El Divorcio

Vicente Riva Palacio


Cuento


Querido lector:

Quizá lo que voy a referirte lo habrás escuchado o leído alguna vez: pero eso me tiene muy sin cuidado, porque recuerdo una de las máximas famosas del barón de Andilla, que dice: Si alguien te cuenta algo, es grosería decirle: por supuesto, lo sabía.

Y como yo estoy seguro de tu buena educación, y además este cuento puede serte de mucha utilidad, prosigo con mi narración, seguro de que, si la meditas, me la tendrás que agradecer más de una vez en el camino de tu vida.

El león, como es sabido, es el rey de los animales cuadrúpedos; llegó a cansarse de la leona, su casta esposa, y buscando medios para repudiarla, o cuando menos de pedir el divorcio, vino a descubrir que el mal aliento de la regia dama causa era, según la opinión de distinguidos jurisconsultos de su reino, más que suficiente para pedir la separación y quedar libre de aquel yugo matrimonial que tanto le pesaba.

Un día, cuando menos lo esperaba la augusta matrona, sin ambages ni circunloquios le dijo el león, que no por ser monarca dejaba de ser animal:

—Mira, hijita, que yo me separo de ti desde hoy, y voy a pedir el divorcio porque tienes el aliento cansado, con un si es no es, tufillo de ajos podridos.

La leona, que con ser animal no dejaba de ser hembra, sintió que el cielo se le venía encima, no tanto por lo del divorcio, cuanto por aquel defectillo que en los banquetes y bailes de la corte podía, sin duda, ponerla en ridículo.

—¿Que tengo el aliento cansado? —exclamó tartarrugiendo de ira—. ¿Que tengo el aliento cansado? Eso no me lo pruebas tú, ni ninguno de los de tu familia; que las hembras de mi raza hemos tenido siempre el aliento más agradable y oloroso que carne de cabrito primal.

—No me exaltes —contestó el león— que yo estoy seguro de lo que digo, y te lo puedo probar, no por mi dicho, sino por el de todos nuestros vasallos.

—Que vengan —dijo con exaltación la leona—, me sujeto a la prueba; y a ver si hay bestia que tal calumnia pueda sostener.

Seguro el león de su triunfo en aquel juicio pericial, citó para el segundo día, y con acuerdo de su real esposa, a los principales personajes de la corte; y los dos consortes pasaron la noche en cuevas muy apartadas para evitar una escena matrimonial, peligrosa en aquella ocasión en que la monarquía no estaba de lo más bien asegurada.

Tan madrugador anduvo el pollino y tan temprano se presentó en Palacio, que todavía estaban durmiendo los reyes; pero salió el sol, que también era otro rey, y sus majestades anunciaron que estaban ya visibles y que iba a comenzar el juicio.

Por supuesto que la leona había cuidado de lavarse muy bien con verdadero jabón de los Príncipes del Congo, que tanto existía entonces como ahora, y había hecho enjugatorios con elixir de jugo de patatas frescas.

Presentóse el asno, e instruido por el león de lo que debía juzgar y sentenciar, introdujo sus narices en las regias fauces que, con democrática humildad, abría la leona: aspiró dos o tres veces, y en seguida, adivinando el pensamiento del monarca, y después de haber hecho ese gesto que le es característico, arrugando la nariz, levantando el belfo superior de un lado, enseñando los dientes y mirando al cielo con un ojo, dijo con acento dogmático:

—Huele mal.

El león inclinó majestuosamente la cabeza, y el borrico salió reculando de palacio por no mostrar a sus majestades la cola u otras cosas. Pero no había caminado veinte pasos, cuando la leona, pretextando cualquier negocio, salió por una puerta excusada, y en un decir Jesús lo hizo cuartos, y volvió después tranquilamente a la sala del trono.

Tocóle su turno al caballo, que entró con un aire de energía y con un desdén espartano, como diputado de oposición, y llegóse a oler a la reina consorte: aspiró, respiró, repitió la operación, y en seguida, con una energía catoniana, exclamó:

—Aliento puro, y sin dejo de ninguna especie.

No bien acabó de decir esto, cuando ya el león había saltado sobre él, y con garras y dientes lo dejó tan muerto como si nunca hubiera existido.

Naturales habían sido aquellas escenas dado el carácter de los personajes que en ellas habían intervenido, cuyos caracteres ha estudiado tan acertadamente el famoso P. Valdecebro en su tan curiosa como científica obra que tituló Gobierno civil y político de los animales, y en donde pueden aprenderse muchas cosas que tienen la doble ventaja de ser tan curiosas como falsas.

Llególe su turno al mono, y presentóse entre gracioso y tímido, queriendo hacer al mismo tiempo el cortesano y el calavera; acercó las chatas narices a la boca de la esposa del monarca, y con una sonrisilla de orgullo, al par que de benevolencia, dijo dirigiéndose al león:

—A veces huele mal, y a veces bien.

Pero en mala hora lo dijo, que aún no había acabado la frase cuando medio mono se llevaba en sus garras el rey, y el otro medio la reina.

Y siguió el juicio con todos aquellos antecedentes de la independencia y libertad del poder judicial.

Entró la zorra, hizo tres genuflexiones, escuchó atentamente lo que de ella se exigía, aguzó el hocico y metió, no la nariz, sino toda la cabeza, hasta el esófago de la reina; estuvo así dos o tres segundos, y después sacudiendo las orejillas y mirando al monarca unas veces, y otras a la reina, dijo haciendo un gesto de contrariedad y de disgusto:

—Tengo catarro.


Publicado el 29 de octubre de 2020 por Edu Robsy.
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