación tienen algunos lugares de dicha isla a la parte de Occidente.

Después de tomada Troya, algunos troyanos que huyeron de ella por temor a los griegos, se acogieron a tierra de los sicanos, donde hicieron su morada, y así troyanos como sicanos fueron llamados elimos, y habitaron dos ciudades, a saber: Erice y Egesta.

Tras de éstos fueron a morar allí algunos focios de los que, a la vuelta de Troya, arrojó una tormenta a las costas de Libia, desde donde pasaron a Sicilia.

En cuanto a los sículos, pasaron a Sicilia desde Italia, huyendo de los oscos, como es verosímil, y dicen comúnmente, pasaron en dos bateles con la marea, aprovechando el tiempo oportuno para ello, porque el pasaje es muy corto. Parece claramente que debió suceder esto porque aun hoy día hay sicilianos en Italia, recibiendo este nombre de Italo, un rey de los sículos.

Estos sicilianos pasaron en gran número, de manera que vencieron en batalla a los sicanos, obligándoles a retirarse a la parte de la isla que está hacia el Mediodía, y con esto mudaron el nombre a la isla, llamando Sicilia la que antes llamaban Sicania. Porque a la verdad, ocuparon la mayor parte de los buenos lugares de ella, y los tuvieron, desde su primera invasión hasta que los griegos llegaron, por espacio de trescientos años. Aún ahora tienen lugares mediterráneos que están hacia las partes de Aquilón.

Durante este tiempo los fenicios fueron a habitar en algunas pequeñas islas allí cercanas para tratar y negociar con los sicilianos; mas después, habiendo pasado muchos griegos por mar a la isla, dejaron la navegación, avecindáronse en la isla, y fundaron tres ciudades en los confines de los elimos, que fueron Motia, Solunte y Panormo, confiados de la amistad que tenían con los elimos, y también porque por aquella parte hay muy poco trecho de mar para pasar de Sicilia a Cartago. De esta manera, y por tanto número de diversas gentes bárbaras, fue habitada la isla de Sicilia.

Los griegos calcideos que salieron de Eubea al mando de Tucles, fueron los primeros que allí arribaron, fundando la ciudad de Naxos, y fuera de ella edificaron el templo de Apolo Arquegetes, que allí se ve hoy día, donde, cuando quieren salir fuera de la isla, hacen primeramente sus votos y sacrificios.

Un año después de la llegada de los calcideos, el corintio Arquías, que procedía de los descendientes de He-racles, fue a habitar aquel lugar donde al presente está Siracusa, habiendo primeramente lanzado de allí a los sicilianos que la tenían, y estaba entonces aquella ciudad toda fundada en tierra firme, sin que la mar la tocase por ningún punto. Mucho tiempo después se acrecentó la parte que entra dentro de la mar, que ahora está cercada de muralla, la cual, por sucesión de tiempo, se pobló en gran manera.

Siete años después de fundada Siracusa, Tucles y los calcideos salieron de Naxos, expulsaron a los sicilianos que habitaban en la ciudad de Leontini y la tomaron, y lo mismo hicieron en la ciudad de Catania, de donde lanzaron a Evarco, que los de la tierra decían había sido el primer fundador.

En este mismo tiempo Lamide fue de Mégara para habitar en Sicilia y se asentó, con la gente que llevaba para poblar, junto a un río llamado Pantacias, y un lugar nombrado Trotilo. Desde allí pasó a habitar con los calcideos en la ciudad de Leontini, y por algún tiempo gobernaron la ciudad juntamente; mas, al fin, por discordias y disensiones le echaron de ella, y fue con su gente a morar a Tapso, donde murió. Muerto Lamide, los suyos abandonaron la comarca y, mandados por un rey siciliano nombrado Hiblón, que había entregado la tierra a los griegos por traición, vinieron a morar a Mégara. Del nombre de este rey fueron llamados hibleos, y doscientos cuarenta y cinco años después que allí llegaron, los expulsó un rey de los siracusanos nombrado Gelón.

Antes de esto, cerca de cien años después de establecerse allí, fundó la ciudad de Selinunte Pamilo, el cual, siendo echado de Mégara, que era su ciudad metrópoli, con los otros de su nación creó esta colonia.

La ciudad de Gela fue fundada y poblada por Antifemo, natural de Rodas, y Entimo, de Creta, según afirman todos comúnmente que trajeron cada cual de su tierra cierto número de pobladores con sus casas y familias, cerca de cuarenta y cinco años después que Siracusa se comenzó a habitar, y pusieron nombre de Gela a aquella ciudad a causa del río que pasa allí cerca, que es así llamado, y la edificaron donde antes estaba asentada una villa cercada de muros llamada Lindios.

Pasados ciento ocho años después, los de Gela, dejando su ciudad bien poblada por los dorios, fueron a habitar la ciudad que ahora se llama Acragante, al mando de Aristonoo y de Pistilo. La llamaron así de un río que pasa por ella que tiene este nombre, y establecieron el gobierno y estado de la ciudad según las leyes y costumbres de su tierra.

La ciudad de Zancla primeramente fue habitada por algunos corsarios que vinieron de la ciudad de Cumas, que está en la región de Opica en tierra de los calcideos. Mas después, como aportase allí gran multitud de otros griegos, así de tierra de Calcidia como de la de Eubea, fue llamada Cumas, y venían por caudillos de estos griegos, Perieres, natural de Cumas, en Calcidia; y Cratémenes, natural de Calcidia. Llamábase antiguamente aquella ciudad Zancla, porque está asentada en figura de una hoz que los sicilianos en su lengua llaman zancla. Estos de Zancla fueron después echados de su ciudad por los samios y por algunos otros jonios, que huyendo de la persecución de los medos, pasaron a Sicilia.

Poco después Anaxilas, que era señor de los de Reggio, los lanzó de allí, pobló la ciudad de gentes de diversas naciones, y la llamó Mesena, del nombre de la ciudad de donde él fue natural.

La ciudad de Himera fue fundada por los zanclos, los cuales, al mando de Euclides, de Simo y de Sacón, la poblaron de cierto número de sus gentes. Poco tiempo después llegaron muchos calcideos y gran número de siracusanos, lanzados de su ciudad por los bandos contrarios, llamados milétides, y por la mezcla de estas dos naciones se hizo un lenguaje compuesto de dos, a saber: la mitad calcideo, y la mitad dorio; la manera de vivir fue según las leyes y costumbres de los calcideos.

Las ciudades de Acras y de Casmenas, los siracusanos las fundaron y poblaron; Acras cerca de setenta años después que fue habitada Siracusa, y Casmenas cerca de veinte años después de la fundación de Acras.

Unos ciento treinta y cinco años después de fundada Siracusa los siracusanos fundaron y poblaron la ciudad de Camarina, capitaneados por Dascón y Monécolo; pero a muy poco tiempo, habiéndose los camarinos rebelado contra los siracusanos, sus fundadores, les expulsaron éstos de la ciudad; y andando el tiempo, Hipócrates, señor de Gela, habiendo cogido prisioneros algunos siracusanos, consiguió por rescate de ellos esta ciudad de Camarina, que estaba desierta, y la pobló. Poco después fue otra vez destruida por Gelón; y a la postre reedificada y poblada por el mismo Gelón.

Poblada y habitada la isla de Sicilia por tan diversas naciones de bárbaros y griegos, los atenienses intentaron invadirla, a la verdad, con intención y codicia de conquistarla, aunque lo hacían so color de dar socorro a los calcideos, sus amigos y parientes, y especialmente a los egestenses, porque éstos habían enviado embajadores a los atenienses para demandarles socorro y ayuda, a causa de cierta diferencia que había entre ellos y los selinuntios por algunos casamientos, y también por los límites. Los selinuntios habían recurrido a los siracusanos como a sus aliados y confederados, y éstos impedían a los egestenses el paso por mar y tierra. Por ello los egestenses habían enviado a pedir socorro a los atenienses, trayéndoles a la memoria la amistad antigua y alianza que habían hecho en tiempo pasado con Laques, capitán de los atenienses en la guerra con los leontinos, rogándoles que les enviaran armada para socorrerles. Para más inducirles a ello, les exponían muchas razones, y la principal era que si dejaban a los siracusanos realizar sus proyectos, después echarían de su tierra a los leontinos y a sus aliados, y por este medio serían señores de toda la isla, sucediendo después que los siracusanos, por ser descendientes de los dorios que están en el Peloponeso, y haber sido por ellos enviados a poblar Sicilia, acudirían en socorro de los peloponenses contra los atenienses, para disminuir y destruir su poder y señorío. Aconsejaban, pues, a los atenienses, que para evitar aquellos inconvenientes sería muy cuerdo enviar con tiempo socorro a los egestenses, sus aliados, y resistir al poder de los siracusanos. Para ello les ofrecían proveerles de todo el dinero que les fuese necesario para la guerra.

Estas amonestaciones de los egestenses, que hacían muy a menudo a los atenienses, expuestas al pueblo de Atenas fueron causa de que éste determinara enviar primeramente sus embajadores a Sicilia, para saber si los egestenses tenían tanto dinero para la guerra como ofrecían, y además para ver los aprestos de guerra que poseían e informarse del poder y fuerzas de los selinuntios, sus contrarios, y del estado en que se encontraban sus cosas, lo cual fue así hecho.

II

En aquel invierno, los lacedemonios con toda su hueste salieron al campo en favor de los corintios, entraron en tierra de los argivos, robaron y talaron mucha parte de ella, y trajeron muchas vacas y ganado, y gran cantidad de trigo que les tomaron.

Después hicieron sus conciertos y treguas entre los argivos que estaban en la ciudad, y los expatriados que pasaron a la ciudad de Orneas con la condición de que los unos no atentasen contra los otros durante el tiempo de la tregua, y esto hecho, regresaron a sus casas.

Poco tiempo después los atenienses regresaron con treinta naves, en las cuales había setecientos hombres de pelea, y se juntaron con los argivos saliendo de esta ciudad todos los que eran aptos para tomar armas, y juntos fueron contra los de Orneas. El mismo día que llegaron tomaron la ciudad, aunque la noche anterior, los de dentro, viendo que el campo de los enemigos estaba bastante lejos de la ciudad, tuvieron tiempo para salvarse todos. Los argivos, a la mañana siguiente, hallando la ciudad abandonada por los habitantes, la derrocaron y asolaron, regresando después a sus casas.

Los atenienses que habían ido con ellos, se embarcaron y navegaron derechamente hacia la villa de Metona, que está situada en los confines de Macedonia, donde embarcaron también otros muchos soldados, así de los suyos como de los macedonios, y algunos de a caballo, que estaban desterrados de su país, y vivían en tierra de los atenienses. Todos juntos entraron en las tierras de Perdicas y las robaban y talaban cuanto podían.

Sabido esto por los lacedemonios, mandaron a los calcideos, que moran en Tracia, que fuesen a socorrer a Perdicas, lo cual rehusaron hacer, diciendo que tenían treguas con los atenienses por diez días. Durante esta tregua pasó el invierno, que fue el decimosexto año de esta guerra, que Tucídides escribió.

Al principio del verano regresaron los embajadores que los atenienses habían enviado a Sicilia, y con ellos algunos egestenses de los principales que trajeron sesenta talentos de plata, no labrada, para la paga de un mes de sesenta naves que pedían de socorro a los atenienses.

Estos egestenses y los embajadores fueron admitidos en el Senado, y al darles audiencia delante de todo el pueblo, propusieron muchas cosas para poder persuadir a los atenienses de su demanda, y entre otras fue la de afirmar que tenía su ciudad gran copia de oro y plata, así en el tesoro público como en los templos, aunque no era esto verdad. No obstante, a sus ruegos y persuasiones, el pueblo les otorgó la ayuda de sesenta naves que pidieron y gran número de gente de guerra, y nombraron tres de los principales de la ciudad por caudillos de aquella armada, que fueron Alcibíades, hijo de Clinias; Nicias, hijo de Nicérato, y Lámaco, hijo de Jenofonte, con pleno poder y autoridad bastante; a los cuales encargaron que primeramente socorriesen a los egestenses contra los selinuntios; después, si viesen sus cosas prósperas, procurasen restituir a los leontinos en su Estado, y finalmente, que en tierra de Sicilia hiciesen todo aquello que consideraran convenir al bien y aumento de la república de los atenienses.

A los cinco días celebróse nueva reunión en el Senado para ordenar lo necesario, a fin de que la armada pudiese partir muy pronto y proveer las cosas precisas para los capitanes. Entonces, Nicias, uno de los nombrados para aquella empresa, aunque contra su voluntad, porque entendía haber sido determinada sin consejo y razón, solamente por codicia de conquistar toda la isla de Sicilia, y que además conocía cuán difícil era la empresa, pensando apartarles de este propósito, salió en medio delante de todos y habló de esta manera:

III

«Este ayuntamiento, varones atenienses, se hace, según veo, para proveer lo necesario a una armada y pasar con ella a Sicilia; mas a mi parecer, ante todas cosas, convendría consultar si será acertado enviarla y realizar esta empresa o no lo será. En materia de tanta importancia no conviene limitarse a una consulta tan breve, y atenidos a lo que nos hacen creer hombres extraños, comenzar una guerra tan difícil por lo que nada nos importa.

»En lo que particularmente a mí toca, yo sé de cierto que puedo ganar honra en este hecho más que en otro alguno, y que soy el que menos teme poner a riesgo su persona de todos cuantos aquí están, pero he tenido y tengo por buen ciudadano al que cuida de su persona y de su hacienda, porque éste puede y quiere servir y aprovechar a la república con lo uno y con lo otro.

»Conforme en el tiempo pasado, jamás por codicia de honra he dicho otra cosa de lo que me parecía ser mejor y más conveniente para la república, lo mismo pienso hacer al presente. Y aunque este mi razonamiento será de poca eficacia para mover vuestros corazones, que ya están persuadidos en contrario, debo, sin embargo, deciros que miréis por vuestras personas, guardéis vuestras ha-ciendas y no queráis aventurar y poner en peligro las cosas ciertas por las dudosas; considerando que esta vuestra empresa contra Sicilia, que tan de prisa habéis determinado, ni es oportuna ni tan fácil como os dan a entender. Lo primero, porque me parece que, acometiendo esta empresa dejáis acá muchos enemigos a las espaldas y procuráis traer otros muchos más; pues si os fundáis en que las treguas que tenéis con los lacedemonios serán firmes y seguras, yo os certifico que lo serán mientras nosotros estemos en paz y nuestras cosas continúen en prosperidad, pero si por desgracia ocurriera alguna adversidad a esta nuestra armada que enviamos, inmediatamente se moverán ellos y vendrán a dar sobre nosotros, pues para las treguas y conciertos que con nosotros hicieron, fueron obligados por necesidad y no guiados por su provecho y ventaja.

»Hay, además, en el convenio muchos puntos oscuros y dudosos. No pocos del partido contrario no lo aceptaron, y éstos no los más flacos de fuerzas, de los cuales algunos se han declarado ya enemigos nuestros, y los otros, aunque no se mueven ahora por las treguas de diez días, que les obligan a estar tranquilos, si por dicha suya ven nuestras fuerzas repartidas, como queremos hacer ahora, se declararán por enemigos, vendrán contra nosotros y volverán a aliarse con los sicilianos, como lo han querido hacer en otros tiempos.

»Debemos, pues, considerar todas estas cosas y no estimar nuestra ciudad por tan poderosa que la queramos poner en peligro y codiciar nuevo señorío, antes de asegurar de manera firme y estable el que tenemos. Porque si hasta ahora no hemos podido sojuzgar por completo a los calcideos de Tracia, nuestros súbditos, que se nos habían rebelado, ni a sosegar otros de tierra firme, de quienes no estamos muy seguros, ¿por qué determinamos tan de repente ir a socorrer a los egestenses, so pretexto que son nuestros aliados y necesitan ayuda? Estos, en tiempo pasado, se apartaron de nuestra alianza, y con razón podríamos asegurar que nos han hecho injuria. Aun en el caso de recobrar su alianza alcanzando la victoria contra sus enemigos, muy poco o nada nos pueden ayudar, así por estar muy lejos como por ser muchos, por lo cual no podríamos mandar en ellos fácilmente.

»Paréceme, por tanto, que es locura ir contra aquéllos, que cuando los hubiéramos vencido no los podremos buenamente guardar ni mantener en nuestra obediencia, y si no conseguimos la victoria, quedaremos en peor estado que antes de comenzada la guerra.

»Por otra parte, según yo entiendo de las cosas de Sicilia, me parece que los siracusanos, aunque sean los principales de aquella tierra, no tienen por qué odiarnos ni envidiarnos, que es el punto en que los egestenses fundan su demanda, aunque por acaso les ocurriese ahora quererse congraciar con los lacedemonios, no es de creer que los que están en peligro de perder quieran por amor a pueblo extraño emprender la guerra contra otro y aventurar su estado, pues han de pensar que si los peloponenses con su ayuda acabaran con nuestro señorío, de igual modo destruirían el suyo.

»Además, los griegos que habitan en tierra de Sicilia nos tienen gran miedo mientras no vamos contra ellos, y lo tendrán mucho mayor si les mostrásemos nuestras fuerzas y después nos retirásemos. Mas si una vez entramos en su tierra como enemigos, y recibimos de ellos algún daño o afrenta, en adelante nos tendrán en mucho menos, se juntarán con los otros griegos y vendrán a acometernos en nuestra tierra, pues como todos sabéis bien, las cosas son más admiradas cuanto más lejos están y tanto menos se estiman cuanto más se prueban y conocen, según podemos ver por experiencia en nosotros mismos, porque alcanzamos la victoria contra los lacedemonios y los otros peloponenses, cuyas fuerzas y poder temíamos mucho, y desde entonces les tenemos en tan poco, que presumimos ir a conquistar a Sicilia.

»No conviene por la adversidad de los contrarios engreírse, sino antes refrenar los apetitos y pensamientos, y confiar tan solamente en las propias fuerzas considerando que los lacedemonios por la afrenta que han recibido de nosotros no piensan en otra cosa sino en vernos hacer alguna locura o desatino para vengar su derrota y recobrar la honra perdida; tanto más ellos que otros porque son más codiciosos de gloria y honra que cualquiera otra nación.

»Debemos pues, varones atenienses, considerar que no tratamos ahora sólo de favorecer a los egestenses de Sicilia, que al fin son bárbaros, sino también de como nos podemos guardar y defender de una ciudad tan poderosa como la de los lacedemonios, que, por gobernarla pocos, es enemiga de la nuestra que se gobierna por señorío y comunidad.

»También nos debemos acordar de que apenas hemos podido respirar de una grande epidemia y de una guerra tan grande como la pasada, que nos puso en tanto cuidado y fatiga, y que si ahora crecemos en número de gente y de riqueza, le debemos guardar para emplearlo en provecho de nosotros mismos, y no gastarlo en pro de estos desterrados que vienen a pedirnos socorro y ayuda, los cuales saben mentir bien para su provecho, con daño y peligro de sus vecinos, sin tener otra cosa que dar sino palabras. Porque si con nuestra ayuda les suceden bien sus cosas, ni nos darán provecho ni gracias, y si mal, se perjudicarán ellos y dañarán a sus amigos y aliados. Y si alguno de los elegidos por vosotros para tener cargo de la armada aconseja esta empresa por su interés particular; y por estar en la flor de su mocedad desea ganar honra para ser más estimado y ostentar los muchos caballeros que mantiene de la renta que tiene, no por eso debéis otorgar a sus deseos y cumplir su voluntad y provecho particular con daño y peligro de toda la ciudad, sino antes considerad que por causa de semejantes personas las cosas públicas reciben detrimento, y las privadas y particulares se gastan y destruyen. Además, un negocio de tan gran importancia no debe ser consultado con hombres mozos, ni ponerse en ejecución tan de repente.

»Porque temo que en este ayuntamiento hay muchos sentados que le asisten y favorecen, y por su ruego han venido, recomiendo a los ancianos que no se dejen persuadir por hombres mozos que les dicen sería vergüenza no emprender la guerra, que parecería pusilanimidad y falta de corazón, que sería mal comentado no socorrer a los amigos ausentes y otras semejantes razones, pues sabéis bien que las cosas que se hacen por pasión y afecto, las más de las veces no salen tan bien como aquellas que se ejecutan por razón y maduro consejo. Por lo cual y por no poner nuestro estado en peligro ya que hasta ahora no lo hemos puesto, debemos responder a los sicilianos que no traspasen los términos que actualmente tienen con nosotros, a saber, que no pasen el golfo de la mar de Jonia por la parte de tierra, ni por otra parte de Sicilia, y en lo demás que gobiernen sus tierras y señoríos entre ellos como bien les pareciere, y responded a los egestenses, que pues que comenzaron la guerra contra los selinuntios sin los atenienses, la acaben por sí mismos, y de aquí en adelante nos recatemos de hacer nuevas alianzas de la suerte que hasta ahora hemos acostumbrado, porque siempre queremos ayudar a los necesitados en sus trabajos y fortunas, y cuando nosotros necesitamos socorro para los nuestros no lo hallamos.

»Tú, presidente, si quieres tener cuidado de la ciudad y gobernarla como conviene, y merecer el nombre de buen ciudadano, debes poner de nuevo en consulta este negocio y demandar las opiniones de todos sin avergonzarte de revocar el decreto una vez hecho, pues en este ayuntamiento hay tan buenos y tantos testigos que con razón no podrás ser culpado por tomar otra vez consejo. Este será el remedio para la ciudad mal aconsejada, no olvidando que la manera de gobernar bien un buen juez, es hacer a su patria todo el provecho que pudiere, o a lo menos no hacerle mal ni daño a sabiendas».

De esta manera habló Nicias, y después hablaron otros muchos atenienses, de los cuales la mayoría fue de parecer que se llevase adelante aquella empresa según la primera determinación. Algunos había de contraria opinión.

Alcibíades era el que más aconsejaba la guerra, así por contradecir a Nicias, a quien tenía odio, como por otras causas que entonces le movían tocantes al gobierno de la república, y también porque Nicias en su razonamiento parecía que le acusaba de calumnia, aunque no le nombraba por su nombre, y principalmente porque deseaba en gran manera ser capitán en aquella armada, esperando por este medio conquistar a Sicilia y después a Cartago, y adquirir gloria, honra y riqueza en esta conquista, si la cosa salía bien como creía; porque estando en gran reputación, teniendo el favor del pueblo y queriendo por gloria y ambición ostentar más de lo que permitían sus rentas, presumía de mantener muchos caballos, y hacer suntuosos y excesivos gastos, lo cual después en parte fue causa de la destrucción del poder de Atenas, pues muchos ciudadanos, viendo su desorden y demasía, así en el comer como en atavíos de su persona y su arrogancia y pensamientos altivos en todas cuantas cosas trataba, le fueron enemigos, creyendo que se quería hacer señor y tirano de la tierra, y aunque en las cosas de guerra fuese muy valeroso y las supiese bien tratar, como la mayoría de los ciudadanos era contraria a sus obras, procuraban poner los negocios de la república en manos de otro, de donde al fin provino la pérdida y destrucción de su ciudad.

Saliendo Alcibíades ante todos les habló de esta manera:

IV

«Varones atenienses: me conviene ser caudillo y capitán de esta armada más que a otro alguno, y quiero comenzar mi discurso por este punto y no por otro, porque veo que Nicias ha querido aludir a él, y porque con esto y sin esto me compete dicho cargo por ser digno y merecedor de él, pues las cualidades que me dan fama y estima entre los hombres, si redundan en gloria de mis antepasados y mía, traen también honra y provecho a la república. Los griegos que se hallaron presentes a los juegos y fiestas de Olimpia, viendo mi suntuosidad y magnificencia, tuvieron y estimaron nuestra ciudad por más rica y poderosa, donde antes la tenían en poco y pensaban fácilmente poderla sojuzgar; pues entonces, como todos saben, me hallé en aquellas fiestas con siete carros triunfales muy bien adornados, lo cual ningún particular había podido hacer hasta entonces, y así gané el primer premio de la contienda y aun el segundo y cuarto, y en lo demás hice tan gran aparato y usé de tanta magnificencia como convenía a tal victoria. Todas esas cosas son muy honrosas, y muestran a las gentes que las ven el poder y riqueza de la tierra y ciudad de donde es natural el que las hace.

»Y aunque estos hechos y otros semejantes, por los cuales yo soy tenido y estimado en esta ciudad, engendren gran envidia a los otros ciudadanos contra mí, serán siempre señal de poderío y riqueza para los extraños y venideros, y en mi opinión, los pensamientos del que procura por estos medios a su costa hacer honra y provecho, no solamente a sí mismo sino también a su patria, no deben ser tenidos por dañosos y perjudiciales a la república. Ni menos por malo, el que tiene tal presunción de sí mismo que no quiere ser igual a los otros, sino antes excederles en todo y por todo, pues los ruines y mal aventurados no hallan persona que les quiera tener compañía en su miseria, y siempre son menospreciados. Si estando en prosperidad y felicidad los tenemos en poco, no les debe pesar por ello, sino esperar a hacer lo mismo con nosotros cuando se vieren en tal estado.

»Aunque yo sé muy bien que las tales personas y otras semejantes que exceden en honra y dignidad a otros son muy envidiados, mayormente de sus iguales, y también en alguna manera de los otros contemporáneos, esto es sólo en vida, que después de su muerte, la fama y renombre que han ganado es de tal eficacia para los venideros, que muchos se glorifican de haber sido sus parientes y deudos, y aun algunos que no lo son dicen serlo. Muchos otros se tienen por honrados de llamarse vecinos y moradores de la tierra y ciudad de donde aquellos son naturales, no por cierto por haber sido estos tales malos y ruines, sino antes buenos y provechosos a la república. Por lo cual, si yo he procurado imitar a tales personas virtuosas y seguir sus pasos, y por ello he vivido particularmente más honrado que los otros, mirad si por esta causa en los negocios de la república me he portado más ruinmente que los otros ciudadanos.

»Recordad que estando todo el poder de los peloponenses unido contra nosotros, sin vuestro peligro ni a vuestra costa, obligué a los lacedemonios a que un día junto a Mantinea aventurasen todo su estado en una batalla, en la cual, aunque lograron la victoria, el peligro en que se vieron fue tan grande que desde entonces no han osado venir contra nosotros. Y esta mi mocedad y poco saber que parecía según razón y natura no poder resistir entonces al poder de los peloponenses, hablando de veras dio tal muestra y crédito de mi valor, que al presente no debáis temer sea dañosa a la república, antes mientras yo tengo esa osadía en mi mocedad y Nicias la buena fortuna y cualidades de gobierno que tiene, podéis usar de las condiciones del uno y del otro según os pareciere más conveniente a vuestro bien y provecho.

»Volviendo al propósito de que hablamos, en manera alguna conviene que revoquéis el decreto que habéis he-cho para ejecutar esta empresa de Sicilia por miedo o temor a tener que lidiar con muchas y diversas gentes, porque aunque en Sicilia hay muchas ciudades, los pobladores son de diversas naciones, que ya están acostumbradas a mudanzas y alborotos, y ninguno hay de ellos que quiera tomar armas para defender su patria, ni aun su misma persona, ni menos entender en la fortificación de los lugares para defensa de los pueblos; antes cada uno, creyendo que podrá convencer a los otros de lo que dijere, o si no les puede persuadir que revolverá la ciudad y el estado de la república por interés particular, fija toda su atención en esto, y no es de creer que una multitud de gentes diferentes se pueda poner de acuerdo para obedecer las palabras de quien les aconseje que se unan para defenderse de sus contrarios, antes cada cual estará dispuesto a hacer lo que se le antoje según su voluntad y apetito, mayormente habiendo entre ellos bandos y sediciones, según tengo entendido que al presente hay.

»Además no tienen tantas gentes de guerra como dicen, porque comúnmente se exagera en estas cosas. Los mismos griegos no pudieron reunir tan gran ejército como se alababa de tener cualquiera de sus estados, cuando fue preciso en la pasada guerra contra los medos que toda la Grecia se pusiera en armas,

»Estando, pues, las cosas de Sicilia en el estado que os he dicho, según entiendo por la relación de muchas personas dignas de fe y crédito, facilísima os será esta empresa, mayormente habiendo entre ellos muchos bárbaros, los cuales, por la enemistad que tienen con los siracusanos, de buena gana se unirán con nosotros.

»Bien mirado, tampoco nos podrá estorbar esta guerra el atender a las cosas de acá, pues es cierto que nuestros mayores y antepasados, teniendo por contrarios todos los que ahora dicen que se declararán a favor de nuestros enemigos, cuando supiesen que nuestra armada está en Sicilia, donde al presente no nos impiden pasar y, además de ellos, los medos adquirieron este imperio y señorío que tenemos, no por otros medios sino por ser poderosos en la mar y tener gran armada, que es la causa sola porque los peloponenses han perdido la esperanza de podernos vencer de aquí en adelante.

»Además, si ellos determinasen entrar en nuestra tierra, bien le podrían realizar aunque no tuviésemos esta armada, pero no nos podrán hacer mal con la suya, porque la que dejaremos aquí será bastante para resistir y combatirla. Por todo lo cual, pidiéndonos nuestros amigos y aliados ayuda y socorro, no podremos tener excusa ninguna para no debérsela dar, y no haciéndolo, con razón nos culparán de que tuvimos pereza de ir, o que so color de excusas muy frías les hemos negado el auxilio que estamos obligados por nuestro juramento.

»Ni menos podemos alegar en contra de ellos que nunca nos han socorrido en nuestras guerras, pues no les damos la ayuda y socorro en su tierra con intención de que ellos nos vengan a socorrer en la nuestra, sino solamente para que entretengan con su guerra los enemigos que tenemos en aquellas partes y les hagan todo el mal y daño que pudieren, a fin de que tengan menos fuerzas para venir a acometernos en nuestra tierra, y por estas vías y maneras nosotros y todos aquellos que han adquirido grandes tierras y señoríos las han aumentado siempre y conservado, dando pronto y con liberalidad ayuda y socorro a aquellos que se los demandaban, ora fuesen griegos, ora bárbaros.

»Porque si rehusamos dar ayuda a los que nos la piden, o si nos detenemos a calcular a qué nación la debemos dar o negar, nunca ganaremos mucho, sino que pondremos en peligro lo que poseemos al presente.

»Jamás debe esperar a defender sus fuerzas el que es más poderoso cuando llega su enemigo a acometerlas, sino apercibirse antes, de suerte que éste tema venir. Ni tampoco está en nuestra mano poner un término a nuestro imperio o señorío, para decir que ninguno pase adelante, sino que para defenderle es necesario acometer a unos y guardarnos de ser acometidos por otros, porque si no procuramos señorear a los otros estaremos en peligro de ser dominados. Ni menos debemos tomar el descanso y reposo de la suerte y manera que lo toman los otros, si no queremos también vivir como ellos viven.

»Considerando estas cosas, y que siguiendo esta nuestra empresa, aumentaremos nuestro estado y señorío, embarquémonos y vayamos a esta jornada siquiera por hacer perder el ánimo a los peloponenses cuando vieren que, teniéndolos en poco, determinamos pasar a Sicilia, sin querer gozar del ocio y reposo que podríamos ahora disfrutar. Porque si esta empresa nos sale bien, como es de creer, seremos señores de toda Grecia, o a lo menos para nuestro bien y el de nuestros aliados y confederados, haremos todo el mal y daño que podamos a los siracusanos.

»Cuanto más que teniendo nuestra armada en aquellas partes salva y segura, podremos quedar allí si viéremos ventaja, y si no volvernos cuando bien nos pareciere, pues con ella somos dueños de nuestra voluntad y de todos los sicilianos.

»Las palabras de Nicias, directamente encaminadas a preferir el ocio al trabajo, y a excitar discordia entre los mancebos y los viejos, no se deben aprobar, sino antes todos de común acuerdo, a imitación de nuestros antepasados, que consultando los jóvenes con los viejos los negocios tocantes al bien de la república aumentaron y establecieron nuestro imperio y señorío en el estado que ahora le veis, debéis por el mismo camino, y por las mismas vías y maneras, procurar aumentarlo y pensar que la mocedad y la vejez no vale nada la una sin la otra, y que el flaco y el fuerte y el mediano, cuando todos se ponen de acuerdo, sirven y aprovechan a la república.

»Por el contrario, cuando una ciudad está ociosa se gasta y corrompe, y como todas las otras cosas envejecen con el ocio, así también sucederá a nuestra disciplina militar, si no nos ejercitamos en diversas guerras, para que la conserven las muchas experiencias; porque la ciencia de saber guardar y defender no se aprende por palabras, sino por uso, acostumbrándose y ejercitándose en los trabajos y en las armas.

»En conclusión, mi parecer es que cuando una ciudad que está acostumbrada al trabajo se entrega al ocio y reposo, pronto llega a perderse y destruirse; y que entre todos los otros son más firmes y seguros los que rigen y gobiernan el estado de su república siempre de una suerte y manera, según sus leyes y costumbres antiguas, aunque no sean buenas del todo.»

Cuando Alcibíades terminó su discurso se adelantaron los embajadores de los egestenses y leontinos, y con grande instancia pidieron a los atenienses que les enviasen el socorro que les demandaban, trayéndoles a la memoria el juramento que habían hecho sus capitanes, por lo cual, el pueblo, oídas sus razones y las persuasiones de Alcibíades, decidió poner en ejecución esta empresa de Sicilia.

Mas Nicias, viendo que no había medio de apartarle de su propósito por esta vía, pensó por otros medios estorbar la empresa, poniéndoles delante los grandes gastos y aprestos que requería, y les habló de esta manera.

V

«Varones atenienses, puesto que os veo de todo punto determinados a hacer esta guerra de Sicilia, será cosa útil y necesaria saber de qué modo y manera la queréis poner en ejecución, y por eso al presente os diré lo que entiendo se debe hacer en esto.

»Según presiento y he sabido por oídas, vamos contra muchas ciudades muy poderosas, las cuales ni son sujetas las unas a las otras ni menos desean mudanza en su estado de vivir, porque esto es propio de aquellos que, estando en servidumbre violenta, desean pasar a otra mejor vida, por donde no es verosímil que de buena gana quieran trocar su libertad por servidumbre, y que de libres se hagan nuestros siervos y súbditos. Además, en esta isla hay muchas ciudades pobladas y habitadas por griegos, de las cuales todas, excepto las de Naxos y Catania, que podrán ser de nuestro bando por el deudo y parentesco que tienen con los leontinos, no veo otras ningunas de quien nos podamos confiar y estar seguros.

»También hay siete ciudades que están muy bien provistas de todas las cosas necesarias para la guerra, tanto y más que la armada que allá enviamos, especialmente Selinunte y Siracusa, contra las cuales principalmente vamos. No sólo cuentan con mucha gente de guerra y flecheros y tiradores, sino también con gran número de barcos, numerosos marineros que los tripulen y mucho dinero, así de particulares como del tesoro público y común que guardan en los templos, y sin lo que tienen en sus tierras, pueden armar algunos bárbaros que les son tributarios.

»En lo que más nos aventajan es en la mucha gente de a caballo que tienen, y en la gran cantidad de trigo en sus propias tierras, sin que tengan necesidad de irlo a buscar a otra parte, siendo, pues, necesario para ir contra tan gran poder, enviar no solamente gruesa armada, sino también muchos soldados si queremos hacer buena resistencia a los suyos de a caballo, que se opondrán a que tomemos tierra.

»Además, si las ciudades por temor a nuestra armada hacen alianza unas con otras, y se juntan contra nosotros, no teniendo otro socorro en aquellas partes sino el de los egestenses, no veo cómo podamos resistir a su gente de a caballo, y sería gran vergüenza que los nuestros fuesen obligados a retirarse por las fuerzas de los enemigos, o comenzar esta empresa tan livianamente que, al llegar, tuviéramos que pedir ayuda para rehacer y fortificar nuestro ejército, siendo mucho mejor que desde luego fuésemos bien apercibidos, con buen ejército y todas las otras cosas necesarias que en tal caso se requiere, pensando que vamos a tierras muy lejos de las nuestras, donde nos será preciso hacer la guerra, no en igualdad de condiciones ni en ventaja nuestra, y también que no hemos de pasar por tierras de amigos o súbditos ni de otras gentes a quien antes hayamos socorrido y de las cuales podamos esperar ayuda, o provisiones de vituallas, ni de otras cosas necesarias como se encuentran en tierra de amigos, sino que pasaremos siempre por tierras y señoríos extraños, y que con gran trabajo en los cuatro meses de invierno podremos recibir nuevas de los nuestros ni ellos de nosotros. Esta es la razón en que me fundo para deciros que debemos enviar buen número de gente de guerra, así de la nuestra como de la de nuestros súbditos y aliados, y también de los peloponenses si podemos haber algunos por amistad o por sueldo, igualmente muchos flecheros y tiradores de honda para poder resistir a su gente de a caballo, y no pocos barcos de carga para llevar vituallas y otras cosas necesarias. Asimismo gran cantidad de trigo y harina, y muchos molineros y panaderos que puedan siempre moler y hacer pan, para que hallándose en partes donde no sea posible navegar, tenga el ejército lo necesario para mantenerse, porque yendo tan gran multitud de gente no será bastante una ciudad sola para poderla recibir y sustentar.

»Conviene, pues, que vayan provistos de todas las cosas necesarias lo más y mejor que sea posible, sin confiarse en los extraños, y, sobre todo, de dinero, porque lo que los egestenses dicen de que nos tienen allá reservada gran cantidad, creed que es promesa y no obra. Si partimos de aquí sin ir bien apercibidos de gente y vituallas, y de todas la otras cosas necesarias, atendiendo a lo que nos prometen los egestenses, apenas seremos poderosos para defenderles y vencer a los otros.

»Dispongámonos para ir a esta jornada como si quisiésemos fundar y poblar una nueva ciudad en tierra extraña y de enemigos, y ordenar las cosas de modo que desde el primer día que entremos en Sicilia procuremos ser señores de ella, porque si faltamos en esto, no cabe duda de que tendremos a todos los de la isla por enemigos.

»Conociendo esto por las sospechas que tengo, me parece que debemos consultar bien primero y procurar siempre conservarnos en nuestra felicidad y prosperidad, aunque es muy difícil, siendo como somos hombres sujetos a las cosas mundanas, y por eso querría partir para esta empresa, de tal suerte, que hubiese de la fortuna lo menos posible, y estar tan bien provisto de todo lo necesario, que no fuese menester aventurar nada. Esto es lo que me parece más seguro y saludable para la ciudad y para nosotros los que debemos ir como capitanes de la armada, y si alguno ve o entiende otra cosa mejor, le entrego desde luego mi cargo».

VI

De la manera arriba dicha habló Nicias con propósito de apartar a los atenienses de aquella empresa, poniéndoles delante las dificultades que ofrecía o ir más seguro si le obligaban a partir con la expedición. Pero ningún argumento les hizo desistir del propósito que tenían y las dudas les excitaron más que antes, de suerte que a Nicias le ocurrió lo contrario de lo que pensaba, porque a todos les parecía que daba muy buen consejo, y que haciéndose lo que él decía, la cosa iría muy segura, por la cual todos tenían más codicia de ir a esta jornada que antes; los viejos porque pensaban que ganarían a Sicilia, o a lo menos, que yendo tan poderosos como iban, no podrían incurrir en daño ni peligro ninguno; los mancebos porque deseaban ver tierras extrañas seguros de que regresarían salvos a la suya, y finalmente el pueblo y los soldados por el deseo de sueldo que esperaban ganar en aquella empresa, entendiendo que, después de conquistada Sicilia, se lo continuarían dando por el aumento y crecimiento que había de proporcionar al estado y señorío de los atenienses.

Si alguno había de contrario parecer, viendo la inclinación de todos los de la ciudad a esta empresa, no osaba contrariarla, sino que lo callaba, temiendo ser tenido y juzgado por mal consejero.

Finalmente, al cabo salió uno de los de la junta que dijo a Nicias, en voz tan alta que todos la oyesen, que ya no era menester más discursos sobre ello ni buscar rodeos, sino que delante de todos declarase si tan grande armada le parecía bastante y necesaria para aquella empresa.

A esto respondió Nicias que lo consultaría despacio con los otros capitanes sus compañeros, mas que le parecía no eran menester menos de cien trirremes de los atenienses para llevar la gente de guerra, y algunos otros de sus aliados, todos los cuales a lo menos transportasen cinco mil hombres de pelea y más si ser pudiese, además buen número de flecheros y honderos, así de los naturales como de los de Creta, y juntamente con esto todas las otras provisiones necesarias para una tan gran armada.

Oído esto por los atenienses, al momento, por decreto unánime, dieron pleno poder y autoridad a los capitanes nombrados para proveer todas las cosas necesarias, así en lo que tocaba al número de gente que había de ir, como en todas las otras según viesen que mejor convenía al bien de la ciudad. Después de este decreto se dedicaron con toda diligencia a hacer los aprestos necesarios en la ciudad para la armada; y avisaron a sus aliados y confederados para que hiciesen lo mismo por su parte, porque ya la ciudad se había podido rehacer de los trabajos pasados, así de la epidemia como de las guerras continuas que habían tenido, y estaba muy crecida y aumentada, así de moradores como de dinero y riquezas, a causa de las treguas. Por eso se pudo más pronto y fácilmente poner en ejecución esta empresa.

Pero estando los atenienses ocupados en disponer las cosas necesarias para esta empresa, todas las hermas y estatuas de piedra de Hermes que estaban en la ciudad, así en las entradas de los templos como a las puertas de las casas y edificios suntuosos, que eran infinitas, se hallaron una noche quebradas y destrozadas, sin que se pudiese jamás saber ni haber indicio de quién había sido el autor de ello, aunque ofrecieron grandes premios a quien lo descubriese. También mandaron públicamente que si había alguna persona que supiese o tuviese noticia de algún crimen impío o pecado abominable cometido contra el culto o religión de los dioses, que lo revelase sin temor alguno, fuese ciudadano o extranjero, siervo o libre, de cualquier estado o condición, porque hacían gran caso de esto, pareciéndoles un mal agüero para la jornada y pronóstico de alguna conjuración para tramar nuevas cosas, y trastornar el estado y gobernación de la ciudad; y aunque por entonces no se podía saber nada de aquel hecho, algunos advenedizos y otros sirvientes denunciaron que antes habían sido tres estatuas de otros dioses destrozadas por algunos jóvenes de la ciudad, haciéndolo por necedad y embriaguez. También denunciaron que en algunas casas particulares no se hacían los sacrificios como debían hacerse, de lo cual acriminaban en cierto modo a Alcibíades, y de buena gana prestaban oído a esto los que le tenían odio o envidia, porque les parecía que era impedimento para que ejerciese todo el mando y autoridad que tenía en el pueblo, y que si le podían privar de él, ellos solos serían señores; a este fin agravaban más la cosa, y sembraban rumores por la ciudad de que estas faltas que se hacían en los sacrificios, y el romper y despedazar las imágenes significaba la destrucción de la República, dirigiendo la acusación contra Alcibíades por muchos indicios que había de su manera de vivir desordenada y del favor que tenía en el pueblo, de donde inferían que esto no podía ser hecho sin su conocimiento y consentimiento.

Él lo negaba, ofreciendo estar a derecho y pagar lo juzgado antes de su partida si se le probaba la culpa; pero si resultaba inocente, quería ser absuelto y dado por libre antes de ir en aquella jornada, diciendo que no era justo hacer información ni proceder contra él en su ausencia, sino que inmediatamente le condenasen a muerte si lo había merecido; y asegurando que no era de hombres cuerdos y sabios enviar un hombre fuera con gran ejército y con tanto poder y autoridad acusado de un crimen, sin que primero terminase la causa; mas sus enemigos y contrarios, temiendo que si la cosa se trataba antes de su partida, todos aquellos que habían de ir con él le serían favorables, y que el pueblo se ablandase, porque por sus gestiones los argivos y algunos de los mantineos se habían unido a los atenienses para ayudarles en aquella empresa, lo repugnaban diciendo que debían diferir la acusación hasta la vuelta de la armada, pensando que durante su ausencia podrían maquinar nuevas tramas contra él, y para ello procuraban que los embajadores, con mayores instancias, pidiesen la salida de la expedición. Determinaron, pues, que partiese Alcibíades.

A mediados del verano toda la armada estuvo dispuesta para ir a Sicilia con otros muchos barcos mercantes, así de los suyos como de sus aliados, para llevar vituallas y otros bastimentos de guerra, a los cuales mandaron con anticipación que se hallasen listos en el puerto de Corcira, para que todos juntos pasasen el mar Jónico hasta el cabo de Yapiga.

Los atenienses y sus aliados, reunidos en Atenas en un día señalado, llegaron al puerto de Pireo al salir el alba para embarcarse, y con ellos salió la mayor parte de los de la ciudad, así de los vecinos como de los extranjeros, para acompañar unos a sus hijos y otros a sus padres y parientes y amigos, llenos de esperanza y de dolor; de esperanza porque creían que aquella jornada les sería útil y provechosa, y de dolor porque pensaban no ver pronto a los que partían para tan largo viaje, y también porque, partiendo, dejaban a los que quedaban en muchos peligros, exponiéndose ellos a otros mayores, en cuyos peligros pensaban entonces mucho más que antes cuando determinaron la empresa, aunque por otra parte tenían gran confianza viendo una armada tan gruesa y tan bien provista, que todo el pueblo, grandes y pequeños, aunque no tuviesen en ella parientes ni amigos, y todos los extranjeros salían a verla porque era digna de ser vista, y mayor de lo que se pudiera pensar. A la verdad, para una armada de una ciudad sola era la más costosa y bien aprestada que hasta entonces se hubiese visto, porque aunque la que llevó antes Pericles a Epidauro y la que condujo Hagnón a Potidea fuesen tan grandes, así en número de naves como de gentes de guerra, pues iban en ellas cuatro mil infantes y trescientos caballos, todos atenienses, cien trirremes suyos, y cincuenta de los de Lesbos y de los de Quío, sin otros muchos compañeros y aliados, no estaban tan bien aprestadas en gran parte como ésta, porque el viaje no era tan largo; y porque habiendo de durar la guerra más tiempo en Sicilia, la habían abastecido mejor, así de gente de guerra como de todas las otras cosas necesarias.

Cada cual activaba sus tareas y mostraba su industria, así la ciudad en común como los patrones y capitanes de las naves, porque la ciudad pagaba de sueldo un dracma por día a cada marinero, de los que había gran número en tantos trirremes, que eran cuarenta largos para llevar la gente de guerra, y sesenta ligeros, y además del sueldo que pagaba el común, los patrones y capitanes daban otra paga de su propia bolsa a los que traían remos más largos y a los otros ministros y pilotos.

Por otra parte, el aparato, así de las armas como de los trirremes y otros atavíos, era mucho más suntuoso que había sido en las otras armadas, porque cada patrón y capitán, para tan largo camino, trabajaba a fin de que su nave fuese la mejor y más ligera y la más aparejada de todas.

También los soldados escogidos para esta empresa procuraban aprestarse a porfía, así de armas como de otros atavíos necesarios, por la codicia que tenían de gloria y honra y el deseo de cada uno de ser preferido a los otros en la ordenanza. De manera que parecía que esta armada se organizaba más para una ostentación del poder y fuerzas de los atenienses en comparación de lo otros griegos, que para combatir contra los enemigos allá donde iban. Porque a la verdad, el que quisiese hacer bien la cuenta de los gastos que hicieron en esta armada, así de parte de la ciudad en común como de los capitanes y soldados en particular, la primera en los aprestos, los particulares en sus armas y arreos de guerra y los capitanes cada uno en su nave y de las provisiones que cada cual hacía para tan largo tiempo, además del sueldo, y de la gran cantidad de mercaderías que llevaban, así los soldados para su provecho como otros muchos mercaderes que les seguían para ganar, hallaría que aquella armada costó el valor de infinitos talentos de oro.

Pero en mayor admiración puso a aquellos contra quienes iban, así por su suntuosidad en todas las cosas como por el atrevimiento y osadía de los que lo habían emprendido, que parecía cosa extraña y maravillosa a una sola ciudad tomar a su cargo empresa que juzgaban exceder a sus fuerzas y poder, mayormente tan lejos de su tierra.

Embarcada la gente y desplegadas las velas de los trirremes, ordenaron silencio a voz de trompeta e hicieron sus votos y plegarias a los dioses, según costumbre, no cada nave aparte sino todas a la vez, por su trompeta o pregonero. Después bebieron en copas de oro y plata, así los capitanes como los soldados y marineros. Los mismos votos y plegarias hacían los que quedaban en tierra por toda la armada en general, y en particular por sus parientes y amigos.

Cuando acabaron sus músicas y canciones en loor de los dioses y hecho todos sus sacrificios, alzaron velas y partieron, al principio todos juntos en hilera figurada como cuerno, después se apartaron navegando cada trirreme según su ligereza y la fuerza del viento. Primero tomaron puerto en Egina, y de allí partieron derechamente a Corcira, donde las otras naves les esperaban.

VII

Entretanto los siracusanos, aunque por varios conductos tuviesen nuevas de la armada de los atenienses que iban contra ellos no lo podían creer, y en muchos ayuntamientos que se hicieron en la ciudad para tratar de esto fueron dichas muchas y diversas razones, así de aquellos que creían en la empresa como de los que eran de contrario parecer, entre los cuales Hermócrates, hijo de Hermón, teniendo por cierto que la expedición iba contra ellos, salió delante de todos y habló de esta manera:

«Por ventura os parecerá cosa increíble lo que ahora os quiero decir de la armada de los atenienses, como también os ha parecido lo que otros muchos nos han dicho de ella, y bien sé que aquellos que os traían mensaje de cosas que no parecen dignas de fe, además de no creerles nada de lo que dicen, son tenidos por necios y locos, mas no por temor de esto y atendiendo a lo que toca al bien de la república y por el daño y peligro que le podría venir, dejaré de decir aquello que yo pienso más ciertamente que otro, y es que los atenienses, a pesar de que vosotros os maravilláis en tanta manera y no lo podéis creer, vienen derechamente contra nosotros con numerosa armada y gran poder de gente de guerra, con pretexto de dar ayuda y socorro a los egestenses y a sus aliados, y restituir a los leontinos desterrados en sus tierras y casas; mas a la verdad, es por codicia de ganar a Sicilia y principalmente esta nuestra ciudad, pareciéndoles que si una vez son señores de ella, fácilmente podrán sujetar todas las otras ciudades de la isla.

»Conviene, pues, consultar pronto cómo nos defenderemos resistiendo lo mejor que nos sea posible con la gente de guerra que tenemos al presente al gran poder que traen con su armada, la cual no tardará mucho tiempo en llegar, y no descuidéis esta cosa, ni la tengáis en poco por no quererla creer, ni por esta vía os dejéis sorprender de vuestros enemigos desprovistos y desapercibidos.

»Pero si alguno hay entre vosotros que no tiene esta cosa por increíble y sí por verdadera, no debe por eso temer la osadía y atrevimiento de los atenienses, ni del poder que traerán, puesto que tan expuestos se hallan a recibir mal y daño de nosotros como nosotros de ellos, si nos apercibimos con tiempo, y que vengan con tan gran armada y tanto número de gente no es peor para nosotros; antes será más nuestro provecho y de todos los otros sicilianos, los cuales, sabiendo que los atenienses vienen tan poderosos, mejor se pondrán de nuestra parte que de la suya.

»Además será gran gloria y honra nuestra haber vencido una tan gran armada como ésta, si lo podemos conseguir, o a lo menos estorbar su empresa, de lo cual yo no tengo duda y me parece que con razón debemos esperar alcanzar lo uno y lo otro, porque pocas veces ha ocurrido que una armada, sea de griegos o de bárbaros, haya salido lejos de su tierra y alcanzado buen éxito.

»El número de gente que traen no es mayor del que nosotros podemos allegar de nuestra ciudad y de los que moran en la tierra, los cuales por el temor que tendrán a los enemigos acudirán a guarecerse dentro de ella de todas partes, y si por ventura los que vienen a acometer a otros por falta de provisiones, o de otras cosas necesarias para la guerra, se ven obligados a volverse como vinieron sin hacer lo que pretendían, aunque esto suceda antes por su yerro que por falta de valentía, siempre la gloria y honra de este hecho será de los que fueron acometidos. Y así debe ser, porque los mismos atenienses de quien hablamos al presente ganaron tanta honra contra los medos que, viniendo contra ellos, las más veces llevaban lo peor, más bien por su mala fortuna que por esfuerzo y valentía de los atenienses. Con razón, pues, debemos esperar que nos pueda ocurrir lo mismo.

»Por tanto, varones siracusanos, teniendo firme esperanza de esto, preparémonos a toda prisa y proveamos todas las cosas necesarias para ello. Además enviemos embajadores a todas las otras ciudades de Sicilia para confirmar y mantener en amistad a nuestros aliados y confederados y hacer nuevas amistades con los que no las tenemos.

»No solamente debemos enviar mensajeros a los sicilianos naturales, sino también a los extranjeros que moran en Sicilia, mostrándoles que el peligro es tan común a ellos como a nosotros.

» Lo mismo debemos hacer respecto a Italia, para demandar a los de la tierra que nos den ayuda y socorro, o a lo menos que no reciban en su tierra a los atenienses, no solamente a Italia sino también a Cartago, que, temiendo siempre un ataque de los atenienses, fácilmente les podremos persuadir de que si éstos nos conquistan podrán más seguramente ir contra ellos. Y considerando el trabajo y peligro que les podría sobrevenir si se descuidan, es de creer que nos querrán dar ayuda pública o secreta de cualquier manera que sea, lo cual podrán hacer, si quieren, mejor que ninguna nación del mundo, porque tienen mucho oro y plata, que es lo más importante y necesario para todas las cosas y más para la guerra.

»Además, debemos mandar embajadores para rogar a los lacedemonios y a los corintios que nos envíen socorro aquí, y muevan la guerra a los atenienses por aquellas partes.

»Réstame por decir una cosa que me parece la más conveniente, aunque por vuestro descuido no habéis querido parar mientes en ella, y es, que debemos requerir a todos los sicilianos si quisiereis, o a lo menos a la mayor parte de ellos, a fin de que vengan con todos sus barcos abastecidos de vituallas para dos meses a juntarse con nosotros para salir al encuentro de los atenienses en Tarento o en el cabo de Yapiga, y mostrarles por obra, primero, que no sólo han de contender con nosotros sobre Sicilia, sino que tienen que pelear para atravesar el mar Jónico, y haciendo esto, les pondremos en gran cuidado, mayormente saliendo nosotros de la tierra de nuestros aliados al encuentro de ellos para defender la nuestra, pues los de Tarento nos recibirán en su tierra como amigos, mientras que a los atenienses les será muy difícil, habiendo de cruzar tanta mar con tan grande armada, ir siempre en orden, y por esta causa les podremos acometer con ventaja, yendo nosotros en orden por tener menos trecho de mar que pasar. Seguramente unas de sus naves no podrán seguir a las otras, y si quieren descargar las que estén más cargadas para reunirlas más pronto con las otras al verse acometidas, convendrá que lo hagan a fuerza de remos, con lo cual los marineros trabajarán demasiado y quedarán más cansados y por consiguiente malparados para defenderse si les queremos acometer. Si no os pareciere bien de hacerlo así, nos podremos retirar a Tarento.

»Por otra parte, si vienen con pequeña provisión de vituallas como para dar sólo una batalla naval, esperando conquistar y ocupar inmediatamente después la tierra, tendrán gran necesidad de víveres cuando se hallaren en costas desiertas; si quieren parar allí, les sitiará el hambre, y si procuran pasar adelante, veránse forzados a dejar una gran parte de los aprestos de su armada y no estando seguros de que les reciban bien en las otras ciudades, les dominará el desaliento.

»Por estas razones tengo por averiguado que si les salimos al encuentro, de manera que vean que no pueden saltar en tierra como pensaban, no partirán de Corcira, sino que mientras consultan allí sobre el número de la gente y naves que tenemos y en qué lugar estamos, llegará el invierno, que estorbará e impedirá su paso, o sabiendo que nuestros aprestos son mayores que ellos pensaban, dejarán su empresa, con tanta más razón cuanto que según he oído, el principal de sus capitanes y más experimentado en las cosas de guerra viene contra su voluntad y por ello de buena gana tomará cualquier pretexto para volverse, si por nuestra parte hacemos alguna buena muestra de nuestra fuerzas. La noticia de lo que podemos hacer será mayor que la cosa, porque en tales casos los hombres fundan su parecer en la fama y rumor, y cuando el que piensa ser acometido sale delante al que le quiere acometer, le infunde más temor que si solamente se prepara a la defensa; porque entonces el acometedor se ve en peligro y piensa cómo defenderse, cuando antes sólo imaginaba cómo acometer, lo cual sin duda sucedería ahora a los atenienses cuando nos vieren venir contra ellos, donde ellos pensaban venir contra nosotros sin hallar resistencia alguna, lo cual no es de maravillar que lo creyesen, pues mientras estuvimos aliados con los lacedemonios nunca les movimos guerra, mas si ahora ven nuestra osadía y que nos atrevemos a lo que ellos no esperaban, les asustará ver cosa tan nueva, muy contraria a su opinión y el poder y fuerza que tenemos de veras.

»Por tanto, varones siracusanos, os ruego que me deis crédito a esto y cobréis ánimo y osadía que es lo mejor que podéis hacer, y si no queréis hacer esto, a lo menos apercibiros de todas las cosas necesarias para la guerra y parad mientes que obrando así, estimaréis en menos a los enemigos que vienen a acometeros. Esto no se puede demostrar sino poniéndolo por obra y preparándoos contra ellos, de tal suerte que estéis seguros. No olvidéis que lo mejor que un hombre puede hacer es prever el peligro antes que venga, como si lo tuviese delante, pues a la verdad, los enemigos vienen con muy gruesa armada y ya casi están desembarcados y como a la vista.»

Cuando Hermócrates acabó su discurso, todos los siracusanos tuvieron gran debate, porque unos afirmaban que era verdad que los atenienses venían como decía Hermócrates, y otros decían que aunque viniesen, no podrían hacer daño alguno sin recibirlo mayor; algunos menospreciaban la cosa, tomándolo a burla y se reían de ella, siendo muy pocos los que daban crédito a lo que Hermócrates aseguraba, y temían lo venidero.

Entonces Atenágoras, que era uno de los principales del pueblo, que mejor sabía persuadir al vulgo, se puso en pie y habló de esta manera:

VIII

«Si alguno hay que no diga que los atenienses son locos o insensatos, si vinieren a acometernos en nuestra tierra, o que si vienen, no vendrán a meterse en nuestras manos, este tal es bien medroso y no tiene amor ni quiere el bien de la república. No me maravillo tanto de la osadía y temeridad de los que siembran estos rumores para poner espanto en nuestro ánimo, como de su locura y necedad si piensan que no ha de saberse y ser manifiesto quiénes son.

»La costumbre de aquellos que temen y recelan en particular, es procurar poner miedo a toda la ciudad para encubrir y ocultar su miedo particular so color del común temor. Por donde yo entiendo que estos rumores que corren de la venida de la armada de los atenienses no han nacido espontáneamente, sino que los hacen correr con malicia los acostumbrados a promover semejantes cosas.

»Si me queréis creer y usar de buen consejo, no ha-gáis caso alguno de ellos, sino antes considerad la condición y calidad de aquellos de quien se dice que son hombres sabios y experimentados, como a la verdad yo estimo que lo son los atenienses. Reconociéndolos por tales, no me parece verosímil que aun no estando ellos del todo libres de la guerra que tienen con los peloponenses, quieran abandonar su tierra y venir a comenzar aquí una nueva guerra, que no será menor que la otra, antes pienso que se tendrán por dichosos si no vamos nosotros a acometerles en su tierra, habiendo en esta isla tantas ciudades y tan poderosas, que si vinieren, como se dice, han de pensar que la isla de Sicilia es más poderosa para combatirles y vencerles que todo el Peloponeso junto, pues esta isla está abastecida mejor y provista de todas las cosas necesarias para la guerra, y principalmente esta nuestra ciudad, que sólo ella es más poderosa que toda la armada que dicen viene contra nosotros, aunque fuese mucho mayor, pues no pueden traer gente de a caballo, ni menos la podrán hallar por acá, sino por acaso algunos pocos que les podrían dar los egestenses, y de gente de a pie no pueden venir en tan gran número como nosotros tenemos, pues los han de traer por mar y es cosa difícil que el gran número de naves necesarias para traer vituallas y otras cosas indispensables en un ejército tan grande como se requiere para conquistar una ciudad de tanto poder cual es la nuestra, pueda venir en salvo y segura hasta aquí.

»También me parece poco verosímil que, aunque los atenienses tuviesen alguna villa o ciudad que fuese su colonia tan poblada de gente como esta nuestra ciudad en algún lugar aquí cerca, y que desde esta quisiesen venir a acometernos, puedan volver sin pérdida y daño, por lo tanto, con más razón se debe esperar viniendo de tan lejos contra toda Sicilia, la cual, tengo por cierto, que se declarará por completo contra ellos, porque los atenienses por fuerza han de asentar su campo en algún lugar de la costa para la seguridad de su armada, que tendrán siempre a la vista sin atreverse a entrar en el interior de la tierra por temor a la caballería, cuanto más que apenas podrán tomar tierra, porque tengo por mucho mejores hombres de guerra a los nuestros que a los suyos, y sabido esto, aseguro que los atenienses antes pensarán en guardar su tierra, que en venir a ganar la nuestra.

»Pero hay algunos hombres en esta ciudad que van diciendo cosas que ni son ni podrán ser jamás, y no es esta la primera vez que les contradigo, sino que otras muchas he hallado que esparcen estas noticias y otras peores para poner temor al vulgo crédulo y por esta vía tomar y usurpar el mando de la ciudad. En gran manera temo que haciendo esto a menudo salgan alguna vez con su intención, y que seamos tan cobardes y para poco, que nos dejemos oprimir por ellos antes de poner remedio, pues sabiendo y conociendo su mala intención no le castigamos.

»Tal es la causa en mi entender de que nuestra ciudad esté mucha veces desasosegada con bandos y sediciones que provocan guerras civiles, con las cuales ha sido más veces trabajada que por guerras de extranjeros, y aun algunas veces sujetada por algunos tiranos de la misma isla.

»Mas si vosotros me queréis seguir yo trabajaré en remediarlo, de suerte que en nuestros tiempos no tengamos por qué temer esto entre nosotros y os probaré con evidentes razones que se consigue castigando a los que inventan y traman estas cosas y no solamente a los que fueren convencidos del crimen (porque sería muy difícil averiguar esto), sino también a los que otras veces han intentado lo mismo, aunque sin lograrlo. Porque todos aquellos que quieren estar seguros de sus enemigos, no sólo deben parar mientes en lo que éstos hacen para defenderse de ellos, sino también presumir lo que intentan hacer en adelante, porque si no se cuidan de esto, podría ser que fuesen los primeros en recibir mal y daño.

»A mi parecer no podremos apartar de su mala voluntad a esta gente que procura reducir el estado y gobierno común de esta ciudad al número y mando de pocos hombres principales y poderosos, si no fuere procurando descubrir sus intenciones y guardarse de ellos, por las razones y conjeturas que existen de sus intentos.

»Y a la verdad, muchas veces he pensado que lo que pretendéis los mancebos de tener desde ahora cargos y mandos no es justo ni razonable según nuestras leyes, las cuales fueron hechas para impedirlo, no por haceros injuria sino solamente por la falta de experiencia en vuestra edad. Los podréis tener cuando fuereis de edad cumplida, como los otros ciudadanos, siendo lo justo y razonable que hombres de una misma edad y de un mismo estado tengan igual derecho a las honras y preeminencias.

»Dirán por ventura algunos que este estado y mando común del pueblo no puede ser nunca equitativo, y que los más ricos y poderosos son siempre los más hábiles y suficientes para gobernar la república, a los cuales respondo en cuanto a lo primero, que el hombre de gobierno popular se entiende tan sólo para una parte de él, y respecto a lo segundo, que para la guarda del dinero común los ricos son más idóneos, mas para dar un buen consejo, los cuerdos y sabios, y los que mejor entienden son los mejores. Cuando el pueblo reunido oye los pareceres de todos juzga mucho mejor, y en el repartimiento de las cosas, así en particular como en común, el estado popular lo hace equitativamente, pero si lo han de hacer pocos y poderosos, reparten los daños y perjuicios a los más, y de los provechos dan muy poca parte a los otros, antes los toman todos para sí.

»Esto es lo que desean en el día de hoy los más ricos y poderosos, y principalmente los mancebos, que son muy numerosos en una tan gran ciudad, y los que esto desean están fuera de juicio si no entienden que quieren el mal de la ciudad, o por mejor decir, son los más ignorantes de todos los griegos que yo he conocido, y si lo entienden, son los más injustos al desearlo.

»Si lo comprendéis así por mis razones, o lo sabéis por vosotros mismos, debéis procurar igualmente en lo que toca al bien y pro común de la ciudad; considerando que aquellos de entre vosotros que son los más ricos y poderosos, tienen más obligación al bien común que lo restante del pueblo; y que si queréis procurar lo contrario, os ponéis en peligro de perderlo todo; por lo cual debéis desechar y apartar de vosotros estos noveleros y acarreadores de noticias y mentiras, como hombres conocidos por tales de antes, y no permitir que hagan su provecho con estas sus invenciones, porque aunque los atenienses viniesen, esta ciudad es bastante poderosa para resistirles y también tenemos gobernadores y caudillos que sabrán muy bien proveer lo necesario para ello.

»Si la cosa no es verdad, como yo pienso, vuestra ciudad atemorizada por tales fingidas nuevas, no nos pondrá en sujeción de personas que con esta ocasión procuran ser vuestros capitanes y caudillos, antes sabiendo por sí misma la verdad, juzgará las palabras de éstos iguales a sus obras, de manera que no pierda la libertad presente, sino que por temor de los rumores que corren, antes procurará guardarla y conservarla con buenas y ordenadas precauciones para las cosas venideras.»

De esta manera habló Atenágoras, y tras él otros muchos quisieron razonar, mas se levantó uno de los gobernadores principales de la ciudad y no permitió a ninguno que hablase, expresándose él en los siguientes términos:

«No me parece que es cordura usar tales palabras calumniosas unos contra otros, ni son para que se deban decir ni menos para ser oídas, sino antes parar mientes en las nuevas que corren para que cada cual, así en común como en particular, y toda la ciudad se prepare a resistir a los que vienen contra nosotros, y si no fuese verdad su venida ni menester preparativos de defensa ningún daño recibirá la ciudad por estar apercibida de caballos y armas y todas las otras cosas necesarias para la guerra. En lo que a nosotros toca y a nuestro cargo, haremos todo lo posible con gran diligencia para proveerlo así, espiando a los enemigos, enviando avisos a las otras ciudades de Sicilia y haciendo todo lo que nos pareciere conveniente y necesario en este caso como ya le hemos comenzado a hacer. En lo demás que se nos ofreciere os avisaremos.»

Con esta conclusión se disolvió la asamblea.

IX

Cuando el gobernador pronunció este discurso a los siracusanos, partieron todos del Senado.

Entretanto los atenienses y sus aliados estaban ya reunidos en Corcira. Antes de salir de allí los capitanes de la armada mandaron pasar revista a su gente para ordenar cómo podrían navegar por la mar, y después de saltar en tierra cómo distribuirían su ejército. Para ello dividieron toda la armada en tres partes, de las cuales los tres capitanes tomaron el mando según les cupo por suerte. Hicieron esto temiendo que si iban todos juntos no podrían hallar puerto bastante para acogerlos, y también porque no les faltase el agua y las otras vituallas, porque estando el ejército así repartido, sería más fácil llevarle y gobernarle teniendo cada compañía su caudillo.

Enviaron después tres naves por delante a Italia y a Sicilia, una de cada división, para reconocer las ciudades y saber si los querían recibir como amigos. Mandaron estas naves que les trajesen la respuesta diciéndoles el camino que habían ordenado seguir.

Así hecho, los atenienses, con gran aparato de fuerza, hicieron rumbo desde Corcira y tomaron el camino directamente a Sicilia con su armada, que tenía por justo ciento veinticuatro barcos de a tres hileras de remos, y dos de Rodas de a dos. Entre las de tres había ciento de Atenas, de las cuales sesenta iban a la ligera y las otras llevaban la gente de guerra, lo restante de la armada lo habían provisto los de Quío y otros aliados de los atenienses.

La gente de guerra que iba en esta armada sería, en suma, cinco mil y cien infantes, de los cuales mil y quinientos eran atenienses, que tenían setecientos criados para el servicio; de los otros, así aliados como súbditos y principalmente de los argivos, había quinientos, y de los mantineos y otros reclutados a sueldo, había doscientos cincuenta tiradores; flecheros, cuatrocientos ochenta, de los cuales cuatrocientos eran de Rodas y ochenta de Creta; setecientos honderos de Rodas; cien soldados de Mégara desterrados, armados a la ligera, y treinta de a caballo en una hipagoga, que es nave para llevar caballos; tal fue la armada de los atenienses al principio de aquella guerra.

Además de éstas había otras treinta naves gruesas de porte, que llevaban vituallas y otras provisiones necesarias, y panaderos, y herreros, y carpinteros, y otros oficiales mecánicos con sus herramientas e instrumentos necesarios para hacer y labrar muros. También iban otros cien barcos que necesariamente habían de acompañar a las naves gruesas y otros muchos buques de todas clases que por su voluntad seguían a la armada para tratar y negociar con sus mercaderías en el campamento.

Toda esta armada se reunió junto a Corcira y toda junta pasó el golfo del mar Jónico, pero después se dividió; una parte de ella aportó al cabo o promontorio de Yapiga, otra a Tarento, y las otras a diversos lugares de Italia, donde mejor pudieron desembarcar. Mas ninguna ciudad hallaron que los quisiese recibir, ni para tratar ni de otra manera, sino que solamente les permitieron que saltaran a tierra para tomar agua, víveres frescos y otras provisiones necesarias; excepto los de Tarento y Locros, que por ninguna vía les permitieron poner los pies en su tierra.

De esta manera pasaron navegando por la mar sin parar hasta llegar al promontorio de cabo de Reggio, que está al fin de Italia, y aquí porque les fue negada la entrada de la ciudad; se reunieron todos y se alojaron fuera de la ciudad, junto al templo de Ártemis, donde los de la ciudad les enviaron vituallas y otras cosas necesarias por su dinero. Allí metieron sus naves en el puerto y descansaron algunos días.

Entretanto tuvieron negociaciones con los de Reggio, rogándoles que ayudaran a los leontinos, puesto que también eran calcideos de nación como ellos; mas los de Reggio les respondieron resueltamente que no se querían entrometer en la guerra de los sicilianos, ni estar con los unos ni con los otros, sino que en todo y por todo harían como los otros italianos. No obstante esta respuesta, los atenienses, por el deseo que tenían de realizar su empresa de Sicilia, esperaban los trirremes que habían enviado a Egesta para saber cómo estaban las cosas de la tierra, principalmente en lo que tocaba al dinero de que los embajadores de los egestenses se habían alabado en Atenas que hallarían en su ciudad, lo cual no resultó cierto.

Durante este tiempo los siracusanos tuvieron noticias seguras de muchas partes, y principalmente por los barcos que habían enviado por espías de cómo la armada de los atenienses había arribado a Reggio. Entonces lo creyeron de veras y con la mayor diligencia que pudieron prepararon todo lo necesario para su defensa, enviando a los pueblos de Sicilia a unos embajadores, y a otros gente de guarnición para defenderse, mandando reunir en el puerto de su ciudad todos los buques que pudieron para la defensa de ella, haciendo recuento de su gente y de las armas y vituallas que había en la ciudad y disponiendo, en efecto, todas las otras cosas necesarias para la guerra, ni más ni menos que si ya estuviera comenzada.

Los trirremes que los atenienses habían enviado a Egesta volvieron estando éstos en Reggio, y les dieron por respuesta que en la ciudad de Egesta no había tanto dinero como prometieron, y lo que había podía montar hasta la suma de treinta talentos solamente, cosa que alarmó a los capitanes atenienses y perdieron mucho ánimo, viendo que al llegar les faltaba lo principal en que fundaban su empresa y que los de Reggio rehusaban tomar parte en la guerra con ellos, siendo el primer puerto donde habían tocado, y a quien ellos esperaban ganar más pronto la voluntad por ser parientes y deudos de los leontinos y de una misma nación, como también porque siempre habían sido aficionados al partido de los atenienses.

Todo esto confirmó la opinión de Nicias, porque siempre creyó y defendió que los egestenses habían de engañar a los atenienses; mas los otros dos capitanes, sus compañeros, se vieron burlados por la astucia y cautela de que usaron los egestenses, cuando los primeros embajadores de los atenienses fueron enviados a ellos para saber el tesoro que tenían; pues al entrar en su ciudad los llevaron directamente al templo de Afrodita, que está en el lugar de Erice, y allí les mostraron las lámparas, incensarios y otros vasos sagrados que había en él, y los presentes y otros muy ricos dones de gran valor, y porque todos eran de plata, daban muestra y señal que había gran suma de dinero en aquella ciudad, pues siendo tan pequeña había tanto en aquel templo. Además, en todas las casas donde los atenienses que habían ido en aquella embajada y en las naves fueron aposentados, sus huéspedes les mostraban gran copia de vasos de oro y de plata, así del servicio como del aparador, los cuales, en su mayor parte, habían traído prestados de sus amigos, tanto de las ciudades vecinas como de los fenicios y griegos, fingiendo que todos eran suyos, y ésta su magnificencia y manera de vivir suntuosamente. Al ver los atenienses tan ricas vajillas en las casas, y éstas igualmente provistas, fue grande su admiración y al volver a Atenas refirieron a los suyos haber visto tanta cantidad de oro y plata que era espanto. De este modo los atenienses fueron engañados, mas después que la gente de guerra que estaba en Reggio conoció la verdad en contrario por los mensajeros que había enviado, enojóse grandemente contra los capitanes, y éstos tuvieron consejo sobre ello, expresando Nicias la siguiente opinión.

Dijo que con toda la armada junta fueran a Selinunte, adonde principalmente habían sido enviados para favorecer a los egestenses, y que si estando allí los egestenses les daban paga entera para toda la armada, entonces consultarían lo que debían de hacer, y si no les daban paga entera para toda la armada, pedirles a lo menos provisiones para sesenta naves que habían pedido de socorro. Si hacían esto, que esperase allí la armada hasta tanto que hubiesen reconciliado en paz y amistad los selinuntios con los egestenses, ora fuese por fuerza, ora por conciertos, y después pasar navegando a la vista de las otras ciudades de Sicilia para mostrarles el poder y fuerzas de los atenienses e infundir temor a sus enemigos. Hecho esto volver a sus casas y no esperar más allí sino algunos días para, en caso oportuno, prestar algún servicio a los leontinos y atraer a la amistad de los atenienses otras ciudades de Sicilia, porque obrar de otra manera era poner en peligro el estado de los atenienses a su costa y riesgo.

Alcibíades manifestó contraria opinión, diciendo que era gran vergüenza y afrenta habiendo llegado con una tan gruesa armada tan lejos de su tierra volver a ella sin hacer nada. Por tanto, le parecía que debían enviar sus farautes y trompetas a todas las ciudades de Sicilia, excepto Siracusa y Selinunte, para avisarles su venida, y procurar ganar su amistad, excitando a los súbditos de los siracusanos y selinuntios a rebelarse contra sus señores, y atraer los otros a la alianza de los atenienses. Por este medio podrían tener ellos vituallas y gente de guerra. Ante todas cosas deberían trabajar para ganarse la amistad de los mesinios, porque eran los más cercanos para hacer escala yendo de Grecia y queriendo saltar en tierra, y tenían muy buen puerto, grande y seguro, donde los atenienses se podrían acoger cómodamente, y desde allí hacer sus tratos con las otras ciudades; sabiendo de cierto las que tenían el partido de los siracusanos y las que le eran contrarias, y pudiendo ir todos juntos contra siracusanos y selinuntios para obligarles por fuerza de armas por lo menos a que los siracusanos se concretasen con los egestenses; y que los selinuntios dejasen y permitiesen libremente a los leontinos habitar en su ciudad y en sus casas.

Lámaco decía que, sin más tardar, debían navegar directamente hacia Siracusa y combatir la ciudad cogiéndoles desapercibidos antes que pudiesen prepararse para resistir, y estando perturbados, como a la verdad estarían, porque cualquier armada a primera vista parece más grande a los enemigos y les pone espanto y temor; pero si se tarda en acometerlos tienen espacio para tomar consejo, y haciendo esto cobran ánimo de tal manera que vienen a menospreciar y tener en poco a los que antes les parecían terribles y espantosos. Afirmaba en conclusión que si inmediatamente y sin más tardanza, iban a acometer a los siracusanos, estando con el temor que inspira la falta de medios de defensa, serían vencedores e infundirían a estos gran miedo, así con la presencia de la armada donde les parecía haber más gente de la que tenía, como también por temor de los males y daños que esperarían poderles ocurrir si fuesen vencidos en batalla. Además que era verosímil que en los campos fuera de la ciudad hallarían muchos que no sospechaban la llegada de la armada, los cuales queriéndose acoger de pronto a la ciudad, dejarían sus bienes y haciendas en el campo, y todos los podrían tomar sin peligro, o la mayor parte, antes que los dueños pudiesen salvarlos, con lo cual no faltaría dinero a los del ejército para mantener el sitio de la ciudad.

Por otra parte, haciendo esto, las otras ciudades de Sicilia, inmediatamente escogerían pactar alianza y amistad con los atenienses y no con los siracusanos, sin esperar a saber cuál de las dos partes lograba la victoria. Decía además que para lo uno y para lo otro, ora se debiesen retirar, ora acometer a los enemigos, habían de ir primero con su armada al puerto de Mégara, así por ser lugar desierto, como también porque estaba muy cerca de Siracusa por mar y por tierra.

Así habló Lámaco, apoyando en cierto modo con sus argumentos el parecer de Alcibíades.

Pasado esto, Alcibíades partió con su trirreme derechamente a la ciudad de Mesena, y requirió a los habitantes a que trabaran amistad y alianza con los atenienses; mas no pudo conseguirlo ni le dejaron entrar en su ciudad, aunque le ofrecieron que le darían mercado franco fuera de ella, donde pudiese comprar vituallas y otras provisiones necesarias para sí y los suyos.

Alcibíades volvió a Reggio, donde inmediatamente él y los otros capitanes mandaron embarcar una parte de la gente de la armada dentro de sesenta trirremes, los abastecieron de las vituallas necesarias, y dejando lo restante del ejército en el puerto de Reggio con uno de los capitanes, los otros dos partieron directamente a la ciudad de Naxos con las sesenta naves, y fueron recibidos en ella de buena gana por los ciudadanos.

De allí se dirigieron a Catania, donde no les quisieron recibir, porque una parte de los ciudadanos era del partido de los siracusanos. Por esta causa viéronse obligados a dirigirse más arriba hacia la ribera de Terias, donde pararon todo aquel día, y a la mañana siguiente fueron a Siracusa con todos sus barcos puestos en orden en figura de cuerno, de los cuales enviaron diez delante hacia el gran puerto de la ciudad para reconocer si había dentro otros buques de los enemigos.

Cuando todos estuvieron juntos a la entrada del puerto, mandaron pregonar al son de la trompeta que los atenienses habían ido allí para restituir a los leontinos en sus tierras y posesiones conforme a la amistad y alianza, según les obligaban el deudo y parentesco que con ellos tenían, por tanto que denunciaban y hacían saber a todos aquellos que fuesen de nación leontinos y se hallasen a la sazón dentro de la ciudad de Siracusa, se pudiesen retirar y acoger a su salvo a los atenienses como a sus amigos y bienhechores.

Después de dar este pregón y de reconocer muy bien el asiento de la ciudad y del puerto y de la tierra que había en contorno para ver de que parte la podrían mejor poner cerco, regresaron todos a Catania, y de nuevo requirieron a los ciudadanos para que les dejasen entrar en la ciudad como amigos.

Los habitantes, después de celebrar consejo, les dieron por respuesta que en manera alguna dejarían entrar la gente de la armada, pero que si los capitanes querían entrar solos, los recibirían y oirían de buena gana cuanto quisieran decir, lo cual fue así hecho, y estando todos los de la ciudad reunidos para dar audiencia a los capitanes, mientras estaban atentos a oír lo que Alcibíades les decía, la gente de la armada se metió de pronto por un postigo en la ciudad, y sin hacer alboroto ni otro mal alguno andaban de una parte a otra comprando vituallas y otros abastecimientos necesarios. Algunos de los ciudadanos que eran del partido de los siracusanos, cuando vieron la gente de guerra de la armada dentro, se asustaron mucho, y sin más esperar huyeron secretamente. Estos no fueron muchos y todos los otros que habían quedado acordaron hacer paz y alianza con los atenienses. Por este suceso fue ordenado a todos los atenienses que habían quedado con lo restante de la armada en Reggio que viniesen a Catania. Cuando estuvieron juntos en el puerto de Catania y hubieron puesto en orden su campo, tuvieron aviso de que si iban directamente a Camarina, los ciudadanos les darían entrada en su ciudad, y también que los siracusanos aparejaban su armada. Con esta nueva partieron todos navegando hacia Siracusa, más no viendo ninguna armada aparejada de los siracusanos volvieron atrás y fueron a Camarina. Al llegar cerca del puerto hicieron pregonar a son de trompeta, y anunciar a los camarinos su venida, mas éstos no les quisieron recibir diciendo que estaban juramentados para no dejar entrar a los atenienses dentro de su puerto con más de una nave, salvo el caso de que ellos mismos les enviasen a llamar para que fueran con barcos. Con esta respuesta se retiraron los atenienses sin hacer cosa alguna.

A la vuelta de Camarina saltaron en tierra en algunos lugares de los siracusanos para saquearlos, mas la gente de a caballo que estos tenían acudió en socorro de los lugares, y hallando a los remadores y desordenados a los atenienses ocupándose en robar, dieron sobre ellos y mataron muchos, porque estaban armados a la ligera. Los atenienses se retiraron a Catania.

X

Después que los atenienses estuvieron reunidos en Catania aportó allí el trirreme de Atenas llamado Salaminia, que los de la ciudad habían enviado para que Alcibíades regresara a fin de responder a la acusación que le habían hecho públicamente, y con él citaban a otros muchos que había en el ejército, considerándoles culpados por muchos indicios de complicidad en el crimen, de violar y profanar los misterios y sacrificios, y del de romper y denostar las estatuas e imágenes de Hermes arriba dichas.

Después de partir la armada, los atenienses no dejaron de hacer su pesquisa y proseguir sus investigaciones, no parando solamente en pruebas y conjeturas aparentes, sino que, pasando más adelante, daban fe y crédito a cualquier sospecha por liviana que fuese. Fundando su convencimiento en los dichos y deposiciones de hombres viles e infames, prendieron a muchas personas principales de la ciudad, pareciéndoles que era mejor escudriñar y averiguar el hecho por toda clase de pesquisas y conjeturas, que dejar libre un solo hombre aunque fuese de buena fama y opinión, por no decir que los indicios que había contra él eran insuficientes para convencerle de que debía estar a derecho y justicia.

Hacían esto porque sabían de oídas que la tiranía y mando de Pisístrato, que en tiempos pasados había dominado en Atenas, fue muy dura y cruel, no siendo destruida por el pueblo ni por Harmodio, sino por los lacedemonios. Este recuerdo les infundía gran temor y recelo, y cualquier sospecha la atribuían a la peor parte. Aun-que a la verdad la osadía de Aristogitón y de Harmodio en matar al tirano fue por amores según declararé en adelante, y mostraré que los atenienses y los otros griegos hablan a su capricho y voluntad de sus tiranos y de los hechos que ejecutaron, sin saber nada de la verdad, pues la cosa pasó así.

Muerto Pisístrato en edad avanzada, le sucedió en el señorío de Atenas Hipias, que era su hijo mayor y no Hiparco como algunos dijeron.

Había en la ciudad de Atenas un mancebo llamado Harmodio muy gracioso y apacible a quien Aristogitón, que era un hombre de mediano estado en la ciudad, tenía mucho cariño. Este Harmodio fue acusado por Hiparco, hijo de Pisístrato, de infame y malo, de lo cual el mancebo se quejó a Aristogitón, que por temor de que ocurriese mal a quien él tenía tan buena voluntad por la acusación de Hiparco, que era hombre de mando y autoridad en la ciudad, se propuso favorecerle so color de que Hiparco quería usurpar la tiranía de la ciudad.

Entretanto, Hiparco procuraba atraer a sí el mancebo y ganar su amistad con halagos; mas viendo que no conseguía nada por esta vía, pensó afrentarle por justicia, sin usar de otra fuerza ni violencia, que no era lícita entonces, porque los tiranos en aquel tiempo no tenían más mando y autoridad sobre sus súbditos que la que les daba el derecho y la justicia, y por esto, y porque los que a la sazón eran tiranos se ejercitaban en ciencia y virtud, sus mandos no eran tan envidiados ni tan odiosos al pueblo como lo fueron después, porque no cobraban otros tributos a los súbditos y ciudadanos sino la veintena parte de su renta, y con ésta hacían muchos edificios y reparos en la ciudad, y adornaban los templos con sacrificios, y mantenían grandes guerras con sus vecinos y comarcanos.

En lo demás dejaban el mando y gobierno enteramente a la ciudad para que se gobernase según sus leyes y costumbres antiguas, excepto que por su autoridad uno de ellos era siempre elegido por el pueblo para los cargos más principales de la República, que le duraban un año.

El hijo de Hipias, llamado Pisístrato como su abuelo, teniendo mando y señorío en Atenas después de la muerte de su padre, hizo en medio del mercado un templo dedicado a los doce dioses, y entre ellos un ara en honor del dios Apolo Pítico, con un letrero que después fue por el pueblo cancelado, pero todavía se puede leer aunque con dificultad por estar las letras medio borradas, el cual letrero dice así: «Pisístrato, hijo de Hipias, puso esta memoria de su imperio y señorío en el templo de Apolo Pítico».

Lo que arriba he dicho de que Hipias, hijo de Pisístrato, tuvo el mando y señorío en Atenas porque era el hijo mayor, no solamente lo puedo afirmar por haberlo averiguado con certeza, sino que también lo podrá saber cualquiera por la fama que hay de ello. No se hallará que ninguno de los hijos legítimos de Pisístrato tuviese hijos sino él, según se puede ver por los letreros antiguos que están en las columnas del templo y en la fortaleza de Atenas, en que se hace memoria de las arbitrariedades de los tiranos, y donde nada absolutamente se dice de los hijos de Hiparco y de Tesalo, sino solamente de cinco hijos que hubo Hipias en Mirsina, su mujer, hija de Calias, hijo a su vez de Hiperóquidas. Como es verosímil que el mayor de estos hijos se casó primero, y también en el mismo epitafio se le nombra el primero, de creer es que sucedió en la tiranía y señorío a su padre, pues iba por éste a embajadas y a otros cargos. Esto es lo que tiene alguna apariencia de verdad, porque si Hiparco fuera muerto cuando tenía el señorío no lo hubiera podido tener Hipias inmediatamente. Se le ve, sin embargo, ejercitar el mando y señorío el mismo día que murió el otro, como quien mucho tiempo antes usa de su autoridad con los súbditos y no teme ocupar el mando y señorío por ningún suceso que le ocurra a su hermano, como lo temiera éste si le acaeciese a Hipias, que ya estaba acostumbrado y ejercitado en el cargo.

Mas lo que principalmente dio esta fama a Hiparco, y hace creer a todos los que vinieron después, que fue el mismo que tuvo el mando y señorío de Atenas, es el desastre que le ocurrió con motivo de lo arriba dicho, porque viendo que no podía atraer a Harmodio a su voluntad le urdió esta trama.

Tenía este Harmodio una hermana doncella, la cual yendo en compañía de otras doncellas de su edad a ciertas fiestas y solemnidades que se hacían en la ciudad, y llevando en las manos un canastillo o cestilla como las otras vírgenes, Hiparco la mandó echar fuera de la compañía por los ministros, diciendo que no había sido llamada a la fiesta, pues no era digna ni merecedora de hallarse en ella. Quería dar a entender por estas palabras que no era virgen.

Esto ocasionó gran pesar a Harmodio, hermano de la doncella, y mucho más a Aristogitón por causa de su afecto a Harmodio, y ambos, juntamente con los cómplices de la conjuración, se dispusieron a ejecutar su venganza. Para poderla realizar mejor, esperaban que llegasen las fiestas que llaman las grandes Panateneas, porque en aquel día era lícito a cada cual llevar armas por la ciudad sin sospecha alguna, y fue acordado entre ellos que el mismo día de la fiesta, Harmodio y Aristogitón acometiesen a Hiparco, y los cómplices y conjurados a sus ministros.

Aunque estos conjurados eran pocos en número para tener la cosa más secreta, fácilmente se persuadían de que cuando los otros ciudadanos que se hallasen juntos en aquellas fiestas les viesen dar sobre los tiranos, aunque anteriormente no supiesen nada del hecho, viéndose todos con armas se unirían a ellos y los favorecerían y ayudarían para recobrar también su libertad.

Llegado el día de la fiesta, Hipias estaba en un lugar fuera de la ciudad llamado Cerámico con sus ministros y gente de guarda, ordenando las ceremonias y pompas de aquella fiesta según corresponde a su cargo, y cuando Harmodio y Aristogitón iban hacia él con sus dagas empuñadas para matarle, vieron a uno de los conjurados que estaba hablando familiarmente con Hipias, porque era muy fácil y humano en dar a todos audiencia. Cuando así le vieron hablar, temieron que aquél le hubiese descubierto la cosa y ser inmediatamente presos, por lo cual, ante todas cosas, determinaron tomar venganza del que había sido causa de la conjuración, es decir, de Hiparco. Entraron para ello en la ciudad y hallaron a Hiparco en un lugar llamado Leocorión, y por la gran ira que tenían dieron sobre él con tanto ímpetu que le mataron en el acto.

Hecho esto, Aristogitón se salvó al principio entre los ministros del tirano, pero después fue preso y muy mal herido, Harmodio quedó allí muerto.

Al saber Hipias en Cerámico lo ocurrido, no quiso ir inmediatamente al lugar donde el hecho había sucedido, sino fue a donde estaban reunidos los de la ciudad armados para salir con pompa en la fiesta antes de que supiesen el caso, y disimulando y mostrando un rostro alegre, como si nada ocurriera, mandó a todos como estaban que se retirasen sin armas a un cierto lugar que les mostró, lo cual ellos hicieron pensando que les quería decir algo, y cuando llegaron envió sus ministros para que les quitasen las armas y se apoderasen de aquellos de quien tenía sospecha, principalmente de los que hallasen con dagas, porque la costumbre era en aquella fiesta y solemnidad usar lanzas y escudos solamente.

De esta manera, el amor impuro fue principio y causa del primer intento y empresa contra los tiranos de Atenas, y ejecutóse temerariamente por el repentino miedo que tuvieron los conjurados de ser descubiertos, de lo cual siguieron después mayores daños, y más a los atenienses, porque en adelante los tiranos fueron más crueles que habían sido hasta entonces.

Hipias, por temor y sospechas de que atentaran contra él, mandó matar a muchos ciudadanos atenienses, y procuró la alianza y amistad de los extranjeros, para tener más seguridad en el caso de que hubiera alguna mudanza en su estado. Por esta causa casó su hija, llamada Arquédica, con Hipocles, hijo de Ayantides, tirano y señor de Lampsaco, y porque sabía que éste Ayantides tenía gran amistad con el rey Darío de Persia, y podía mucho con él. De Arquédica se ve hoy en día el sepulcro en Lampsaco, donde está un epitafio del tenor siguiente:

«Aquí yace Arquédica, hija de Hipias, amparador y defensor de Grecia, la cual, aunque hubo el padre y marido y hermano e hijos reyes tiranos, no por eso se engrió ni ensoberbeció para mal ninguno».

Tres años después de pasado este hecho que arriba contamos, fue Hipias echado por los lacedemonios y los alcmeónidas, desterrados de Atenas, de la tiranía y señorío de esta ciudad. Retiróse primero por propia voluntad a Sigeón, y después a Lampsaco con su consuegro Ayantides. De allí se fue con el rey Darío de Persia, y veinte años después, siendo ya muy viejo, vino con los medos contra los griegos, peleando en la jornada de Maratón.

Trayendo a la memoria estas cosas antiguas, el pueblo de Atenas estaba más exasperado y receloso y se movía más para la pesquisa de aquel hecho de las imágenes de Hermes destrozadas y de los misterios y sacrificios violados y profanados que antes hemos referido, temiendo volver a la sujeción de los tiranos, y creyendo que todo aquello fuera hecho con intento de alguna conjuración y tiranía. Por esta causa fueron presas muchas personas principales de la ciudad, y cada día crecía más la persecución e ira del pueblo y aumentaban las prisiones, hasta que uno de los que estaban presos, y que se presumía fuera de los más culpados, por consejo y persuasión de uno de sus compañeros de prisión, descubrió la cosa, ora fuese falsa o verdadera, porque nunca se pudo averiguar la verdad, ni antes ni después, salvo que aquél fue aconsejado de que si descubría el hecho acusándose a sí mismo y a algunos otros, libraría de sospecha y peligro a todos los otros de la ciudad y tendría seguridad, haciendo esto, de poderse escapar y salvarse.

Por esta vía aquél confesó el crimen de las estatuas culpándose y culpando a otros muchos que decía habían participado con él en el delito. El pueblo, creyendo que decía verdad, quedó muy contento, porque antes estaba muy atribulado por no saber ni poder hallar indicio ni rastro alguno de aquel hecho entre tan gran número de gente.

Inmediatamente dieron libertad al que había confesado el crimen, y con él a los que había salvado. Todos los otros que denunció y pudieron ser presos sufrieron pena de muerte, y los que se escaparon fueron condenados a muerte en rebeldía, prometiendo premio a quien los matase, sin que se pudiese saber por verdad si los que habían sido sentenciados tenían culpa o no.

Aunque para en adelante la ciudad pensaba haber hecho mucho provecho, en cuanto a Alcibíades, acusado de este crimen por sus enemigos y adversarios que le culpaban ya antes de su partida, el pueblo se enojó mucho, y teniendo por averiguada su culpa en el hecho de las estatuas, fácilmente creía que también había sido partícipe en el otro delito de los sacrificios con los cómplices y conjurados contra el pueblo.

Creció más la sospecha porque en aquella misma sazón vino alguna gente de guerra de los lacedemonios hasta el Estrecho del Peloponeso, so color de algunos tratos que tenían con los beocios, lo cual creían que había sido por instigación del mismo Alcibíades, y que de no haberse prevenido los atenienses deteniendo a los ciudadanos que habían preso por sospechas y castigado a los otros, la ciudad estaría en peligro de perderse por traición.

Fue tan grande la sospecha que concibieron, que toda una noche estuvieron en vela, guardando la ciudad, armados en el templo de Teseón; y en este mismo tiempo los huéspedes y amigos de Alcibíades, que estaban en la ciudad de Argos por rehenes, fueron tenidos por sospechosos de que querían organizar algún motín en la ciudad, de lo cual, como diesen aviso a los atenienses, permitieron éstos a los argivos que matasen a aquellos ciudadanos de Atenas que les fueron dados en rehenes, y enviados por ellos a ciertas islas.

De esta manera era tenido Alcibíades por sospechoso en todas partes; y los que le querían llamar a juicio para que le condenasen a muerte, procuraron hacerle citar en Sicilia, y juntamente a los otros sus cómplices de quien antes hemos hablado. Para ello enviaron la nave llamada Salaminia, y mandaron a sus nuncios le notificasen que inmediatamente les siguiese y viniera con ellos a responder al emplazamiento, pero que no le prendiesen así por temor a que los soldados que tenía a su cargo se amotinasen, como también por no estorbar la empresa de Sicilia, y principalmente por no indignar a los mantineos ni a los argivos ni perder su amistad, pues éstos, por intercesión del mismo Alcibíades, se habían unido a los atenienses para aquella empresa.

Viendo Alcibíades el mandato y plazo que le hacían de parte de los atenienses, se embarcó en un trirreme, y con él todos los cómplices que fueron citados, y partieron con la nave Salaminia que había ido a citarles, fingiendo que querían ir en su compañía desde Sicilia a Atenas, mas cuando llegaron al cabo de Turio, se apartaron de la Salaminia y viendo los de esta nave que los habían perdido de vista y no podían hallar rastro aunque procuraban saber noticias de ellos, se dirigieron a Atenas.

Poco tiempo después, Alcibíades partió de Turio y fue a desembarcar en tierra del Peloponeso, como desterrado de Atenas.

Al llegar la Salaminia al Pireo fue condenado a muerte en rebeldía por los atenienses, como también los que le acompañaban.

XI

Después de la partida de Alcibíades los otros dos capitanes de los atenienses que quedaron en Sicilia dividieron el ejército en dos partes, y por suerte cada cual tomó a su cargo una.

Hecho esto partieron ambos con todo el ejército hacia Selinunte y Egesta para saber si los egestenses estaban decididos a darles el socorro de dinero que les habían prometido, y conocer el estado en que encontraban los negocios de los selinuntios, y las diferencias que tenían con los egestenses.

Navegando al largo de la mar, dejando a la isla de Sicilia a la parte del mar Jónico, a mano izquierda vinieron a aportar delante de la ciudad de Himera, la única en aquellas partes habitada por griegos; pero los de Himera no quisieron recibir a los atenienses, y al partir de allí fueron derechamente a una villa nombrada Hicaras, la cual, aunque poblada por sicilianos, era muy enemiga de los egestenses, y por esta causa la robaron y saquearon, entregándola después a los egestenses.

Entretanto llegó la gente de a caballo de los egestenses, que con la infantería de los atenienses se internaron en la isla, robando y destruyendo todos los lugares que hallaron hasta Catania. Sus barcos iban costeando a lo largo de la mar, y en ellos cargaban toda la presa que cogían, así de cautivos y bestias como de otros despojos.

Al partir de Hicaras, Nicias fue derechamente a la ciudad de Egesta, donde recibió de los egestenses treinta talentos para el pago del ejército, y habiendo provisto allí las cosas necesarias, volvió con ellos al ejército.

Además de esta suma percibió hasta ciento y veinte talentos que importó el precio de los despojos vendidos.

Después fueron navegando alrededor de la isla, y de pasada ordenaron a sus aliados y confederados que les enviasen la gente de socorro que les habían prometido, y así, con la mitad de