Guapeza Valenciana

Vicente Blasco Ibáñez


Cuento


I
II
III

I

Buenos parroquianos tuvo aquella mañana el cafetín del Cubano. La flor de la guapeza, los valientes más valientes que campaban en Valencia por sus propios méritos; todos cuantos vivían a su estilo de caballero andante por la fuerza de su brazo, los que formaban la guardia de puertas en las timbas, los que llevaban la parte de tenor en la banca, los que iban a tiros o cuchilladas en las calles, sin tropezar nunca, en virtud de secretas inmunidades, con la puerta del presidio, estaban allí, bebiendo a sorbos la copita matinal de aguardiente, con la gravedad de buenos burgueses que van a sus negocios.

El dueño del cafetín les servía con solicitud de admirador entusiasta, mirando de reojo todas aquellas caras famosas, y no faltaban chicuelos de la vecindad que asomaban curiosos, a la puerta, señalando con el dedo a los más conocidos.

La baraja estaba completa. ¡Vive Dios! Que era un verdadero acontecimiento ver reunidos en una sola familia bebiendo amigablemente, a todos los guapos que días antes tenían alarmada la ciudad y cada dos noches andaban a tiros por Pescadores o la calle de las Barcas, para provecho de los periódicos noticieros, mayor trabajo de las Casas de Socorro y no menos fatiga de la Policía, que echaba a correr a los primeros rugidos de aquellos leones que se disputaban el privilegio de vivir a costa de un valor más o menos reconocido.

Allí estaban todos. Los cinco hermanos Bandullos, una dinastía que al mamar llevaba ya cuchillo; que se educó degollando reses en el Matadero, y con una estrecha solidaridad lograba que cada uno valiera por cinco y el prestigio de la familia fuese indiscutible.. Allí Pepet, un valentón rústico que usaba zapatos por la primera vez en su vida y había sido extraído de la Ribera por un dueño de timba, para colocarlo frente a los terribles Bandullos, que le molestaban con sus exigencias y continuos tributos; y en tomo de estas eminencias de la profesión, hasta una docena de valientes de segunda magnitud, gente que pasaba la vida pensando por no trabajar; guardianes de casas de juego que estaban de vigilancia en la puerta desde el mediodía hasta el amanecer, por ganarse tres pesetas; lobos que no habían hecho aún más que morder a algún señorito enclenque o asustar los municipales; maestros de cuchillo que poseían golpes secretos e irresistibles, a pesar de lo cual habían perdido la cuenta de las bofetadas y palos recibidos en esta vida.

Aquello era una fiesta importantísima, digna de que la voceasen por la noche los vendedores de La Correspondencia a falta de «¡El crimen de hoy!»

Iban todos a comerse una paella en el camino de Burjasot para solemnizar dignamente las paces entre los Bandullos y Pepet.

Los hombres cuanto más hombres, más serios para ganarse la vida.

¿Qué se iba adelantando con hacerse la guerra sin cuartel y reñir batalla todas las noches? Nada; que se asustaran los tontos y rieran los listos; pero, en resumen, ni una peseta, y los padres de familia expuestos a ir a presidio.

Valencia era grande y había pan para todos. Pepet no se metería para nada con la timba que tenían los Bandullos, y éstos le dejarían con mucha complacencia que gozase en paz lo que sacara de las otras.

Y en cuanto a quiénes eran más valientes, si los unos o el otro, eso quedaba en alto y no había que mentarlo: todos eran valientes y se iban rectos al bulto: la prueba estaba en que después de un mes de buscarse, de emprenderse a tiros o cuchillo en mano, entre sustos de los transeúntes, corridas y cierres de puertas no se habían hecho el más ligero rasguño.

Había que respetarse, caballeros, y campar cada uno como pudiera.

Y mediando por ambas partes excelentes amigos se llegó al arreglo.

Aquella buena armonía alegraba el alma, y los satélites de ambos bandos conmovíanse en el cafetín del Cubano al ver cómo los Bandullos mayores, hombres sesudos, carianchos y cuidadosamente afeitados con cierto aire monacal, distinguían a Pepet y le ofrecían copas y cigarros; finezas a las que respondía con gruñidos de satisfacción aquel gañán ribereño, negro, apretado de cejas, enjuto y como cohibido al no verse con alpargatas, manta y retaco al brazo, tal como iba en su pueblo a ejecutar las órdenes del cacique. De su nuevo aspecto sólo le causaba satisfacción la gruesa cadena de reloj y un par de sortijas con enormes culos de vaso, distintivos de su fortuna que le producían infantil alegría.

El único que en la respetable reunión podía meter la pata era el menor de los Bandullos, un chiquillo fisgón e insultadorcillo que abusaba del prestigio de la familia, sin más historia ni méritos que romper el capote a los municipales o patear el farolillo de algún sereno siempre que se emborrachaba, hazañas que obligaban a sus poderosos hermanos a echar mano de las influencias, pidiendo a este y al otro que tapasen tales tonterías a cambio de sus buenos servicios en las elecciones.

Él era el único que se había opuesto a las paces con Pepet, y no mostraba ahora en su día de concordia y olvido la buena crianza de sus hermanos. Pero ya se encargarían éstos de meter en cintura aquel bicho ruin que no valía una bofetada y quería perder a los hombres de mérito.

Salieron todos del cafetín formando grupo, por el centro del arroyo, con aire de superioridad, como si la ciudad entera fuese suya; saludados con sonriente respeto por las parejas de agentes que estaban en las esquinas.

Vaya una partida. Marchaban graves, como si la costumbre de hacer miedo les impidiese sonreír; hablaban lentamente, escupiendo a cada instante, con voz fosca y forzada, cual si la sacaran de los talones, y se llevaban las manos a las sienes, atusándose los bucles y torciendo el morro con compasivo desprecio a todo cuanto los rodeaba.

Por un contraste caprichoso, aquellos buenos mozos malcarados exhibían como gala el pie pequeño, usaban botas de tacón alto adornado con pespuntes, lo que les daba cierto aire de afeminamiento, así como los pantalones estrechos y las chaquetas ajustadas, marcando protuberancias musculosas o miseros armazones de piel y huesos en que los nervios suplían a la robustez.

Los había que empuñaban escandalosos garrotes o barras de hierro forradas de piel, golpeando con estrépito los adoquines, como si quisieran anunciar el paso de la fiera; pero otros usaban bastoncillos endebles o no se apoyaban en nada, pues bastante compañía llevaban sobre las caderas, con el cuchillo como un machete y la pistola del quince, más segura que el revólver.

Aquel desfile de guapos detúvose en todos los cafetines del tránsito para refrescar con medias libras de aguardiente, convidando a los policías conocidos que encontraban al paso, y cerca de las doce llegaron a la alquería del camino de Burjasot, donde la paella burbujeaba ya sobre los sarmientos, faltando sólo que le echasen el arroz.

Cuando se sentaron a comer estaban medio borrachos; mas no por esto perdieron su fúnebre y despreciativa gravedad.

II

Eran gente de buenas tragaderas, y pronto salió a luz el fondo de la sartén, viéndose, por los profundos agujeros que las cucharas de palo abrían en la masa de arroz, el meloso socarraet, el bocado más exquisito de la paella.

De vino, no digamos. A un lado estaba el pellejo vacío, exangüe, estremeciéndose con las convulsiones de la agonía, y las rondas eran interminables, pasando de mano en mano los enormes vasos, en cuyo negro contenido nadaban los trozos de limón para hacer más aromático el líquido.

A los postres, aquellas caras perdieron algo de su máscara feroz, se reía y bromeaba, con la pretina suelta para favorecer la digestión y lanzando poderosos regüeldos.

Salían a conversación todos los amigos que se hallaban ausentes por voluntad o por fuerza; el tío Tripa, que había muerto hecho un santo después de una vida de trueno; los Donsainers, huídos a Buenos Aires por unos golpes tan mal dados, que el asunto no se pudo arreglar ni aun mediando el mismo gobernador de la provincia; y la gente de menor cuantía que estaba en San Agustín o San Miguel de los Reyes, inocentones que se echaron a valientes, sin contra antes con bueno s protectores.

¡Cristo! Que era una lástima que hombres de tanto mérito hubieran muerto o se hallaran pudriendo en la cárcel o en el extranjero. Aquéllos eran valientes de verdad, no los de ahora, que son en su mayoría unos muertos de hambre, a quienes la miseria obliga a echárselas de guapo a falta de valor para pegarse un tiro.

Esto lo decía el Bandullo pequeño, aquel trastuelo que se había propuesto alterar la reunión, pinchando a Pepet, y a quien sus hermanos lanzaban severas miradas por su imprudencia. ¡ Criatura más comprometedora! Con chicos no puede irse a ninguna parte.

Pero el escuerzo ruin no se daba por enterado. Tenía mal vino y parecía haber ido a la paella por el solo gusto de insultar a Pepet.

Había que ver su cara enjuta, de una palidez lívida, con aquel lunar largo y retorcido, para convencerse de que le dominaba el afán de acometividad, el odio irreconciliable que lucía en sus ojos y hacía latir las venas de su frente.

Sí, señor; él no podía transigir con ciertos valientes que no tienen corazón, sino estómago hambriento; ruquerols que olían todavía al estiércol de la cuadra en que habían nacido y venían a estorbar a las personas decentes.

Si otros querían callar, que callasen. Él, no; y no pensaba parar hasta que se viera que toda la guapeza de esos tales era mentira, cortándoles la cara y lo de más allá.

Por fortuna, estaban presentes los Bandullos mayores, gente sesuda que no gustaba de compromisos más que cuando eran irremediables. Miraban a Pepet, que estaba pálido, mascando furiosamente su cigarro, y le decían al oído excusando la embriaguez del pequeño:

–No fases cas; está bufat.

Pero buena excusa era aquélla con un bicho tan rabioso. Se crecía ante el silencio e insultaba sin miedo alguno.

Lo que él decía allí lo repetía en todas partes. Había muchos embusteros. Valientes de mata-morta, como los melones malos. Él conocía un guapo que se creía una fiera porque le habían vestido de señor; mentira todo, mentira. El muy fachenda, hasta intentaba presumir y le hacía corrococos a María la Borriquera, la cordobesa que cantaba flamenco en el café de la Peña... ¡Ya voy! ... Ella se burlaba del muy bruto: tenía poco mérito para engañarla: la chica se reservaba para hombres de valía, para valientes de verdad; él, por ejemplo, que estaba cansado de acompañarla por las madrugadas cuando salía del café.

Ahora sí que no valieron las benévolas insinuaciones de los hermanos mayores. Pepet estaba magnífico, puesto en pie irguiendo su poderoso corpachón, con los ojos centelleantes bajo las espesas cejas y extendiendo aquel brazo musculoso y potente que era un verdadero ariete.

Respondía con palabras que la ira cortaba y hacía temblar.

–Aixó es mentira, ¡mocós!

Pero apenas había terminado, un vaso de vino le fué recto a los ojos, separándolo Pepet de una zarpada e hiriéndose el dorso de la mano con los vidrios rotos.

Buena se armó entonces... Las mujeres de la alquería huyeron adentro lanzando agudos chillidos; todo el honorable concurso saltó de sus silletas de cuerda, rascándose el cinto, y allí salió a relucir un verdadero arsenal: navajas de lengua de toro, cuchillos pesados y anchos como de carnicería, pistolas que se montaban con espeluznante ruido metálico.

La reunión dividióse inmediatamente en dos bandos. A un lado, los Bandullos, cuchillo en mano, pálidos por la emoción, pero torciendo el morro con desprecio ante aquellos mendigos que se atrevían a emanciparse; y al otro, rodeando a Pepet, todos,, absolutamente todos los convidados, gente que había sobrellevado con paciencia el despotismo de la familia bandullesca y que ahora veía ocasión para emanciparse.

Miráronse en silencio por algunos segundos, queriendo cada uno que los otros empezaran.

¡Vaya caballeros! La cosa no podía quedar así... Allí se había insultado a un hombre, y de hombre a hombre no va nada.

Al fin, el reñir es de hombres.

Era una lástima que la fiesta terminase mal; pero entre hombres, ya se sabe, hay que estar a todo. Dejar sitio y que se las arreglen los hombres como puedan.

Los amigos de Pepet, que estaban en sus glorias y se mostraban fieros por la superioridad del número, colocáronse ante los Bandullos mayores, cortándoles el paso con los cuchillos y sus palabras.

En ocasiones como aquélla había que demostrar la entraña de valiente. Nada importaba que fuese su hermano. Había insultado y debía probar sin ayuda ajena que tenía tanto de aquello como de lengua.

Pero las razones eran inútiles. Estaban frente a frente los dos enemigos a la puerta de la alquería, bajo aquella hermosa parra, por entre cuyos pámpanos se filtraban los rayos del sol dorando las telarañas que envolvían las uvas.

El pequeño, extendiendo la diestra armada de ancha faca y cubriéndose el pecho con el brazo izquierdo, saltaba como una mona, haciendo gala de la esgrima presidiaria aprendida en los corralones de la calle Cuarte.

Todos callaban. Oíase el zumbido de los moscardones en aquella tibia atmósfera de primavera, el susurrar de la vecina acequia, el murmullo del trigo agitando sus verdes espigas y el chirriar lejano de algún carro, junto con los gritos de los labradores que trabajaban en sus campos.

Iba a correr sangre y todos avanzaban el pescuezo con malsana curiosidad para dar faltas y buenas sobre el modo de reñir.

El bicho maldito no se quitaba y seguía insultando. ¡A ver! Que se atracara aquel guapo y vería cuán pronto le echaba la tanda al suelo.

Y vaya si se atracó. Pero con un valor primitivo, no con la arrogancia del león, sino con la acometividad del toro: bajando la dura testa, encorvando su musculoso pecho, con el impulso irresistible de una catapulta.

De una zarpada se llevó por delante tambaleando y desarmando al pequeño Bandullo, y antes que cayera al suelo le hundió el cuchillo en un costado de abajo arriba, con tal fuerza que casi lo levantó en el aire.

Cayó el chicuelo llevándose ambas manos al costado, a la desgarrada faja que rezumaba sangre, y hubo un momento de asombro casi semejante a un aplauso.

¡Buen pájaro era aquel Pepet! Cualquiera se metía con un bruto así.

Los Bandullos lanzáronse sobre su caído hermano, trémulos de coraje, y hubo de ellos quienes requirieron sus armas con desesperación, como dispuestos a cerrar con aquel numeroso grupo de enemigos y morir matando para desagravio de la familia, que no podía consentir tal deshonra.

Pero les contuvo un gesto imperioso del hermano mayor, Néstor de la familia, cuyas indicaciones seguían todos ciegamente. Aún no se había acabado el mundo. Lo que él aconsejaba y siempre salía bien: paciencia y mala intención.

El pequeño, pálido, casi exánime, echando sangre y más sangre por entre la faja, fué llevado por sus hermanos a la tartana, que aguardaba cerca de la alquería, que trajo por la mañana todo el arreglo de la paella.

–¡Arrea, tartanero! ... ¡ Al hospital! Donde van los hombres cuando están en desgracia.

Y la tartana se alejó dando tumbos que arrancaban al herido rugidos de dolor.

Pepet limpió el cuchillo con hojas de ensalada que había en el suelo, lo lavó en la acequia y volvió a guardarlo con tanto cariño como si fuese un hijo.

El ribereño había crecido desmesuradamente a los ojos de todos aquellos emancipados que le rodeaban, y de regreso a Valencia, por la polvorienta carretera, se quitaban la palabra unos a otros para darle consejos.

A la Policía no había que tenerle cuidado. Entre valientes era de rigor el silencio. El pequeño diría en el hospital que no conocía a quien le hirió, y si era tan ruin que intentara cantar, allí estarían sus hermanos para enseñarle la obligación.

A quien debía mirar de lejos era a los Bandullos que quedaban sanos. Eran gente de cuidado. Para ellos lo importante era pegar, y si no podían de frente, lo mismo les daba a traición. ¡Ojo, Pepet! Aquello no lo perdonarían, más que por el hermano, por el buen sentimiento de la familia.

Pero al valentón ribereño aún le duraba la excitación de la lucha y sonreía despreciativamente. Al fin, aquello tenía que ocurrir. Había venido a Valencia para pegarles a los Bandullos; donde estaba él no quería más guapos; ya había asegurado a uno; ahora que fuesen saliendo los otros, y a todos los arreglaría.

Y como prueba de que no tenía miedo, al pasar el puente de San José y meterse todos en la ciudad amenazó con un par de guantadas al que intentara acompañarle.

Quería ir solo por ver si así le salían al paso aquellos enemigos. Conque..., ¡largo y hasta la vista!

¡Qué hígados de hombre! Y la turba bravucona se disolvió, ansiosas de relatar en cafetines y timbas la caída de los Bandullos, añadiendo, con aire de importancia, que habían presenciado la terrible gabinetá de aquel valentón que juraba el exterminio de la familia.

Bien decía el ribereño que no tenía miedo ni le inquietaban los Bandullos. No había más que verle a las once de la noche marchando por la calles de las Barcas con desembarazada confianza.

Iba a la Peña a oír a su adorada novia la Borriquera.

¡Mala pécora! Si resultaba cierto lo que aquel chiquillo insultador le había dicho antes de recibir el golpe, a ella le cortaba la cara, y después no dejaba títere sano en todo el café.

Aún le duraba la excitación de la riña, aquella rabia destructora que le dominaba después de haber hecho sangre.

Ahora, antes que se enfriase, debieran salirle al encuentro los Bandullos, uno a uno o todos juntos. Se sentía con ánimos para de la primera rebanada partirlos en redondo.

Estaba ya en la subida de la Morera, cuando sonó un disparo y el valentón sintió el golpe en la espalda, al mismo tiempo que se nublaba su vista y le zumbaban los oídos.

¡Cristo! Eran ellos que acababan de herirle.

Y llevándose la mano al cinto tiró de su pistola del quince; pero antes que volviera la cara sonó otro disparo y Pepet cayó redondo.

Corría la gente, cerrábanse las puertas con estrépito, sonaban pitos y más pitos al extremo de la calle, sin que por esto se viese un quepis por parte alguna, y aprovechándose del pánico abandonaron los Bandullos la protectora esquina, avanzando cuchillo en mano hacia el inerte cuerpo, al que removieron de una patada como si fuese un talego de ropa.

Ben mort está.

Y para convencerse más, se inclinó uno de ellos sobre la cabeza del muerto, guardándose algo en el bolsillo.

Cuando llegaron los guardias y se amotinó la gente en tomo del Juzgado, vióse a la luz de algunos fósforos la cara moruna de Pepet el de la Ribera, con los ojos desmesurados y vidriosos, y junto a la sien derecha una desolladura roja que aún manaba sangre.

Le habían cortado una oreja como a los toros muertos con arte.

III

El entierro fué una manifestación de duelo.

Aún quedaba sangre de valientes: la raza no iba a terminar tan pronto como muchos creían.

Los amos de las casas de juego marchaban en primer término tras el ataúd, como afligidos protectores del muerto, y tras ellos, todos los matones de segunda fila y los aspirantes a la clase; morralla del Mercado y del Matadero que esperaban ocasión para revelarse, y hacía sus ensayos de guapeza yendo a pedir alguna peseta en los billares o timbas de calderilla.

Aquel cortejo de caras insolentes con gorillas ladeadas y tufos en las orejas hacía apartarse a los transeúntes, pensando en el gran golpe que se perdía la Guardia Civil.

¡Qué magnífica redada podía echarse!

Pero no; había que respetar el dolor sincero de aquella gente, que lloraba al muerto con toda su alma, con una ingenuidad jamás vista en los entierros.

¿Era así como se mataba a los hombres? ¡Cobardes! ¡Morrals! ¡Y después querían los Bandullos pasar por bravos! Santo y bueno que le hubiesen tirado el hígado al suelo riñendo cara a cara, pues a esto están expuestos los hombres que valen; pero matarlo por la espalda y con pistola para no acercarse mucho, era una canallada que merecía garrote. ¡Morir a manos de unos ruines un chico que tanto valía! Parecía imposible que la Prensa no protestase y que la ciudad entera no se sublevara contra los Bandullos. ¿Y lo de cortarle la oreja? Ambusteros, más que ambusteros. Eso está bien que se haga con uno a quien se mata de frente; en casos así hay que guardar un recuerdo; pero..., ¡vamos!, cuando no hay de qué y sólo tienen ciertas gentes motivos para avergonzarse, irrita que se pongan moños. Y lo más triste era que, muerto Pepet, el valiente de verdad, el guapo entre los guapos, los Bandullos camparían como únicos amos, y las personas decentes, que eran los demás, tendrían que juntarse para que les diesen las sobras y poder comer. ¡ Tan tranquilos que estaban amparados por aquel león de la Ribera que se había propuesto acabar con los Bandullos!...

Los que más irritados se mostraban eran los neófitos, los aprendices que no habían estrenado la tea que llevaban cruzada sobre los riñones; los que no tenían aún categoría para vivir de la tremenda, pero que sentían por Pepet la misma adoración de los salvajes ante un astro nuevo.

Y todos ellos, que pretendían meter miedo al mundo con sólo un gesto lloraban en el cementerio, en torno a la fo sa, al ver los húmedos terrones que caían sobre el ataúd.

¿Y un hombre así, más bien plantado que el que paró el Sol, se lo habían de comer la tierra y los gusanos?... ¡Retapones!, aquello partía el corazón.

La chavalería esperaba con ansiosa curiosidad las ceremonias de costumbre en tales casos; algo que demostrase al que se iba que aquí quedaba quien se acordaba de él.

Sonó un glu-glu de líquido cayendo sobre la rellena fo sa. Los compañeros de Pepet, foscos como sacerdotes de terrorífico culto, vaciaban botellas de vino sobre aquella tierra grasienta que parecía sudar la corrupción de la vida.

Y cuando se formó un charco rojizo y repugnante, toda aquella hermandad del valor malogrado tiró de las teas, y uno por uno fueron trazando en el barro furiosas cruces con la punta del cuchillo, al mismo tiempo que mascullaban terribles palabras mirando a lo alto, como si por el aire fueran a llegar volando los odiados Bandullos.

Podía Pepet dormir tranquilo. Aquellos granujas recibirían las tomas..., si es que se empeñaban en comérselo todo y no hacer parte a las personas decentes. ¡Lo juraban!

Y al mismo tiempo que los cuchillos de la comitiva trazaban cruces en el cementerio, los Bandullos entraban en el hospital, graves, estirados, solemnes, como diplomáticos en importante misión.

El pequeño sacaba por entre las sábanas su rostro exangüe, tan pálido como el lienzo, y únicamente en su mirada había una chispa de vida al preguntar con mudo gesto a sus hermanos.

Debía de saber algo de lo de la noche anterior y quería convencerse.

Sí; era cierto. Se lo aseguraba su hermano mayor, el más sesudo de la familia. El que atacase a los Bandullos tenía pena a la vida. Mientras viviesen todos, cada uno de los hermanos tendría la espalda bien cubierta. ¿No le habían prometido venganza? Pues allí estaba.

Y desliando un trozo de periódico arrojó sobre las sábanas un muñón asqueroso cubierto de negros coágulos.

El pequeño lo alcanzó sacando de entre las sábanas sus brazos enflaquecidos, ahogando con penosos estertores el dolor que sentía en las llagadas entrañas al incorporarse.

– ¡ La orella! ... ¡ La orella d’eixe lladre!

Rechinaron los dientes con los dos fuertes mordiscos que dió al asqueroso cartílago, y sus hermanos, sonriendo complacidos al comprender hasta dónde llegaba la furia de su cachorro, tuvieron que arrebatarle la oreja de Pepet para que no la devorase.


Publicado el 17 de mayo de 2020 por Edu Robsy.
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