Texto: El Establo de Eva
de Vicente Blasco Ibáñez


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El Establo de Eva

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Fragmento de El Establo de Eva

De cuando en cuando revoloteaba por allí algún serafin, que venía a dar un vistazo al mundo para contar al Señor cómo andaban las cosas de aquí abajo después del primer pecado.

—Niño!... ¡Pequeñín! —gritaba Eva con la mejor de sus sonrisas—. ¿Vienes de arriba? ¿Cómo está el Señor? Cuando le hables, dile que estoy arrepentida de mi desobediencia... ¡Tan ricamente que lo pasábamos en el Paraíso!... Dile que trabajamos mucho, y sólo deseamos volver a verle para convencernos de que no nos guarda rencor.

—Se hará como se pide —contestaba el serafín.

Y con dos golpes de ala, visto y no visto, se perdía entre las nubes. Menudeaban los recados de este género, sin que Eva fuese atendida. El Señor permanecía invisible, y según noticias, andaba muy ocupado en el arreglo de sus infinitos dominios, que no le dejaban un momento de reposo.

Una mañana, un correveidile celeste se detuvo ante la masía.

—Oye, Eva: si esta tarde hace buen tiempo, es posible que el señor baje a dar una vueltecita. Anoche, hablando con el arcángel Miguel, preguntaba: «~,Qué será de aquellos perdidos?»


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4 págs. / 8 minutos.
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Publicado el 8 de febrero de 2018 por Edu Robsy.


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